Un crítico en Los Pinos

La Crónica, 11 de julio de 2004

Debe resultar extraordinariamente difícil –y desesperante– ser comunicador de un presidente que tiene giros tan inesperados como los que se le conocieron el viernes a Vicente Fox. Para justificar la renuncia de Alfonso Durazo, que cuatro días antes dejó de ser su vocero y secretario particular, el presidente de la República se permitió pontificar: “Al mismo Jesucristo se le fue uno entre los doce, aquí también se nos fue uno. Ni modo”.

   Al presidente Fox le fallaron las cuentas. No ha sido solamente uno, sino ya suman cerca de una decena los miembros de su gabinete y del primer círculo en torno suyo que se marchan por desacuerdos similares a los que hizo públicos Durazo. Entre otros, nada menos que el respetabilísimo doctor José Sarukhán señaló que en enero de 2002 renunció por causas parecidas a las que condujeron al ahora ex secretario particular a separarse del equipo presidencial.

   También resultó fallida la metáfora. Al compararse con Jesucristo, el presidente Fox cometió una exageración grosera, desproporcionada e innecesaria (habría quien la considere, también, irreverente).

   Y al equipararlo con Judas, el apóstol que traicionó a cambio de treinta monedas, el presidente sugiere que Durazo renunció en busca de beneficios materiales o políticos. Al hacer esa insinuación, Fox se coloca en un plano de discusión difícil e incómodo.

   Debió haberlo pensado antes de hacer una alegoría tan desafortunada. Pero en los más de tres años y medio que lleva de gobierno se ha podido comprobar que la precaución y la moderación no son virtudes que el presidente Fox acostumbre poner en práctica antes de hacer declaraciones, especialmente cuando se trata de asuntos que le inquietan personalmente.

 

Jesús, historia y fe

   Antes de recordar a Jesucristo el presidente pudo haberle consultado a su nuevo coordinador de Comunicación Social. Rubén Aguilar Valenzuela fue designado, horas después de la renuncia, para sustituir a Durazo en uno de los dos cargos que ocupaba. La otra posición, la secretaría particular del presidente, le fue encomendada a Emilio Goicoechea, hasta entonces subsecretario de Turismo y ex dirigente empresarial.

   Licenciado en Filosofía, maestro en sociología y con estudios de doctorado en ciencias sociales, Aguilar Valenzuela ha tenido convicciones y aficiones religiosas que han sido públicas. En abril de 2001, durante los días de semana santa, escribió en El Universal un artículo para refutar a quienes sostienen que Jesucristo no existió.

   “Las pruebas históricas de la existencia de Jesús, más allá de las de carácter religioso, son muy pocas e incluso entre los especialistas continúa la discusión sobre la exactitud de las mismas, pero ninguno de ellos pone hoy en duda la realidad del personaje histórico conocido como Jesús. La teoría del mito ha quedado descartada y ahora todos coinciden, 200 años después de la explosión de la Ilustración y precisamente a partir de la crítica histórica, que el cristianismo es una religión que se funda a partir de la experiencia y el mensaje de un personaje histórico y no en un mito”.

   El ahora comunicador presidencial consideraba: “Aceptar que ese hombre que vivió en la Judea gobernada por Poncio Pilato y fue crucificado bajo el Imperio de Tiberio es también el hijo de Dios, es objeto de la fe y ya no de la historia. En estos días conmemoramos la muerte del Jesús histórico, pero también, para el que así lo crea, la del Jesús de la fe”.

   Así que el presidente Fox tenía junto a él a un hombre enterado de esos temas y pudo haberle preguntado sobre la pertinencia de compararse con Jesús antes de cometer tal despropósito.

   Además de esas virtudes, Aguilar Valenzuela ha estado ligado a organizaciones sociales e instituciones académicas y tiene una heterodoxa trayectoria política. Ubicado al margen de los partidos, hace dos décadas colaboró en proyectos de comunicación con el Frente Martí de Liberación Nacional en El Salvador y ha sido consultor de organismos internacionales. Desde hace dos años colaboraba en la secretaría particular de la Presidencia y sus tareas eran mucho más que técnicas. Como responsable del equipo que elabora los discursos del titular del Ejecutivo Federal, se encontraba en el grupo más cercano al presidente Fox.

