Escándalo, tragedia, televisión

La Crónica, 14 de marzo de 2004

Las develaciones televisivas de esta semana han confirmado que no hay escándalo sin medios de comunicación. Junto a  esa constatación, en estos días se ha podido corroborar la dependencia del poder político respecto de la televisión.

   La televisión no solo determina la agenda de los asuntos públicos. Ahora, además, administra y dosifica a su antojo las revelaciones políticas que habremos de conocer.

   Los medios no inventaron la corrupción y la avidez de los personajes políticos a los cuales hemos visto recibir dólares con tanto desparpajo que pareciera una práctica cotidiana.

   Televisa no grabó los videos en la oficina del corruptor empresario Ahumada ni en el casino del Hotel Bellagio. Pero elegida –o reconocida– por quienes han querido traficar con tales documentos, esa empresa se ha convertido no solo en el escenario principal de nuestra perturbada confrontación política. Además, el consorcio televisivo ha podido decidir cuándo, en qué contexto y con qué resultados propaga tales imágenes.

 

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   Por televisión, también, hemos presenciado las dolorosas e indignantes escenas del crimen en Madrid. Gracias a los medios no sólo se ha extendido la rabia sino, también el rechazo masivo al terrorismo y la solidaridad con las víctimas y sus familias. Sin embargo no deja de ser inquietante el recordatorio acerca del papel de los medios como involuntarios promotores de actos de violencia política.

   En el espléndido texto que escribió a vuelapluma, horas después de los atentados en Madrid Juan Luis Cebrián, directivo de El País, recuerda el deseo de notoriedad que suele mover a los grupos terroristas en todo el mundo. Además del daño y el dolor que pretenden ocasionar, con esos crímenes buscan la atención de los medios.

   El periodista español menciona la prevención que hace varias décadas formulaba Umberto Eco: “el terrorismo es un fenómeno de la época de los medios de comunicación de masas. Si no hubiera medios masivos no se producirían estos hechos destinados a ser noticia”. Y añade Cebrián: “La sociedad mediática es, por lo mismo, aliada principal y víctima preferente del terrorismo moderno, pues de lo que éste trata es de someter a la opinión pública a la dictadura del terror, la desconfianza y el miedo”.

   Los terroristas aprovechan la universalidad de la comunicación de masas para propagar sus brutalidades. Apartados de la política institucional a la cual desdeñan y segregados de una sociedad a la que dicen representar pero que a cada golpe violento los rechaza cada vez más, los terroristas tratan de ganar en el escenario mediático una presencia que de otra manera no tendrían. Pero en esa búsqueda de visibilidad a partir de la perversidad del terror, el método envuelve a los fines.

   La causa por la que los terroristas dicen combatir, cualquiera que sea, queda subordinada al afán de exposición mediática. Independientemente de que los criminales de Madrid hayan sido terroristas de la ETA o de Al Qaeda, hoy nadie piensa en las reivindicaciones de esos grupos sino en el profundo e injusto sufrimiento que han causado. No son ellos, sino sus atrocidades, las que han logrado notoriedad.

   Los medios no podrían dejar de informar acerca de las tragedias que ocasiona el terrorismo. Pero sí tienen la oportunidad de dosificar la publicidad que pretenden esos grupos. Poner en contexto las acciones terroristas y procurar explicaciones ante ellas, constituye el mejor recurso contra la confusión y el miedo que siempre intentan provocar.  

   Gracias a algunos medios, hoy no sólo sabemos que hay –hasta ayer por la tarde– 200 muertos y mil 511 heridos por los atentados del jueves en Madrid.

   Esas cifras, las aprehendemos cuando nos enteramos de los nombres y los perfiles de muchas de las víctimas. La chica de 28 que estaba a punto de rentar un departamento con su novio; el contador peruano que acababa de obtener el permiso de residencia y que ya podría llevar a sus dos hijos que viven en Lima; el muchacho de 22 que estudiaba electrónica y su padre, delegado sindical, que todas las mañanas tomaban juntos el tren; el partidario del Real Madrid que iba camino de la escuela y que ayer habría cumplido 18 años… Sandra Iglesias López, Neil Astocóndor Masgo, Jorge Rodríguez Casanova, Francisco Javier Rodríguez y Álvaro Carrión Franco (cuyas semblanzas biográficas aparecen ayer en El País) son algunos de los sacrificados por el odio y la intolerancia hace tres días en Madrid.

