El secreto del periodista

La Crónica, noviembre 28 de 2002

No deja de ser paradójico que en una ocupación cuya tarea principal es dar a conocer acontecimientos, una de las prerrogativas fundamentales sea el secreto profesional. La defensa de sus fuentes y así de su credibilidad, les impone a los periodistas la necesidad de mantener en reserva la identidad de sus informantes, pero sólo en casos muy específicos.

   Para informar, a veces resulta necesario encubrir. Pero sólo de manera excepcional. Una prensa que toma por costumbre la presentación de noticias sin fuente acreditable, no acaba por develar nada sino rumores, insidias, o por servir a intereses que no son estrictamente periodísticos.

   Informar y esconder: esa aparente contradicción, se explica a partir de la función pública de la prensa. Como parte que es de la sociedad, se desempeña como intermediaria entre los ciudadanos y los diferentes poderes, lo mismo económicos, que políticos o de cualquier otra índole. En virtud de su capacidad para develar asuntos que de otra manera permanecerían ajenos al conocimiento público, la prensa cumple con una importante función tanto en la construcción de consensos que en la exposición de abusos, errores y defectos, especialmente de las instituciones estatales.

   Gracias a la prensa, se han conocido atropellos y latrocinios del más diverso orden. El caso Watergate es paradigmático porque condujo a la caída del presidente del país más poderoso del mundo. Pero tan o a veces más difícil que el trabajo de los famosos Woodward y Bernstein, es el de numerosos reporteros, sin la cobertura que dan la fama y las empresas de la talla de The Washington Post y que todos los días batallan en la búsqueda de sesgos originales para que las noticias vayan más allá de la superficie. Se trata entonces de ofrecer, más que hechos llanos, el contexto que permita entender y no sólo conocer los acontecimientos.

   Para esos reporteros, que en ocasiones se encuentran con informaciones que únicamente pueden proporcionar si garantizan la confidencialidad de sus fuentes, es que existe el secreto profesional en el periodismo. Se trata de un recurso para ser empleado en circunstancias límite. Es, junto con otras garantías de la prensa, uno de los mecanismos para que la sociedad, al verse reflejada en los medios, tenga presentes sus propias realidades. Cuando derechos y responsabilidades de la prensa están definidos, lo mismo en marcos jurídicos que en códigos deontológicos, la sociedad cuenta con una prensa capaz de ejercer con madurez su libertad. Estas garantías son, entonces, instrumentos de la democracia.

   No se trata de un fuero para que el periodista deambule por la vida recopilando versiones de las que no aportará sustento. El secreto profesional lo compromete con sus lectores (o radioescuchas, o televidentes), con la empresa para la que trabaja y con su entorno social y antes que nada, es un recurso para ofrecer informaciones que de otra manera no alcanzarían la luz pública. Siempre atinado, el escritor español Javier Pradera lo ha explicado mejor que nosotros, de la siguiente manera: “no es un privilegio gremialista concedido por el legislador a una corporación poderosa, la cual pudiera esgrimirlo a su capricho para eludir las leyes que los demás deben cumplir. Su sentido más profundo es fortalecer la institución de la libertad de prensa, una pieza clave de los sistemas políticos pluralistas. En última instancia, el bien jurídico protegido por el secreto profesional es la libertad de prensa y no la supuesta relación de confianza entre el informante y el periodista” (en Lluís de Carreras Serra, Régimen jurídico de la información. Ariel Derecho, Barcelona, 1996).

   Rasgos y obligaciones peculiares en el desempeño de tal profesión hacen pertinente la existencia, al mismo tiempo, de normas jurídicas y principios éticos explícitos –unas no sustituyen a los otros, ni viceversa–.  Sin embargo en México la desconfianza respecto de las leyes y –hay que reconocerlo– cierta defensa corporativa de privilegios que no reconoce las obligaciones consustanciales al ejercicio de cualquier libertad, han llevado a buena parte del gremio periodístico a oponerse a la actualización de las leyes para la prensa e incluso, a considerar lesivos los códigos de autorregulación. En la mayor parte del mundo contemporáneo, ya ha sido superada esa arcaica discusión sobre la conveniencia o no de las leyes para la prensa: ellas existen e incluso, en numerosos casos incorporan la defensa de derechos como el secreto profesional.

   (El texto anterior es parte del prólogo que el autor de esta columna escribió para el libro de Ernesto Villanueva El secreto profesional del periodista publicado en 1998 por Fragua Editorial en Madrid. La reciente discusión sobre los derechos y atribuciones de los reporteros, a raíz de los citatorios judiciales que han recibido algunos de ellos, hace pertinente reproducirlo ahora).

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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