Poderes salvajes

Participación de la maestra Alma Rosa Alva de la Selva en la presentación del libro “Poderes salvajes. Mediocracia sin contrapesos”, el 9 de junio de 2005 en la UAM Xochimilco.

 

Poderes Salvajes

Alma Rosa Alva de la Selva

Hace algunos días, revisando ciertos apuntes que salieron al paso entre notas y trabajos pendientes, encontré una referencia que, al igual que hace tiempo, llamó mi atención. Decía lo siguiente:

“El apolicitismo de Televisa, que posiblemente era aparente, pero que deslindaba en su discurso público los ámbitos que quería influir, no existe más. Sus afanes de hacer política, para intervenir en diversos espacios de la vida social, son sistemáticos y claros. Esta nueva política de masas se complementa de varias maneras(…), sobre todo con el explícito propósito de incursionar en nuevos sectores de lo político y de la economía. Tal deseo se ha vuelto plan de acción”.[1]

El año en que fueron escritas esas líneas fue el de 1985. Y el nombre del volumen que las recogió, era el que llevaba como título Televisa, el quinto poder, una colección de ensayos reunida y articulada por Raúl Trejo Delarbre, quien en esa etapa que se vivía, de fascinación entre los estudiosos de la comunicación por el arribo a la escena mexicana de los satélites y la parafernalia tecnológica que les siguió, se empeñaba en hacer ver que la televisión del país era un auténtico poder político y que, sin embargo, tal asunto no había propiciado el estudio y análisis sobre la forma de hacer política de la televisión comercial mexicana.

Tiempo después, Raúl calificaba a Televisa como un “poder nacional” y escribía: “Políticamente, es clara la influencia (de Televisa), que desde luego no sustituye a otras fuentes de formación y educación, pero que ha comenzado a volverse indispensable para todas ellas”[2]. El texto que contiene estas reflexiones recibió el título de Las redes de Televisa. El año en que salió a la luz fue el de 1988.

Vendrían después otros varios textos, ensayos y artículos donde Raúl, con su agudeza característica, buscaba contribuir a llenar la ancha laguna existente en el análisis de los medios como instancia de poder, un tema en el que sólo algunos investigadores incursionaban.

Los tiempos que corren nos muestran la pertinencia, ayer y hoy, de ese mirar a los medios como un poder, un poder creciente y por tanto de la necesidad de su análisis, que tiene en la trayectoria de los medios electrónicos del país la cronología de su ascenso, que hoy tiende a la cima .

Y es que ninguna ocasión como los tiempos que corren para documentar el encumbramiento en México del poder mediático, es decir, de la mediocracia. Ninguna otra etapa como la que se vive para hacer entender, a quien aún no lo haya comprendido, del riesgo que representa cada vez más para la frágil e incipiente democracia mexicana un poder como el de los medios, cuyo itinerario no se corresponde exactamente que digamos con los intereses y necesidades de la sociedad -entendida y reducida por la mediocracia a mera espectadora pasiva a la que cámaras y micrófonos subyugan, o bien a la que le hacen el favor de orientar de varias maneras sobre por quién votar.

Ante la relación de hechos acontecidos recientemente, que dan testimonio del despliegue de la mediocracia en México, una vez más, la cita de Raúl Trejo Delarbre es válida, cuando dice: “… el actual poder de los medios se ajusta puntualmente a la noción de poderes salvajes”, ésos que “se han constituido en el desafío principal de la democracia en nuestros días”, y que se definen como aquellos poderes fácticos que “quedan al margen de la ley, o cuando las leyes no son suficientes para acotarlos, y cuando de ellos surgen abusos y exacciones de diversa índole en contra de los derechos de los ciudadanos”[3].

Los tiempos recientes, los momentos que se viven en este país hacen evidente que nos hemos internado en un tiempo de poderes salvajes. Varios episodios así lo demuestran; del asesinato del comediante Stanley, usado como anzuelo para sabotear a autoridades electas por la ciudadanía, al llamado “decretazo”, pasando por “la toma del Chiquihuite” y los videoescándalos (donde la verdad la tiene el que ostente más videos), esos poderes salvajes en los que están convertidos radio y televisión del país – y marcadamente esta última-, dejan en claro la hegemonía creciente de ese poder cuya beligerancia se dejaba ver desde finales de los cuarenta, cuando el grupo de radiodifusores de mayor peso político pasaba a formar parte del nuevo bloque dominante en el poder, para aprender muy pronto a pactar ventajosamente con la burocracia gubernamental.

