Manufacturas mediáticas

Agosto 24, 2009

La historia de Wallace Souza ha dado la vuelta al mundo. En todos los idiomas y latitudes se han esparcido asombros y, luego, se han construido puntuales moralejas sobre los riesgos de la avidez mediática, los frágiles linderos entre la realdad y sus reconstrucciones y las distorsiones a las que llevan al periodismo el afán por ganar notoriedad.

Wallace Souza es uno de los conductores de televisión más populares en la región amazónica de Brasil. Durante dos décadas, dirigió y presentó el programa “Canal Livre TV”, de marcado sensacionalismo y especializado en nota roja. Además de las descripciones escandalosas y las escenas sangrientas que solía presentar, el programa obtuvo notoriedad porque sus reporteros llegaban antes que nadie a las escenas de los crímenes que difundirían con tanta profusión.

El periodismo que realizaba, puede ejemplificarse en esta narración de uno de los reporteros de “Canal Livre TV” cuando va caminando a través de la selva para llegar hasta un cadáver carbonizado: “Huele como a barbacoa. Es un hombre. Tiene el olor de la carne quemada. La impresión es que fue en las primeras horas… fue una ejecución”.

La fama que alcanzó, llevó a Souza a incursionar en política. En 1998 fue electo diputado local y ha sido reelecto en varias ocasiones. Actualmente es miembro del Partido Progresista y en las elecciones más recientes fue el diputado que recibió más votos en el estado de Amazonas.

Ahora, sin embargo, Souza está en problemas porque ha sido acusado de ordenar varios asesinatos para luego tener la exclusiva periodística acerca de ellos.

De ser ciertas esas imputaciones, Souza habría encarnado los más drásticos estereotipos que acusan a la televisión de inventar la realidad. El rating de “Canal Livre TV” habría sido obtenido a fuerza de suscitar y no solamente registrar los acontecimientos. Los homicidios que sus reporteros acudían a cubrir con tanta presteza, habrían sido perpetrados por sicarios a sueldo de Souza. El mérito periodístico habría sido desplazado, entonces, por una diabólica mentalidad criminal ávida de éxito mediático.

Antes de sobresalir en televisión, Wallace Souza fue policía. Ahora él y varios de sus colaboradores están acusados de fabricar crímenes para luego difundirlos. Además se le ha vinculado con actividades de narcotráfico. Su hijo de 26 años está preso, acusado de homicidio y tráfico de drogas.

En todo el mundo han proliferado comentarios, ora sorprendidos, a veces moralistas, las más de las ocasiones a medio camino entre la prédica y el estupor, a propósito de los crímenes de los que se acusa a Wallace Souza. Uno de los más inteligentes ha sido el artículo de Mario Vargas Llosa, ayer domingo en el diario madrileño El País. Después de jugar con la posibilidad de que los crímenes que habría cometido no fueran únicamente culpa de Wallace Souza sino del sistema mediático del que ha sido estrella, beneficiario y ahora víctima, el novelista peruano comenta:

“Si Wallace Souza cometió esos crímenes sólo para convertirlos en imágenes, es evidente que, para él y para sus espectadores –aunque éstos fueran menos conscientes de ello que él– la realidad real era menos importante, meramente subsidiaria o pretexto, de la realidad reflejada por las cámaras, las que, con su perfecta adecuación a los gustos del público, la recomponía, purgaba y recreaba de tal modo que fuera algo que la realidad real lo es sólo muy de cuando en cuando: excitante, terrible, divertida”.

Pero no solamente los presuntos crímenes ordenados por Wallace Souza y su posterior presentación televisiva han sido engranajes de ese juego permanente entre la “realidad real” y que resulta de las fabricaciones mediáticas. También las acusaciones contra ese conductor televisivo y legislador brasileño han desatado un intenso cuan lucrativo circo mediático.

Para indagar las imputaciones criminales contra Souza, la Asamblea Legislativa del Amazonas encargó una indagación a varios de sus integrantes. Los resultados de esa pesquisa se conocerán en los próximos días. Por lo pronto la semana pasada, entrevistado en Manaos, Souza negó esas acusaciones. No es sorprendente que lo hiciera. Pero al parecer no es el único en defender su inocencia. El diputado estatal Libertan Moreno, relator del proceso que se sigue contra Souza por atentar contra el decoro parlamentario, declaró el viernes pasado que los elementos presentados por la defensa contradicen las acusaciones iniciales a tal grado que, a varias de ellas, las “derrumban completamente”.

La inocencia del diputado y periodista Souza no ha sido demostrada. Pero su culpabilidad tampoco. Sin embargo el tribunal mediático, que en este caso ha sido global y sumario, no solamente ya lo condenó sino que extrajo ingeniosas moralejas a partir de los crímenes –siempre en busca del idolatrado rating– que posiblemente Wallace Souza cometió, pero posiblemente no.

Publicado en eje central


Narcomensajes

Agosto 9, 2009

Publicado en Nexos,  julio de 2009

También el Caramuela llevaba tapabocas. Capturado a fines de abril Gregorio Sauceda Gamboa, jefe en Matamoros del Cártel del Golfo, fue traído a la ciudad de México para cumplir con el ritual mediático que se despliega cada vez que se anuncia un golpe policiaco. Flanqueado por varios soldados, el Caramuela enfilaba su mirada dura hacia los fotógrafos que capturaban la escena. Aunque él lo tenía enrollado en el cuello, tanto sus guardianes como el narcotraficante portaban cubrebocas, igual que millones de mexicanos en esos días.

La epidemia que agobió al país no impidió la exhibición de ese nuevo logro en el combate al narcotráfico. Sin duda era una aprehensión relevante. Pero además las autoridades querían ufanarse de ese encarcelamiento porque la legitimación televisiva se ha convertido en una de sus prioridades.

La costumbre de exhibir como piezas de caza a los delincuentes capturados se ha convertido en parte de la cultura social y mediática sin que nadie le encuentre reparos. Desde que, en los años 60, el mítico y pedestre semanario Alarma introducía a sus fotógrafos a los separos judiciales para registrar la catadura de los criminales más atroces, se generalizó la costumbre de acompañar los éxitos policiacos con una dramatizada dosis de registros mediáticos.

El afán para cortejar a los medios con revelaciones y filtraciones, siempre en busca de espacios destacados, ha llevado a las autoridades policiacas a deformar sus propias acciones como en diciembre de 2005, cuando armaron un montaje para que las televisoras transmitieran en directo la pretendida aprehensión de una pandilla de secuestradores… que habían sido detenidos varias horas antes (en esa ocasión fue capturada la francesa Florence Cassez, cómplice de aquella banda).

A los jefes del narcotráfico también les ha seducido la exposición en los medios. A veces para amagar a las pandillas rivales y también para inyectar más temor en una sociedad abrumada de hechos delincuenciales, algunos capos buscan resonancia mediática para sus crímenes.

Los recados que dejan junto a sus víctimas tienen como destinatarios a otros delincuentes, o a las autoridades, pero también a televidentes y lectores de diarios. La policía les da publicidad cuando preserva los escenarios criminales y propicia que fotógrafos y camarógrafos retraten cabezas cercenadas y otras expresiones de la brutal acción de esas pandillas.

La política de comunicación de los narcos los ha llevado a colocar mantas en vías públicas para amenazar a Ejército y mandos policiacos. En todo el país, medios electrónicos e impresos reproducen con docilidad esos mensajes. Editores y jefes de redacción suelen argumentar que, aunque despreciables y desagradables, las mantas de los narcotraficantes y las fotografías de sus crímenes son noticia. Sin duda allí hay noticia, pero los medios de comunicación nunca son intermediarios asépticos y acríticos de los contenidos que reproducen.

Al colocarlas en primeras planas o al destacarlas en los noticieros, los medios que actúan de esa manera se convierten en voceros de los delincuentes. A veces lo hacen por miedo. En Tamaulipas y Sinaloa, varias redacciones han sido atacadas como represalia por la publicación o la omisión de noticias alusivas a los narcos. El asesinato y la desaparición de varios periodistas han tenido la misma causa.

El temor de los editores y reporteros que no quieren ser instrumento pero tampoco víctimas de los delincuentes, en algunos casos los ha llevado a abstenerse de publicar cualquier información relacionada con el narcotráfico. No siempre pueden cumplir ese propósito. En otras ocasiones, sobre todo en diarios y televisoras de la ciudad de México el afán de espectacularidad, cobijado en la coartada de que se trata de hechos que son noticia, conduce a la difusión de imágenes de extrema violencia.

Tales escenas se han vuelto tan frecuentes que no pocos lectores y televidentes han perdido capacidad de asombro e indignación ante ellas.  Por otra parte en ocasiones los reporteros, al mimetizarse con la picaresca del submundo del narcotráfico o al contribuir ellos mismos a vulgarizarla, trivializan los hechos criminales. Cuando la prensa propagó complacientemente el seudónimo de “El pozolero” –el individuo que según se dijo se dedicaba a desintegrar con sosa cáustica los cadáveres de víctimas del cártel de Tijuana– creó una nueva leyenda delincuencial en lugar de contribuir a la condena social de esos crímenes.

Para informar sin ser rehenes del morbo ni de los cárteles, los medios podrían establecer algunas normas de conducta editorial: negarse a publicar imágenes escabrosas y a reproducir textualmente mensajes de los delincuentes, destinar a páginas interiores o a segmentos no relevantes las noticias de esa índole, rechazar los rumores, evitar hacer panegírico de los delincuentes. Esas medidas tendrían eficacia solamente si todos los medios se adhirieran a ellas y las cumplieran. Lamentablemente los periódicos y las televisoras, tan quisquillosos como son cuando se les proponen parámetros éticos, siguen rehusándose a un compromiso así.


