Violencia en los medios

tvviolence
“Tv Violence” por Newtonia @ Flickr Imagen tomada de http://mexicanadecomunicacion.com.mx/

Publicado en Folios, Revista del Instituto Electoral de Jalisco. No. 29, junio 2015

Cuando trabajan bajo el amago de la violencia, los medios de comunicación se convierten en focos rojos de la encrespada democracia mexicana. Los delincuentes también tienen agendas y, con frecuencia, acuden a diversas formas de intimidación, incluso las más violentas, para modular o distorsionar las informaciones acerca de sus acciones criminales.

La persecución a periodistas, la ausencia de condiciones para que las redacciones trabajen con libertad plena, la impunidad cuando se cometen crímenes en contra de informadores, forman parte de nuevas asignaturas de la transición política mexicana. Ningún esfuerzo para contribuir a la seguridad de los informadores y los medios de comunicación, será menor. Y de la misma manera que es pertinente proteger el trabajo de los periodistas, también es del mayor interés para la sociedad que se discuta acerca de las decisiones editoriales que se toman en los medios de comunicación cuando se ocupan de hechos violentos. Seguir leyendo

Policías y funcionarios, en las redes del Canal de las Estrellas

Publicado en Zócalo, junio de 2011

No se necesita ser Nostradamus para anticipar que el cuantioso gasto que hizo la Secretaría de Seguridad Pública para financiar la telenovela “El Equipo” no logrará mejorar sustancialmente la imagen pública de esa dependencia. Tampoco se requieren habilidades adivinatorias para considerar que ese fracaso, ni siquiera por haberse difundido en cadena de televisión nacional, no modificará el embeleso por la televisión que tiene la clase política mexicana y especialmente el gobierno federal.

La decisión de la SSP para financiar esa serie de 20 capítulos que comenzaron a transmitirse a principios de mayo manifiesta una amalgama de avidez propagandística, necesidad de legitimación y costoso candor acerca de los efectos de los medios de comunicación. El secretario Genaro García Luna y sus asesores padecen una ignorancia que, dicho sea en descargo suyo, es compartida por amplios segmentos en la política mexicana. Esa impericia radica en suponer que la televisión moldea conductas como si las conciencias de los televidentes fueran de plastilina. Seguir leyendo

Observadores rigurosamente vigilados

Publicado en Eje Central

Promovido con modos autoritarios y suscrito de manera resignada o culposa por muchos de quienes lo avalaron, el “Acuerdo para la cobertura informativa de la violencia” se fractura antes de cumplir dos meses. De la misma manera que diseñaron y promovieron ese documento en sus oficinas corporativas, los directivos de Televisa ahora crearon un “Observatorio de medios” y designaron al consejo que supuestamente habrá de regirlo sin consultar con los medios de comunicación que firmaron tal Acuerdo.

La deliberación no es un asunto que les resulte familiar a los directivos de Televisa. La consulta con otros antes de tomar decisiones que los involucran a todos, mucho menos. Así que cuando se les ocurrió establecer un mecanismo para tratar de conferirle alguna credibilidad al alicaído Acuerdo que varias televisoras han sido las primeras en transgredir, lo mejor que pudieron hacer fue acudir a varios de los comentaristas cercanos a la propia Televisa, o a Televisión Azteca, para que respalden el nuevo Observatorio. Seguir leyendo

Manufacturas mediáticas

La historia de Wallace Souza ha dado la vuelta al mundo. En todos los idiomas y latitudes se han esparcido asombros y, luego, se han construido puntuales moralejas sobre los riesgos de la avidez mediática, los frágiles linderos entre la realdad y sus reconstrucciones y las distorsiones a las que llevan al periodismo el afán por ganar notoriedad.

Wallace Souza es uno de los conductores de televisión más populares en la región amazónica de Brasil. Durante dos décadas, dirigió y presentó el programa “Canal Livre TV”, de marcado sensacionalismo y especializado en nota roja. Además de las descripciones escandalosas y las escenas sangrientas que solía presentar, el programa obtuvo notoriedad porque sus reporteros llegaban antes que nadie a las escenas de los crímenes que difundirían con tanta profusión.

El periodismo que realizaba, puede ejemplificarse en esta narración de uno de los reporteros de “Canal Livre TV” cuando va caminando a través de la selva para llegar hasta un cadáver carbonizado: “Huele como a barbacoa. Es un hombre. Tiene el olor de la carne quemada. La impresión es que fue en las primeras horas… fue una ejecución”.

