1810: la batalla por la seducción

Publicado en Zócalo, septiembre de 2010

La guerra por la independencia también se libró en los medios. La prensa que surgió a partir del Grito de Dolores era eminentemente propagandística, buscaba irradiar o atajar versiones acerca de las acciones militares tanto de los insurgentes como de las tropas realistas y quería competir, con gran vehemencia, por la credibilidad de la gente.

Aquella batalla por la confianza en papel y tinta comenzó cuando, a fines de 1810, Miguel Hidalgo promovió el surgimiento de El Despertador Americano. Correo Político Económico de Guadalaxara. El cura de Corralejo era un hombre culto, sabía del valor de las ideas puesto que abrevó en la lectura de los clásicos latinos y los pensadores de la revolución francesa. Por eso, en cuanto se afianzó en una plaza le encargó al teólogo Francisco Severo Maldonado y Ocampo la publicación del primer periódico insurgente.

El Despertador Americano apareció el jueves 20 de diciembre de 1810. Aquel título, en interpretación de Luis Villoro, aludía a “el cronómetro que marca fijamente una sola hora: la hora decisiva del salto de una esfera de vida a otra distinta, el instante coagulado de la decisión”.

Era el heraldo de la que ese filósofo mexicano denominaría “la fascinación de la libertad”. Las más variadas esperanzas, pero quizá sobre todo los más abundantes hartazgos, encontraron cauce en aquella aventura que cundía de un pueblo a otro a partir de la súbita proclamación del 16 de septiembre. De El Despertador Americano se publicaron siete ediciones. No se trataba de un periódico a la usanza de los que conocemos ahora, con textos diversos acomodados en secciones específicas. Cada ejemplar constaba de una sola proclama, a veces con uno o dos comentarios adicionales. Esos textos estuvieron orientados, todos, por el afán de ganar la batalla por las conciencias que Hidalgo y los suyos entendían como fundamental para avanzar también en el campo militar.

El campo de las creencias

En aquel empeño por persuadir, no había sitio para medias tintas. Los independentistas, en sus periódicos, eran presentados como redentores de una patria ávida de ser liberada. Sus contendientes eran reiteradamente despóticos y zafios. La primera edición de El Despertador pregonaba: “Las miras del Tirano eran notorias, los papeles más sediciosos, las más incendiarias proclamas penetraban hasta las más remotas Provincias del Reino, sembrando, para corrompernos los medios más poderosos de la seducción…. ¡Hermanos errantes! ¡Compatriotas seducidos! No fomentéis una irrupción de los españoles afrancesados en vuestra Patria, que la inundarían de todos los horrores del vandalismo y de la irreligión”.

Unos y otros, rivalizaron por cobijarse en la religión. Hidalgo se guareció con el estandarte de la Virgen guadalupana. Sus adversarios lo excomulgaron. En los textos de aquellos primeros meses y años de la guerra de independencia se reitera un término distintivo de aquella pelea en el terreno de las creencias: seducir.

Un siglo más tarde, en su estudio sobre La literatura mexicana durante la guerra de Independencia, Luis G. Urbina enumeraba algunos de los periódicos y folletos que proliferaron en aquel periodo: Centinela contra los seductores, Cartas patrióticas de un padre a su hija sobre la conducta que debe observar contra las seducciones insurgentes, El militar cristiano, Diálogo entre Mariquita y un soldado raso, Carácter político y marcial de las insurgentes, Proclama de una americana a sus compatriotas, El Napoleón de América, El Anti-Hidalgo. Se trataba, explicó Urbina, de textos “ya en estilo peinado y académico, para convencer a los cultos; ya en lenguaje burdo y popular, para penetrar en la caótica conciencia de las masas”.

Seducir era convencer con artificios. Presentar solamente una versión de la realidad, adornar a los personajes destacados con méritos que no tenían o denostarlos para suscitar rechazo, esgrimir argumentos de autoridad que iban desde la expresión de personas del pueblo hasta la interpretación de la voluntad divina,  constituyeron recursos en ese operativo seductor.

