Descentramientos: nuevos ejes comunicacionales

Publicado en Zócalo, noviembre de 2014

Estamos ante una traslación de ejes tradicionales tanto en la cultura como en otros espacios en donde se registran relaciones de poder. Ilustración de René Magritte.
Estamos ante una traslación de ejes tradicionales tanto en la cultura como en otros espacios en donde se registran relaciones de poder. Ilustración de René Magritte.

Frente al pensamiento único que supone la preeminencia de grandes verdades capaces de explicarlo todo, la reflexión acerca de las ideas y la cultura ha propuesto, desde diversas vertientes, la noción de descentramiento para expresar la ineficacia de las concepciones omnicomprensivas. Ese término también define una posición ante la centralización frecuente de la cultura, la política, la sociedad. En América Latina distintos pensadores han coincidido en denominar descentramiento a los procesos de transformaciones que reivindican, o reconocen, voces e intereses de sectores otrora marginados de la vida pública, o de lo que se ha entendido como tal, y por lo tanto de la comunicación.

La diversidad de perspectivas que pueden desplegarse acerca de un mismo asunto fue subrayada por Michel Foucault cuando explicó que no hay discursos totalizadores, de la misma manera que ningún discurso es neutral: “se dirá mucho mejor la verdad en la medida en que uno forme parte de un campo. La pertenencia a un campo –la posición descentrada— va a permitir descifrar la verdad, denunciar las ilusiones y los errores… ‘Cuanto más me descentro, más veo la verdad; cuanto más acentúe la relación de fuerza, cuanto más luche, más efectivamente se va a desplegar la verdad frente a mí, y en la perspectiva del combate, la supervivencia o la victoria’ ”. Descentrarse, desde ese punto de vista, es asumir posiciones no allanadas ante discursos hegemónicos o pretendidamente autosuficientes.

 

Política, ciudades, trabajo, escuela

A Jesús Martín Barbero ese término le resulta útil desde su fundamental libro De los medios a las mediaciones en donde indaga, identifica y reivindica el carácter popular de la cultura, contrapuesto con creencias y concepciones autoritarias: “lo que se empieza a producir es un descentramiento del concepto mismo de cultura, tanto en su eje y universo semántico como en el pragmático, y un rediseño global de las relaciones cultura/pueblo y pueblo/clases sociales”.

Así que esa traslación de ejes tradicionales, que ocurre tanto en la cultura como en otros espacios en donde se registran relaciones de poder, permite reconocer cambios en variadas aunque complementarias zonas de la vida pública. La política, antes que nada, ya no es lo que era como con perspicacia y sin nostalgia alguna recalcaba Norbert Lechner, el destacado politólogo alemán que estuvo avecindado en Chile. “Se debilita el lugar que la política ocupaba en la organización social. La política institucionalizada ve restringido su campo de maniobra porque son más limitados los recursos disponibles y más arriesgadas las apuestas sobre los resultados previsibles de una decisión…“ , advertía Lechner.

Se descentran también las ciudades, cuyo crecimiento es definido por nuevos trazos de tal manera que los viejos centros urbanos han dejado de ser el eje de la vida en las metrópolis. Se descentra el trabajo, que ya no se realiza en sitios destinados exclusivamente a las actividades laborales pero que además es eventual, discontinuo, variado e incluso en ocasiones ha dejado de ser indispensable. Esas mutaciones en el trabajo llevan a Martin Hopenhayn a considerar en un texto publicado en 2000 que hay una nueva secularización definida por la “pérdida de toda idea de centramiento, vale decir, de toda posibilidad del sujeto de constituirse como un todo a partir de un eje central, sea éste la razón, el trabajo moderno o la política”. Las identidades, hoy en día, se definen a partir de variadas afinidades, elecciones y circunstancias. En esa multiplicidad de factores que constituyen contextos cambiantes, líquidos como diría la conocida fórmula de Bauman, hay tres procesos de difuminación de las viejas centralidades que resultan esenciales y que a menudo están interrelacionados: los descentramientos en la enseñanza, la cultura y la comunicación.

