Ética y medios: desencuentro crónico


 

Desencuentro crónico

 

Raúl Trejo Delarbre [1]

Participación en la mesa redonda “Ética y periodismo en México, ¿campo minado?” organizada por el Centro Universitario de La Ciénega de la Universidad de Guadalajara en la Feria Internacional de Libro en Guadalajara, Jalisco. 3 de diciembre de 2005.

La recurrencia de estas discusiones obliga a una pregunta impertinente: ¿Para qué seguir hablando de ética en los medios de comunicación? Quienes en México llevamos varios lustros refiriéndonos a ese tema a veces experimentamos una sensación de hastío y contrariedad cuando volvemos a él. Hemos dicho tantas veces las mismas cosas y con frecuencia ante las mismas audiencias que es difícil encontrar un ángulo nuevo y, sobre todo, lograr una reacción distinta a la mezcla de condescendencia cordial e indulgencia casi forzada que el asunto de la ética suscita en la mayoría de los periodistas en este país.

Es difícil que, en este gremio, haya quienes rechacen la pertinencia de la ética. De hecho, abundan quienes engolando la voz y poniendo actitud de circunstancia hablan de ética como si la conocieran y practicaran en sus cotidianas actividades profesionales. Pero cuando apreciamos el desempeño de muchos de esos periodistas, podemos constatar que los parámetros éticos de los que hablan para manejar una información, el respeto que consideran indispensable tenerle a los públicos y la escrupulosidad que pregonan no suelen apreciarse en el trabajo que realizan. Abundan los periodistas que, cuando incursionan en terrenos de la academia o aparentan reflexionar en voz alta, reivindican el periodismo de investigación o reprueban el sensacionalismo y el escándalo. Pero a la primera oportunidad publican informaciones que son resultado de filtraciones y se ensañan al dar a conocer detalles de la vida privada de personajes cuya notoriedad les aseguran primeras planas y amplia cobertura en la televisión y la radio.

 

Escándalos, filtraciones y la

prueba del automóvil robado

En nuestros medios de comunicación hablar de ética se ha convertido en una pose que aparentemente engalana los pies de foto y las declaraciones en esos mismos medios, pero no ha llegado a constituir un parámetro en el comportamiento de la mayoría de las empresas y de no pocos profesionales de la comunicación. Aún así, nunca está de más reiterar principios fundamentales cuyo cumplimiento haría del periodismo un oficio dignamente ético. Cuando una información es falsa el reportero y el medio que la publicaron tienen la obligación de esclarecerla. Es preciso que se distinga entre informaciones y opiniones, hay que evitar el plagio, los titulares o avisos deben corresponder a la información a la que se refieren, la publicidad ha de estar claramente diferenciada de las noticias. Las personas aludidas en una información tienen derecho a replicar en las mismas condiciones y espacio en los que esa información fue publicada. Los medios están obligados a respetar la vida privada de los individuos y a distinguir entre asuntos estrictamente privados y aquellos cuyas repercusiones sean de auténtico interés público. Debe evitarse la publicación de denuncias sobre hechos que no han sido comprobados para no infamar a los involucrados en ellas.

Esas y otras pautas articulan los parámetros de comportamiento ético más frecuentemente aceptados en la profesión periodística y, en el panorama internacional, su inobservancia suele ser motivo de descrédito para medios y periodistas que no los cumplen. La ética es útil no sólo para afianzar el compromiso público de los medios de comunicación. Además la ética, cuando se traduce en reglas claras, explícitas y públicas, les permite a las audiencias de los medios tener arquetipos con los que puedan contrastar el quehacer informativo y editorial de la prensa, la televisión y la radio.

Basta cotejar el desempeño actual de una buena parte de los medios mexicanos con principios de ética periodística como los que hemos mencionado para verificar el desastre que, en el terreno profesional, es la comunicación de masas en este país. Ante el desmadejamiento de las instituciones políticas y la debilidad del resto de las organizaciones de la sociedad, en México los medios de comunicación más poderosos han adquirido una preeminencia que en ocasiones los coloca por encima de gobiernos, instituciones, leyes y por encima, sobre todo, de la sociedad misma. Esos medios, por lo general se han rehusado a comprometerse con principios profesionales de carácter ético para no ceder ni un ápice del hoy desbordado poder que han alcanzado.

Podrá decirse, con razón, que las transgresiones éticas en tales medios no son excepción en un panorama público tan abundante en atropellos y chapucerías como el que padecemos en este país. Difundir una filtración, favorecer un escándalo, editorializar furtivamente o propagar acusaciones sin pruebas, parecerían infracciones menores delante de los excesos y dislates en los que con tanta frecuencia incurren muchos de nuestros gobernantes, candidatos, legisladores y dirigentes políticos. Pero buscar en las faltas de otros coartadas para las propias, es un comportamiento cínico que no atempera los yerros de periodistas y medios.

