Granados Chapa, periodista fundamental

Texto publicado en Zócalo, octubre de 2012

Hay afirmaciones contundentes, muy pocas, que se pueden formular sin temor a que la realidad o la memoria nos desmientan. Esta es una de ellas: Miguel Ángel Granados Chapa fue uno de los periodistas más importantes en la historia de México. Sus reflexiones contribuyeron a desatar, y luego acompañaron críticamente, la transición política que el país experimentó en el último cuarto del siglo 20.

Durante varias décadas, la de Granados Chapa fue una presencia independiente –y en tal sentido, excepcional– dentro de una prensa mayoritariamente sujeta a la voluntad del poder político. La censura, pero a menudo sobre todo la auto restricción ejercidas por la mayor parte de los periodistas y editores, hicieron del periodismo una actividad monótona y previsible. La información y los comentarios políticos solían circunscribirse a la reiteración de notas oficiales y al aplauso resignado o interesado.

El autor de este blog, con Miguel Ángel Granados Chapa y Luis Javier Solana en uno de los programas de la serie “Discutamos México” en 2010

Promotor del periodismo

Las voces dispuestas a romper esa uniformidad eran escasas y entre ellas sobresalió la de Miguel Ángel Granados Chapa. En 1964 fue reportero  en el semanario Crucero y dos años más tarde inició en Excélsior una veloz carrera profesional que lo llevó, de ayudante en la redacción, a ser subdirector editorial. Aquel era el diario mexicano más destacado, entre otros motivos gracias a la calidad y la libertad de sus colaboradores editoriales.

La destitución en 1976 de los directivos de Excélsior, encabezados por Julio Scherer, constituyó una ruptura a la postre creativa porque devino en el surgimiento de nuevas publicaciones. Granados Chapa estuvo presente en casi todas ellas. Durante un año fue director-gerente de Proceso, el semanario fundado en 1976 y que durante largo tiempo fue uno de los pocos espacios dispuestos al periodismo de denuncia política, género que luego se extendió, aunque fincado más en filtraciones que en investigación periodística, a buena parte de la prensa diaria.

Fue subdirector de unomásuno, el diario que creó en 1977 Manuel Becerra Acosta y en donde Granados Chapa escribió hasta 1983, cuando formó parte del grupo de colaboradores que se marchó para hacer un nuevo periódico. En La Jornada, nacida en 1984, Granados Chapa fue subdirector y director pero, a consecuencia de discordias como las que son frecuentes entre periodistas, no pudo alcanzar la dirección general del diario. No pudo contribuir a evitar la desfiguración que padeció La Jornada, en contraste con su proyecto fundacional que apostaba por un periodismo en donde el compromiso con causas sociales no restringiera el compromiso con la verdad.

Las responsabilidades directivas de Granados Chapa se prodigaron en medios muy diversos. Algunos fueron medios de comunicación del Estado, en donde puso en práctica su convicción sobre la pertinencia de que existieran órganos de expresión no mercantiles, capaces de enriquecer un panorama comunicacional dominado por las empresas comerciales. Granados Chapa coordinó los noticieros de Canal Once (1977), dirigió Radio Educación (1977 – 1980) y durante 16 años (desde 1995) condujo su espacio diario de información y opinión en Radio UNAM. Por otra parte, creó medios destinados a temas y públicos específicos, como la revista Mira (1992 – 1994) dedicada sobre todo al periodismo gráfico y el suplemento Hoja por hoja dedicado a partir de 1997 a difundir novedades bibliográficas.

Tenaz apuesta por la discusión de ideas

Sus numerosos libros –tres sobre temas de comunicación y una docena más acerca de temas de historia y coyuntura políticas– fueron otra vía para expresar el torrente de inquietudes que rebosaban a ese mexicano excepcional (sobre Granados Chapa como autor e intelectual público escribí parea la edición enero-marzo 2012 de la Revista Mexicana de Comunicación). Una más estuvo en la docencia que ejerció durante varios años en la UNAM, su casa en donde estudió dos licenciaturas –Periodismo y Derecho– y de la cual recibió en 2002 el Premio Universidad Nacional. Las distinciones que mereció fueron tan abundantes como su prolífico trabajo. Ganó todos los premios de periodismo relevantes que existieron durante su vida, recibió también el doctorado honoris causa de la Universidad Autónoma Metropolitana (2009) y la Medalla Belisario Domínguez del Senado de la República (2008).

