Poderes salvajes

junio 22, 2006

Participación de la maestra Alma Rosa Alva de la Selva en la presentación del libro “Poderes salvajes. Mediocracia sin contrapesos”, el 9 de junio de 2005 en la UAM Xochimilco.

 

Poderes Salvajes

Alma Rosa Alva de la Selva

Hace algunos días, revisando ciertos apuntes que salieron al paso entre notas y trabajos pendientes, encontré una referencia que, al igual que hace tiempo, llamó mi atención. Decía lo siguiente:

“El apolicitismo de Televisa, que posiblemente era aparente, pero que deslindaba en su discurso público los ámbitos que quería influir, no existe más. Sus afanes de hacer política, para intervenir en diversos espacios de la vida social, son sistemáticos y claros. Esta nueva política de masas se complementa de varias maneras(…), sobre todo con el explícito propósito de incursionar en nuevos sectores de lo político y de la economía. Tal deseo se ha vuelto plan de acción”.[1]

El año en que fueron escritas esas líneas fue el de 1985. Y el nombre del volumen que las recogió, era el que llevaba como título Televisa, el quinto poder, una colección de ensayos reunida y articulada por Raúl Trejo Delarbre, quien en esa etapa que se vivía, de fascinación entre los estudiosos de la comunicación por el arribo a la escena mexicana de los satélites y la parafernalia tecnológica que les siguió, se empeñaba en hacer ver que la televisión del país era un auténtico poder político y que, sin embargo, tal asunto no había propiciado el estudio y análisis sobre la forma de hacer política de la televisión comercial mexicana.

Tiempo después, Raúl calificaba a Televisa como un “poder nacional” y escribía: “Políticamente, es clara la influencia (de Televisa), que desde luego no sustituye a otras fuentes de formación y educación, pero que ha comenzado a volverse indispensable para todas ellas”[2]. El texto que contiene estas reflexiones recibió el título de Las redes de Televisa. El año en que salió a la luz fue el de 1988.

Vendrían después otros varios textos, ensayos y artículos donde Raúl, con su agudeza característica, buscaba contribuir a llenar la ancha laguna existente en el análisis de los medios como instancia de poder, un tema en el que sólo algunos investigadores incursionaban.

Los tiempos que corren nos muestran la pertinencia, ayer y hoy, de ese mirar a los medios como un poder, un poder creciente y por tanto de la necesidad de su análisis, que tiene en la trayectoria de los medios electrónicos del país la cronología de su ascenso, que hoy tiende a la cima .

Y es que ninguna ocasión como los tiempos que corren para documentar el encumbramiento en México del poder mediático, es decir, de la mediocracia. Ninguna otra etapa como la que se vive para hacer entender, a quien aún no lo haya comprendido, del riesgo que representa cada vez más para la frágil e incipiente democracia mexicana un poder como el de los medios, cuyo itinerario no se corresponde exactamente que digamos con los intereses y necesidades de la sociedad -entendida y reducida por la mediocracia a mera espectadora pasiva a la que cámaras y micrófonos subyugan, o bien a la que le hacen el favor de orientar de varias maneras sobre por quién votar.

Ante la relación de hechos acontecidos recientemente, que dan testimonio del despliegue de la mediocracia en México, una vez más, la cita de Raúl Trejo Delarbre es válida, cuando dice: “… el actual poder de los medios se ajusta puntualmente a la noción de poderes salvajes”, ésos que “se han constituido en el desafío principal de la democracia en nuestros días”, y que se definen como aquellos poderes fácticos que “quedan al margen de la ley, o cuando las leyes no son suficientes para acotarlos, y cuando de ellos surgen abusos y exacciones de diversa índole en contra de los derechos de los ciudadanos”[3].

Los tiempos recientes, los momentos que se viven en este país hacen evidente que nos hemos internado en un tiempo de poderes salvajes. Varios episodios así lo demuestran; del asesinato del comediante Stanley, usado como anzuelo para sabotear a autoridades electas por la ciudadanía, al llamado “decretazo”, pasando por “la toma del Chiquihuite” y los videoescándalos (donde la verdad la tiene el que ostente más videos), esos poderes salvajes en los que están convertidos radio y televisión del país – y marcadamente esta última-, dejan en claro la hegemonía creciente de ese poder cuya beligerancia se dejaba ver desde finales de los cuarenta, cuando el grupo de radiodifusores de mayor peso político pasaba a formar parte del nuevo bloque dominante en el poder, para aprender muy pronto a pactar ventajosamente con la burocracia gubernamental.

