Telebasura

La Crónica de Hoy, 6 de agosto de 2000

El argumento más usual de quienes defienden a los llamados talk shows es de un cinismo autocomplaciente: a la gente le gustan –sostienen–, así que hay que seguir suministrándoselos. Aquellos a quienes les desagraden –desafían– pueden cambiar de canal o apagar el televisor.

Esa ha sido por largo tiempo, la tesis principal para disculpar la propagación de contenidos de ínfima calidad y de riesgosos efectos sobre los televidentes cultural y generacionalmente más inermes. “Si no les gusta, que le cambien“: quienes sostienen esa premisa olvidan intencionalmente que la oferta en la televisión no sólo es limitada sino, en el caso mexicano, de una patética pobreza. No hay muchas opciones delante de la televisión de mala calidad. Peor aún: en muchas ocasiones, al cambiar de canal nos encontramos con programas iguales o peores a los que buscamos evitar.

También se soslaya en esa argumentación que la televisión tiene responsabilidades públicas con las cuales no siempre cumple pero que es posible, y pertinente, reivindicar. Los canales televisivos, especialmente aquellos que transmiten por señal abierta, usufructúan un segmento del espacio radioeléctrico que es patrimonio de la sociedad y no solo de unas cuantas empresas.

Los funcionarios del gobierno federal que por temor o connivencia se niegan a sancionar la transmisión de los discutidos talk shows vespertinos, también olvidan que las empresas que los difunden ejercen una concesión que les otorga el Estado mexicano. El desafío de los radiodifusores que se niegan a atender las recomendaciones para modificar el contenido o cambiar el horario de esos programas, es causa suficiente para que el gobierno les revoque la concesión.

 

Escándalo y morbo: curiosidad insana

“Soy amante del padre y de su hijo”, “Me enamoré del novio de mi hija”, “Tuve sexo con mi jefe y ahora lo confieso”, “El tamaño sí importa”, “Hombre de día, mujer de noche”, “Me dijiste que eras virgen”, “Le di la prueba de amor y ahora me abandona”, son algunos de los temas que los telespectadores han podido presenciar en las semanas recientes.

Los dos consorcios nacionales de la televisión no compiten por difundir mejores programas, sino por hacer mayor negocio con el menor esfuerzo. El sensacionalismo siempre vende en los medios de comunicación. Lo saben Televisa y Azteca, igual que antes lo supieron los editores de Alarma! en nuestro país o los creadores del periodismo amarillista en Estados Unidos.

Escándalo y morbo invariablemente despiertan la atención, compadecida o curiosa pero también insana, de los grandes públicos. Si a la exposición de intimidades ajenas se añaden algunas dosis de desgracia y llanto, la seducción será mayor. A todos, de una u otra manera, nos impresiona la desventura de otros. Es parte de la naturaleza humana. Más que la solidaridad o la caridad, solemos tener la fisgonería a flor de piel. La televisión se ha convertido no solamente en una permanentemente abierta ventana indiscreta como en la película de Hitchcock, sino en el corredor por el que nos asomamos a tantas ventanas como imponga el irresponsable ánimo de lucro de los dueños de Televisa y Televisión Azteca.

Gracias al televisor todos somos voyeuristas –o, dicho de otra manera, todos podemos complacer al fisgón que llevamos dentro–. Las desdichas de los invitados en los talk shows de moda tienen el atractivo del pleito familiar de los vecinos cuando los escuchamos pared de por medio, pero con la alevosía adicional que permite la contemplación televisiva. En la pantalla podemos apreciar la miseria, el llanto o el impudor de los participantes sin que nadie nos lo reproche (si acaso, nos sentimos incómodos con nosotros mismos pero esa es una sensación que podemos esquivar).

