Televisa en sus noticieros: cambios para que todo siga igual

Artículo escrito en diciembre de 1997 para la revista Laberinto urbano

Televisa dice que sus noticieros van a cambiar. Las nuevas circunstancias del país y de la televisión mexicana misma, empujan hacia una transformación que no será tan ambiciosa como muchos telespectadores quisieran, ni tan limitada que no sea perceptible. La lógica del mercado, que estuvo ausente durante cuarenta años en un panorama televisivo fundamentalmente hegemonizado por Televisa y sus esquemas de producción, por fin ha significado una competencia inédita. Pero más allá del contrapeso y la rivalidad auténtica que provienen de Televisión Azteca, la empresa de la Avenida Chapultepec y San Angel necesita modernizarse en todos los sentidos: su estructura interna misma, hecha a la medida de un caciquismo que desapareció el día en que murió Emilio Azcárraga Milmo, es tan vertical como ineficiente. Las rutinas de trabajo, las líneas de mando, la programación y desde luego la relación con sus públicos e incluso la insólita quisquillosidad con que ha tratado a sus anunciantes, cambiarán inexorablemente en esa empresa. No hacerlo, sería la ruina paulatina.

   El joven Emilio Azcárraga Jean ha comenzado por una de las áreas más delicadas. Los noticieros no sólo se encuentran entre los espacios de mayor y más costosa comercialización en Televisa. Además, de ellos se han hecho depender, en buena medida, la imagen delante de la sociedad y la articulación en el trato entre ese consorcio y el poder político.

 

El hombre es el mensaje

Televisa anunció, para comienzos de este 1998, la reestructuración de sus noticieros principales. Incluso la tortuosidad con que se dieron a conocer avances de esos cambios, da cuenta del poco aprecio que esa empresa tiene por sus auditorios y de las tensiones por lo visto no resueltas que existen entre diferentes equipos de trabajo en su área informativa.

   En otros países, la sustitución de un conductor relevante (un anchorman, un hombre ancla, en el pragmático lenguaje de la televisión estadounidense) suele ser anunciada con varios meses y hasta con un año de antelación. En México, todavía a mediados de diciembre de 1997, dos semanas antes de la fecha en la que aparentemente ocurriría ese cambio, la despedida de Jacobo Zabludovsky de 24 Horas no había sido notificada de manera formal. Sin embargo, se llegó a publicar que todos los miembros del equipo de trabajo directamente a cargo de Zabludovsky había presentado sus renuncias: no querían estar a las órdenes de otro jefe, porque tenían diferencias con el resto de los directivos del área de noticias en Televisa.

   Los lectores de diarios –una auténtica minoría en este país–  y especialmente quienes frecuentan las páginas y espacios de información política, sabían por versiones oficiosas que el popular e influyente Zabludovsky dejaría la conducción del noticiero más importante de la televisión, pero la mayoría de los espectadores en todo el país seguía ignorante de esa posibilidad. Si el relevo de Jacobo se ha producido, como mucho se sugirió en esas versiones, en los primeros días del año, los televidentes recibirán con sorpresa ese cambio. 27 años de enterarse noche tras noche de las noticias con el estilo de Zabludovsky, que puede ser discutible pero que ha sido inimitable, han debido dejar una huella que será difícil de seguir.

   El hombre es el mensaje, parodiando al habitualmente mal citado McLuhan, podría decirse de la relación que llega existir entre el noticiero y su conductor. El estilo, la cadencia, la imagen desde luego y en alguna medida también la orientación de un noticiero, dependen en buena medida de quién de la cara delante de las cámaras. Un programa de noticias es, desde luego, resultado de un trabajo de equipo. Reporteros y productores hacen lo suyo y si no lo hicieran, no habría qué mostrarle a los espectadores.

   El televidente común no repara en esa complejidad. El lector de noticias es su vínculo principal, prácticamente único, con el contenido del programa. Además, excepto en las notas exclusivas y/o que resultan de un trabajo de investigación –cosa que prácticamente no existe en la televisión mexicana–  todos los noticieros son iguales. Todos, cubren esencialmente los mismos acontecimientos. De ahí que para la mayoría de los telespectadores la diferencia esté en la manera como se les proporcionan esas noticias.

   Puede haber cambios en la escenografía del estudio, en la extensión de las notas informativas, quizá haya mayor o menor contexto. Pero la diferencia más notoria, a veces superficial y a veces no, radica en quién ofrece las noticias cada día. De allí que el conductor sea una auténtica ancla del noticiero. Sin un buen presentador, el programa puede flotar a la deriva. Y de la misma manera, con un conductor tan inexperto, o tan aburrido que la gente prefiera cambiar de canal, el noticiero se hunde.

 

Abraham, Rocha, Ortega Ruiz

Así le ha sucedido a Televisa en no pocas ocasiones. La más notoria, fue cuando en varios momentos a lo largo de 1997, se ensayaba cómo sustituir a Jacobo Zabludovsky. Dos muchachos, Fregoso y Díaz, se encargaron de 24 Horas durante una semana. El resultado fue desastroso. No basta con tener ganas, ni con todos los recursos audiovisuales con los que Televisa es capaz de vestir a las noticias y a quienes las leen. Otros personajes han pasado por el espacio informativo de las noches.