Hoy, en el contexto del profundo extravío del autodenominado gobierno del cambio, de sus promesas incumplidas y su falta de proyecto para la nación, en medio de un proceso de descomposición de la clase política y del progresivo deterioro de la economía nacional, el poder que dirige la TV comercial, el más poderoso de la mediocracia —- el integrado por el duopolio por todos conocido, con sus importantes ramificaciones en la política y la economía-, decidió intensificar su presencia en la vida del país de manera tangible, ante el banderazo de salida para la sucesión del 2006 lanzado por el propio Vicente Fox, cuya virtual abdicación a la presidencia puso en marcha prematuramente la lucha por llegar a Los Pinos.

Aprovechando los vacíos de poder y los logros en diversos temas de importancia para la industria de la radio y la televisión de los últimos años, con la complicidad y complacencia del régimen en turno, como en los viejos tiempos priistas, en los últimos meses los medios han intervenido como fiscales electrónicos, herramientas de linchamiento público o espacio de espectacularización de todo aquello que tocan. Y por si fuera poco, acaban de cerrar un episodio en el que han venido actuando como un poder movilizado para obstruir la acción del Congreso, al frenar la posibilidad de una reforma de la Ley Federal de Radio y Televisión.

Tal secuencia vino a representar un progreso considerable para la ruta que el poder mediático se había marcado hace tiempo y a la que, a lo largo de varios de sus libros, y especialmente el que se presenta el día de hoy, ha hecho ver Raúl Trejo Delarbre, especialmente en este su más reciente texto: el del avance de un poder fáctico que, habiendo conseguido escalar hasta la cúpula, comienza a imponerse a los poderes del Estado.

¿Cuál es el episodio que sigue en la ruta de encumbramiento del poder mediático? ¿Será el del impulso de un candidato salido de las filas de la mediocracia para ocupar la posición máxima del poder público en México? Se trata de una pregunta incómoda , pero que ante los escenarios descritos, procede plantearse.

Escribe Raúl Trejo en este texto cuya aparición hoy celebramos que la ausencia de contrapesos en el espacio público, y de regulaciones eficaces en el terreno legal, son factores que abonan al ascenso de lo que él ha denominado, dando nombre a otra de sus obras, una Mediocracia sin mediaciones.

Ciertamente es así. Sin embargo, con todo y la presencia cautivadora que cabe reconocer siguen ejerciendo los medios sobre sus amplias audiencias, vale tomar en cuenta la puesta en marcha de un lento proceso, más lento de lo que se necesita pero que ya está en curso. Aparejado al azaroso camino de la democratización en el país, reflejando los avances y retrocesos del mismo, este proceso deja ver como una de sus resultantes una sociedad que comienza a dejar de ser esa Sociedad ausente a la que Raúl se refería una década atrás, cuando escribía que “…lo cierto es que la sociedad mexicana (con o sin su civil apellido) se encuentra desarticulada, mayoritariamente inmovilizada, pasmada casi por la desinformación, por sus todavía escasas tradiciones cívicas y la desesperantemente insuficiente cultura política”[4].

Hoy, si bien no puede hablarse de la sociedad como uno de los necesarios contrapesos para el despliegue de los poderes salvajes (sobre todo, insistimos, los televisivos), puede decirse que aquélla parece haber percibido la importante cuestión política que representan los medios y su importancia para las luchas democráticas del país. El tema se ve anotado ya en las preocupaciones de amplios sectores de la comunidad nacional, que se debaten entre el atractivo que sobre las audiencias ejercen los medios y una incipiente convicción de la absoluta necesidad de acotarlos.

Para, como dice Raúl, quitarle lo “salvaje” a estos poderes necesitamos dejar de ser una “ciudadanía de baja intensidad” y lograr transmitir a otros sectores sociales la importancia de regularlos, en favor de la ardua búsqueda democrática en la que se han involucrado amplios sectores sociales. Esto como el punto inicial de una agenda que tiene que ver con el más que nunca necesario surgimiento e intervención de un contrapeso social para los medios, un poder al cual, como a todos los poderes, les sobran ambiciones y les falta compromiso con el país.

A éstas y otras reflexiones remite esta nueva obra de Raúl, que seguramente también pasará a ser un texto obligado para entender por qué los medios han pasado en este país a formar parte de los poderes salvajes y qué recursos existen para interferirlos.


[1] Televisa, el quinto poder, México, 1985, Edit. Claves Latinoamericanas, p. 189.

[2] Las redes de Televisa, México, Edit. Claves Latinoamericanas, 1988, p. 17.

[3] Poderes salvajes, p. 193.

[4] La sociedad ausente, México, Cal y Arena, 1992, p. 171.


La mediocracia como nueva forma de gobernabilidad en la sociedad mexicana

mayo 3, 2006

Comentario del Dr. Javier Esteinou Madrid en la presentación del libro Poderes salvajes. Mediocracia sin contrapesos celebrada el 9 de junio de 2005 en la UAM Xochimilco.

