Manuel Buendía: en defensa de la capacidad de asombro

(Más sobre Buendía: Cómo recordar hoy a Manuel Buendía. Texto de mayo de 2004)

Manuel Buendía libros

Un año después del asesinato de Manuel Buendía, a fines de mayo de 1985, la Fundación que ya llevaba su nombre me invitó a participar en la presentación de Ejercicio periodístico, compilación de textos de ese fundamental periodista. El texto que leí apareció en la edición de septiembre de ese año de Nexos. Sin embargo en el sitio de esa revista no se encuentra la reseña completa. Aquí la recupero, en ocasión de los 30 años de aquel homicidio que nos dejó sin uno de los columnistas más importantes del Siglo XX.

Con mucha frecuencia la gente se pregunta por qué hombres como Manuel Buendía se dedican con tanto afán a su tarea de comunicadores, sin dejarse arredrar por las muchas amenazas que recibía un personaje como él, a despecho de riesgos y rechazando una fácil pero incómoda tranquilidad.

Manuel BuendíaEn el caso de Buendía, ese espíritu inquisitivo que lo llevaba a desempolvar y desmenuzar documentos de la más diversa índole, cuestionar con agresividad pero con elegancia a los más encumbrados funcionarios, y así decir cosas nuevas y a menudo sorprendentes con la seguridad de quien tiene pruebas en la mano; esa compulsión por indagar para dar cuerpo a su columna diaria, se aplica si revisamos los temas que constituían motivo de interés para este periodista. Editorial Océano y la Fundación Manuel Buendía nos están ahorrando el trabajo de acudir a la hemeroteca, al publicar ordenados sus principales textos. En Los petroleros, por ejemplo, acabamos por entender que su crítica a las desviaciones en la industria de los hidrocarburos y las corrupciones de los dirigentes sindicales, eran animadas por el irreductible cariño que le tenía a su país. Ese mismo aprecio se traducía en intransigente nacionalismo cuando se trataba de develar a La CIA en México, o significaba coraje para denunciar los excesos y la ilegalidad de La ultraderecha en México.

Pero seguramente en ninguno de esos libros -fundamentales para entender la política mexicana- pueden advertirse tan claramente sus motivaciones como en Ejercicio periodístico, donde se reúnen algunos de los muchos textos que Buendía escribió sobre esa gran pasión suya, el quehacer del periodismo. Allí podemos encontrar, seguramente con más claridad que en algunos de los otros volúmenes, indicaciones, claves y explicaciones que nos permiten concluir que la osadía y el profesionalismo de Buendía surgían en buena medida de la alta estima que tenía por su oficio.

Todos buscamos que nos guste lo que hacemos, pero el afecto de Buendía por el periodismo contrasta con el frecuente desprecio que, entre funcionarios obtusos e incluso periodistas, existe por esta tarea. Periodistas que hacen de sus espacios en las publicaciones negocios personales, directores de oficinas de prensa que no saben insertar una cuartilla en sus máquinas de escribir pero presumen de conocer un oficio que pervierten, escuelas donde supuestamente se enseña periodismo aunque en realidad los estudiantes ni siquiera aprenden ortografía, profesores de comunicación cuyas cátedras divagan en torno a esquemas alejados de la realidad. Todos ellos, por descuido, ignorancia o comodidad, han contribuido a desvirtuar el ejercicio del periodismo y de la comunicación social. Frente a eso Buendía procuraba, con la sencillez que le daba su autoridad moral, hacer bien su trabajo. Y cuando, invitado por alguna escuela o agrupación social, reflexionaba en voz alta sobre el oficio, ofrecía explicaciones como las que hay en Ejercicio periodístico.

Buendía sostuvo una práctica creativa y transcendente, en un oficio con frecuencia desdeñado o torcido por diversas intenciones. Su desempeño profesional indica que el periodismo no tiene por que no ser “una vocación, sino una frustración”, como se queja uno de los personajes de Vargas Llosa en su Conversación en la Catedral. Descubrir las vocaciones de quienes auténticamente tenía aptitud por este oficio, se dedicó Buendía durante varios años con sus alumnos universitarios.

Tal vez la más precisa reivindicación del quehacer periodístico la ejercía don Manuel en su columna diaria, enfatizando siempre que como apunta en uno de los textos recopilados en este libro, “todo” el periodismo pertenece a la política. Es la política en acción. Es siempre, el periodismo, un acto político”. Con frecuencia se piensa que el periodismo y la comunicación en general, son simples instrumentos del quehacer político. Pero en realidad forman parte de la política misma y en Buendía ese reconocimiento fue plena conciencia de la significación que tenían sus escritos. Más allá de la mera información, ofrecía antecedentes, cuestionaba, se valía a veces de la mordacidad o la metáfora, con el fin de ubicar lo que decía al lector (para usar una palabra de moda, “contextualizaba” sus columnas).

