Violencia en los medios

La televisión, ¿espejo, o detonador de la violencia en la sociedad?

Raúl Trejo Delarbre

 

Este ensayo forma parte del libro El Mundo de la Violencia, editado por don Adolfo Sánchez Vázquez y publicado por el Fondo de Cultura Económica y la UNAM, en 1998.

 

 

Hay quienes calculan que un joven estadounidense promedio habrá visto 200 mil actos de violencia en la televisión, incluyendo 16 mil asesinatos, antes de cumplir 18 años [1]. La Asociación de Psicología de los Estados Unidos, asegura que al concluir la escuela primaria un niño ha visto en televisión 8 mil asesinatos y 100 mil actos de violencia [2]. En Venezuela, se estima que al llegar a los 18 años un joven ha presenciado más de 113 mil 500 heridos y muertos, 65 500 escenas bélicas y 8 763 suicidios [3]. En México se calcula que los niños, en promedio, “han sido expuestos a 8 mil asesinatos y 100 mil acciones violentas en la televisión, al momento de terminar su educación primaria” [4]. La violencia es parte integral en el contenido de los medios de comunicación, así como lo es, también, de la realidad humana y contemporánea. Documentar cuántos balazos, acuchillamientos y palizas vemos en las pantallas televisivas, o presenciamos a través de otros medios, puede resultar útil para contrastar esos mensajes con los de otra índole. Pero por muchos homicidios, atropellos y coacciones contabilicemos, hay dos grandes dilemas sobre los cuales no tenemos respuestas concluyentes en el estudio de los medios y su relación con la violencia. El primero de ellos, es si la violencia en los medios es causa de violencia adicional en la sociedad. El segundo, es qué hacer ante la proliferación de mensajes que pudieran atentar contra la convivencia, la apacibilidad y la tolerancia.

El investigador George Gerbner ha denunciado que en los programas de noticias en los Estados Unidos, la violencia ha llegado a ser “el corazón de los sucesos dramáticos todas las noches”, pues diariamente ocurren cinco asesinatos por hora, en promedio, durante el horario estelar. Tan sólo en los programas de entretenimiento las muertes en promedio son tres por noche. En las caricaturas, hay entre 20 y 25 incidentes violentos cada hora [5]. Otras estimaciones, aseguran que en la televisión de los Estados Unidos, hay ocho actos de violencia por hora durante el horario de mayor audiencia (prime time) en las tres principales cadenas [6]. En otro medio, pero con propagación también televisiva, las películas Die Hard 2, Robocop y Total Recall, contienen, respectivamente, 264, 81 y 74 muertes violentas [7]. De las series extranjeras que programa la televisión mexicana, el 56 por ciento son de carácter violento [8].

Las respuestas sociales a esa profusión de escenas, episodios, hechos o representaciones violentas, desde hace algún tiempo comenzaron a pasar de la perplejidad o la resignación, a la preocupación e incluso la queja activa entre los consumidores de los medios en diversos sitios del mundo. El ejemplo no sólo más cercano sino mejor documentado que tenemos, es el de los Estados Unidos; de allí la proliferación de referencias –y no sólo en este ensayo– a la situación en ese país y menos a la violencia en los medios en América Latina o, específicamente, en México. Entre nuestros vecinos del norte, una encuesta señala que el 75% de los adultos con niños alguna o muchas veces le han cambiado de canal a su televisión o la han apagado, debido a la transmisión de escenas violentas [9].

En sociedades más activas que la mexicana, los televidentes tienen niveles de exigencia que logran presionar de manera eficaz a las grandes empresas de comunicación. El de la violencia, es uno de los temas principales en el escrutinio social de los medios. Desde luego no basta con identificar, contabilizar y condenar las escenas de hechos violentos, sean o no simuladas. Es preciso saber qué efectos tienen esos mensajes y en tal sentido, la investigación social en nuestros países tiene enormes carencias. Por otra parte, tampoco es suficiente la condena en general a los medios de comunicación como si ellos fuesen culpables de la violencia y no sólo de recoger o privilegiar en sus transmisiones la presentación de hechos de esa índole. Al respecto, hay una amplia discusión que en otras naciones lleva varios años y que en México apenas si empezamos a conocer.

Pero, ¿qué es la violencia en los medios?

Las definiciones al respecto no son exactas, ni de universal aceptación. El ya mencionado Gerbner, ha delimitado los atributos de la violencia, para propósitos de sus estudios, a:

“… la expresión abierta de fuerza física en contra de otros o de sí mismo, o la coacción para actuar en contra de la voluntad de alguien por medio del dolor, o por heridas, o muerte” [10].

En 1976, en Canadá, la Comisión Real sobre la Violencia en la Industria de las Comunicaciones, conocida como la Comisión La Marsh, estableció la siguiente definición: “Violencia es la acción que introduce miedo o dolor en la constitución física, sicológica o social de las personas o grupos”. En los medios, se dijo en ese estudio, “la violencia representada en cine, televisión, audio, impresos o interpretaciones en vivo, no es necesariamente la misma violencia de la vida real. Las cosas no violentas en la realidad pueden ser violentas en su dramatización. La violencia presentada en los medios, puede llegar a mucha gente, en tanto que la violencia real posiblemente no. Los medios pueden emplear muchos recursos artificiales para aminorar o amplificar sus efectos emocionales y sociales” [11].