La fama que alcanzó, llevó a Souza a incursionar en política. En 1998 fue electo diputado local y ha sido reelecto en varias ocasiones. Actualmente es miembro del Partido Progresista y en las elecciones más recientes fue el diputado que recibió más votos en el estado de Amazonas.

Ahora, sin embargo, Souza está en problemas porque ha sido acusado de ordenar varios asesinatos para luego tener la exclusiva periodística acerca de ellos.

De ser ciertas esas imputaciones, Souza habría encarnado los más drásticos estereotipos que acusan a la televisión de inventar la realidad. El rating de “Canal Livre TV” habría sido obtenido a fuerza de suscitar y no solamente registrar los acontecimientos. Los homicidios que sus reporteros acudían a cubrir con tanta presteza, habrían sido perpetrados por sicarios a sueldo de Souza. El mérito periodístico habría sido desplazado, entonces, por una diabólica mentalidad criminal ávida de éxito mediático.

Antes de sobresalir en televisión, Wallace Souza fue policía. Ahora él y varios de sus colaboradores están acusados de fabricar crímenes para luego difundirlos. Además se le ha vinculado con actividades de narcotráfico. Su hijo de 26 años está preso, acusado de homicidio y tráfico de drogas.

En todo el mundo han proliferado comentarios, ora sorprendidos, a veces moralistas, las más de las ocasiones a medio camino entre la prédica y el estupor, a propósito de los crímenes de los que se acusa a Wallace Souza. Uno de los más inteligentes ha sido el artículo de Mario Vargas Llosa, ayer domingo en el diario madrileño El País. Después de jugar con la posibilidad de que los crímenes que habría cometido no fueran únicamente culpa de Wallace Souza sino del sistema mediático del que ha sido estrella, beneficiario y ahora víctima, el novelista peruano comenta:

“Si Wallace Souza cometió esos crímenes sólo para convertirlos en imágenes, es evidente que, para él y para sus espectadores –aunque éstos fueran menos conscientes de ello que él– la realidad real era menos importante, meramente subsidiaria o pretexto, de la realidad reflejada por las cámaras, las que, con su perfecta adecuación a los gustos del público, la recomponía, purgaba y recreaba de tal modo que fuera algo que la realidad real lo es sólo muy de cuando en cuando: excitante, terrible, divertida”.

Pero no solamente los presuntos crímenes ordenados por Wallace Souza y su posterior presentación televisiva han sido engranajes de ese juego permanente entre la “realidad real” y que resulta de las fabricaciones mediáticas. También las acusaciones contra ese conductor televisivo y legislador brasileño han desatado un intenso cuan lucrativo circo mediático.

Para indagar las imputaciones criminales contra Souza, la Asamblea Legislativa del Amazonas encargó una indagación a varios de sus integrantes. Los resultados de esa pesquisa se conocerán en los próximos días. Por lo pronto la semana pasada, entrevistado en Manaos, Souza negó esas acusaciones. No es sorprendente que lo hiciera. Pero al parecer no es el único en defender su inocencia. El diputado estatal Libertan Moreno, relator del proceso que se sigue contra Souza por atentar contra el decoro parlamentario, declaró el viernes pasado que los elementos presentados por la defensa contradicen las acusaciones iniciales a tal grado que, a varias de ellas, las “derrumban completamente”.

La inocencia del diputado y periodista Souza no ha sido demostrada. Pero su culpabilidad tampoco. Sin embargo el tribunal mediático, que en este caso ha sido global y sumario, no solamente ya lo condenó sino que extrajo ingeniosas moralejas a partir de los crímenes –siempre en busca del idolatrado rating– que posiblemente Wallace Souza cometió, pero posiblemente no.

Publicado en eje central

Narcomensajes

Publicado en Nexos,  julio de 2009

También el Caramuela llevaba tapabocas. Capturado a fines de abril Gregorio Sauceda Gamboa, jefe en Matamoros del Cártel del Golfo, fue traído a la ciudad de México para cumplir con el ritual mediático que se despliega cada vez que se anuncia un golpe policiaco. Flanqueado por varios soldados, el Caramuela enfilaba su mirada dura hacia los fotógrafos que capturaban la escena. Aunque él lo tenía enrollado en el cuello, tanto sus guardianes como el narcotraficante portaban cubrebocas, igual que millones de mexicanos en esos días.

