Miedo y silencio en Televisa

La Crónica de Hoy, 17 de febrero de 2000

A pesar de que se trata del conductor de su noticiario más importante (la cara más visible de esa empresa) Televisa no ha explicado la ausencia, desde el lunes, de Guillermo Ortega Ruiz. Con ese silencio, dicha empresa manifiesta un grosero desdén a su público y además, confirma que el proverbial autoritarismo que durante tantos años ha orientado sus decisiones, dista de haber desaparecido.

   El primer día de esta semana y todavía el martes y el miércoles (posiblemente anoche sucedió lo mismo) los televidentes de El Noticiero de las 10 y media de la noche encontraron a Abraham Zabludovsky en lugar del conductor que ha ocupado esa posición desde hace dos años. A diferencia de las ausencias regulares de Ortega, o de cualquiera de los conductores del resto de los noticieros en esa empresa, ahora a los televidentes no se les dijo a que obedecía ese cambio ni por cuánto tiempo se mantendrá.

   En vez de explicaciones formales, la especulación –o la investigación– periodística, según se le quiera ver, ha ofrecido la única versión disponible. El diario Reforma indica ayer, en su sección de espectáculos, que la ausencia de Ortega fue ordenada por el presidente de Televisa, Emilio Azcárraga Jean, como castigo por una información presentada el viernes pasado.

   La nota que según esa versión indignó a Azcárraga, habría sido la información sobre el simulacro de elecciones que ese día realizaron los alumnos de un escuela de la ciudad de México. En ese ejercicio, ganaba el candidato del PAN.

   Ortega Ruiz no solo fue suspendido del noticiero televisivo, sino además del programa radiofónico que conduce al mediodía. Ese lunes 14 de febrero dicha emisión cambió de frecuencia, de la XEW a la XEQ. El cambio fue anunciado durante dos semanas en vistosos desplegados de prensa y en el mismo telenoticiero del canal 2. De nada sirvieron esos avisos. El lunes, los radioescuchas no encontraron a Ortega sino a un suplente que, al parecer, tampoco ofreció explicación alguna.

   Desde luego, el dueño de un medio de comunicación tiene plenas atribuciones para decidir quién aparece, y quién no, en las frecuencias que maneja su empresa. Intereses comerciales y corporativos, pero también políticos y hasta personales, suelen definir las agendas de los grandes medios, con mucha mayor relevancia que el profesionalismo informativo o el servicio público.

   Pero los criterios a partir de los cuales esas empresas toman decisiones, y sus resultados, son los indicadores de los que dispone la sociedad para evaluar el desempeño de los medios de comunicación.

   Durante mucho tiempo, las actitudes atrabiliarias y el desdén hacia la pluralidad que construía la sociedad mexicana fueron la pauta en las conducta de Televisa, especialmente cuando se ocupaba de asuntos políticos. Fue paradigmática, por rústica y jactanciosa, la frase de Azcárraga “El Tigre”, padre del actual dueño de Televisa, cuando dijo que todos en su empresa, como él, debían ser soldados del PRI.

   Los tiempos cambiaron y aparentemente, ese consorcio también. Pero la actitud de mayor flexibilidad que en algunas ocasiones ha asumido Televisa, no necesariamente atiende a la pluralidad de la sociedad sino a la búsqueda de acomodos políticos que esa empresa quiere hallar en el nuevo panorama mexicano.

   En la campaña de hace tres años por el gobierno de la ciudad de México, Televisa concedió más espacio a Cuauhtémoc Cárdenas que al candidato del PRI. Sin embargo, esa empresa no tardó mucho en retornar al cómodo pero lamentable oficialismo que siempre la había singularizado. Así parece indicarlo, más allá de la anécdota, la suspensión de Ortega Ruiz.

   La nota que según se dice inquietó tanto a Azcárraga Jean no fue especialmente vistosa, ni particularmente agresiva con el PRI. Si hechos tan ingenuos e intrascendentes como el remedo de votaciones que hace un grupo escolar provocan decisiones tan impulsivas del actual dueño de Televisa, su reacción ante problemas de auténtica gravedad pudiera tener consecuencias lamentables para la sociedad mexicana, debido a la gran cobertura que tienen los canales adjudicados a esa empresa.

   Quizá esa actitud no se deba a malquerencia con el PAN, y acaso ni siquiera a complacencia con el PRI. Posiblemente lo que Televisa pretenda ahora sea, simplemente, rehuir cualquier posible conflicto. Antier, una de sus reporteras fue maltratada por varios paristas en la Facultad de Ciencias pero, a diferencia de otros medios electrónicos y escritos que destacaron ese incidente, casi todos los noticieros de Televisa lo ocultaron.

   Un comportamiento similar tuvo Jacobo Zabludovsky el 5 de noviembre pasado cuando, mientras cubría un bloqueo de los huelguistas universitarios en el Anillo Periférico, algunos gandules lo zarandearon y golpearon. De regreso al estudio de Televisa el antiguo conductor de 24 Horas dijo que no le habían hecho nada, aunque una docena de periodistas había presenciado la agresión.

   No será ocultándolos como Televisa resolverá los agravios que, en cumplimiento de su trabajo, reciben algunos de sus empleados. Esa empresa puede tener las simpatías o antipatías políticas que sus dueños deseen. Pero difícilmente las sostendrá con solidez si ni siquiera es capaz de defender a sus informadores cuando son agredidos.

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