Si alguien vende un automóvil robado nadie duda que está cometiendo una falta: aunque no lo haya hurtado ella misma, esa persona es cómplice de un delito y obtiene un beneficio en dicha transacción económica. Pero si un periódico publica la transcripción de una charla privada de dos personajes famosos que ha sido obtenida mediante espionaje telefónico –que constituye una práctica ilegal– es altamente posible que en lugar de ser señalado como copartícipe de una fechoría se le aplauda por revelar esa conversación [2]. De tal magnitud es la obnubilación que la sociedad mexicana mantiene ante sus principales medios de comunicación. Algunos de los medios más influyentes propagandizan como méritos sus frecuentes atropellos éticos. Sin distancia crítica respecto de esos medios, la sociedad mexicana suele admitir dócilmente los valores profesionales que acerca de sí mismos difunden, entonces, la prensa, la televisión y la radio.

 

De las fortunas mediáticas

al cabildeo comprometedor

En esas condiciones los medios, como tantas veces hemos dicho, se erigen en fiscales de todos pero no suelen admitir cuestionamientos ni mucho menos rendir cuentas acerca de su propio desempeño. El papel que los medios de comunicación han tenido en la transición mexicana de los años recientes ha sido de indudable importancia. Durante muchos años algunas voces críticas encontraron, aunque con restricciones, espacios desde los cuales contribuyeron a pavimentar el trayecto en la construcción de la democracia electoral que hoy tenemos. Las denuncias que ahora suelen publicar acerca de excesos e inconsecuencias de los más diversos personajes del poder político significan –aunque no siempre se deben a tareas de investigación periodística– aportaciones destacadas a la lucha contra la corrupción y la simulación en este país.

Pero de la misma forma que las instituciones y la política mexicanas distan de haberse transformado tanto como requiere la modernización de este país y mantienen gran parte de los defectos y rezagos que las singularizaron durante todo el siglo XX, en los medios de comunicación y entre los periodistas el cambio profesional y ético sigue constituyendo una aspiración inalcanzada. Peor aún, en no pocas ocasiones los atrasos de nuestra prensa están ligados a los que sigue padeciendo el sistema político. El periodismo mexicano se ha sacudido buena parte de las ataduras que lo mantenían supeditado al poder político, pero aún experimenta muchas de las mañas que lo inhibieron y condicionaron desde el antiguo régimen.

Así como los partidos no suelen ver en la sociedad mas que al conglomerado de votantes cuya adhesión requerirán el día de las elecciones, los medios por lo general no consideran a la sociedad como interlocutora sino, solamente, como consumidora de mensajes y productos comunicacionales. Juntos, aunque por motivos distintos, el poder político y los medios mantienen a la sociedad en un estado de crispación que obnubila el entendimiento y la discusión de los asuntos públicos relevantes.

Medios y clase política son corresponsables –en distintos grados, naturalmente– del deterioro que padecemos en el escenario público nacional. Pero mientras a los políticos se les cuestiona intensamente, el papel de los medios suele ser ignorado, o soslayado, en las apreciaciones críticas acerca de la situación mexicana.

Es saludable que los dispendios y excesos de los políticos sean conocidos y denunciados. Pero casi nadie se pregunta por las fortunas, el tráfico de influencias y las impunidades que han fraguado, y cuya preservación exigen, los dueños o algunos de los operadores de los medios de comunicación más importantes.

Todo el mundo reconoce que los políticos tienen obligación de comportarse con la mayor claridad, especialmente cuando manejan dinero público. Pero casi siempre se olvida que las fortunas de los propietarios más importantes de medios electrónicos e impresos, así como de algunos de los conductores y operadores más relevantes en esos medios también se benefician, con frecuencia, de recursos públicos.

La relevancia de las tareas que desempeñan esos empresarios y comunicadores haría necesario que sus negocios fuesen absolutamente transparentes. Pero no siempre ocurre así. La confusión intencional de material informativo con pautas publicitarias, la cesión de espacios gratuitos a candidatos y políticos a quienes deciden favorecer, la magnificación o el ocultamiento de informaciones, la manipulación, dosificación o develación de documentos obtenidos de manera ilícita y la utilización de frecuencias de radiodifusión para favorecer sus negocios privados, son prácticas frecuentes de empresarios y comunicadores en un panorama mediático cuyas ataduras con los negocios son inversamente proporcionales a la escrupulosidad ética.

Ahora por ejemplo, y en buena hora, se cuestiona el cabildeo –en ocasiones entremezclado con el cohecho– que hacen algunas firmas privadas en busca de que sus intereses sean defendidos por legisladores y funcionarios. Pero nada se dice de los agasajos que varias de esas y otras empresas suelen dispensar a periodistas de diversas fuentes. Viajes, regalos, privilegios y cortesías, se han convertido en motivos de compromiso profesional que ningún código de ética dispensaría pero que son frecuentes entre los periodistas y en los medios mexicanos. Se ha vuelto costumbre –y qué bueno que así sea– señalar a servidores públicos cuyas faltas son registradas gracias al escrutinio de los medios. Pero los medios mismos, salvo excepciones, no se escudriñan unos a otros.