La epidemia que agobió al país no impidió la exhibición de ese nuevo logro en el combate al narcotráfico. Sin duda era una aprehensión relevante. Pero además las autoridades querían ufanarse de ese encarcelamiento porque la legitimación televisiva se ha convertido en una de sus prioridades.

La costumbre de exhibir como piezas de caza a los delincuentes capturados se ha convertido en parte de la cultura social y mediática sin que nadie le encuentre reparos. Desde que, en los años 60, el mítico y pedestre semanario Alarma introducía a sus fotógrafos a los separos judiciales para registrar la catadura de los criminales más atroces, se generalizó la costumbre de acompañar los éxitos policiacos con una dramatizada dosis de registros mediáticos.

El afán para cortejar a los medios con revelaciones y filtraciones, siempre en busca de espacios destacados, ha llevado a las autoridades policiacas a deformar sus propias acciones como en diciembre de 2005, cuando armaron un montaje para que las televisoras transmitieran en directo la pretendida aprehensión de una pandilla de secuestradores… que habían sido detenidos varias horas antes (en esa ocasión fue capturada la francesa Florence Cassez, cómplice de aquella banda).

A los jefes del narcotráfico también les ha seducido la exposición en los medios. A veces para amagar a las pandillas rivales y también para inyectar más temor en una sociedad abrumada de hechos delincuenciales, algunos capos buscan resonancia mediática para sus crímenes.

Los recados que dejan junto a sus víctimas tienen como destinatarios a otros delincuentes, o a las autoridades, pero también a televidentes y lectores de diarios. La policía les da publicidad cuando preserva los escenarios criminales y propicia que fotógrafos y camarógrafos retraten cabezas cercenadas y otras expresiones de la brutal acción de esas pandillas.

La política de comunicación de los narcos los ha llevado a colocar mantas en vías públicas para amenazar a Ejército y mandos policiacos. En todo el país, medios electrónicos e impresos reproducen con docilidad esos mensajes. Editores y jefes de redacción suelen argumentar que, aunque despreciables y desagradables, las mantas de los narcotraficantes y las fotografías de sus crímenes son noticia. Sin duda allí hay noticia, pero los medios de comunicación nunca son intermediarios asépticos y acríticos de los contenidos que reproducen.

Al colocarlas en primeras planas o al destacarlas en los noticieros, los medios que actúan de esa manera se convierten en voceros de los delincuentes. A veces lo hacen por miedo. En Tamaulipas y Sinaloa, varias redacciones han sido atacadas como represalia por la publicación o la omisión de noticias alusivas a los narcos. El asesinato y la desaparición de varios periodistas han tenido la misma causa.

El temor de los editores y reporteros que no quieren ser instrumento pero tampoco víctimas de los delincuentes, en algunos casos los ha llevado a abstenerse de publicar cualquier información relacionada con el narcotráfico. No siempre pueden cumplir ese propósito. En otras ocasiones, sobre todo en diarios y televisoras de la ciudad de México el afán de espectacularidad, cobijado en la coartada de que se trata de hechos que son noticia, conduce a la difusión de imágenes de extrema violencia.

Tales escenas se han vuelto tan frecuentes que no pocos lectores y televidentes han perdido capacidad de asombro e indignación ante ellas.  Por otra parte en ocasiones los reporteros, al mimetizarse con la picaresca del submundo del narcotráfico o al contribuir ellos mismos a vulgarizarla, trivializan los hechos criminales. Cuando la prensa propagó complacientemente el seudónimo de “El pozolero” –el individuo que según se dijo se dedicaba a desintegrar con sosa cáustica los cadáveres de víctimas del cártel de Tijuana– creó una nueva leyenda delincuencial en lugar de contribuir a la condena social de esos crímenes.

Para informar sin ser rehenes del morbo ni de los cárteles, los medios podrían establecer algunas normas de conducta editorial: negarse a publicar imágenes escabrosas y a reproducir textualmente mensajes de los delincuentes, destinar a páginas interiores o a segmentos no relevantes las noticias de esa índole, rechazar los rumores, evitar hacer panegírico de los delincuentes. Esas medidas tendrían eficacia solamente si todos los medios se adhirieran a ellas y las cumplieran. Lamentablemente los periódicos y las televisoras, tan quisquillosos como son cuando se les proponen parámetros éticos, siguen rehusándose a un compromiso así.

