Julio Scherer y Excélsior en la historia del periodismo mexicano

Fotografía de Ulises Castellanos tomada de http://ulisescastellanosherrera.blogspot.mx
Fotografía de Ulises Castellanos tomada de http://ulisescastellanosherrera.blogspot.mx

Fragmento del Capítulo II de mi libro Mediocracia sin mediaciones. Prensa, televisión y elecciones. Cal y arena, 2001, pp. 164 – 168. En esta transcripción he prescindido de las notas.

En parte al comenzar a ser sensible a las tensiones de la sociedad, pero también porque se trata de un gremio en donde las discrepancias internas suelen ser frecuentes y públicas, en la prensa mexicana se han sucedido reiteradas rupturas, desde los años setenta. Estos rompimientos entre grupos de periodistas, o entre periodistas y empresas editoras, forman parte del desarrollo de una actividad intensa, vital y cambiante, pero también dan cuenta de la poca estabilidad de instituciones informativas cuyo prestigio profesional no siempre va aparejado con la armonía de sus relaciones internas.

A la prensa, en esas tres décadas, se le puede evaluar, y recapitular, a partir de sus rupturas. La más célebre y definitoria, fue la que tuvo lugar en Excélsior en julio de 1976. El periodista Julio Scherer García tenia ya casi ocho años de conducir ese diario, en donde la diversidad de opiniones (no absoluta, pero sí llamativa en comparación con otros periódicos) había causado frecuentes fricciones con el poder político. Esa circunstancia, y el conflicto que se había anidado entre los miembros de la Cooperativa de dicha casa editorial, condujeron a la salida de Scherer junto con una buena parte de la plantilla de colaboradores y por varios de los funcionarios editoriales del periódico.

El balance preciso de lo que entonces ocurrió en Excélsior todavía está  por hacerse.

Junto con su indiscutible contribución al periodismo crítico, Scherer y sus compañeros de causa desplegaron un marcado protagonismo que influyó en la imagen pública que entonces se tuvo de aquel rompimiento. El episodio que ha sido denominado como el golpe a la casa editorial Excélsior marcó, fundamentalmente para bien pero además con una carga quimérica que posiblemente sea irremediable, no sólo los empeños para renovar al periodismo mexicano sino incluso, la idea que de sí mismos tienen la mayoría de los periodistas empeñados en restaurar el profesionalismo en ese oficio. El 8 de julio de 1976, un numeroso grupo de periodistas encabezados, como es ampliamente sabido, por don Julio Scherer García, tuvo que salir de ese diario después de romper con la asamblea de cooperativistas. La versión predominante y casi única sobre esa desavenencia, es la que sostuvieron Scherer y sus compañeros de entonces. Aquella crisis, fue atribuida a la malquerencia del entonces presidente Luis Echeverría pero además, fue posible por errores en la conducción administrativa y política de esa empresa editorial –es posible que en aquella asamblea de cooperativistas que expulsó a Scherer hubiese acarreados, pero ese director y su grupo de periodistas no lograron mantener la adhesión de los trabajadores de Excélsior–. Si acaso hay testimonios de quienes, como don Gastón García Cantú, tuvieron que alejarse de ese grupo para dejar una opinión distinta: “Echeverría no intervino en la caída de Scherer, sencillamente no actuó cuando se esperaba ante el asedio de los opositores a Scherer”.

Y si la ruptura en Excélsior ha sido relatada casi exclusivamente con las voces de quienes salieron de ese diario, el periodismo que se practicaba bajo la dirección de Julio Scherer, que fue director del periódico durante ocho años, también ha sido un tanto mitificado. El Excélsior previo a julio de 1976 no era precisamente un espacio de democracia y pluralidad. Allí destacaban algunas valiosísimas plumas críticas y eventualmente el trabajo de unos cuantos reporteros con tal oficio e imaginación que descollaban delante de sus colegas de otros medios. Pero el contexto nacional y periodístico en el que se desempeñaba, a menudo se le imponía a ese importante diario; en ocasiones, la indiferencia e incluso la antipatía que mostraba respecto de movimientos sociales independientes o de las izquierdas, no era distinta de las actitudes de otros diarios en la prensa establecida. Aunque baldado por la escisión de 1976, Excélsior siguió siendo un diario en buena medida similar al de Scherer, especialmente en su política informativa y poco a poco, fue integrando una nueva plantilla de colaboradores que ya no destacó tanto quizá, entre otros motivos, porque en los años inmediatos otros diarios comenzaron a experimentar renovaciones.