Los medios ante el narcoterrorismo

Mayo 29, 2008

La Crónica, 29 de mayo

Cada vez que colocan un mensaje junto al cadáver de uno de sus ejecutados, o cuando hacen advertencias en anuncios en las calles (como las mantas que colocaron el fin de semana pasado en varios puentes de Ciudad Juárez), e incluso cada vez que suben a Internet un video con alguno de sus crímenes, las bandas de delincuentes quieren exhibirse.

Con esos desplantes, los criminales tratan de intimidar a sus adversarios y buscan reafirmarse a sí mismos dentro de sus peregrinos códigos de comportamiento. Pero sobre todo intentan generar un clima de aprensión en la sociedad. Quieren crear miedo. Y en esa tarea a veces encuentran la desprevenida colaboración de los medios de comunicación.

Cuando un delincuente publicita sus fechorías, aparte de las retorcidas motivaciones siquiátricas que pueda tener busca un efecto social. Y eso es lo que procuran las pandillas delincuenciales cuando alardean de sus crímenes. Los medios de comunicación difunden esas fechorías porque son noticia. En muchas ocasiones la publicación de asesinatos, secuestros y venganzas de las bandas delincuenciales le permite a la sociedad conocer las dimensiones crecientes del crimen organizado y aquilatar su gravedad. Pero la difusión reiterada y atropellada de esos hechos, especialmente cuando se publican imágenes atroces de tales crímenes, puede crear un efecto de aturdimiento.

Mostrados sin jerarquización ni contexto, tales hechos e imágenes llegan ya no a exhibir sino a trivializar esos acontecimientos criminales. Y una cosa es que los atentados del crimen organizado sean desdichadamente cotidianos y otra, que perdamos nuestra capacidad de asombro ante ellos.

En otros casos la presentación sin explicaciones ni marco crítico de dichos sucesos contribuye a propagar un clima de desazón en donde los ciudadanos, hartos de tales asuntos, pueden preferir la indulgencia de los criminales antes que la acción del poder público para enfrentarlos.

Esos efectos paradójicos e indeseables que alcanza la exposición de hechos criminales están despertando una preocupación legítima tanto en algunos medios como en el gobierno mexicanos. El combate al narcotráfico tiene aristas variadas y posiblemente una de las más importantes sea la exposición pública de los actos criminales.

El 12 de mayo pasado el presidente Felipe Calderón se inconformó porque los medios de comunicación, al divulgar sin mayor tamiz las acciones de los criminales, les ayudan a desplegar el terror. La reacción inopinada de varios medios y comentaristas que confundieron esa exhortación con una acusación llana (“¡a mí nadie me dice qué escribir señor presidente!” reclamaron coléricos algunos precipitados columnistas) llevó a Calderón a precisar una semana más tarde: la delincuencia organizada quiere aterrorizar a la sociedad y es pertinente que los medios lo tomen en cuenta “para no consecuentar dicha estrategia”.

Sería inaceptable que, para quitarle foro a los delincuentes, hubiera alguna forma de censura en los medios de comunicación. El presidente Calderón no ha sugerido eso. Pero también resultaría irresponsable que, solamente para reivindicar su derecho a la libertad de expresión, los medios y sus operadores no se plantearan el problema que significa estar en riesgo de hacerles el juego a las pandillas criminales.

Ese dilema ha motivado algunas discusiones y comentarios. El periodista Ricardo Alemán, en su columna de El Universal, mencionó la posibilidad de que haya un pacto de los medios mexicanos para definir criterios que sirvan en el manejo de las informaciones relativas al narcotráfico.

En Colombia hace 9 años, bajo el principio “preferimos perder una noticia antes que una vida”, los directivos de tres docenas de medios de comunicación establecieron un puntual “Acuerdo por la discreción” para elevar la calidad y propiciar la responsabilidad en la cobertura periodística de hechos violentos. Desde luego la situación mexicana no es idéntica a la de aquel apreciado vecino latinoamericano, que además del narcotráfico padece el amago de una despiadada guerrilla y de salvajes grupos paramilitares. Pero aquí ahora, como antes en Colombia, hay grupos delincuenciales que tratan de propagar sus crímenes para sembrar desconcierto y miedo.

El Acuerdo de los medios colombianos, suscrito en noviembre de 1999 a iniciativa de la Facultad de Comunicación y Periodismo de la Universidad de La Sabana en Bogotá, establece los siguientes seis compromisos:

“ 1. El cubrimiento informativo de actos violentos –ataques contra las poblaciones, masacres, secuestros y combates entre los bandos– será veraz, responsable y equilibrado. Para cumplir con este propósito, cada medio definirá normas de actuación profesional que fomenten el periodismo de calidad y beneficien a su público.

“ 2. No presentaremos rumores como si fueran hechos. La exactitud, que implica ponerlos en contexto, debe primar sobre la rapidez.

“ 3. Fijaremos criterios claros sobre las transmisiones en directo, con el fin de mejorar la calidad de esa información y evitar que el medio sea manipulado por los violentos.

“ 4. Por razones éticas y de responsabilidad social no presionaremos periodísticamente a los familiares de las víctimas de hechos violentos.

“ 5. Estableceremos criterios de difusión y publicación de imágenes y fotografías que puedan generar repulsión en el público, contagio con la violencia o indiferencia ante ésta.

“ 6. Respetaremos y fomentaremos el pluralismo ideológico, doctrinario y político. Utilizaremos expresiones que contribuyan a la convivencia entre los colombianos ”.

¿Qué medio mexicano, sensata y explícitamente, podría negarse a compromisos como esos? Desde luego todos podemos pensar de inmediato en los medios más notoriamente singularizados por la explotación del sensacionalismo y de las desgracias ajenas que hacen todos los días. Pero la sola existencia de un acuerdo en torno a principios básicos sería útil tanto para que los periodistas orientaran la cobertura de hechos suscitados por la delincuencia organizada como para que los televidentes, lectores y radioescuchas evalúen el desempeño de los medios.

La situación mexicana es distinta a la de Colombia. Qué bueno. Pero en los amagos de la delincuencia, el peso que alcanzan en los medios y la insuficiente reacción social ante el crimen organizado, tenemos similitudes que ameritarían una seria y extendida preocupación. En 1995 el profesor Manuel Vidal Noguera, de la Universidad Javeriana en Bogotá, ofreció una conferencia en donde después de calificar como narcoterroristas a las acciones criminales con las que el narcotráfico busca amedrentar a la sociedad y el Estado, explica: “El narcoterrorismo necesita la publicación espectacular de los hechos, y dentro de ella da la bienvenida a los adjetivos que se empleen, aún para condenarla, pues ellos potencian sus nefastos efectos”.

Más adelante el profesor Noguera puntualiza, en esa exposición que luego fue publicada en la revista Signo y sociedad: “Yo jamás sería partidario de la censura a la prensa, por ningún motivo y en ninguna circunstancia… Pero sí esperaría de los medios de comunicación que, justo en el momento en que más lo necesito como ser humano aterrorizado y horripilado por los actos de terror, me ayudaran a comprender la situación, a hacerme conciente de ella, a encontrar los asideros racionales del terror a otra serie de hechos, sucesos, datos y fenómenos, de manera que pudiera reducir y manejar la angustia que provocan. Esperaría de los medios que me ofrecieran toda la gama de posibles explicaciones, pues lo que necesito en esos momentos, durante la larga ola narcoterrorista, por ejemplo, es reducir la incertidumbre, recordemos que ‘a nada teme más el ser humano, que a ser tocado por lo desconocido’ ”.

Después de esa referencia a Elías Canetti, el profesor colombiano reclama de los medios: “Esperaría que los medios de comunicación, depositarios de la confianza ciudadana expresada en forma de libertad política, ejercieran un importante liderazgo de la opinión pública para restituir los lazos de cohesión social que busca deshacer el terrorismo. La evidencia empírica… demuestra consistentemente que el narcoterrorismo victimiza sistemáticamente a la población civil cuando se dirige al Estado para modificar sus políticas, ensañándose contra ella para deslegitimarlo, desestabilizarlo y volver a la sociedad contra el garante de su seguridad, a quien cobardemente han reducido a la impotencia, pues cuentan a su favor con la sorpresa, la sevicia calculada, la vulnerabilidad de los múltiples blancos civiles, urbanos y rurales”.

Una de las varias vías para reaccionar ante el narcoterrorismo se encuentra en los medios de comunicación. Claro, para emprender esa acción conjunta tendríamos que reconocer que hay problemas superiores a las querellas políticas y al estruendo mediático. Una decisión así, más allá de sus consecuencias inmediatas, subrayaría que por encima de diferencias y ambiciones circunstanciales la sociedad –y en este caso sus medios de comunicación– pueden tener causas comunes, nacionales. Aunque sea por elemental necesidad de supervivencia.


Retrato de un genocida

Enero 10, 2008

Nexos, octubre de 2007

 
   Quienes vieron Hotel Ruanda, la cinta de Terry George que reconstruye el acoso a centenares de refugiados que buscaban salvarse de la matanza que ocurrió en ese país entre abril y julio de 1994, se habrán estremecido ante la crueldad que allí se muestra. Paul Rusesabagina, el gerente del hotel en cuya hazaña está inspirada la película, dice que la historia real “fue mucho peor que lo que se vio en la pantalla”. Las escenas más crudas fueron evitadas para que la película tuviera una clasificación accesible a los jóvenes.