¿ Qué importancia tiene el estudiar los problemas de la comunicación en México ?, es una de las preguntas centrales que nos plantea Raúl Trejo Delarbre, en su interesante y oportuno libro denominado “Poderes Salvajes. Mediocracia Sin Contrapesos” y quién sobre esto nos responde que su relevancia surge desde el momento en que “el entendimiento de los medios implica, hoy, comprender las dimensiones del hombre. Los medios permean todas las actividades humanas de manera tan insistente, intensa y extensa, que el entendimiento de cómo funcionan, con que contenidos, intereses y resultados, es fundamental lo mismo para explicarnos las variaciones de la economía, que las tensiones de la política. Entender a los medios es necesario tanto para prever los alcances de la educación, como para apreciar el estado de la moral en nuestras sociedades. A diferencia de la metáfora de Mcluhan tenemos un sistema mediático que lejos de ser extensiones de los hombres, tiende a convertir a la gente en extensiones suyas. De allí la enorme importancia que tiene el estudio de la comunicación” (1).

 

Así, “estudiar a los medios implica examinar la principal fuente de influencias sobre las relaciones sociales, el factor más dinámico en la conformación de la cultura política, el instrumento más sobresaliente en la instrucción o confusión de nuestra población. Al mundo de hoy no se le puede entender sin los medios. Con ellos están imbricadas todas las nociones de futuro, desarrollo y progreso de nuestros países. Además, los medios constituyen el espacio privilegiado para la exposición de las ideas” (2).

 

Dentro de la importancia de estudio que tiene la comunicación como fuente de conocimiento de realidades super estructurales, tradicionalmente se han estudiado muchos ángulos de los medios, especialmente de la radio y la televisión, como han sido su papel como emisores, las alianzas que establecen, los mensajes que transmiten, su impacto sobre los auditorios, su evolución tecnológica, las consecuencias culturales que generan, su vinculación con el poder, etc. Sin embargo, sobre ésta última realidad se puede decir que habitualmente se ha analizado la función de los medios como fuentes de presión económica y política desde diversas perspectivas teóricas e históricas, pero que no se ha logrado conceptualizar cabalmente éste fenómeno dentro de la teoría del poder con nuevas categorías que expliquen el reciente lugar que ocupan en la estructura de creación y reproducción del poder nacional en el siglo XXI.

 
Es dentro de éste contexto que Raúl Trejo, realizando una síntesis de diversos pensadores contemporáneos, nos ofrece desde la perspectiva de la ciencia política y de la comunicación una nueva visión conceptual muy valiosa que nos permite entender la actual acción de los medios electrónicos, especialmente de la televisión, dentro de la nueva dimensión del poder que han alcanzado en la sociedad contemporánea denominada la Mediocracia. Sobre ésta realidad nos señala que la mediocracia es la hegemonía política, cultural e ideológica creciente que alcanzan los medios de comunicación y sus conglomerados mediáticos contemporáneos, sobre el Estado, el poder político, las instituciones públicas, y el resto de los organismos sociales o entidades tradicionales (3). En éste sentido, la mediocracia debe ser entendida como “una nueva forma de gobierno, dominada por los medios de masas que en los pasados treinta años emergieron en las naciones abundantes de información y que ahora se diseminan globalmente y se propagan a través de fronteras nacionales en la convergencia del entretenimiento, las cadenas de televisión, los gigantes de la computación y las telecomunicaciones, resultando en menos de una docena de grandes conglomerados corporativos globales que ahora han capturado mercados de interés de ciudadanos alrededor del planeta” (4).

 

De ésta forma, debido al ascendiente que tienen sobre la sociedad, a la formidable capacidad para propagar mensajes que han alcanzado, a la concentración de la propiedad de los principales canales, especialmente de la televisión, a la poderosa influencia política que han alcanzado, a las alianzas corporativas que han emprendido con los más diversos sectores, al empleo de tecnología informativa altamente compleja, a las grandes capacidades técnicas que han conquistado, a la estandarización y uniformidad de la comunicación y la cultura, al discurso unidimensional, y a la información homogéneamente manipulada, desigual, desequilibrada, y mercantilizada; todo ello ha hecho de los medios un poder paralelo, e incluso superior al que ejercen las instituciones políticas (5). Así, la mediocracia se ha convertido en el gobierno de los medios o controlado por los medios donde se establece una mediación irremediable e ineludible entre el poder político y la sociedad (6).

 

            Con la nueva macro concentración de éste super poder, los medios realizan, entre otras, las siguientes 30 funciones y efectos sociales (7):

 

1.- Son intermediarios entre la sociedad y el poder, entre los acontecimientos y los públicos, o entre los diversos segmentos que conforman la sociedad.

