MediaMorfosis

 

Prólogo al libro de José Luis Exeni MediaMorfosis. Comunicación política e in/gobernabilidad en democracia. Plural editores y Ediciones Fado. La Paz, Bolivia, 2005.

 

Lo primero que hicieron los militares que se levantaron contra Hugo Chávez en abril pasado, en Caracas, fue acudir a los estudios de una televisora para anunciar el golpe. Lo primero que hicieron los manifestantes que respaldaron a ese presidente fue rodear varias estaciones televisoras para quejarse por la cobertura que hacían de tales acontecimientos. Lo primero que hizo Chávez para reafirmarse de nuevo en el gobierno fue aparecer por televisión. Como la señal de las televisoras venezolanas estaba suspendida o no encontró acceso a ellas, el presidente apareció en cadenas como CNN que transmiten a ese país pero desde el extranjero.

Las semanas previas al golpe, Chávez había obligado a las televisoras a difundir sus mensajes –que en un solo día fueron más de una docena–. Para cumplir con esa instrucción pero contrastándola con otro contenido varias televisoras dividieron la pantalla: en una mitad transmitían los discursos de ese autoritario personaje y en la otra las manifestaciones contra él.

Los acontecimientos de la primavera de 2002 en Venezuela no pueden explicarse solamente a partir de la intencional e intensa exposición mediática que tuvieron. Pero sería imposible entenderlos si no se toma en cuenta el papel de los medios y muy especialmente de la televisión. Enfrentado a grupos empresariales como los que son propietarios de las televisoras privadas Chávez fue muy cuestionado en esos medios que, al mismo tiempo, se hacían eco de un auténtico descontento social.

Como en Venezuela, prácticamente cada uno de los sucesos de relevancia política en el mundo contemporáneo han sido influidos, matizados, afectados –y en algunas ocasiones condicionados– por la cobertura que han tenido en los medios de comunicación. Los cacerolazos en Argentina adquirieron mayor relevancia gracias a la difusión que les dieron algunas televisoras y quizá no habrían podido organizarse sin el correo electrónico que diseminó inmediata y extensamente los avisos para esas manifestaciones. En Estados Unidos el affaire de Bill Clinton con la ahora célebre ex becaria de la Casa Blanca fue develado y condenado por los medios, aunque los estadounidenses terminarían por considerar que la conducta personal del presidente no les preocupaba porque no afectaba su capacidad para gobernar. En otro orden, los atentados del 11 de septiembre de 2001 parecen haber sido programados para lograr una intensa cobertura mediática (el segundo avión se estrelló contra las Torres Gemelas a tiempo para que la colisión fuera registrada por las televisoras de todo el mundo). En México la elección presidencial de Vicente Fox fue favorecida, en alguna medida, por una novedosa apertura de los otrora unilaterales medios de comunicación electrónica. En Italia el gobierno ha sido ocupado por el principal magnate de la televisión. En Francia las elecciones presidenciales de abril y mayo de 2002 estuvieron precedidas de una campaña mediática tan intensa que Le Monde se preguntaba si los asesores de imagen estaban sustituyendo a los militantes de los partidos. En Venezuela durante el episodio que hemos mencionado, el primer personaje en quien pensaron los militares en rebelión para ofrecerle la presidencia era el director de la cadena Globovisión.

El inventario de los acontecimientos públicos que han sido no solo difundidos sino en una u otra medida además moldeados o matizados por los medios sería interminable. Todos los días hay gobernantes o aspirantes a serlo, legisladores, dirigentes, patrones, cabilderos y apoderados de todos los signos interesados en hacer política a través de los medios de comunicación. Los medios se han convertido en parte insustituible del espacio público al que, con frecuencia, determinan y prácticamente acaparan. La construcción y la demolición de consensos en las sociedades contemporáneas pasa irremediablemente por los medios de comunicación aunque a diferencia de lo que a veces se cree, ni la política ni la democracia se agotan en los medios.

