1968: retórica de la descalificación

Zócalo, septiembre de 2008

Antes de la noche de Tlatelolco, la sociedad mexicana recibió a través de los medios de comunicación constantes e intencionados mensajes consagrados a descalificar al movimiento estudiantil de 1968. Desde el primer día después de la violenta intervención policiaca para dispersar dos manifestaciones el 26 de julio por la tarde, hasta las semanas posteriores a la terrible represión del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas, numerosos medios desplegaron una campaña de distorsiones y confusiones.

El movimiento estudiantil, según esa campaña, era alentado por agentes extranjeros que manipulaban a los jóvenes mexicanos con propósitos de sedición política. Esa era la versión del gobierno. A fuerza de repetirla cotidianamente, se convirtió en una versión extendida aunque no unánime en los medios de aquel 1968. No es exagerado suponer que además de contribuir a desconcertar y atemorizar a la sociedad, esa interpretación alentó la paranoia y el autoritarismo de un gobierno que nunca quiso ni pudo entender las motivaciones políticas de la protesta estudiantil –las cuales, lejos de atentar contra las instituciones legales, exigían que se les respetase–.

Ojalá algún día pueda hacerse el recuento documental del comportamiento de los medios electrónicos en 1968. Tal vez no haya grabaciones suficientes de las transmisiones de la radio la cual, por lo demás, en aquel tiempo carecía casi por completo de programas de noticias y en donde quizá no existía un solo espacio de discusión política. Pero seguramente se conservan filmaciones de los escasos y rudimentarios noticieros que había en la televisión mexicana de hace cuatro décadas.

Conjura, que algo queda

De la prensa escrita, en cambio, hay testimonio en las hemerotecas aunque en varias de ellas las colecciones de entre julio y octubre de 1968 están incompletas y mutiladas. Más que el afán del gobierno para aniquilar esas constancias documentales de los acontecimientos de aquel año, el deterioro de dichas colecciones se debe al descuido y la depredación que han perpetrado algunos de quienes las han consultado. El espléndido trabajo de la investigadora Aurora Cano Andaluz, 1968. Antología periodística (UNAM, 1998) que reúne en casi 500 páginas una selección de reproducciones facsimilares de las notas periodísticas publicadas en ese año acerca del movimiento estudiantil, constituye un útil acercamiento a ese tema. De allí hemos tomado las transcripciones que aparecen a continuación.

La versión de la conjura extranjera se mostraba en reseñas como la que el sábado 27 de julio ofreció el reportero Antonio Lara Barragán en la primera plana de El Universal, bajo el título “El foco de la agitación”:

“Agitadores del Partido Comunista Mexicano, de la Central Nacional de Estudiantes Democráticos, de la Línea Trostquista, del ‘Movimiento de Liberación Nacional’, del Movimiento ’28 de julio’ y las ‘células’ de la Juventud Comunista del Instituto Politécnico Nacional y de las escuelas de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, tuvieron a su cargo los desórdenes que se registraron después de las 20 horas en la Avenida Juárez.

“A esa hora, núcleos estudiantiles, dirigidos por los miembros de las ‘células’ comunistas, se unieron a los grupos castristas que habían marchado desde la fuente del Salto del Agua hasta el Palacio de Bellas Artes.

“En la esquina de 5 de mayo y San Juan de Letrán se unieron las 2 corrientes.

“Muchas mujeres y varios hombres de definido físico cubano, portando banderas castristas, lanzando ‘¡mueras’ al gobierno de México, insultos a la policía y ‘¡vivas!’ a Demetrio Vallejo, Dionisio Encina y Valentín Campa, se mezclaron a los estudiantes”.

Esos párrafos, con los que comienza la nota de Lara Barragán, son paradigmáticos del tono que desde entonces y durante más de dos meses mantendría la mayor parte de los diarios de la ciudad de México. Adjudicar el enfrentamiento del 26 de julio a la actuación de grupos políticos, y por añadidura de una izquierda que en aquel entonces era semi ilegal, tendía a suscitar la alarma y el disgusto de los lectores pero además les ocultaba el hecho más importante de aquel enfrentamiento, que era la intervención violenta del cuerpo de granaderos contra las movilizaciones de aquella tarde. En la refriega, al reportero le dieron una pedrada en la cabeza pero ese hecho no disculpaba la deliberada parcialidad de la información. La alusión a la apariencia física, que ese reportero considera coincide con rasgos cubanos, es para una antología del despropósito periodístico.