Los medios ante el narcoterrorismo

La Crónica, 29 de mayo

Cada vez que colocan un mensaje junto al cadáver de uno de sus ejecutados, o cuando hacen advertencias en anuncios en las calles (como las mantas que colocaron el fin de semana pasado en varios puentes de Ciudad Juárez), e incluso cada vez que suben a Internet un video con alguno de sus crímenes, las bandas de delincuentes quieren exhibirse.

Con esos desplantes, los criminales tratan de intimidar a sus adversarios y buscan reafirmarse a sí mismos dentro de sus peregrinos códigos de comportamiento. Pero sobre todo intentan generar un clima de aprensión en la sociedad. Quieren crear miedo. Y en esa tarea a veces encuentran la desprevenida colaboración de los medios de comunicación.

Cuando un delincuente publicita sus fechorías, aparte de las retorcidas motivaciones siquiátricas que pueda tener busca un efecto social. Y eso es lo que procuran las pandillas delincuenciales cuando alardean de sus crímenes. Los medios de comunicación difunden esas fechorías porque son noticia. En muchas ocasiones la publicación de asesinatos, secuestros y venganzas de las bandas delincuenciales le permite a la sociedad conocer las dimensiones crecientes del crimen organizado y aquilatar su gravedad. Pero la difusión reiterada y atropellada de esos hechos, especialmente cuando se publican imágenes atroces de tales crímenes, puede crear un efecto de aturdimiento.

Mostrados sin jerarquización ni contexto, tales hechos e imágenes llegan ya no a exhibir sino a trivializar esos acontecimientos criminales. Y una cosa es que los atentados del crimen organizado sean desdichadamente cotidianos y otra, que perdamos nuestra capacidad de asombro ante ellos.

En otros casos la presentación sin explicaciones ni marco crítico de dichos sucesos contribuye a propagar un clima de desazón en donde los ciudadanos, hartos de tales asuntos, pueden preferir la indulgencia de los criminales antes que la acción del poder público para enfrentarlos.

Esos efectos paradójicos e indeseables que alcanza la exposición de hechos criminales están despertando una preocupación legítima tanto en algunos medios como en el gobierno mexicanos. El combate al narcotráfico tiene aristas variadas y posiblemente una de las más importantes sea la exposición pública de los actos criminales.

El 12 de mayo pasado el presidente Felipe Calderón se inconformó porque los medios de comunicación, al divulgar sin mayor tamiz las acciones de los criminales, les ayudan a desplegar el terror. La reacción inopinada de varios medios y comentaristas que confundieron esa exhortación con una acusación llana (“¡a mí nadie me dice qué escribir señor presidente!” reclamaron coléricos algunos precipitados columnistas) llevó a Calderón a precisar una semana más tarde: la delincuencia organizada quiere aterrorizar a la sociedad y es pertinente que los medios lo tomen en cuenta “para no consecuentar dicha estrategia”.

Sería inaceptable que, para quitarle foro a los delincuentes, hubiera alguna forma de censura en los medios de comunicación. El presidente Calderón no ha sugerido eso. Pero también resultaría irresponsable que, solamente para reivindicar su derecho a la libertad de expresión, los medios y sus operadores no se plantearan el problema que significa estar en riesgo de hacerles el juego a las pandillas criminales.

Ese dilema ha motivado algunas discusiones y comentarios. El periodista Ricardo Alemán, en su columna de El Universal, mencionó la posibilidad de que haya un pacto de los medios mexicanos para definir criterios que sirvan en el manejo de las informaciones relativas al narcotráfico.

En Colombia hace 9 años, bajo el principio “preferimos perder una noticia antes que una vida”, los directivos de tres docenas de medios de comunicación establecieron un puntual “Acuerdo por la discreción” para elevar la calidad y propiciar la responsabilidad en la cobertura periodística de hechos violentos. Desde luego la situación mexicana no es idéntica a la de aquel apreciado vecino latinoamericano, que además del narcotráfico padece el amago de una despiadada guerrilla y de salvajes grupos paramilitares. Pero aquí ahora, como antes en Colombia, hay grupos delincuenciales que tratan de propagar sus crímenes para sembrar desconcierto y miedo.