 

2.- Tienen un peso determinante en la conformación, orientación, modelación y acaparamiento del espacio público.

 

3.- Son el entramado inevitable para el ejercicio de la actividad pública.

 

4.- No crean la realidad, solamente la retratan y contribuyen a explicarla.

           

            5.- Contribuyen a formar gustos y estilos culturales.

 

6.- Tienen un papel indispensable en la formación de consensos en las sociedades contemporáneas.

 

            7.- Son un espacio insustituible para la discusión de las ideas y para la creación.

 

8.- Configuran la opinión pública. Los que no existe en los medios no existe. “Ser es ser bien visto por los medios” (8).

 

9.- Son contrapesos del poder institucional.

           

            10.- Legitiman o deslegitiman al sistema político y sus instituciones.

 

11.- Se constituyen en fiscales del poder y el resto de la sociedad.

 

12.- La desregulación se ha convertido en la principal bandera de las empresas de comunicación.

 

13.- Son un árbitro de acceso a la existencia política.

 

14.- Se constituyen en el referente de la dinámica política y estatal.

 

15.- Median la relación entre el sistema político y la ciudadanía.

 

16.- Se erigen en representantes de la opinión pública.

 

17.- Se mantienen como reguladores de los asuntos públicos.

 

18.- Edifican los hechos políticos.

 

19.- Fortalecen el televínculo y debilitan el vínculo partidario.

 

20.- Los ciudadanos suelen quedar reducidos a espectadores.

 

21.- Convierten la información en una mercancía sujeta a la racionalidad dominante del mercado.

 

22.- Convierten la privacidad en mercancía.

 

23.- Modifican o transgreden a su conveniencia los linderos entre la vida privada y la pública, entrometiéndose en la vida intima de las personas.

 

24.- Imponen la lógica del espectáculo a la cual debe ajustarse todo discurso.

 

25.- Banalizan la información por medio de recursos como la fragmentación, la simplificación, la teatralización, el show, los golpes de efectivización, etc.

 

26.- Generan confusión entre las informaciones y las opiniones.          

           

27.- Se aprovechan inmoderadamente de la explotación del sensacionalismo.

 

28.- No inventan los errores ni los abusos del poder político, pero en ocasiones se ocupan de enfatizarlo con provechosa ferocidad.

 

29.- Le dan preponderancia al escándalo y a la estridencia en el tratamiento de los asuntos públicos.

 

30.- Se empeñan en llamar la atención a costa de lo que sea, pues de esa capacidad de resonancia se deriva poder, influencias y ventas. Cualquier noticia la muestran como si se tratara de un asunto inédito o de significación histórica. Cada hecho ha de ser nuevo, cada declaración se pretende insólita, cada conflicto es presentado en ese estilo, como parteaguas pero sin contexto. Bajo ese prisma, los acontecimientos no son  expuestos como parte de procesos sociales e históricos, sino como si brotasen de manera repentina. En su afán de efectivismo, los medios suelen conferir a numerosos hechos cotidianos una preeminencia que por si mismos no tendrían” (9).

 

31.- Producen un incansable afán de trascendencia que muestra cada noticia como si se tratara de un asunto inédito o de significación histórica.

 

En síntesis, el homo politicus abandona el ágora para convertirse en el homo videns e insertarse en la Atenas mediática de nuestra sociedad moderna (10).

 

Sin embargo, el grado de poder conquistado no sólo los ubica como poderosas instituciones culturales que crean la mediocracia o la telecracia, sino que sobretodo los coloca como macro poderes, con débiles límites, controles legales formales y contrapesos sociales, y sólo excepcionalmente regidos por autocontroles de carácter ético, que les permiten desarrollarse con dinámicas propias, arrollando los intereses públicos, las garantías de los derechos de los trabajadores, los principios de transparencia y concurrencia, y los derechos sociales, condicionando fuertemente la esfera de los poderes públicos (11). Se han convertido en una mediocracia sin mediaciones (12).

 

Así, por la falta de límites y controles que los acoten se han transformado en poderes fácticos que, de hecho y no de derecho, alcanzan un peso político y social muy importante para influir sobre la dirección del país. Incluso cuando éstos poderes fácticos funcionan al margen de la ley o cuando las leyes no son suficientes para acotarlos, y cuando de ellos surgen abusos y exacciones de diversa índole en contra de los derechos ciudadanos, se convierten en poderes salvajes (13).

 

Con la conquista de éstas enormes cuotas de poder, de influencias y de presión sobre el Estado y la sociedad, los medios, como fuerzas salvajes, especialmente la televisión, han alcanzado, entre otros, los siguientes 15 posicionamientos políticos salvajes:

 

1.- Imponen la prevalencia de sus intereses por encima de las necesidades colectivas.

