Poderes salvajes

Comentario del periodista Armando Ponce distribuido por el servicio de noticias APRO, de la revista Proceso, el 16 de mayo de 2005.
México, D.F., 16 de mayo (apro).- “La preponderancia de los medios de información sobre los órganos y los espacios institucionales del quehacer político, que privilegia los intereses corporativos, mercantiles y específicamente políticos de las grandes compañías de comunicación de masas”, es el verdadero tema de este libro del comunicólogo Raúl Trejo Delarbre.

Es decir, su tema articulador, la “mediocracia”, en el volumen publicado por Ediciones Cal y Arena, con presentación del autor, cuya primera parte es la siguiente:

* * *

“Azorado y sorprendido, el diputado que se miraba a sí mismo embolsándose nutridos fajos de dólares era la viva imagen de la desgracia política. El video que lo mostraba recibiendo dinero de origen presumiblemente oscuro constituía una de las evidencias de corrupción más palmarias que hubiese conocido la sociedad mexicana. Aquel legislador jamás pensó que el empresario que a escondidas lo proveía de esos recursos fuera a grabar la transacción. Menos aún que las escenas irían a parar a la televisión.

El diputado René Bejarano había acudido esa mañana a un noticiero en el cana 2 de Televisa. Mientras lo entrevistaban, desde el estudio contiguo se estaba difundiendo –en el canal 4 de la misma empresa– el video en donde aparecía, meses antes, aceptando lo que parecía un cuantioso y descarado cohecho. Sus anfitriones le dijeron que desconectara el teléfono celular, de tal manera que nadie le pudo avisar que estaba apareciendo en dos canales, en uno en vivo y, en el otro, víctima de su propia ambición.

Cuando el legislador salió de la entrevista lo invitaron a ir al otro programa, conducido por un payaso habilitado tiempo atrás como conductor de noticiero. La emboscada había funcionado. En los siguientes minutos los telespectadores presenciarían la más palmaria demostración de prepotencia política que el poder mediático hubiera propuesto en práctica en este país.

Jamás la televisión mexicana había colocado a un personaje público en una situación tan peliaguda. A la ventaja y alevosía con que a ese dirigente del Partido de la Revolución Democrática se le ponía delante de sus propias fechorías, se aunaba la actitud vapuleante del conductor del programa. Ninguna escena de “Big Brother” había logrado tan perversa capacidad de fascinación mediática. Teníamos la ignominia video-develada de un personaje político junto con el semblante que lucía, en vivo y en directo, en el momento preciso en que entendía que el mundo se le hundía…

Aquel 3 de marzo de 2004 se difundió el más vistoso pero no el único de la serie de videos que conmovieron en esos días a la sociedad mexicana. Al dirigente nacional de Partido Verde, Jorge Emilio González Martínez, se le había visto regatear, codicioso, el soborno de 2 millones de dólares que le ofrecían quienes, disimulando su identidad, le habían tendido una trampa. Poco después fue transmitido el video que mostraba al secretario de Fianzas del Distrito Federal, Gustavo Ponce, apostando en Las Vegas cantidades de dinero muy superior a su salario.

…Al publicitar aquellos tristemente célebres los medios ofrecieron un servicio, aunque fuera tan deprimente y escandaloso, a la comprobación de conductas que la sociedad vislumbraba pero nunca había contemplado en el televisor. Pero más allá de esa contribución para documentar las miserias éticas del quehacer público, los medios además de causes fueron protagonistas en esos escándalos al instituirse en fiscales de las conductas así descubiertas y, en ocasiones, al administrar a su conveniencia la propagación de esos videos.

Junto con las debilidades de los personajes públicos retratados en aquellos testimonios quedó de manifiesto la capacidad de los medios, y muy especialmente de Televisa, para gestionar, imponer, propagar y ubicar a su antojo los temas estruendosos de la agenda pública…

La divulgación de los videos fue una suerte de intensiva escuela cívica. Pero presentada sin contexto, explicaciones ni discusión, la corrupción que allí se apreciaba formó parte del interminable y confuso carrusel de escándalos con que los medios sacuden cotidianamente a la sociedad.

La política, especialmente cuando se muestran sus artistas más impúdicas, ha devenido en ingrediente del tablado mediático. Los conductores actúan como fiscales, los noticieros se vuelven tribunales, la justicia se allana a los medios y el veredicto mediático es irrecusable porque ha estado precedido de los videos que muestran la podredumbre de esos políticos. Los medios no inventaron la corrupción, pero la aprovechan… Lo que tenemos, tal como lo confirman su capacidad para imponer y manejar la agenda pública, así como la prevalencia de sus intereses y el sometimiento a ella del resto de los actores políticos, es una inmoderada, prepotente e impune mediocracia.

Siete acercamientos a la seducción mediática

Aturdidos por el estruendo que propagan, pocas veces tomamos distancia suficiente para tratar de entender a los medios de comunicación. Los mensajes mediáticos cercan, modelan y a veces determinan no únicamente muchos de los asuntos públicos, sino también parte de la vida cotidiana de todos nosotros. La importancia que han alcanzado tanto en la definición de consensos políticos como en la cultura contemporánea es tan notoria como incontenible.

En este libro se ofrecen varios acercamientos, complementarios y coincidentes, al proceder magnificador, devastador, trivializador o interesado, pero nunca imparcial, que los medios tienen con los asuntos y personajes acerca de los cuales comunican mensajes a la sociedad.

En cada uno de los capítulos de este libro hemos querido insistir en la necesidad de reconocer la formidable influencia de los medios, pero sin quedar atónitos ante ellos. La necesidad de apreciarlos –en todos los sentidos del término– para lograr entenderlos, se enfatiza en el primer apartado que ofrece un panorama tanto de la situación de los medios en el mundo globalizado de nuestros días, como de las aportaciones de los pensadores que en América Latina se han preocupado por la presencia y los efectos de la comunicación de masas.

El comportamiento de los medios internacionales ante el atentado del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y más tarde en la guerra estadunidense contra Irak, organiza los episodios que se muestran en el segundo capítulo. La tercera parte contiene un recuento de la situación puntual de los medios en México en los primeros años del nuevo siglo. La cuarta explora algunas de las vertientes identificables en la siempre compleja y a menudo maliciosa relación entre ética, política y medios de comunicación.

Más adelante el desempeño de la televisión mexicana es descrito en tres temas convergentes: los paradójicos orígenes de los tiempos estatales en la radiodifusión, el patético atraso de la legislación en materia de medios electrónicos y las nuevas pautas del debate internacional sobre la televisión pública. El sexto capítulo se ocupa de la responsabilidad deseable y la realidad lamentable en la actuación de los medios. El concepto de poderes salvajes y la ubicación de los medios entre los que alcanzan mayor impunidad es tema del capítulo siete.

Este libro ha sido preparado como parte de las tareas que el autor desempeña en el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Comienza con una invocación a Julio Verne y termina con la inquietud ante la ciudadanía de baja intensidad que estamos padeciendo en nuestros países. De la utopía visionaria a la realidad controvertible que la comunicación de masas contribuye a moldear de manera tan destacada, el recorrido que se ofrece en estas páginas quiere insistir en la necesidad de mirar a los medios sin prejuicios aunque sin complacencia: comprendiéndolos pero sin resignarnos a ellos.

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