Filtraciones. Cuando vence el sensacionalismo

Correo de Guanajuato y otros diarios, 19 de junio de 2005

La excarcelación de Raúl Salinas de Gortari, además de dudas fundadas sobre la eficacia del sistema judicial suscita nuevas reservas sobre el papel de los medios de comunicación en conflictos de alta intensidad publicitaria pero que no siempre son claramente entendidos por la sociedad.

   La imagen pública que la mayoría de los mexicanos tiene de ese personaje no puede ser sino desfavorable. Aparte de su conducta personal más allá del crimen por el que se le mantuvo injustamente encarcelado, a Raúl Salinas los medios lo vituperaron con intensa alevosía durante varios años.

   Incluso, en más de una ocasión el afán mediático por el sensacionalismo fue aprovechado por algunas de las autoridades que tuvieron a su cargo la investigación del asesinato por el cual estaba encarcelado el hermano del ex presidente Carlos Salinas.

   De ese comportamiento en los medios nos ocupamos en el libro Volver a los medios. De la crítica, a la ética, que apareció en 1997 y que desde hace varios años se encuentra agotado. Esa circunstancia y la actualidad que en estos días adquieren las circunstancias alrededor del encarcelamiento de Raúl Salinas permiten que recuperemos, actualizándolo, un fragmento de aquel trabajo.

 

 

Filtrar sin investigar

   Recientemente, como parte del descontrol en la política de comunicación del gobierno mexicano, pero en busca además de proponer o responder de manera oblicua, sin responsabilizarse de lo que dicen o sugieren, ha venido ocurriendo que en lugar de declaraciones formales, importantes funcionarios del gobierno o personajes del mundo político propician filtraciones.

   Muchos medios han dado espacio, a veces de manera destacada, a esas versiones sin fuente conocida y que se haga responsable de ellas, ante el vacío informativo por parte de las fuentes oficiales. Pero en muchas otras ocasiones la intención de ganar la nota, de ofrecer exclusivas donde de otra manera sólo habría la repetición anodina de lo que dicen los otros, lleva a diarios y radio o televisoras importantes a comprometerse con versiones a la postre mostradas como falsas, o tan fantasiosas que caen por su propio texto. Abundan los ejemplos.

   En marzo de 1995, cuando la crisis propiciada por el altercado entre Carlos Salinas de Gortari y el gobierno que encabezaba el presidente Ernesto Zedillo estaba en sus momentos más difíciles La Jornada publicó, como exclusiva, que aquel ex presidente había salido del país en un avión privado. El relato precisaba que la noche anterior Salinas había recibido a un enviado de Los Pinos ¡con los boletos para el viaje! como si en las aeronaves privadas requiriesen boletos como en las líneas comerciales.

   En ese mismo diario, el 2 de marzo, se había presentado un relato a posteriori del día de la detención de Raúl Salinas de Gortari. En algún momento el autor de la crónica, con creativa imaginación, narraba lo que el ex presidente Carlos Salinas estaba pensando ese día, ¡como si lo hubiera escuchado o, más bien, como si hubiera instalado en el subconsciente del ex mandatario!.

   Al comentar esa nota de La Jornada el reportero Gerardo Galarza escribió en Proceso, del 20 de marzo de 1995: “El gobierno prefiere informar a la prensa extranjera y con los periódicos mexicanos juega a las ‘filtraciones”. Ese periodista admitía: “aquí mismo, en Proceso, se ha tenido, en ocasiones, que recurrir a esta práctica”.

 

Prensa manipulada

   Con frecuencia cada vez mayor, la prensa mexicana se ha venido haciendo eco de versiones no necesariamente acreditadas y que, con la coartada de proporcionar información hasta entonces confidencial, o primicias que de otra manera no serían del conocimiento público, da a la publicidad anticipos, revelaciones o insinuaciones que en muchos casos, resultan ser incompletas, o de plano falsas.