La edición de 1803 del Diccionario de la Real Academia Española precisaba aquel término:

Seducir: Engañar con arte y maña. Persuadir suavemente al mal”.

Aquella persuasión sutil era contraparte de la terrible guerra civil que comenzaba a librarse por todo el país y que ocasionó millares de muertos. Era, además, la constatación de que una revolución no se construye solamente a fuerza de balas y bayonetas. Un siglo y pico antes que Gramsci, el cura Hidalgo y sus antagonistas entendían la necesidad de ganar la hegemonía ideológica.

El velo de la religión

No era casual que a Hidalgo, sus detractores lo acusaran por engañar a quienes lo seguían. En su edicto de excomunión de septiembre de 1810 el obispo de Valladolid, Manuel Abad y Queipo, acusó: “Un ministro del Dios de la Paz, un sacerdote de Jesucristo, un pastor de almas (no quisiera decirlo), el cura de Dolores, don Miguel Hidalgo… levantó el estandarte de la rebelión y encendió la tea de la discordia y anarquía, y, seduciendo una porción de labradores inocentes, les hizo tomar las armas”.

Añadía aquella condena que Hidalgo, “confundiendo la religión con el crimen y la obediencia con la rebelión, ha logrado seducir el candor de los pueblos y ha dado bastante cuerpo a la anarquía que quiere establecer… Declaro que el referido don Miguel Hidalgo, cura de Dolores, y sus secuaces los tres citados capitanes [Allende, Aldama y Abasolo] son perturbadores del orden público, seductores del pueblo, sacrílegos, perjuros, y que han incurrido en la excomunión mayor del Canon… Los declaro excomulgados… Asimismo exhorto y requiero a la porción del pueblo que trae seducido con títulos de soldados y compañeros de armas, que se restituyan a sus hogares y lo desamparen dentro del tercero día siguiente inmediato al que tuvieren noticia de este edicto”.

“Declaro que el dicho cura Hidalgo y sus secuaces son unos seductores del pueblo, y calumniadores de los europeos”, enfatizaba Abad y Queipo para decretar una excomunión que dos siglos más tarde la jerarquía de la iglesia católica mexicana ha querido desmentir.

Esos seductores del pueblo respondieron en el mismo ámbito. Con recursos más limitados que la cúpula de la iglesia, enfrascado en su campaña militar, Hidalgo difundió un manifiesto para defenderse del Tribunal de la Fe:

“Abrid los ojos, americanos, no os dejéis seducir de nuestros enemigos; ellos no son católicos sino por política; su Dios es el dinero, y las conminaciones sólo tienen por objeto la opresión… Son ciertamente incalculables, amados conciudadanos míos, los males a que quedáis expuestos si no aprovecháis este momento feliz que la Divina Providencia os ha puesto en las manos; no escuchéis las seductoras voces de nuestros enemigos, que bajo el velo de la religión y de la amistad os quieren hacer víctimas de su insaciable codicia”.

“Papeles públicos”

Aquella pugna por las convicciones de los americanos, que era como les decían a los habitantes de esta tierra que luego reconoceríamos mexicana, orientó a El Despertador Americano. El número 5 del periódico insurgente, con fecha 10 enero 1811, comenzaba citando un informe del teniente coronel Antonio Andrade, del ejército realista, que se ufanaba de haber tomado el pueblo de Tepecuacuilco. Allí se tildaba a los insurgentes de “malvados que abusando de la ignorancia de sus hermanos, y conmoviendo la malicia de los revoltosos han llevado el trastorno y la desolación a las mansiones más preciosas de la fidelidad y de la paz. Si estos pueblos seducidos no ceden a la claridad con que la Divina Providencia nos manifiesta sus designios en su sensible influjo, teman a los horrores que serán la precisa consecuencia de la ceguedad y arrojo”.

El periódico insurgente descalificó esa versión, dándole la palabra al comandante Francisco Hernández, del Ejército del Sur quien aseguraba que, lejos de liberar a esa población, las tropas de Andrade habían saqueado el templo y luego huyeron:

“¡Gran Dios! ¿Y que no tengan vergüenza estos hombres de estampar en los papeles públicos mentiras tan de primera clase? Pueblos todos circunvecinos de Tepecuacuilco, vosotros que tenéis asertos evidentes de las operaciones de Andrade: seréis los jueces que decidan si estas merezcan el epíteto de heroicas o el de tiranas”.

