El intelectual mediático

Publicado en Nexos en 2002

A fines de febrero, cuando estaban por comenzar las transmisiones de Big Brother, a Televisa le hacía falta airear la discusión que había en torno a ese programa. Los cuestionamientos del grupo conservador A Favor de lo Mejor amenazaban con quitarle publicidad. Entonces el programa Zona Abierta organizó una sesión con defensores y críticos de Big Brother. En uno de los momentos más encendidos del debate, una respetada profesora universitaria que da clases de comunicación les reprochaba a los responsables de Gran Hermano la manera como exhibirían la vida privada de una docena de personas. “Es que todo en la televisión es espectáculo”, le replicó el productor de la versión de Big Brother en Argentina. “Claro que no”, insistió la profesora. “Por supuesto. Esta reunión que tenemos ahora es un espectáculo y tú formas parte de él”.

Cruda e incontestable la explicación de aquel productor, que aquí reproducimos palabras más o menos, establecía las coordenadas que inevitablemente ciñen la presencia de intelectuales en los medios de comunicación y muy especialmente en la televisión. Digan lo que digan, independientemente del estilo que asuman, cuando quienes trabajan con ideas acuden a los medios deben sacrificar rigor en aras de la simplicidad. Sobre todo han de reconocer que participan de un evento determinado por las reglas del mercado mediático que es, antes que nada, la industria del espectáculo.

Intelectuales y medios suelen tener una relación de atracción y desconfianza mutuas. Los medios acostumbran buscar especialistas que confieran credibilidad al comentario de los asuntos más diversos, pero recelan de las parrafadas que propinan no pocos escritores y profesores a la menor interpelación. Los intelectuales tienen el privilegio de ser invitados a opinar acerca de asuntos que les interesan y se benefician de la presencia pública que les otorgan los medios, aunque con frecuencia malician del tratamiento que puedan recibir sus palabras.

Medios e intelectuales se convalidan y aprovechan unos a otros. En esa relación se reproducen, pero magnificados por la exposición pública que implica, los dilemas clásicos que determinan la relación de los intelectuales con el poder. Independencia y prestigio quedan en la balanza frente a la capacidad de propagación que tienen los medios. Un programa como el mencionado Zona Abierta es visto en aproximadamente 184 mil hogares mientras que el tiraje habitual de un libro es de 2 o 3 mil y el de una revista cultural, cuando le va bien, de 12 o 15 mil ejemplares. Círculo Rojo, también de Televisa, tenía una audiencia similar en tanto que la Entrevista con Sarmiento de TV Azteca era vista en unos 46 mil hogares [1].

Todo compromiso implica oportunidad y restricciones. Difundir en televisión o radio las ideas que de otra manera quedarían confinadas al libro o el salón de clases permite ampliar su propagación para que acaso sean más útiles. Pero esos medios imponen formatos y condiciones y no admiten mas que exponer unas cuantas tesis que a menudo serán entendidas parcial o torcidamente. En los medios de masas el intelectual suele quedar sin posibilidad de establecer el contexto de su participación. Una reflexión sobre la Maquiavelo y la política contemporánea puede quedar en medio de un comercial de champús y el clima para mañana.

La imbricación con los medios ha permitido identificar una vertiente peculiar del trabajo intelectual. Cuando el investigador, profesor o escritor mantiene cierta relevancia pública y su presencia mediática es más conocida que su trabajo académico o artístico estamos ante una ocupación peculiar que en algunos casos (siempre pocos) puede acaparar la mayor parte de su tiempo. Los cambios en el ascendiente social de las universidades, que han dejado de ser espacios casi únicos para la reflexión y la crítica y por otra parte la omnipresencia que han adquirido los medios, forman parte de las circunstancias propicias para la propagación de los que en algunos países han sido denominados “intelectuales públicos”.

En su libro Public intellectuals: a study of decline (Harvard University Press, Cambridge, 2001) el profesor estadounidense Richard A. Posner explica que “un intelectual público se expresa a sí mismo de una manera que es accesible a la gente y el eje de su exposición se encuentra en asuntos de interés público”. Un prurito políticamente correcto podría sostener que todos los asuntos son de interés público y que las reflexiones e indagaciones de quienes se dedican al trabajo intelectual tendrían que ser para toda la sociedad. Sin embargo ese pensamiento no siempre tiene la sencillez y el interés necesarios para ser atendido por públicos amplios.

El libro de Posner ha causado asombro y disgusto porque a fin de establecer quiénes son los intelectuales públicos contemporáneos rastreó en la Internet varias docenas de nombres con el buscador Google. Uno de los personajes con más rating dentro de esa medición fue Henry Kissinger, lo cual irritó a profesores y autores estadounidenses que se consideran con más méritos intelectuales que ese ex secretario de Estado.