Tampoco la educación es lo que era. La escuela ya no sólo es complementada, sino cada vez resulta más desplazada por el entorno informacional que constantemente nos asesta lecciones y datos de la más variada índole. El papel del maestro como foco de la enseñanza resulta cada vez más difuso. El aprendizaje en la escuela básica sigue teniendo beneplácito público pero la educación ya no es la clave para el ascenso social. Las universidades son especialmente renuentes a reconocer que hay espacios de producción e intercambio del conocimiento que las están reemplazando –todavía, desde luego, parcialmente–.

Durante medio milenio, el libro ha sido plataforma indispensable para la propagación del conocimiento y ahora asume formatos digitales que modifican la estructura e incluso la invariabilidad de su discurso. El libro en papel es un producto definitivo: lo escrito allí, escrito está. El libro digital es una obra abierta, un work in progress que puede ser frecuentemente modificado. En uno de los ensayos reunidos en su obra Oficio de cartógrafo, Martín-Barbero subraya la necesidad de discutir los cambios esenciales que ha experimentado la educación, ubicada en: “Un entorno difuso de informaciones, lenguajes y saberes, y descentrado por relación a los dos centros —escuela y libro— que organizan aún el sistema educativo vigente”. La escuela, dice ese autor arraigado en Colombia, tendría que transitar “de un modelo centrado en la secuencia lineal… a otro descentrado y plural, cuya clave es el ‘encuentro’ del palimsesto y el hipertexto”.

 

Cultura y comunicación

La cultura, al mismo tiempo, se origina en todas partes, no depende de centros creativos ni se asienta exclusivamente en recintos destinados específicamente a difundirla y consagrarla. A muchas expresiones de la cultura se accede ubicua y masivamente a través de los medios de comunicación que ejercen con ella un papel a la vez de selección e irradiación. Trátese de expresiones sofisticadas y clásicas de la que en aras de la descripción sencilla suele llamarse como “alta cultura”, o de la mucho más llana cultura popular, el acceso a ellas por lo general ha dejado de ser privilegio de elites o grupos específicos. Hopenhayn, en un libro de 2005 dedicado a problematizar las vertientes de estos procesos en América Latina, sostiene que hay: “Descentramiento de la cultura que, al descentrar sus lugares de producción y procesamiento, se multiplica a sí misma en esta circulación entre tantos nuevos lugares de creación y recepción de símbolos”. Pero, lejos de cualquier optimismo indulgente, ese investigador chileno advierte: “Se crea así una apariencia de propagación democrática del conocimiento: sensación de que ante nuestras narices se rinde la Gran Enciclopedia Universal, el acceso a todo el saber, al cual puede conectarse quien lo desea”.

La comunicación, como actividad social y pública, sigue desplegándose a través de los medios de masas pero ha dejado de ser patrimonio de ellos. Los grandes medios acaparan zonas importantes del espacio público; influyen en la determinación de agendas políticas y sociales; proveen de información, homogeneizándola en ese aspecto, aunque no por ello uniformando sus convicciones, a la sociedad. Ahora contamos con las redes descentralizadas y elásticas que tenemos en Internet que permiten una nueva y creciente capacidad de expresión. Sin embargo esos recursos no alcanzan –al menos todavía no— la capacidad de propagación que tienen la televisión y la radio. Estamos, para seguir con Martín-Barbero en su Oficio de Cartógrafo, en un “cruce de dinámicas que convierte la comunicación en ecosistema y éste en la más fuerte diversificación y descentramiento del saber”.

