El profesor Sartori

Publicado en El Cultural, suplemento de La Razón, el 15 de abril de 2017

Raúl Trejo Delarbre

  Sistemático y obsesivo pensador de la democracia, Giovanni Sartori dedicó su vida a reflexionar sobre los sistemas políticos. Sus tratados sobre Teoría de la democracia e Ingeniería constitucional comparada son cardinales en la ciencia política contemporánea. Luego, después de los 70 años, se acercó a otros problemas que a su juicio ponían en riesgo el desarrollo democrático. En Homo videns. La sociedad teledirigida deplora que, a causa de los medios, la palabra sea desplazada por la imagen. Más tarde, en La sociedad multiétnica. Pluralismo, multiculturalismo y extranjeros, considera que la diversidad étnica y cultural puede atomizar a las sociedades.

   Homo videns (1997) fue su libro más popular porque se sintonizó con  el ánimo en contra el autoritarismo y la banalidad de la televisión. La sociedad multiétnica (2001) fue su libro más cuestionado porque descalificó la diversidad que aportan los migrantes, especialmente de los países árabes, a las sociedades occidentales.

   El alegato de Sartori contra la televisión y otras pantallas lo acercó a posiciones apocalípticas habitualmente ubicadas a la izquierda. Allí menosprecia la capacidad de la gente para decodificar, de acuerdo con su propia experiencia, los mensajes de la televisión y de Internet.

   En cambio la descalificación del multiculturalismo lo colocó en el flanco derecho. “Sus ideas parecen conservadoras cuando no reaccionarias” relató en El País una reseña de la presentación de La sociedad multiétnica en Madrid.  Sartori, convencido liberal, creía que la sociedad abierta, enriquecida con el pluralismo, se pulveriza en “subgrupos de comunidades cerradas y homogéneas” cuando queda sometida al multiculturalismo.

   Sartori nació en Florencia y murió, a los 92 años, el pasado 4 de abril. El apasionamiento de sus dos libros más polémicos contrasta con la parsimoniosa construcción de categorías en la mayor parte de su obra.  En 1962 publica Teoría democrática, anunciando la inquietud monotemática que sostendría durante décadas. Cuatro años más tarde (todas estas fechas son de las ediciones originales en italiano o inglés) aparece Partidos y sistemas de partidos. Sus reflexiones se desplegarán a partir de una ecuación que hoy resulta evidente pero que Sartori problematiza con erudición: La democracia requiere instituciones / esas instituciones son esencialmente partidos políticos y reglas para la representación de los ciudadanos / puesto que se trata de sociedades en evolución, no hay fórmulas fatales ni invariablemente eficaces que garanticen la democracia.

   Sartori entendió al quehacer político desde la ciencia política y no desde el derecho, como era costumbre todavía después de la mitad del Siglo XX. En 1976 deja la Universidad de Florencia para irse a Stanford, en California. Tres años más tarde se muda a la Universidad de Columbia, en Nueva York, donde permanecerá como docente activo hasta 1994. En contraste con el afán de la ciencia política anglosajona, empeñada en establecer reglas y predicciones, Sartori sostiene que los sistemas políticos están determinados por una complejidad que impide saber cómo se desarrollarán.

   En Elementos de teoría política (1987) ofrece un glosario, en todos los casos crítico, de conceptos básicos. Allí, por ejemplo, considera que el referéndum puede atentar contra la democracia porque quienes obtienen mayoría en una votación de esa índole ganan todo y con ello sólo empeoran los conflictos.

   Ese año también publica Teoría de la democracia en donde a lo largo de 626 páginas (en la edición de Alianza Editorial) se niega a ofrecer una definición tajante de democracia. Sartori sostiene que se debe tomar en cuenta la realidad de la democracia (“lo que es”) pero además su perfil ideal (“lo que debiera ser”). La democracia, dice, puede ser social, económica, etcétera, pero ninguna de esas implicaciones se cumplirá si no existe la democracia política. De esa manera insiste en los mecanismos de representación necesarios para que la democracia sea algo más que un atractivo pero inalcanzable proyecto.