El Acuerdo de los medios colombianos, suscrito en noviembre de 1999 a iniciativa de la Facultad de Comunicación y Periodismo de la Universidad de La Sabana en Bogotá, establece los siguientes seis compromisos:

“ 1. El cubrimiento informativo de actos violentos –ataques contra las poblaciones, masacres, secuestros y combates entre los bandos– será veraz, responsable y equilibrado. Para cumplir con este propósito, cada medio definirá normas de actuación profesional que fomenten el periodismo de calidad y beneficien a su público.

“ 2. No presentaremos rumores como si fueran hechos. La exactitud, que implica ponerlos en contexto, debe primar sobre la rapidez.

“ 3. Fijaremos criterios claros sobre las transmisiones en directo, con el fin de mejorar la calidad de esa información y evitar que el medio sea manipulado por los violentos.

“ 4. Por razones éticas y de responsabilidad social no presionaremos periodísticamente a los familiares de las víctimas de hechos violentos.

“ 5. Estableceremos criterios de difusión y publicación de imágenes y fotografías que puedan generar repulsión en el público, contagio con la violencia o indiferencia ante ésta.

“ 6. Respetaremos y fomentaremos el pluralismo ideológico, doctrinario y político. Utilizaremos expresiones que contribuyan a la convivencia entre los colombianos ”.

¿Qué medio mexicano, sensata y explícitamente, podría negarse a compromisos como esos? Desde luego todos podemos pensar de inmediato en los medios más notoriamente singularizados por la explotación del sensacionalismo y de las desgracias ajenas que hacen todos los días. Pero la sola existencia de un acuerdo en torno a principios básicos sería útil tanto para que los periodistas orientaran la cobertura de hechos suscitados por la delincuencia organizada como para que los televidentes, lectores y radioescuchas evalúen el desempeño de los medios.

La situación mexicana es distinta a la de Colombia. Qué bueno. Pero en los amagos de la delincuencia, el peso que alcanzan en los medios y la insuficiente reacción social ante el crimen organizado, tenemos similitudes que ameritarían una seria y extendida preocupación. En 1995 el profesor Manuel Vidal Noguera, de la Universidad Javeriana en Bogotá, ofreció una conferencia en donde después de calificar como narcoterroristas a las acciones criminales con las que el narcotráfico busca amedrentar a la sociedad y el Estado, explica: “El narcoterrorismo necesita la publicación espectacular de los hechos, y dentro de ella da la bienvenida a los adjetivos que se empleen, aún para condenarla, pues ellos potencian sus nefastos efectos”.

Más adelante el profesor Noguera puntualiza, en esa exposición que luego fue publicada en la revista Signo y sociedad: “Yo jamás sería partidario de la censura a la prensa, por ningún motivo y en ninguna circunstancia… Pero sí esperaría de los medios de comunicación que, justo en el momento en que más lo necesito como ser humano aterrorizado y horripilado por los actos de terror, me ayudaran a comprender la situación, a hacerme conciente de ella, a encontrar los asideros racionales del terror a otra serie de hechos, sucesos, datos y fenómenos, de manera que pudiera reducir y manejar la angustia que provocan. Esperaría de los medios que me ofrecieran toda la gama de posibles explicaciones, pues lo que necesito en esos momentos, durante la larga ola narcoterrorista, por ejemplo, es reducir la incertidumbre, recordemos que ‘a nada teme más el ser humano, que a ser tocado por lo desconocido’ ”.

Después de esa referencia a Elías Canetti, el profesor colombiano reclama de los medios: “Esperaría que los medios de comunicación, depositarios de la confianza ciudadana expresada en forma de libertad política, ejercieran un importante liderazgo de la opinión pública para restituir los lazos de cohesión social que busca deshacer el terrorismo. La evidencia empírica… demuestra consistentemente que el narcoterrorismo victimiza sistemáticamente a la población civil cuando se dirige al Estado para modificar sus políticas, ensañándose contra ella para deslegitimarlo, desestabilizarlo y volver a la sociedad contra el garante de su seguridad, a quien cobardemente han reducido a la impotencia, pues cuentan a su favor con la sorpresa, la sevicia calculada, la vulnerabilidad de los múltiples blancos civiles, urbanos y rurales”.