   Gracias a la película, en el mundo occidental se ha recordado que en Ruanda hubo una atrocidad descomunal aunque muchas de las historias de esa pesadilla siguen sin ser contadas. En aquellos meses de 1994 fueron asesinadas entre 800 mil y un millón de personas. Las viejísimas rencillas entre las etnias Hutu y Tutsi fueron utilizadas por grupos políticos que azuzaron el aborrecimiento racial. El asesinato del presidente Juvenal Habyarimana el 6 de abril de 1994 detonó una extensa movilización de los grupos más radicales de la etnia Hutu (especialmente las milicias denominadas Interahamwe) para asesinar a los miembros de la etnia Tutsi que durante largo tiempo gobernaron en Ruanda. Varios meses más tarde el Frente Patriótico Ruandés, controlado por tutsis, se impuso militarmente. Para entonces había ocurrido uno de los mayores genocidios en la historia.

   Uno de los momentos más dramáticos en la película ocurre cuando algunos de los refugiados salen del hotel escoltados por tropas de Naciones Unidas pero no logran llegar al aeropuerto de Kigali, la capital de Ruanda, porque centenares de hutus comienzan a cercarlos instigados por un locutor de radio. Algunas versiones sostienen que ese locutor era George Ruggiu, un ciudadano belga que trabajaba en tareas de propaganda para el gobierno de mayoría hutu. La emisora en donde Ruggiu colaboraba, Radio Televisión Libre de las Mil Colinas (RTLM) fue uno de los instrumentos principales que tuvieron los grupos radicales de filiación hutu para espolear el odio racial contra los tutsis.

 

La radio del odio

   La historia de Georges Henri Yvon Joseph Ruggiu es sintomática de la ofuscación colectiva que, entre otros factores, podría explicar una matanza tan inconcebible como la que ocurrió hace 13 años en Ruanda. Nació en octubre de 1957 en Verviers, un pequeño pueblo al sur de Bélgica. Su padre era italiano y él adquirió la nacionalidad belga a los 18 años. Al parecer fue profesor de escuela durante breve tiempo pero su actividad principal fue la de trabajador social. Estuvo en la Administración Belga para la Seguridad Social y fue voluntario en la Cruz Roja, en donde ayudó a cuidar niños con problemas de salud mental. Algunos de sus colegas de entonces lo describieron como “retraído e inadaptado, un cruzado para los más desafortunados, alguien que estaba en busca de una causa” (de acuerdo con un reporte de La Voz de América en mayo de 2000).

   Esa motivación la halló hacia 1990, cuando conoció a varios estudiantes de Ruanda que eran vecinos suyos en Bélgica. Pero la causa que abrigó llegaría a ser profundamente equivocada y perversa. Pobre, dividido y por añadidura martirizado debido a frecuentes asonadas y a la segmentación racial, las complejidades de ese país africano conmovieron a Ruggiu. Ruanda fue colonia de Bélgica y aun después de la independencia, ocurrida en 1961, ambos países mantenían  vínculos estrechos.

   En 1992 Ruggiu se relacionó con diplomáticos de Ruanda que vivían en Bélgica, precisamente en la época en la que hutus y tutsis  suscribieron los “Acuerdos de Arusha” que pusieron fin a una prolongada guerra civil y confirmaron la permanencia de los hutus en el poder. En esas fechas viajó por primera vez a Ruanda para asistir a la boda de un amigo suyo. Cuando conoció los suburbios de Kigali, recordó las favelas que había visitado en Brasil y comentó su deseo de ayudar a los pobres. De regreso en su país, colaboró en la creación de un “Grupo de reflexión ruando-belga” que difundía los Acuerdos.

   Ruggiu adquiría creciente animadversión contra el Frente Patriótico manejado por tutsis. En mayo de 1993 el presidente Habyarimana lo invitó a Ruanda. Pocos meses después Ruggiu se fue a vivir a ese país a trabajar con el Movimiento Republicano Nacional para la Democracia y el Desarrollo, el partido en el gobierno. El presidente gestionó su contratación como productor en la naciente RTLM.

   La Radio Télévision Libre des Mille Collines (cuyo nombre recuerda que, debido a su orografía verde y sinuosa, Ruanda es conocida como la tierra de las mil colinas) fue creada en 1993 por medio centenar de líderes políticos y empresarios para propagar la supremacía de la etnia Hutu. A diferencia de la radiodifusora del gobierno, que tenía un discurso que en Ruanda parecía arcaico porque se refería a los tutsi como “la monarquía feudal”, la RTLM era tan directa que llegaba a notorios extremos de vulgaridad y rispidez.

   Esa emisora describía a los Tutsi como enemigos a los que era preciso aniquilar. Un reporte de Artículo 19, organización dedicada a defender la libertad de expresión en el mundo, explicó años más tarde acerca del odio racial contra los Tutsi promovido en dicha estación : “Las ideas habían estado allí durante años. RTLM las presentaba de manera más apetitosa para la generación más joven. RTML usaba el lenguaje de la calle”. A los Tutsi, sin más rodeos, les llamaba “cucarachas”. Lo que había que hacer para que imperase la “mayoría del pueblo” era, simplemente, “eliminarlos”.

   Se le atribuye a Ruggiu la transmisión de soflamas como esta: “¿Qué están esperando? Las tumbas están vacías. ¡Agarren sus machetes y partan a sus enemigos en pedazos!”.

 

Hombre blanco al micrófono

   Ruggiu no era periodista ni tenía experiencia en el manejo radiofónico. Mucho menos hablaba kinyarwanda, el idioma local. Diversos testimonios consideran que al presidente Habyarimana le interesó contratarlo porque era blanco. “La presencia de un muzuungu u hombre blanco en la RTLM daba la apariencia de fortaleza, quizá incluso de respaldo internacional” dice, acerca de Ruggiu, una indagación sobre el uso de los medios en el genocidio en Ruanda.

   El ex cooperante belga, habilitado como conductor de radio, transmitía en su idioma natal. Una mujer acusada de participar en el genocidio, explicó años más tarde: “A los que entendían francés les gustaba escuchar al muzuungu y saber que estaba del lado de los hutu y que hablaba tan bien contra los tutsi. La gente educada y los bourgmestres podían explicarles las transmisiones en francés a los otros”.

   Entre enero y julio de 1994 Ruggiu convocaba todos los días al odio racial desde RTLM. Más tarde, cuando fue juzgado por el Tribunal Criminal Internacional para Ruanda, recordó que en abril de aquel año, una semana después del asesinato del presidente y del inicio de la matanza contra tutsis y contra todo aquel que fuera considerado colaborador de ellos, recorrió Kigali escoltado por miembros del Ejército. Entonces comprobó que las transmisiones de Radio Mil Colinas “estaban contribuyendo a las masacres perpetradas contra los tutsis”.

   Su papel en RTLM, dijo en otra ocasión, era difundir “la ideología y los planes de los extremistas hutus en Ruanda”. Se han conocido testimonios de que “Ruggiu personalmente transmitió programas incitando a los hutus a perpetrar asesinatos o agresiones graves contra los rebeldes tutsis, a los que él calificaba como ‘cucarachas’. También incitó la persecución de esos tutsis y de los hutus moderados, así como de ciudadanos belgas en esa área”. Sus arengas las enderezaba, además, contra la Misión de Asistencia de las Naciones Unidas en Ruanda.

  En una de las audiencias del Tribunal que lo juzgó años después, Ruggiu declaró que en una ocasión, por instrucciones del Ejército de Ruanda, difundió un mensaje para que fuera detenido un Vokswagen rojo. A través de la radio proporcionó las placas y la ubicación del automóvil pero, dijo, nunca supo qué ocurrió con el vehículo y sus ocupantes.

   Durante varios meses la masacre en todo Ruanda fue escasamente difundida por los medios de comunicación internacionales, que casi no disponían de corresponsales en ese país. El desinterés de las empresas globales de comunicación acerca de dicho conflicto era correspondiente a la decisión de Estados Unidos, Francia y otros países para no intervenir militarmente, con lo cual permitieron que continuara el sangriento ajuste de cuentas entre los viejos rivales étnicos en esa nación africana.

   Georges Ruggiu, sin embargo, estaba muy al tanto de las dimensiones catastróficas de la matanza. Por eso cuando algunos medios en su país natal dijeron que él contribuía a instigar los asesinatos, envió un fax a la Radio Televisión Francófona de Bélgica en donde rechazaba haber llamado a la violencia. Eso no evitó que el ministro de Justicia iniciara una averiguación sobre la participación de Ruggiu en el hostigamiento a ciudadanos belgas en Ruanda.

   Aun cuando quería defenderse, el locutor de Radio Mil Colinas manifestaba su intolerancia contra la tribu en cuyo exterminio participaba. En una entrevista explicó que si en una comuna habían sido asesinadas 50 personas, apenas representaban al 9% de la población de esa colectividad y seguramente esa había sido la proporción de gente que había ayudado al Frente Patriótico que defendía el interés de los Tutsi. En otras palabras, para Ruggiu esa “erradicación” era normal. Y acerca de la “población furiosa” a la que había incitado, Ruggiu consideraba “¿acaso Robespierre no hizo exactamente lo mismo en Francia?”.

 

Genocida confeso

   A fines de 1994, cuando ya había sido propalada la aterradora magnitud de ese genocidio, el Consejo de Seguridad de la ONU creó el Tribunal Criminal Internacional para Ruanda. Ruggiu, que estaba entre los más buscados por el Tribunal, quiso escapar y durante algún tiempo viajó con pasaporte sudafricano. En julio de 1997 lo arrestaron en Mombasa, Kenia y fue conducido a la sede del Tribunal en Arusha, al norte de Tanzania.

   El ex locutor de RTLM fue, entre docenas de inculpados, el único que no era ciudadano de Ruanda. El Tribunal lo acusó de “incitación directa y pública para cometer genocidio” y de “crímenes contra la humanidad”. El proceso duró tres años, al cabo de los cuales Ruggiu reconoció: “Indudablemente fui un genocida y desafortunadamente tomé parte en ello”. Admitió que había “incitado asesinatos y causado serias agresiones contra el bienestar físico y mental de los miembros de la población Tutsi con la intención de destruir, total o parcialmente, un grupo étnico o racial”.