 

2.- Ejercen un poder inmoderado, prepotente e impune para someter al resto de los actores públicos a su voluntad.

 

3.- Posen grandes capacidades de resistencia y respuesta frente a las imposiciones del poder político.

 

4.- Se han situado por encima de los marcos jurídicos.

 

5.- Impiden o entorpecen el avance de las leyes en ésa materia que intentan modificar ésta realidad y definir sus compromisos con la sociedad.

 

6.- Los medios ya no son parte del espacio público, sino se han transformado en monopolizadores casi incontrolables de éste.

 

7.- Adquieren enorme capacidad para gestionar, propagar, imponer y manejar la agenda pública a su antojo, que no necesariamente corresponde a los intereses de la sociedad.

 

8.- Han obtenido un gran fuerza de influencia ideológica sobre los auditorios.

 

9.- En muchos momentos su poder ideológico se traduce en una gran capacidad de manipulación, deformación y seducción sobre la sociedad.

 

10.- No acostumbran considerar a sus destinatarios como ciudadanos, sino consumidores.

 

11.- Trivializan y empobrecen el debate político y la mayor parte de lo asuntos que se ventilan en el espacio público mediático.

 

12.- “Se constituyen en fiscales del poder y del resto de la sociedad. Son muy inquisitivos con todos, pero no suelen tolerar el menor escrutinio. Al estar al margen de mecanismos formales de rendición de cuentas, los medios de comunicación adquieren una impunidad de la que no disfruta ningún otro actor de la vida pública (14).

 

13.- Aunque suelen erigirse en interventores de todos los actores sociales y políticos, por lo general son refractarios a que se les examine con seriedad. Respecto de si mismos son complacientes, la autocrítica no es parte de sus hábitos.

 

14.- Modifican o transgreden a su conveniencia los linderos entre la vida privada y la pública, entrometiéndose en la vida intima de las personas.

 

15..- La diversidad de opciones queda limitada por la concentración de medios de comunicación.

 

Con todo ello, los medios electrónicos y en especial la televisión, como poderes salvajes, se han convertido en el principal problema y enemigo de la democracia (15). En éste sentido, la preeminencia que han alcanzado los poderes salvajes, como el de los medios, contrarían o limitan la soberanía derivada de las decisiones de la sociedad en las urnas, se constituyen en fuerzas paralelas a las que articulan el quehacer político institucional, para enfrentarse al enorme esfuerzo invertido en las transiciones democráticas como las que hemos presenciado en éstos años en México (16).

 

Pero, la cuestión central no radica en el funcionamiento autoritario de los medios, particularmente los electrónicos, ni en el hecho que tengan agendas privadas; sino fundamentalmente en la debilidad de la existencia de los contrapesos en el espacio público para equilibrarlos o limitarlos. Hoy en día, hasta los más fanáticos defensores del liberalismo a ultranza, reconocen que ningún mercado se regula a si mismo, sino que requiere de la intervención regulatoria del Estado (17). En consecuencia, su responsabilidad social debe ser igualmente paralela al poder histórico, político, cultural y espiritual que han conquistado sobre nuestra comunidad. Por ello, Raúl Trejo D. señala que es necesario que las fuerzas salvajes que han conquistado el poder fáctico de los medios quede acotado por normas y contrapesos sociales que modulen su relación y acción con la sociedad, entre los cuales, destacan los 10 siguientes:

 

1.- Se tienen que crear normas jurídicas muy precisas que acoten la responsabilidad social que deben cumplir los medios (18). En éste sentido, la disyuntiva es contar con un mercado comunicativo más o menos regulado o bien un mercado desregulado, es decir la jungla (19).

 

2.- Se pueden crear parámetros éticos complementarios al orden jurídico estricto, pero nunca éstos solos pueden normar el comportamiento colectivo responsable de los medios. Son sólo un apoyo paralelo en su autorregulación (20).

 

3.- Se requiere que sea regulada la concentración de las empresas comunicativas (21).

 

4.- Es necesario que protejan las prerrogativas individuales y sociales como el derecho de réplica y el respeto a la vida privada (22).

 

5.- Es indispensable “la defensa de los derechos de los ciudadanos mediante la existencia de reglas y de un Estado eficiente que las aplique para defender a la sociedad de los posibles abusos y prepotencias de los medios de comunicación. En la actualidad, no es mediante la censura o la supervisión previa de los contenidos en donde resulta necesaria la actuación estatal. En éstos tiempos el desarrollo de la democracia y las capacidades tecnológicas hacen indeseable, pero también imposible, la persistencia del estado despótico que decide que imágenes y mensajes podrán llegar a sus ciudadanos. La sociedad se ha ganado el derecho a ser considerada mayor de edad y no requiere de ningún cancerbero que fiscalice la literatura, el cine o las noticias que tiene derecho a conocer” (23).

