Los mineros de Chile: Rescate en vivo

Los mineros, antes del rescate

Hombre con la reciedumbre indispensable para ser minero, Florencio Ávalos no lloró cuando salió de la estrecha cápsula que lo volvió a la vida después de 68 días bajo tierra. Quizá todas las lágrimas posibles se le habían evaporado en aquel encierro a 622 metros de profundidad. Pero cuando lo abrazó su hijito Byron, el sí todo lágrimas, fue imposible no conmoverse con el rescate que estaba siendo televisado desde el desierto chileno.

Si los 33 mineros no hubieran quedado con vida aquel jueves 5 de agosto, cuando se les vinieron encima el socavón, el mundo y el destino, hoy nadie salvo sus familiares se acordaría de ellos. Por lo general las malas noticias son buenas noticias y viceversa. Es decir, la voracidad mediática se nutre de calamidades y desventuras, al mismo tiempo que tiende a ignorar a la buena fortuna.

Ahora sucedió al contrario. La noticia de que los mineros estaban vivos sorprendió dentro y fuera de Chile. El parco e histórico mensaje que enviaron el 22 de agosto (estamos bien en el refugio, los 33) movilizó la atención internacional y detonó las tareas de rescate más difundidas en la historia de la minería.

Las buenas noticias a veces son noticia. Pero si la hazaña de los mineros se tornó en acontecimiento global no fue solamente por su connotación positiva

sino, también, por el carácter insólito de esa situación. Los medios se alimentan de adversidades. Y también de circunstancias asombrosas. La gesta de los 33 de la Mina San José amalgamó la redención ante la tragedia junto con una circunstancia inaudita. En contra de cálculos, vaticinios y de cierto sentido común fraguado en desastres similares, los 33 siguieron vivos.

Circo mediático, clamaron algunos ante la exposición intensa que tuvo el rescate en televisión y radio. Había representantes de alrededor de 2500 medios de comunicación en los alrededores de la repentinamente célebre mina San José. La imagen de la frágil polea que en cada vuelta hacía descender un instante más la cápsula de 54 centímetros de diámetro en la que subirían uno a uno los mineros, fue contemplada con ansiedad por televidentes de esta aldea planetaria.

Asunto mediático, sin duda. Apenas se supo que sobrevivían, las cadenas de televisión se disputaron los emplazamientos para transmitir un rescate que al principio resultaba enormemente incierto. Circo hubo, ciertamente, en los alrededores de la mina hasta donde además de técnicos rescatistas se trasladaron predicadores, payasos y una caterva de personajes a cual más extravagantes. Pero en la intensa cobertura de los medios se entremezclaron el afán de espectacularidad, que se ha vuelto rasgo de la comunicación global, junto con el lucro político de ese acontecimiento.

Radiante cuando muchos lo hubieran supuesto preocupado, el presidente chileno Sebastián Piñera saludaba, exhortaba, sonreía bajo los reflectores de un espectáculo del que se comportó como protagonista central aunque en rigor fuera únicamente actor de reparto. Piñera hasta hace poco era propietario de una cadena de televisión y sabe desempeñarse ante las cámaras.

Pero más allá del show y el aprovechamiento político, la tragedia primero y luego la buena fortuna de los mineros permitió documentar sus pésimas condiciones laborales. Nada de eso cambiará, no obstante la reacción de las buenas personas que en todo el planeta se han estremecido al saber, o recordar, que los mineros viven con el alma y la vida en un hilo.

Durante varias, demasiadas horas, esa desazón fue compartida por televidentes de todo el mundo. Cuando el rescatista Manuel González, enfundado en su overol naranja, descendió la distancia equivalente a la que hay entre el Eje Central y el Zócalo en la ciudad de México, su encuentro con los mineros atrapados fue registrado por una videocámara. Había una estética de lo inusitado en aquellas imágenes como del espacio exterior, desteñidas y parsimoniosas, que mostraban el interior de la mina con sus involuntarios inquilinos.

Suceso halagüeño en un mundo de noticias malas, la difusión del rescate de los mineros no fue ajena a los imperativos del rating. Las cadenas de noticias se esforzaban por mantener el interés de sus audiencias durante la transmisión en directo pero el rescate transcurría con precavida lentitud. Los mineros se salvaron de las sombras bajo tierra pero no escaparán a la asechanza de los medios. Viven y eso es, después de todo, lo único que importa.

Publicado en emeequis

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