Definir a la violencia no siempre es sencillo, especialmente cuando se trata de los reflejos o expresiones de ella en medios de comunicación. Estos, son antes que nada intermediarios que propagan lo que hacen, dicen o quieren otros actores sociales. Pero no son espacios neutrales que reflejen sin énfasis esas realidades. Hay ocasiones en las que es evidente cuándo un gesto, una frase o un hecho, son violentos en los medios. Pero no siempre es posible distinguir con facilidad entre la violencia en sí, que acaso pueda ser alevosa, ventajosa y de consecuencias lacerantes y la violencia como espejo de actitudes y hechos que existen en la realidad.

En los medios, no hay mensaje inocente. Es decir, no hay contenido en el cual, como sugería McLuhan, el mensaje no esté imbuido del medio. Si eso vale para los contenidos de ficción, más peculiar puede ser el sesgo que los medios impongan a un acontecimiento violento, o considerado como tal, de la vida real. La profesora brasileña Elizabeth Rondelli ha escrito, en tal sentido: “Los media no sólo se refieren a los actos violentos sino que también ejercitan un cierto grado de violencia al mostrarla al público, a partir de sus modos propios de enunciación. Ese gesto de violencia simbólica ocurre debido al poder que los medios de comunicación tienen de interceder en la realidad, extrayendo de ella hechos, descontextualizándolos, nombrándolos, categorizándolos, opinando sobre ellos y exponiéndolos en las imágenes, a veces exorbitantes, de los closes y big closes[12].

Al referirnos a la violencia en los medios, es difícil distinguir entre las maneras como son presentados la narración ficticia o los hechos reales y la categorización o descontextualización que la comunicación de masas impone sobre ellos. Es importante tener en cuenta esa distinción cuando se reflexiona sobre los alcances sociales de la violencia tal y como es presentada en los medios.

También incierto, o en todo caso motivo de un debate aún sin resultados concluyentes, es el asunto de si la violencia en los medios propicia, o no, actitudes violentas en sus espectadores. En febrero de 1996, se comenzó a difundir en los Estados Unidos el Estudio Nacional Mediascope sobre Violencia en Televisión (NTVS), resultado de un proyecto de tres años y que es considerado como la investigación más seria sobre el contexto en el cual aparece la violencia en ese medio. Fueron seleccionados al azar 23 canales de cable, cuya programación fue revisada en un lapso de 20 semanas. De allí se conformó una muestra de 2693 programas en la TV por cable, que ocuparon un total de 2500 horas de transmisión.

Los autores de esta indagación encontraron que los espectadores de estos programas:

“-Aprenden a comportarse de manera violenta,

-Comienzan a ser más insensibles a la violencia y

-Comienzan a ser más temerosos de ser atacados” [13].

Los perpetradores de delitos, quedaban impunes en el 73% de todas las escenas violentas.

En el 47% de los hechos de violencia, no se apreciaba perjuicio para las víctimas y en el 58%, no se mostraba dolor. Sólo el 16% de todos los programas indicaban el efecto negativo a largo plazo de la violencia, tanto sicológica como financiera y emocionalmente. En el 25% de los hechos de violencia, se encontró la presencia de armas de fuego. Y sólo el 4% de los programas violentos, enfatizó el tema de la anti-violencia [14].

¿Propicia más violencia la violencia en los medios?

Esa es la pregunta cardinal y que más debate suscita, en la evaluación de los contenidos de esta índole en los medios de comunicación. El profesor Brandon Certerwall, de la Escuela de Salud Pública de Washington, asegura que “si no hubiera televisión, hoy habría 10 mil asesinatos, 70 mil violaciones y 700 mil asaltos callejeros menos al año en Estados Unidos” [15].

También tajante pero además paradigmática del pesimismo ante el poco efecto de las indagaciones académicas al respecto, ha sido la opinión y la actitud del mencionado profesor George Gerbner, de la Escuela Annenberg de Comunicación de la Universidad de Pennsylvania, quien después de más de cuatro décadas de investigar el contenido en los medios decidió pasar, de la academia, al activismo social. Este especialista, fundó el 17 de marzo de 1996 el Movimiento por el Ambiente Cultural, en cuyo consejo consultivo participan varias docenas de los más destacados investigadores de la comunicación de masas en todo el mundo.

El doctor Gerbner había preparado en 1988 para la Unesco, el fundamental informe Violencia y Terror en los Medios de Comunicación. Allí se ofrecen los resultados de diversas investigaciones en el mundo, acerca de la violencia reportada o desplegada en los medios y la violencia en la sociedad. El informe, se sustentó en las respuestas de más de 4600 peticiones de datos sobre el tema que circularon en la comunidad académica internacional y fue complementado con indagaciones en bibliotecas y archivos de todo el mundo.