 

6.- “Con reglas claras y consensos que favorezcan la variedad en condiciones de auténtica competencia, los medios pueden ser contrapesos los unos de los otros. Sin embargo, ese equilibrio no es suficiente, porque el interés mercantil que los anima, condiciona la programación y la orientación de los medios en manos privadas. Por eso otro recurso que tienen las sociedades contemporáneas para facilitar la diversidad mediática, así como la producción de contenidos no mercantiles, se encuentra en la existencia de los medios de comunicación de carácter público. Mientras más autonomía tengan respecto de los vaivenes en las instituciones gubernamentales -sin que por ello estén al margen del financiamiento estatal- estos medios podrán cumplir mejor con su tarea de hacer una comunicación distinta a la  que practican los medios privados” (24).

 

7.- Además de la existencia de los marcos legales, es necesario que exista supervisión del respeto a la ley por parte del Estado y la sociedad civil, pues no existe responsabilidad colectiva sin supervisión.

 

8.- Se requiere la observación y la acción organizada de consumidores de mensajes mediáticos, y de organizaciones y grupos civiles, preocupados por la transformación de los medios (25).

 

9.- Es necesario utilizar la red de Internet como un espacio público paralelo y libre para construir contrapesos y eventualmente contar con opciones a los contenidos de los medios convencionales (26).        

 

10.- Se requiere que los medios tengan contenidos útiles y creativos, independientemente de los criterios de calidad con que se les evalúe.

 

En síntesis, “la relación deseable que debe existir entre medios, leyes e instituciones políticas, es la de contar con un Estado democrático sustentado en la participación de los ciudadanos y reglas equitativas apoyadas en el reconocimiento de que las empresas de comunicación tienen derecho a hacer negocios, siempre y cuando su crecimiento no se oponga al derecho a la sociedad a contar con variadas opciones mediáticas” (27).

 

De aquí la gran importancia de leer y discutir el libro de Raúl Trejo Delarbre, “Poderes Salvajes. Mediocracia Sin Contrapesos”, que nos aporta elementos conceptuales fundamentales para conocer y vernos en el espejo de los medios electrónicos que hoy día tenemos en el país y señala algunos caminos políticos, jurídicos, culturales y éticos para superar ésta realidad autoritaria y construir nuevas bases de comunicación civilizatorias que permitan edificar una nueva sociedad mexicana más equilibrada en el nuevo milenio.

 

 

NOTAS.

 

               

 

(1) Trejo Delarbre, Raúl, Poderes Salvajes. Mediocracia Sin Contrapesos, Editorial Cal y Arena, México, D.F, México, D.F, 2004, pagina 29.

 

(2) Ibid, pagina 30.

 

(3) Ibid, paginas 16, 17 y 22.

 

(4) Ibid, pagina 21.

 

(5) Ibid, paginas 17, 18, 21, 37 y 195.

 

(6) Ibid, paginas 17 y 20.

 

(7) Ibid, pagina 16, 18 y 20.

 

(8) Ibid, pagina 173.

 

(9 14) Rojas, César, “Los Nuevos Populismos Mediáticos. La Relación Entre Ciudadanía, Medios Masivos y Política en Bolivia”, CIC Digital, No. 5 Madrid, citado por Raúl Trejo Delarbre en Poderes Salvajes. Mediocracia Sin Contrapesos, Editorial Cal y Arena, México, D.F, México, D.F, 2004, pagina 20.

 

(10) Ibid, pagina 192.

 

(11) Ibid, pagina 173.

 

(12) Ibid, pagina 200.

 

(13) Ibid, pagina 193.

 

(14) Ibid, pagina 200 y 2001.

 

(15) Ibid, paginas 13, 202 y 191.

 

(16) Ibid, pagina 191.

 

(17) Ibid, pagina 200.

 

(18) Ibid, pagina177.

 

(19) Ibid, paginas 196 y 197.

 

(20) Ibid, paginas 177.

 

(21) Ibid, pagina 37.

 

(22) Ibid, pagina 37.

 

(23) Ibid, pagina 37.

 

(24) Ibid, pagina 39.

 

(25) Ibid, pagina 201.

 

(26) Ibid, pagina 201.

 

(27) Ibid, pagina 39.