A ningún mirón le gusta que lo pillen curioseando. El televisor ofrece una impunidad inédita: allí están, delante nuestro, la mujer que engaña a su marido y cuya historia, en otras circunstancias, jamás escucharíamos con tanta atención; allí están los trasvestis a los que miramos de reojo cuando pasamos junto a ellos en la calle. El regodeo con que podemos mirar gestos y ademanes sin avergonzarnos por ello, es una de las contribuciones del televisor no al autoconocimiento sino a la autodenigración de la sociedad contemporánea. La televisión nunca ha sido un medio tan caliente, a pesar de las prevenciones que apuntaba McLuhan. La incandescencia de los talk shows atrae con el mismo magnetismo que las moscas tienen por la inmundicia.

La televisión puede detonar esas y otras pasiones. La gran pregunta es si el espacio radioeléctrico patrimonio de la sociedad, debe y puede ser empleado para difundir contenidos de esa índole en horarios para niños y jóvenes.

Estridencia visual y ostentación grotesca

Aunque son espectáculo de un medio audiovisual en estos programas suele importar más lo que se dice, que lo que se ve. No en balde se les llama, precisamente, talk shows. Sin embargo las adaptaciones mexicanas de ese género, que ahora tienden a ser tan desorbitadas como las de mayor extravagancia en la televisión internacional, sobrecargan el contenido visual de tal manera que, al ruido de las discusiones, se añade la algarabía de la decoración y los personajes secundarios.

“Hasta en las mejores familias” quizá llegue a ser considerada como una de las teleseries más involuntariamente kitsch –esa colisión sensorial que amalgama el mal gusto, la desmesura sentimental y el exceso pictórico e icónico–. No sólo no hay temor al ridículo, sino ostentación de lo grotesco y extravagante.

En ese programa las cuitas siempre drásticas de los invitados, son sometidas al juicio de un grupo de personajes deformes o cuyas peculiaridades físicas o sexuales son expuestas no en reconocimiento respetuoso de sus diferencias sino para mofarse de ellos. “Los metiches implacables” que hacen el papel de comadres chismosas y estridentes son enanos, narizones o desdentados, entre una destemplada galería de personajes con distorsiones físicas. Los preferidos de los productores son los travestis, cuya preferencia sexual es equiparada con las deformaciones de los otros como si se tratase de una imperfección física.

Quizá haya algo de contrahechura moral al estilo de Buñuel en el hecho de que esos personajes, habitualmente segregados, sean quienes juzguen las vicisitudes de personas aparentemente “normales” expuestas en cada programa. Pero sobre todo se trata de una atroz imitación del espíritu fellinesco que, en el cine, se asomó al circo en busca de figuras extravagantes a las cuales contrastaba con la vida ordinaria. Fellini se refocilaba en el exceso con un propósito estético; sus deliberados o fortuitos imitadores en México hacen negocio con la caricatura de situaciones grotescas.

En esa teleserie del Canal 9 los deformes y travestis no son conciencia moral sino simplemente carnada para el estupor mojigato. Los salvavidas que presuntamente evitan que los comparecientes lleguen a los puñetazos –y que además cantan el tema del programa– y otros personajes, forman parte de un elenco tan abigarrado que se le impone a la exhibición de cualquier tema. La forma es el fondo en ese programa de Televisa.

Mucho show y poco talk. La estridencia verbal queda abrumada por la sobrecarga visual. Al menos en el programa rival, “Cosas de la vida” que transmite el Canal 13, las experiencias expuestas en cada programa son comentadas por sicólogos y no por personajes cuya singularidad es la distorsión física o la peculiaridad sexual que exhiben.

 

Nula privacía en una sociedad de mirones

En los talk shows la tragedia se vuelve comedia. Es más apropiado denominarlos, como se ha hecho en Europa, reality shows. Pero no se trata de una representación de la realidad tal cual es, sino que amplifica sus rasgos más ásperos e incluso los más repulsivos. Esa no es, entonces, la realidad sino el espectáculo que se hace a partir de desfigurarla.

La individualización de problemas sociales y familiares tiene la eficacia del protagonismo: se trata de personas reales y esa autenticidad, aunque sea solo aparente, es el señuelo principal para un público que tiende a desertar de la ficción porque la vida real suele ser más ardua y sorpresiva. La trama pesa más que el desenlace. A nadie le importa qué será de las familias cuyos apuros son expuestos de manera tan impúdica. El interés se encuentra en el conflicto mismo.