   En mayo de 2000 el Tribunal Internacional lo sentenció a 12 años de prisión por incitación al homicidio. Esa pena no fue más extensa porque Ruggiu aceptó ser testigo contra tres acusados de genocidio. Cuando la sentencia se difundió, el gobierno de Ruanda protestó porque, dijo, no había correspondencia entre ese castigo y los crímenes que Ruggiu confesó.

   Hasta agosto de 2007 el Tribunal había expedido condenas a 27 acusados de genocidio –de los cuales 11 fueron sentenciados a cadena perpetua– y tenía más de 40 decisiones pendientes.

   En el libro La crisis de Ruanda. Historia de un genocidio, el investigador francés Gerard Prunier estima que, en 1994, el 80% de las víctimas en ese país fueron asesinadas durante las primeras seis semanas de la masacre. Se trata, indica, de una tasa de exterminio cinco veces mayor a la que hubo en los campos de concentración nazis.

   Ya en prisión, Ruggiu se convirtió al islamismo y decidió llamarse Omar. Georges Omar Ruggiu viste los hábitos musulmanes, lleva el cabello casi a rape y muestra una larga barba. En las pocas fotografías suyas que se conocen aparece con una mirada dura, quizá extraviada. Es la mirada de un ofuscado que con el subterfugio de ayudar a los pobres terminó siendo cómplice de genocidio. O quizá es simplemente la mirada de un miserable que no tuvo empacho para convocar al odio criminal.

 

Referencias

-Article 19, Broadcasting Genocide: Censorship, propaganda & state- sponsored violence in Rwanda 1990-1994.

-Allan Thompson, editor. The media and the Rwanda Genocide. Pluto Press, London, 2007, 450 pp.

-International Criminal Tribunal for Ruanda,

http://69.94.11.53/default.htm

 


Violencia en los medios

Diciembre 25, 2005

La televisión, ¿espejo, o detonador de la violencia en la sociedad?

Raúl Trejo Delarbre

 

Este ensayo forma parte del libro El Mundo de la Violencia, editado por don Adolfo Sánchez Vázquez y publicado por el Fondo de Cultura Económica y la UNAM, en 1998.

 

 

Hay quienes calculan que un joven estadounidense promedio habrá visto 200 mil actos de violencia en la televisión, incluyendo 16 mil asesinatos, antes de cumplir 18 años [1]. La Asociación de Psicología de los Estados Unidos, asegura que al concluir la escuela primaria un niño ha visto en televisión 8 mil asesinatos y 100 mil actos de violencia [2]. En Venezuela, se estima que al llegar a los 18 años un joven ha presenciado más de 113 mil 500 heridos y muertos, 65 500 escenas bélicas y 8 763 suicidios [3]. En México se calcula que los niños, en promedio, “han sido expuestos a 8 mil asesinatos y 100 mil acciones violentas en la televisión, al momento de terminar su educación primaria” [4]. La violencia es parte integral en el contenido de los medios de comunicación, así como lo es, también, de la realidad humana y contemporánea. Documentar cuántos balazos, acuchillamientos y palizas vemos en las pantallas televisivas, o presenciamos a través de otros medios, puede resultar útil para contrastar esos mensajes con los de otra índole. Pero por muchos homicidios, atropellos y coacciones contabilicemos, hay dos grandes dilemas sobre los cuales no tenemos respuestas concluyentes en el estudio de los medios y su relación con la violencia. El primero de ellos, es si la violencia en los medios es causa de violencia adicional en la sociedad. El segundo, es qué hacer ante la proliferación de mensajes que pudieran atentar contra la convivencia, la apacibilidad y la tolerancia.

El investigador George Gerbner ha denunciado que en los programas de noticias en los Estados Unidos, la violencia ha llegado a ser “el corazón de los sucesos dramáticos todas las noches”, pues diariamente ocurren cinco asesinatos por hora, en promedio, durante el horario estelar. Tan sólo en los programas de entretenimiento las muertes en promedio son tres por noche. En las caricaturas, hay entre 20 y 25 incidentes violentos cada hora [5]. Otras estimaciones, aseguran que en la televisión de los Estados Unidos, hay ocho actos de violencia por hora durante el horario de mayor audiencia (prime time) en las tres principales cadenas [6]. En otro medio, pero con propagación también televisiva, las películas Die Hard 2, Robocop y Total Recall, contienen, respectivamente, 264, 81 y 74 muertes violentas [7]. De las series extranjeras que programa la televisión mexicana, el 56 por ciento son de carácter violento [8].

Las respuestas sociales a esa profusión de escenas, episodios, hechos o representaciones violentas, desde hace algún tiempo comenzaron a pasar de la perplejidad o la resignación, a la preocupación e incluso la queja activa entre los consumidores de los medios en diversos sitios del mundo. El ejemplo no sólo más cercano sino mejor documentado que tenemos, es el de los Estados Unidos; de allí la proliferación de referencias –y no sólo en este ensayo– a la situación en ese país y menos a la violencia en los medios en América Latina o, específicamente, en México. Entre nuestros vecinos del norte, una encuesta señala que el 75% de los adultos con niños alguna o muchas veces le han cambiado de canal a su televisión o la han apagado, debido a la transmisión de escenas violentas [9].

En sociedades más activas que la mexicana, los televidentes tienen niveles de exigencia que logran presionar de manera eficaz a las grandes empresas de comunicación. El de la violencia, es uno de los temas principales en el escrutinio social de los medios. Desde luego no basta con identificar, contabilizar y condenar las escenas de hechos violentos, sean o no simuladas. Es preciso saber qué efectos tienen esos mensajes y en tal sentido, la investigación social en nuestros países tiene enormes carencias. Por otra parte, tampoco es suficiente la condena en general a los medios de comunicación como si ellos fuesen culpables de la violencia y no sólo de recoger o privilegiar en sus transmisiones la presentación de hechos de esa índole. Al respecto, hay una amplia discusión que en otras naciones lleva varios años y que en México apenas si empezamos a conocer.

Pero, ¿qué es la violencia en los medios?

Las definiciones al respecto no son exactas, ni de universal aceptación. El ya mencionado Gerbner, ha delimitado los atributos de la violencia, para propósitos de sus estudios, a:

“… la expresión abierta de fuerza física en contra de otros o de sí mismo, o la coacción para actuar en contra de la voluntad de alguien por medio del dolor, o por heridas, o muerte” [10].

En 1976, en Canadá, la Comisión Real sobre la Violencia en la Industria de las Comunicaciones, conocida como la Comisión La Marsh, estableció la siguiente definición: “Violencia es la acción que introduce miedo o dolor en la constitución física, sicológica o social de las personas o grupos”. En los medios, se dijo en ese estudio, “la violencia representada en cine, televisión, audio, impresos o interpretaciones en vivo, no es necesariamente la misma violencia de la vida real. Las cosas no violentas en la realidad pueden ser violentas en su dramatización. La violencia presentada en los medios, puede llegar a mucha gente, en tanto que la violencia real posiblemente no. Los medios pueden emplear muchos recursos artificiales para aminorar o amplificar sus efectos emocionales y sociales” [11].

Definir a la violencia no siempre es sencillo, especialmente cuando se trata de los reflejos o expresiones de ella en medios de comunicación. Estos, son antes que nada intermediarios que propagan lo que hacen, dicen o quieren otros actores sociales. Pero no son espacios neutrales que reflejen sin énfasis esas realidades. Hay ocasiones en las que es evidente cuándo un gesto, una frase o un hecho, son violentos en los medios. Pero no siempre es posible distinguir con facilidad entre la violencia en sí, que acaso pueda ser alevosa, ventajosa y de consecuencias lacerantes y la violencia como espejo de actitudes y hechos que existen en la realidad.

En los medios, no hay mensaje inocente. Es decir, no hay contenido en el cual, como sugería McLuhan, el mensaje no esté imbuido del medio. Si eso vale para los contenidos de ficción, más peculiar puede ser el sesgo que los medios impongan a un acontecimiento violento, o considerado como tal, de la vida real. La profesora brasileña Elizabeth Rondelli ha escrito, en tal sentido: “Los media no sólo se refieren a los actos violentos sino que también ejercitan un cierto grado de violencia al mostrarla al público, a partir de sus modos propios de enunciación. Ese gesto de violencia simbólica ocurre debido al poder que los medios de comunicación tienen de interceder en la realidad, extrayendo de ella hechos, descontextualizándolos, nombrándolos, categorizándolos, opinando sobre ellos y exponiéndolos en las imágenes, a veces exorbitantes, de los closes y big closes[12].

Al referirnos a la violencia en los medios, es difícil distinguir entre las maneras como son presentados la narración ficticia o los hechos reales y la categorización o descontextualización que la comunicación de masas impone sobre ellos. Es importante tener en cuenta esa distinción cuando se reflexiona sobre los alcances sociales de la violencia tal y como es presentada en los medios.

También incierto, o en todo caso motivo de un debate aún sin resultados concluyentes, es el asunto de si la violencia en los medios propicia, o no, actitudes violentas en sus espectadores. En febrero de 1996, se comenzó a difundir en los Estados Unidos el Estudio Nacional Mediascope sobre Violencia en Televisión (NTVS), resultado de un proyecto de tres años y que es considerado como la investigación más seria sobre el contexto en el cual aparece la violencia en ese medio. Fueron seleccionados al azar 23 canales de cable, cuya programación fue revisada en un lapso de 20 semanas. De allí se conformó una muestra de 2693 programas en la TV por cable, que ocuparon un total de 2500 horas de transmisión.