La ubicuidad y la asincronía con las que emplazamos y consumimos contenidos en Internet modifican las nociones convencionales de espacio y tiempo. Tales descentramientos a veces conducen a suponer que tenemos una presencia virtual y una existencia fuera de línea, como si una se pudiera disociar de la otra. En las redes digitales asumimos perfiles y conductas que solamente se explican en el entorno flexible y envolvente, pero distante de nuestra existencia física, que hay en Internet. Pero lo que allí somos, descentrados de nuestros contextos no virtuales, no lo seríamos sin nuestras experiencias e identidades fuera de línea.

 

Prosumidores, cambios e inercias

Quizá el descentramiento más significativo que propicia el entorno digital es la posibilidad de que además de consumidores, seamos productores de contenidos. Programas y utilerías que hacen accesible el diseño y la colocación de textos y audiovisuales, nos acercan al intercambio cabal, de ida y vuelta, que idealizaron numerosos pensadores de la comunicación. Los prosumidores ejercen una apropiación heterodoxa de los contenidos convencionales de los medios, les confieren connotaciones nuevas, se sacuden la proverbial pasividad de las audiencias y ejercen la libertad de comunicar. La aptitud de esos usuarios que se convierten en protagonistas del entorno digital contribuye a remodelar el panorama de la comunicación pero todavía experimenta al menos cuatro limitaciones. Una, los llamados prosumidores suelen disponer de herramientas y conocimientos técnicos limitados; por lo general son aficionados que no pueden ni se plantean competir con la producción mediática de los grandes consorcios. Dos, los contenidos así producidos tienen circuitos y ciclos de distribución reducidos, habitualmente en los márgenes de la circulación comercial. Tres, los contenidos elaborados por prosumidores por lo general quedan instalados en la Red, en donde se desenvuelven con amplia libertad pero en un océano de información tan extenso que con frecuencia se extravían entre millares de documentos similares. En cuarto término y aunque se trata de una variable que cambia todos los días, hay que tomar en cuenta la brecha digital: no hay prosumidores sin computadoras ni conexiones.

La voluntad y la capacidad de quienes se sacuden la condición de audiencias displicentes para ser autores de sus propios contenidos tiende a modificar las relaciones verticales entre los medios y la sociedad. Pero no hay que olvidar que, de esa tendencia, aún estamos conociendo los primeros balbuceos. Concentrar la mirada en los prosumidores sin atender al entorno dominado aún por los medios convencionales nos puede llevar a una apreciación distorsionada de un escenario comunicacional dominado por conveniencias mercantiles.

De nuevo Hopenhayn (2004) aclara esa tensión entre nuevas aptitudes tecnológicas y la permanencia de relaciones de poder comunicacional que no se han modificado en lo fundamental: “Es un nuevo universo paradójico: descentrado en sus contenidos pero concentrado en su capitalización económica, utilitarista en las operaciones pero rebosante de sentidos en el intercambio de contenidos, mezcla de convergencia tecnológica y dispersión comunicativa”.

 

Globalización y periferias

La siempre incómoda y a menudo veleidosa economía padece y propicia el descentramiento entre las viejas formas de acumulación de capital y las capacidades de las instituciones financieras para llevar y sustraer, invertir e incrementar recursos más allá de los límites nacionales. La globalización reciente se afianza en dos ejes transfronterizos. Por una parte, en la difusión masiva de contenidos en los medios de comunicación. No hay tasa de ganancia más redituable que la que resulta de la propagación y repetición de los mismos programas en los medios: la inversión que se hizo una vez rinde dividendos en docenas de ocasiones y ante audiencias planetarias. El otro puntal de la globalización es la traslación instantánea de los capitales, sobre todo aquellos que se originan en la especulación financiera. Industria mediática y transferencias financieras son posibles gracias a las tecnologías de la información digital. En ambos casos, se trata de insumos para una globalización que implica el descentramiento del Estado respecto de algunas de sus capacidades proverbiales.