   En otras ocasiones, se ofrecen como materiales periodísticos revelaciones sobre la vida privada de los personajes públicos. En la prensa mexicana esa costumbre, que en Europa o Estados Unidos ha motivado numerosas tensiones entre la prensa, el poder y la sociedad, apenas ha comenzado a propiciar algunas reflexiones sobre el comportamiento ético deseable por parte de los medios.

   En todas las sociedades hay filtradores. Pero éstos, según indicaba el especialista estadounidense Lou Prato en un artículo publicado en 1994: “serían menos poderosos sin los periodistas. Sin periodistas, no habría orificios para los filtradores y su información. Los periodistas son participantes intencionados en el juego de las filtraciones. Ellos contribuyeron a trazar las reglas, y ellos practican bien ese juego”.

   En México, a mediados de los años noventa la generalización de las filtraciones era tan nueva que no había reglas ni contexto claro para ellas. La descomposición política exacerbada a partir de 1994 y particularmente en el 95, así como la pugna por avivar el ánimo de morbo de la sociedad –o de sus segmentos más interesados en las noticias políticas– fueron el telón de fondo de esa forma de abigarramiento periodístico.

   Algunas autoridades judiciales, sometidas a intensa presión tanto del poder político como de la sociedad exigente, eran a ser fuente frecuente de notorias filtraciones. Entre las primeras estuvieron las versiones de las declaraciones, que luego se sabría amañadas, de algunos de los implicados en el asesinato del dirigente priísta José Francisco Ruiz Massieu. El responsable de filtrar esa información, intencionadamente parcial, o distorsionada, era su hermano Mario, entonces encargado de la indagación sobre ese crimen –y que, como se puede recordar, acabó suicidándose, de acuerdo con la versión oficial, cuando años después se encontraba arraigado en Estados Unidos–.

 

Infidencias de la PGR

   Extraña, o significativamente, el auge de filtraciones que ha conmovido (y pervertido) a la prensa mexicana desde la década pasada, ha tenido entre sus nichos más destacados las oficinas de algunas autoridades judiciales. No han sido los únicos, pero algunos importantes funcionarios de esa área gubernamental, encontraron hacia 1994, o 1995, que promoviendo filtraciones, podían aprovechar o al menos eludir parcialmente la intensa exigencia social en torno a las averiguaciones de los casos político-policíacos más célebres.

   En abril de 1995, el periodista Pablo Hiriart escribía, ironizando, sobre varios casos recientes: “Los habilidosos chicos de la procu ya habían dado muestras de su eficiencia hace un par de semanas cuando le filtraron a la revista católica italiana 30 Giorni, dirigida por el demócrata cristiano Giulio Andreotti, un documento confidencial sobre las investigaciones del crimen del cardenal Juan Jesús Posadas, en la que se desmiente la hipótesis de la confusión del purpurado con un narcotraficante. Luego la PGR desautorizó tal versión. No importa, al cabo la iglesia romana ya tenía en sus manos elementos ‘sólidos’ de la inmundicia del sistema político mexicano” (El Día, 19 de abril de 1995).

   Más tarde, pero sobre el mismo asunto, el también destacado periodista Raymundo Riva Palacio explicó en la columna semanal que en aquel tiempo hacía para el diario Reforma algunos de los comportamientos de funcionarios gubernamentales, especialmente de la PGR, para deslizar noticias supuestamente sensacionales pero a veces con intenciones nada periodísticas. En las averiguaciones de los asesinatos de Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu, “El subprocurador Pablo Chapa, encargado de las investigaciones, se ha dedicado a ‘filtrar’ anónimamente informaciones no verificadas. La táctica de Chapa fue explicada llanamente a periodistas y funcionarios que la han cuestionado: ante la falta de evidencias de un sospechoso, difunde especies que no son ciertas para ponerlos nerviosos y ver si, en ese estado anímico, cometen un error y se auto incriminan. Menuda técnica de investigación…” (Reforma, 11 de septiembre de 1995).

