La triste involución de Zócalo

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Respuesta al documento firmado por Carlos Padilla Ríos en el número 190 (diciembre 2015) de la revista Zócalo.

El director de la revista Zócalo, Carlos Padilla, dedicó tres páginas en la edición de diciembre de esa publicación para responder a la renuncia de cinco párrafos que le envié en una comunicación privada. Mi salida de esa revista, en donde escribí cada mes durante más de nueve años, se debe a la parcialidad que Zócalo asumió en el proceso para renovar a la dirección de la Asociación Mexicana de Derecho a la Información.
Para defender a la candidata que a la postre perdió la elección en la AMEDI, Padilla y otros colaboradores de la revista delinearon un perfil sesgado y distorsionado del nuevo presidente de la Asociación. Jorge Fernando Negrete es un profesional del análisis de los medios con una trayectoria que ha pasado por la televisión pública y la promoción de la producción independiente. Nada mencionan de esa experiencia cuando construyen una imagen grotesca para sostener que con la conducción de nuestro nuevo presidente la Asociación ha quedado en manos ¡de Carlos Slim!
Esa impostura la han repetido tanto que posiblemente, aunque se sustenta en falsedades, Padilla y quienes coinciden con él han llegado a creerla. Solamente así me explico el activismo fanático que sostuvieron antes y después de la asamblea de la AMEDI. No me corresponde explicar el programa de trabajo del nuevo presidente de la Asociación, ni a Negrete le hace falta que lo defienda. En todo caso a estas alturas, cuando el nuevo consejo directivo de la AMEDI tiene varias semanas funcionando, las definiciones que ha hecho públicas son el mejor testimonio de que la Asociación ha vuelto a reivindicar la agenda que la orientó y singularizó en sus mejores momentos: el combate a monopolios como Televisa y TV Azteca, la defensa del interés social en temas como el derecho de réplica y los derechos de las audiencias, el cuestionamiento a la connivencia de partidos con medios de comunicación, entre otros temas.
Apenas en un mes, la nueva dirección de la AMEDI ha hecho más de lo que hizo en más de dos años la dirección anterior. Significativamente, los impugnadores de Negrete y su equipo de trabajo guardaron silencio ante las numerosas omisiones del anterior consejo directivo, del cual algunos de ellos formaron parte.
Los autores de las dos reseñas que Zócalo publica acerca de nuestra asamblea del 28 de octubre omiten la intervención que leí para cuestionar inconsecuencias e ilegalidades de la dirección con la que simpatizaron. No es de extrañar, aunque resulta deplorable que Carlos Padilla se comprometa y comprometa a su revista con esas posturas, que quienes están empeñados en desacreditar al nuevo consejo no hayan rendido cuentas de manera clara sobre sus muchas omisiones cuando estuvieron a cargo de la Asociación.
La descalificación ad hominem que hacen esos colaboradores de Zócalo resulta inconsecuente. Recriminan trayectorias personales y profesionales desde una impostada suficiencia moral, como si sus propias biografías recientes estuvieran exentas de compromisos de trabajo e incluso políticos.
La ecuación que repiten Carlos Padilla y algunos de sus colaboradores es bastante elemental: el nuevo presidente de la AMEDI trabajó en un despacho que hizo trabajos de consultoría para empresas del Grupo Carso / luego entonces, el dueño de ese grupo se ha apoderado de la AMEDI. Esa grosera inferencia no distingue entre consultoría y asesoría pero además tiene algo de la actitud culposa de aquel león que creía que todos eran de su condición. Con el mismo procedimiento analítico podríamos suponer que los intereses editoriales de Padilla están al servicio del gobierno federal porque él trabaja en una dependencia de la SEP, Radio Educación. O, sin demasiados retorcimientos, podría decirse que como las oficinas de Zócalo se encuentran en un edificio del gobierno de la ciudad de México la revista está al servicio de actuales o anteriores funcionarios de ese gobierno.