Si un diputado ebrio tropieza en un bar y arma un escándalo corre el riesgo –e, insistimos, para la sociedad puede ser útil que así ocurra– de ser señalado en los medios. Pero cuando a fines de 2002 Televisión Azteca envió a un grupo de pistoleros a asaltar la antena transmisora del Canal 40 se podían contar con los dedos de una mano los medios que tuvieron una posición crítica ante aquella tropelía.

 

Acarreos telecráticos

y mezquindad gremial

Ahora está de moda cuestionar la reserva en la que se toman muchas de las decisiones en el poder político. Cuando varios líderes o legisladores de distintas adscripciones partidarias se reúnen a solas, se les denuncia por congregarse “en lo oscurito” como si la discusión en privado no formase parte, siempre, del quehacer político. Pero resultaron escasos, y hoy casi todos son desmemoriados a ese respecto, los medios que en octubre de 2002 denunciaron el contubernio de la Presidencia de la República con Televisa para promover el decreto que anuló el 90% del tiempo al que tenía derecho el Estado mexicano en los medios electrónicos.

La prensa mexicana suele condenar las adhesiones incondicionales que se producen en torno a candidatos y partidos. El acarreo y la preponderancia de las conveniencias sobre las convicciones forman parte de la vieja política que no ha desaparecido del escenario mexicano. Sin embargo fueron escasísimas las voces que comentaron críticamente el mitin de respaldo a sí misma que se organizó Televisa en el Palacio de Bellas Artes con presencia de casi toda la clase política y buena parte de los empresarios mexicanos [3].

La capacidad de medios y periodistas para subrayar la negligencia en la aplicación de la ley se ha convertido en uno de los recursos más valiosos de la vida pública mexicana. Pero esa cualidad se despliega de manera discrecional. En el transcurso de 2005 prácticamente nadie, en los medios mismos, cuestionó la incuria gubernamental ante la huelga que durante más de medio año desbarató al Canal 40, que era una posibilidad diferente en el panorama de la televisión mexicana. No hay ética capaz de explicar la mezquindad que la gran mayoría de las empresas de comunicación y –hay que decirlo– de los periodistas mexicanos, mantuvo ante la embestida del gobierno en contra de la opción informativa que significó el Canal 40.

La debilidad ética del periodismo mexicano tendría que ser del mayor interés para nuestra sociedad y, desde luego, en las instituciones en donde se estudia esta profesión. No podemos aspirar a tener un periodismo de calidad si no está cimentado en consistentes principios éticos. Pero no podemos esperar a que la ética se disemine en la actividad periodística si sólo nos ocupamos de ella en las aulas o en encuentros como éste.

Quizá si las universidades y las agrupaciones profesionales interesadas en este asunto construyeran espacios permanentes y acreditados en donde se observen y señalen las transgresiones éticas más importantes que se aprecien en los medios mexicanos, los periodistas y operadores mediáticos serían más escrupulosos –o, al menos, entenderían que sus yerros no pasan tan desapercibidos como a veces, con tanto desprecio por sus audiencias, llegan a suponer–. Posiblemente, más que promover la creación y adopción de códigos éticos lo que resulta pertinente en México es impulsar el establecimiento de espacios de observación y análisis del periodismo –para, incluso, apreciar el cumplimiento o no de los códigos deontológicos que existan–.

Ética y periodismo, hasta ahora en este país, por lo general han marchado por rutas diferentes. Se trata de un desencuentro crónico. No puede decirse que una y otro constituyan un campo minado porque, para ello, sería preciso que formaran parte de un entorno realmente común. Hace pocos años una de mis alumnas en la UNAM me dijo, al final del curso semestral: “Oiga profesor, ¿usted por qué quiere que cuando seamos periodistas nos muramos de hambre?”. Ante mi desconcierto, la muchacha añadió: “Usted todo el tiempo nos ha dicho que cuando trabajemos debemos portarnos de manera ética. Pero si hacemos eso no vamos a tener éxito como periodistas”. Por eso a veces creo que no vale la pena hablar de la ética de la prensa. Acaso resulta más eficaz, o en todo caso más realista, referirnos a la ética que no hay en nuestros medios de comunicación.

–0–


[1] Investigador en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. rtrejo@servidor.unam.mx; rtrejod@infosel.net.mx; http://raultrejo.tripod.com

[2] La comparación entre el vendedor del auto robado y los medios que difunden materiales inicialmente obtenidos de manera ilegal ha sido mencionada por Ciro Murayama en “Difundir el espionaje”. La Crónica de Hoy, 25 de noviembre de 2005.

[3] Véase “Todo México con Televisa” en etcétera número 59, septiembre de 2005, p. 5.

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