El villano favorito

La Crónica de Hoy, 18 de abril de 2001

Carlos Abascal es hoy el personaje público más vilipendiado. Se le acusa de censor, mandón y misógino. Se asegura que ha querido impedir la circulación de importantes obras literarias y que fue responsable del despido de una profesora. Antes se le culpó de haber tenido expresiones de desprecio a las mujeres.

   Sin embargo ninguna de esas acusaciones se puede sustentar en los hechos y documentos que hasta ahora han sido públicos sobre las acciones y los dichos de ese personaje.

   Abascal está siendo víctima de su propia figura. Ya se sabía, antes de que fuera secretario de Estado, que tiene convicciones y en ocasiones actitudes de derecha conservadora.

   Ese perfil fue confirmado, o así lo creyeron muchos, cuando hace un mes se aseguró que en un discurso conmemorativo del Día Internacional de la Mujer pronunció una retahíla de expresiones despectivas y reaccionarias. La personalidad que se le conocía al secretario encajaba tan bien con esas afirmaciones que nadie se tomó la molestia de verificar si Abascal dijo lo que ahora todos dicen que dijo.

   Ese discurso, el 14 de marzo, fue dicho por el subsecretario del Trabajo, Rafael Estrada, a partir de un texto que Abascal le indicó que fuese a leer en su representación. Allí hay figuras retóricas chabacanas, pero no expresiones de desprecio a las mujeres. En esa alocución el secretario se muestra preocupado por la ausencia de las madres en muchos hogares y por la falta de responsabilidad del hombre en la educación de los hijos. Para que sea reconocida la dignidad de la mujer no es preciso “pasar por su masculinización” dice ese texto.

   Habrá quien considere que tales expresiones son de mal gusto, o arcaicas, pero no implican segregación contra las mujeres. Al contrario, en otro segmento de ese mensaje se dice que la legislación laboral debe “tutelar de manera especial a las mujeres madres” cuando además tienen responsabilidades profesionales “y deberá proscribirse toda práctica laboral que humille o discrimine a la mujer”.

   Pocos días más tarde varios periódicos publicaron fragmentos de un “borrador” que según se dijo, Abascal había preparado. Allí sí aparecen expresiones de una misoginia desvergonzada y hasta obscena. Sin embargo esas frases no fueron leídas en ninguna ceremonia y no se ha confirmado que hayan sido escritas por el secretario –en cuyo caso seguiría siendo un apunte que decidió no hacer público–.

   Abascal no explicó las circunstancias de esos documentos cuyo origen, además, fue incierto. Muchos comentaristas y ciudadanos creyeron en la autenticidad de ese texto porque parecía encajar con la personalidad conservadora que se le conoce al secretario del Trabajo.

   Lo mismo ocurre con el incidente alrededor de las lecturas escolares de su hija. Una profesora de literatura denunció que fue despedida luego de que Abascal se inconformó con la escuela porque no está de acuerdo con que a su hija la pongan a leer libros como Aura de Carlos Fuentes. El veloz tribunal de la opinión pública consideró que así se confirmaba el ánimo inquisidor del señor Abascal. El principal noticiero de la TV puso a votación la validez o no de que una profesora de literatura fuese despedida por educar en textos de Fuentes y García Márquez. Ayer varios legisladores exigieron la destitución de Abascal. Evidentemente se trata de un personaje impopular.

   Sin embargo no hay evidencias de que Abascal haya presionado para que la profesora fuese despedida y la escuela asegura que no le rescindió el contrato.

   Los motivos del señor Abascal para que sus hijos no lean libros que a él le parecen inadecuados pueden ser discutibles. Pero se trata de un asunto que concierne a su vida familiar. Si se hubiese quejado como secretario del Trabajo y no como padre de familia, habría incurrido en un ilícito tráfico de influencias. Pero no hay prueba de que su reproche a la escuela haya sido como funcionario público.

   ¿Puede un secretario de Estado ir a la escuela de sus hijos a expresar una opinión como padre de familia? En este caso un amplio sector de la sociedad ha dicho que no. Con respuestas como esa, corremos el riesgo de que se extienda un autoritarismo similar, o peor, al que se le achaca a la extrema derecha. Si las actitudes del fundamentalismo conservador son cuestionables no es por los juicios morales que sostiene, sino por su afán para imponérselos al resto de la sociedad.

   Al juzgar al secretario Abascal por opiniones que no dijo y por la manera como quiere educar a su familia, se ha actuado arbitrariamente y a partir de prejuicios. A ese personaje es preciso discutirlo con el mayor rigor por sus acciones y omisiones como funcionario público y no por sus opiniones privadas –por grotescas que puedan ser–.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

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