Los autores de esta indagación encontraron que los espectadores de estos programas:

“-Aprenden a comportarse de manera violenta,

-Comienzan a ser más insensibles a la violencia y

-Comienzan a ser más temerosos de ser atacados” [13].

Los perpetradores de delitos, quedaban impunes en el 73% de todas las escenas violentas.

En el 47% de los hechos de violencia, no se apreciaba perjuicio para las víctimas y en el 58%, no se mostraba dolor. Sólo el 16% de todos los programas indicaban el efecto negativo a largo plazo de la violencia, tanto sicológica como financiera y emocionalmente. En el 25% de los hechos de violencia, se encontró la presencia de armas de fuego. Y sólo el 4% de los programas violentos, enfatizó el tema de la anti-violencia [14].

¿Propicia más violencia la violencia en los medios?

Esa es la pregunta cardinal y que más debate suscita, en la evaluación de los contenidos de esta índole en los medios de comunicación. El profesor Brandon Certerwall, de la Escuela de Salud Pública de Washington, asegura que “si no hubiera televisión, hoy habría 10 mil asesinatos, 70 mil violaciones y 700 mil asaltos callejeros menos al año en Estados Unidos” [15].

También tajante pero además paradigmática del pesimismo ante el poco efecto de las indagaciones académicas al respecto, ha sido la opinión y la actitud del mencionado profesor George Gerbner, de la Escuela Annenberg de Comunicación de la Universidad de Pennsylvania, quien después de más de cuatro décadas de investigar el contenido en los medios decidió pasar, de la academia, al activismo social. Este especialista, fundó el 17 de marzo de 1996 el Movimiento por el Ambiente Cultural, en cuyo consejo consultivo participan varias docenas de los más destacados investigadores de la comunicación de masas en todo el mundo.

El doctor Gerbner había preparado en 1988 para la Unesco, el fundamental informe Violencia y Terror en los Medios de Comunicación. Allí se ofrecen los resultados de diversas investigaciones en el mundo, acerca de la violencia reportada o desplegada en los medios y la violencia en la sociedad. El informe, se sustentó en las respuestas de más de 4600 peticiones de datos sobre el tema que circularon en la comunidad académica internacional y fue complementado con indagaciones en bibliotecas y archivos de todo el mundo.

Ese estudio para la Unesco informó que según la evidencia disponible, “la exposición constante a las historias y escenas de violencia y terror, pueden movilizar tendencias agresivas, desensibilizar y aislar otras, intimidar a muchos y disparar acciones violentas en algunos”. Y concluía: “Hay una relación entre la violencia reportada por o desplegada en los medios y la violencia individual o de grupo, que es una realidad en las sociedades de nuestros días”. [16]

Para algunos especialistas, el problema no es sólo la cantidad de escenas violentas sino también, el carácter específico de la televisión como medio abierto a todos los públicos, que consumen prácticamente cualquier mensaje que se presente en la pantalla. “Mucha gente no tiene que esperar, planear o actuar para ver la televisión, porque la TV está encendida más de siete horas diarias en el hogar estadounidense promedio. Llega a nosotros de manera directa. Se ha convertido en un miembro de la familia, contándoles historias paciente, compulsiva, infatigablemente. Podemos elegir si leemos el New York Times, o a Dickens, o un libro de entomología. Nosotros escogemos escuchar a Bach o a Bartok, o al menos una estación de música clásica, o una estación de jazz, o de rock. Pero a la televisión, simplemente la miramos –sólo es preciso encenderla y mirar qué es lo que hay–” [17].

La respuesta cautelosa: no sabemos

En 1993, a raíz de una célebre petición suscrita por un millón 300 mil ciudadanos para que fuera expedida una legislación capaz de restringir la violencia en los medios, la Casa de los Comunes del Canadá formó una Comisión para estudiar este asunto. Después de hacer indagaciones propias y de escuchar opiniones en audiencias parlamentarias, ese grupo de trabajo concluyó:

“El Comité recibió las recomendaciones de los expertos acerca de que la violencia televisiva ocasiona tendencias agresivas y comportamientos antisociales en los individuos. El Comité comparte las conclusiones de los científicos sociales de que las causas de la violencia son muchas, complejas y en ocasiones interdependientes. Sin embargo, la evidencia científica sobre los efectos de la violencia en al televisión, según se nos dijo, es desigual y muy a menudo no concluyente, es débil y contradictoria. Enfrentados a la difícil tarea de determinar a cuál evidencia creer, tenemos que asumir la prudente perspectiva de que la violencia en televisión es uno de los muchos factores de riesgo que pueden contribuir a las tendencias agresivas y el comportamiento antisocial. Hemos encontrado claramente que la violencia desplegada en la televisión, refleja y moldea actitudes sociales insalubres. El alcance de sus efectos y la naturaleza precisa de la relación causal entre la violencia vista en la televisión y la violencia perpetrada en las vidas cotidianas de los canadienses, no son claros y requieren de futuros estudios.

“El Comité ha concluido que, aun cuando puede ser menor el riesgo de que la violencia en la televisión provoque tendencias agresivas y antisociales en ciertos individuos y posiblemente nunca sea probado de manera concluyente, tampoco puede ser ignorado. La falta de conclusiones definitivas de ese riesgo, nos ha mantenido distantes de recomendar que el gobierno legisle ahora en contra de la violencia en la televisión. En lugar de eso, hemos llegado a la conclusión de que el problema de la violencia en la televisión debería ser enfrentado de manera cooperativa, por parte de todos los actores, incluyendo a la industria, los padres y los gobiernos y con una mínima intervención legislativa. Simplemente legislar, generalmente en contra de toda la violencia en la televisión, podría ser un acercamiento draconiano para enfrentar lo que sólo es una pequeña parte de un problema mucho mayor: el problema de la penetrante violencia en nuestra sociedad” [18].

Legislar contra los contenidos considerados como violentos implica riesgos, entre otros, para la libertad de expresión. Sin precisiones suficientes –y cuando una ley requiere demasiadas explicaciones o ajustes casuísticos entonces no es una ley clara– podría vetarse tanto a la violencia en una serie televisiva sobre kung-fú, que en la transmisión de un juego de basketball o en las noticias sobre una manifestación callejera que terminó en enfrentamiento. De allí a los vetos políticos con pretexto de proteger a los televidentes de escenas violentas, habría poca distancia.

Pero al mismo tiempo, a fuerza de reparar en las desventajas de censura y autoritarismo posibles en la fiscalización sobre los medios, las sociedades y los gobiernos en los países en donde el de la violencia en los medios ha sido tema recurrente en la agenda de los asuntos públicos, se han quedado sin hacer nada, o haciendo poco. A últimas fechas, a partir aproximadamente de 1995, en distintos países se han desplegado algunas iniciativas novedosas, que comentamos en las páginas finales de este ensayo. Mientras se evalúan los resultados o no de esos intentos, puede considerarse que a lo más que se ha llegado para atenuar los contenidos violentos, es a exhortaciones a la responsabilidad de las empresas de comunicación y, en algunas ocasiones, a la promoción de medidas para que los televidentes, desde niños, aprendan a leer a los medios, es decir, a entender, discriminar y elegir dentro de la miríada de mensajes que nos ofrecen a cada momento. El contexto social y familiar, en todo caso, parece ser incuestionablemente influyente para determinar en qué medida afectan, o no, los mensajes violentos.

Un muy amplio estudio realizado recientemente también en Canadá, sobre los efectos de la violencia televisiva en los niños, era menos tajante que el anterior:

“Ninguna investigación ha examinado específicamente de qué manera el contenido violento afecta a los niños, pero hay alguna evidencia de que los niños pueden imitar el comportamiento de la televisión cuando dicho comportamiento es presentado de una manera simple, sin aspavientos e instruccional”

Esa investigación, ofrece descripciones específicas de la conducta que ante los medios asumen niños y adolescentes según sus edades y al cabo de una muy detallada revisión, concluye:

“Hay ciertas cosas que los padres pueden hacer para influir en el efecto que el contenido de la televisión tiene sobre sus niños. Sin embargo, un medio de entretenimiento que se propone satisfacer las necesidades del público canadiense, no debería estar saturado de contenido de tal manera potencialmente dañino, que los padres sean considerados negligentes si no están revisando constantemente qué es lo que miran sus hijos en la televisión. Los niños cuyos padres tienen la motivación y los recursos para ser intermediarios activos y vigilantes, podrán evitar muchos de los efectos negativos del contenido violento. Pero no todos los padres harán eso y, en realidad, los niños que suelen ser más vulnerables a los efectos de la violencia en la televisión pueden ser los únicos cuyos padres están menos dispuestos a ser mediadores vigilantes (por ejemplo, los padres abusivos o los padres de familias con penurias).

“Es completamente cierto que la violencia en la televisión no origina todas las causas de agresividad infantil y también es verdad que algunos niños son más susceptibles que otros a ser afectados por la violencia televisiva, y de todos modos esos son los niños que son más potencialmente agresivos. Pero el efecto de la violencia televisiva conduce a esos niños ‘en riesgo’ a ser más agresivos de lo que serían en otras circunstancias. Y aunque el grupo especialmente en riesgo debería ser una minoría de los televidentes, tienden a ser mayoría entre los agresores. Este hecho los hace, así como al contenido violento en la televisión, merecedores de nuestra atención” [19] .

Grupos de niños que ese estudio identificó como especialmente vulnerables a la violencia en los medios y de manera particular en la televisión, son: niños de grupos minoritarios y de inmigrantes, niños emocionalmente perturbados o que tienen dificultades de aprendizaje, niños de los que han abusado sus padres, familias con problemas (“los niños cuyas familias tienen más altos niveles de stress ven más televisión”) [20].