Reconocida por los actores de los asuntos públicos, descrita por estudiosos de todas las vertientes sociológicas y comunicacionales, subrayada y vanagloriada por los medios mismos, la imbricación entre política y comunicación de masas ha sido escasamente discutida en el terreno de la reflexión conceptual. Existen centenares de libros acerca de la relación entre política y medios pero la gran mayoría se reduce a la descripción de casos específicos que son observados a partir de variados enfoques metodológicos. La deliberación teórica en este campo ha sido escasa.

Ese es uno de los méritos, acaso el principal, de MediaMorfosis. José Luis Exeni R. no se conforma con mirar los árboles de la espesura mediática que tanto llama la atención de analistas políticos y científicos sociales en nuestros días. Más allá de los casos peculiares este autor levanta la mirada para, en un esfuerzo de reflexión y cotejo, aprehender las tendencias fundamentales de la relación entre comunicación y política.

Con pulcritud analítica y también alguna dosis de picardía, Exeni subraya algunos de los lugares comunes con los que en los últimos años se ha pretendido sustituir al examen escrupuloso de los medios. Todavía abundan las vertientes interpretativas que polarizan y empobrecen el análisis al reducirse a ópticas complacientes o catastrofistas (como hace ya tanto tiempo denunció Umberto Eco al referirse a los integrados y apocalípticos). Exeni se aparta de esas tentaciones, pero no sin rechazarlas por la simplificación que implican.

El autor de este libro no discute si los medios están relacionados con el poder. Incluso reconoce que a ese respecto los medios pueden tener tres formas de actuación: como “difusores”, “escenario” y “protagonistas”. Lo que debate es si los medios, por sí mismos, ejercen un poder. “Y no se trata de una distinción inútil –agrega–. Para el análisis de la comunicación política resulta decisivo definir si los medios actúan como un instrumento del poder, tienen influencia sobre el poder o, como muchos aseguran, son un poder”. El mismo Exeni se adelanta a las precisiones que pudiéramos hacer a esa enumeración: “Lo más probable, en todo caso, es que los medios sean las tres cosas”.

El autor se detiene a discutir qué es la comunicación política y las variantes que puede asumir. Más adelante analiza el proceso de construcción mediática de los temas que llaman la atención de la sociedad. Instrumentos, depositarios y copartícipes del poder los medios definen, desde luego salpicándola de sus intereses, la agenda de los asuntos públicos.

La mediación de las empresas de comunicación, o mediatización en esa construcción y exposición de los acontecimientos públicos tiene consecuencias de distinta índole, por supuesto también políticas. La evaluación que se tenga acerca de las dimensiones de tales consecuencias determina la relevancia que se les asigne a los medios como propagadores, dislocadores o incluso creadores de los hechos públicos. En ese trayecto analítico Exeni recuerda que hay quienes culpan a los medios de estar poniendo en crisis al principio de representación política. Los “mediófobos”, dice, sostendrán que la acción de los medios está sustituyendo a la representación política. Los “mediófilos” en cambio, “insistirán en sostener que la acción de los medios no sólo facilita la representación política sino que, incluso, la hace posible”. Ninguna de esas concepciones es del todo verificable. Cuidadoso pero sobre todo equilibrado, Exeni advierte que en vez de esos paradigmas extremos “varias concepciones intermedias resultan más útiles para el análisis”.

En ese y en muchos otros momentos de su trayecto analítico Exeni expone posiciones antitéticas en la discusión sobre la influencia de los medios pero nunca se allana a ninguna de ellas. Movido por una vocación esclarecedora y por una envidiable prudencia, el autor de MediaMorfosis repasa una y otra vez las definiciones básicas, las discute, disecciona y vuelve a confrontar. Traza esquemas para explicar y articular conceptos. Busca y explora relaciones entre una y otra categoría. Junto con ello, a cada momento reitera los alcances que se ha propuesto darle a su investigación y evita meterse en las complicaciones que implicaría abordar vertientes distintas de su objetivo principal. Con frecuencia Exeni se excusa: “Ese es un asunto complejo y demanda un minucioso tratamiento, lo cual excede los propósitos de este libro”; “no podemos aquí, en los límites de esta reflexión, abordar estas cuestiones…”

A diferencia de la palabrería y la altanería que son tan frecuentes en nuestras ciencias sociales, José Luis Exeni no le ofrece al lector de este libro más de lo que estrictamente se encuentra en él de la misma manera que cumple, a cabalidad, el compromiso de analizar la relación entre comunicación política y gobernabilidad.