 

Incierto proyecto

   Las posiciones políticas de Aguilar Valenzuela han sido en ocasiones críticas y sobre todo, exigentes hacia el gobierno en el que ahora ocupa una posición destacada. Algunos de sus puntos de vista se pueden seguir en los artículos semanales que durante varios años escribió para El Universal. La preocupación por la complejidad de la transición política que protagonizaba el nuevo gobierno, la discrepancia con los partidos nacionales y la necesidad de un proyecto nacional e incluyente de todas las fuerzas políticas, formaban parte de las inquietudes que el ahora coordinador de comunicación presidencial expresaba durante los primeros meses del sexenio.

   El 19 de mayo de 2001, cuando estaba por cumplirse medio año del gobierno foxista, Aguilar revisaba los problemas que suelen experimentar las transiciones políticas y consideraba:

   “En el caso de México, todo parece indicar que se quiere pasar de la alternancia a la nueva realidad institucional sin tener que transitar por el periodo que exige el desmantelamiento del viejo sistema y la construcción de las bases de lo que habrá de ser el nuevo. Esto supone deslindarse claramente del pasado, pero sobre todo pactar con las fuerzas políticas y sociales, para darse a la tarea de poner los cimientos del nuevo sistema político y de la nueva institucionalidad democrática”.

   La Reforma del Estado había sido rápidamente abandonada por el gobierno. Aguilar deploraba: “Se hace necesario volver a la idea de que al Ejecutivo actual, antes de pasar a otras tareas, le toca asumirse en su condición de gobierno de transición. El Presidente lo ha mencionado así en más de alguna ocasión, pero luego se toma una línea de acción que es distinta. La más importante de las condiciones que impone ser el gobierno de la transición es tener que pactar con las fuerzas políticas, en el caso particular, con las que están representadas en el Congreso de la República”.

   Pero, error tras error, el gobierno de Fox se alejaba de la posibilidad de entablar esos acuerdos. El 1 de septiembre de 2001 Aguilar escribe: “La impresión generalizada es que hasta ahora la gestión del Presidente se ha quedado corta en relación con las expectativas que había generado su candidatura y después su triunfo en las elecciones. En estos meses no termina por quedar claro cuál es el contenido del proyecto que pretende hacer valer el Ejecutivo. El Presidente, por otro lado, no ha podido establecer un acuerdo, la posibilidad de un pacto se ve lejana, con las fuerzas políticas que le permitan sacar adelante algunos de sus más importantes iniciativas y propuestas”.

   Aunque reconocía cambios plausibles como el acotamiento del poder presidencial, el analista encontraba impericia en el equipo a cargo del gobierno: “…más de uno de los actuales miembros del gabinete permanecen invisibles. No han sido capaces de hacerse presentes por sí mismos en la realidad nacional, pero tampoco por los resultados de su gestión”.

   Con agudeza, Aguilar se refería así a algunos de quienes ahora es compañero de trabajo: “se hace evidente que hay miembros del gabinete que no están pudiendo con su responsabilidad”.

 

Impericia y desilusión

   La crítica ante la falta de rumbo claro del gobierno se acentuaba al cumplirse un año de la administración de Fox:

   “El grupo en el poder parece no tener una clara concepción de lo que quiere que ocurra con su gestión. A lo largo de estos meses no ha podido ofrecer una visión de la nación que se propone construir. Ciertamente que no es fácil, pero esa es su responsabilidad y precisamente para eso se le eligió. Las acciones que emprenden, algunas de gran importancia, como las relacionadas con los derechos humanos, parecen seguir más la lógica de acciones aisladas o en respuesta a situaciones específicas, pero no forman parte de un proyecto general de cambio aunque la acción particular por sí misma lo sea” (8 de diciembre de 2001).

   Medio año más tarde, el 15 de junio de 2002, Aguilar Valenzuela insistía en ese cuestionamiento: “No se percibe una línea que conduzca la acción del gobierno. Se asumió el poder, pero no se ha sabido bien qué hacer con él. Hasta ahora no se ve dónde está lo nuevo. Es cierto que no es fácil hacerse cargo de un país que por 70 años estuvo en manos de un partido de Estado. Eso está claro, pero no es razón suficiente para no demostrar mejores resultados en el ejercicio del gobierno”.