 

 

 


Para civilizar a los poderes salvajes

marzo 3, 2006

Comentario del especialista Jorge Bravo publicado en la revista El Búho

http://mediocracia.files.wordpress.com/2006/11/bravo-resena-poderes-salvajes.pdf


Los medios no construyeron a Fox

diciembre 15, 2005

Entrevista de la escritora Eve Gil publicada en la revista Siempre! en septiembre de 2005
Raúl Trejo Delarbre/Autor de Poderes salvajes. Mediocracia sin contrapesos
Los medios
no construyeron a Fox,
sino los ciudadanos que votaron por él

Por: Eve Gil

Entender a los medios es necesario tanto para prever los alcances de la
educación, como para apreciar el estado de la moral en nuestras sociedades.

¿Fueron los medios, específicamente Hollywood, los inspiradores de los perpetradores del ataque del 11 de septiembre de 2001? ¿Es Fox nuestro primer presidente virtual?

Esta y otras preguntas responde el periodista, comunicólogo y catedrático Raúl Trejo Delarbre (México, 1953) en su más reciente libro Poderes salvajes. Mediocracia sin contrapesos (Cal y Arena, 2004) donde hace gala de objetividad y de un gran dominio del tema de los medios que lo coloca a la altura de otros teóricos de este campo todavía nuevo mencionados en su libro tales como Néstor García Canclini y Beatriz Sarlo.

“Entender a los medios es necesario tanto para prever los alcances de la educación, como para apreciar el estado de la moral en nuestras sociedades. A diferencia de la metáfora de McLuhan tenemos un sistema mediático que, lejos de ser extensión de los hombres, tiende a convertir a la gente en extensiones suyas”.

El ataque a las Torres Gemelas, a tiempo para la TV

Eve Gil.- ¿Cree que de algún modo los medios inspiraron a los terroristas que perpetraron el atentado del 11 de septiembre de 2001?

Raúl Trejo Delarbre.- El terrorismo, particularmente el radical del mundo musulmán, tiene otras raíces, otra historia, otro concepto, aunque desde luego se puede apreciar un aprovechamiento de los medios. Pareciera, y subrayo pareciera, que los atentados estuvieron pensados para los medios, y si no fue intencional que fuera así, por lo menos ese efecto llegó a tener. El que el ataque contra las Torres Gemelas ocurriera a tiempo para que la segunda colisión ocurriera a tiempo para ser registrada en vivo por la televisión internacional es un acontecimiento que forma parte de la repercusión mediática. Pero no se efectuó pensando sólo en los medios, sino también en su profundo rencor y afán de venganza.

Resulta muy difícil encontrarle alguna racionalidad, que yo pueda entender por lo menos, a acontecimientos tan desbordados más allá de la razón, pero desde luego no hay protagonista de la vida pública contemporánea que no piense en el efecto mediático.

E.G.- Hace usted una comparación entre las cadenas CNN y Al-Jazeera, en la que finalmente la cobertura de esta última se impuso a nivel mundial sobre la censura de la primera. ¿Pudiera esto ser sintomático de la pérdida de credibilidad, ergo de poder, de la cadena norteamericana?

R.T.D.- No. En ocasión de la intervención armada en contra de Irak, lo que vimos fue la fortificación de la presencia de una cadena que representó el contrapunto informativo y político de la CNN, pero que no significa una competencia para ellos a nivel internacional. Es justamente por la relevancia de la CNN que a Al Jazeera se le ha llamado “la CNN del mundo árabe”, pero trabajan de manera distinta y tienen objetivos diferentes. La CNN no tiene objetivos expresamente políticos; Al Jazeera, sí.

E.G.- Sin embargo, la CNN acató las órdenes de la Casa Blanca y falseó la información…

R.T.D.- Claro que sí. Una cosa es que no tenga nexos políticos y otra que no acepte las restricciones que le impone el gobierno. ¿Por qué lo hicieron? Porque sus negocios son fundamentalmente los Estados Unidos y al igual que el resto de las cadenas televisivas de Estados Unidos, la CNN manejó la información de manera completamente inadecuada, e ilegal me parece a mí, que estableció el gobierno de George Bush.

El caso de Paul Attner

E.G.- En su libro menciona el caso de un periodista de nombre Paul Attner, estrella de la CNN, que fue forzado a brindar disculpas por difundir una información contraria a los intereses de los estadounidenses, y posteriormente fue despedido de la cadena. Sin embargo, el tabloide Daily Mirror lo llamó a sus filas. ¿Significa esto que en Inglaterra, que también está involucrado en la guerra, sí se respeta la libertad de expresión?

R.T.D.- Por lo menos demostraron más flexibilidad. En Inglaterra el margen de maniobra, la autonomía que llegaron a tener algunos medios fue tal que la BBC, que es la cadena de radio y televisión públicas del país, tuvo actitudes discrepantes con el ministro Tony Blair, y en ese contexto se mantuvieron diarios como The Independent.