Una de las varias vías para reaccionar ante el narcoterrorismo se encuentra en los medios de comunicación. Claro, para emprender esa acción conjunta tendríamos que reconocer que hay problemas superiores a las querellas políticas y al estruendo mediático. Una decisión así, más allá de sus consecuencias inmediatas, subrayaría que por encima de diferencias y ambiciones circunstanciales la sociedad –y en este caso sus medios de comunicación– pueden tener causas comunes, nacionales. Aunque sea por elemental necesidad de supervivencia.

Retrato de un genocida

Nexos, octubre de 2007

 
   Quienes vieron Hotel Ruanda, la cinta de Terry George que reconstruye el acoso a centenares de refugiados que buscaban salvarse de la matanza que ocurrió en ese país entre abril y julio de 1994, se habrán estremecido ante la crueldad que allí se muestra. Paul Rusesabagina, el gerente del hotel en cuya hazaña está inspirada la película, dice que la historia real “fue mucho peor que lo que se vio en la pantalla”. Las escenas más crudas fueron evitadas para que la película tuviera una clasificación accesible a los jóvenes.

   Gracias a la película, en el mundo occidental se ha recordado que en Ruanda hubo una atrocidad descomunal aunque muchas de las historias de esa pesadilla siguen sin ser contadas. En aquellos meses de 1994 fueron asesinadas entre 800 mil y un millón de personas. Las viejísimas rencillas entre las etnias Hutu y Tutsi fueron utilizadas por grupos políticos que azuzaron el aborrecimiento racial. El asesinato del presidente Juvenal Habyarimana el 6 de abril de 1994 detonó una extensa movilización de los grupos más radicales de la etnia Hutu (especialmente las milicias denominadas Interahamwe) para asesinar a los miembros de la etnia Tutsi que durante largo tiempo gobernaron en Ruanda. Varios meses más tarde el Frente Patriótico Ruandés, controlado por tutsis, se impuso militarmente. Para entonces había ocurrido uno de los mayores genocidios en la historia.

   Uno de los momentos más dramáticos en la película ocurre cuando algunos de los refugiados salen del hotel escoltados por tropas de Naciones Unidas pero no logran llegar al aeropuerto de Kigali, la capital de Ruanda, porque centenares de hutus comienzan a cercarlos instigados por un locutor de radio. Algunas versiones sostienen que ese locutor era George Ruggiu, un ciudadano belga que trabajaba en tareas de propaganda para el gobierno de mayoría hutu. La emisora en donde Ruggiu colaboraba, Radio Televisión Libre de las Mil Colinas (RTLM) fue uno de los instrumentos principales que tuvieron los grupos radicales de filiación hutu para espolear el odio racial contra los tutsis.

 

La radio del odio

   La historia de Georges Henri Yvon Joseph Ruggiu es sintomática de la ofuscación colectiva que, entre otros factores, podría explicar una matanza tan inconcebible como la que ocurrió hace 13 años en Ruanda. Nació en octubre de 1957 en Verviers, un pequeño pueblo al sur de Bélgica. Su padre era italiano y él adquirió la nacionalidad belga a los 18 años. Al parecer fue profesor de escuela durante breve tiempo pero su actividad principal fue la de trabajador social. Estuvo en la Administración Belga para la Seguridad Social y fue voluntario en la Cruz Roja, en donde ayudó a cuidar niños con problemas de salud mental. Algunos de sus colegas de entonces lo describieron como “retraído e inadaptado, un cruzado para los más desafortunados, alguien que estaba en busca de una causa” (de acuerdo con un reporte de La Voz de América en mayo de 2000).

   Esa motivación la halló hacia 1990, cuando conoció a varios estudiantes de Ruanda que eran vecinos suyos en Bélgica. Pero la causa que abrigó llegaría a ser profundamente equivocada y perversa. Pobre, dividido y por añadidura martirizado debido a frecuentes asonadas y a la segmentación racial, las complejidades de ese país africano conmovieron a Ruggiu. Ruanda fue colonia de Bélgica y aun después de la independencia, ocurrida en 1961, ambos países mantenían  vínculos estrechos.

   En 1992 Ruggiu se relacionó con diplomáticos de Ruanda que vivían en Bélgica, precisamente en la época en la que hutus y tutsis  suscribieron los “Acuerdos de Arusha” que pusieron fin a una prolongada guerra civil y confirmaron la permanencia de los hutus en el poder. En esas fechas viajó por primera vez a Ruanda para asistir a la boda de un amigo suyo. Cuando conoció los suburbios de Kigali, recordó las favelas que había visitado en Brasil y comentó su deseo de ayudar a los pobres. De regreso en su país, colaboró en la creación de un “Grupo de reflexión ruando-belga” que difundía los Acuerdos.

