ARISTEGUI: Periodismo de contraluces, audiencias críticas

Publicado en Zócalo, abril de 2015

Aristegui 2015

La notoriedad de Carmen Aristegui se debe al periodismo incómodo que practica, a que se ocupa de temas y con enfoques embarazosos para otros informadores, a que ha consolidado una voz peculiar. Se debe también a la tenacidad que despliega de un medio a otro (radio, prensa, televisión, Internet) todo el día, todos los días.

Además esa visibilidad se la dan sus audiencias. Las que esa periodista ha obtenido y ha sabido mantener son audiencias que se identifican con lo que expresa. Se trata de mujeres y hombres para quienes el periodismo de Aristegui es indispensable porque les dice lo que no encuentran en otros medios pero, además, porque por lo general les dice lo que quieren que les digan.

De allí la fortaleza, pero también la fragilidad que experimenta como figura pública. Quizá Carmen Aristegui no ha querido encasillarse como una periodista contestataria. Posiblemente las circunstancias la han conducido a ese emplazamiento. Pero sin lugar a dudas se le identifica con temas a los que suele referirse con tanto interés que llega a adoptarlos como causas.

 

Déficit de hechos

La develación de abusos cometidos por sacerdotes pederastas, los excesos atribuidos al impresentable personaje que dirigía al PRI en la Ciudad de México, las trampas denunciadas para influir en las elecciones presidenciales de 2012, los negocios y la avidez de Televisa… Esos y otros temas constituyen un amplio catálogo de obsesiones y develaciones de Aristegui y del equipo de periodistas que ha trabajado con ella.

De la cobertura de temas como esos han resultado notas memorables, que a los radioescuchas del noticiero matutino les permitieron conocer a atropellos y fraudes que quizá de otra manera no hubieran sabido. Pero en algunas ocasiones en las notas que difunde Carmen Aristegui hay un déficit de hechos que se pretende reemplazar con suposiciones.

No es infrecuente que, en las informaciones de esa periodista, se antepongan las especulaciones a los acontecimientos verificables. “Se dice que…”, “como todos sabemos…”, “es claro que…”, son muletillas de un periodismo de opinión poco riguroso que se utilizan como si se tratara de noticias puras y duras. Las diferencias entre la información y la opinión son esenciales en el periodismo profesional. También es indispensable deslindar a la realidad, de la conjetura. Esas diferencias no siempre se aprecian en el trabajo de Carmen Aristegui.

Ese déficit no les inquieta a muchos de sus muchísimos seguidores. Una buena cantidad de quienes la prefieren frente a otras opciones en la radio (que es el medio en donde Aristegui adquirió más notoriedad e influencia) antes que nada busca la confirmación de certezas que ya tenía.

Si, por ejemplo, para acusar de delincuente sexual a un líder priista no hay testimonios acreditables, importa poco para esa audiencia porque antes que nada se trata de verificar que ese individuo es un abusivo, como muchos pudieron haber imaginado. Si, en otro caso, un diputado de cuya insensatez hay evidencias frecuentes sostiene que el presidente de la República es alcohólico, de inmediato se refrenda esa versión con su propagación radiofónica aunque no haya pruebas de tal dolencia.

Esos y otros episodios son paradigmáticos de una suerte de amarillismo de izquierda. Se trata de asuntos que fueron populares porque confirmaron la apreciación que la periodista y/o sus audiencias tienen acerca del poder político y empresarial. Son temas cuya difusión es aplaudida por esas audiencias que buscan ratificaciones más que explicaciones. Allí se encuentra una de las causas del éxito de ese periodismo.

 

La Casa blanca, costos y méritos

   Pero no todo ese ejercicio informativo está determinado por la complacencia periodística y política. Carmen Aristegui y los reporteros que la acompañan han ofrecido aportaciones fundamentales al conocimiento riguroso de excesos y defectos de la vida pública mexicana. Así ocurrió con el ahora celebérrimo reportaje sobre la residencia que la esposa del presidente Peña Nieto compró con un préstamo empresarial a tasas notoriamente reducidas.

Esa demostración de tráfico de influencias tendría que haber ameritado explicaciones y decisiones claras por parte del presidente de la República. En ausencia de ellas, el de la “casa blanca” se ha convertido en el asunto más políticamente costoso para el licenciado Peña Nieto en lo que va de su gobierno.

Se trata, sin exagerar, de una revelación equiparable a la que en 1972 permitió saber que el gobierno del presidente Richard Nixon había espiado a sus adversarios del Partido Demócrata en los edificios Watergate. Los periodistas que investigaron esa información y la publicaron en The Washington Post, Bob Woodward y Carl Bernstein, recibieron los premios más importantes del periodismo estadounidense y su trabajo se convirtió en ejemplo de periodismo de investigación.

En México, los periodistas que con paciencia e inteligencia indagaron las características y el financiamiento de la residencia de la señora Angélica Rivera de Peña Nieto fueron despedidos en marzo pasado por la empresa MVS.

Ese reportaje ni siquiera había sido difundido en el noticiero de dicho grupo radiofónico. Carmen Aristegui, bajo cuya dirección se hizo tal investigación, prefirió entregar la información a media docena de corresponsales extranjeros, así como a la revista Proceso, y además presentarla en su propio portal de noticias en línea en noviembre de 2014. En rigor, no fue una nota de MVS aunque la audiencia principal de esa periodista se encontraba entre sus radioescuchas.

 

Ciudadanos exigentes

No sé si los aciertos de esa investigación compensan los yerros cometidos por Aristegui y su equipo en la presentación de otras informaciones. El periodismo es circulación incesante de acontecimientos que, mientras más intensa resulta, más propicia las equivocaciones. Esos deslices son públicos y tienen consecuencias, sobre todo cuando no son rectificados.

Tampoco quiero decir que la develación del tráfico de influencias cometido por el presidente Peña Nieto y su esposa deba llevarnos a olvidar los errores de ese grupo de informadores. En todo caso se puede reconocer que en el panorama de una prensa tan adocenada como todavía es en buena medida la prensa mexicana, el espíritu de búsqueda, el compromiso con asuntos difíciles y el ejercicio crítico de Aristegui y sus colaboradores son fundamentales.

A ese periodismo y quienes lo practican no se les debiera evaluar en blanco y negro, aunque el contraste entre sus no pocos malquerientes y sus muy numerosos seguidores empuje a una apreciación maniquea. Con sus defectos y aciertos, el trabajo de Carmen Aristegui y los periodistas que colaboran con ella ha constituido una suerte de aire fresco en nuestros medios de comunicación. Las presiones para quitarles espacio debilitan a nuestra democracia.

Las audiencias que la respaldan son un capital público muy singular que tiene esa periodista. Se trata de ciudadanos activos que no quieren que la agenda de los medios obedezca solamente al poder empresarial y político. Hay que reconocer el ímpetu de esa sociedad activa. Pero es pertinente que el entusiasmo que pueda suscitar no diluya el ánimo crítico también respecto de dicha sociedad.

Así, también, para que los ciudadanos propicien contenidos de calidad es preciso que sean exigentes con todos los medios y no solamente con aquellos que le disgustan particularmente. El ahínco de Carmen Aristegui y sus compañeros no merece complacencia, sino audiencias críticas.

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