 

***

   Ante la tragedia en Madrid da grima y tedio –pena, incluso– volver la vista a la comedia nacional. El sainete político y mediático que ha dominado la vida pública en México, suscita la perturbadora sensación de que estamos malgastando el tiempo en enredos domésticos cuando las urgencias del país ameritarían que tanta energía la invirtiéramos en mejores asuntos.

   Pero en esta circunstancia nos han colocado los actores y espejos del quehacer político. Personajes públicos envueltos en negocios turbios, videos que los incriminan para estupor de una sociedad condicionada al estruendo cotidiano que la aturde y sacia, televisión erigida en poder al cual se subordinan todos los demás: ese es el panorama de escándalo y escarnio que tanto entretiene y estropea a nuestra vida pública.

   La televisión nos ha permitido acercarnos, con un realismo nunca antes presenciado, a unos cuantos retazos de la podredumbre de algunos personajes del poder político. Más que sorpresa, la escena del diputado René Bejarano acomodando con tanta diligencia las pacas de dinero en su insuficiente portafolios causó irritación por la tosquedad de ese comportamiento. Pero sobre todo, el disgusto ha sido generalizado porque había quienes todavía creían que el partido en donde formaba filas ese personaje y el equipo de trabajo del que ha sido integrante eran distintos, si no ajenos, a las prácticas de corrupción con que se suele identificar al ejercicio de la política.

   A la intensidad visual de aquellas escenas, Andrés Manuel López Obrador quiso responder con más estruendo mediático. Decirse perseguido por una conspiración cuyos autores según las versiones del jefe de Gobierno aumentan día tras día, ha constituido un recurso de mercadotecnia básica. Si te sorprenden en falta, niégalo aunque tengas las manos en la masa.

   Igual que el ladrón que grita que los están robando, López Obrador se rehusó a admitir siquiera la posibilidad de que en su equipo de colaboradores hubiera defectos y engaños. La autocrítica no forma parte de sus recursos personales ni como gobernante.

   Un político que se reconoce tan falible como cualquiera de sus gobernados es capaz de admitir errores. En cambio, para un caudillo que se considera por encima de tropiezos y debilidades la aceptación de equivocaciones resulta imposible, aunque el resultado de su indolencia o la indignidad de sus colaboradores sea exhibida como ha sucedido con los patéticamente célebres videos.

   Al decirse víctima de una confabulación y convocar a que lo respalden hoy en el Zócalo, López Obrador insiste en ocultar el asunto principal: la existencia de actos de corrupción entre sus allegados. En ello no hay honestidad, ni valentía. Simplemente una cortina de humo tan impúdica como las maniobras de distracción que emplearía cualquier protagonista de la vieja política –en la que, no en balde, se formó el ahora jefe de Gobierno del DF–-.

   La televisión no creó a Carlos Ahumada, ni relacionó con él a Rosario Robles, ni persuadió a Bejarano para que admitiera los dólares de aquel empresario. Pero la televisión –específicamente, Televisa– ha sido el espacio preferido por quienes tenían los videos incriminadores, cuya exhibición ha organizado como espectáculo.

   En distintos sitios se ha asegurado que Televisa tenía en su poder los videos días antes de transmitirlos. Si esperó a difundirlos no fue para corroborar su autenticidad, ni para reunir material capaz de ponerlos en contexto, sino para darlos a conocer cuando conviniera a sus intereses.

   El video del tesorero que apuesta en Las Vegas fue difundido al comenzar la semana pasada, después del escándalo que había ocasionado la pronta disposición del dirigente del Partido Verde para aceptar dinero ilegítimo. Dos días más tarde a Televisa se le presentó la oportunidad para exhibir el video en donde el dirigente perredista de la Asamblea del DF se embolsa los billetes y hasta las ligas con las que iban sujetos.

