Chikilicuatre, la fama sin motivo

Nexos, julio de 2008

Llegó, desentonó, encaprichó y fracasó: durante la reciente primavera los españoles estuvieron enganchados por un personaje ficticio que para algunos resultaba grotesco y para muchos otros encantador. El Chikilicuatre es resultado de la mercadotecnia y de la explotación de las nuevas tecnologías de la información pero sobre todo de la esperanza colectiva que promovió artificiosamente la televisión en ese país. Se trató de un fenómeno social que da cuenta del empobrecimiento cultural y antes que nada del ascendiente mediático que padecemos hoy en día.

Rodolfo Chikilicuatre es un personaje protagonizado por el cómico catalán David Fernández Ortiz que canta una pegajosa tonada, emparentada con el reguetón, llamada “el baile del chiki chiki”. Esa interpretación fue seleccionada para representar a España en el festival de Eurovisión, la competencia musical que cada año confronta y entretiene a las audiencias de aquel Continente y cuyo público y complejidad han crecido en la medida en que Europa se ha extendido en los nuevos países del Este.

Este año, la selección del cantante que representaría a España en el festival se realizó de manera abierta. La Radiotelevisión Española, que transmite el certamen desde hace 47 años, convocó a que los interesados enviaran un video que sería colocado en My Space, uno de los sitios de páginas personales más concurridos en Internet. Una vez que los hubieran visto, los internautas podrían votar por el artista de su preferencia a través de mensajes de teléfono celular y en la misma Red.

El Chikilicuatre saltó de la televisión a Internet y luego emprendió un exitoso viaje de regreso. El personaje fue creado por el equipo de producción del programa nocturno de Andreu Buenafuente, un espacio de parodia política y social que transmite por las noches la televisora La Sexta. Allí era habitual que el actor Fernández hiciera diversas caracterizaciones pero ninguna tan célebre como la de Rodolfo Chikilicuatre, que fue presentado como un artista argentino de 36 años “que ha tocado en los escenarios más chic de Albania y Ciudad Juárez”. Su caprichosa indumentaria con chaleco floreado, copete a la Elvis y cargando una colorida guitarra de juguete, se avenía con la chusca tonadilla que repetía: El chiki-chiki mola mogollón / lo bailan en la China y también en Alcorcón/ Dale chiki-chiki a esa morenita / que el chiki-chiki la pone muy tontita.

Buenafuente, Fernández y compañía inscribieron esa pieza en el concurso para ir a Eurovisión –que este año se realizaría en Belgrado– y ganaron entre 536 canciones que compitieron ante los aficionados en Internet. Nunca hubo una auditoría formal a los votos que se enviaban por diferentes plataformas tecnológicas, pero la cantidad de visitas al video del Chikilicuatre indicaba que tenía más preferencias que otros. A comienzos de marzo, los organizadores dijeron que había recibido 110 mil votos. La canción que llegó al segundo lugar tuvo 67 mil. Por otra parte a fines de mayo, tan solo en YouTube, las varias versiones que había disponibles del video del Chikilicuatre habían sido descargadas al menos 21 millones de veces.

¡Perrea, perrea!

Aprovechando la expectación que para entonces se había extendido en torno al proceso de selección y a la estrafalaria canción ganadora Radiotelevisión Española, RTVE, desplegó una estrepitosa campaña en donde la chabacanería y el sensacionalismo se mezclaron con una paradójica ironía y con una suerte de nacionalismo naif. Más que la canción concursante, durante casi tres meses esa emisora promovió un concepto. Contagiosa y simple, la tonada se extendió por todo el país y se hablaba del Chikilicuatre como si fuera un personaje real.

La selección de las tres bailarinas que aparecerían danzando junto al Chikilicuatre ayudó a mantener la incertidumbre durante varias semanas. Más tarde aparecerían un álbum de estampas y una fotonovela sobre la biografía del impostado cantante, la Organización Nacional de Ciegos –que en España maneja la lotería nacional– lo contrató para su nueva campaña y en Internet menudearon los blogs y videos sobre el chiki-chiki. Hay docenas de parodias a esa parodia, entre ellas la que realizaron las empleadas de una cadena de supermercados que luego fueron suspendidas por bailar y grabar esa interpretación durante sus horas de trabajo.