Acaso la mayor contribución de Scherer al periodismo mexicano se haya debido, fortuita pero afortunadamente, a su salida de Excélsior. En menos de cuatro meses logró organizar Proceso en donde el periodismo de investigación ha estado matizado (y también impulsado) por una intencionalidad que lo ha conducido a una suerte de ensimismamiento, o de visión política marcada por el catastrofismo más que por la explicación de los acontecimientos nacionales. Proceso se convirtió de inmediato el semanario político de mayor circulación e influencia en todo el país. Los intentos para sustituirlo, devinieron en caricaturas lamentables o en revistas con gana de escándalo pero sin el talento para documentarlo. Pero su mismo éxito confirma que no siempre la agudeza analítica, ni la investigación periodística de responsabilidad ética, son los elementos que más interesan a los lectores mexicanos. En el contexto de una cultura ciudadana aún insuficientemente desarrollada, el afán contestatario de esa publicación llega a encontrar lectores numerosos que se regocijan con el amarillismo político de Proceso.

En el otro lado de la balanza, el ímpetu denunciatorio de la revista de don Julio Scherer fue, durante largo tiempo, el contraste disruptor del adocenamiento de una prensa fundamentalmente ensimismada en la complacencia con un poder político que la dejaba hacer negocios en tanto no hiciera olas. Si hubiera que elegir, entre la mirada pesimista del Proceso empeñado en ver medio vacío el vaso de la realidad nacional y el enfoque interesadamente adulón de la mayor parte de la prensa que al final de los años setenta y durante los ochenta sólo presentaba un vaso colmado de tersuras y prosperidades, nos quedaríamos con el trabajo de Scherer y sus compañeros afanados en sostener, incluso por encima de reputaciones y respetos, una impertinencia que ha permitido develar excesos, corrupciones e inconsecuencias del poder político. Pero no se trata de seleccionar un estilo periodístico, sino de desbrozar entre los extremos reconocibles y no por ello compartibles en una prensa que, además de todo, ha estado en transición. Su puerto de llegada, aún no se encuentra completamente definido.

Varias de las escisiones periodísticas de estos años, lejos de haber pretendido enfrentarse con el poder, se desplegaron como una manera de encontrar nuevas interlocuciones con él. Indiscutiblemente, con o sin Scherer y sus compañeros, Excélsior nunca dejó de ser uno de los diarios mexicanos más relevantes, con una tradición que se mantuvo el resto del siglo y aún después de aquella ruptura.

La prensa en esas tres décadas, se desenvolvió entre inercias y tumbos. Las primeras, aportaron pocas novedades. Los vaivenes, que incluyeron rupturas de las cuales surgieron nuevas preocupaciones y espacios periodísticos, dieron cuenta de dos tendencias simultáneas. Por un lado, la inestabilidad profesional y editorial de muchos diarios cuyos propietarios consideraban que sus negocios estaban en riesgo cuando las informaciones u opiniones que publicaban molestaban a personajes del poder político; igual que desde comienzos de los años cincuenta, el periodismo preponderante estuvo subordinado al interés empresarial y éste, a su vez, siguió limitado por las costumbres de la vieja política mexicana. No fue sino hasta ya entrados los años noventa, cuando la relativa pero sensible disminución en la publicidad del gobierno y sobre todo el surgimiento o la reorientación de periódicos que compiten para ganar lectores y no sólo gacetillas publicitarias propició una renovación de la prensa que todavía ha resultado incipiente. La otra constante que se advierte en ese lapso, es el afán de búsqueda que pese al amago del despido, emprendieron algunos periodistas en diversos diarios de la ciudad de México.

 

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