Fundamentalismo y medios. Las caricaturas de Mahoma

Publicado en Nexos de abril de 2006

A estas alturas del escándalo, todo el mundo está de acuerdo en que las doce caricaturas que en septiembre pasado publicó un periódico en Copenhague y que tanta ira causaron en varios países islámicos era de dudosa calidad artística. Sin embargo aquellas viñetas no estaban concursando en un certamen de periodismo gráfico. Fueron encomendadas para ilustrar un reportaje del Morgenavisen Jyllands-Posten y su reproducción desató la oleada de inconformidad y protestas que ha ocupado la atención internacional durante los primeros meses de 2006. Se trata en su mayoría de dibujos ordinarios, de los que nadie se acordaría de no haber sido por esa reacción. Todos muestran una concepción demasiado esquemática del islamismo. El más famoso e impugnado, que retrata al profeta Mahoma con un turbante del que brota la mecha de una bomba, remeda toscamente la asociación que con frecuencia se hace entre el mundo musulmán y la violencia. Es una comparación simplista y arbitraria. Así suelen ser los cartones en los diarios. La caricatura periodística no analiza, está por definición reñida con los matices que hacen compleja a la realidad. De ella no pueden esperarse reflexiones sino admoniciones. El golpe visual, habitualmente apoyado en la distorsión de rasgos personales o en la parodia de alguna situación conocida, es el alma de la caricatura.

 

Ilustraciones trucadas

Están hechas para satirizar, pero no para ser tomadas con demasiada seriedad. Por eso las caricaturas, aunque son de los contenidos más vistos en un periódico, no definen una política editorial –aunque, desde luego, puedan formar parte de ella–. Quizá por eso las primeras quejas, semanas después de la publicación de aquellas caricaturas en el periódico danés, no suscitaron inquietud alguna. Cuando en octubre de 2005 se negó a recibir a los embajadores de los países islámicos que pretendían exigirle sanciones para el periódico el primer ministro de Dinamarca, Anders Fogh Rasmussen, cometió un error que sin embargo no fue la causa del escándalo que sobrevendría meses más tarde. Algunos líderes de la comunidad islámica en Dinamarca –en donde de 5.5 millones de habitantes unos 200 mil son musulmanes– resolvieron propagar y aprovechar dicho asunto dentro y fuera de ese país.

En noviembre de 2005 una delegación de imanes de Dinamarca organizada por Ahmad Abu Ladan, dirigente de la Sociedad Islámica danesa, viajó a varios países del Oriente Medio con copias de aquellos cartones. Además de las 12 caricaturas que había publicado el Jyllands-Posten en aquel expediente se mostraban otras ilustraciones que eran, esas sí, agresivamente ofensivas a la personalidad del Profeta. Ninguna había sido publicada en la prensa de Dinamarca. En alguna de ellas se mostraba a Mahoma junto a una exaltación de la pedofilia. En otra, se veía un tipo barbón con una enorme nariz de cerdo mientras gesticulaba delante de un micrófono. Los influyentes líderes religiosos que vieron esas ilustraciones en Arabia Saudita y Egipto se horrorizaron cuando les dijeron que así se satirizaba en Dinamarca al venerable Mahoma. Lo que no sabían era que esa foto en realidad mostraba a un granjero llamado Jacques Barrot mientras participaba, disfrazado de chancho, en el festival de los Cerdos Chillones que cada año se realiza en Trie-sur-Baise’s, un pequeño pueblo al sur de Francia.

Un granjero chillando y enmascarado como cerdo: esa fue una de las imágenes que, al ser presentada como si se tratase de una blasfema parodia del Profeta, desató la cólera en el mundo islámico. Parecía –y en realidad era– cosa de caricatura. Pero no fueron graciosas, en absoluto, las consecuencias de esa intencionada confusión. Las caricaturas, auténticas y falsas, fueron tomadas como intencional agresión a las creencias de los musulmanes. A comienzos de 2006 en varios países árabes comenzó un boicot contra productos de origen danés. Más tarde docenas de personas murieron en Pakistán, Afganistán, Nigeria y Libia en manifestaciones contra el presunto anti-islamismo de Dinamarca.

Los autores y editores de las viñetas fueron amenazados. A comienzos de febrero el gobierno de Senegal expidió una “firme condena a la blasfemia contra el profeta del Islam”. Un par de semanas más tarde un ministro religioso en Pakistán ofreció 25 mil dólares “y un automóvil” por la cabeza del caricaturista danés sin percatarse de que hay una docena de ellos. En respaldo al Jyllands-Posten y a la libertad de expresión, algunos periódicos europeos habían reproducido varios de los cartones inicialmente publicados por ese diario. La prensa de Estados Unidos no fue tan solidaria. El 30 de enero, exactamente cuatro meses después de haber difundido las caricaturas que tanta exasperación pero sobre todo tanta confusión suscitaron, el Jyllands-Posten publicó un editorial en donde explicaba que la convocatoria a 12 caricaturistas para que dibujasen la idea que tienen del profeta Mahoma “era parte del actual debate público sobre la libertad de expresión”.