   Abraham Zabludovsky tiene tablas y experiencia pero su imagen televisiva que no es precisamente simpática, quedó contaminada con las acusaciones de negocios aparentemente no del todo claros con personajes del gobierno pasado. Abraham Zabludovsky es una carta fuerte en cualquier reestructuración en los noticieros de esa empresa, aunque el apellido mismo y todos los beneficios que le significó en las décadas recientes, sugeriría que no hay cambio auténtico sino simple relevo nepotista.

   Ricardo Rocha ha querido ser algo así como el periodista políticamente correcto en Televisa. Ha aprovechado con inteligencia la crisis del viejo sistema mexicano para mostrar apertura hacia los grupos partidarios emergentes, ha tenido la audacia de simpatizar o casi con la causa neozapatista y de transmitir aquel contundente video de la matanza en Aguas Blancas. Sin embargo no se puede quedar bien con dios y con el diablo y en su flexibilidad política, Rocha comienza a padecer una notoria ligereza. No les resulta confiable a todos los segmentos de la crecientemente heterogénea clase política mexicana.

   Guillermo Ochoa es sobreviviente de varias batallas dentro de Televisa. No sólo se le defenestró en 1989 con la arbitrariedad proverbial de Azcárraga Milmo, cuando se tomó la libertad de retransmitir una conversación con Joaquín Hernández Galicia justo mientras a ese cacique petrolero el gobierno federal lo estaba encarcelando. Dos años antes, Ochoa había ocupado con un efímero y fallido noticiero el espacio informativo de las noches en canal 2, cuando Zabludovsky fue enviado a reorganizar los noticieros de Univisión en Miami. Aquella incursión fracasó (entre otras cosas, por cierto, debido a que algunos periodistas estadounidenses de origen cubano hicieron víctima a Zabludovsky de sus posiciones antimexicanas). En marzo de 1987, Jacobo y sus 24 Horas estaban de vuelta.

   Otro Guillermo, Ortega Ruiz, se ha mantenido sin las frivolidades políticas de Rocha y ha tenido la suerte de que no lo encarguen de espacios simplemente frívolos como los que le han tocado a Ochoa. Serio, disciplinado, no se ha metido en conflictos aunque tampoco ha tenido un trabajo especialmente destacado, excepto por su constancia de varios años en el noticiero matutino. Hace algo más de dos años, cuando 24 Horas cumplió un cuarto de siglo, el diario Reforma consiguió las opiniones de varios personajes del mundo de las noticias en televisión. El juicio de Ortega Ruiz, no deja de ser interesante: “El gobierno ha pagado una cuota, la más grande; a Televisa le correspondió pagar otra y como figura central del ejercicio de noticias de nuestra empresa, Jacobo pagó también su cuota, lo que no quiere decir que esta empresa y Jacobo, no sepan qué hacer y cómo resolverlo”.

   Ortega Ruiz se refería a la falta de credibilidad del sistema político, de la cual ha sido parte sustancial la empresa para la que trabaja. Así como ese sistema le debe a Televisa parte del consenso que mantuvo durante tanto tiempo en la sociedad, ese consorcio aprovechó con creces sus buenas relaciones con el poder político: concesiones, la aplicación discrecional de las leyes para la radiodifusión y sobre todo una cooperación que a veces fue franca connivencia, les permitieron al viejo sistema político y a Televisa lucrar, cada uno en sus propios términos, con y delante de una sociedad por tanto tiempo adormecida.

 

¿Profesionalismo e independencia?

Para ser redituable, la nueva cuota que Televisa y sus hombres-ancla a cargo de los noticieros deberían pagar, tendría que implicar más profesionalismo periodístico y una clara independencia política. Lo primero, es difícil con un equipo de noticias acostumbrado a que la información les llegue sin esfuerzo antes que a buscar, rastrear e investigar los acontecimientos –y no nos referimos tanto a quienes la encabezan el área de noticias, como a no pocos reporteros que sólo saben extender el micrófono, alisarse la solapa y sonreír delante de las cámaras–.

    La independencia política se ve remota porque antes de alcanzarla, esa empresa tendría que romper con reflejos afianzados en largos años de sujeción convenenciera al poder político. Si hasta hace poco las reverencias y los sesgos de parcialidad eran en beneficio del PRI y los gobernantes de ese partido, recientemente se ha producido un ligero pero sensible viraje a favor del PRD. No es que Televisa de repente se haya vuelto perredista: simplemente, sus operadores advierten que allí hay una nueva fuente de poder político, con la cual les interesa tener una relación de beneficios mutuos. Para hacer televisión no sólo hay que pensar en los negocios. Antes que en ellos y como requisito precisamente para hacer de la televisión un buen negocio, ahora es preciso pensar en los públicos. Y para Televisa, la sociedad sigue destinataria y no actora de las noticias. Por eso los auténticos cambios, si ocurren, no vendrán solo con un nuevo rostro o con un nombre distinto en el noticiero de las noches.

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