   No parece casual que esa mañana Bejarano estuviera en un estudio de dicha empresa mientras que, en otro, el payaso que conduce un noticiero presentaba aquel video. No hubo conspiración, sino ejercicio del poder mediático engrandecido por quienes han nutrido a esa empresa de incriminadoras filtraciones. Lo más alarmante no fue esa capacidad para orquestar el escándalo sino la actuación de Brozo.

   Aunque se le hubiera visto in fraganti y por mucho que se trate de un personaje muy cuestionable, Bejarano era un legislador que había sido invitado a un programa de televisión. Sin embargo, imbuido del papel de guía moral, juez instantáneo e intérprete del sentimiento popular que a él y otros conductores les ha conferido la empresa para la que trabaja, Brozo manoteaba e increpaba a Bejarano. Cuando le exige “¡No me pendejees, René!” se confirma que Televisa ha asumido que es el eje de la nueva mediocracia mexicana y que se comporta en consecuencia.

   En ejercicio de ese poder, la televisora es capaz de arruinar a un personaje político igual que de construir a otros. A Bejarano lo perdieron su ambición y desvergüenza. El video exhibido varios días después, que muestra el apresuramiento del ahora delegado en Tlalpan para guardar dólares en bolsas del supermercado, simplemente confirmó que la de Bejarano no era la única actitud de descomposición en el PRD y especialmente en el círculo cercano a Andrés Manuel López Obrador.

   La difusión de esos documentos está obviamente destinada a erosionar las perspectivas presidenciales del actual jefe de Gobierno del DF. Pero los videos no habrían sido posibles de no haber existido los comportamientos deshonestos que en ellos se aprecian.

   Los videos y su propagación manifiestan tres grandes asuntos. Uno de ellos, el más notable, es la existencia de actos de corrupción, o cercanos a ella, en el equipo y el entorno de López Obrador. El segundo tema imbricado en estos escándalos, es la descalificación política como recurso de la competencia por la sucesión presidencial. El tercero es la solidificación del dominio mediático, especialmente de la televisora que durante décadas más se ha beneficiado de la aquiescencia del Estado y que ahora aprovecha esa influencia constituyéndose en un poder paralelo.

 

***

   Entreverados y simultáneos esos tres temas –corrupción en el gobierno del DF, descalificación entre los actores políticos y dominación de Televisa– forman parte de tendencias que desde hace varios años se aprecian en distintos países. En el nuestro se están manifestando con notoria crudeza debido, entre otros factores, al agotamiento del actual sistema de partidos, a las pobrezas de una cultura democrática insuficientemente desarrollada, a la acentuada  propensión mediática por el escándalo y a la enorme concentración de capacidades comunicacionales en una sola empresa.

   Esos temas fueron identificados hace algún tiempo por Manuel Castells, uno de los más perspicaces pensadores que se han ocupado de la presencia de los nuevos medios de comunicación. En el segundo de los tres volúmenes de La era de la información (que en México publicó Siglo XXI en 1999) ese sociólogo catalán escribe:

   “Sostengo que la política de los escándalos es el arma elegida para luchar y competir en la política informacional. El argumento puede resumirse así: en general, la política se ha encerrado en el espacio de los medios. Los medios se han vuelto más poderosos que nunca, tecnológica, financiera y políticamente. Su alcance global y su interconexión les permiten escapar de los controles políticos estrictos. Su capacidad para hacer periodismo de investigación y su autonomía relativa frente al poder político los convierte en la fuente principal de información y de opinión para la sociedad en general. No es que los medios sean el Cuarto Poder: son más bien el campo de las luchas por el poder. La política mediática es una operación cada vez más cara, encarecida aún más por toda la parafernalia de la política informacional: encuestas, publicidad, marketing, análisis, creación de imagen y procesamiento de la información. Los sistemas institucionales actuales de financiación política no están a la altura de la tarea. Los actores políticos padecen una infrafinanciación crónica y la brecha entre los gastos necesarios y los ingresos legales ha aumentado de forma exponencial, y continúa haciéndolo. Así pues, tras agotar todas las fuentes legales, las aportaciones personales y los tratos comerciales, los partidos y los políticos suelen recurrir a la única fuente real de dinero: contribuciones bajo cuerda del mundo empresarial y los grupos de interés, a cambio, obviamente, de decisiones del gobierno en favor de sus intereses”.