Es notable el afán de El Despertador Americano para debatir, documentándolas, con afirmaciones del gobierno virreinal. El informe del coronel Andrade había aparecido en la Gazeta Extraordinaria del Gobierno de México el 5 de diciembre de 1810 y allí Francisco Severo Maldonado, encontró sustento para rebatir el triunfalismo de las tropas realistas.

También es significativo el interés del comandante Hernández para desmentir afirmaciones que habían circulado en “papeles públicos”. Habermas sería dichoso con ese intento, difundido en el alba del siglo XIX, para articular un debate público en espacios de prensa construidos no precisamente para deliberar pero sí para articular una incipiente escaramuza por las ideas.

Esa contienda estaba ceñida por la violencia de la guerra independentista. El tono de las publicaciones insurgentes, lo mismo que de sus contrapartes, buscaba más el apasionamiento que la reflexión. El investigador Carlos Fregoso Gennis ha señalado en estas páginas cómo, en aquel contexto de enfrentamiento y acusaciones mutuas entre insurgentes y realistas, al primer periódico del movimiento de independencia lo definía su estilo exaltado y un espíritu providencial, “como si todo lo anteriormente vivido estuviera esperando ese momento, como una cita con el destino en un instante de iluminación”.

Arrebatada retórica

Quizá no podría haber movimiento revolucionario alguno sin esa plena convicción de sus protagonistas que hace a un lado los matices en el afán para sustituir, de manera categórica, una realidad a la que se concibe del todo funesta con una alborada que se pretende absolutamente luminosa. De allí los excesos revolucionarios que cuando son retóricos no hacen daño mas que al mal gusto, pero que en todas las revoluciones suelen preceder o acompañar abusos de otra índole.

Surgido a instancias de Hidalgo, precisamente cuando aquella primera fase de la guerra de independencia transitaba de su apogeo a las derrotas militares que conducirían a su aprehensión, El Despertador Americano hacía enfática exaltación del caudillismo con una grandilocuencia que en nada se diferenciaba del culto reverencial a la monarquía española. Al padre de la patria, en el periódico se le denominaba como “S.A. Serenísima El Señor Generalísimo”.

El número 1 de esa publicación, en referencia a  Hidalgo, se ocupa de “el nuevo Washington que nos ha suscitado el cielo en su misericordia, de esa Alma grande, llena de sabiduría y de bondad, que tiene encantados nuestros corazones con el admirable conjunto de sus virtudes populares y republicanas”.

El séptimo y último número de El Despertador publicado el 17 de enero de 1811, cuatro días antes de que fuera capturado en Acatita de Baján, se refiere a Hidalgo como “héroe invicto, héroe inmortal”.

Maldonado y Ocampo desplegó esa inflamada retórica en cada una de las siete históricas ediciones de El Despertador Americano. Además del efecto que hayan tenido entre los partidarios de la independencia, tales elogios irritaron a los jefes realistas que aquel mes de enero recuperaron el control de Guadalajara. En la causa contra esa publicación, el fiscal Andrés Arroyo asentó el 4 de febrero de 1811, antes de intervenir la imprenta y resolver que fueran quemados los ejemplares que pudieran encontrarse de El Despertador Americano: “entre los traidores auxiliantes de las sediciones suelen ser los más perjudiciales y de más trascendencia los que las fomentan con papeles”.

Injuriar a Hidalgo

Francisco Severo Maldonado

Ese reconocimiento del papel y la imprenta en la propagación de las convicciones que alientan el descontento popular, se mantendría en cada momento del desarrollo político de la nación que apenas estaba surgiendo. Al editor de El Despertador, se le dio a escoger entre la cárcel o una nueva tarea periodística. Maldonado y Ocampo optó por su libertad y acaso por evitar represalias peores.