Ese estudio para la Unesco informó que según la evidencia disponible, “la exposición constante a las historias y escenas de violencia y terror, pueden movilizar tendencias agresivas, desensibilizar y aislar otras, intimidar a muchos y disparar acciones violentas en algunos”. Y concluía: “Hay una relación entre la violencia reportada por o desplegada en los medios y la violencia individual o de grupo, que es una realidad en las sociedades de nuestros días”. [16]

Para algunos especialistas, el problema no es sólo la cantidad de escenas violentas sino también, el carácter específico de la televisión como medio abierto a todos los públicos, que consumen prácticamente cualquier mensaje que se presente en la pantalla. “Mucha gente no tiene que esperar, planear o actuar para ver la televisión, porque la TV está encendida más de siete horas diarias en el hogar estadounidense promedio. Llega a nosotros de manera directa. Se ha convertido en un miembro de la familia, contándoles historias paciente, compulsiva, infatigablemente. Podemos elegir si leemos el New York Times, o a Dickens, o un libro de entomología. Nosotros escogemos escuchar a Bach o a Bartok, o al menos una estación de música clásica, o una estación de jazz, o de rock. Pero a la televisión, simplemente la miramos –sólo es preciso encenderla y mirar qué es lo que hay–” [17].

La respuesta cautelosa: no sabemos

En 1993, a raíz de una célebre petición suscrita por un millón 300 mil ciudadanos para que fuera expedida una legislación capaz de restringir la violencia en los medios, la Casa de los Comunes del Canadá formó una Comisión para estudiar este asunto. Después de hacer indagaciones propias y de escuchar opiniones en audiencias parlamentarias, ese grupo de trabajo concluyó:

“El Comité recibió las recomendaciones de los expertos acerca de que la violencia televisiva ocasiona tendencias agresivas y comportamientos antisociales en los individuos. El Comité comparte las conclusiones de los científicos sociales de que las causas de la violencia son muchas, complejas y en ocasiones interdependientes. Sin embargo, la evidencia científica sobre los efectos de la violencia en al televisión, según se nos dijo, es desigual y muy a menudo no concluyente, es débil y contradictoria. Enfrentados a la difícil tarea de determinar a cuál evidencia creer, tenemos que asumir la prudente perspectiva de que la violencia en televisión es uno de los muchos factores de riesgo que pueden contribuir a las tendencias agresivas y el comportamiento antisocial. Hemos encontrado claramente que la violencia desplegada en la televisión, refleja y moldea actitudes sociales insalubres. El alcance de sus efectos y la naturaleza precisa de la relación causal entre la violencia vista en la televisión y la violencia perpetrada en las vidas cotidianas de los canadienses, no son claros y requieren de futuros estudios.

“El Comité ha concluido que, aun cuando puede ser menor el riesgo de que la violencia en la televisión provoque tendencias agresivas y antisociales en ciertos individuos y posiblemente nunca sea probado de manera concluyente, tampoco puede ser ignorado. La falta de conclusiones definitivas de ese riesgo, nos ha mantenido distantes de recomendar que el gobierno legisle ahora en contra de la violencia en la televisión. En lugar de eso, hemos llegado a la conclusión de que el problema de la violencia en la televisión debería ser enfrentado de manera cooperativa, por parte de todos los actores, incluyendo a la industria, los padres y los gobiernos y con una mínima intervención legislativa. Simplemente legislar, generalmente en contra de toda la violencia en la televisión, podría ser un acercamiento draconiano para enfrentar lo que sólo es una pequeña parte de un problema mucho mayor: el problema de la penetrante violencia en nuestra sociedad” [18].

Legislar contra los contenidos considerados como violentos implica riesgos, entre otros, para la libertad de expresión. Sin precisiones suficientes –y cuando una ley requiere demasiadas explicaciones o ajustes casuísticos entonces no es una ley clara– podría vetarse tanto a la violencia en una serie televisiva sobre kung-fú, que en la transmisión de un juego de basketball o en las noticias sobre una manifestación callejera que terminó en enfrentamiento. De allí a los vetos políticos con pretexto de proteger a los televidentes de escenas violentas, habría poca distancia.

Pero al mismo tiempo, a fuerza de reparar en las desventajas de censura y autoritarismo posibles en la fiscalización sobre los medios, las sociedades y los gobiernos en los países en donde el de la violencia en los medios ha sido tema recurrente en la agenda de los asuntos públicos, se han quedado sin hacer nada, o haciendo poco. A últimas fechas, a partir aproximadamente de 1995, en distintos países se han desplegado algunas iniciativas novedosas, que comentamos en las páginas finales de este ensayo. Mientras se evalúan los resultados o no de esos intentos, puede considerarse que a lo más que se ha llegado para atenuar los contenidos violentos, es a exhortaciones a la responsabilidad de las empresas de comunicación y, en algunas ocasiones, a la promoción de medidas para que los televidentes, desde niños, aprendan a leer a los medios, es decir, a entender, discriminar y elegir dentro de la miríada de mensajes que nos ofrecen a cada momento. El contexto social y familiar, en todo caso, parece ser incuestionablemente influyente para determinar en qué medida afectan, o no, los mensajes violentos.

Un muy amplio estudio realizado recientemente también en Canadá, sobre los efectos de la violencia televisiva en los niños, era menos tajante que el anterior:

“Ninguna investigación ha examinado específicamente de qué manera el contenido violento afecta a los niños, pero hay alguna evidencia de que los niños pueden imitar el comportamiento de la televisión cuando dicho comportamiento es presentado de una manera simple, sin aspavientos e instruccional”

Esa investigación, ofrece descripciones específicas de la conducta que ante los medios asumen niños y adolescentes según sus edades y al cabo de una muy detallada revisión, concluye:

“Hay ciertas cosas que los padres pueden hacer para influir en el efecto que el contenido de la televisión tiene sobre sus niños. Sin embargo, un medio de entretenimiento que se propone satisfacer las necesidades del público canadiense, no debería estar saturado de contenido de tal manera potencialmente dañino, que los padres sean considerados negligentes si no están revisando constantemente qué es lo que miran sus hijos en la televisión. Los niños cuyos padres tienen la motivación y los recursos para ser intermediarios activos y vigilantes, podrán evitar muchos de los efectos negativos del contenido violento. Pero no todos los padres harán eso y, en realidad, los niños que suelen ser más vulnerables a los efectos de la violencia en la televisión pueden ser los únicos cuyos padres están menos dispuestos a ser mediadores vigilantes (por ejemplo, los padres abusivos o los padres de familias con penurias).