Con esa pulcritud reconoce que algunos rasgos de la imbricación de los medios y la política no son nuevos. Por ejemplo la personalización de la política y su espectacularización, existían antes de la televisión pero sin duda son rasgos que se han acentuado. Si antes los cosméticos y el peinado o una frase ocurrente y contundente influían para que un candidato ganase las simpatías en un auditorio de 2 mil personas que acudían a un mitin político, ahora pueden ser definitorios en una aparición delante de 20 millones de televidentes. Los medios han acentuado la frivolidad e incluso la irresponsabilidad de la política. Esos defectos ya los padecía el ejercicio político, pero ahora se multiplican y sus efectos se acentúan merced a su exposición mediática.

Más allá de esas consecuencias, la preocupación de Exeni radica en la influencia de los medios sobre la política y específicamente en la erosión o solidificación de las instituciones democráticas y sus actores. ¿Influyen los medios en la in/gobernabilidad? –que es el término que Exeni acuña para designar al efecto virtuoso y su antípoda–. El lector no encontrará una respuesta concluyente pero sí las claves necesarias para entender, en cada caso, la relevancia mediática sobre los asuntos públicos.

Descrito en otros términos el tema de este libro es de qué manera, y en qué medida, los medios definen a la democracia. Hay quienes hablan de democracia mediática. Exagerando esa propensión algunos incluso se refieren, explica Exeni, a “un supuesto gobierno de los medios (mediocracia)”. Así planteada la existencia de tal mediocracia resulta harto discutible, como el autor se empeña en señalar. Es evidente que los medios no ejercen el gobierno. Pero cuando se emplean términos como ese su mayor utilidad radica en la capacidad para expresar la creciente y quizá ineludible influencia de la comunicación de masas en los asuntos públicos.

Hablar de mediocracia, dice Exeni, implica una visión sobredimensionada de los medios: “Gobierno de los medios, en su versión extrema, no es sino otra forma de decir poder de los medios”. Sin duda el poder que los medios llegan a alcanzar, especialmente en sociedades donde los contrapesos institucionales o ciudadanos delante de ellos son débiles, puede ser gigantesco. Mientras mayor es la concentración en su propiedad, su capacidad para propagar mensajes (incrementada exponencialmente gracias a las nuevas tecnologías comunicacionales) y la imbricación con el poder político, resulta superior la influencia que alcanzan no solo en el ámbito de la política sino en la definición de las convicciones y el contexto (es decir, en las maneras de ver al mundo y mirarse a sí mismos) de sus audiencias. Es a partir de esa capacidad de influencia y de la inexistencia de contextos jurídicos y culturales suficientes para acotarla, que en países como los nuestros se puede hablar no de un gobierno que los medios profesen directamente, sino de un poder político y económico en cuyo ejercicio los medios se han vuelto imprescindibles.

Precavido y equilibrado, el autor de este libro admite más adelante: “Lo cierto es que, con mayor o menor poder e influencia, con efectos nocivos y benéficos, la acción de los mass media está alterando el marco institucional de la democracia y el desempeño de los actores del sistema político”. El carácter “benéfico” o “nocivo” de los medios resulta difícil de precisar porque depende de la apreciación subjetiva de quien lo evalúe. Pero ¿qué tan mayor o menor es la influencia de los medios? Ni Exeni, ni autor alguno en la nutrida bibliografía reciente acerca del efecto de los medios en los asuntos públicos podrá encontrar una fórmula capaz de cuantificar las dimensiones de esa influencia. Los efectos de los medios se encuentran acotados, y a veces abreviados o magnificados, por cada circunstancia. “Los medios serán tan maléficos o benéficos en su intervención como se lo permitan los otros actores estratégicos con los cuales se encuentra” dice cuando se acerca al desenlace de esta obra.