El 27 de mayo de aquel 1811, bajo la dirección de Francisco Severo Maldonado, apareció El Telégrafo de Guadalaxara con un formato idéntico pero una orientación radicalmente distinta a los que singularizaban a El Despertador. Se publicarían 85 números, todos y cada uno dedicados a injuriar a Hidalgo como ha sintetizado la historiadora Celia del Palacio.

La misma mano de la que habían surgido panegíricos tan apasionados como los que atribuían a Hidalgo designios celestiales, engendró para El Telégrafo de Guadalaxara expresiones como las siguientes cuando el cura de Dolores ya estaba preso y aún antes de que lo fusilaran en Chihuahua:

“Americanos: libres ya de las cadenas de la violencia que nos impuso el apóstata más rapaz y sanguinario que jamás se ha visto, puede nuestra pluma en lo sucesivo ser el órgano de la verdad e intérprete de la justicia agraviada; ya podemos hablaros en la efusión de nuestro corazón, y descubriros nuestros más íntimos y verdaderos sentimientos. En esta época venturosa, en que los ejércitos del Rey triunfan por todas partes, en que la insurrección declina con rapidez, convirtiéndose, como lo previeron los sensatos, en unas meras cuadrillas de bandoleros, y en que podemos respirar de los horrores de ocho meses, es preciso aprovechar momentos tan preciosos y levantar con fuerza la voz para desengañar a los pueblos miserablemente seducidos que corren precipitados a su ruina y la del reino entero”.

La traición de Maldonado y Ocampo ha sido motivo de diversas explicaciones. José María Luis Mora lo calificó, apenas dos décadas más tarde como “hombre de vasta lectura, de no vulgar capacidad, excesivamente extravagante y de una arrogancia y presunción inauditas”. Emmanuel Carballo, historiador de las letras mexicanas, consideró ya en el ocaso del siglo XX: “Es posible que la furibunda postura realista de Maldonado no sea producto de la venalidad del autor sino del miedo que le inspiraban las autoridades españolas…  Conviene recordar, a favor de Maldonado, que consumada la Independencia fue acogido con cariño por los triunfadores, y ese mismo año de 1821 formó parte de la Junta Provisional Gubernativa. También es preciso rememorar que Iturbide admitía con beneplácito a los enemigos del cura Hidalgo”.

La desilusión

Nunca habrá unanimidad acerca de los motivos de Maldonado y Ocampo. Lo que importa, en todo caso, es su obra. En El Despertador Americano hay huellas lo mismo de su entusiasmo, que de sus aprensiones por la independencia. El cura Maldonado sabía que El Despertador tenía que sacudir a sus lectores, en busca de convencerlos. Pero también se preguntaba, no sin desesperación, por qué esas banderas no se extendían con mayor rapidez. Testigo desde Guadalajara de los combates en el centro del país, le encolerizaba la ausencia de respuesta favorable en la capital. De allí su ácida recriminación a los “mexicanos” en el número 2 del periódico insurgente (27 de diciembre de 1810):

“Mientras que todo el Reino experimenta la más fuerte y general fermentación, mientras que los ánimos todos están agitados de la conmoción más viva, advirtiéndose en todos los Americanos una actitud intrépida y belicosa, que es el más seguro anuncio del triunfo de la Independencia; el apático mexicano vegeta a su placer, sin tratar más que de adormecer su histérico con sendos tarros de pulque… ¿Habrá entre los habitantes de aquella Ciudad populosa una milésima parte capaz de pronunciar con firmeza mi Patria, mi Libertad? ¿Habrá una centésima capaz de sentir valor siquiera en los talones para venir a colocarse en la retaguardia de alguno de nuestros Ejércitos?”.

También le impacientaba la ausencia de seguidores para aquella iniciativa editorial. En el mismo número 2, Maldonado recuerda su afán para “despertar a gran parte del Pueblo Americano” y promete “ceder el campo gustoso a los Periodistas que se presentaren dignos de la Nación y de la gran causa de su Libertad”.