La globalización tiene consecuencias disímiles y contradictorias. Hace más de tres lustros el ya mencionado Martín-Barbero explicó en 1997, citando a Milton Santos: “enfrentar el etnocentrismo civilizatorio que propaga la globalización nos exige contraponer a una ‘globalización enferma porque en lugar de unir lo que busca es unificar’ una universalidad descentrada”. Esa fórmula se puede quedar en juego de palabras si no le damos contenido.

Pensar en el descentramiento de la globalización implica reconocer que estamos en un sistema comunicacional que lleva y trae mensajes en cantidades y densidades inéditas y que en ese flujo incesante de contenidos hay espacio para las expresiones de los más variados segmentos de nuestras comunidades, regiones y sociedades. Las viejas metrópolis comunicacionales ahora se nutren de contenidos generados en las que antaño eran solamente sus periferias o a las que sólo consideraban como destinatarias. En las cadenas de televisión por cable asentadas en Atlanta y Miami comienza a ser habitual la transmisión de programas producidos en Bogotá, Buenos Aires o Río. En las redes digitales vamos y venimos de nuestras localidades hacia espacios virtuales en donde que nos conectamos con cualquier latitud. El descentramiento de la globalización también nos permite mirar desde una óptica distinta, no centralizada, los cambios de nuestras regiones y del mundo. Lo que perdemos en provincialismo lo ganamos en cosmopolitismo, aunque sea descafeinado por el tamiz de los medios de comunicación.

 

Radio reemplazada y desplazada

En ese panorama la radio pareciera inconmovible, parapetada en los estilos que siempre le hemos conocido y que la hicieron un medio esencial en la formación de identidades y gustos durante todo el Siglo 20. En un mundo que cambió de la cultura del texto a la fascinación por la imagen, la radio ha seguido siendo esencialmente igual porque lo suyo son los sonidos. Los contenidos que ofrece la radio son exigentes porque sólo alcanzan sentido si los enriquecemos con nuestra imaginación. No en balde, hace medio siglo McLuhan explicó que la radio era un medio cálido porque nos obligaba a implicarnos en sus mensajes, a diferencia de la televisión que ofrece contenidos que no exigen involucramiento ni esfuerzo por parte de sus audiencias.

En un escenario comunicacional dominado por mensajes unilaterales, transmitidos desde los centros mediáticos, la radio encontró un nicho fructífero y cómodo. A diferencia de la televisión, la radio puede transmitir desde casi cualquier sitio y en cualquier condición y sus señales las podemos recibir con facilidad. En contraste con la prensa, la radio puede alterar su programación en cualquier momento para ocuparse de los asuntos más recientes. La calidez del sonido, envolvente y demandante a la vez, hizo de la radio compañera indispensable, a la vez que un medio por lo general abierto a la expresión libre.

Todos esos atributos han dejado de ser patrimonio de la radio. La facilidad para hacer y propagar contenidos, la variedad y apertura de sus programaciones, incluso la ubicuidad al recibirlos, ahora también son rasgos de la comunicación por Internet. Antes el medio natural para escuchar música era la radio, ahora preferimos sintonizarnos a iTunes o a Spotify. Para enterarnos de las noticias hoy disponemos de diversas fuentes. Hasta hace poco, después de un terremoto lo primero que hacíamos era sintonizar la radio; ahora nos asomamos a Twitter. Desde luego hay personas que escuchan programas, pero cada vez más lo hacen descargados como podcasts y no transmitidos por frecuencias radiofónicas.

En la Red disponemos de una cantidad incalculable de estaciones de todos los géneros y procedencias. En algunos sitios es posible registrar nuestras preferencias para tener una programación personalizada: se trata de opciones agradables, aunque es discutible que eso sea radio porque cada radiodifusora, hasta ahora, ha sido una propuesta de gusto musical y/o cultural, o de enfoque informativo.