Quizá un motor de búsqueda no es el mecanismo idóneo para establecer quiénes son los intelectuales públicos pero da alguna idea de su notoriedad. Allí no se mide la calidad ni la utilidad social de una obra sino, simplemente, las veces que se repite el nombre de su autor.

En una consulta durante la primera semana de junio para saber cuántas páginas web tiene registradas el buscador Google con el nombre de varios intelectuales, encontramos los resultados que aparecen en la tabla adjunta.

La presencia mediática de los intelectuales forma parte destacada del espacio público y tiene lo mismo efectos persuasivos que legitimadores. Las ideas expuestas en los medios de masas quedan esparcidas en un mercado donde pueden ser interpretadas de cualquier manera pero sería peor su confinamiento a espacios donde nadie tuviera acceso a ellas. Los medios, especialmente la televisión, parecen más propicios para la defensa de causas que para la deliberación. En ellos suele haber más exposición que reflexión.

Algunos de los intelectuales públicos más conocidos, para Posner, “son distinguidos ornamentos de la vida pública americana”. Pero indudablemente los libros se venden más cuando su autor aparece en televisión. Pierre Bourdieu, deplorándola, reconocía esa situación: “Hace tan sólo unos treinta años, y como consecuencia del ámbito imperante desde mediados del siglo XIX, desde Baudelaire, Flaubert, etcétera, entre los escritores de vanguardia, los escritores para escritores, tomados como modelo por los escritores, así como entre los artistas tomados como modelo por los artistas, el éxito comercial inmediato resultaba sospechoso: se lo consideraba una señal de compromiso con el siglo, con el dinero… En cambio, ahora, y cada vez más, el mercado es reconocido como instancia legítima de legitimación” [2]. Se trata de ser –o no– parte del espectáculo.

 

 


 

Intelectuales en Internet

Menciones en el buscador Google

 

Norman Mailer 35 560

Carlos Fuentes 32 600

Mario Vargas Llosa 30 600

Susan Sontag 26 800

Francis Fukuyama 20 600

William Styron 10 500

Carlos Monsiváis 9 930

Jose Saramago 6 110

Giovanni Sartori 4 890

Tomás Eloy Martínez 4 670

Héctor Aguilar Camín 4 090

José Woldenberg 2 790

Enrique Krauze 2 470

Pablo González Casanova 2 180

Federico Reyes Heroles 1 510

Gabriel Zaid 1 110

 


VENTANAS –fragmentos de algunos libros–.

 

¿Qué papel pueden desempeñar los intelectuales en el mundo mediático?

No está claro que puedan tener el protagonismo positivo, de profeta inspirado, que tienden a atribuirse a veces, en los periodos de euforia. No estaría mal que supieran abstenerse de ser cómplices y colaboradores de las fuerzas que amenazan con destruir las mismas bases de su existencia y su libertad, es decir, las fuerzas del mercado”.

Pierre Bourdieu en entrevista incluida en su libro Contrafuegos. Anagrama, Barcelona, 1999

 

Es evidente que el papel del intelectual ha cambiado mucho en este último siglo. La ciencia y la Universidad se han especializado cada vez más, y es difícil que sus corpus teóricos, esotéricos en grado sumo, puedan imponerse en la conformación de la opinión y el encauzamiento de las voluntades públicas. Los medios de masas son los foros donde la contribución del intelectual se hace relevante, a condición de someterse a las formas del medio. Pero considerar orgánico a todo intelectual que interviene en los medios, y por ello inapelablemente sedicente y traidor, es sin duda excesivo”.

Raúl Rodríguez Ferrándiz, Apocalypse Show. Intelectuales, televisión y fin de milenio. Biblioteca Nueva. Universidad de Alicante, Madrid, 2001.

 

La relación entre los intelectuales y el poder, sobre todo en la segunda mitad del siglo XX, se da cada vez más ampliamente a través de los medios electrónicos de información. La prensa escrita ha sido su forma tradicional de comunicación durante el siglo XIX y las primeras tres cuartas partes del XX. La difusión electrónica tiene antecedentes, desde los primeros tiempos de la radio, pero se hace patente cuando se desarrollan programas sistemáticos de televisión que comentan episodios históricos, hacen análisis, crítica social e incluso realizan propaganda política.

La participación de los intelectuales como guionistas, comentaristas y analistas del poder, durante las últimas seis décadas del siglo XX, acentuadamente en las de los ochenta y los noventa, constituye un ingrediente fundamental de la cultura política de los mexicanos”.

Francisco José Paoli Bolio, Conciencia y poder en México. Siglos XIX y XX. Miguel Ángel Porrúa, México, 2002.


[1] etcétera no. 16, febrero de 2002. Datos a partir de mediciones de la empresa Ibope, que solo toma en cuenta al 44% de la población mexicana, realizadas en enero de este año.

[2] Pierre Bourdieu, Sobre la televisión. Anagrama, Barcelona, 1997.

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