El poder de la murmuración

La Crónica, 17 de mayo de 2002

Calumnia, que algo queda, indicaba aquella frase con la sabiduría que tienen los viejos adagios. Publica, que algo pega: en esa fórmula se sintetiza el pragmatismo sin más coordenadas que la descalificación para herir al rival y que define hoy muchas de las prácticas de nuestra vida pública.

   No nos referimos únicamente a los medios de comunicación que comparten la irresponsabilidad de dar a conocer versiones parciales como si fueran toda la verdad, falsedades presentadas como hechos, chismes en vez de noticias, asuntos privados como si fueran del interés público, filtraciones como si hubiesen sido resultado de investigaciones.

   El déficit ético de los medios crece en la medida en que nos acostumbramos a un periodismo que abreva en las murmuraciones porque en ellas a menudo encuentra en escándalo de cada día que se ha convertido en su razón de ser, o de vender.

   A falta de exigencia por parte de la sociedad, los medios se muestran como representantes de ella. La auto legitimidad que se construyen pasa por la afirmación de que se deben a la sociedad, aunque la brújula de las empresas mediáticas está orientada por intereses mercantiles, políticos o de ambos géneros.

   Pero los medios no actúan solos. Respecto de los asuntos públicos las más de las veces engañan, soslayan o desfiguran los acontecimientos al servir como voceros de personajes o instituciones políticas. No son simples marionetas del poder, pero gran parte de las distorsiones y expectativas falsas que crean se debe a la propagación que hacen de dichos y artificios del mundo político.

 

Se utilizan unos a otros

   Medios y política, o periodistas y políticos, se encuentran vinculados por intereses distintos pero coincidentes. La publicación de un asunto que parezca escandaloso (aunque a la postre no lo haya sido tanto) le permite al diario o la radiodifusora ganar audiencia y mantener la tensión de sus públicos para quienes el estruendo noticioso de cada día se convierte en la adrenalina con la que transitamos por la vida contemporánea.

   Esa publicación, si afecta a un grupo o personaje políticos, habrá de beneficiar a otros. Los medios son el espacio privilegiado no solo para la construcción de consensos en las sociedades de nuestros días sino, también, para que los personajes públicos diriman sus reyertas.

   Eso no siempre ocurre de manera franca y directa, como harían deseable la integridad del trabajo periodístico y la salud del debate de los temas públicos.

   Los medios y los periodistas no tienen la culpa de los despropósitos ni de las falsedades que con frecuencia dicen y promueven numerosos personajes públicos. Simplemente cumplen con su tarea de darlos a conocer porque son noticia.

   Pero la difusión de una noticia jamás carece de intencionalidad. La manera como se le destaca, el contexto en que se la ubica (o la ausencia de contexto alguno), las fuentes a las que se acude, el señalamiento o no de esas fuentes, el encabezado o el comentario que acompañan a la publicación o la lectura del acontecimiento en cuestión constituyen, entre otros, sesgos que determinan parcialidad y pretensiones que van más allá del afán exclusivamente informativo.

   Todo eso es ampliamente sabido. Sin embargo a menudo tales rasgos del comportamiento mediático se olvidan cuando los ciudadanos interesados en los asuntos públicos (a los que hay que distinguir entre los ciudadanos en general, que no suelen interesarse más que en sus problemas inmediatos) se asombran delante de una información perturbadora.

   Cualquier directivo mediático y desde luego cualquier periodista que se respete, negarán que cuando un personaje o institución les sugieren publicar algo los están utilizando. Sin embargo ese papel utilitario de los medios forma parte de su naturaleza.

   Se trata, antes que nada, de intermediarios entre unos y otros actores de la vida pública. Los medios, como parte destacada que son del espacio público, les permiten a distintos protagonistas de la política y la sociedad comunicarse unos a otros.

   Además, en ese papel de intermediarios, los medios les permiten a los políticos relacionarse con la sociedad y darle a conocer lo mismo sus posiciones que sus diferendos.

   En ese sentido los medios cumplen con una función democrática.  Pero como no todo aquel que así lo desee alcanza espacio en ellos ni las empresas de comunicación (a pesar de las promesas de pluralidad que hacen con frecuencia) son foros abiertos para que se exprese todo el mundo, existen procesos de selección que siempre, a la postre, resultan subjetivos y determinados por intencionalidades específicas.

  

Agónicos y protagónicos

   Hay, claro, de medios a medios. Las líneas anteriores no pretenden catalogar a todos de la misma forma pero describen la realidad, penosa y en varios sentidos costosa, de un sistema mediático que no ha sabido y no ha querido desarrollarse a la par de la sociedad.

   Los avances en el régimen político tampoco son para cantar albricias. Los cambios de unos funcionarios por otros o de un partido por otro, no han bastado para que la gestión y especialmente la definición de los asuntos públicos estén contribuyendo a establecer una cultura política más sólida.