Granados Chapa practicó variados géneros periodísticos. De cuando en cuando escribía crónica parlamentaria, un género fructífero en la prensa mexicana hasta la mitad del siglo XX pero luego abandonado casi por completo. Al asomarse a las deliberaciones y no solamente a la anécdota en el Congreso, subrayaba la importancia de la discusión de ideas en la flamante y por eso inexperta y frágil democracia política que México ensayaba en el parteaguas entre ambos siglos.

La defensa de la legalidad, para Granados Chapa, no se contradecía con el compromiso con la justicia social. Pertrechado con esa convicción, fue consejero ciudadano en el Instituto Federal Electoral cuando esa institución se renovó como respuesta del Estado a la crisis política de 1994. Cinco años después fue candidato al gobierno de su natal Hidalgo, postulado por una coalición de partidos considerados de izquierda. En ningún momento, cuando desempeñó tales encargos, Granados Chapa dejó de escribir en la prensa.

Plaza Pública, referencia cardinal

El 13 de julio de 1977, Granados Chapa había comenzado a publicar la columna Plaza Pública que nació en Cine Mundial para transitar después a Unomásuno, La Jornada y El Financiero, además de docenas de diarios en todo el país. En algún momento también apareció en el semanario Punto. La sindicación de su columna le permitió a Granados Chapa mitigar las consecuencias de sus rupturas y distanciamientos con sucesivos medios de la ciudad de México. Aunque dejara de publicarse en el Distrito Federal, seguía apareciendo en numerosos periódicos de los estados. En noviembre 1993 Plaza Pública encontró su sitio definitivo en Reforma, en donde pudo ser muy leída hasta el 14 de octubre de 2011 –dos días antes del fallecimiento de su autor–.

La columna política fue el ámbito idóneo para que Granados Chapa ejerciera con libertad la información y la reflexión, e inclusive la convicción y la pasión acerca de los más variados temas de una agenda pública que, además, contribuía a delinear. Trabajo por excelencia individual, la columna periodística ha sido un espacio para ofrecer juicios –que sin duda no están exentos de prejuicios–. Las que escribía Granados Chapa no eran columnas carentes de posiciones políticas, al contrario. Eran bien conocidas, y sus lectores abrevaron a diario en ellas, las columnas de ese periodista con cuyas afinidades políticas era posible coincidir o disentir, pero que siempre ofrecían una exposición ordenada de razonamientos y datos.

Granados Chapa fue referencia cardinal en la vida mexicana durante los 34 años que publicó, día tras día, su Plaza Pública. Cuando surgió las columnas políticas que abundaban en la prensa mexicana eran, en su mayor parte, instrumentos al servicio de grupos de influencia, aderezadas con presuntas confidencias filtradas desde el gobierno. Unas cuantas eran la excepción, destacadamente la columna de Manuel Buendía con quien Granados Chapa  trabajó una docena de años antes y por el que mantuvo una admiración indeclinable. En aquellas, escasas columnas no oficialistas, había periodismo de investigación que relumbraba en medio de la opacidad profesional que se padecía en anchas zonas en la prensa mexicana.

En el contexto de un periodismo que decía poco porque su fuente de información y su interlocutor fundamental era el poder político, el periodismo de Granados Chapa resaltó al buscar voces y ángulos distintos de los que se habían convertido en convencionales. Plaza Pública se ocupó de una agenda nacional crecientemente diversificada. Si cuando nació ese espacio las primeras planas estaban dominadas por declaraciones del presidente de la República, pronto nuevos actores políticos ganaron sitio –no sin dificultades– en el escenario público mexicano.

El reconocimiento social que adquirieron agrupaciones políticas marginadas del beneplácito institucional, líderes gremiales distantes del corporativismo gobiernista, académicos con opiniones propias, escritores y artistas antaño ajenos a temas distantes de sus propias tareas creativas y ciudadanos acicateados por la necesidad de no permanecer callados ante asuntos que los afectaban igual que a muchos otros, pasó por el reconocimiento, antes, de espacios en la prensa como el que escribió el autor de la columna que, con tales presencias, demostraba por qué se llamaba Plaza Pública

Juicios más allá de las frivolidades

Miguel Ángel Granados Chapa solía registrar asuntos muy variados, no sólo en el campo de la política. Por eso, el alter ego de Plaza Pública fue, durante sus últimos años, la columna “Diario de un espectador” que Granados Chapa escribía 5 veces a la semana para Metro, el diario de corte popular (o, en otros términos, de un sensacionalismo equidistante de cualquier parámetro profesional digno de ese nombre) editado por el Grupo Reforma y en donde reseñaba temas de la vida cultural.