La radio está experimentando un descentramiento que afecta a su columna vertebral que es la transmisión por frecuencias hertzianas y no parece que los productores de la radio convencional, salvo excepciones, se estén percatando de esa revolución comunicacional. En Estados Unidos, en 1991 el 54% de las personas de 12 años o más escuchaba noticias por la radio; en 2012 era únicamente el 33% y por primera vez fue mayor la cantidad de personas que consultaban noticias en línea: 39%.

En 2013, el 33% de los estadounidenses de esa edad escuchó radio en línea al menos una vez a la semana y había 25.6 millones de suscriptores (casi el 10% de esa población) al sistema Sirius de radio satelital. Cuando van en sus automóviles, el 21% de los estadounidenses escucha radio en línea a través de sus teléfonos celulares. Gracias a esos formatos y conexiones diversos, que amalgaman estilos convencionales con nuevas opciones digitales, el 91% de los estadounidenses de 12 años o más escucha radio (datos calculados a partir de información del Pew Research Journalism Project).

 

Ajenos a la radio

En México tenemos menos información sobre el consumo de medios pero gracias al INEGI sabemos que en 2010, en el 93% de los hogares había por lo menos un televisor pero únicamente el 80% contaba con algún aparato de radio. Esa preferencia de los mexicanos por la televisión, en perjuicio de la radio, contribuye a explicar una cifra drástica y escalofriante: en este país casi la cuarta parte de las personas –exactamente, el 24%– no escucha la radio.

¿Quiénes no escuchan radio en México? Entre otros, el 29% de los jóvenes de 13 a 17 años, el 28% de los mayores de 56 años, el 27% de los estudiantes y el 27% de los jubilados (según la Encuesta Nacional del Conaculta). Esos datos confirman el desapego de los jóvenes por la radio y refutan la creencia de que a los viejos les gusta escuchar radio. Entre unos y otros hay segmentos que han migrado a otros medios, presumiblemente de manera importante los medios de carácter digital.

Estamos, para seguir con el tema al que nos hemos referido, ante un descentramiento ya no del entorno, ni de las tecnologias, sino de la radio respecto de la sociedad y de las audiencias respecto de la radio. Tales procesos ocurren al mismo tiempo que los ciudadanos encuentran nuevos asideros para expresarse y exigir en los cauces digitales. A la radio se le está haciendo tarde para buscar y construir un espacio propio, a la vez que imbricado con los espacios, formatos y modalidades que se han desarrollado al margen de ella.

 

Referencias

– CONACULTA, datos de la Encuesta Nacional de Cultura 2010.

– Michel Foucault, “Clase del 21 de enero de 1976”, en Defender la sociedad. FCE, México, 2000.

– INEGI, Censo de Población y Vivienda 2010.

– Jesús Martín-Barbero, De los medios a las mediaciones. Comunicación, cultura y hegemonía. Ed. Gustavo Gili, México, 1991 (primera edición, Barcelona 1987)

– Jesús Martín-Barbero, “Globalización comunicacional y descentramiento cultural”, en Diálogos de la comunicación. FELEFACS, Lima, No. 50, 1997.

– Jesús Martín-Barbero, Oficio de cartógrafo. Travesías latinoamericanas de la comunicación en la cultura. Fondo de Cultura Económica, Santiago de Chile, 2002.

– Martín Hopenhayn, “Nueva secularización, nueva subjetividad: el descentramiento del trabajo y de la política”. Revista de Estudios Sociales. Universidad de los Andes, Bogotá, Colombia, número 005, enero de 2000.

– Martin Hopenhayn, “Ser visibles o no ser nada: industrias culturales en el ojo del huracán”. Polis. Revista latinoamericana. Santiago de Chile, No. 9/ 2004.

– Martin Hopenhayn, América Latina desigual y descentrada. Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2005.

– Norbert Lechner “¿Por qué la política ya no es lo que fue?” Nexos, México, diciembre 1995.

– Pew Research Journalism Project http://www.pewresearch.org/

 

Una versión preliminar de este texto fue presentada en la reciente 10ª. Bienal Internacional de Radio convocada por Radio Educación.

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