Aquellos enfrentamientos, con los que se iniciaba una escalada que desembocaría en la matanza de Tlatelolco, fueron acompañados por una prensa notoriamente parcial. El Sol de México, por ejemplo, publicó el lunes 29 de julio un editorial titulado “Una demostración de barbarie” en donde aseguraba:

“Desde luego hay que señalar que en la acción depredatoria de los manifestantes hubo grupos de escolares azuzados por agitadores de etiqueta roja; pero que principalmente el desorden fue provocado por extranjeros de filiación comunista, en su mayor parte huéspedes ilegales de nuestro país y sobre quienes debe recaer con mayor rigor el castigo por las fechorías realizadas. Aparte sus pasaportes, unos auténticos y otros falsos, los motineros se identificaron plenamente como peones de ajedrez del marxismo-leninismo por sus arengas, sus excitativas de destrucción y los cartelones en los que hacían profesión de fe a favor del Che Guevara, Fidel Castro, Mao y demás apóstoles del odio y la anarquía”.

A esa prensa alineada a la visión del poder político pero antes que nada de suyo profundamente conservadora, le parecía imposible que los estudiantes universitarios y politécnicos se manifestaran por decisión propia y a partir de sus propias inquietudes. Tenían que ser engañados y la manipulación resultaba más verosímil, y más ominosa, si se decía que era perpetrada por extranjeros. Hoy esas frases pueden parecernos insostenibles e incluso ridículas. Pero formaban parte de una retórica de la descalificación que carecía de contrapesos eficaces. En comparación con las notas aliñadas con una intensa carga ideológica y las posiciones editoriales claramente arbitrarias, las voces que proponían otras explicaciones eran escasas aunque no inexistentes en el panorama de la prensa mexicana.

“Reprimir el desenfreno”

Esa retórica, que terminaría justificando la acción armada contra el movimiento estudiantil, era utilizada para dotar de una cobertura, impostada pero muy publicitada, a las acciones del gobierno. La madrugada del 30 de julio, el ejército ocupó los planteles 1, 2, 3 y 5 de la Escuela Nacional Preparatoria de la UNAM y de la Vocacional 5 del IPN. La información que ese día proporcionó El Universal, en una nota sin firma titulada “El Orden fue Restablecido”, tiene una intencionalidad transparente. Estos son sus primeros párrafos:

“En una inmediata maniobra soldados de infantería, pertenecientes a la Primera Zona Militar, tomaron posesión en las primeras horas de este día, de los edificios escolares que de habían convertido en reducto de agitadores y estudiantes alborotadores.

“Al mando del general José Hernández Toledo, los miembros del Ejército Nacional, procedentes del Campo Militar número Uno, se dirigieron al primer cuadro de la ciudad, circulando por el Anillo Periférico (tramo sur), hasta la glorieta de Petróleos, para seguir por Paseo de la Reforma, Avenida Juárez, Juan Ruiz de Alarcón y Santa María la Ribera.

“El convoy, integrado por tanques ligeros y ‘jeep’ equipados con bazookas y cañones de 101 milítros (sic), y camiones transportadores de tropa, salieron del Campo Militar número Uno a las 0 horas de hoy.

“A su paso, el pueblo hizo los más variados comentarios acerca de que la presencia del Ejército Nacional iba, por fin, a poner punto final a la crisis planteada por agitadores y estudiantes mal orientados”.

En unas cuantas líneas, esa información presentaba la ocupación militar de los planteles universitarios como una acción de gran popularidad. “El pueblo” que aplaudía al paso del convoy del ejército era bastante peregrino porque, como allí mismo se decía, al traslado había ocurrido durante la madrugada. Se buscaba mostrar a la intervención militar como resultado de abusos de los estudiantes pero no se les daba voz a quienes habían sido desalojados de los planteles de bachillerato.

En el mismo tenor y con el encabezado “El Estado no puede permitir”, el editorial de Excélsior consideraba el miércoles 31 de julio:

“Si el Estado permitiera procesos que llevan al desorden social, éste sería, sin duda, un Estado en vías de desintegración. Su razón de ser consiste principalmente en garantizar la convivencia ordenada, pacífica y justa de la comunidad nacional. Si algo hay que esencialmente le completa, tal cosa es ejercer su autoridad para reprimir el desenfreno de unos, que lesiona a los demás y hace imposible la coexistencia con lo cual la vida humana retorna al caos primitivo”.

