La sociedad del chisme

La Crónica, enero 17 de 2005

Ayer la edición dominical de esta columna se ocupó de la reciente decisión de la televisora estadounidense CBS para despedir a varios periodistas que estuvieron involucrados en la transmisión de un reportaje sobre los esfuerzos de George W. Bush, hace 30 años, para no hacer el servicio militar en Vietnam. Alguna de las fuentes de esa información fue señalada como falsa. Entonces, dicha empresa contrató a un ex director de la agencia AP y a un ex abogado general de Estados Unidos para que establecieran si los datos del reportaje había sido suficientemente verificados.

   Las conclusiones del comité son parciales y discutibles. Pero más allá de ese litigio, en donde ha estado en juego el prestigio de una de las corporaciones mediáticas de mayor influencia, podríamos preguntarnos si algún medio de comunicación en México estaría dispuesto a un esfuerzo de auditoría periodística como el que realizó la CBS.

   La respuesta es evidentemente negativa. En México no tenemos un solo medio de comunicación en donde la credibilidad sea considerada como un valor tan fundamental que, en su defensa, pudieran empeñarse revisiones del trabajo interno, reconsideraciones sobre notas ya publicadas y decisiones como las que, si bien de manera cuestionable, tomó la televisora estadounidense.

   Algunos de los medios con más recursos y audiencia en México tienen, por lo general, públicos cautivos. En la televisión no hay auténtica competencia y las dos empresas en ese ramo pueden mantener niveles de calidad ínfimos, tanto en su programación general como en la producción de noticieros. La confianza de los televidentes no les resulta importante porque la gran mayoría de ellos no tiene más opciones que esas para entretenerse e informarse.

   En la radio hay cierta competencia por los auditorios pero casi todos los noticieros son idénticos. Hay pocas excepciones a ese esquema consistente en propagar muchos dichos aunque, en el fondo, se expongan pocos hechos.

   La prensa padece la misma declaracionitis aunque en algunos casos la adereza con un contexto de opinión que llega a ser distinto de una publicación a otra. Pero en la mayoría de los periódicos las inercias pesan más que la búsqueda de la confianza de los lectores.

   En la reciente crisis en la CBS, una de las preocupaciones principales era la escrupulosidad que los autores del reportaje sobre el joven Bush habían tenido para verificar los documentos que recibieron de una fuente no acreditada. En el periodismo internacional el empleo de fuentes anónimas es considerado como un recurso de excepción. Una filtración puede ofrecer indicios para profundizar el trabajo del reportero pero nunca constituye, por sí sola, una información confiable y que pueda ser considerada resultado del trabajo periodístico.

   Los medios mexicanos, en cambio, se han –y nos han– habituado de tal manera a la publicación de versiones anónimas que con frecuencia se da por sentado que esa es una fuente regular de noticias.

   En pocas ocasiones se repara en la debilidad de las noticias cuya fuente no se hace del conocimiento público y que, por ello, es de esperarse que obedezcan al interés de quienes filtran más que al afán profesional y periodístico.

   Habituados a las filtraciones, estamos hundiéndonos en una sociedad del chisme. De pronto ya no tienen importancia sustantiva las acciones públicas de los gobernantes sino las murmuraciones que profieren en privado.

   Intercepciones telefónicas, infidencias anónimas y hasta la suposición indocumentada de lo que se presume piensan, pretenden o ambicionan, llegan a ser las fuentes de información a partir de las cuales evaluamos y juzgamos a los personajes públicos. Incluso, esas indiscreciones o especulaciones son esgrimidas por otros personajes para debatir con ellas.

   La semana pasada entre los asuntos más comentados estuvieron las afirmaciones que, aparentemente, había dicho la señora Marta Sahagún de Fox en una comida con amigos suyos y de su esposo en los últimos días del año. Todos los personajes públicos deberían tener derecho a decir los despropósitos que les viniera en gana siempre y cuando lo hicieran en privado. Sin embargo las expresiones atribuidas a la señora Fox llegaron a suscitar enfáticas reclamaciones de Andrés Manuel López Obrador.

   Fascinados con el chismerío, nos hemos convertido en una sociedad de verdades a medias. La murmuración desplaza a la información. Y a los medios, en su gran mayoría, no les interesa la confiabilidad de sus fuentes y la seriedad de las noticias sino el estruendo que puedan causar.

 

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