Frente a la impunidad, la solemnidad y la mediocridad -”males del periodismo”- proponía arribar a una auténtica comunicación social (Buendía llega a decir que “la comunicación social es más que el periodismo”, p. 49). Sin embargo, en otra ocasión afirma que el periodismo “o está al servicio de la sociedad, o no se justifica”, (p. 56). Llámesele periodismo o de manera más amplia, comunicación, reconocía que “sin una comunicación democrática, no puede haber sociedad democrática” (p. 181) y que “la comunicación social… debería ser tomada como una alta prioridad nacional, porque de ella depende en gran medida la gestión democrática de la sociedad en que vivimos” (p. 58).

Buendía se refería a esta función social sin populismos y alejándose de la demagogia que suele teñir las discusiones entre comunicadores, cuando se engolan la voz alardeando de sus responsabilidades nacionales. En unas curiosas “notas para su manual de comunicación social” que preparó para las juntas de vecinos del Distrito Federal en 1977, advierte que “la buena aplicación de las técnicas de comunicación social requiere de una estructura vertical de decisiones” (p. 153). A veces se llega a pensar que para que la comunicación sea democrática en su confección deben participar, indiscriminadamente y sin jerarquías, los receptores. Buendía, que conocía su oficio, sabía que esto no era posible. Pero eso no implicaba en cambio que la comunicación no debiera servir para las organizaciones y los lectores de la sociedad. Y de nuevo (no en un limitado sentido populista: para que los comunicadores le den la mano a los desprotegidos), sino como elemento necesario en áreas donde se generan y mantienen el consenso y las presiones de la sociedad. Buendía lo explicaba de manera muy clara: “La comunicación social es, señores, un elemento constitutivo del poder. Si no formamos comunicadores sociales -para los partidos políticos, para los sindicatos, para las asociaciones de campesinos, para las instituciones, para el gobierno, para los gremios profesionales, etc.-, estaremos poniendo en riesgo un aspecto importantísimo de la gestión democrática de la sociedad mexicana” (pp. 36-37).

Entendiendo a la comunicación como factor insoslayable en el ejercicio del poder, Buendía consideraba que “el comunicador es conductor social; es un líder, en el más alto y fuerte sentido de la palabra” (p. 65); que “el periodista es un ser social activo. Puede decirse que, en alguna medida, ejerce un liderazgo social” (p. 117). Y esa condición de liderazgo no habría de significar prebendas ni privilegios sino, simplemente, mayor responsabilidad. De allí la persistente preocupación de Buendía por la pobre formación de quienes, estudiaban carreras de periodismo o comunicación en universidades y escuelas; “De la UNAM, por ejemplo, podría decirse que no enseña a escribir ni siquiera a sus estudiantes de periodismo” (p. 62). Reconociendo que la comunicación “no puede ser para improvisados y menos aún para aventureros de la burocracia”, sostenía uno de los pocos pesimismos arraigados que se le conocieron: “Mi… experiencia como profesor de algunas de estas materias en la UNAM, es negativa por lo que hace al presente y pesimista por cuanto se refiere al futuro de mediano y largo plazo” (p. 167).

Manuel Buendía hizo cuanto pudo por mejorar esa deficiente capacitación. Su preocupación por la preparación de los estudiantes de periodismo y por revalorar a la comunicación social, queda expuesta en Ejercicio periodístico, donde desmenuza las formas como se hace, y también como no se hace, la comunicación en México. No se trata de un libro teórico en sentido estricto, pues su mayor valor está en venir de la práctica periodística, pero tiene que ser entendido como punto de partida para profundizar reflexiones en las que Buendía avanzó venturosamente. Pero tampoco debiera pensarse que en Ejercicio periodístico se encuentran únicamente fórmulas técnicas o consideraciones animadas por la coyuntura. Hay también destellos de la frescura con que Buendía definía su estilo, y no falta una tímida pero reveladora queja sobre los avatares del oficio de columnista político, que tiene mucho “de solitaria aventura”. Para hacer llevadera y fructífera esa soledad, don Manuel escribía insistiendo en sacudir sensibilidades, en mover voluntades, no sólo para colaborar en lo que llamaba la reconstrucción del país (p. 50), sino también para combatir la frialdad en un mundo “que pronto pierde su capacidad de asombro”. La aventura de Buendía era menos solitaria porque se sabia beneficiado por la simpatía de sus amigos y sus lectores, y porque además de ocuparse de entresijos y conspiraciones políticas, se daba tiempo y espacio para escribir sobre los desdichados, los perseguidos, los pobres del país y del mundo. Porque escribía también de los árboles, los baches y los niños.

Por todas esas cosas la aventura de Manuel Buendía resultó fructífera y en lugar de solitaria pudo estar, sigue estándolo, envuelta de solidaridad.

Manuel Buendía: Ejercicio periodístico. Editorial Océano, México, 1985. 207 pp.

 

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