Volcados en el futbol

La Crónica, 13 de junio de 2004

Hasta en la televisora que suele acaparar y usufructuar los beneficios del futbol, hay asombro por la inédita expectación que se ha propagado en torno a la final que se jugará el día de hoy. La audiencia que tuvo la transmisión del partido el jueves por la noche, dicen, ha sido la más grande que haya alcanzado espectáculo alguno en la historia de la televisión mexicana.

   Los ratings suelen ser datos aislados, de metodología contradictoria y propagación limitada, que nunca toman en cuenta a los espectadores en todo el país y pueden estar influidos por el interés de las empresas mediáticas que los contratan. Aun así, la información hasta ahora disponible indica que la cantidad de mexicanos que se congregaron delante del televisor para mirar 90 minutos de un encuentro desabrido, excepto por el sorpresivo gol de los Pumas y el injusto penalti que le permitió empatar al Guadalajara, fue inusitadamente alta.

   Al parecer, jamás una final del futbol mexicano había despertado tanto interés. En alguna medida esa extendida curiosidad se le puede atribuir a la propaganda mediática. No hace falta repetir que el futbol, además de sus atractivos intrínsecos, cuando se juega de manera profesional es negocio alentado por las corporaciones comunicacionales. Después de varios días de escuchar y mirar las zozobras y esperanzas de los jugadores, los preparativos de los aficionados, los desplantes de entrenadores y propietarios así como las inclinaciones de locutores y conductores por alguno de los equipos en disputa, era inevitable que gran parte de esta sociedad telespectadora tuviera la emoción y la atención fincadas en el partido del jueves en la capital tapatía.

 

Campaña y popularidad

   Pero la campaña mediática no basta para explicar la extendida inquietud por la final cuyo segundo juego tendrá lugar el día de hoy. Cada vez que hay un partido importante, e incluso ante muchos encuentros sin relevancia deportiva, los medios despliegan tal estruendo que pareciera que estaremos ante un acontecimiento tan trascendental que perdérnoslo sería un pecado inexcusable.

   Esta vez no ha sido la excepción. Publicistas y locutores han desempolvado el catálogo de adjetivos que despliegan en cada ocasión que se juega un título deportivo. Nos han recordado que esta final es histórica, portentosa, tremenda y que resulta ineludible presenciarla. Pero a fuerza de repetir la misma convocatoria a continuos momentos dramáticos y drásticos que no nos podemos perder, la propaganda televisiva y radiofónica ha llegado a ser ineficaz. Adornarlo de retórica categórica, se ha vuelto parte de la costumbre en la promoción de casi cualquier evento deportivo. Los espectadores no conmueven más con esos calificativos.

   La popularidad de los dos equipos que se disputan la final seguramente contribuye a la expectación que se ha extendido en los días recientes. Guadalajara es el equipo de mayor tradición popular en la historia del futbol mexicano; la leyenda de sus hazañas y rivalidades con otros clubes es parte de una saga que sus partidarios reproducen, ensalzan y propagan con orgullo. El equipo de la UNAM ha sido motor de la inacabada renovación del futbol mexicano y a fuerza de méritos, retrocesos y tenacidades, se ha colocado entre los más apreciados. Hace tiempo merecía estar en la final.

 

Chivas y Pumas

   No hay una especial rivalidad entre chivas y pumas. El pique reciente entre ambos clubes ha sido fundamentalmente alentado con fines de propaganda y debido a la extravagante personalidad del actual propietario del Guadalajara.

   Jorge Vergara, un empresario de fortuna repentina y conducta farolera, se ha encargado personalmente de espolear a los rivales de su equipo convirtiéndose, así, en actor del espectáculo del que también es promotor. Hugo Sánchez, arrogante entrenador del equipo de la Universidad Nacional, hace las veces de rudo en esa disputa en donde su inacabable afán de notoriedad no difumina los logros que ha consolidado en el equipo que hoy se encuentra en la final.