En aquellos días Excélsior todavía era dirigido por Manuel Becerra Acosta (padre del periodista del mismo nombre que una década después encabezó la creación de unomásuno). Un mes más tarde, el 31 de agosto de 1968, la dirección de ese diario sería ocupada por Julio Scherer García. No puede decirse que a partir de entonces Excélsior haya experimentado un viraje drástico en su cobertura del movimiento estudiantil, pero evidentemente se alejó de la intolerancia que definió a casi toda la prensa del Distrito Federal.

Esas definiciones fueron reiteradas cuando, en su informe del 1 de septiembre, el presidente Gustavo Díaz Ordaz sugirió que, de considerarlo necesario, incrementaría el uso de la fuerza para contener al movimiento estudiantil. La nota de ocho columnas que El Universal publicó el lunes 2 de septiembre, firmada por el redactor Demetrio Bolaños Espinosa y bajo el encabezado “Toda la Energía si es Necesario”, recogía esa adhesión al gobierno:

“El pueblo de México escuchó ayer con profunda emoción e interés creciente el Informe rendido por el Presidente Díaz Ordaz ante el Congreso de la Unión, en donde con tono enérgico y a la vez conciliador, precisó la posición del gobierno ante los problemas del país…”

Hoy en día sería impensable encontrar en la prensa mexicana una información periodística supeditada a la actitud reverencial que transpiraba aquella nota que, más adelante, describía así el informe del presidente:

“Con profundo conocimiento de los problemas de la Patria y haciendo a un lado estériles resentimientos…”

Incluso el periódico El Día, dirigido a la sazón por Enrique Ramírez y Ramírez y que era el único diario en donde miembros y simpatizantes del movimiento estudiantil podían encontrar espacio para publicar inserciones pagadas, se plegaba a la decisión del gobierno para atajar a los estudiantes. En un editorial titulado “¡Lo que cuenta es México!”, publicado el 2 de septiembre, El Día consideraba:

“[El Presidente] sabe que la confusión tiene su origen en el deliberado propósito de ‘crear un clima de intranquilidad social, propicio para disturbios callejeros o para acciones de mayor envergadura, de las más encontradas tendencias políticas e ideológicas y de los más variados intereses, en curiosa coincidencia o despreocupado contubernio’. Y a las justas respuestas de orden académico añade la decisión de utilizar todos los instrumentos y recursos que la Constitución ha puesto en sus manos para defender el orden jurídico: ‘lo que sea nuestro deber hacer, lo haremos; hasta donde estemos obligados a llegar, llegaremos’ ”.

-“¡Prensa vendida!” –“No todos”

No todas las definiciones en la prensa eran adversas al movimiento estudiantil ni la tesis de la conjura suscitaba unanimidades. Aun en periódicos cuya línea editorial era opuesta a los estudiantes, había expresiones de sensatez como la que manifestaba Jacobo Zabludovsky, aludiendo a la marcha del 27 de agosto, en un artículo titulado “Causas profundas”, el 10 de septiembre en Novedades:

“En el movimiento estudiantil de que hemos sido testigos en México y cuya fuerza ha sido innegable, debemos separar las causas aparentes o inmediatas de las causas profundas. Para ello debemos dejar de atribuirlo todo a la intervención de comunistas porque no fueron comunistas quienes movieron a 200 mil muchachos en esa gran manifestación, aun cuando no se puede negar que hayan querido llevar agua a su molino”.

Zabludovsky era, en aquel año, conductor del Diario Nescafé, noticiero matutino en el canal 2. Desde entonces los conductores de noticieros televisivos expresaban en otros medios puntos de vista que no podían o no querían manifestar en la pantalla.

Otras voces, más notables en calidad que cantidad pero con una presencia sin duda importante, manifestaron, en diversos tonos y momentos, opiniones discrepantes con la versión que el gobierno insistía en propagar acerca de un movimiento manipulado por intereses foráneos y de una colectividad estudiantil engañada. Entre otros, pueden recordarse los artículos de José Alvarado, Froylán M. López Narváez, Alfonso Noriega, F. Carmona Nenclares y Hugo Hiriart en Excélsior; Francisco Martínez de la Vega y María Luisa Mendoza en El Día; José Muñoz Cota en Novedades y Luis Suárez en El Heraldo.

