A una década de Big Brother

DEL ARCHIVO. Dos textos sobre “Big Brother” (¿se acuerdan?) que publiqué en 2002 y que no formaban parte de este blog.

I. Gran Hermano

Columna Sociedad y Poder publicada el fin de semana del 23 al 25 de febrero de 2002.

Si algo hay que reconocerle -por lo pronto- a Gran hermano, es que ha revitalizado el debate sobre la televisión. Las descalificaciones a la serie que Televisa comenzará a transmitir el 3 de marzo han logrado que, a diferencia de la usual pasividad de la sociedad mexicana frente a los contenidos mediáticos que recibe, en este caso haya una intensa polémica. Lamentablemente en ese intercambio se han escuchado pocas razones. La pasión, pero sobre todo la defensa convenenciera de intereses pecuniarios y el prejuicio conservador de corte más autoritario, se han confrontado con escasas explicaciones de por medio alrededor de ese programa.

Televisa es así

Televisa transmitirá Gran hermano porque es altamente presumible que será muy buen negocio. En todo el mundo lo ha sido y a pesar de las amenazas de algunos anunciantes será difícil que nuestro país constituya la excepción. El hecho de que para ese consorcio las finanzas estén antes que la calidad de sus programas o el compromiso con los intereses de la sociedad no es algo nuevo. La razón de ser de Televisa, como de cualquier empresa de ese corte, es el negocio. Si acumula poder, se constituye en grupo de presión, experimenta ocasionales o a veces notorias aperturas a opiniones diversas o si produce tales o cuales programas se debe, fundamental y casi exclusivamente, al afán para ganar dinero. Que Televisa gane dinero de manera inescrupulosa y hasta grosera, transmitiendo programas que ofenden el buen gusto y los más elementales criterios de calidad, es una costumbre ampliamente conocida -y padecida- por los mexicanos. Sorprenderse ante el descubrimiento de que la empresa de la familia Azcárraga manipula a sus públicos, lucra con el entretenimiento, ofrece contenidos repletos de vulgaridad y explota recursos sensacionalistas, no significa sino constatar un comportamiento que se ha sostenido durante más de 4 décadas. Alarmarse ante esos rasgos de Televisa (a los que no es ajena, en lo fundamental, el resto de la televisión comercial mexicana) puede resultar, a estas alturas, un tanto ingenuo.

Otro defecto de la programación de Televisa es su escaso sentido de la oportunidad. Esa empresa y sus principales rivales en el mercado de la televisión mexicana, que no han encontrado mejor rutina para competir con ella que copiarle formatos, estilos y errores, suelen tratar a sus públicos como si no formasen parte de un espacio de las comunicaciones crecientemente globalizado. Solo a partir de esa suposición es posible que Gran hermano sea presentado en México como novedad, cuando en los mercados de la televisión mundial se trata de una serie desgastada y en alguna medida decadente. Big Brother fue transmitido por la televisión privada de Holanda en el otoño de 1999. Pronto aparecieron versiones nacionales en toda Europa, así como en Estados Unidos y América del Sur. Mientras la televisión internacional ensaya nuevos formatos para sorprender y entretener a sus públicos en México Televisa ofrece Gran hermano como si de tratase de una propuesta nueva o incluso audaz. Mirar a los demás La versión mexicana será parecida a las que se han conocido en otros países. Un grupo de personas (en este caso 6 mujeres y 6 hombres) se encierran durante un centenar de días en una casa repleta de cámaras de video que registran cada movimiento de cada uno de ellos. De cuando en cuando el público y los productores del programa votan para echar de la casa a cada uno de esos ocupantes hasta que no quede sino el ganador de la prueba, que se lleva un montón de dinero. Mientras permanezcan allí los participantes se encuentran aislados del mundo sin televisión, teléfono, Internet ni forma alguna de relación con el exterior.