Para no enredarnos en presunciones, lo más pertinente es juzgar a las personas y a sus actividades públicas a partir de lo que dicen y hacen. En el caso de los nuevos directivos de la AMEDI serán sus acciones —lo están siendo ya— el único elemento que permita evaluar su desempeño.
Por lo que a mi respecta, en las páginas de Zócalo y en muchos otros sitios he insistido en la necesidad de que el Estado y la sociedad acoten a todos los monopolios comunicacionales, lo mismo las televisoras privadas que Telmex y Telcel. Ahora contamos con una autoridad capaz de regular las telecomunicaciones y la radiodifusión a la que podemos y debemos exigirle severidad con las empresas de Slim tanto como con las de Azcárraga y Salinas Pliego. Eso he dicho antes y no tengo motivos para modificar ese punto de vista.
La respuesta de Padilla a mi aviso de renuncia está plagada de falsedades. Me detengo solamente en dos de ellas. El director de Zócalo sostiene que mis diferencias con el anterior presidente de la AMEDI se debieron a mi interés para “intervenir de manera desmedida en su gestión y en su malestar por promover que otro ex presidente, con quien también tiene usted serias diferencias, suscribiera como legislador la ‘iniciativa ciudadana’ ”. Padilla podría encontrar en su propia revista la historia de aquel episodio, en el otoño de 2013, cuando habíamos presentado la iniciativa de ley de Telecomunicaciones elaborada por la AMEDI. Nunca me opuse a que ningún senador la suscribiera, al contrario. Lo que sostuve fue que la propuesta tenía que ser apuntalada por un amplio consenso entre los legisladores y no solamente por unos cuantos de ellos.
En otra de sus mentiras el director de Zócalo incursiona en un periodismo fincado en las suposiciones en vez de ofrecer hechos y datos cuando sostiene, refiriéndose a mi:
“Ahora se sabe que condicionó su apoyo a Jorge Negrete a que se le diera a conocer a usted de manera previa el contenido de los comunicados que difunda la Amedi”.
¿Ahora se sabe? ¿Quién lo sabe? ¿Y cómo se sabe? ¿Estaba Padilla debajo de la mesa cuando conversamos Negrete y yo? La afirmación es tan ridícula que la dejaría pasar si no fuera porque muestra la enfermiza suspicacia que en este episodio ha cultivado el director de Zócalo. Nadie le pudo haber comunicado de manera fundada esa afirmación. En primer lugar porque no es cierta. Además, porque cuando Jorge Fernando me dio a conocer su decisión para competir por la presidencia de la AMEDI solamente estaba presente otra persona que no se encuentra entre los informantes de Padilla.
El director de Zócalo pudo haberme preguntado acerca de esa versión; si no lo hizo fue porque no le interesaba comprobar su autenticidad o porque sabía de antemano que yo la negaría por falsa. El día que Padilla y yo conversamos sobre los candidatos para la AMEDI, en una charla que él menciona en su texto, no me dijo una palabra acerca de esa suposición.
Quienes me conocen, y yo creía que Carlos me conocía, no me podrán imaginar exigiéndole a nadie que me consulte sus comunicados. (Bastante tengo ya con la tarea de medio revisar mis propios textos). Además de ofensiva, esa afirmación es paradigmática de la confusión que domina a Padilla y sus correligionarios en esta triste causa. Me apena mucho que Carlos, y de esa manera su revista, hayan involucionado a ese periodismo de especulaciones y difamaciones que tanto habíamos combatido en las páginas de Zócalo.
La respuesta de Padilla me confirma que he tenido razón al distanciarme de la revista. Los dimes y diretes en y acerca de la AMEDI han develado un deterioro ético y político del que, mucho me temo, Zócalo no se recuperará. Cuando la mentira se instala en un medio de comunicación arrasa con su credibilidad pero también con su cotidianeidad.
Por mi parte, con esta aclaración que hago pública porque puede interesar a lectores y colaboradores de esa revista, este episodio se encuentra saldado.
16 de diciembre de 2015

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