   Equipo de trabajo inconsistente, discurso débil e incapacidades políticas, se encontraban entre los temas que el 29 de junio Aguilar incluía como asignaturas a considerar para la evaluación del gobierno “la imposibilidad de construir y articular un poderoso discurso que dé sentido y fije el rumbo de la transición; la incapacidad para llevar a feliz término lo que se emprende (ley indígena, reforma fiscal…); la imposibilidad de establecer una relación productiva con las fuerzas políticas representadas en el Congreso; el no haber podido constituir un verdadero equipo entre los miembros que integran el gabinete; el no atreverse a tomar decisiones audaces que establecieran una clara diferencia con el pasado”.

   El desaliento de ese analista político era claro al cumplirse dos años de la elección de Fox, el 6 de julio de 2002: “En estos 19 meses no fue posible llegar a ‘acuerdos sustantivos’. ¿Qué garantiza que ahora existan condiciones para hacerlo? Se requiere de una nueva actitud de la Presidencia y de los partidos representados en el Congreso. El Presidente necesita de operadores políticos hábiles y consistentes. ¿Dónde están?”.

 

Riesgos de Vamos México

   Ahora Aguilar Valenzuela es uno de esos operadores. Además de las tareas sustantivas que debe desempeñar como comunicador de Los Pinos, su cercanía a Fox resulta especialmente significativa porque es el único, en el primer círculo presidencial, que puede ofrecerle una visión del país y del mundo distinta a la de quienes forman el llamado grupo Guanajuato.

   Es el único, en el entorno del Presidente, que ha discrepado públicamente ante los excesos que en los que podía incurrir la Fundación Vamos México. Cuando la señora Marta Sahagún creó esa entidad, Aguilar fue uno de los primeros en documentar los riesgos que podría significar para las “organizaciones de la sociedad civil” (a las que identificaba por las siglas OSC).

   En un artículo que apareció el 3 de noviembre de 2001, el ahora comunicador del Presidente hacía un recuento de las objeciones que esas organizaciones tenían ante el surgimiento de Vamos México. Entre ellas: “La fundación dice ser una organización independiente del gobierno. La preocupación es que en los hechos hay mensajes que hacen difícil distinguir los límites de la distinción. La fundación para promover la recaudación de fondos usa espacios oficiales, el Presidente de la República asiste al acto de su creación y en el video de presentación se afirma que esta cuenta con el apoyo del jefe del Ejecutivo. Se puede ser una organización independiente o una ligada al gobierno, pero no se puede ser las dos a la vez”.

   Añade Aguilar en ese texto sobre Vamos México: “ El que la esposa del Presidente sea la cabeza de la fundación establece, se quiera o no, un tipo de relación con los funcionarios públicos que es distinta a la que pueden mantener con los dirigentes de las OSC”. Y más adelante: “Las fundaciones, es su definición, actúan en apoyo de las organizaciones que trabajan en la acción directa. El temor es que la fundación no se asuma como una organización de segundo nivel cuya tarea es apoyar con fondos y asesoría técnica a las OSC que ya están en la acción directa (primer nivel), sino que se proponga operar sus propios programas y proyectos de base a la manera como lo hacen las organizaciones de primer nivel. No sería entonces una fundación sino una organización de acción directa, pero con claras ventajas sobre las demás”.

   El desempeño de Vamos México y las denuncias sobre los privilegios que ha tenido indican que Aguilar no se equivocaba cuando manifestó aquellas aprensiones.

 

Partidos sin cambio

   También ha discrepado, con razones y posiciones, de los partidos políticos. Sobre el PRD, decía el 28 de abril de 2001: “La izquierda partidaria mexicana de hoy, reunida en el Partido de la Revolución Democrática, está muy lejos de ser vista por el electorado como una alternativa atractiva y sí (ha) logrado que se le ubique, cada vez más, como una izquierda tradicional y conservadora a partir precisamente de su discurso y una manera de actuar que ya no responde a la estructura y las características de la nueva sociedad mexicana”.

   Del Revolucionario Institucional, el 4 de mayo de 2002: “El PRI se opone al cambio. No acepta su derrota. Quiere se conserve el viejo régimen aunque no esté en el poder. Pretende seguir gobernando sin haber ganado las elecciones. Lucha para que todo siga igual. De haber cambios sólo él los puede introducir. Es su patrimonio. De ahí que se aferre al pasado”.