   Todo lo contrario: improvisados o atolondrados, muchos de los funcionarios y dirigentes más destacados carecen o parecieran carecer de agenda, brújula y sentido común políticos. Los proyectos de gobierno son sustituidos, al menos de manera importante, por las decisiones repentinas de funcionarios de todos los niveles.

   La construcción de un horizonte de largo plazo, sin el cual no puede existir política de Estado digna de ese nombre, es entorpecida y casi del todo sustituida por la atención de urgencias coyunturales –que son propiciadas, las más de las veces, precisamente por esa improvisación–.

   Lejos de construir las coordenadas para un auténtico debate público en torno a temas de interés nacional (la cuestión fiscal, el sistema educativo, la energía eléctrica, la legislación laboral y tantísimos etcéteras de un temario que va creciendo sin que sus principales asignaturas sean despejadas) gobierno, legisladores y partidos siguen empeñados en sofocarse mutuamente con las humaredas que inventan todos los días.

   A veces se trata de intencionales cortinas de humo que se alientan o dejan pasar a fin de que algunas decisiones pasen inadvertidas. Pero suponer que todos los escándalos tienen el propósito de distraer la atención de los ciudadanos sería conceder demasiado a la perspicacia de muchos de nuestros operadores en los partidos y el gobierno.

   La retórica ha dejado de ser instrumento para convertirse en sustituto, casi, de la política. Los personajes políticos, con poquísimas e inadvertidas excepciones, parecen más empeñados en identificar traspiés mutuos que en hacer el trabajo de administración, legislación, coordinación o prospectiva que le corresponde a cada quien.

   Liados en sus propias acometidas, rivalidades y descalificaciones, dirigentes, senadores, diputados, secretarios de Estado y a menudo el presidente de la República se dejan llevar por las habladurías –cuando no las propician ellos mismos– con tanto ímpetu que el ciudadano tendrá motivos para preguntarse: si dedican tal entusiasmo y atención a justificarse y desacreditarse unos a otros, ¿a qué horas hacen el trabajo para el que fueron electos o designados?

   El interés de esos personajes para ocupar los medios con descalificaciones mutuas veces es calificado como protagónico. En realidad, es síntoma agónico de la ineficacia de una clase política ensimismada en sus dimes y diretes. El hecho de que esa sea una tendencia creciente del quehacer político en todo el mundo, no disculpa las consecuencias que tiene en la vida pública de nuestro país.

 

Irritación o aburrimiento

   Medios y políticos han construido un clima de crispación cotidiana.

   Unos, explotan el sensacionalismo que hay en las declaraciones de los personajes públicos.

   Los políticos a su vez, aprovechan el afán mediático de estrépito y desasosiego.

   Juntos, mantienen a la sociedad en un estado de tensión que a la postre no tendrá más desahogos que la irritación o el aburrimiento.

   Mantener la crispación social, tarea en la que están empeñadas todas las fuerzas políticas independientemente de que actúen o no de manera deliberada, llega a ser útil para sus respectivos propósitos electorales.

   Al ciudadano estremecido se le puede persuadir con más facilidad del papel definitorio de los comicios: vota por el cambio, desquítate hoy, ahora nunca; o, de otra manera: no apuestes por aventuras, sé responsable, defiende lo que ya tienes.

   De cualquier manera conmover las emociones siempre tiene costos de mediano plazo para la política y sus actores. El ciudadano acabará preguntándose por los réditos de la actitud política a la cual lo condujeron con tan resonantes apremios y estará cerca de la desilusión o la desazón respecto de los asuntos públicos.

   La abstención o el voto por opciones anti-institucionales son dos de las reacciones conocidas, en distintos sitios, como resultado del disgusto ante las opciones de la política tradicional.

   El auge de las ultra derechas en Europa (confirmado con el segundo lugar que alcanzó la lista del asesinado Pim Fortuyn en las elecciones holandesas de esta semana), es una de las reacciones que están extendiéndose ante la desconfianza respecto de los partidos ya establecidos.

   La abstención en elecciones como las estadounidenses ha sido resultado de la insuficiencia de los grandes partidos para recuperar u orientar la vitalidad de la sociedad en ese país.

   En México aun no tenemos una derecha radical y moderna que busque presencia electoral, pero quizá no estamos lejos de esa posibilidad. Por otra parte la participación en los comicios es irregular.

   Lo que sí existe es un rechazo creciente hacia la política, el cual se expresa desde la apatía, hasta la desconfianza expresa por parte de sectores cada vez más significativos de la sociedad mexicana.

   La apuesta a la murmuración y al estrépito está resultando muy desgastante.

   Al erosionar al rival, quienes emplean esos recursos se corroen a sí mismos.

   Todos, contribuyen a deteriorar el de por sí limitado espacio público que tenemos (y del que medios y políticos forman parte) y que es el único territorio en donde hoy pueden por legitimarse ante la sociedad.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s