Para participar en Eurovisión, los autores del chiki-chiki tuvieron que modificar la letra de esa tonadilla porque el festival no admite menciones políticas. La versión original decía: “Lo baila Rajoy, lo baila Hugo Chávez, lo baila Zapatero, mi amol, ya tu sabeh!” en referencia al dirigente del Partido Popular español, el presidente de Venezuela y el presidente de España. La expurgada versión que concursó decía: “Lo baila Jose Luis, lo baila bien suave / Lo baila Mariano, mi amor ya tu sabes”. Quitaron a Chávez, pero no así una alusión al altercado que tuvo el año pasado con el Rey de España: “Lo bailan en la cárcel, lo bailan en la escuela / Lo baila mi madre y también mi abuela. / Lo canta el Tigre Puma con su traje a rayas / Y Juan Carlos le dice ¿por qué no te callas?”.

De esa juguetona letra la frase más conocida era “Lo bailan los brother, lo baila mi hermano / Lo baila mi mulata con las bragas en la mano” y el estribillo “¡Perrea, perrea!” cuyo significado suscitó largas disquisiciones en la Red. En algunos países del Caribe “perrear” significa follar y en Centroamérica llega a ser entendido como menospreciar o, en otra acepción, es sinónimo de mujeriego. En el lunfardo argentino se entiende como engañar o estafar. En España se le llegaba a interpretar como vagancia. Pero recientemente a “perrear” se le entendió como la acción de bailar reguetón.

Nacionalismo naif

La popularidad en España del Chikilicuatre creció alimentada por calculados golpes mediáticos. Su guitarra de utilería le fue enviada, como extravagante obsequio, al Papa Benedicto XVI. En YouTube había videos que imitaban la campaña del precandidato del Partido Demócrata en Estados Unidos: “si Obama puede por qué Rodolfo no”, decían. También en la Red, como secuela involuntaria, comenzaron a circular virus insertados en archivos con el nombre de ese cantante. La imbricación entre Internet y todo el proceso de selección y promoción fue tenida como parte de la modernidad tecnológica y cultural que se pretendía estaba presente tras esa hechura mediática.

Chikilicuatre “es producto de la democracia”, decían sus propagandistas para destacar la participación de los internautas aunque soslayaran el papel de la televisión en la operación para hacerlo célebre. “Es símbolo de la modernidad de España”, insistían al subrayar el papel que tendría en Eurovisión.

La posibilidad de triunfar en dicho certamen se volvió causa nacionalista como si a los españoles les hiciera falta demostrar, ante sus vecinos europeos, el grado de simpleza cultural, o de industrialización mediática que han alcanzado. RTVE contrató a la actriz italiana Rafaella Carrá para conducir los programas previos al concurso. El sábado 24 de mayo el canal principal de esa televisora machacó en el tema varias horas antes y después del certamen. En su sitio web RTVE ofrecía plantillas para hacer letreros, pancartas y otros artículos que les permitieran a los televidentes animar la fiesta en casa mientras se cruzaban los dedos por el Chikilicuatre.

El resultado no fue decepcionante en extremo porque, detrás de la impostada euforia que envolvió a los españoles durante varias semanas, estaba presente la sensación de que todo aquello era una gran, si bien festiva farsa. El Chikilicuatre quedó en el sitio 16, entre 25 concursantes. La desigual calidad de las canciones pero sobre todo el complejo sistema de votación se conjugaron para ese resultado. Los países de Europa del Este, algunos de ellos tan pequeños como nuevos en la geopolítica contemporánea, votaron concertadamente para respaldar a varios de los suyos. Rusia y Ucrania ocuparon los dos primeros sitios.

En España la final del festival, que era anunciado con el dramático título “Salvemos Eurovisión”, fue presenciada por 14 millones de personas. Es mucho, en un país de algo más de 45 millones de habitantes.