“Es completamente cierto que la violencia en la televisión no origina todas las causas de agresividad infantil y también es verdad que algunos niños son más susceptibles que otros a ser afectados por la violencia televisiva, y de todos modos esos son los niños que son más potencialmente agresivos. Pero el efecto de la violencia televisiva conduce a esos niños ‘en riesgo’ a ser más agresivos de lo que serían en otras circunstancias. Y aunque el grupo especialmente en riesgo debería ser una minoría de los televidentes, tienden a ser mayoría entre los agresores. Este hecho los hace, así como al contenido violento en la televisión, merecedores de nuestra atención” [19] .

Grupos de niños que ese estudio identificó como especialmente vulnerables a la violencia en los medios y de manera particular en la televisión, son: niños de grupos minoritarios y de inmigrantes, niños emocionalmente perturbados o que tienen dificultades de aprendizaje, niños de los que han abusado sus padres, familias con problemas (“los niños cuyas familias tienen más altos niveles de stress ven más televisión”) [20].

Aquí, el examen del tema que nos ocupa se enfrenta lo mismo a una patente carencia de estudios empíricos, que a una enorme cuestión sin resolver en la investigación sobre medios: ¿en qué medida la televisión, o la radio o la prensa, imponen sus imágenes sobre la conducta de quienes reciben sus mensajes? Recuerda un acucioso investigador colombiano, Jorge Iván Bonilla Vélez, que: “ya los mensajes no actúan como una aguja hipodérmica que afecta a todos por igual sino a determinados grupos, pero que los medios de comunicación engendran la violencia, no tiene discusión” [21].

En los Estados Unidos y en clara aceptación de la complejidad al mismo tiempo de la urgencia que le reconocen a este asunto, la Coalición Nacional sobre la Violencia en Televisión, pudo concluir que:

“A estas alturas, ha llegado a ser evidente para los investigadores de los medios, que no hay un solo estudio que establezca a la violencia en la televisión como ‘causa’ de agresividad o de comportamiento violento, pero la televisión es, ciertamente, un ‘factor que contribuye’ al comportamiento agresivo de los individuos y al problema de la violencia en la sociedad” [22].

¿Síntomas o causas de la violencia? Los medios de comunicación, desde luego, reflejan aristas de una realidad tan compleja como no siempre agradable, ni reivindicable. Pero no hay medio sin operadores que tienen a su cargo la decisión de qué presentar y qué no y sobre todo, con qué espacios, formatos, intensidades discursivas, o que deciden en qué contexto –o en ninguno— presentan un hecho violento, ya sea real o ficticio.

Y así como es posible exigirles a los medios que pongan en contexto los hechos de violencia que propagan, también sería pertinente, en cada caso específico, identificar la situación o las condiciones en las cuales presentan uno u otro mensajes. Marcelino Bisbal, periodista e investigador venezolano, ha alertado sobre algunas dificultades en la reflexión sobre este tema. Entre otras: “Pensar los medios en términos de ‘culpabilidad’ frente a los hechos de violencia, parece ser una mirada simplista. Esta visión despoja al conflicto de su contexto y de su sentido más profundos; es decir, ‘ignora las íntimas relaciones que existen entre lo que dicen los medios y lo que puede decir, ver y escuchar una sociedad sobre sí misma ‘ ” [23].

Como quiera que sea, ante la violencia en los medios y específicamente en la televisión, en distintos países ensayan opciones que van desde la formación de grupos ciudadanos para presionar a las empresas de comunicación y a los gobiernos, hasta el diseño de recursos tecnológicos para detectar y, en todo caso, vetar, la recepción de programas de contenido violento. A continuación presentamos un breve repaso de algunas de esas medidas.

Acción comunitaria. Saber leer a los medios

En varias naciones y ahora incipientemente en México, aunque con rasgos peculiares en cada caso, se conocen experiencias de grupos sociales e incluso de instituciones de radiodifusión, que se manifiestan y proponen algunos lineamientos jurídicos, morales o didácticos delante de la violencia en los medios.

ü El Movimiento por el Ambiente Cultural del ya citado doctor Gerbner, tiene una “Declaración de Independencia de los Espectadores”, en uno de cuyos 8 puntos se señalan, después de un diagnóstico de la concentración de las empresas de comunicación y la influencia enorme de los medios en la vida contemporánea, los siguientes efectos, que son calificados como “distorsiones del proceso democrático”:

“Las consecuencias humanas también son de largo alcance. Incluyen los cultos de la violencia en los medios, que desensibilizan, aterrorizan, brutalizan y paralizan; la promoción de prácticas insalubres que ensucian, drogan, hieren, envenenan y matan a millares todos los días; representaciones que deshumanizan, estereotipan, marginalizan y estigmatizan a las mujeres, a los grupos étnicos y raciales, a los gays y lesbianas, a las personas de edad o física o mentalmente incapacitadas y otros fuera del contexto cultural” [24].

