Lucero y la prensa

La Crónica, 18 de agosto de 2003

El guardaespaldas Fernando Guzmán López, que pistola en mano amenazó a docenas de reporteros en el Teatro San Rafael, ha sido detenido por las autoridades judiciales de la ciudad de México. No podía ser de otra manera: las escenas de la intimidación a los periodistas han sido difundidas en las dos cadenas nacionales de televisión y no hay duda alguna sobre la prepotencia e irresponsabilidad con que actuó el guardaespaldas de la actriz Lucero.

   Él fue quien agredió a varios reporteros. La versión que la propia artista sostuvo al decir que a Guzmán le habían quitado la pistola era inverosímil, pero queda refutada en uno de los videos en donde se aprecia como es él quien saca el arma para apuntar a los periodistas. Se trata, además, de una pistola de uso exclusivo para el Ejército.

   Resuelto el asunto judicial, quedará pendiente el cada vez más confuso tema sobre las relaciones entre la prensa y los personajes públicos. Con desbordada irritación Lucero ha insistido en culpar a los reporteros del incidente que ocurrió el jueves por la noche, cuando se habían conmemorado cien representaciones de la obra Regina en donde ha desempeñado el papel estelar.

   Después de la develación de la placa, la actriz se negó a hacer declaraciones a los periodistas que habían sido convocados a tal ceremonia. Varios de ellos insistían en hacerle preguntas con tanta persistencia que algunos miembros del equipo de seguridad que cuida a la actriz se pusieron nerviosos. Entonces se desató el enfrentamiento.

   Las escenas difundidas por televisión no muestran esos momentos previos a los forcejeos y la intimidación armada pero es presumible suponer que, igual que en muchas ocasiones similares, los reporteros hacían todo lo posible para obtener una declaración. A menudo esa obstinación se manifiesta en tropel, a gritos y de maneras que no son precisamente comedidas.

   En ocasiones incluso hay informadores que micrófono en mano –y más aun, amparados en la cámara de televisión que los acompaña–  persiguen a personajes públicos en circunstancias en las que no quieren hacer declaraciones ni ser fotografiados.

   La terquedad para grabar voces y expresiones de artistas y políticos en contra de su voluntad es resultado de la amalgama de dos arraigadas y discutibles costumbres en el periodismo contemporáneo.

   Por una parte se encuentra la práctica de buscar y publicar declaraciones sin ton ni son aunque la mayoría de ellas estén huecas de contenidos auténticos. Esa preferencia por los dichos, más que por los hechos, ha anidado en un periodismo poco habituado a investigar y a ir más allá de la superficie de los acontecimientos más notorios.

   Por otro lado, la exposición de los personajes públicos en circunstancias de toda índole y especialmente cuando se encuentran en actividades de carácter privado nutre gran parte de los espacios de la prensa sensacionalista, cuya capacidad de trivialización va de la mano con el extendido éxito que tiene. El periodismo de espectáculos que se practica tanto en Televisa como en TV Azteca suele nutrirse de ese acoso a los artistas más célebres.

   Allí hay un doble juego. Seguir a los famosos es más cómodo que investigar y a menudo, también, más redituable en términos de audiencia. Y para los personajes que viven de la fama pública que les confiere su pertenencia al mundo del espectáculo a veces es preferible ceder parte de su privacía con tal de mantener su presencia mediática.

   La misma Lucero se ha beneficiado de esa explotación desmedida, y de alguna manera incluso impúdica, de su vida privada. En enero de 1997 su boda con el cantante Mijares fue comercializada como espectáculo y el canal de las estrellas la transmitió en cadena nacional.

   Podría suponerse que ha sido víctima de la transgresión, que ella misma ha propiciado, en contra de su derecho a la intimidad. El viernes en una alborotada conferencia de prensa se quejaba de la persecución que a menudo padece por parte de reporteros que quieren registrar su presencia en diversas circunstancias de su vida personal. SIn embargo el incidente de la noche anterior ocurrió en una ceremonia a la que los periodistas habían sido invitados y en el entendido de que es costumbre que los artistas hagan declaraciones cuando se conmemora una cantidad simbólica de representaciones de las obras en las que aparecen.

   Imperdonable la agresión a los reporteros, ese episodio confirma la ausencia de reglas claras en la relación siempre difícil, pero inevitable para ambos, entre periodistas y personajes públicos. Una prudente dosis de respeto mutuo ayudaría a distender ese trato. Por supuesto, nada de ello es posible ante una pistola desenfundada y amenazante.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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