   Ruggiu adquiría creciente animadversión contra el Frente Patriótico manejado por tutsis. En mayo de 1993 el presidente Habyarimana lo invitó a Ruanda. Pocos meses después Ruggiu se fue a vivir a ese país a trabajar con el Movimiento Republicano Nacional para la Democracia y el Desarrollo, el partido en el gobierno. El presidente gestionó su contratación como productor en la naciente RTLM.

   La Radio Télévision Libre des Mille Collines (cuyo nombre recuerda que, debido a su orografía verde y sinuosa, Ruanda es conocida como la tierra de las mil colinas) fue creada en 1993 por medio centenar de líderes políticos y empresarios para propagar la supremacía de la etnia Hutu. A diferencia de la radiodifusora del gobierno, que tenía un discurso que en Ruanda parecía arcaico porque se refería a los tutsi como “la monarquía feudal”, la RTLM era tan directa que llegaba a notorios extremos de vulgaridad y rispidez.

   Esa emisora describía a los Tutsi como enemigos a los que era preciso aniquilar. Un reporte de Artículo 19, organización dedicada a defender la libertad de expresión en el mundo, explicó años más tarde acerca del odio racial contra los Tutsi promovido en dicha estación : “Las ideas habían estado allí durante años. RTLM las presentaba de manera más apetitosa para la generación más joven. RTML usaba el lenguaje de la calle”. A los Tutsi, sin más rodeos, les llamaba “cucarachas”. Lo que había que hacer para que imperase la “mayoría del pueblo” era, simplemente, “eliminarlos”.

   Se le atribuye a Ruggiu la transmisión de soflamas como esta: “¿Qué están esperando? Las tumbas están vacías. ¡Agarren sus machetes y partan a sus enemigos en pedazos!”.

 

Hombre blanco al micrófono

   Ruggiu no era periodista ni tenía experiencia en el manejo radiofónico. Mucho menos hablaba kinyarwanda, el idioma local. Diversos testimonios consideran que al presidente Habyarimana le interesó contratarlo porque era blanco. “La presencia de un muzuungu u hombre blanco en la RTLM daba la apariencia de fortaleza, quizá incluso de respaldo internacional” dice, acerca de Ruggiu, una indagación sobre el uso de los medios en el genocidio en Ruanda.

   El ex cooperante belga, habilitado como conductor de radio, transmitía en su idioma natal. Una mujer acusada de participar en el genocidio, explicó años más tarde: “A los que entendían francés les gustaba escuchar al muzuungu y saber que estaba del lado de los hutu y que hablaba tan bien contra los tutsi. La gente educada y los bourgmestres podían explicarles las transmisiones en francés a los otros”.

   Entre enero y julio de 1994 Ruggiu convocaba todos los días al odio racial desde RTLM. Más tarde, cuando fue juzgado por el Tribunal Criminal Internacional para Ruanda, recordó que en abril de aquel año, una semana después del asesinato del presidente y del inicio de la matanza contra tutsis y contra todo aquel que fuera considerado colaborador de ellos, recorrió Kigali escoltado por miembros del Ejército. Entonces comprobó que las transmisiones de Radio Mil Colinas “estaban contribuyendo a las masacres perpetradas contra los tutsis”.

   Su papel en RTLM, dijo en otra ocasión, era difundir “la ideología y los planes de los extremistas hutus en Ruanda”. Se han conocido testimonios de que “Ruggiu personalmente transmitió programas incitando a los hutus a perpetrar asesinatos o agresiones graves contra los rebeldes tutsis, a los que él calificaba como ‘cucarachas’. También incitó la persecución de esos tutsis y de los hutus moderados, así como de ciudadanos belgas en esa área”. Sus arengas las enderezaba, además, contra la Misión de Asistencia de las Naciones Unidas en Ruanda.

  En una de las audiencias del Tribunal que lo juzgó años después, Ruggiu declaró que en una ocasión, por instrucciones del Ejército de Ruanda, difundió un mensaje para que fuera detenido un Vokswagen rojo. A través de la radio proporcionó las placas y la ubicación del automóvil pero, dijo, nunca supo qué ocurrió con el vehículo y sus ocupantes.

