La sociedad del entremetimiento

Publicado en Nexos de febrero de 2006

Los pasajeros del vuelo 292 no podían creerlo: el Airbus que había salido de Los Angeles para llevarlos a Nueva York tenía atascadas las llantas delanteras y debería regresar para un aterrizaje de emergencia. A fin de quemar combustible el avión dio vueltas en círculo durante tres horas. Mientras eso ocurría los pasajeros pudieron ver a su propia aeronave por televisión. Los asientos del avión tienen monitores que reciben televisión en directo y varias cadenas de noticias transmitían imágenes del Airbus, de la empresa JetBlue, que aquel 21 de septiembre pasado estaba en serios problemas.

Cuando supieron que dentro del avión había televisores encendidos los conductores de varias cadenas de noticias se entusiasmaron. Saber que los pasajeros podían estarlos viendo mientras narraban sus vicisitudes creó una peculiar situación autorreferencial. Larry King, en la CNN, se preguntaba al aire si los ocupantes del JetBlue estarían viéndolo mientras él y los televidentes veían al avión. Aparentemente dentro del Airbus no se recibía la señal de esa cadena pero sí de otros canales de noticias. Alexandra Jacobs, reportera del New York Observer que iba en el avión, declaró más tarde a la misma CNN: “No podíamos creer la ironía de que podíamos estar viendo nuestra propia muerte por televisión. Eso parecía un poco post-postmoderno”.

Los pasajeros, por supuesto, se pusieron nerviosos al advertir que su avión tenía dificultades. Pero cuando se percataron de que el vuelo estaba siendo seguido por televisión muchos de ellos llegaron a la histeria. “La gente se dio cuenta de que era un evento nacional o que estaba siendo tratado como tal… creo que eso fue lo que nos aterrorizó” explicaría Jacobs.

En efecto. A todos nos inquietan los asuntos cuya relevancia, propagada por los medios, llega al plano nacional o internacional. Pero cuando se trata de desastres a nadie le interesa ser parte de un acontecimiento de tal naturaleza.

El del vuelo 292 ha sido uno más de los muchos acontecimientos que presenciamos a diario gracias a transmisiones en directo que pululan en la televisión internacional. El mundo se está abarrotando de cámaras de video emplazadas en los sitios más variados y merced a las cuales podemos mirar escenas de toda índole. Los equipos de transmisión de las estaciones de noticias son capaces de llegar al sitio en donde hay un suceso, instalar sus cámaras y conectarse a una transmisión satelital en cuestión de minutos. En otros casos las cámaras ya están colocadas en edificios públicos, semáforos, azoteas, plazas y avenidas de todo el mundo.

Cámaras fijas o portátiles, habilitadas con mecanismos de transmisión cada vez más versátiles, nos han permitido horrorizarnos con el terrorismo asesino que derrumbó las Torres Gemelas en Manhattan lo mismo que, años después, ante la fuerza del tsunami en el Pacífico Sur. Guerras y hambrunas, igual que catástrofes y tragedias, son propagadas por la omnipresente mirada de la televisión. Las dimensiones trágicas de esos acontecimientos ameritaban su instantánea propagación planetaria. Pero de la misma manera todos los días contemplamos, a través de la televisión, episodios policiacos, discursos políticos, debates parlamentarios y hasta hechos que no tendrían tanta relevancia, o no la tendrían de manera alguna, de no ser porque aparecen en la pantalla.

 

Historia en vivo y directo

Hechos trascendentes y superficiales se confunden en el incesante caleidoscopio televisivo. Un día, a mediados de diciembre pasado, los noticieros de la televisión matutina de alcance nacional en México dedicaron varias horas a transmitir la captura de una banda de secuestradores al mismo tiempo que estaba ocurriendo. La noticia no era tanto la aprehensión de aquellos delincuentes como el hecho de que estaba siendo difundida “en vivo”, como proclama sugerentemente la jerga mediática. “Tiempo real” se le dice, en lenguaje acuñado en las redes cibernéticas, al que sucede de manera sincrónica al momento en que lo estamos registrando: el término puede ser engañoso porque sugiere que podría haber un tiempo que no es real. “En vivo”, proclama la televisión como si la vitalidad de los sucesos mediáticos dependiera de la simultaneidad con que los observamos.