Esa similitud con las ediciones anteriores permite suponer que las reacciones ante el Gran Hermano mexicano serán parecidas a las que han ocurrido en el resto del mundo. La sola noticia de que se podrá “ver todo” lo que hace un grupo de personas suscita una curiosidad inicial que ocasionará índices de audiencia significativamente altos. Los personajes de la serie se convertirán, durante varias semanas, en parte de nuestra cotidianeidad. A los segmentos que todos los días transmitirá un canal de Televisa se añadirá la información, sin duda escandalosa y entonces doblemente llamativa, que habrá en espacios de radio y prensa acerca de la convivencia de los 12 personajes. Sin embargo poco después, por muchas peripecias que experimenten esos ocupantes de la casa expuesta al escrutinio mediático, el público de Gran Hermano comenzará a hastiarse. En la clave de esa serie para despertar una intensa curiosidad se encuentra también el motivo de su éxito efímero.

Asomarnos a la intimidad de una docena de individuos cuyos gestos y rutinas podremos mirar como si estuviéramos detrás del espejo frente al que se acicalan o afeitan, tendrá el atractivo que siempre implica la posibilidad de echar un vistazo a la intimidad de otros. En un primer momento nos llamará la atención y divertirá la posibilidad fisgonear desde la impunidad que nos ofrecen las videocámaras y nuestro televisor. Más tarde comenzaremos a encontrar aburrida la contemplación de esas personas haciendo lo que hace todo el mundo (charlar, comer, cocinar, fregar los platos, bailar y cantar, lavarse los dientes o dormir). Cuando esa intimidad de los otros que nos será mediáticamente develada deje de sorprendernos, entonces cambiaremos de canal.

Gran Hermano explota una de las pasiones básicas del ser humano: el gusto por el fisgoneo. Aunque nos hayan enseñado que es de mala educación y cuando alguien nos atrapa mirándolo desviemos la vista, púdica o culposamente, a todos nos encanta observar a los demás. La maravilla y la trampa de Gran hermano radican en que podemos atisbar la cotidianeidad de otros sin que ellos nos lo recriminen porque si han aceptado transcurrir varias semanas en la casa repleta de videocámaras, es a sabiendas de que serán contemplados por millones de personas. Tan intenso como nuestro voyeurismo será el exhibicionismo de los doce ciudadanos y ciudadanas cuya vida diaria quedará expuesta para que la veamos.

Realidad simulada

En ese atributo de Gran hermano radica uno de sus grandes artificios. Las escenas que veremos no serán expresión de la realidad cotidiana porque los habitantes de la casa saben que están siendo contemplados y que todo eso forma parte de un espectáculo.

Lo que se podrá mirar en la serie televisiva será la representación que esos 12 ciudadanos quieran hacer para las videocámaras que los atisbarán. No serán las rutinas diarias que, fuera de registro, tiene cada uno de ellos. Aunque se nos diga o queramos creer que estamos contemplando a esa gente tal como es, lo que veremos será la interpretación que hagan de sí mismos. Esa representación pasará por el tamiz de la televisión. Habrá censura para que en la televisión abierta no aparezcan escenas incómodas o impropias para el público del horario que tendrá el resumen diario de Gran hermano. Pero más allá de esa supervisión que no tomará tanto en cuenta el interés del auditorio como la escrupulosidad de los anunciantes, el hecho de que las peripecias de los 12 confinados sean transmitidas por televisión comercial y específicamente en Televisa, les impondrá un adicional contexto de espectacularización y trivialización.

Al público de la serie no le pasará desapercibido el hecho de que todo es una gran farsa, en el sentido dramático del término, orquestada, impulsada y usufructuada por Televisa. A Gran hermano no se le verá con el interés por la actualidad con que se atiende a un noticiero sino con el ánimo de solaz con que se presencia una telenovela.

 II. Big brother, big boring

Texto publicado en la revista Arcana, mayo de 2002

El Gran Bostezo

A diferencia de otros países, en México la parodia de Big Brother ha tenido más éxito que la versión aparentemente auténtica. La caricatura montada por el cómico Adal Ramones se llevó audiencias, anuncios y aplausos cuando la versión “real” de El Gran Hermano comenzaba a suscitar bostezos e impaciencias entre los televidentes.