   Durante varios meses la masacre en todo Ruanda fue escasamente difundida por los medios de comunicación internacionales, que casi no disponían de corresponsales en ese país. El desinterés de las empresas globales de comunicación acerca de dicho conflicto era correspondiente a la decisión de Estados Unidos, Francia y otros países para no intervenir militarmente, con lo cual permitieron que continuara el sangriento ajuste de cuentas entre los viejos rivales étnicos en esa nación africana.

   Georges Ruggiu, sin embargo, estaba muy al tanto de las dimensiones catastróficas de la matanza. Por eso cuando algunos medios en su país natal dijeron que él contribuía a instigar los asesinatos, envió un fax a la Radio Televisión Francófona de Bélgica en donde rechazaba haber llamado a la violencia. Eso no evitó que el ministro de Justicia iniciara una averiguación sobre la participación de Ruggiu en el hostigamiento a ciudadanos belgas en Ruanda.

   Aun cuando quería defenderse, el locutor de Radio Mil Colinas manifestaba su intolerancia contra la tribu en cuyo exterminio participaba. En una entrevista explicó que si en una comuna habían sido asesinadas 50 personas, apenas representaban al 9% de la población de esa colectividad y seguramente esa había sido la proporción de gente que había ayudado al Frente Patriótico que defendía el interés de los Tutsi. En otras palabras, para Ruggiu esa “erradicación” era normal. Y acerca de la “población furiosa” a la que había incitado, Ruggiu consideraba “¿acaso Robespierre no hizo exactamente lo mismo en Francia?”.

 

Genocida confeso

   A fines de 1994, cuando ya había sido propalada la aterradora magnitud de ese genocidio, el Consejo de Seguridad de la ONU creó el Tribunal Criminal Internacional para Ruanda. Ruggiu, que estaba entre los más buscados por el Tribunal, quiso escapar y durante algún tiempo viajó con pasaporte sudafricano. En julio de 1997 lo arrestaron en Mombasa, Kenia y fue conducido a la sede del Tribunal en Arusha, al norte de Tanzania.

   El ex locutor de RTLM fue, entre docenas de inculpados, el único que no era ciudadano de Ruanda. El Tribunal lo acusó de “incitación directa y pública para cometer genocidio” y de “crímenes contra la humanidad”. El proceso duró tres años, al cabo de los cuales Ruggiu reconoció: “Indudablemente fui un genocida y desafortunadamente tomé parte en ello”. Admitió que había “incitado asesinatos y causado serias agresiones contra el bienestar físico y mental de los miembros de la población Tutsi con la intención de destruir, total o parcialmente, un grupo étnico o racial”.

   En mayo de 2000 el Tribunal Internacional lo sentenció a 12 años de prisión por incitación al homicidio. Esa pena no fue más extensa porque Ruggiu aceptó ser testigo contra tres acusados de genocidio. Cuando la sentencia se difundió, el gobierno de Ruanda protestó porque, dijo, no había correspondencia entre ese castigo y los crímenes que Ruggiu confesó.

   Hasta agosto de 2007 el Tribunal había expedido condenas a 27 acusados de genocidio –de los cuales 11 fueron sentenciados a cadena perpetua– y tenía más de 40 decisiones pendientes.

   En el libro La crisis de Ruanda. Historia de un genocidio, el investigador francés Gerard Prunier estima que, en 1994, el 80% de las víctimas en ese país fueron asesinadas durante las primeras seis semanas de la masacre. Se trata, indica, de una tasa de exterminio cinco veces mayor a la que hubo en los campos de concentración nazis.

   Ya en prisión, Ruggiu se convirtió al islamismo y decidió llamarse Omar. Georges Omar Ruggiu viste los hábitos musulmanes, lleva el cabello casi a rape y muestra una larga barba. En las pocas fotografías suyas que se conocen aparece con una mirada dura, quizá extraviada. Es la mirada de un ofuscado que con el subterfugio de ayudar a los pobres terminó siendo cómplice de genocidio. O quizá es simplemente la mirada de un miserable que no tuvo empacho para convocar al odio criminal.

 

Referencias

-Article 19, Broadcasting Genocide: Censorship, propaganda & state- sponsored violence in Rwanda 1990-1994.

-Allan Thompson, editor. The media and the Rwanda Genocide. Pluto Press, London, 2007, 450 pp.

-International Criminal Tribunal for Ruanda,

http://69.94.11.53/default.htm