ü La Asociación de Radiodifusores de Canadá, desplegó en 1994 la Campaña Nacional en Contra de la Violencia, para la cual destinó 10.6 millones de dólares (canadienses) en tiempo radiofónico y televisivo al aire. “Los mensajes recordaron a los canadienses que la violencia tiene víctimas en todos nosotros y que debemos ser parte de la solución ” [25].

En los siguientes dos años, 1996 y 1997, los radiodifusores canadienses sostienen una campaña denominada “Violencia: Usted Puede Hacer la Diferencia”, que incluye una nueva remesa de anuncios en radio y televisión y un paquete de “Sugerencias para la acción contra la violencia” que contiene información para ser empleada por radiodifusores, legisladores y profesores en escuelas de comunicación. [26]

Una de las peculiaridades de la experiencia canadiense, es que los industriales de la radiodifusión comparten las exigencias para atajar la violencia en los medios. Esto se explica en virtud de los rasgos culturales de la sociedad canadiense pero, también, debido a que una parte considerable del sistema de radio y televisión en ese país es de carácter público.

ü En México, en 1997 surgió el grupo denominado “En los Medios, A Favor de lo Mejor”, conformado por varias docenas de agrupaciones civiles preocupadas, entre otras cosas, porque:

“Hoy, los mexicanos nos enfrentamos al daño que está causando el avance de la violencia, el desorden sexual y el menosprecio de los valores fundamentales de la familia” [27].

¿Qué desea ver en su hogar?, preguntan a los ciudadanos los promotores de esa coalición. Y responden ellos mismos: “La amplia mayoría de los integrantes de la sociedad deseamos unidad, tranquilidad, ayuda, confianza, cariño. Queremos inocencia y ternura en nuestras niñas y niños. Queremos ideales, dignidad, virtudes en nuestras jóvenes y nuestros jóvenes… Queremos que se aprecie el valor de la familia, el matrimonio, los buenos modales, la consideración a los mayores, el respeto en el lenguaje” [28].

En consecuencia, esos grupos proponen mayor vigilancia por parte de padres de familia, exigencias a los medios que pueden llegar a la promoción de sabotajes publicitarios y la posibilidad de renovar las leyes para los medios.

En esa campaña, que en la primavera de 1997 se propuso reunir varios centenares de miles de firmas, se mezclaba el asunto de la violencia con los criterios de moralidad privada que a los directivos de tales grupos les parecían pertinentes. Ya se han conocido cuestionamientos a esa postura que, con el trasfondo o el pretexto de aminorar la violencia, puede propiciar actitudes de nueva intolerancia no sólo respecto de los contenidos en los medios de comunicación, sino respecto de conductas u opiniones que los defensores de “lo mejor” consideren no aceptables [29]. Esa campaña contó con la colaboración de la cúpula de la iglesia católica, con lo cual adquiría una definición ideológica todavía más parcial [30].

Remedios, o paliativos. Códigos de conducta

La autorregulación, es uno de los caminos que han encontrado medios de comunicación en todo el mundo para atenuar, o en todo caso prevenir ante mensajes considerados como delicados, o que no se estiman sean para todos los públicos.

ü Hay varias experiencias al respecto. Entre otras, la Asociación Canadiense de Radiodifusores expidió en septiembre de 1996 su “Código Voluntario Acerca de la Violencia en la Televisión”. Allí propone, antes que nada, que:

“Los radiodifusores canadienses no deberán transmitir programación:

*que contenga violencia gratuita en cualquier forma

*que avale, promueva o maquille a la violencia” [31].

Además, se sugieren reglas específicas para la transmisión de programación infantil, el establecimiento de horarios en la programación de adultos, un sistema de clasificación, advertencias sobre el contenido de los programas, programación noticiosa y violencia en contra de las mujeres, grupos específicos, animales y en programas deportivos.

Clasificaciones

En varios países, los criterios para clasificar contenidos violentos han sido tema de intensos debates. Casi siempre, el establecimiento de categorías para separar los mensajes considerados como apropiados para todo público de aquellos que se piensa deben ser vistos por públicos de edades específicas, toma en cuenta la violencia pero además otras consideraciones morales, legales y/o éticas.

ü En Francia, el Consejo Superior del Audiovisual comenzó a utilizar, a fines de 1996, un nuevo código de “clasificación de las obras susceptibles de afectar la sensibilidad de las minorías” y que cataloga los grados de “violencia o erotismo, las películas, telefilmes, series, dibujos animados y documentales” en cinco categorías [32].

ü En los Estados Unidos, después de recurrentes quejas y presiones del gobierno federal, las principales cadenas de televisión y otros directivos de la industria del espectáculo, aceptaron en 1996 establecer un sistema voluntario de clasificación (raitings) que comenzaría a ponerse en práctica al año siguiente. [33]

Recursos tecnológicos. El V –chip

ü Desde comienzos de 1996, la legislación estadounidense obliga a los fabricantes de televisores a instalar el “V –chip” que es un microcircuito de computadora que permite a los padres de familia bloquear los programas cuestionables. El chip, para funcionar, requiere que las estaciones televisoras incorporen a sus programas un sistema de clasificación capaz de alertar cuándo será y está siendo transmitido un programa considerado como violento. Ese dispositivo es capaz de leer la información y prevenir a los padres, con un aviso en la pantalla del televisor, sobre los programas clasificados como “violentos”, o como “objetables” por su contenido. También es posible que los televisores sean impedidos para recibir ese tipo de programación, excepto cuando los padres de familia introduzcan una clave para “desbloquear” la protección anti-violencia.