El Gran Carnal se convirtió en inesperada aunque limitada opción para que Televisa se resarciera de la falta de ganancias (al menos en los montos que sus directivos esperaban) ante el relativo fracaso o el éxito limitado (todo depende cómo se le vea) de la versión mexicana de Big Brother.

Cuando una encuesta de Reforma preguntó a televidentes del Distrito Federal cuál de las dos opciones, la real o la parodia les gustaba más, el 61% expresó su inclinación  por “El Gran Carnal”. Solamente el 22% dijo preferir el auténtico “Big Brother” (la encuesta apareció en ese diario el 23 de abril de 2002).

El éxito del remedo pareciera ser un reconocimiento no solo a las capacidades histriónicas de Ramones y su elenco (la imitación que Consuelo Duval hace de Adela Micha satiriza con regocijante efectividad la arrogancia de esa conductora) sino a la decepción generalizada que Big Brother ha suscitado entre los televidentes.

Las expectativas que Televisa y un poderoso aparato propagandístico establecieron alrededor de esa serie han tropezado con el profundo sopor que suscitan los litigios cándidos y baladíes en los que se involucran los moradores de la casa del Big Brother mexicano.

En contraste con la desenvoltura con que se comportan los participantes en las ediciones de esa serie en otros países, nuestro Gran Hermano parece versión inocente y recortada de cualquier telenovela como las que presencian los televidentes en México. Los días transcurren en una monotonía que apenas es alterada por la esporádica visita de personajes artísticos y del deporte, o la improvisada incorporación de novedades como el temporal intercambio de uno de los mexicanos con un habitante del Gran Hermano español.

Voyeurismo esterilizado

A pesar de la selección que según se dijo fue difícil y extensa los inquilinos del Big Brother mexicano han sido, prácticamente todos, de una pesadez y una necedad ruborizantes. Sus conversaciones son planas, previsibles, aburridas. La contribución de los hermanos a la cultura nacional ha sido la constatación de cuán flexible y frecuente es el empleo de la palabra güey. Como íconos generacionales –que es uno de los nichos que pareció querer fabricarles Televisa– han quedado muy atrás de cualquier paradigma relevante. Como protagonistas de un encierro en donde burbujearan las pasiones y el voyeurismo del respetable público se diera rienda suelta, el Brother  ha sido decepcionante.

Las conversaciones insistentemente interrumpidas por el beep que se sobrepone a las palabrotas o a las expresiones que los censores entienden como tales, han sido otra de las creaciones involuntarias del Hermano mexicano. Televisa dice que censura los diálogos para cumplir con la ley que impide transmitir palabras consideradas altisonantes y por exigencia de la Secretaría de Gobernación. Las autoridades explican que deben cuidar el interés del público, especialmente porque la versión de Big Brother para televisión abierta no se transmite en horario para adultos. En todo caso quizá nunca el lenguaje informal, repleto de palabrotas y albures, ha tenido tanta propagación en México como ahora que sus ordinarieces son subrayadas con el velo sonoro.

Big Brother nos ha enseñado a escuchar entre líneas y ese método también sirve para dilucidar los conflictos entre los habitantes de la casa. Lejos de explicitar situaciones escabrosas como esperaban los televidentes, en Gran Hermano las situaciones rijosas (en sus dos sentidos,  el libidinoso que es el correcto para emplear esa palabra y el alusivo al conflicto que es la acepción con que se suele confundir a ese término) son sugeridas más que presentadas de manera franca. La percepción de esas circunstancias es preciso complementarlas con la imaginación.

El velo que cubre las palabrejas se extiende al video. Aunque en la casa del Gran Hermano hay más de medio centenar de videocámaras, las imágenes que pueden ver los espectadores son aquellas que han pasado por  el cernidor de los censores de Televisa. Lejos del ejercicio de exposición total de la cotidianeidad de los concursantes que se supone es la finalidad del programa, la versión que se hace pública tanto en la transmisión directa que solo se puede ver el televisión de paga, como en el resumen para la televisión abierta, han pasado por la selección de los supervisores.