Traspiés de la TV pública

El Chikilicuatre fue recurso y emblema de la industria del espectáculo, con toda la bulla y fugacidad que puede alcanzar el circo mediático. Pero muchos en España se preguntan si un producto de tan dudosa calidad debió haber sido promovido por la televisión pública, en cuestionable avenencia con la de carácter privado.

Los ingresos de RTVE proceden tanto de la publicidad que aparece en sus pantallas como de recursos fiscales. Episodios como el del Chikilicuatre conducen a discutir, una y otra vez, cuál es el propósito de una televisión que se pretende pública, es decir diferente por definición a la de índole exclusivamente mercantil. Si la programación de las televisoras públicas no es cualitativamente distinta, o si para competir por la publicidad se equipara con los contenidos más ordinarios de la televisión mercantil, entonces esa televisión pública extravía su razón de ser.

El asunto del chiki-chiki se complicó porque apenas llegó a Belgrado a las primeras audiciones de Eurovisión, el Chikilicuatre acudió a ofrecer una charla en la sede del Instituto Cervantes en la capital serbia. El Cervantes está dedicado a promover el desarrollo de la lengua española en países donde no es el idioma oficial o mayoritario, y se sostiene con recursos del gobierno de España. Nadie acertó a explicar qué hizo el Chikilicuatre ante los estudiantes y docentes del Instituto en Belgrado. ¿Dilucidaría el equívoco verbo perrear? ¿Se explayaría acerca de la mulata con las bragas en la mano?

Para enredar más las cosas resulta que la actual directora del Cervantes, doña Carmen Caffarell, fue directora de RTVE durante el primer gobierno del presidente Rodríguez Zapatero. Coincidencia o no, el episodio propició que uno de los ex directores más relevantes del Instituto Cervantes, el intelectual vasco Jon Juaristi escribiera, contrariado e irónico, a fines de mayo en el diario ABC: “lo nuevo de esta temporada es que se lleva el estrépito al cubo y las bragas en la mano, que es la cosa fina española que hemos exportado al festival de Eurovisión y al Instituto Cervantes de Belgrado. Política cultural exterior y expansionismo lingüístico de altura. A España se le ha hinchado la variz gritona y hortera, y mira qué bien, igual me viene estupendamente para una cura de humildad, porque yo abrí el Cervantes en Belgrado”.

Los traspiés de la televisión pública española no terminaron allí. A fin de cuentas todo el empeño y los no pocos euros que invirtió para promocionar al Chikilicuatre redituaron en beneficio de la productora de Andreu Buenafuente y de La Sexta, la televisora en donde conduce su programa. Y resulta que La Sexta es en un 40% propiedad de la empresa mexicana Televisa y fue creada en 2006 por un grupo de periodistas cercanos al presidente Rodríguez Zapatero. Para decirlo de otra manera, el negocio alrededor del Chikilicuatre, apoyado por la televisión pública, pudo haber beneficiado fundamentalmente a la estación de Televisa y cuyos socios españoles tienen claras simpatías con el presidente del gobierno de ese país.

No en balde, buena parte de las reacciones adversas al Chikilicuatre fueron propaladas por medios del Grupo Prisa, entre ellos el diario El País, que han estado enfrentados con La Sexta por motivos de negocios.

Poco después de la final de Eurovisión y a pesar del fracaso del personaje español, se calculaba que los productores del Chikilicuatre podrían haber ganado al menos tres millones de euros especialmente por derechos de autor. Por esas fechas El País se preguntaba en un editorial si la hazaña del Chikilicuatre había sido una lección acerca de cómo sobreponerse a los complejos para figurar sin talento en un escenario internacional aunque, en todo caso, se trataba de una “fama sin motivo”. Y seguramente estéticas, artísticas, musicales, humorísticas incluso, las gracias del Chikilicuatre son más bien primitivas. Pero varios millones de euros de ganancia y decenas de millones de espectadores en la Red y en TV abierta le dan atributos atendibles, o al menos contantes y sonantes a esa fama, por mundanal y ordinaria que resulte.

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