Aquí, el examen del tema que nos ocupa se enfrenta lo mismo a una patente carencia de estudios empíricos, que a una enorme cuestión sin resolver en la investigación sobre medios: ¿en qué medida la televisión, o la radio o la prensa, imponen sus imágenes sobre la conducta de quienes reciben sus mensajes? Recuerda un acucioso investigador colombiano, Jorge Iván Bonilla Vélez, que: “ya los mensajes no actúan como una aguja hipodérmica que afecta a todos por igual sino a determinados grupos, pero que los medios de comunicación engendran la violencia, no tiene discusión” [21].

En los Estados Unidos y en clara aceptación de la complejidad al mismo tiempo de la urgencia que le reconocen a este asunto, la Coalición Nacional sobre la Violencia en Televisión, pudo concluir que:

“A estas alturas, ha llegado a ser evidente para los investigadores de los medios, que no hay un solo estudio que establezca a la violencia en la televisión como ‘causa’ de agresividad o de comportamiento violento, pero la televisión es, ciertamente, un ‘factor que contribuye’ al comportamiento agresivo de los individuos y al problema de la violencia en la sociedad” [22].

¿Síntomas o causas de la violencia? Los medios de comunicación, desde luego, reflejan aristas de una realidad tan compleja como no siempre agradable, ni reivindicable. Pero no hay medio sin operadores que tienen a su cargo la decisión de qué presentar y qué no y sobre todo, con qué espacios, formatos, intensidades discursivas, o que deciden en qué contexto –o en ninguno— presentan un hecho violento, ya sea real o ficticio.

Y así como es posible exigirles a los medios que pongan en contexto los hechos de violencia que propagan, también sería pertinente, en cada caso específico, identificar la situación o las condiciones en las cuales presentan uno u otro mensajes. Marcelino Bisbal, periodista e investigador venezolano, ha alertado sobre algunas dificultades en la reflexión sobre este tema. Entre otras: “Pensar los medios en términos de ‘culpabilidad’ frente a los hechos de violencia, parece ser una mirada simplista. Esta visión despoja al conflicto de su contexto y de su sentido más profundos; es decir, ‘ignora las íntimas relaciones que existen entre lo que dicen los medios y lo que puede decir, ver y escuchar una sociedad sobre sí misma ‘ ” [23].

Como quiera que sea, ante la violencia en los medios y específicamente en la televisión, en distintos países ensayan opciones que van desde la formación de grupos ciudadanos para presionar a las empresas de comunicación y a los gobiernos, hasta el diseño de recursos tecnológicos para detectar y, en todo caso, vetar, la recepción de programas de contenido violento. A continuación presentamos un breve repaso de algunas de esas medidas.

Acción comunitaria. Saber leer a los medios

En varias naciones y ahora incipientemente en México, aunque con rasgos peculiares en cada caso, se conocen experiencias de grupos sociales e incluso de instituciones de radiodifusión, que se manifiestan y proponen algunos lineamientos jurídicos, morales o didácticos delante de la violencia en los medios.

ü El Movimiento por el Ambiente Cultural del ya citado doctor Gerbner, tiene una “Declaración de Independencia de los Espectadores”, en uno de cuyos 8 puntos se señalan, después de un diagnóstico de la concentración de las empresas de comunicación y la influencia enorme de los medios en la vida contemporánea, los siguientes efectos, que son calificados como “distorsiones del proceso democrático”:

“Las consecuencias humanas también son de largo alcance. Incluyen los cultos de la violencia en los medios, que desensibilizan, aterrorizan, brutalizan y paralizan; la promoción de prácticas insalubres que ensucian, drogan, hieren, envenenan y matan a millares todos los días; representaciones que deshumanizan, estereotipan, marginalizan y estigmatizan a las mujeres, a los grupos étnicos y raciales, a los gays y lesbianas, a las personas de edad o física o mentalmente incapacitadas y otros fuera del contexto cultural” [24].

ü La Asociación de Radiodifusores de Canadá, desplegó en 1994 la Campaña Nacional en Contra de la Violencia, para la cual destinó 10.6 millones de dólares (canadienses) en tiempo radiofónico y televisivo al aire. “Los mensajes recordaron a los canadienses que la violencia tiene víctimas en todos nosotros y que debemos ser parte de la solución ” [25].

En los siguientes dos años, 1996 y 1997, los radiodifusores canadienses sostienen una campaña denominada “Violencia: Usted Puede Hacer la Diferencia”, que incluye una nueva remesa de anuncios en radio y televisión y un paquete de “Sugerencias para la acción contra la violencia” que contiene información para ser empleada por radiodifusores, legisladores y profesores en escuelas de comunicación. [26]

Una de las peculiaridades de la experiencia canadiense, es que los industriales de la radiodifusión comparten las exigencias para atajar la violencia en los medios. Esto se explica en virtud de los rasgos culturales de la sociedad canadiense pero, también, debido a que una parte considerable del sistema de radio y televisión en ese país es de carácter público.

ü En México, en 1997 surgió el grupo denominado “En los Medios, A Favor de lo Mejor”, conformado por varias docenas de agrupaciones civiles preocupadas, entre otras cosas, porque:

“Hoy, los mexicanos nos enfrentamos al daño que está causando el avance de la violencia, el desorden sexual y el menosprecio de los valores fundamentales de la familia” [27].

¿Qué desea ver en su hogar?, preguntan a los ciudadanos los promotores de esa coalición. Y responden ellos mismos: “La amplia mayoría de los integrantes de la sociedad deseamos unidad, tranquilidad, ayuda, confianza, cariño. Queremos inocencia y ternura en nuestras niñas y niños. Queremos ideales, dignidad, virtudes en nuestras jóvenes y nuestros jóvenes… Queremos que se aprecie el valor de la familia, el matrimonio, los buenos modales, la consideración a los mayores, el respeto en el lenguaje” [28].

En consecuencia, esos grupos proponen mayor vigilancia por parte de padres de familia, exigencias a los medios que pueden llegar a la promoción de sabotajes publicitarios y la posibilidad de renovar las leyes para los medios.

En esa campaña, que en la primavera de 1997 se propuso reunir varios centenares de miles de firmas, se mezclaba el asunto de la violencia con los criterios de moralidad privada que a los directivos de tales grupos les parecían pertinentes. Ya se han conocido cuestionamientos a esa postura que, con el trasfondo o el pretexto de aminorar la violencia, puede propiciar actitudes de nueva intolerancia no sólo respecto de los contenidos en los medios de comunicación, sino respecto de conductas u opiniones que los defensores de “lo mejor” consideren no aceptables [29]. Esa campaña contó con la colaboración de la cúpula de la iglesia católica, con lo cual adquiría una definición ideológica todavía más parcial [30].

Remedios, o paliativos. Códigos de conducta

La autorregulación, es uno de los caminos que han encontrado medios de comunicación en todo el mundo para atenuar, o en todo caso prevenir ante mensajes considerados como delicados, o que no se estiman sean para todos los públicos.

ü Hay varias experiencias al respecto. Entre otras, la Asociación Canadiense de Radiodifusores expidió en septiembre de 1996 su “Código Voluntario Acerca de la Violencia en la Televisión”. Allí propone, antes que nada, que:

“Los radiodifusores canadienses no deberán transmitir programación:

*que contenga violencia gratuita en cualquier forma

*que avale, promueva o maquille a la violencia” [31].

Además, se sugieren reglas específicas para la transmisión de programación infantil, el establecimiento de horarios en la programación de adultos, un sistema de clasificación, advertencias sobre el contenido de los programas, programación noticiosa y violencia en contra de las mujeres, grupos específicos, animales y en programas deportivos.

Clasificaciones

En varios países, los criterios para clasificar contenidos violentos han sido tema de intensos debates. Casi siempre, el establecimiento de categorías para separar los mensajes considerados como apropiados para todo público de aquellos que se piensa deben ser vistos por públicos de edades específicas, toma en cuenta la violencia pero además otras consideraciones morales, legales y/o éticas.

ü En Francia, el Consejo Superior del Audiovisual comenzó a utilizar, a fines de 1996, un nuevo código de “clasificación de las obras susceptibles de afectar la sensibilidad de las minorías” y que cataloga los grados de “violencia o erotismo, las películas, telefilmes, series, dibujos animados y documentales” en cinco categorías [32].

ü En los Estados Unidos, después de recurrentes quejas y presiones del gobierno federal, las principales cadenas de televisión y otros directivos de la industria del espectáculo, aceptaron en 1996 establecer un sistema voluntario de clasificación (raitings) que comenzaría a ponerse en práctica al año siguiente. [33]

Recursos tecnológicos. El V –chip

ü Desde comienzos de 1996, la legislación estadounidense obliga a los fabricantes de televisores a instalar el “V –chip” que es un microcircuito de computadora que permite a los padres de familia bloquear los programas cuestionables. El chip, para funcionar, requiere que las estaciones televisoras incorporen a sus programas un sistema de clasificación capaz de alertar cuándo será y está siendo transmitido un programa considerado como violento. Ese dispositivo es capaz de leer la información y prevenir a los padres, con un aviso en la pantalla del televisor, sobre los programas clasificados como “violentos”, o como “objetables” por su contenido. También es posible que los televisores sean impedidos para recibir ese tipo de programación, excepto cuando los padres de familia introduzcan una clave para “desbloquear” la protección anti-violencia.

No basta, aunque hay quienes sostienen que ese aditamento puede ser útil. La Coalición Nacional sobre la Violencia en Televisión, defensora del V -chip ha considerado, sin embargo, objeciones y limitaciones como las siguientes:

“El V –chip no es sustituto de la disciplina que debe tener la industria (de la radiodifusión).