Uno de los atractivos de la televisión ha sido, siempre, su capacidad para difundir acontecimientos en directo. Algunos de los hitos en su sexagenaria trayectoria se han debido a su capacidad para transmitir la realidad mientras está ocurriendo. Pronto se cumplirán cuatro décadas desde que, el 25 de junio de 1967, las televisoras de 14 países se enlazaron en la primera transmisión multinacional para difundir el programa “Nuestro mundo” que se difundía por el Early Bird, el primer satélite de comunicaciones comerciales. Quienes hoy peinan canas (o simplemente ya no tienen nada que peinar) recuerdan aquel programa en donde Los Beatles, desde Inglaterra, cantaron All you need is love y Franco Zefirelli aparecía en Italia dirigiendo Romeo y Julieta. Dos años más tarde, el 20 de julio de 1969, la televisión transmitió los pasos del primer hombre que caminaba sobre la Luna.

Hazañas como esas junto a demostraciones sociales, magnicidios, sepelios, cumbres diplomáticas, conflictos bélicos y desde luego acontecimientos deportivos, eran televisadas en directo de manera excepcional en los años 60 y, conforme la tecnología permitió llegar más lejos con las mismas señales, se volvieron frecuentes en la última cuarta parte del siglo XX. En todos esos casos, la televisión propalaba acontecimientos cuya trascendencia no se derivaba del hecho de ser difundidos por ese medio. La transmisión televisiva, con el atractivo de la sincronía que nos permitía verlos al mismo tiempo que estaban ocurriendo, era un ingrediente adicional. El sepelio de John F. Kennedy en 1963, los Juegos Olímpicos de 1968 en México, la caída de Saigón en 1975, la explosión del transbordador Challenger en 1986 o el desmoronamiento del Muro de Berlín en 1989, fueron hechos históricos independientemente de la cobertura que les dio la televisión.

 

Realidad como espectáculo

El gran cambio en la televisión de los años recientes no ha sido de carácter tecnológico –aunque en ese terreno asistimos un redimensionamiento de los televisores con pantallas tan grandes que ocupan media pared, o tan pequeñas que caben en la carátula de un teléfono celular–. La innovación más importante ha sido en el terreno de los contenidos con lo que podríamos denominar la trivialización de la realidad televisiva. Al comenzar el siglo la televisión comercial en todo el mundo se ha esforzado para no solamente difundir acontecimientos sino, antes que nada, construirlos ella misma. Se trata de eventos creados para servir como espectáculos y cuyo ingrediente principal, más que el contenido o incluso más que los personajes que lo protagonizan, es el hecho de que están siendo transmitidos por televisión.

Todos hemos presenciado los reality shows al estilo de Big Brother que no comenzaron con esa serie pero que con ella se hicieron globalmente célebres. “El Gran Hermano”, que empezó transmitirse en Holanda en septiembre de 1999 y cuyo formato ha sido reproducido en las televisiones de alrededor de 70 países, ha sobrevivido más de un lustro. Podemos calificarlo como repetitivo e insulso. Pero la posibilidad de mirar a otras personas en las rutinas más anodinas de su vida cotidiana ha entusiasmado al voyeurista que todos, en una medida u otra, traemos dentro. Con más show que reality, esos programas y sus abundantes sucedáneos han trastocado el eje definitorio de la televisión como propagadora de acontecimientos. La televisión del siglo anterior era, fundamentalmente, intermediaria entre la realidad y sus espectadores. La televisión del siglo 21 fabrica la realidad y cuando no la produce de manera directa ejerce sobre dicha realidad tal influencia que termina por condicionarla o, en todo caso, por condicionar la apreciación que tenemos de ella.

La realidad televisiva no tiene que difundirse en tiempo real para tener dramatismo. La facilidad que las nuevas tecnologías ofrecen para grabar videos con cámaras portátiles e incluso con artefactos fundamentalmente destinados a otros usos como los celulares y las agendas electrónicas, nos ha colocado ante una verdadera explosión de escenas indiscretas, inusuales o impertinentes. El asueto en la playa de cualquier personaje del espectáculo, la cita para cenar de dos artistas e incluso asuntos indudablemente privados –como, hace no mucho tiempo, el video que mostraba escenas íntimas de una joven artista grabadas por su ex marido– son convertidos en acontecimiento público gracias a su exposición en la caja electrónica o en ese espacio para la propagación de toda clase de contenidos que es la Internet.

