Zygmunt Bauman, el espacio público como gran pantalla

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Fragmento del ensayo “El tronco, el árbol, la enramada. La investigación de los medios de comunicación y de las Ciencias Sociales”, en Raúl Fuentes Navarro, Enrique Sánchez Ruiz y Raúl Trejo Delarbre, Qué pasa con el estudio de los medios. Diálogo con las Ciencias Sociales en Iberoamérica. Comunicación Social ediciones, Zamora, España, 2011. [El libro se encuentra aquí].

El éxito que ha tenido la sociología de Zygmunt Bauman [1925 – 2017] se debe a sus enfoques heterodoxos que lo ubican más allá de cartabones y corrientes estereotipadas, al esfuerzo por reflexionar acerca de transformaciones sociales y culturales tan recientes que no han terminado de resolverse y a su prolífica producción. Nacido en Polonia, Bauman radica en la Gran Bretaña desde comienzos de los años 70 del siglo XX y aunque para entonces ya tenía 25 libros publicados adquiere notoriedad cuando, a fines de los años 80, da a conocer un libro sobre la modernidad y el Holocausto. Justo cuando termina el siglo, publica Modernidad líquida con su popular tesis acerca de la fluidez que asumen las relaciones sociales, políticas y personales en los tiempos contemporáneos.