   En vez de precisar qué entiende por democracia, Sartori subraya lo que no es. Democracia, dice, no es autocracia y se contrapone al poder personalizado. Por eso nadie, en democracia, “puede autoproclamarse gobernante… nadie puede detentar el poder irrevocablemente en su propio nombre”. Así es como la democracia depende de la existencia de procedimientos para que se exprese la voluntad de los ciudadanos. Y como nuestras sociedades son plurales, ningún representante tiene la adhesión de todo el pueblo. Hace falta reconocer a las mayorías sin avasallar a las minorías y que existan contrapesos para que evitar un ejercicio absoluto del poder.

   Qué es la democracia (1993) describe y discute ese concepto, siempre sin definiciones concluyentes. Esos y casi todos los libros de Sartori  (aquí mencionamos únicamente algunos) están organizados como textos para cursos académicos. De esa manera ceñía el estilo a su  costumbre de profesor.

   En 1994 aparece Ingeniería constitucional comparada, uno de sus libros más conocidos en América Latina porque contribuyó a discutir el diseño de las reformas electorales en varios países. Allí estudia diversas expresiones en los sistemas políticos: presidencial, parlamentario, semi parlamentario con recursos como la segunda vuelta, entre otros. La creación de fórmulas de proporcionalidad para reconocer a las minorías y la edificación de estructuras políticas que le permitan a un gobierno relacionarse de manera eficaz con la sociedad alientan esa reflexión de Sartori.

   En México el profesor Giovanni Sartori fue muy apreciado. En las universidades se reconocían sus contribuciones teóricas que enriquecen el examen de nuestros siempre insuficientes cambios políticos. A los gobiernos priistas les gustaba su definición del nuestro como un “sistema de partido hegemónico pragmático” que resultaba menos ruda que la caracterización de “partido de Estado” y desde luego menos antipática que aquella fórmula de “la dictadura perfecta”. En 2015 el presidente Peña Nieto le entregó en Roma la Orden Mexicana del Águila Azteca.

   Sartori aplaudió el proceso de reformas electorales que tuvimos desde los años 90 pero anticipó que la existencia de muchos partidos restaría al gobierno capacidad para tomar decisiones porque no contaría con mayoría parlamentaria. El presidencialismo fue en México

“el poder que hizo funcionar al sistema” decía Sartori, y comparaba a ese poder con un palo. En una conversación en el programa “Nexos TV”, publicada en octubre de 1996 en la revista Nexos, el politólogo florentino alertó:

   “Lo que sucede en México es que hay un tren que va colina abajo y al que se le acaban las vías. Al final de esta transición el tren se descarrilará, porque el antiguo sistema está agonizando y, lo más importante, no se cuenta con un nuevo sistema. Las cosas no se calmarán automáticamente; hay que pensar en eso. México no cuenta con la mecánica ni con las reglas para funcionar sin el palo. Si el palo desaparece, lo único que quedará será la impotencia. No habrá poder. Es necesario pensar en reglas para operar un sistema difícil en el futuro. No puede funcionar con un palo o con otros medios. Eso es lo que me preocupa”.

   Sartori propuso en varias ocasiones, para circunstancias como la mexicana, la alternancia presidencial equilibrada con fuertes mecanismos de control parlamentario. Sin embargo la gobernabilidad no se teje con tanta facilidad como los diseños legales y constitucionales.

   En 2007 la RAI, la cadena estatal de televisión italiana, convenció a Sartori para grabar la serie “Lecciones sobre la democracia”. Se trataba de cápsulas de no más de cuatro minutos, conducidas por la periodista Lorenza Foschini, que se transmitieron a las 8 y media de la noche. De allí resultó el libro La democracia en 30 lecciones. Situado frente a la cámara, con un pizarrón a sus espaldas, tuvo que reducir las explicaciones que en sus libros ocupaban centenares de páginas. Veinte años después de Homo videns, Sartori se allanó así al lenguaje de la televisión. Todo por cumplir con su vocación de profesor.

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