“En nuestra opinión –escribió Carsten Juste, editor en Jefe del diario– los 12 dibujos eran sobrios. No intentaban ser ofensivos, ni estaban en contradicción con la ley en Dinamarca, pero indiscutiblemente ofendieron a muchos musulmanes, por lo cual nos disculpamos”. En una explicación que además apareció en inglés en su sitio electrónico, el periódico sostuvo: “ya que somos sólidos defensores de la libertad religiosa y debido a que respetamos el derecho de cualquier ser humano a practicar la religión que él o ella quieran, nos resulta impensable ofender a alguien en los cimientos de sus creencias religiosas”.

 

Intransigencias mutuas

Una de las claves del proceso civilizatorio es el reconocimiento del otro como interlocutor. Otra de ellas, el respeto indispensable entre quienes se admiten como interlocutores. En la guerra de las caricaturas se tensaron las visiones mutuas que tienen el mundo occidental y el mundo islámico. Pero sobre todo, ganaron espacio las posiciones más radicales en esos dos ámbitos. En los países musulmanes se reforzó la idea de que en Europa y América no hay respeto por los valores religiosos que tan caros resultan en el Islam. Y en Occidente se amplió el espacio social de quienes, con ignorancia y desprecio, estereotipan a todos los musulmanes como personajes barbados y de turbante, violentos e intolerantes. Las respuestas de uno y otro flancos no hicieron mas que exacerbar esa espiral de intransigencias mutuas.

Para algunos comentaristas en ese episodio se revelaba el “choque de civilizaciones” que con tanta alarma, pero tan escaso rigor, diagnóstico Samuel Huntington hace 13 años. Para muchos más, las consecuencias que tuvieron las caricaturas confirmaban que la libertad de prensa debe cohibirse para no ofender creencias como las que profesan los musulmanes.

Ambas vertientes en el debate que abrieron las viñetas danesas son discutibles. La existencia de contextos distintos en los ámbitos islámico y occidental ayuda a entender pero no causó, por sí sola, el conflicto alrededor de las caricaturas. Evidentemente hay diferencias de apreciación acerca de la función de la prensa y la caricaturización de personajes públicos cuando en Afganistán o Pakistán causa tanto desagrado un dibujo que en Dinamarca, Italia o Canadá resulta casi anodino. Pero la reacción contra las viñetas no se hubiera propagado sin la porfiada militancia de los líderes religiosos que buscaron –y consiguieron– fraguar un escándalo trasnacional. No se trató de un choque entre civilizaciones sino de la reacción –eso sí, con efectos en cadena– de los fundamentalismos que hay en ambas culturas.

Hubo quienes, en Europa o América Latina, se conformaron con encontrar en la publicación de las caricaturas una conspiración para exacerbar las diferencias respecto del universo musulmán: se descalificó al Jyllands-Posten por ser, según se decía, un periódico de derechas (aunque algunos de sus lectores lo identifican más bien con el centro) como si ese fuera motivo para que tuviera un ejercicio restringido de la libertad de expresión. Otros cuestionaron el bullicio acerca de las caricaturas porque, según decían, le daba “alas al pensamiento de la extrema derecha”.

En ese mismo debate pulularon las admoniciones contra posturas que pudieran incomodar a los mahometanos. Las caricaturas danesas quizá eran de mal gusto. Pero ¿cuál es la pauta admisible para que en la prensa haya referencias críticas a las creencias religiosas de otros? Y de manera más amplia, ¿cuáles son los límites pertinentes en el ejercicio de la libertad de prensa?

 

Libertad, responsabilidad

En los primeros meses del año, en las páginas editoriales de periódicos de variadas latitudes menudearon las alusiones a Max Weber para subrayar que no hay libertad sin responsabilidad. La confrontación perpetua entre la ética de la convicción –animada por los principios, el deber moral y las certezas personales– y la ética de la responsabilidad –que se define a partir de las consecuencias de cada acto– podía reeditarse en el episodio de las caricaturas pero sólo parcialmente. No hay que olvidar que Weber acuñó esa dicotomía para explicar el comportamiento de los políticos –que han de tener el realismo suficiente para tomar decisiones incluso más allá de sus convicciones– y no de los periodistas a quienes, con variadas razones, tendía a despreciar.