La esfera de lo público se superpone con el mundo de lo privado en esas series. ¿Con qué derecho nos asomamos a los asuntos personales de esa gente? ¿Con qué derecho las televisoras lucran y distraen –en el sentido más estricto de ese término– con las vergüenzas de otros? Hay quienes sostienen que esa es parte de la libertad que los medios han conquistado. No es cierto. Al contrario, se trata de una de las expresiones más peligrosas de los excesos mediáticos.

En un artículo reciente, Jaime Ramírez Garrido puntualiza: “Determinar la privación de intimidad esgrimiendo la libertad de prensa es tanto como justificar el robo por motivos de justicia social. La vida privada es fundamental para que exista la libertad individual en la que se funda la libertad de prensa. Los predicadores de una prensa indiscreta emulan al hermano mayor que en su novela 1984 George Orwell atribuyó a un Estado totalitario; ahora son los paladines de una pretendida libertad (como los burócratas de Orwell) quienes predican una suerte de fascismo, pues fascismo es minar los fundamentos de la libertad individual y eliminar las barreras entre la vida pública y la vida privada; y la privatización del sistema de concesiones, realizada por particulares que se arrogan una representación, es el camino abierto a la justicia por su propia mano” (“Lo público y lo privado en Nexos, mayo de 2000).

De ninguna manera es casual, ni solamente simbólico, que el reality show reciente de mayor éxito en el mundo sea, precisamente, The Big Brother : varias personas son enclaustradas durante varias semanas en una casa provista de cámaras televisivas en cada habitación; el público puede ver cada movimiento y acción, lo mismo en la sala que en los dormitorios y en el baño a través de una página en la Internet y cada noche se ofrece un resumen de los momentos más llamativos. La sociedad espectadora se está transformando en una sociedad de mirones.

 

En muchos casos, fingen por dinero

La televisión, que solía interesarse en las personas comunes solamente como espectadoras de sus programas, ahora las incorpora como personajes centrales La gente de la calle y sus problemas se convierten en protagonistas y temas. De esa manera se construye una relación heterodoxa entre la televisión y sus públicos. Pero a la gente se le recibe como personaje mediático no por sus virtudes, sino por sus defectos. Mientras más grotesco, se es más telegénico. En sus –literalmente– 15 minutos de fama, los comparecientes en los talk shows exponen los peores momentos de su vida.

¿Por qué acepta esa gente exhibirse de manera tan tosca? Algunos por afán de notoriedad. Otros quizá confían en hallar alguna solución a sus problemas aunque no parece que eso sea frecuente. El productor de “Cosas de la vida”, Roberto Romagnoli, se ufana: “Al margen de presentar algo morboso también le mandamos a una señora su dentadura para que su hijo ya no se avergonzara de ella” (Reforma, 4 de junio de 2000). Dientes nuevos y toda una vida marcada por el show televisivo.

En varios casos, se ha comprobado que las personas que asisten a esos teleshows reciben un pago e inclusive, quienes aparentan formar parte de una familia nunca antes se habían conocido. Reforma publicó el 4 de junio que a los invitados a Hasta en las mejores familias y Cosas de la vida, Televisa y Azteca les pagan entre 150 y 300 pesos. Crónica dio a conocer el 24 de julio una amplia investigación que demuestra pagos de hasta 2 mil pesos a panelistas de esos programas.

 

Ciudadanos ridiculizados y despolitizados

Así que en no pocos casos, el único servicio que esas personas reciben son unos cuantos pesos y la fugaz aparición mediática. Pero aunque se trate de gente de la calle y con problemas reales, es discutible que el protagonista de esas series sea el ciudadano. Lo es pero solamente en su carácter de víctima, abusador o adefesio. El ciudadano, como tal, no aparece para exigir, proponer u opinar sobre asuntos de carácter más amplio. El temario se encuentra limitado a penurias privadas.