La Plaza Pública se nutría del brío periodístico de su autor, pero también de una erudición cultivada en inagotables lecturas y en un agudo conocimiento de la vida mexicana. Es legendaria, a fuerza de que la han narrado no pocos de quienes tuvieron ocasión de presenciarla, aquella capacidad de Granados para escribir sus artículos sin guión previo y a menudo sin respaldos documentales. Apenas se sentaba delante del teclado, lo machacaba sin pausa hasta que el texto quedaba listo, prácticamente sin necesidad de enmienda alguna.

Ya en los años noventa, cuando el periodismo mexicano se sacudió al menos parcialmente la supeditación al Estado pero no en beneficio del profesionalismo en la información y el análisis sino para anquilosarse en el estruendo amarillista, Granados Chapa siguió insistiendo en el examen riguroso de los acontecimientos públicos. A diferencia de la invectiva personal o de la magnificación de anécdotas utilizados con tanta frecuencia por numerosos opinadores en los medios ya avanzado el nuevo siglo, Granados Chapa iba a los datos precisos, se empeñó en discutir lo que decían y no aquello que parecía que querían decir los personajes públicos, era capaz de invertir horas para verificar una frase o una cifra, escribía asumiendo con seriedad y responsabilidad tanto su papel en la prensa como el de los protagonistas de los asuntos que comentaba.

En Plaza Pública era difícil encontrar apreciaciones que no estuvieran respaldadas en hechos, aunque hubiesen pasado por el tamiz de las concepciones y convicciones de Granados Chapa. Generoso en sus filias, pero también severo –y en ocasiones injusto– en sus fobias, el autor de Plaza Pública tenía una legión de lectores que podían estar identificados o no con sus opiniones pero que las encontraban indispensables. El respeto que solía desplegar lo mismo en su trato personal que en sus textos, lo hacía respetable incluso para la mayor parte de sus antagonistas más conspicuos.

Estilo sobrio, elegante, respetable

A diferencia del periodismo de opinión cifrado en las apreciaciones subjetivas de sus autores (“a mí me gusta”, “yo discrepo”, “no estoy de acuerdo”) Granados Chapa casi nunca escribía en primera persona. Se mantuvo distante de la usanza de quienes escriben como si lo importante fuera quién opina y no el contenido de tales apreciaciones. Por otra parte, Granados Chapa jamás cometió la ligereza de insultar en sus textos ni de utilizar vulgaridades. Esos recursos, tan en boga en amplias franjas del periodismo ya iniciada la segunda década del nuevo siglo, eran absolutamente ajenos al estilo sobrio, preciso y elegante que distinguió la escritura de este periodista.

Las columnas que trascienden el comentario impresionista o la confidencia interesada, son cada vez más escasas en la prensa mexicana. En contradicción con la importancia que el periodismo de opinión tuvo en la Reforma del Siglo XIX, cuando los debates políticos y parlamentarios continuaban en las páginas de los periódicos, más tarde en la consolidación del Estado presidencialista durante los años 30 y 40 del siglo XX, o en el advenimiento de la transición política en los años 80, desde los primeros años del XXI el examen periodístico de los asuntos públicos fue quedando relegado.

Al análisis, ya en el nuevo siglo, se le empezó a confundir con la sentencia en unas cuantas líneas. A la reflexión, se la desplazó al menos parcialmente con descalificaciones e imprecaciones. El espacio para el periodismo de opinión quedó cada vez más constreñido por nuevas prioridades en la mayor parte de los diarios. De las tres cuartillas que era frecuente escribir cuando Granados Chapa comenzó a publicar su columna –y que fue la dimensión que mantuvo la Plaza Pública–, los artículos y comentarios en muchos diarios fueron quedando reducidos a una cuartilla y en ocasiones apenas a un par de párrafos.

Al querer imitar a la televisión, el periodismo se ha mimetizado con la estrechez y la trivialidad de ese medio. Las nuevas y anchas opciones que podría ofrecer la prensa en línea por lo general no han sido aprovechadas para profundizar el examen puntual de los temas de interés público sino, al contrario, para esquematizarlo.

Con Miguel Ángel Granados Chapa los lectores de la prensa mexicana no solamente perdimos a un periodista de notable tenacidad, inteligencia y consistencia. Además, posiblemente, asistimos al comienzo del fin de la reflexión política tal y como la hemos conocido en los medios de comunicación en este país.

 

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