Cuando en cada manifestación por el centro de la ciudad de México los estudiantes del 68 gritaban “¡Prensa vendida!” al pasar frente a los edificios de los periódicos, había reporteros y articulistas con motivos para considerar que ese reclamo no les tocaba a ellos. Don Francisco Carmona Nenclares, un viejo luchador de la República Española, reseñó el jueves 29 de agosto, en su colaboración para Excélsior, este episodio de la manifestación ocurrida dos días antes y que fue la más concurrida y emblemática del movimiento de 1968:

“La ciudad entera inmovilizada en los balcones, en las azoteas, en las banquetas. Entramos ya por Cinco de Mayo. Aplausos. En la Asociación de Periodistas, esquina de Filomeno Mata, un cartel lacónico: ‘no todos’ ”.

Aquella marcha del 27 de agosto recibió amplia cobertura en los diarios especialmente porque después de que concluyó, en el Zócalo, varios centenares de estudiantes se quedaron en ese sitio y fueron desalojados horas más tarde. En cambio otra gran marcha, realizada el 13 de septiembre y de manera silenciosa, ocupó menos espacios en la prensa.

Los diarios enjuiciaron sin pruebas

El 18 septiembre el Ejército ocupa Ciudad Universitaria. La cercanía de los Juegos Olímpicos, que se inaugurarían el 12 de octubre, así como la perseverancia de la movilización estudiantil, aumentaban la intranquilidad del gobierno pero también la percepción, en otros circuitos de influencia, de que estaba en curso un enfrentamiento político que iba más allá de las reivindicaciones estudiantiles. El viernes 20 de septiembre, con el título “¡Todavía es tiempo!”, El Día publica un editorial en donde sentencia:

“Lo sobresaliente en esta lucha no ha sido propiamente la problemática de la juventud o de la educación nacional, sino cuestiones de orden político. Y no es realmente apropiado hablar ya de un conflicto estudiantil, sino de un choque político en el que participan en primer plano estudiantes y maestros enfrentados al gobierno; pero en el cual es indiscutible también la intervención de otras muchas fuerzas políticas de los más variados signos, sin exclusión de influencias o agencias extranjeras”.

Ese mismo 20 de septiembre, en el diario, apareció un desplegado dirigido al presidente de la República y suscrito por 200 escritores, artistas y académicos que consideraban que la ocupación militar del campus universitario significaba “la clausura oficial de todo proceso democrático en el país”.

También el 20 de septiembre tiene lugar un vivaz debate en la Cámara de Diputados. Al día siguiente, en El Universal, Demetrio Bolaños E. ofrece una crónica cargada de intencionalidad y subjetividad. Por ejemplo:

“No faltó un joven bisoño de la C.N.C. que abusando de la libertad que priva en los partidos, subiera a la tribuna a salir en defensa del rector Barros Sierra, ‘persona muy honorable al que ni siquiera conozco’ y como universitario pidió entre aplausos de los panistas y estudiantes, que se pidiera la inmediata desocupación militar de las universidades. Este héroe civil es el diputado Guillermo Morfín García, del 9º. Distrito de Michoacán”.

La tensión aumenta y la intolerancia también. En varios sitios de la ciudad se suscitan enfrentamientos entre brigadas de estudiantes y policías que buscan dispersarlos. El domingo 22 de septiembre un encabezado de Novedades consigna, en referencia a una larga zacapela en la Unidad Nonoalco-Tlatelolco: “Por 6 Horas Grupos de Jóvenes Hacen Frente a la Fuerza Pública; un Granadero Muerto”.

Ese titular sugería que el granadero había fallecido a consecuencia de una agresión de estudiantes. Solamente en el interior de una nota más pequeña se explica: “Informes proporcionados por la Cruz Roja revelan que un granadero, Julio Adame González, falleció hoy a las 0.45 horas, como resultado de las heridas de bala que recibió en el abdomen. Fue balaceado (al igual que otros tres granaderos) por el teniente del Ejército Benjamín Uriza, cuando los miembros del cuerpo policiaco entraban al edificio 11 de Tlatelolco, donde se habían refugiado grupos de jóvenes”.

Luego se sabría que el teniente Uriza disparó contra los policías después de que golpearon a su madre, a la que él visitaba en la unidad habitacional.

Ese mismo domingo 22 de septiembre El Sol de México dedica los siguientes encabezados a tales incidentes: “Barrió el Ejército con un Foco de Subversión en Tlatelolco”. “Usaron Táctica de Guerrillas los Buscabullas”.