Esa constituye una manera de segregar y así, despolitizar a la gente. A los ciudadanos, en tales programas, las televisoras los utilizan como carne de cañón mediática. A final de cuentas se les despersonaliza, cuando de ellos no se presenta una biografía compleja como la de todo ser humano sino únicamente los incidentes escandalosos.

Para que haya espectáculo, es preciso que haya pleito. Unos se tienen que acusarse a otros, denunciándose e incriminándose. La que construyen esos programas es una sociedad no sólo de paupérrimos valores morales, sino además de una peligrosa tendencia totalitaria. El investigador español Lorenzo Vilches ha encontrado, en tal sentido: “El reality show podría estar produciendo también efectos de refuerzo ideológico reaccionario y un cierto fascismo ordinario allí donde se anima a los espectadores a delatar o a informar sobre personas que la mayoría de los espectadores tienden a identificar con sectores sociales bajos o marginales. Es una hipótesis que se ha discutido en Holanda y no ha sido aún desmentida por ninguna investigación” (“La televerdad“, en Telos No. 43, Madrid, septiembre-noviembre de 1995).

En Perú la popularidad de Laura Bozzo, conductora de Laura en América, producido por la televisión venezolana y que en México ahora es transmitido por Televisa, ha sido tan extensa como los cuestionamientos a la manipulación y a los abusos a las personas que aparecen en dicho programa. El sociólogo peruano Javier Protzel ha escrito al respecto: “Esta simbiosis de vedettes mediáticas y de benefactoras investidas por el poder es sólo posible en situaciones de descomposición social y de reducidos márgenes de autonomía ciudadana”. Y todavía más: “La utilización de programas televisivos como (por ejemplo, pero no sólo) el de Laura Bozzo –que ha llegado a contar con la presencia del presidente Fujimori– constituye una palanca neopopulista aplicable sobre todo a sectores urbanos pauperizados”.

 

El gobierno mexicano, postrado ante la TV

También en Perú hace pocos meses el Tercer Informe Anual de la Defensoría del Pueblo, correspondiente a 1999, denunció que el 27 de noviembre de ese año en los programas Laura en América y Maritere, “las conductoras ofrecieron determinadas sumas de dinero a diversas personas para que efectuaran actos denigrantes, tales como, lamer las axilas y los pies de una persona, comer alimentos de animales o ingerir gusanos vivos”. Debido a esa violación a los derechos humanos, ese organismo le exigió al gobierno de Perú que dejase de contratar espacios publicitarios en tales programas.

En México el 16 de junio de este año la Comisión Nacional de los Derechos Humanos solicitó al gobierno federal “la reclasificación y modificación de los horarios de transmisión de varios programas televisivos pertenecientes al género denominado ‘espectáculos de realidad’ (reality shows)”. En carta al Secretario de Gobernación el ombudsman nacional, José Luis Soberanes, se hizo eco de las quejas de diversas agrupaciones sociales para pedir: “que, de acuerdo a las facultades de coordinación y vigilancia sobre los medios de comunicación que le atribuyen la Ley Federal de Radio y Televisión y su Reglamento, se sirva realizar las gestiones necesarias con la finalidad de que los programas de dicho género sean clasificados adecuadamente y, en consecuencia, transmitidos en horarios para adultos, de acuerdo con sus contenidos”.

Siete semanas después, la respuesta de la Secretaría de Gobernación a esa solicitud ha sido errática y timorata. Incluso algunos funcionarios de esa dependencia han mentido públicamente, al asegurar que no cuentan con instrumentos jurídicos para presionar a las televisoras. La Ley Federal de Radio y Televisión y su reglamento, contienen disposiciones suficientes para que el gobierno acate esa exigencia de la sociedad. Pero el gobierno federal no quiere. En ese tema como en otros, Televisa y Televisión Azteca se benefician de una impunidad que el gobierno ha permitido y delante de la cual los funcionarios del Estado Mexicano siguen postrados.