-En áreas de alta criminalidad, donde los niños ven un 50% más de televisión, el V –chip no podría ser empleado.

-Los adolescentes encontrarán alguna forma de eludir el chip.

-Ellos, se reunirán a ver los programas en las casas de otros muchachos.

-Tomará años instalar el V –chip en todos los televisores. La televisión necesita ser limpiada ahora.

-¿Distinguirá el V –chip entre la violencia gratuita y glamorizada y la de otros tipos?

-¿Echarán fuera los radiodifusores toda programación condenada por ser violenta?

-Será una ventaja para la televisión por cable y un problema para la televisión abierta. Todavía, esta última es la que hace más progresos en aminorar la violencia.

-Para los muchachos varones de entre 10 y 14 años, una clasificación negativa será un atractivo adicional.

-En suma, el V –chip es un truco” [34] .

Las dudas sobre la eficacia de ese dispositivo, siguen siendo muchas. ¿Qué clasificación sería satisfactoria y para qué segmentos de televidentes? ¿En qué medida las grandes empresas de comunicación están dispuestas a sacrificar al menos en parte los rendimientos financieros fáciles que supone la transmisión de programas violentos, a cambio de ganar algo de legitimidad entre sus públicos? Hay programas, como hemos apuntado, que son indiscutiblemente violentos. Pero, por ejemplo, ¿y las caricaturas, en donde la violencia es ingrediente cada vez más frecuente y, casi, garantía de audiencias infantiles?; ¿y en el plano deportivo, el rugby o la lucha libre, para no hablar de los incidentes en algunos partidos de futbol soccer? La NCTV estima, en fin, que “el V –chip no es ni la solución, ni una tontería. Es una herramienta que un padre puede usar como auxilio para monitorear lo que sus niños están viendo. Los padres, siguen teniendo la responsabilidad. Necesitan ser más atentos respecto de los tipos de programas apropiados para las edades específicas de los niños. Hasta ahora, los programas en televisión estaban dirigidos a una audiencia general. El problema es que un programa apropiado para una ‘audiencia general’, a menudo no es apropiado para un niño de cinco años” [35].

En varios países de Europa, el V –chip ha sido aprobado en términos generales pero hay problemas prácticos para que funcione. En noviembre de 1996, el Parlamento Europeo admitió su introducción en un proceso de dos años, pero pocas semanas después se reconoció que los costos de esa operación tecnológica y los plazos requeridos para ella, serán mayores de lo que se pensaba [36]. En los Estados Unidos, en donde se venden 24 millones de telerreceptores cada año, se estimaba que para febrero de 1998 todos los televisores de nueva fabricación debían tener ese dispositivo [37].

En México, el asunto del V –chip ni siquiera ha formado parte de la discusión en, ni respecto de, los medios de comunicación. Entre las pocas alusiones a ese recurso está el comentario de un analista constante de estos temas, Francisco Báez Rodríguez, quien ha considerado que gracias al V –chip, “es cada adulto el que se hace responsable por lo que ven sus hijos, el que reconoce a qué dosis de complejidad (o de sexo, violencia o léxico vulgar) pueden ellos someterse” [38].

Realidad y fantasía

La violencia, como es tan cotidiana y desdichadamente obvio, forma parte de nuestra realidad. Hay quienes dicen que, por ello, los medios de comunicación no pueden soslayarla. Pero una cosa sería ocultarla –lo cual resultaría tan imposible como increíble– y otra, magnificarla cuando se la muestra en medios como la televisión.

Los medios no sólo propagan mensajes; además los modulan, según los presenten. Desde el comienzo de la televisión y durante muchos años, la violencia en ese medio se encontraba fundamental, o casi exclusivamente, en series y películas de ficción. De poco tiempo a la fecha, gran parte del contenido violento está en programas de noticias o de reportajes, algunos de los cuales, precisamente, tienen como tema principal la exposición de hechos dominados por acciones agresivas.

Los programas de periodismo tabloide, como se les denomina en Estados Unidos y que entre 1995 y 96 entraron con ímpetu en la televisión mexicana, medran con acontecimientos violentos; no solamente distorsionan la realidad al presentar sólo o preferentemente sus aspectos más agresivos, sino además hacen proselitismo en favor de ella. Se trata de espacios televisivos que contradicen la responsabilidad social que en términos morales pero también legales, incluso en México, tienen –o deberían tener– las empresas de comunicación social.

Los empresarios de la televisión suelen alegar que a la gente le gustan las series de nota roja. El problema es con qué parámetros, qué tradiciones, qué ausencia de verdadera competencia –en el caso mexicano–, se ha desarrollado el gusto popular que, por lo demás, no es tan homogéneo como los empresarios y publicistas de los medios suelen considerar.

La nota roja suele ser es campo propicio para describir realidades de una sociedad compleja. La crónica periodística y la sociología de casos específicos, llegan a enriquecer ese recurso. Sin embargo, cuando a ese género se le toma como fin en sí mismo, el enorme riesgo del sensacionalismo tiende a dominarlo todo. Enrojecidas en los programas de supuesta búsqueda periodística que en realidad lo son de mercantilización de algunos de los aspectos más crudos de la realidad, las pantallas televisivas no ofrecen contexto sino contundencia. La exaltación de la violencia se origina entonces en la magnificación de asuntos que forman parte de la realidad, pero no la dominan ni la modifican del todo.

La violencia en la televisión es problema en todos los países. La sobreposición de criterios mercantiles para medir la eficacia o la presencia social de los medios, también. En México, además, la violencia en los medios, que siempre ha existido, se ha vuelto recurso vulgar, con resultados de corto plazo, en la competencia que sostienen las empresas privadas de la televisión.

La violencia, en fin, es parte de la vida. Muchas cosas lo son. Pero de allí a propagarla como elemento central hay una distancia que los empresarios de la comunicación y especialmente la TV, ante la mirada todavía estupefacta de una sociedad que no suele reivindicar sus derechos respecto de los medios, acostumbran brincar apuntalados en la venta de espacios de publicidad. La violencia entonces, patéticamente, queda supeditada no a control social alguno, ni al autocontrol sustentado en parámetros éticos, sino al imperio del dinero.

Ya ha precisado, con su habitual elocuencia, el pensador español Fernando Savater: “Las fantasías violentas pueblan nuestros juegos y nuestros sueños desde la infancia: lo grave es no saber cómo distinguirlas de la realidad y desconocer las razones civilizadas por las que debemos evitar ponerlas en práctica” [39]. Los programas de contenido fundamentalmente violento (entre ellos los tabloides televisivos de nota roja) tienden a obnubilar el discernimiento sobre las causas y consecuencias de la violencia. Cuando contienen moraleja, suelen ser peores: el tono admonitorio de los locutores, de nada o de poco sirve junto a la fisgonería morbosa de los telespectadores; la sangre que salpica las pantallas, se sobrepone al discurso moralizante. Y la sangre, entonces, se vuelve discurso sin más lógica que la de su propia propagación.

Hace pocos años, un muchacho en un pueblo estadounidense quemó vivo a un vecinito suyo porque había visto hacer lo mismo en un episodio de la traviesa serie de adolescentes freaks Beavis and Butthead, de la cadena MTV. Episodios como ése, en donde la frontera entre la ficción violenta y la realidad trágica se difumina en la percepción obnubilada de televidentes adolescentes e incluso niños, se han venido repitiendo en diversos sitios del mundo. Los hechos de violencia cometidos, sobre todo pero no exclusivamente por adolescentes y hasta niños que se dicen inspirados en la televisión, aumentan delante de una sociedad aturdida por los mismos medios. ¿Quiénes son responsables de tales hechos? El entorno social y la existencia real de violencia cotidiana, la falta de contexto explicativo que sería especialmente pertinente para los espectadores jóvenes, la gana de lucro fácil que supone la divulgación de programas de contenido violento y la ausencia de reglas suficientes para ubicar y acotar la transmisión de esos mensajes son elementos que, sumados, contribuyen a que la violencia ya existente en el entorno social se exacerbe en su propagación mediática. La culpa, después de todo, no es sólo de los medios. Pero ellos, en ese proceso de propagación de imágenes, no son precisamente inocentes.

El profesor Gerbner lo ha dicho con la experiencia de sus tres décadas en la investigación de medios: “La televisión no ‘causa’ nada. Ya estamos fastidiados de decir que la televisión ‘causa’ esto o lo otro. En vez de ello, decimos que la televisión ´contribuye’ a esto o lo otro. Las dimensiones de esa ‘contribución’ varían. Pero allí están” [40].

Granja de la Concepción, D.F.,

mayo y junio de 1997


[1] American Medical Association, “Facts about media violence”. Información en la página de la AMA en Internet: http://www.ama-assn.org/ad-com/releases/1996

[2] Citado por Marcelino Bisbal, “Violencia y televisión o el discurso de la conmoción social”, en Guillermo Orozco Gómez, coord., Miradas latinoamericanas a la televisión. Universidad Iberoamericana, México, 1996, p. 105. La misma información es corroborada en Net Citizens TV, “10 Common Myths about the V-Chip”, http://www.nctvv.org

[3] Bisbal, cit.

[4] Organizaciones Coordinadas para Mejorar los Medios de Comunicación, En los Medios A Favor de lo Mejor. Manual de Campaña. México, febrero de 1997, p 9.

[5] George Gerbner, “Selling all the stories. The culture of violence and what you can do about it”. Conferencia para el grupo Science for Peace, Toronto, july 14, 1995, mimeo.

[6] House of Commons Standing Committee on Communication and Culture. “Television Violence: Fraying Our Social Fabric. Introduction and Chapter Five: Conclusions and List of Recommendations”. Report. Ottawa, June, 1993, mimeo.