   Cuando Acción Nacional reeligió a su actual presidente Aguilar escribió, con notorio disgusto, el 16 de marzo de 2002: “El PAN optó por seguir como hasta ahora. La decisión fue la de no cambiar. Eso es lo que representa la reelección de Luis Felipe Bravo Mena y la derrota de Carlos Medina Plascencia. Se apuesta a más de lo mismo, a pesar de los altos costos políticos y electorales que han tenido que pagar el Presidente y el partido, por no responder a las expectativas de los ciudadanos que votaron por el cambio”.

   Pero un año antes había tenido una posición de simpatía (similar a la que expresó el presidente Fox) respecto del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Cuando comenzaba la marcha de ese grupo hacia la ciudad de México, Aguilar opinó: “Que el EZLN acumule fuerza social, no militar, es condición de posibilidad para que se siente a negociar. Nadie va a una negociación si considera que no tiene fuerza que pueda hacer valer en la mesa de la discusión y los zapatistas no son la excepción. Ellos necesitan reactivar su base social, los contactos con la sociedad civil que los apoya y abrirse espacio en la opinión pública para con ese capital político llegar a la ciudad de México en lo que puede ser el principio del fin del conflicto. El que la marcha del EZLN sea exitosa conviene a los zapatistas, al gobierno y a la sociedad entera, porque puede convertirse, de ahí su importancia, en el punto de inflexión que rompa con el estado de cosas que se ha mantenido en los últimos siete años en relación con el conflicto en Chiapas” (3 de febrero de 2001).

 

Infructuosa comunicación

   Las tareas de comunicación de la presidencia, de las que ahora se ocupa, también merecieron las consideraciones críticas de Aguilar. Hace tres años escribió en El Universal: “La estrategia de comunicación de Vicente Fox, ya como presidente de la República, no ha funcionado y ha ido, eso es lo que se puede constatar, de mal en peor. Existen realidades externas e internas que pueden contribuir a explicar el porqué de la poca efectividad o incluso el fracaso de la comunicación presidencial”.

   En el contexto externo incluía la nueva libertad que, a su juicio, experimentaban los medios de comunicación “que ahora no reciben ‘línea’ de las autoridades que muchas veces se acompañaban con algún tipo de dádiva y tampoco son objeto de presión o incluso amenaza”. Aguilar olvidaba que la libertad en los medios comenzó años antes y no con el gobierno foxista pero, también, que en lo que llevaba la actual administración ya habían ocurrido presiones oficiales contra algunos medios.

   El ahora coordinador de comunicación advertía la propensión mediática al escándalo y la trivialización: “en las primeras planas aparecen con frecuencia notas propias de las notas rojas o del corazón”. Pero reconocía que esa tendencia se apoyaba en el comportamiento de “los hombres del poder”. Entre ellos, decía, “hay mucha tela de donde cortar, ofrecen un blanco formidable a este tipo de cobertura noticiosa”.

 

Culto al personaje

   Entre las dificultades internas de la comunicación presidencial, Aguilar identificaba la falta de una línea distinta a la que se había empleado durante la campaña electoral. Ahora lo que hacía falta era “posicionar un proyecto y no a un personaje”. Sin embargo “la estrategia y los mensajes que ahora se utilizan caminan por otra dirección y demuestra, después de meses, su ineficacia”.

   “Debe haber una propuesta de comunicación en la lógica de Estado que surja desde la Presidencia, pero no entendida ésta, nada más aberrante, como dar línea o intentar presionar a los medios y los comunicadores, pero sí como la forma de dar a conocer las ideas, las razones y los argumentos que animan el proyecto de nación que impulsa el gobierno”, sugería Aguilar. Y señalaba: “Lo que falta en la discusión son los grandes temas de Estado. A eso está obligado el Ejecutivo y para eso falta una estrategia de comunicación que eleve el actual nivel de la discusión y rompa con la frivolidad en la que ahora está inmersa la comunicación política del país”.

   Eso decía Rubén Aguilar Valenzuela el 23 de junio de 2001. Diez días más tarde la responsable de esos errores en la comunicación de Los Pinos se casó con el presidente.

   Marta Sahagún fue la primera titular de esa oficina durante el gobierno actual. Aguilar es el quinto. Es imposible que haya cualquier política de comunicación con un presidente tan locuaz y, de repente, de tan desproporcionadas alegorías.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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