En Excélsior, a golpes

La Crónica, septiembre 10 de 2003

Es explicable, pero también enormemente triste, el encono que se manifiestan los trabajadores de Excélsior. El enfrentamiento que protagonizaron el domingo fue más allá de los altercados naturales entre facciones de distinto signo en cualquier centro de trabajo en donde haya conflictos.

   En esta ocasión los grupos que se disputaban la posesión de las instalaciones se golpearon con saña y aborrecimiento inusitados. Sin tomar en cuenta la edad o la inermidad de algunos de ellos, sus antiguos compañeros de trabajo los agarraron a patadas como si en cada puntapié desahogaran los años que llevan en la incertidumbre y la penuria laborales.

   Los trabajadores de Excélsior fueron, primero, damnificados de la ambición y los excesos de sus antiguos directivos. Hay que recordar que no eran víctimas inocentes. La desmedida conducta de quienes encabezaron a esa cooperativa durante casi un cuarto de siglo era perfectamente conocida por los trabajadores del diario. Si la toleraban era porque, aunque fuese a cuentagotas, los réditos de la acumulación exagerada que había gracias al ejercicio de un periodismo discutible beneficiaban a muchos de los cooperativistas.

   Luego de la crisis en octubre de 2000, cuando Regino Díaz Redondo fue expulsado del periódico, los trabajadores no pudieron articular un proyecto realista para mantener a Excélsior.

   Durante un tiempo sostuvieron la ilusión de que la empresa podría resarcirse de sus numerosas deudas sin tener que aliarse con un inversionista externo. Pero conforme pasaron meses y años, en medio de vicisitudes crecientes y con gran entereza de muchos de ellos, esos trabajadores tuvieron que admitir que solo una inyección de capital podría desadormecer a esa enorme y prestigiada casa que alguna vez fue Excélsior.

   Lamentablemente, en vez de consolidarse alrededor de una idea editorial y empresarial los cooperativistas entraron en conflicto. La disputa por la conducción de la empresa, larvada desde la expulsión de Díaz Redondo, desembocó en la existencia de dos mesas directivas que, alternadamente, reclaman la titularidad de la cooperativa.

   Era natural que, en tales condiciones, ningún inversionista serio quisiera arriesgar su dinero en ese diario. Solamente aventureros, como un ex funcionario policiaco que les ofreció decenas de millones de dólares y acabó entregándoles cheques sin fondo, podían interesarse en tal empresa. Otros inversionistas manifestaron disposición para comprar el edificio, cuya privilegiada ubicación en Reforma y Bucareli lo convierte en prospecto de una interesante inversión inmobiliaria, pero sin tener interés en el periódico.

   Ni siquiera esas señales de profunda crisis, ya no solo en el perfil público del diario sino incluso en su valor como empresa, persuadieron a los cooperativistas para resolver sus disputas.

   La mesa directiva elegida a la caída de Díaz Redondo y que estaba encabezada por Rafael de la Huerta como presidente del consejo y Patricia Guevara como directora del diario, fue destituida sin que, al parecer, se hayan cumplido con los requisitos legales para ello.

   En su lugar fueron designados Jaime Contreras Salcedo y Armando Sepúlveda, bajo cuya conducción el diario se ha publicado durante casi dos años. El otro grupo buscó reivindicar la representación que había ganado también en asamblea y varias resoluciones judiciales, a fines de 2002, le dieron la razón.

   Sea cual sea el grupo que representa a los trabajadores de Excélsior, el conflicto entre ellos ha durado demasiado para que pueda mantenerse tal indefinición.

   Las autoridades federales encargadas de regular el funcionamiento de las empresas cooperativas han mantenido una cuestionable pasividad. En vez de aplicar la ley y propiciar la realización de una asamblea en donde, a partir de un padrón confiable, los trabajadores pudieran precisar quiénes quieren que los represente, el gobierno quiso lograr una conciliación política. A la vista del enfrentamiento del domingo ese avenimiento ha sido un fracaso.

   Maltratados por tres años de carencias, lastimados por los sueldos incompletos y la ausencia de expectativas profesionales, resulta explicable que los cooperativistas de Excélsior estén hartos. En peor condición deben estar los trabajadores que, sin formar parte de la cooperativa, prestan sus servicios en esa empresa.

   El espectáculo que ofrecieron hace tres días, cuando De la Huerta entró por la fuerza en las instalaciones del diario y con mayor lujo de violencia lo sacaron, indica la imposibilidad de cualquier proyecto empresarial o editorial mientras no se pongan de acuerdo. Es muy triste que el que fuera el diario más importante de México se encuentre en esas condiciones. Nadie tiene toda la culpa de esa situación. Nadie tiene, por sí solo, todo el remedio para ella.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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