Ser lectores

El Correo de Guanajuato y otros diarios, el 22 de junio de 2005

Usted, puesto que se encuentra delante de estas líneas, es un lector. Más todavía: es un lector capaz de consumir algo más que entretenimiento y contenidos ligeros. De otra forma, salvo que se haya equivocado, no se habría detenido en una columna de asuntos fundamentalmente políticos como ésta.

   Por eso también sabe, por contraste con la gente que conoce, que no todo el mundo lee. La alfabetización es tan incompleta que aunque muchos mexicanos sepan decodificar el nombre de las calles, son pocos los que hacen de la lectura un hábito realmente útil, creativo y aleccionador.

   Quienes tenemos hijos o cuando, como es mi caso, encontramos la oportunidad de impartir clases, con frecuencia nos preguntamos qué es lo que hace a un lector. ¿Por qué unos muchachos se enamoran de la lectura en tanto que otros la abominan como si se tratara de una maldición? ¿Por qué el que para unos cuantos es gusto para otros resulta una monserga?

   Esas dudas en parte se resuelven (y en parte se confirman como tales) en una reflexión de la extraordinaria pensadora argentina Beatriz Sarlo que encontré hace pocos días en el diario Clarín de Buenos Aires. Como los textos de esa escritora no se publican en México creo que puede ser útil detenernos en él.

   “Llaman de un organismo oficial dedicado a las bibliotecas populares –escribe Sarlo–. Van a sacar una revista para los bibliotecarios y están buscando algunos artículos sobre un tema misterioso: ¿cómo se forma un lector? Las respuestas son conocidas: el papel de la escuela, de los maestros, de la familia, etc. Pero en la pregunta hay algo que me deja pensando y me doy cuenta de que, más allá de las fórmulas institucionales, no hay una respuesta.

   “Realmente, ¿cómo se forma un lector?” Y añade, luego: “Es perfectamente posible que todo el mundo se entrene en las habilidades necesarias para ser lector; también es posible poner libros y material escrito, impreso o no impreso, al alcance de todo el mundo. Sin embargo, este programa mínimo es muy difícil de cumplir. En las últimas décadas, por ejemplo, la Argentina ha dado pruebas de que no lo cumple y de que muchas escuelas no están en condiciones
de distribuir las habilidades necesarias por razones educativas internas y por motivos que chocan con la escuela e influyen sobre ella, como la desigualdad y la pobreza. Todo esto es bien sabido, pero nos deja lejos de la pregunta”.

   Sarlo considera que es imposible llegar a una respuesta contundente. Pero anticipa: “Un televidente se forma sentado frente a la televisión”. Pues un lector, añadimos nosotros, se forma en un contexto propicio a la lectura.

   El niño o joven que crecen en una familia alérgica a la cultura impresa tendrá más dificultades para aficionarse a ella que quienes han tenido una educación en donde los libros –y las revistas, y los diarios– no resultan extravagantes.

   Esas inquietudes llevan a Sarlo a una cuestión adicional. “¿Cómo se forma un ciudadano?… Los mejores profesores de instrucción cívica del planeta no pueden competir con un par de periodistas televisivos incultos o malévolos… Es bueno preocuparse por la formación de los lectores, pero casi me parece más importante la de ciudadanos que puedan distanciarse de los peores representantes del establishment audiovisual”.

   La autora argentina cuya reflexión estamos siguiendo considera, más adelante, que si supiéramos la clave de la formación de un lector tal vez también sabríamos cómo se forman los ciudadanos y los aficionados a cualquier otro hábito (la música, el deporte, la televisión). Pero, apunta, “en el fondo, no sabemos cómo se forma un lector, aunque conocemos bien cuáles son las destrezas necesarias”.

   “Por supuesto, sabemos cómo se forma un lector de libros técnicos, de divulgación histórica, de autoayuda o best-sellers: esos libros entregan casi exactamente lo que prometen, valen lo que cuestan. Lo que ignoramos es cómo se forma un lector que soporte la incertidumbre y la complejidad. En pocas palabras: no sabemos cómo se forma un lector de literatura”.

   Pues por el principio, diríamos nosotros. Para andar en bicicleta hay que treparse a una de ellas y pedalear hasta dominar el equilibrio necesario. Para navegar en una novela es preciso emprender la travesía y empaparnos en su trama y vicisitudes.

   En donde no hay recetas, y de allí la perplejidad de doña Beatriz Sarlo, es acerca de cómo empezar. El contexto ayuda. La escuela, si el profesor entiende que su tarea va más allá de la explicación ante el pizarrón, también. Pero ¿cómo contagiar la emoción y el interés que suscita una buena lectura? Solamente compartiéndola. Para eso no hay políticas públicas aunque siempre ayudaría una actitud que viera en los libros algo más que pretexto para hacer bibliotecas lucidoras y fastuosas.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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