No basta, aunque hay quienes sostienen que ese aditamento puede ser útil. La Coalición Nacional sobre la Violencia en Televisión, defensora del V -chip ha considerado, sin embargo, objeciones y limitaciones como las siguientes:

“El V –chip no es sustituto de la disciplina que debe tener la industria (de la radiodifusión).

-En áreas de alta criminalidad, donde los niños ven un 50% más de televisión, el V –chip no podría ser empleado.

-Los adolescentes encontrarán alguna forma de eludir el chip.

-Ellos, se reunirán a ver los programas en las casas de otros muchachos.

-Tomará años instalar el V –chip en todos los televisores. La televisión necesita ser limpiada ahora.

-¿Distinguirá el V –chip entre la violencia gratuita y glamorizada y la de otros tipos?

-¿Echarán fuera los radiodifusores toda programación condenada por ser violenta?

-Será una ventaja para la televisión por cable y un problema para la televisión abierta. Todavía, esta última es la que hace más progresos en aminorar la violencia.

-Para los muchachos varones de entre 10 y 14 años, una clasificación negativa será un atractivo adicional.

-En suma, el V –chip es un truco” [34] .

Las dudas sobre la eficacia de ese dispositivo, siguen siendo muchas. ¿Qué clasificación sería satisfactoria y para qué segmentos de televidentes? ¿En qué medida las grandes empresas de comunicación están dispuestas a sacrificar al menos en parte los rendimientos financieros fáciles que supone la transmisión de programas violentos, a cambio de ganar algo de legitimidad entre sus públicos? Hay programas, como hemos apuntado, que son indiscutiblemente violentos. Pero, por ejemplo, ¿y las caricaturas, en donde la violencia es ingrediente cada vez más frecuente y, casi, garantía de audiencias infantiles?; ¿y en el plano deportivo, el rugby o la lucha libre, para no hablar de los incidentes en algunos partidos de futbol soccer? La NCTV estima, en fin, que “el V –chip no es ni la solución, ni una tontería. Es una herramienta que un padre puede usar como auxilio para monitorear lo que sus niños están viendo. Los padres, siguen teniendo la responsabilidad. Necesitan ser más atentos respecto de los tipos de programas apropiados para las edades específicas de los niños. Hasta ahora, los programas en televisión estaban dirigidos a una audiencia general. El problema es que un programa apropiado para una ‘audiencia general’, a menudo no es apropiado para un niño de cinco años” [35].

En varios países de Europa, el V –chip ha sido aprobado en términos generales pero hay problemas prácticos para que funcione. En noviembre de 1996, el Parlamento Europeo admitió su introducción en un proceso de dos años, pero pocas semanas después se reconoció que los costos de esa operación tecnológica y los plazos requeridos para ella, serán mayores de lo que se pensaba [36]. En los Estados Unidos, en donde se venden 24 millones de telerreceptores cada año, se estimaba que para febrero de 1998 todos los televisores de nueva fabricación debían tener ese dispositivo [37].

En México, el asunto del V –chip ni siquiera ha formado parte de la discusión en, ni respecto de, los medios de comunicación. Entre las pocas alusiones a ese recurso está el comentario de un analista constante de estos temas, Francisco Báez Rodríguez, quien ha considerado que gracias al V –chip, “es cada adulto el que se hace responsable por lo que ven sus hijos, el que reconoce a qué dosis de complejidad (o de sexo, violencia o léxico vulgar) pueden ellos someterse” [38].

Realidad y fantasía

La violencia, como es tan cotidiana y desdichadamente obvio, forma parte de nuestra realidad. Hay quienes dicen que, por ello, los medios de comunicación no pueden soslayarla. Pero una cosa sería ocultarla –lo cual resultaría tan imposible como increíble– y otra, magnificarla cuando se la muestra en medios como la televisión.

Los medios no sólo propagan mensajes; además los modulan, según los presenten. Desde el comienzo de la televisión y durante muchos años, la violencia en ese medio se encontraba fundamental, o casi exclusivamente, en series y películas de ficción. De poco tiempo a la fecha, gran parte del contenido violento está en programas de noticias o de reportajes, algunos de los cuales, precisamente, tienen como tema principal la exposición de hechos dominados por acciones agresivas.

Los programas de periodismo tabloide, como se les denomina en Estados Unidos y que entre 1995 y 96 entraron con ímpetu en la televisión mexicana, medran con acontecimientos violentos; no solamente distorsionan la realidad al presentar sólo o preferentemente sus aspectos más agresivos, sino además hacen proselitismo en favor de ella. Se trata de espacios televisivos que contradicen la responsabilidad social que en términos morales pero también legales, incluso en México, tienen –o deberían tener– las empresas de comunicación social.

Los empresarios de la televisión suelen alegar que a la gente le gustan las series de nota roja. El problema es con qué parámetros, qué tradiciones, qué ausencia de verdadera competencia –en el caso mexicano–, se ha desarrollado el gusto popular que, por lo demás, no es tan homogéneo como los empresarios y publicistas de los medios suelen considerar.