   En la situación mexicana reciente, se le podrían poner nombres de políticos y empresarios a cada uno de los actores que Castells identifica en esa coalición entre el ejercicio del gobierno, el dinero y las capacidades mediáticas. Esa asociación resulta especialmente desequilibrada debido a la desmedida influencia que en México tiene una sola empresa de televisión. Por ello es posible afirmar que en nuestro país los medios –y especialmente el  medio– no son solo espacio sino actor, interventor y eventualmente corregidor de la lucha política.

   Añade Castells, subrayando su tesis: “Ésta es la matriz de la corrupción política sistémica, a partir de la cual se desarrolla una red en la sombra de negocios e intermediarios. Una vez que la corrupción se extiende y después de que unas cuantas personas añaden su comisión personal a los canales de financiación política, todo el mundo de la política y los medios de comunicación sabe (o cree que sabe) que, si se mira de cerca y durante el tiempo suficiente, puede encontrarse información perjudicial sobre casi todos. Entonces comienza la caza y los asesores políticos preparan la munición para atacar o defenderse; los periodistas cumplen su labor como informadores de investigación, buscando material para incrementar su público y sus ventas; los mercenarios y chantajistas rastrean información que pueda utilizarse en un posible soborno o para vender a las partes interesadas. De hecho, la mayoría del material perjudicial publicado por los medios es filtrado por los propios actores políticos o por intereses comerciales asociados. Por último, una vez que se crea el mercado para la información política perjudicial, si no existe suficiente material bien definido, pueden aparecer las alegaciones, insinuaciones e incluso invenciones, dependiendo, por supuesto, de la ética individual de los políticos, periodistas y medios de comunicación. En efecto, la estrategia de la política de los escándalos no pretende necesariamente dar un golpe inmediato a partir de un escándalo. Es el flujo constante de varios escándalos de diversas clases y con grados diferentes de verosimilitud, de la información seria sobre un incidente menor a alegaciones dudosas sobre un tema importante, el que teje el hilo donde las ambiciones políticas acaban estranguladas y los sueños políticos agotados, a menos que se haga un trato, con lo que se retroalimenta el sistema. Lo que cuenta es la repercusión final sobre la opinión pública, por la acumulación de muchos impactos diferentes. Como en el antiguo dicho ruso, ‘no puedo recordar si ella robó un abrigo o si se lo robaron a ella’”.

   Tales reflexiones pueden ayudarnos a entender la estrepitosa cadencia de escándalos como los que presenciamos en estos días. El hecho de que obedezcan a patrones reconocibles en otros sitios no constituye consuelo alguno. A diferencia de otras naciones, en México el escándalo político se despliega en una circunstancia de mayor vulnerabilidad social. Además aquí, salvo excepciones, no contamos con un periodismo de investigación tan profesional como en otros países.

   Otros autores, como el inglés John B. Thompson –en El escándalo político, un libro que puede ser indispensable para comprender la vida pública de estos tiempos– se han ocupado de reconocer el encadenamiento entre medios, estruendo y política. Castells añade, incluyendo en su análisis el poder de los jueces que cuando se encuentra modulado por el poder de los medios no es necesariamente síntoma de legalidad ni democracia:

   “El estadio superior de la política de los escándalos es la investigación judicial o parlamentaria, que lleva al procesamiento y, cada vez con mayor frecuencia, al encarcelamiento de dirigentes políticos. Los jueces, fiscales y miembros de las comisiones de investigación entran en una relación simbiótica con los medios de comunicación. Protegen a los medios (asegurando su independencia) y con frecuencia los alimentan con filtraciones calculadas. A cambio, son protegidos por los medios, se convierten en sus héroes y, a veces, en políticos de éxito con su apoyo. Juntos, luchan por la democracia y un gobierno transparente, controlan los excesos de los políticos y, en definitiva, sacan el poder del proceso político, difundiéndolo en la sociedad. Al hacerlo, también pueden deslegitimar a los partidos, a los políticos, a la política y, en última instancia, a la democracia en su encarnación actual”.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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