La difusión de videos incómodos se ha convertido en recurso frecuente para la descalificación o la promoción de asuntos y personajes públicos. En México los videos del empresario Carlos Ahumada –a quien además de las culpas que tenga o no en la acumulación de cuantiosos recursos habrá que reconocerle una perversa previsión al haber grabado a quienes lo visitaban en su oficina– abrieron una fase quizá aún inacabada de guerra sucia que oscurece las campañas rumbo a las elecciones presidenciales de este

2006. Ahumada no creó la codicia de los personajes que recibían dinero suyo pero, aprovechándose de ella, la convirtió en motivo de debilidad política al grabar episodios como los que todos hemos visto en los noticieros.

 

Cámara escondida

La cámara oculta era un viejo recurso de la televisión para realizar programas chuscos en donde se mostraban las reacciones de la gente sorprendida en situaciones inesperadas (como en Candid Camera que en 1948 comenzó a difundirse en la televisión de Estados Unidos y mucho más tarde fue copiada en América Latina). Habitualmente las escenas así logradas atropellan derechos de las personas a quienes se somete a situaciones ficticias y cuyas reacciones de sorpresa suelen transmitirse sin su consentimiento. Pero programas como esos son un juego de niños frente a los políticos recibiendo fajos de dólares en el despacho de Ahumada y cuyas imágenes han sido conocidas desde marzo de 2003, los policías quemados hasta morir en San Juan Ixtayopan (noviembre de 2004) o los narcotraficantes torturados aparentemente por cuerpos de seguridad mexicanos y cuyo interrogatorio videograbado, antes de que uno de ellos fuese victimado de un balazo, recibió amplia difusión en diciembre de 2005. Tales hechos existieron independientemente de la televisión. Pero al ser transmitidos por ese medio se convirtieron, amplificado electrónicamente su dramatismo, en asunto nacional.

La difusión de esos documentos constituye un servicio a la sociedad porque denuncia la corrupción o la brutalidad de hechos como los que allí se muestran. Eso está bien. Pero al decidir cuáles videos se transmiten y cuáles no, en qué momentos y con qué contexto la televisión –especialmente en México debido a la concentración de frecuencias en solamente dos empresas comerciales– se convierte en escenario prácticamente exclusivo, árbitro inevitablemente discrecional y con frecuencia en parte involucrada que toma decisiones al respecto de acuerdo con sus intereses. Y eso no está bien.

La televisión de antaño traía los hechos históricos a la sala de estar. La televisión de ahora trae, hasta nuestras salas, el registro de lo que ocurre estercoleros y mazmorras así como en los dormitorios de otros. Antes la política era el oficio con que se gestionaban los asuntos públicos. Ahora nos encontramos ante una creciente y en apariencia inevitable politización de los asuntos privados.

Nadie quiere ser protagonista de un evento nacional como el que se estaba transmitiendo mientras el vuelo 292 viajaba en círculo sobre Los Angeles. Pero las vicisitudes de los demás ejercen un efecto hipnótico especialmente cuando son mostradas en televisión. La contemplación, en esos casos, desplaza a la cavilación. Ese ha sido uno de los efectos de los videos de corte político y policiaco que hemos presenciado en los meses recientes.

Hay quienes han dicho que nuestra época es posmoderna porque ya no importan tanto los hechos como las interpretaciones y el interés individual prevalece sobre el de carácter social. Pero con la preponderancia de las video-revelaciones, en donde aventuras y desventuras individuales cobran importancia porque nutren a los medios de comunicación de masas, acaso habrá que suponer, como sugería aquella pasajera del Airbus cuya catástrofe querían registrar las cadenas de noticias, que más bien estamos en un ambiente “post-postmoderno”.

 

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Referencias:

-CNN Transcripts, transmisión del 21 de septiembre de 2005 a las 23.00 ET: http://transcripts.cnn.com

-“Reality TV. The great blue wonder”. Los Angeles Times, 24 de septiembre de 2005.

 

 

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