Dos semanas más tarde, en el número 5 de El Despertador (10 de enero de 1811), les exige a quienes no se reconocen en la lucha de Hidalgo: “¿Qué más queréis, Nobles Americanos, que hagamos por nuestra justa causa? Hemos dejado nuestras familias y nuestros intereses, hemos caminado de día y de noche, hemos pasado sed y hambres insufribles, todo lo hemos sacrificado en prueba de nuestro patriotismo y estamos satisfechos que todos estáis dispuestos a hacer lo mismo que nosotros: reuníos y no temáis las amenazas de nuestros enemigos”.

La propaganda de esos enemigos de la independencia se propalaba más fácil que las exhortaciones de El Despertador. En el último número, el 17 de enero de 1811, Severo Maldonado reclama a sus compatriotas: “oíd la voz de la razón, escuchad los gemidos de la angustiada militante Patria, mostraos sensibles al clamor de sus justísimas quejas. ¿Es posible que vuestros generosos corazones sólo abriguen afectos de compasión hacia nuestros mortales enemigos, hacia unos tiranos detestables, que después de tenernos esclavizados por tres siglos añaden actualmente el colmo a su maldad, manteniendo por pura malignidad, por puro capricho, contra todo humano y divino derecho, la más atroz y exterminadora guerra contra toda la Nación Americana… ¿es posible que solo se excite vuestra sensibilidad y ternura a vista del justo castigo con que la doliente patria venga los enormes atentados de unos lobos que se cubren con la piel de oveja cuando se ven con el cuchillo en la garganta y que desviados del peligro se vuelven sañudos y rabiosos tigres, sedientos de sangre criolla?”.

Maldonado padecía la consternación de quien, imbuido de una causa que considera justa, se desalienta cuando advierte que no todos comparten esa convicción. Es la desilusión de innumerables luchadores sociales en todas las épocas. Algunos de ellos, decepcionados ante la insuficiencia de sus empeños, se vuelven en contra de los ideales que habían abrazado. Quizá no fue únicamente miedo, sino desencanto la causa del viraje de Severo Maldonado. La lucha independentista, de la que El Despertador Americano fue el primer pregonero, no seducía a los mexicanos tan rápido como él anhelaba.

Referencias

– José Bravo Ugarte, Periodistas y periódicos mexicanos. Jus, México, 1966.

El Despertador Americano (1810 y 1811). Disponible en www.antorcha.net

– Emmanuel Carballo, El periodismo durante la Guerra de Independencia. Delegación Política Cuajimalpa de Morelos, 1985.

– Carlos Fregoso Gennis, “El Despertador Americano, antecedente del pensamiento liberal” y Celia del Palacio M., “La prensa realista y proconstitucional en Guadalajara”, en “Prensa e Independencia”, Suplemento de Zócalo, enero 2010.

– Luis G. Urbina (1910)  La literatura mexicana durante la guerra de Independencia. Disponible en www.antorcha.net

– Luis Villoro, El proceso ideológico de la revolución de independencia. UNAM, 1967.

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One thought on “1810: la batalla por la seducción

  1. Saludos estimado Raúl:

    Ahora que abordó la cuestión de la seducción, también viene a mi mente esa otra herramienta de la cual echaron mano las autoridades virreinales: el miedo.
    Abad y Queipo, por ejemplo, advirtió a quienes apoyaban el movimiento de Hidalgo que, de seguir por ese camino, la Nueva España se convertiría en una segunda Haití: una nación gobernada por negros, antiguos esclavos.
    También existieron casos en los que algún insurgente agonizante confesó nombres, poblaciones y estrategias de los rebeldes con tal de que su alma no parara en el purgatorio o, peor aún, en el infierno. Esta clase de amenazas por parte de las autoridades, estaban a la orden del día.
    Por otro lado, este asunto de la “apatía mexicana” es uno de los temas más polémicos sobre la independencia. ¿Por qué razón Hidalgo decidió no marchar sobre la capital? ¿Apatía mexicana? ¿Temor a futuras masacres? Más preguntas que respuestas.
    Excelente artículo. Apropiado para las fechas. Qué mejor manera de conmemorar que replantear viejas preguntas, suscitar debates, informar sobre aspectos escasamente atendidos.
    Hasta luego.

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