En la segunda parte del libro Exeni se pregunta cómo abordar analíticamente la influencia de los medios en la gobernabilidad y cómo enfrentar el tema de la “comunicabilidad” para entender situaciones de ingobernabilidad en regímenes políticos democráticos. Más delante se detiene en el nuevo contexto que impone la globalización y menciona la frecuente relación de ella con los temas locales. De manera fluida ese trayecto lo leva a ocuparse de los nexos entre gobernabilidad y democracia y así, a distinguir entre varios grados de gobernabilidad.

Exeni encuentra que la gobernabilidad mediática es la manera como los medios “influyen dinámicamente en la condición y, particularmente, en la sensación de grados de in/gobernabilidad, ya sea en una orientación de alerta temprana de conflictos, ya como detonantes de situaciones políticas de inestabilidad y crisis”. Es decir, no existe un gobierno a cargo de los medios pero sí una determinante influencia mediática en la percepción que los ciudadanos y el conjunto de los actores de la vida política tienen de los asuntos públicos. Esa sensación puede tornarse en disrupción cuando los medios se enfrentan abiertamente al poder político.

Independientemente de que esa capacidad para perturbar o influir en los asuntos públicos sea pertinente o no a los intereses de la sociedad, el gran desafío que los medios de comunicación de masas implican para las instituciones políticas radica en la enorme autonomía que alcanzan respecto del Estado y también, respecto de la sociedad. A menudo la legislación para normar el desempeño de los medios de comunicación es obsoleta, o no se aplica. En numerosas ocasiones inclusive, hay propietarios de medios y periodistas que consideran que los medios no debieran estar regidos por normatividad alguna. Las leyes son el espacio insustituible y fundamental para regular el desempeño de todos los actores en una sociedad civilizada. El otro recurso para tal fin es el que ofrecen la ética o la autorregulación, pero no sustituye (más bien, complementa) a las normas jurídicas.

¿De qué depende que la influencia de los medios sea mayor o menor? De la medida en que se lo permitan otros actores de los asuntos públicos, dice Exeni. Pero a veces –de hecho las más de las veces– los medios actúan sin necesariamente atender a los intereses de una fuerza política específica. El interés que tienden a privilegiar es el de ellos mismos, o de sus operadores y/o propietarios.

El señalamiento sobre el beneplácito o no de otras fuerzas para que los medios desplieguen toda su capacidad de influencia es muy útil, tanto en el terreno del análisis como en la acción política. Exeni reconoce la existencia de mecanismos jurídicos y deontológicos que la sociedad y/o el mundo político pueden tener para acotar a los medios aunque no ahonda en la discusión de ese tema.

Antes de esta obra, José Luis Exeni R. ha enriquecido la reflexión latinoamericana sobre los medios con su libro Políticas de comunicación cuyo subtítulo era llamativamente sugestivo: Retos y señales para no renunciar a la utopía. Exeni no abdicó entonces, ni ahora, de la búsqueda de equilibrios y contrastes delante del poder mediático. En este nuevo libro se propone, antes que nada, explicar los alcances de la comunicación de masas en la construcción, el acotamiento y, vale decirlo, incluso en la erosión de las democracias.

Sin demérito de la circunspección analítica, MediaMorfosis les propone a sus lectores un recorrido salpicado de hallazgos y complicidades. Podemos encontrar epígrafes de Mario Benedetti e invocaciones a José Saramago entre otras incitaciones que Exeni ofrece a quienes lean su libro. El autor de MediaMorfosis asegura que así como a Sabina hacer uno de sus discos más memorables le llevó 19 días y 500 noches, él ocupó 500 horas en escribir este libro que, promete, puede leerse en 19 minutos… “con sus correspondientes noches, claro”. Exeni seguramente reconocerá algunas de las inquietudes que cosecha su libro en esta estampa que forma parte de uno de los primeros discos de Joaquín Sabina (Ruleta Rusa, 1984) y que, parodiando a Machado, le dice a un mediatizado “Telespañolito”: Que no te mire dice el psicoanalista/ sólo gozan contigo los masoquistas./ Mi fiel amante y pobre televisor / aunque nadie te cante te canto yo.

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