   Esas son las coordenadas de un antagonismo fundamentalmente artificial y sin tradiciones sólidas. Entre Guadalajara y UNAM no hay una desavenencia como la que existe entre, por ejemplo, las mismas chivas y otros equipos.

   Así que la expectación que se concentra en la final de este domingo tampoco se debe a la contienda entre dos enconados adversarios que por fin llegan al combate decisivo. No se deriva de allí el generalizado interés que hay, en todo el país, por la final entre los Pumas y el Guadalajara.

 

Inusitado interés

   Sin embargo nunca antes se había registrado tanta preocupación por conseguir sitio en los estadios de una final de futbol. La concurrencia de decenas de miles de aficionados a las taquillas de los Pumas desbordó, esta semana, cualquier previsión de las autoridades universitarias.

   La fila de interesados en estar hoy en el Estadio de Insurgentes Sur comenzó varios días antes de la fecha anunciada para iniciar la venta de boletos.

   En Guadalajara, para el primero de los dos encuentros, las entradas se agotaron de inmediato.

   Y como anotamos antes, el jueves por la noche había de decenas de millones de espectadores sintonizando la misma señal delante del televisor.

   ¿Qué ha tenido esta final para multiplicar de esa manera el interés en un partido de futbol? O, tratando de ver este asunto desde otro ángulo, ¿qué ha ocurrido que tantos mexicanos invierten en un encuentro deportivo más tiempo, entusiasmo e ilusiones que otras ocasiones?

   Cualquier explicación a la insólita fascinación que se ha levantado esta final del futbol tiene que ser provisional. Hay que entenderla como un acontecimiento en el que se entrecruzan la intensa cobertura mediática, la calidad o el mérito deportivos y las simpatías que por sí solos despiertan los equipos que protagonizan este encuentro. Pero todos esos ingredientes han estado presentes en otros partidos de futbol que, sin embargo, no han motivado tanto interés.

 

Confusión política

   Arriesguemos, entonces, la siguiente hipótesis de trabajo: la desusada expectación por esta final de futbol puede ser entendida, en parte, como una reacción de la sociedad al clima de enfrentamiento y desgaste políticos que ha dominado al espacio público mexicano durante los meses recientes.

   En el interés –literalmente– desmedido por los partidos del jueves y del día de hoy,  quizá es posible encontrar una respuesta espontánea y tácita de amplios segmentos de la sociedad mexicana al hartazgo y la confusión que han propiciado los episodios que dominan a la política mexicana desde hace cuatro meses.

   Los ciudadanos hemos presenciado, uno tras otro, sorpresivos y disgustantes episodios de corrupción, ilegalidad, rencillas e intolerancias protagonizados por personajes de prácticamente todas las adscripciones partidarias.

   Primero en videos, luego en fojas de expedientes judiciales, a diario en conferencias de prensa y reproducidos hora tras hora en la radio y la televisión, hemos conocido sobornos, traiciones, traspiés y recriminaciones que han desplazado cualquier discusión de ideas o proyectos en el intercambio entre los dirigentes políticos.

   A los abusos de unos, ha sucedido el afán de sus rivales para lucrar políticamente con ellos. A la negligencia de algunos en la aplicación de la ley, ha correspondido el rechazo de otros para reconocer y respetar el orden jurídico.

   El escenario público se ha descompuesto de tal manera que los medios se han convertido en extensiones o, a veces, anticipadores de las barandillas.

 

Apabullante violencia

   La vida social está de tal manera subyugada por el estruendo político que, cotidianamente, muchos ciudadanos en vez de preguntarse cuáles son las noticias del día inquieren por el escándalo de las últimas horas.

   La ciudadanía, más allá del esporádico momento de las urnas, tiende a convertirse en un ejercicio de televidentes y radioescuchas. Subordinados, así, a la condición de espectadores, muchos ciudadanos experimentan a diario el deseo de cambiar de canal. Pero se encuentran con que en todas las frecuencias radiofónicas y televisivas se difunde el mismo e impúdico galimatías político.

   Los únicos mensajes que rivalizan en intensidad y espacio con las noticias de los desencuentros políticos, son aquellos que nos enteran de la omnipresente violencia urbana.