Los ciudadanos que describe Bauman suelen encontrarse en crisis, desilusionados de la política, globalizados en su desesperanza, temerosos ante incertidumbres que los medios propagan y amplifican. Para sobrevivir en la modernidad líquida, tienen que  “nadar sin percances en medio de unas olas gigantescas imposibles de domar”(2004a: 217).
Uno de los rasgos de esa nueva fluidez se encuentra en la imbricación del espacio público con el privado: “Lo ‘público’ ha sido vaciado de sus contenidos individuales y ya no tiene objetivos propios: no es más que un conglomerado de preocupaciones y problemas privados” (2001: 74). Los medios son el nuevo territorio de exposición, visibilidad y hegemonías. De acuerdo con Bauman, “el espacio público no es mucho más que una pantalla gigante sobre la que son proyectadas las preocupaciones privadas sin dejar de ser privadas ni adquirir nuevos valores colectivos durante el curso de su proyección: el espacio público es donde se realiza la confesión pública de los secretos e intimidades privados” (2004b: 45).
Para Bauman, es preciso distinguir entre la aptitud de los medios para propagar asuntos que se convierten en parte de la cultura popular y su capacidad para moldear las conductas de las personas. En un libro publicado originalmente en 1988, hace la siguiente precisión:
“Los estudiosos y analistas de la sociedad contemporánea han expresado en reiteradas ocasiones la idea de que el pensamiento y la acción del individuo moderno están muy influidos por la exposición a los denominados ‘medios de comunicación de masas’. Comparten esa idea con la opinión pública; pero lo que quieren decir con ‘influencia de los medios de comunicación de masas’ difiere claramente respecto del significado implícito de la crítica popular de los medios (la TV en particular). Esta última percibe la ‘influencia’ en términos simples y directos: por ejemplo, el hacer ciertas declaraciones explícitas que se dan por ciertas al oírlas, o mostrar ciertas imágenes de acciones que son imitadas al verlas. Los guardianes espontáneos de la moral pública protestan contra las escenas de violencia o sexo; suponen que promueven los instintos violentos y los apetitos sexuales de los espectadores mediante la exposición a tales imágenes, y que los alientan a buscarles una salida. Las investigaciones no muestran hallazgos concluyentes que corroboren o descalifiquen tales supuestos” (2007a: 191-192).
No es allí, según ese autor, en donde se encuentra el cambio propiciado por los medios. Bauman subraya que la auténtica novedad no está en el contenido específico de algunos programas, sino en “la presentación total de la realidad a través de la televisión” (2007a: 192. Subrayado en el original). Esa capacidad de la televisión para procesar la realidad “total” acerca del mundo que reciben los espectadores, le permite crear estereotipos y propagar, entonces, una realidad específicamente mediática. En otro de sus textos, Bauman cuestiona la monotonía de la telerrealidad que da a conocer series de éxito, al estilo de Big Brother, donde “todas ellas cuentan la misma historia: que, salvo unos cuantos ganadores solitarios, nadie es realmente indispensable” (2005b: 168). Parte de ese espectáculo es, precisamente, la exhibición de la privacidad, “hemos colocado micrófonos en los confesionarios y los hemos conectado a una red de acceso público” (2004a: 205).
Bauman considera, con sarcasmo, o descaro, que la televisión es tan omnipresente que ya resulta obsoleto cuestionar su desapego respecto de la realidad. “No tiene mucho sentido preguntarse ––afirma– si lo que uno ve en televisión es la verdad o sólo una mentira. Tampoco tiene mucho sentido preguntarse si la presencia de la televisión hace que el mundo sea mejor o peor” (2004a: 197).
Pero si no empeora al mundo, por lo menos lo hace más asustadizo. Las muchas causas del miedo contemporáneo, que Bauman examina en varios de sus libros, son incrementadas cuando las propagan los medios de comunicación. El miedo, entre otras cosas, es negocio: la “exhibición de amenazas a la seguridad personal ha pasado a ser un importante (quizá el más importante) recurso de las fuerzas de los medios de comunicación de masas por los índices de audiencia, lo que ha redundado aún más en el éxito de los usos comercial y político del miedo” (2007b: 186).
Los beneficiarios de ese éxito mercantil son, desde luego, los propietarios de los medios. Pero su utilidad va más allá de la estrictamente comercial: “El liderazgo ha sido desplazado por el espectáculo, y la vigilancia, por la seducción. Quien controla las emisiones de ondas controla el mundo en que vivimos, decide su forma y sus contenidos” (2004b: 165).
Junto con la globalidad, la información se define hoy en día por la celeridad. Los ciudadanos de la sociedad líquida viven saturados de datos y sin coordenadas para navegar entre ellos. Bauman considera que “el advenimiento de la instantaneidad lleva a la cultura y a la ética humanas a un territorio inexplorado, donde la mayoría de los hábitos aprendidos para enfrentar la vida han perdido toda utilidad y sentido” (2004b:137).
En Amor líquido (2005a: 91 y ss.) el sociólogo de la Universidad de Leeds analiza las relaciones personales que, sin las rigideces que imponían las costumbres previas al entorno digital, entablan los usuarios de Internet. Más tarde cuestiona la adquisición de parejas en la Red que, dice, es parte de la costumbre de comprar en línea (2007c: 32). La crítica a Internet lo lleva a descalificar a los autores que, por estar a la moda, sostienen que el quehacer político se realizará, de ahora en adelante, con recursos en línea: “Teorizar que Internet es una forma nueva y mejorada de la política, que navegar por la red es una nueva y más efectiva forma de compromiso político, y que la vertiginosa velocidad de conexión a Internet significa un avance de la democracia, se parece sospechosamente a una excusa más de las tantas que esgrimen las clases ilustradas a la hora de justificar sus prácticas de vida, cada vez más despolitizadas, y a su aspiración de obtener una baja con honores de la ‘política de lo real’ ” (2007c: 147).
Bauman es un sociólogo receptivo a cambios y sorpresas de un entorno global, tecnologizado y difícil que se encuentra en incesante evolución, y se preocupa más por las consecuencias individuales que por las pulsiones colectivas de la sociedad. Repetitivo y atrapado a veces por sus propios estereotipos, pertrechado con un consistente bagaje teórico, ese autor de origen polaco tiene la imaginación y la audacia suficientes para entender que los medios de comunicación se encuentran en la entraña de nuevos comportamientos. En una sociedad cuyas certezas han quedado disueltas ante el artilugio de la novedad, tales medios forman parte del problema pero no parece que haya opciones claras para que formen parte de la solución.

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