Hoy, en el contexto del profundo extravío del autodenominado gobierno del cambio, de sus promesas incumplidas y su falta de proyecto para la nación, en medio de un proceso de descomposición de la clase política y del progresivo deterioro de la economía nacional, el poder que dirige la TV comercial, el más poderoso de la mediocracia —- el integrado por el duopolio por todos conocido, con sus importantes ramificaciones en la política y la economía-, decidió intensificar su presencia en la vida del país de manera tangible, ante el banderazo de salida para la sucesión del 2006 lanzado por el propio Vicente Fox, cuya virtual abdicación a la presidencia puso en marcha prematuramente la lucha por llegar a Los Pinos.

Aprovechando los vacíos de poder y los logros en diversos temas de importancia para la industria de la radio y la televisión de los últimos años, con la complicidad y complacencia del régimen en turno, como en los viejos tiempos priistas, en los últimos meses los medios han intervenido como fiscales electrónicos, herramientas de linchamiento público o espacio de espectacularización de todo aquello que tocan. Y por si fuera poco, acaban de cerrar un episodio en el que han venido actuando como un poder movilizado para obstruir la acción del Congreso, al frenar la posibilidad de una reforma de la Ley Federal de Radio y Televisión.

Tal secuencia vino a representar un progreso considerable para la ruta que el poder mediático se había marcado hace tiempo y a la que, a lo largo de varios de sus libros, y especialmente el que se presenta el día de hoy, ha hecho ver Raúl Trejo Delarbre, especialmente en este su más reciente texto: el del avance de un poder fáctico que, habiendo conseguido escalar hasta la cúpula, comienza a imponerse a los poderes del Estado.

¿Cuál es el episodio que sigue en la ruta de encumbramiento del poder mediático? ¿Será el del impulso de un candidato salido de las filas de la mediocracia para ocupar la posición máxima del poder público en México? Se trata de una pregunta incómoda , pero que ante los escenarios descritos, procede plantearse.

Escribe Raúl Trejo en este texto cuya aparición hoy celebramos que la ausencia de contrapesos en el espacio público, y de regulaciones eficaces en el terreno legal, son factores que abonan al ascenso de lo que él ha denominado, dando nombre a otra de sus obras, una Mediocracia sin mediaciones.

Ciertamente es así. Sin embargo, con todo y la presencia cautivadora que cabe reconocer siguen ejerciendo los medios sobre sus amplias audiencias, vale tomar en cuenta la puesta en marcha de un lento proceso, más lento de lo que se necesita pero que ya está en curso. Aparejado al azaroso camino de la democratización en el país, reflejando los avances y retrocesos del mismo, este proceso deja ver como una de sus resultantes una sociedad que comienza a dejar de ser esa Sociedad ausente a la que Raúl se refería una década atrás, cuando escribía que “…lo cierto es que la sociedad mexicana (con o sin su civil apellido) se encuentra desarticulada, mayoritariamente inmovilizada, pasmada casi por la desinformación, por sus todavía escasas tradiciones cívicas y la desesperantemente insuficiente cultura política”[4].

Hoy, si bien no puede hablarse de la sociedad como uno de los necesarios contrapesos para el despliegue de los poderes salvajes (sobre todo, insistimos, los televisivos), puede decirse que aquélla parece haber percibido la importante cuestión política que representan los medios y su importancia para las luchas democráticas del país. El tema se ve anotado ya en las preocupaciones de amplios sectores de la comunidad nacional, que se debaten entre el atractivo que sobre las audiencias ejercen los medios y una incipiente convicción de la absoluta necesidad de acotarlos.

Para, como dice Raúl, quitarle lo “salvaje” a estos poderes necesitamos dejar de ser una “ciudadanía de baja intensidad” y lograr transmitir a otros sectores sociales la importancia de regularlos, en favor de la ardua búsqueda democrática en la que se han involucrado amplios sectores sociales. Esto como el punto inicial de una agenda que tiene que ver con el más que nunca necesario surgimiento e intervención de un contrapeso social para los medios, un poder al cual, como a todos los poderes, les sobran ambiciones y les falta compromiso con el país.

A éstas y otras reflexiones remite esta nueva obra de Raúl, que seguramente también pasará a ser un texto obligado para entender por qué los medios han pasado en este país a formar parte de los poderes salvajes y qué recursos existen para interferirlos.


[1] Televisa, el quinto poder, México, 1985, Edit. Claves Latinoamericanas, p. 189.

[2] Las redes de Televisa, México, Edit. Claves Latinoamericanas, 1988, p. 17.

[3] Poderes salvajes, p. 193.

[4] La sociedad ausente, México, Cal y Arena, 1992, p. 171.

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