La nota roja suele ser es campo propicio para describir realidades de una sociedad compleja. La crónica periodística y la sociología de casos específicos, llegan a enriquecer ese recurso. Sin embargo, cuando a ese género se le toma como fin en sí mismo, el enorme riesgo del sensacionalismo tiende a dominarlo todo. Enrojecidas en los programas de supuesta búsqueda periodística que en realidad lo son de mercantilización de algunos de los aspectos más crudos de la realidad, las pantallas televisivas no ofrecen contexto sino contundencia. La exaltación de la violencia se origina entonces en la magnificación de asuntos que forman parte de la realidad, pero no la dominan ni la modifican del todo.

La violencia en la televisión es problema en todos los países. La sobreposición de criterios mercantiles para medir la eficacia o la presencia social de los medios, también. En México, además, la violencia en los medios, que siempre ha existido, se ha vuelto recurso vulgar, con resultados de corto plazo, en la competencia que sostienen las empresas privadas de la televisión.

La violencia, en fin, es parte de la vida. Muchas cosas lo son. Pero de allí a propagarla como elemento central hay una distancia que los empresarios de la comunicación y especialmente la TV, ante la mirada todavía estupefacta de una sociedad que no suele reivindicar sus derechos respecto de los medios, acostumbran brincar apuntalados en la venta de espacios de publicidad. La violencia entonces, patéticamente, queda supeditada no a control social alguno, ni al autocontrol sustentado en parámetros éticos, sino al imperio del dinero.

Ya ha precisado, con su habitual elocuencia, el pensador español Fernando Savater: “Las fantasías violentas pueblan nuestros juegos y nuestros sueños desde la infancia: lo grave es no saber cómo distinguirlas de la realidad y desconocer las razones civilizadas por las que debemos evitar ponerlas en práctica” [39]. Los programas de contenido fundamentalmente violento (entre ellos los tabloides televisivos de nota roja) tienden a obnubilar el discernimiento sobre las causas y consecuencias de la violencia. Cuando contienen moraleja, suelen ser peores: el tono admonitorio de los locutores, de nada o de poco sirve junto a la fisgonería morbosa de los telespectadores; la sangre que salpica las pantallas, se sobrepone al discurso moralizante. Y la sangre, entonces, se vuelve discurso sin más lógica que la de su propia propagación.

Hace pocos años, un muchacho en un pueblo estadounidense quemó vivo a un vecinito suyo porque había visto hacer lo mismo en un episodio de la traviesa serie de adolescentes freaks Beavis and Butthead, de la cadena MTV. Episodios como ése, en donde la frontera entre la ficción violenta y la realidad trágica se difumina en la percepción obnubilada de televidentes adolescentes e incluso niños, se han venido repitiendo en diversos sitios del mundo. Los hechos de violencia cometidos, sobre todo pero no exclusivamente por adolescentes y hasta niños que se dicen inspirados en la televisión, aumentan delante de una sociedad aturdida por los mismos medios. ¿Quiénes son responsables de tales hechos? El entorno social y la existencia real de violencia cotidiana, la falta de contexto explicativo que sería especialmente pertinente para los espectadores jóvenes, la gana de lucro fácil que supone la divulgación de programas de contenido violento y la ausencia de reglas suficientes para ubicar y acotar la transmisión de esos mensajes son elementos que, sumados, contribuyen a que la violencia ya existente en el entorno social se exacerbe en su propagación mediática. La culpa, después de todo, no es sólo de los medios. Pero ellos, en ese proceso de propagación de imágenes, no son precisamente inocentes.

El profesor Gerbner lo ha dicho con la experiencia de sus tres décadas en la investigación de medios: “La televisión no ‘causa’ nada. Ya estamos fastidiados de decir que la televisión ‘causa’ esto o lo otro. En vez de ello, decimos que la televisión ´contribuye’ a esto o lo otro. Las dimensiones de esa ‘contribución’ varían. Pero allí están” [40].

Granja de la Concepción, D.F.,

mayo y junio de 1997


[1] American Medical Association, “Facts about media violence”. Información en la página de la AMA en Internet: http://www.ama-assn.org/ad-com/releases/1996

[2] Citado por Marcelino Bisbal, “Violencia y televisión o el discurso de la conmoción social”, en Guillermo Orozco Gómez, coord., Miradas latinoamericanas a la televisión. Universidad Iberoamericana, México, 1996, p. 105. La misma información es corroborada en Net Citizens TV, “10 Common Myths about the V-Chip”, http://www.nctvv.org

[3] Bisbal, cit.

[4] Organizaciones Coordinadas para Mejorar los Medios de Comunicación, En los Medios A Favor de lo Mejor. Manual de Campaña. México, febrero de 1997, p 9.

[5] George Gerbner, “Selling all the stories. The culture of violence and what you can do about it”. Conferencia para el grupo Science for Peace, Toronto, july 14, 1995, mimeo.

[6] House of Commons Standing Committee on Communication and Culture. “Television Violence: Fraying Our Social Fabric. Introduction and Chapter Five: Conclusions and List of Recommendations”. Report. Ottawa, June, 1993, mimeo.

[7] Susan Alter, Current Issue Review: Violence on Television. Law and Government Division, Research Branch, Library of Parliament. The Canadian Communication Group, 1995. La primera versión de Die Hard contenía solamente 18 muertes violentas: Scott Stossel, “The man who counts the killings”, en Atlantic Monthly, Boston, may 1997.

