Linchamiento en televisión

La Crónica, 26 de noviembre de 2004

Sin la televisión, el crimen del martes por la noche en Tláhuac no nos habría resultado tan estremecedor e indignante. Las transmisiones en directo de los noticieros le dieron al asesinato de dos policías –y la agresión contra otro más– un dramatismo suplementario al que, de por sí, tenía ese terrible acontecimiento.

   La televisión, con esas transmisiones, multiplicó la indignación de la sociedad. La contemplación del linchamiento despierta una desazón mucho mayor a la que podría tenerse si de ese episodio solo nos hubiéramos enterado en la prensa escrita.

   No es solamente que las imágenes tengan más capacidad conmovedora que las palabras. Además, en este caso, las imágenes de la ejecución en San Juan Ixtayopan son abrumadoras por el salvajismo con que son golpeados los agentes de la Policía Federal y por la certeza con que actúan los victimarios.

   Los linchadores habían decidido creer que aquellos tres desdichados no eran policías sino delincuentes y no les importaron credenciales, telefonemas ni las súplicas de algunos reporteros. Envuelta en la violencia que ella misma había creado, la multitud se justificaba a sí misma y no admitía razones. Ese comportamiento, distintivo de las muchedumbres sometidas al fanatismo, lo presenciamos el martes por televisión.

   Quizá lo más espeluznante era el rostro de los lugareños: primero rabiosos y desaforados, media hora después del crimen muchos de ellos aparecían sonrientes, ajenos a cualquier consternación, irreflexivos, junto a los reporteros de las televisoras.

   Los medios de comunicación mostraron aquellos hechos tal y como sucedían. Manipuladora en numerosas ocasiones, esta vez la televisión no tenía necesidad de exagerar. Las escenas en aquel poblado de Tláhuac eran de un dramatismo que no requería de afectación alguna. Televisa, incluso, decidió no transmitir las escenas más brutales. Así de terribles eran esas imágenes.

   No puede decirse que la televisión, al menos la noche del martes, haya lucrado con el crimen en Tláhuac. Los noticieros hicieron lo único que legítimamente podría esperarse de ellos: enviaron a sus reporteros y transmitieron lo que estaba sucediendo. Cualquier otro comportamiento hubiera sido censurable. Ocultar esos hechos era tan innecesario como imposible. Suspender la transmisión desde Ixtayopan hubiera parecido un acto de censura.

   Sin embargo hay quienes les reprochan a los medios electrónicos y especialmente a los noticieros televisivos la extensa cobertura que le dieron, desde el primer momento, al linchamiento en Tláhuac. El crimen ha sido tan atroz que al parecer se le quieren encontrar responsables más allá de los habitantes de San Juan Ixtayopan.

   La televisión tiene muchas deudas pendientes con la sociedad mexicana. La programación que difunden las dos principales empresas de ese medio es, casi por completo, banal, mentecata y nefasta. Pero en esta ocasión es preciso distinguir a la realidad, de su exhibición pública.

   Los medios no causaron, ni azuzaron en momento alguno, la matanza en Tláhuac. Lo que hicieron fue reportarla y gracias a ello hemos podido conocer esos acontecimientos bestiales.

   Sin esa cobertura, el asesinato no estaría siendo tan comentado y muy posiblemente no habría ocasionado el torrente de exigencias y preocupaciones que se ha desbordado, en la sociedad y el mundo político, acerca de ese tema.

   Si la televisión no hubiera estado presente en Tláhuac, es muy probable que las recriminaciones a la ineficacia de la policía del DF no habrían sido tan extendidas. Sin esa cobertura, la demanda para que Marcelo Ebrard sea destituido no habría alcanzado tantas adhesiones.

   Si los reporteros de los noticieros no hubieran hecho su trabajo, el indolente retraso de la Policía Federal Preventiva que no logró salvar a sus compañeros no sería, hoy, tan claro. Algunos miembros de esa corporación han aprovechado el momento para denunciar irregularidades que hoy parecen más notorias –y graves– que antes.

   La televisión no amplificó, y desde luego no creó, los acontecimientos de Tláhuac. Sin embargo diversos reproches, más o menos velados, sugieren que debió haber hecho algo para evitar la matanza.

   Desde luego resulta chocante el comportamiento de algunos reporteros que insistían en recoger declaraciones de los agentes de la PFP cuando estaban siendo golpeados por la multitud. Pero hay que recordar que en ese momento nadie sabía que algunos minutos después dos de esos policías estarían muertos. Al contrario, en medio de la batahola podía suponerse que al difundir las palabras y la identidad de los agentes la televisión podía contribuir a evitar que los asesinaran. De hecho algunos de esos reporteros, de diversos medios, demostraron más valor que los policías que no rescataron a sus compañeros.

   Varios reporteros fueron amenazados y algunos incluso golpeados esa noche en Tláhuac. En medio del tumulto era difícil esperar de nadie un comportamiento ecuánime porque nadie podía ser insensible a la brutalidad de aquellas circunstancias. Ahora, a los medios tendríamos que exigirles contexto, reflexión y explicaciones. En la noche atroz de Ixtayopan hay lecciones y advertencias que es preciso no desatender.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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