El gran hermano de la serie no es el público como se le hace creer con la fantasía de que puede ver todo lo que ocurre en la casa. El Gran Hermano es la televisión que no solo atisba cada movimiento de los concursantes y cada rincón de la casa sino que, además, solo nos deja ver aquello que deciden los operadores televisivos.

Pobreza visual, aburrimiento total

La expectación mediática y también los adversarios de la serie hicieron de Big Brother una suerte de bestia negra de la televisión mexicana. Sus promotores dieron rienda suelta a la especulación acerca del encierro de damas y caballeros cuya cotidianeidad e intimidad quedarían abiertas al escrutinio público. Sus impugnadores más activos, erigidos en custodios de las conciencias mexicanas, se refirieron a Gran Hermano como una Gomorra contemporánea. El grupo A Favor de lo Mejor le hizo a Televisa una propaganda inigualable al presentar a esa serie como una sarta de perversiones.

Morbosos o curiosos (o si se quiere movidos por un inquisitivo afán sociológico) hubo quienes con tal de mirar las cuatro pantallas cuya indiscretas imágenes fueron ofrecidas en vivo, directo e ininterrumpidamente, se suscribieron al sistema SKY de televisión satelital. Otros, menos pretenciosos, quisieron conformarse con mirar las escenas en la Internet. La mayoría se resignó a la media hora diaria de apretada crónica de las jornadas de los hermanitos.

Todos han salido decepcionados. Quienes han tenido tiempo y afán de entremetimiento suficientes para mirar Big Brother en el servicio satelital encontraron pronto que cada día sucedía lo mismo, es decir, nada. Sentarse frente al televisor para hacer zapping entre cuatro canales que muestran a unas tipas y unos tipos platicar de bagatelas, hacer lo que todos hacemos en nuestras casas y solamente de cuando en cuando manifestar impostados desplantes de rivalidad, tristeza, desapego o contento, llega a ser más aburrido que mirar a los vecinos por la ventana (con la diferencia de que casi nadie se pasa varias horas en espera de alguna extravagancia o imprudencia que nos dejen atisbar los inquilinos del edificio de enfrente).

No les fue mejor a los internautas que de cualquier manera tienen que haber sido escasos ya que en la Red hay extravagancias a pasto. Mirar Big Brother en la Internet ha sido como ir a las funciones triples del cine Teresa para quedarse solamente en el vestíbulo mirando  pasar los automóviles que transitan por el Eje Central. En un espacio (o mejor dicho sucesión infinita de espacios) en donde abundan webcams que registran rarezas y audacias de todos los colores, El Gran Hermano mexicano ha sido una suerte de simulacro cándido y soso que no llega ni lleva a ningún lado porque su lógica circular se devora a sí misma.

Estereotipos y engañifas

En otros países El Gran Hermano ha sido una experiencia mediática con intensa participación de los ínter nautas. Los espectadores en la web pueden elegir entre las escenas de 30 cámaras o más. En cambio, como hemos recordado antes, la versión mexicana solo puso a disposición del público las escenas simultáneas de cuatro cámaras.

El apetitoso sabor de la sorpresa que tan bien nos viene cuando descubrimos alguna de esas indiscreciones en la ventana de enfrente   y que es uno de los ingredientes del voyeurismo aficionado, no existen la experiencia con el Gran Hermano.

Cuando miramos ese programa lo hacemos en busca de la intimidad electrónicamente develada de unos personajes cuyas vicisitudes no tendrían importancia alguna sino estuvieran sido registradas por las cámaras de televisión. Pero al mismo tiempo sabemos, o entendemos muy pronto, que los individuos que miramos en la serie no están viviendo sus existencias ordinarias sino que se trata de un espectáculo montado para la televisión. Lo que allí hagan y digan es, al menos parcialmente, resultado de un guión que explota los recursos más trillados de la construcción dramática.

En Big Brother hay duros y sensibles, altaneros y humildes, avaros y desprendidos, laboriosos y holgazanes, extrovertidos y tímidos. La personalidad de los hermanos ha sido definida antes de la serie aunque haya estado cimentada en el comportamiento de cada uno. Hemos visto al tolerante y al flojo, a la pizpireta y la peleonera, a la intrigosa y al timorato. Cada personaje está tan comprometido con su estereotipo (que la televisión se encarga de machacar) que el afán por cumplir con él los lleva a protagonizar incidentes que resultan artificiales, como de cartón.

