Un reportero con los ojos bien abiertos

Participación en la presentación del libro de Rubén Cortés Crónicas de guerra. Afganistán e Irak en el frente de batalla. Ediciones Cal y Arena, México, 2003.

Diciembre de 2003.

Se había dicho que la que emprendió el gobierno de Mr. Bush en contra de Irak estaba destinada a ser la guerra más publicitada de la historia. Docenas de televisoras de todo el mundo prepararon enlaces satelitales trascontinentales; centenares de diarios y revistas enviaron a sus mejores reporteros; la telefonía de alcance global sería el instrumento para mantener a los enviados en permanente contacto con las redacciones; la inestable definición de las señales de videoteléfono añadiría dramatismo a las imágenes desde el frente de batalla: en todas las latitudes los televidentes se prepararon para asistir, en vivo y directo, al espectáculo de la guerra.

Pronto se comprobaría que ni la guerra es tan espectacular –por lo menos en términos del ritmo expedito y los argumentos simples que ha establecido la industria del infoentretenimiento– ni el nuevo conflicto militar en el Pérsico sería tan reñido como inicialmente se pudo haber creído. La distante pero brutalmente demoledora violencia de los misiles sustituyó en la mayoría de las ocasiones al enfrentamiento cuerpo a cuerpo; el desmantelamiento soterrado de la resistencia iraquí fue a la postre más eficaz que los disparos de las tanquetas: la guerra y sus devastadoras consecuencias ocurrían a centenares de kilómetros de donde estaban emplazadas las cámaras de televisión y la mayoría de los conductores y reporteros tuvieron que conformarse con asistir a las batallas que el general Tommy Franks explicaba, con maqueta y power point, desde el emplazamiento militar en Doha.

La distancia respecto del frente de batalla y especialmente la censura impuesta por el gobierno estadounidense mantuvieron alejados de las noticias auténticas a casi todos esos corresponsales de todo el mundo. 662 de ellos fueron aceptados –habiéndose disciplinado, a su vez, a las restricciones que el Pentágono les impuso– como acompañantes de los convoyes que surcaban paso a paso el desierto con rumbo a Bagdad. La experiencia de los periodistas encamados o incurstados en las filas del ejército estadounidense fue profesionalmente desastrosa y en numerosos casos personalmente infructuosa. La única guerra que se veía desde el lente de las videocámaras empotradas en los tanques era entre los corresponsales y el desierto. Cuando había algun hecho destacado su difusión quedaba sometida a la supervisión de los interventores militares.

Tamizada su difusión por las condiciones que impuso el gobierno de Estados Unidos la guerra se convertía en el eco distante de una invasión que el mundo sabía abusiva e injusta pero de la que no se tenían evidencias suficientes. Los grandes medios estadounidenses se allanaron a la censura y no tuvieron pudor para ocultar hechos e imágenes que pudieran comprometer la auto alabanza que la Casa Blanda difundía acerca de los acontecimientos militares en Irak.

En ese panorama de miedo, sometimiento y desinformación la tarea de los periodistas que decidieron no disciplinarse a las condiciones del Pentágono constituyó la mejor fuente para que se supiera la verdad de lo que ocurría en el frente de batalla.

Esa fue la misión de Rubén Cortés, el periodista cuyas impresiones recoge el libro que ahora se presenta. A diferencia de la monotonía y las versiones deslavadas que publicaban muchos medios internacionales periodistas como el enviado de Crónica fueron a buscar los ecos de la guerra en el sufrimiento de sus principales víctimas. Día tras día desde Islamabad y Peshawar, luego desde Amán y Bagdad, los reportes de Cortés ofrecieron una visión original de la desolación pero también de las respuestas de la gente forzada a vivir con la guerra.

Las crónicas de Rubén Cortés son de una consumada contundencia narrativa porque están escritas sin afectación alguna. Se trata de textos llanos, precisos, directos, cuya tensión dramática resulta de los terribles hechos que relatan y no de giro retórico alguno. Ese periodismo que coloca a los hechos por encima de los dichos es inusual en un contexto como el de nuestros medios, en donde con frecuencia se considera que la declaración es el eje de las noticias.