Exhibición de sordidez, intimidad y sufrimiento

Los talk shows muestran facetas parciales, distorsionadas y desagradables de una sociedad que es mucho más versátil. Si hay quienes quieran verlos, muy su gusto. Es moralmente cuestionable y altamente significativo, que Azteca y Televisa insistan en hacer negocio exhibiendo de esa manera las penurias de algunas gentes. Allá ellos y quienes vean y se anuncien en esos programas. Lo que resulta legalmente indebido es que tales series, que tienen contenidos para adultos, sean transmitidas en horarios para niños y jóvenes.

En una sociedad democrática se vale que cada quien consuma lo que quiera. Incluso, que consuma mensajes de la peor calidad. Pero no se vale que quienes no tienen edad para discernir entre unos y otros mensajes, los encuentren en la televisión abierta en horarios para todo público.

Hace seis años en Alemania, trabajos de autores como Peter Winterhoof-Spurk (director del Instituto Saarland de Investigación para la Sicología de los Medios) emplearon el término “telebasura” para referirse a los programas que hacen espectáculo a partir de la realidad. En noviembre de 1997 en España, varias agrupaciones de consumidores y ciudadanos interesados en los medios dieron a conocer el Manifiesto contra la Telebasura, a la cual “se define por los asuntos que aborda, por los personajes que exhibe y coloca en primer plano, y , sobre todo, por el enfoque distorsionado al que recurre para tratar dichos asuntos y personajes”.

“Bajo una apariencia hipócrita de preocupación y denuncia, los programas de telebasura se regodean con el sufrimiento; con la muestra más sórdida de la condición humana; con la exhibición gratuita de sentimientos y comportamientos íntimos. Desencadenan una dinámica en la que el circense ‘más difícil todavía’ anuncia una espiral sin fin para sorprender al espectador”.

Los promotores de ese Manifiesto, desataron en España una interesante discusión sobre los deberes éticos de los medios. En México estamos aún más atrás: aquí nos preguntamos hasta cuándo el gobierno, con la ley en la mano, permitirá la transmisión de contenidos para adultos en horarios infantiles.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

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2 thoughts on “Telebasura

  1. hola buena noche yo soy la maestra a la que exibieron en el programa de Cosas de la vida por un dupuesto asesinato del niño Luis Dorian Robles sin prueba algùna en contra mìa y gracias a eso destuyeron gran parte de mi vida ( trabajo,reputaciòn laboral , y vida familiar ) a esta supuesta periodista se le hizo fàcil hablar y hacer un espectàculo de lo que en ese momento estaba sucediendo alento amemazas y malos tratos a mi persona y a los mìos y es hasta el dìa de hoy que siguen amenazandome y acosandome sin razòn en pùblico. la realidad es que fue negligencia por parte de los padres al no tratar una enfermedad como era debìdo,medicando al menor por deciciòn propia y tratando de culparme al asegurar que yo.personalmente lo asesine todo esto derivado de malos cuidados y falta de atenciòn no sòlo de los padres sino tambièn de los abuelos. la razòn por la que nunca levante la voz es por que asì me lo pidìo personal de Sedesol que en ese momento tenia contacto conmigo y no por miedo o haberme dado a la fuga como se habia asegurado ahora ya han pasado dos años del horrible suceso y aùn no termina de cerrarse el caso por que nadie se atreve a hacerlo por la mala difusiòn del caso es ahora cuando yo quiero dar mi versiòn de los hechos y que se señale a todas luces a los verdaderos culpables de la muerte del menor,hay declaraciones hechas por los padres dònde aceptan que estaba enfermo el niño y que fue medicado por propia mano mas sin embargo aùn sigo siendo blanco de amenazas de muerte y acoso por parte de toda la familia del menor pido me escuchen han sido dos años de vivir con miedo por la seguridad de mis hijos y la mia propia siendo blanco de groserias y malos tratos pùblicos nadie ha buscado tener mi versiòn de los hechos y es hoy cuando quiero defender mi integridad y terminar con este terrible episodiode llevar a cuestas culpas que no me pertenecen. Gracias por darme el espacio para expresarme y agradesco que aùn hay gente en quien creer y que esta dispuesta a decir la verdad abriendo espacios y eso.para mi no tiene precio se respeta a los verdaderos periodìstas . CAROLINA TÈLLEZ SOTO

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