Después de varias semanas de aletargante show todo parece indicar que quienes lleguen hasta los días finales de la serie no habrán sido los hermanosmás tenaces, imaginativos o hábiles sino simplemente aquellos que gracias a su bajo perfil consigan pasar inadvertidos para sus propios cohabitantes y para los televidentes. Se trata de una carrera de resistencia, no de ingenio o destreza algunos.

La TV crea su propio universo

En Big Brother en apariencia el espectáculo es la gente. La enorme pero endeble coartada del programa supone que se trata de protagonistas reales viviendo su existencia auténtica delante de las cámaras de televisión. Pero nadie se comporta de manera normal si sabe que sus actitudes están siendo registradas por varias docenas de micrófonos y cámaras. La gente es la protagonista de Gran Hermano pero sujeta a numerosas mediaciones: ­el guión prestablecido, las necesidades técnicas y mercantiles de la producción y especialmente las cámaras que son intermediario entre los hermanos y el público.

Por eso se puede afirmar que no es el público, sino la televisión misma, el protagonista de la serie. Y también el guionista, el coro que aplaude, el censor y el fin del espectáculo. Enrique Bustamante, uno de los más respetados especialistas españoles en el análisis de medios, ha explicado que Gran Hermano es “un verdadero acontecimiento mediático, creado por y para la televisión, sin existencia fuera de su marco, realimentado por todos los restante medios de comunicación, prensa escrita y ´’seria’ inclusive, incapaces de resistirse a su oleada. La televisión cumple así su sueño de situarse como autorreferencia permanente, como despliegue total del universo recreado por ella misma, sin dependencias molestas de la realidad externa. A esto colabora una crítica “escandalizada” por el programa que, desde sectores ultraconservadores como progresistas, colaboran paradójicamente a impulsar su éxito” (etcétera, abril de 2002).

Esas reflexiones, suscitadas por la experiencia de Gran Hermano en España, le vienen con precisión a versión mexicana y sus (d)efectos. Una parte de la prensa escrita se ha allanado de manera tan notoria a las prioridades propagandísticas de Televisa que se puede hablar de una inédita mimetización al sensacionalismo que promueve esa empresa. Al parecer no se trata de una estrategia corporativa de los medios escritos sino de una elemental y aprovechadiza búsqueda de asuntos vendedores para nutrir periódicos y revistas. Ese segmento de la prensa se ha podido cobijar a la sombra de Big Brother  tratando de compartir una porción aunque sea minúscula del éxito de Televisa.

Degradación del espacio público

Las consultas telefónicas para votar quiénes saldrán de la casa no son mas que un negocio adicional. Se ha comprobado que los productores ya han decidido esos resultados cuando todavía los televidentes siguen votando. Aparte de ese fraude a la buena fe de quienes suponen que participan al llamar por teléfono, está el riesgoso mensaje político y mediático que la serie propone –e impone— a sus públicos. En palabras, otra vez, de Bustamante: “Lo verdaderamente peligroso del fenómeno Gran Hermano reside justamente en esa degradación del espacio público que simboliza, en el deterioro de la democracia que encierra: la circularidad de los medios en torno a la hegemonía televisiva, en un autismo que deja cada vez menos resquicios al pluralismo, y sin relación con la búsqueda de la verdad ni de la justicia, de la libertad ni de la igualdad”.

Autistas, los personajes de Big Brother le trasminan a la sociedad esa empobrecida práctica de la participación. De todos modos no hay que preocuparnos demasiado. El Gran Hermano mexicano llega a su previsto y previsible final. Además ahí viene el futbol.