[7] Susan Alter, Current Issue Review: Violence on Television. Law and Government Division, Research Branch, Library of Parliament. The Canadian Communication Group, 1995. La primera versión de Die Hard contenía solamente 18 muertes violentas: Scott Stossel, “The man who counts the killings”, en Atlantic Monthly, Boston, may 1997.

[8] Mario Abad, “La televisión sí influye en el comportamiento violento”. El Nacional, 7 de enero de 1997.

[9] Jeffrey Pollock, Global Strategy Group Inc., Executive Summary of Media Violence Survey Analysis. Memorandum to the American Medical Association, august 13, 1996. Disponible en la página electrónica de la A.M.A., cit.

[10] George Gerbner, “Violence in Television Drama – Trends and Symbolic Functions”. Mimeo., 1972.

[11] The Royal Comission on Violence in the Communications Industry, “The Nature of Media Violence”. Mimeo., Ottawa, 1976.

[12] Elizabeth Rondelli, “Media, representacoes sociais da violencia, da criminalidade e acoes políticas”, en Comunicacao&Política vol. 1, No. 2, Río de Janeiro, dezembro 1994-marco 1995. Reproducido como “Medios, drogas y crimen”, en etcétera, No. 207, México, 16 de enero de 1997.

[13] Media Awareness Network, “Mediascope National Television Violence Study”, mimeo., septiembre de 1996.

[14] Ibid.

[15] Claudia Navarro, “Sin ‘tele’ habría 10.000 asesinatos menos al año”. El País, Madrid, 22 de septiembre de 1996.

[16] UNESCO Report, Violence and Terror in the Mass Media, 1988. Citado en Jan D’Arcy, National Film Board, Changing the Shape of a Brick Already Built into the Wall. A brief presented to the Canadian Panel on Violence Against Women, 1992.

[17] Stossel, cit., p. 95. Este ensayo-reportaje, dio a conocer a un público más amplio –más allá del mundo académico especializado en comunicación social– la peculiar biografía de Gerbner (nacido en Hungría, protagonista y víctima en la Segunda Guerra luego, emigrado a los Estados Unidos, constructor de todo un esquema metodológico para analizar a los medios) y de su insistente así como creativa preocupación por la violencia en los medios.

[18] House of Commons Standing Committee… cit., Subrayado nuestro.

[19] Wendy L. Josephson. Television Violence: A Review of the Effects on Children of Different Ages. Mimeo, february 1995.

[20] Ibid

[21] Jorge Iván Bonilla Vélez, Violencia, medios y comunicación. Otras pistas en la investigación. Trillas, México, 1995, p 19.

[22] Mary Ann Banta, The V (Violence) Chip Story. National Coalition on Television Violence, [http://www.nctv.org], abril de 1997.

[23] Bisbal, cit., p 125. Las comillas son de ese autor.

[24] Cultural Environment Movement, Viewer’s Declaration of Independence. St. Louis Missouri, march 17, 1996.

[25] The Canadian Association of Broadcasters, Nationwide Campaign Against Violence. September, 1996.

[26] Ibid.

[27] Organizaciones Coordinadas…. cit., p. 8.

[28] Ibid., p. 3

[29] La escritora Mónica Mayer hacía estas consideraciones sobre la campaña “A favor de lo mejor”: “Para empezar, habría que especificar qué es violencia. Mi madre por ejemplo, pensaba que los cuentos infantiles (brujas enjaulando niños para comérselos) eran violentos y sé de una escuela que en algún momento eliminó la enseñanza de la historia por lo mismo… Por otro lado, les pregunto, ¿qué entienden por ‘desorden sexual’ ? En este país en el que todo nos espanta puede ser desde la aparición de un discreto desnudo en un programa cultural… hasta información sobre anticonceptivos y prevención del SIDA”. “Censura civil organizada”, en El Universal, México, 28 de marzo de 1997.

[30] Fabiola Guarneros, “Iniciará la Arquidiócesis de México una campaña contra la violencia en los medios”. El Universal, México, 1 de marzo de 1997.

[31] Canadian Association of Broadcasters, “Voluntary Code Regarding Violence in Television”. Mimeo., Montreal, septiembre de 1996. Allí se especifica que “gratuita”, significa material que no desempeñe un papel integral en el desarrollo de la trama, el carácter o el tema del material en su conjunto”.

[32] Conseil Superieur de l’Audiovisuel, CSA La Lettre, No. 86, París, novembre de 1996.

[33] CNN in archive… “Clinton applauds…” february 29, 1996. Bajado de la página electrónica de esa cadena informativa [www.CNN.com].

[34] Mary Ann Banta… cit.

[35] Ibid.

[36] Walter Oppenheimer, “La UE rechaza introducir con rapidez el ´chip´antiviolencia”. El País, Madrid, 7 de diciembre de 1996.

[37] Stossel, cit., p 88.

[38] Francisco Báez Rodríguez, “Controlar la televisión”, en etcétera, México, 9 de enero 1997.

[39] Fernando Savater, “La violencia y las patrañas”. El País, Madrid, 13 de octubre de 1996.

[40] Stossel, cit., p. 92


Ira y violencia en TV

Diciembre 12, 2005

La Crónica, 10 de mayo de 2002

Hastiada de mirar una y otra vez la terrible escena de los niños cuando eran atropellados por un desquiciado, la noche del lunes una indignada televidente envió por correo electrónico esta carta a las oficinas del Canal 40:

   “¡Qué poca madre la de ustedes! Qué bueno tener imágenes tan ilustrativas de la locura humana. Una gran exclusiva para ustedes, supongo. Imagino la cara de emoción que algunos de ustedes tuvieron por haber transmitido una imagen tan descarnada. Esa es la violencia y la locura de nuestros tiempos actuales, podríamos decir. Sin embargo, pese a toda la estupidez humana, esos niños merecían un minuto de silencio, bueno, ya de perdida un absurdo comercial, pero no las mentadas de madre ni las risas divertidas de un público futbolero que no hace sino demostrar que ustedes también nos nutren de circo y hacen de la violencia un punto más en el rating”.

   El encrespado mensaje fue enviado por la periodista Susana Rosas, madre de familia que había contemplado con desazón inacabable el video que mostraron los canales televisivos.

   La obsesiva reiteración con que durante toda esa tarde y noche fueron mostradas las escenas del asesinato en Ecatepec, permitía suponer que las televisoras habían transgredido la siempre incierta barrera entre el compromiso informativo y el afán mercantil.

   Hipnóticas, esas escenas nunca dejarán de provocar rabia y espanto. Televisa las transmitió en todos sus noticieros pero al menos en algunos de ellos omitió las escenas más escabrosas. Al parecer no hizo lo mismo la empresa CNI Canal 40 que, aun cuando reconoció que el video se lo había proporcionado Televisa, no tuvo el mismo escrúpulo al difundirlo.

   Más allá de las implicaciones sociales, penales y morales del crimen contra los niños que hacían un ensayo cívico en la calle, la difusión de esas imágenes remite a uno de los temas inagotables en el comportamiento de los medios. ¿Hasta dónde es pertinente transmitir escenas de hechos de violencia y crueldad extremas? ¿En qué medida esas imágenes permiten combatir la violencia o, al contrario, son recibidas como apología del crimen?

   No existen códigos de ética o parámetros profesionales suficientemente detallados para anticiparse a situaciones tan complejas e inesperadas como las que, en ese terreno, suelen enfrentar las redacciones en todo el mundo. Es claro que la transmisión de imágenes de asesinatos, mientras más crueles más célebres, incrementan la audiencia de cualquier medio.

   Pero también ocurre que, cada vez con más frecuencia, el abuso en la presentación de escenas de esa índole disgusta a algunos segmentos de los públicos mediáticos. Protestas similares a la de nuestra amiga, comienzan a repetirse cada vez que los medios difunden acontecimientos espantosos como la matanza en Ecatepec.

   Dentro de los medios los dilemas al respecto son difíciles. Incluso por consideraciones de mercado, pero no sólo debido a ellas, los jefes de redacción y directivos tienden a moderar la exhibición de tales escenas aunque difícilmente alguien prescindiría de algunas de ellas cuando se trata de un asunto tan perturbador como el del martes.

   A veces difundir escenas de hechos criminales en sitios distantes no es tan difícil como hacerlo cuando se trata de acontecimientos que nos involucran de una u otra manera. Las imágenes de la guerra en Israel o Afganistán, no parecen tan repulsivas como las del momento en que son atropellados unos niños indefensos a un paso del Distrito Federal.

   En Estados Unidos, el 11 de septiembre las televisoras resolvieron no mostrar las escenas más cruentas de las víctimas del atentado contra las Torres Gemelas. Hubo quienes, desde el gremio periodístico, consideraron que esa decisión atentaba contra la libertad de información de los ciudadanos. Otros, dentro y fuera de ese país, creyeron que esas imágenes habían sido omitidas por instrucción expresa del gobierno estadounidense.

   En otras circunstancias, la transmisión de noticias de atentados terroristas ha sido intencionalmente atenuada, e incluso suspendida por algún tiempo. Hace más de una década los medios en Gran Bretaña e Irlanda se propusieron no difundir escenas de crímenes perpetrados por el Ejército Revolucionario Irlandés. En Colombia hace tres años las cadenas de televisión decretaron una moratoria en la transmisión de imágenes de atentados y secuestros.

   En todos esos casos la realidad se les ha impuesto a los medios. Pero sin duda en algunas ocasiones el exceso en la presentación de escenas violentas no sólo exaspera a los televidentes. Incluso llega a propiciar que algunos de ellos culpen a los medios, aunque sea en parte, del ánimo agresivo que se extiende en nuestras sociedades.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

 

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