   Secuestros, asaltos y otros crímenes, no solo se han convertido en causas de un miedo que traemos a cuestas durante todo el día. Junto con ello, son insoslayables pero irresolubles temas de la agenda nacional.

   A la descripción de amagos, extorsiones y torturas, se añaden las explicaciones insuficientes de autoridades de todas las adscripciones y jerarquías. En contraste con el aterrador desfile de víctimas, episodios y brutalidades que conocemos gracias a la difusión que se da a los hechos criminales, escuchamos y leemos el afán de funcionarios  que intentan restarles importancia –o que, peor aún, consideran que la propagación de esas noticias forma parte de una conspiración contra ellos–.

   La politización de la justicia, amalgamada con la judicialización de la política, han terminado por configurar un panorama de estancamiento de la vida pública.

   Hay reacciones alentadoras, como la de aquellos ciudadanos que no se resignan a permanecer indiferentes, o a que la violencia urbana arrase con ellos, y que participarán en movilizaciones como la que ha sido anunciada para dentro de dos semanas.

   Pero en el ánimo de las mayorías, parece predominar un sentimiento de ansiedad, aturdimiento y desaliento.

 

Vivir con miedo

   Sometida al estruendo y confundida con las tropelías de algunos de sus protagonistas, la actividad política está perdiendo la insustituible capacidad que debiera mantener para servir de cauce a las inquietudes de la sociedad.

   Perturbada ante la proliferación del crimen, la sociedad mexicana comienza a vivir en un temor que nunca había experimentado.

   A diferencia de aquellos países en donde los conflictos militares, las dictaduras, el terrorismo o las mafias se han adueñado del escenario nacional en México, afortunadamente, no hemos estado familiarizados con el miedo como constante en la vida pública. Ahora, el crimen organizado y la impunidad que suele disfrutar nos colocan en el umbral de una situación para la cual nuestra sociedad no está preparada.

   En México no tenemos las redes solidarias ni las prácticas comunitarias que las sociedades construyen para sobrellevar situaciones de riesgo constante. Durante los últimos años hemos apostado a una participación cívica acotada por las elecciones como mecanismo civilizado e institucional para organizar al sistema político y designar autoridades confiables. Pero cuando los gobiernos surgidos de esas elecciones no quieren o no pueden cumplir con la obligación de salvaguardar la seguridad de los ciudadanos, es explicable que comience a entrar en crisis la confianza en la política y en quienes la practican.

 

Sociedad que responde

   Los ciudadanos, reducidos por lo pronto a televidentes, experimentan un sentimiento de hartazgo y desasosiego. Ya que no pueden cambiar de canal porque en casi todas las frecuencias encuentran fundamentalmente lo mismo, muchos de ellos encuentran una espacio de diversión –en todos los sentidos del término– en el acontecimiento deportivo.

   Colmado de intrigas y tortuosidades, el escándalo político ha saturado las capacidades de interés y preocupación de los ciudadanos. Sería en extremo simplista considerar que la pasión por el futbol es simple consecuencia del rechazo al escándalo político. Pero no podemos explicarnos la excepcional avidez futbolística de estos días sin tomar en cuenta el contexto que ha definido recientemente al escenario público mexicano.

   Desde luego el futbol, que siempre es fiesta y pasión, tiene méritos propios. Los tienen, sin lugar a dudas, los equipos que disputan hoy el campeonato del futbol mexicano. Pero acaso en la amplísima inquietud que despertaron los dos partidos de esta final, también haya una búsqueda de catarsis y un rechazo a otros asuntos públicos que será pertinente tomar como avisos y señales de una sociedad que se resiste a ser apabullada por la insatisfacción y el miedo.

   Nunca está mal, y menos en estas circunstancias, entusiasmarnos con un encuentro deportivo. En estos casos suele decirse que habrá de ganar el mejor. De ser así, seguramente después del medio día estaremos festejando el triunfo de los Pumas de la UNAM.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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