Los hechos que Cortés presenció en Afganistán e Irak eran tan desgarradores que sobrepasaban cualquier afán de espectacularidad periodística. Él asumió con modestia y valentía su papel de cronista y no tuvo que aderezar sus textos con epítetos. Siguiendo la receta que alguna vez aprendiera Hemingway y a la que se refiere en el epígrafe de su libro Cortés economiza los adjetivos porque la realidad que recorrió era más categórica que las letras.

Con ese estilo y los ojos bien abiertos el reportero de Crónica se puso a buscar las historias personales que siempre matizan y a la postre determinan a La Historia (con mayúscula). El abuso mayúsculo que significó la incursión militar contra los iraquíes aparece descrito en estas páginas con sencillez transparente. Un enfrentamiento en Bagdad es relatado, sin más aderezos: “Los agresores eran una veintena, pero los americanos les respondieron con 200 soldados y tanquetas, morteros lanzagranadas y los machacaron a todos en quince minutos”. El subtítulo que precede a ese párrafo es tajante: “Matar cucarachas con cañones”.

Frente al guerrerismo estadounidense Cortés retrata, en ocasiones sorprendido, el fundamentalismo musulmán. La religión como finalidad pero también coartada de privaciones y abusos, la idea rígida del mundo y de la conducta personal que se les impone, más allá de convicciones o creencias, a quienes tratan con ese sector del mundo árabe, son parte del contexto que este periodista apunta para que entendamos la complejidad del litigio en el Pérsico.

La fe como elemento de autodefensa, capaz de ofrecer un horizonte que la guerra y el atraso han bloqueado, aparece descrita en sus aciagos contrastes en los relatos de este libro. La historia de Ferivá, la profesora mutilada por enseñarles aritmética a sus hijos, es paradigmática de una intolerancia que hoy nos asombra pero que es tan extendida como milenaria.

No es casual que las mujeres sean los personajes más intensos en las crónicas de Rubén Cortés. Además de la marginación que les impone la pobreza, se encuentran adicionalmente subyugadas por el despotismo y el dogmatismo. Los niños comparten esa condición de adicional sometimiento al que se revelan –y rebelan– en historias de

arrojo y temple como la de Alí Nawar, el pequeño afgano de once años que a la muerte de su padre y su hermano mayor en un bombardeo tuvo que hacerse cargo de su madre y hermanas –“se hizo hombre sin pedir permiso” escribe Cortés–.

Y sin duda el momento más dramático del libro, cuya contundencia narrativa advierte Eliseo Alberto en el hermoso prólogo con que inicia Cróinicas de guerra, es la impecable descripción de la tristeza de Sahiri, la mujer de Kandahar que en el deslumbrador instante de una explosión perdió a toda su familia y, lisiada, tuvo la desgracia de quedar viva (pág 69).

Instantes como ese nos permitieron a los lectores de Crónica tener una imagen cercana y fiel –demoledoramente exacta– de la ruina y la ruindad de la guerra. Ahora en libro, los relatos de Rubén Cortés se encuentran entre los testimonios más perspicaces de un conflicto que no tenía por qué haber ocurrido. Al ofrecernos las historia detrás de La Historia el enviado de Crónica nos permitió entender la guerra mucho mejor que quienes se atuvieron a otros medios de información. Si algo se le puede reprochar es que, en el afán por ser testigo y no protagonista, Cortés apenas nos deja conocer segmentos aislados de la historia que había detrás de sus crónicas: las vicisitudes del reportero, sus dificultades para remontar idiomas, distancias y fronteras, la experiencia vital que significó estar en el centro de una guerra con cuyas víctimas compartió sobresaltos y aprensiones. Ese es un relato que Rubén Cortés todavía nos está debiendo.

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