Sin evidencias de que los estudiantes tuvieran armas ni de que hubieran agredido a los cuerpos policiacos la prensa, azuzada por el gobierno, enjuiciaba anticipadamente y forjaba un panorama de rebelión armada.

La posición de Excélsior

El discurso periodístico anticipaba la represión. Pero también describía visos de arreglo, acaso con más voluntarismo que realismo. El lunes 30 de septiembre el editorial de Excélsior estima que hay posibilidades de acercamiento entre estudiantes y gobierno:

“Una actitud absolutamente cerrada en las partes en cuestión no se ha dado propiamente… En el mismo orden de ideas puede anotarse la circunstancia de que el número de estudiantes consignados es evidentemente menor que el de aprehendidos, y puede redondearse la consideración con el dato de la insistencia porfiada de muchos huelguistas de buena fe que han querido iniciar el diálogo en términos apartados de los argumentos de fuerza”.

Ese mismo día, 30 de septiembre, el Ejército sale de Ciudad Universitaria. El 1 de octubre Excélsior encuentra en esa acción motivos para congratularse: “El ejército desocupó la Ciudad Universitaria con el aplauso y el alivio de todo el mundo, incluido el ejército mismo… En el difícil camino de la tranquilización, de la reconciliación, este no es solo un paso más, sino un adelanto trascendental… La salida del ejército muestra –uno entre otros signos– la urgencia de lograr cuanto antes que la paz vuelva a reinar entre la clase estudiantil”.

Pero dos días después, ese mismo espacio editorial tenía que deplorar los acontecimientos de la noche anterior. El 3 de octubre de 1968 Excélsior dijo en su editorial, bajo el título “Tlatelolco sangriento”:

“La desolación ha vuelto a invadir la capital mexicana, el corazón de la República. La presencia del Ejército demandada para dispersar un mitin que se realizaba en la Plaza de las Tres Culturas, dejó un atroz saldo de muerte y sangre allí. Y en la conciencia de los ciudadanos sensibles una infinita desesperación, una severa, turbadora congoja”.

A diferencia de la versión del gobierno que denunciaba una provocación armada como causa de la masacre en Tlatelolco, el diario que para entonces ya dirigía Julio Scherer adjudicó desde ese primer y difícil momento la responsabilidad al ejército. Y añadía:

“Porque los hechos de anoche nada aclaran ni a nada responden. Por lo contrario, han creado nuevos agravios. La intransigencia y la fuerza sólo sirven para ampliar la brecha del resentimiento, para alejar las posibilidades de la reconciliación”.

Aquel editorial cuestionaba el maximalismo del movimiento estudiantil que había exigido que el presidente Díaz Ordaz se presentara a un diálogo público a la mitad del Zócalo. Pero también descalificaba la actitud del gobierno:

“Si bien es cierto que el comportamiento estudiantil –y el de buen número de maestros– rebasó por momentos los límites de la sensatez, y llegó a la insolencia y al reto inconsciente, sobrestimando las propias fuerzas, no es menos verdad que la respuesta a tal desbordamiento no ha sido prudente ni adecuada.

“El desborde de prepotencia –que llegó a exigir al Presidente de la República que compareciese en el Zócalo a dialogar con los inconformes el mismo día que tenía que rendir su informe a la nación– era propio de adolescentes pueriles y soberbios”.

Aquel editorial de Excélsior fue escrito en momentos de profunda conmoción. Varios reporteros, incluso algunos de ese diario, estaban heridos o desaparecidos. Esa noche las redacciones de varios diarios fueron allanadas por elementos policiacos o militares para incautar rollos fotográficos con imágenes del asesinato en Tlatelolco. En esa circunstancia resulta especialmente apreciable el esfuerzo de mesura que hay en dicho editorial:

“La sangre derramada exige, con dramática vehemencia, una reconsideración de rumbos. Porque no es matándonos entre nosotros como habremos de edificar el México que todos –aun dentro de las más acres discrepancias– amamos y deseamos disfrutar en paz.

“Pero el Gobierno está formado por adultos, por personas que saben cómo suele cegar el orgullo, cómo suele resentir el amor propio. Esos adultos saben que el ardor y la pasión juveniles llevan a fútiles y peligrosas insolencias. Sin embargo, tal adultez tendrá que funcionar en el futuro –y así lo esperamos– en toda su grandeza”.