[8] Mario Abad, “La televisión sí influye en el comportamiento violento”. El Nacional, 7 de enero de 1997.

[9] Jeffrey Pollock, Global Strategy Group Inc., Executive Summary of Media Violence Survey Analysis. Memorandum to the American Medical Association, august 13, 1996. Disponible en la página electrónica de la A.M.A., cit.

[10] George Gerbner, “Violence in Television Drama – Trends and Symbolic Functions”. Mimeo., 1972.

[11] The Royal Comission on Violence in the Communications Industry, “The Nature of Media Violence”. Mimeo., Ottawa, 1976.

[12] Elizabeth Rondelli, “Media, representacoes sociais da violencia, da criminalidade e acoes políticas”, en Comunicacao&Política vol. 1, No. 2, Río de Janeiro, dezembro 1994-marco 1995. Reproducido como “Medios, drogas y crimen”, en etcétera, No. 207, México, 16 de enero de 1997.

[13] Media Awareness Network, “Mediascope National Television Violence Study”, mimeo., septiembre de 1996.

[14] Ibid.

[15] Claudia Navarro, “Sin ‘tele’ habría 10.000 asesinatos menos al año”. El País, Madrid, 22 de septiembre de 1996.

[16] UNESCO Report, Violence and Terror in the Mass Media, 1988. Citado en Jan D’Arcy, National Film Board, Changing the Shape of a Brick Already Built into the Wall. A brief presented to the Canadian Panel on Violence Against Women, 1992.

[17] Stossel, cit., p. 95. Este ensayo-reportaje, dio a conocer a un público más amplio –más allá del mundo académico especializado en comunicación social– la peculiar biografía de Gerbner (nacido en Hungría, protagonista y víctima en la Segunda Guerra luego, emigrado a los Estados Unidos, constructor de todo un esquema metodológico para analizar a los medios) y de su insistente así como creativa preocupación por la violencia en los medios.

[18] House of Commons Standing Committee… cit., Subrayado nuestro.

[19] Wendy L. Josephson. Television Violence: A Review of the Effects on Children of Different Ages. Mimeo, february 1995.

[20] Ibid

[21] Jorge Iván Bonilla Vélez, Violencia, medios y comunicación. Otras pistas en la investigación. Trillas, México, 1995, p 19.

[22] Mary Ann Banta, The V (Violence) Chip Story. National Coalition on Television Violence, [http://www.nctv.org], abril de 1997.

[23] Bisbal, cit., p 125. Las comillas son de ese autor.

[24] Cultural Environment Movement, Viewer’s Declaration of Independence. St. Louis Missouri, march 17, 1996.

[25] The Canadian Association of Broadcasters, Nationwide Campaign Against Violence. September, 1996.

[26] Ibid.

[27] Organizaciones Coordinadas…. cit., p. 8.

[28] Ibid., p. 3

[29] La escritora Mónica Mayer hacía estas consideraciones sobre la campaña “A favor de lo mejor”: “Para empezar, habría que especificar qué es violencia. Mi madre por ejemplo, pensaba que los cuentos infantiles (brujas enjaulando niños para comérselos) eran violentos y sé de una escuela que en algún momento eliminó la enseñanza de la historia por lo mismo… Por otro lado, les pregunto, ¿qué entienden por ‘desorden sexual’ ? En este país en el que todo nos espanta puede ser desde la aparición de un discreto desnudo en un programa cultural… hasta información sobre anticonceptivos y prevención del SIDA”. “Censura civil organizada”, en El Universal, México, 28 de marzo de 1997.

[30] Fabiola Guarneros, “Iniciará la Arquidiócesis de México una campaña contra la violencia en los medios”. El Universal, México, 1 de marzo de 1997.

[31] Canadian Association of Broadcasters, “Voluntary Code Regarding Violence in Television”. Mimeo., Montreal, septiembre de 1996. Allí se especifica que “gratuita”, significa material que no desempeñe un papel integral en el desarrollo de la trama, el carácter o el tema del material en su conjunto”.

[32] Conseil Superieur de l’Audiovisuel, CSA La Lettre, No. 86, París, novembre de 1996.

[33] CNN in archive… “Clinton applauds…” february 29, 1996. Bajado de la página electrónica de esa cadena informativa [www.CNN.com].

[34] Mary Ann Banta… cit.

[35] Ibid.

[36] Walter Oppenheimer, “La UE rechaza introducir con rapidez el ´chip´antiviolencia”. El País, Madrid, 7 de diciembre de 1996.

[37] Stossel, cit., p 88.

[38] Francisco Báez Rodríguez, “Controlar la televisión”, en etcétera, México, 9 de enero 1997.

[39] Fernando Savater, “La violencia y las patrañas”. El País, Madrid, 13 de octubre de 1996.

[40] Stossel, cit., p. 92

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10 thoughts on “Violencia en los medios

  1. Excelente! Este ensayo es bien instructivo. A mi personalmente me intereza el tema de la violencia escolar.

  2. Me parece muy interesante la información aquí incluida. Estoy realizando mi tesis post grado basada en el contenido de violencia televisiva a los que están expuestos los niños y jóvenes. Este escrito, sin duda alguna, me servirá de mucha ayuda. Le felicito!!

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