Prejuicios y amagos

No ha sido esa la perspectiva de los empresarios que animan al grupo “A favor de lo mejor” que se han expresado contra esa serie. Sin proponérselo, ese grupo se ha convertido en el mejor propagandista que Televisa y Gran hermano pudieron tener en México. También desde luego, “A favor de lo mejor” ha significado la mayor amenaza que Televisa ha encontrado recientemente en su búsqueda de los mayores rendimientos financieros al menor costo posible. La descalificación que ese grupo hace de la multicitada serie no se debe tanto a las características de Gran hermano como a lo que algunos suponen que ese programa será y transmitirá.

A los directivos de “A favor” les inquieta que se difundan escenas sexuales o escatológicas; la idea de que haya cámaras de televisión registrando la vida diaria de un grupo de personas les ha removido sus prejuicios más reservados. No parecen más preocupados por lo que se ha dicho que habrá en Gran hermano sino por lo que ellos suponen que ocurrirá: sexo e impudor a pasto. Algunos de esos inopinados defensores de la moralidad (definida tal y como a ellos les parece que debe definirse) aseguran que doce personas encerradas durante mucho tiempo y sin más entretenimiento que contemplarse unas a otras, acabarán irremediablemente en una orgía sexual. (Se ve que nunca viajan en Metro). El que formula ese grupo no es un pronóstico científico sino la expresión de prejuicios que Gran hermano ha removido de manera tan notable. Si hubiera escenas de libido y ardor los editores de Gran hermano las recortarían antes de transmitirlas en televisión abierta. Así que ni los señores de “A favor de lo mejor” ni los muchos morbosos que sin coartadas moralinas pero con similar interés aguardan ese tipo de episodios tendrán motivos para emocionarse. De hecho, Gran hermano en México será una versión intencionalmente moderada (descafeinada, se ha dicho por allí) de sus antecedentes en otros países. No obstante “A favor de lo mejor” ha exigido la cancelación del programa.

Censura y telebasura

El hecho de que en lugar de promover una televisión de calidad ese grupo impulse la censura resulta lamentable. Pero no es sorpresivo. Los directivos de “A favor de lo mejor” no defienden valores de la sociedad ni el interés de los ciudadanos sino los valores y los intereses que a ellos les parecen reivindicables. No están por el respeto a la tolerancia y la diversidad sino por una televisión a su gusto. La censura jamás es solución para mejorar el contenido de los medios. Si hay quienes quieren ver una televisión de baja calidad y hay quienes quieren transmitirla están en su derecho de hacerlo -siempre y cuando, en caso de que haya contenidos solamente apropiados para adultos, se difundan en horarios para públicos de esa edad-. Lo anterior no reivindica la postura de Televisa. El desprecio de esa empresa al interés de la sociedad mexicana hace cuestionable Gran hermano, como casi cualquiera de sus programas.

El problema no se encuentra en los recursos estrepitosos de esa serie, sino en la ausencia de una legislación moderna y completa que permita que en la televisión mexicana exista competencia. El problema no es que Televisa transmita telebasura, sino que la sociedad mexicana tiene opciones muy limitadas en el panorama de la televisión abierta. El problema, después de todo, no es que Televisa convenza a 12 personas para encerrarse tres meses mientras son videograbadas sino que ese consorcio es propietario o matriz del 80% de las concesiones para transmitir por televisión en México. Ese comportamiento monopólico jamás ha sido cuestionado por los empresarios que forman filas en “A favor de lo mejor”.

2 thoughts on “A una década de Big Brother

  1. Las similitudes que la television aarcan desde grandes rasgos han dejado secuelas a la sociedad, normalmente esos programas carecientes y vanos a la total expenitus van dirijidos a un porcentaje de la poblacion que carece de sentido comun, los hace dependientes de se medio y que esten apegados todo el dia al televisor y no preocuparse por su persona, Desgraciadamente es un monstruo de manipulación, ero las eleccion es de cada persona si decide seguir viendo y mermando sus mentes!!!

  2. […] Dos textos sobre “Gran Hermano” Comparta o imprima este textoCompartirImprimirTwitterFacebookCorreo electrónicoRedditLinkedInDiggStumbleUponMe gusta:Me gustaSé el primero en decir que te gusta esta post. Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente. ← Ley Televisa 2005 – 2008 […]

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