Con el cedazo de la ética de la responsabilidad, se pudo haber considerado que publicar las caricaturas de Mahoma era inadecuado como ahora todos sabemos. Pero los editores del Jyllands-Posten difícilmente podían haber anticipado la virulenta reacción de quienes se consideraron ofendidos por tales viñetas además de que, como hemos visto, esa respuesta fue acicateada por las interesadas distorsiones y gestiones de algunos líderes musulmanes. Por otro lado, caricaturistas y editores pudieron haber considerado que su responsabilidad está con los lectores de ese diario en Dinamarca y no con los inciertos públicos que podrían encontrar en otros rumbos del planeta.

Prever las respuestas ante nuestras acciones es una premisa recomendable siempre, lo mismo en la vida privada que en cualquier actividad pública. Pero en la crítica periodística, o en la reflexión intelectual, definir lo que se publica y dice solamente a partir de los hipotéticos disgustos que puedan ocasionar un texto, o una imagen, puede paralizar el ejercicio crítico y analítico. La libertad de expresión, para ser tal, tiene que alcanzar todos los ámbitos y temas, con excepción de la vida privada y los secretos de Estado. Esa libertad debe tocar, incluso, a las religiones y convicciones. De otra manera, la crítica e incluso la creatividad quedarían refrenadas por las creencias de otros. En París, once escritores dijeron en una carta abierta que los fanatismos estadounidense y musulmán estaban extendiendo a países hasta ahora laicos y moderados: “Pronto, en Francia como en Dinamarca, la libertad para publicar nos será negada en nombre del respeto a este o aquel dios. Dejamos que eso ocurra y se incendiarán las bibliotecas que abrigan a Voltaire, Sade, Ovidio, Omar Khayam, Proust y todos los demás. Y no hay duda que para ese gran auto de fe se reunirán y danzarán los papas, los grandes rabinos y los grandes muftís”.

Tal vez no es para tanto. Pero cuando la posibilidad de expresar una opinión queda acotada no por el respeto sino por el temor a otros, entonces nos encontramos ante una libertad disminuída. El filósofo italiano Paolo Flores D’Arcais lo explicó de manera muy clara: “Mi libertad tiene sus límites en la tuya. Gran verdad. En tu libertad, no en tu susceptibilidad. Yo me mofo de tu fe, no te prohibo el practicarla. Tú eres libre para mofarte de la mía, no para prohibirme la manifestación de mis convicciones, entre las que se cuenta la de considerar la religión como una superstición a la altura de la astrología, o del tarot”.

Al terminar febrero los del Jyllands-Posten no eran los únicos periodistas bajo presión debido a las caricaturas. En Indonesia el editor de un diario había sido encarcelado por publicarlas. En Malasia, por el mismo motivo, fue clausurado el diario Sarawak Tribune. En Yemen los editores de dos diarios estaban bajo investigación. En París el editor de France Soir, propiedad de un empresario de origen árabe, fue despedido por reproducir las viñetas.

Muchos otros medios se ahorraron posibles represalias y mantuvieron distancia respecto del tema. La posición de quienes exhortaban a no publicar las caricaturas fue severamente cuestionada por Ayaan Hirsi Alí, diputada de origen somalí en el parlamento de Holanda: “Debería darles vergüenza a los periódicos y canales de televisión que no tuvieron el valor de mostrar a sus lectores las famosas caricaturas… exigir que unas personas que no aceptan las enseñanzas de Mahoma se abstengan de hacer dibujos de él no es reclamar respeto, sino sumisión”.

Los medios que decidieron no publicar tales ilustraciones por lo general fueron víctimas de la parquedad y el miedo, más que de una siempre razonada responsabilidad. La prensa occidental no ha tenido tanta diligencia para, por ejemplo, negarse a difundir imágenes de las ejecuciones en contra de europeos o estadounidenses que son perpetradas y grabadas en video por grupos terroristas de filiación o coartada islámica. El derecho a la crítica –a la sátira, incluso– es parte de los valores que cohesionan a la sociedad que conocemos como occidental. Por lo pronto, sin embargo, será difícil que algún caricaturista se arriesgue a dibujar a Mahoma.

 

Referencias

Ayaan Hirsi Alí, “Soy una disidente del islam”. Reproducido en El País, 18 de febrero de 2006.

Paolo Flores D’Arcais, “Contra las nuevas santas alianzas”. El País, 19 de febrero de 2006.

Salim Bachi, Jean-Yves Cendrey, Didier Daeninckx y otros, “Des écrivains face à la caricature”. Le Monde, 13 de febrero de 2006.

 

Anuncios

One thought on “Fundamentalismo y medios. Las caricaturas de Mahoma

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s