 

 

Información–basura

   Política y justicia entrelazadas, produjeron resultados en muchos sentidos malévolos en la prensa y, en general, en la vida pública mexicana. La militancia del Procurador General de la República, Antonio Lozano Gracia, en Acción Nacional que en esos años era el principal partido de la oposición, les permitía a algunos comentaristas suponer que esa dependencia proporcionaba informes parciales o falsos a la prensa, con tal de ofrecer del sistema político una imagen más desfavorable de la que de por sí tenía. Pero además, el ya señalado afán de ciertos medios para explotar en su beneficio asuntos de escándalo, se correspondía con la necesidad de los filtradores para encontrar tribunas accesibles.

   Las filtraciones se desplegaron, en esos años, con una abundancia que de pronto permitía pensar que ni en la prensa, ni en el país, había brújula en medio de tantas versiones sobre asuntos políticos que no siempre eran relevantes –pero que colmaban titulares de primeras planas y sobre todo, columnas y otros espacios de especulación en los medios–. Las protestas, fueron menos que las notas celebratorias de esa tendencia, en la prensa misma. En abril de 1995 el director editorial de El Economista, Ricardo Medina, escribía: “…en el periodismo mexicano han proliferado los columnistas con fama de bien enterados de todos los secretos de la tenebra ocultos para el común de los mortales. Del mismo modo, prolifera cierto periodismo que se alimenta día y noche de filtraciones y fuentes anónimas”. (El Economista, 19 de abril de 1995).

   Ese autor, en el mismo texto, cuestionaba las informaciones sin fuente y los  comentarios sin firma o con seudónimo que, más que noticias, ofrecían especulaciones en torno a las polémicas decisiones económicas en el invierno 1994-1995: “En los estándares del periodismo mexicano eso es común. En los estándares profesionales del periodismo de otras latitudes (europeo o estadounidense) esa información no vale nada: es basura. La diferencia se llama derecho a la información. Derecho, por cierto, que no es de los periodistas, sino del público. En todo caso, los periodistas deberíamos salvaguardar ese derecho del público que incluye no sólo saber cosas, sino saber acerca de las fuentes de información”.   

 

Filtración y delación

   Una opinión similar, si bien retóricamente menos drástica, era la de José Woldenberg quien, tres días más tarde, escribía en La Jornada: “La filtración es siempre una información parcial, cuya fuente nunca se puede ubicar con precisión. Es un producto altamente buscado por ciertos medios de comunicación, y eventualmente puede servir para establecer una relación de colaboración entre la fuente oculta y el difusor. Sin duda vende periódicos o aumenta el rating pero, insisto, nada tiene que ver con la justicia”. (La Jornada, 22 de abril de 1995).

   Ese analista político, que para entonces ya era consejero ciudadano pero todavía no presidente del IFE, consideraba que filtraciones como las que en diversos casos habían surgido de la Procuraduría General de la República servían fundamentalmente para alertar a los delincuentes sujetos a investigación, o para dañar intencionalmente la imagen de alguna persona. Y recordaba un ejemplo: “Un ex procurador comentaba en alguna ocasión casos como los siguientes: al desarrollarse una indagación en torno a algún presunto narcotraficante, de repente en un periódico, grande o chico, de la capital o de provincia, aparecía la nota de que la investigación se estaba realizando. La nota no mentía, era una filtración. Pero su intención o sus efectos no escapaban a nadie: se trataba de alertar al implicado, de tal suerte que cuando la autoridad finalizaba su labor ya el tipo había huido o había modificado su rastro o la documentación pertinente”.

   La prensa, en esas ocasiones, no actuaba al servicio de sus lectores –ni siquiera al servicio de las empresas que la editaban– sino de grupos de poder, e incluso grupos criminales, que jugaron con éxito a la manipulación mediática.

 

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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