Justificar la represión

No era ese el tono de otros diarios. El mismo jueves 3 de octubre, Novedades consideró en su espacio editorial:

“Los trágicos y dolorosos hechos ocurridos anoche en Tlatelolco no pueden ser interpretados más que como un nuevo eslabón de la conjura que pretende socavar los cimientos institucionales de México”.

Y más adelante: “Los agresivos grupos insurrectos, cuya actitud antipatriótica queda a la vista en consideración al inminente compromiso mundial que México tiene por delante, dejaron en su aleve ataque al ejército un saldo todavía indeterminado de soldados muertos…”.

No había, en esas líneas, una sola mención a los estudiantes asesinados en Tlatelolco.

El Heraldo, en su editorial del 3 de octubre, no comentó los acontecimientos de la Plaza de las Tres Culturas pero recalcó en la versión conspiratoria: “Antes que en México y en muchas naciones con mayor intensidad, se han producido violentas conmociones que aunque con un matiz estudiantil integran una mixtura de estudiantes, extremistas de izquierda, a los que en muchos casos se suman activamente los anarquistas y en México un conocido grupo de resentidos políticos y no obstante que sus ideologías y sus objetivos finales sean diferentes, hacen un frente común para después, ver a cuál de esas facciones corresponden en definitiva el poder y el mando”.

Aquel texto editorial no mencionaba a quiénes se refería. Solamente se limitaba a denunciar un revoltijo de espantajos pretendidamente anti mexicanos. El texto se titulaba “El Prestigio de México por Encima de sus Enemigos”.

El Universal el viernes 4 de octubre, bajo el encabezado “Técnica de desorden”, reedita el mismo discurso maniqueo –estudiantes soliviantados y engañados, conjura extranjera contra México, instituciones en riesgo, patria salvaguardada–:

“Inútiles fueron los intentos que desde todos los sectores responsables se han estado haciendo a la juventud estudiosa, a fin de que no continúe sirviendo de cortina de humo tras de la cual maniobran, arteramente, sórdidos intereses al servicio de intrigas extranjeras.

“Aunque buena parte de esta juventud engañada atendió esas juiciosas reflexiones, un numeroso grupo de estudiantes, decididamente ya marxistas algunos de ellos, y muchos más pertenecientes a esa categoría que hace acto de presencia en todas partes, ya sea por el afán de vivir agitadas sensaciones, ya por temor a ser juzgado cobarde al no responder a una invitación de esta clase, o sencillamente por pueril imitación, acudieron a un mitin cuya celebración no sería permitida, como ya sabían perfectamente los organizadores del mismo…

“Esta persistencia en el mal, esta tenacidad para mantener en vigencia el desorden y la inquietud, son técnicas bien estudiadas y ensayadas por estos provocadores, como lo demuestran lamentables sucesos ocurridos en otros países”.

Y El Sol de México, en su editorial del sábado 5 de octubre, sintetiza ese discurso justificatorio de la represión:

“Se ha estado realizando un movimiento subversivo contra México, su pueblo y su Gobierno, cuidadosamente planeado de antemano. Los agitadores se han puesto al descubierto, ya sin tapujos ni pretextos seudo-estudiantiles. Por ello la inmensa mayoría de los mexicanos los repudia con indignación”.

* * *

En la prensa de 1968 se pueden encontrar huellas rastros de una sociedad crítica que apreciaba con enorme preocupación el enfrentamiento drástico del gobierno contra las demostraciones estudiantiles. La vitalidad y, cabe decirlo, la valentía de articulistas y editores que rompían el discurso único que pretendía generalizar el gobierno, tiene más expresiones de las que a menudo se supone.

Pero ante esas posiciones, que van de la prevención a la adhesión, destaca abrumadoramente la retórica descalificatoria que distorsiona acciones y pretensiones de la movilización estudiantil. Ese discurso intolerante contribuye a crear las condiciones en las cuales el presidente Díaz Ordaz ordena la masacre del 2 de octubre de 1968.

2 thoughts on “1968: retórica de la descalificación

  1. Este es un perfecto ejemplo de articulo, para mostrar que mas que Mediocracia es Falsimedia, siempre al servicio del poder, comparece con el 9-11 del 2001 en New York, el mismo modus operandi de los llamados poderes facticos que casi se asemejan a rituales en los que la sangre de inocentes son el holocausto y pago a los Dioses que los siguen respaldando para seguir manipulando las conciencias de millones de borregos creyentes del dogma que dicta el sistema. No seria tiempo de ya de cambiar realmente este obsoleto e ineficiente sistema feudal, llamado democracia?

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s