Attner es uno de los periodistas más enterados de lo que ocurría en Irak por su conocimiento del mundo árabe que databa ya de muchos años y su carrera de ciencias sociales. El decidió permanecer en la capital iraquí tras su despido, no en el hotel donde se hospedaban los demás reporteros sino en otro, y logró crónicas admirables que registran la intensidad de la situación en Bagdad en los días más álgidos de la guerra.

Con esta colección de hechos no es de sorprender que al ser despedido por sus jefes de la CNN, Arnett, figura mercantilmente atractiva, haya encontrado rápidamente acomodo en el Daily Mirror, que aunque es el más popular de los tabloides británicos dista de ser el más serio. Es una publicación amarillista donde se mezcla la política con la nota roja y los espectáculos.

No puedo compararlo con ninguna publicación mexicana porque aún no surge una de esa naturaleza, aunque digamos que es una mezcla del viejo Alarma!, TV Notas y algo de nuestras publicaciones de corte político.

En el caso Fox, los medios fueron importantes, pero no definitivos

E.G.- ¿Considera que Fox es el primer presidente construido por los medios?

R.T.D.- Para nada. Lo construyeron los ciudadanos que votaron por él, aunque algunos ya se hayan arrepentido. De ninguna manera puede decirse que Fox ganó por los medios. Puede reconocerse, sí, que sin la apertura mediática que ya existía en el 2000, es posible que el licenciado Fox no fuera nuestro presidente. Los medios jugaron un papel importante pero no el definitivo.


Los medios como males de la sociedad global

diciembre 15, 2005

Comentario de Ana I. Segovia Alonso  publicado en la revista Telos. Madrid, octubre-diciembre de 2005.
Raúl Trejo Delarbre, profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma de México (UNAM) y miembro del Instituto de Investigaciones Sociales de esa universidad, retoma en Poderes Salvajes una de las preocupaciones que han marcado su extensa bibliografía (más de una decena de libros). Ésta no es otra que la preponderancia de los medios de comunicación de masas sobre la vida civil, política y económica de las sociedades actuales (que él mismo denominó “sociedades ausentes” en otra de sus publicaciones). Esa idea se ve arropada por otras reflexiones en torno a la transnacionalización y aumento del poder económico y político de  las empresas multimedia, la reivindicación de los sistemas públicos de radiodifusión y la defensa de políticas culturales efectivas, la sobreabundancia pasmosa de información y su falta de contextualización, el aumento de la brecha digital, la mercantilización de la cultura, el sensacionalismo y exceso de los medios, su autocomplacencia y, como corolario, la apuesta por una recuperación de la responsabilidad social y ética en los medios.

Siete acercamientos a la seducción mediática

Todas estas introspecciones acerca de los medios de comunicación de masas se estructuran en torno a siete capítulos que corresponden a distintas conferencias pronunciadas y artículos escritos por el autor a lo largo de los últimos cinco años, versiones ampliadas, actualizadas o corregidas en mayor o menor medida para su publicación conjunta. Precisamente de esta recopilación derivan tanto los aciertos como el principal problema del texto.

Por un lado, esa suma de ensayos presentados por el autor en la introducción inicial ofrece la posibilidad de recorrer las cuestiones que hoy preocupan y se debaten en torno a los medios de comunicación de masas, desde la idea de que los medios se han convertido en actores políticos clave hasta su deficiente cobertura de hechos y perspectivas necesarias para la existencia de una democracia real para los ciudadanos. De esta forma, el autor se plantea la crispación –y ordinariez– constante en la que los medios sumergen a las sociedades contemporáneas, fruto de su obsesión por el mercantilismo, la rentabilidad y las audiencias.

De ahí su reivindicación por el espacio público y por un sistema público con fines distintos y una institucionalidad y compromisos propios que le permitan ser independiente del gobierno de turno. Asimismo, aboga también por la participación del Estado (referencia inevitable en todo el libro) frente a la idea de la autorregulación. El acierto fundamental de sus argumentos, desde este punto de vista, es la encrucijada en la que se encuentra todo gobierno a la hora de establecer leyes que definan los compromisos de los medios con la sociedad, toda vez que han de enfrentarse a su enorme poder económico y capacidad de influencia ideológica y presión política.

Sin embargo, esta multitud de intereses de estudio abordados hace que la coherencia sea en ocasiones una ardua tarea, si no imposible. Y que, en ocasiones, los ejemplos y argumentos resulten excesivamente reiterativos. Así, pasamos de la reflexión detenida y pausada sobre los medios del primer capítulo al torbellino de la cobertura mediática de los acontecimientos del 11 de septiembre y la posterior invasión a Irak de 2003, para aterrizar en un tercer capítulo (sobre los medios mexicanos durante el Gobierno de Fox) excesivamente descriptivo que choca con el carácter discursivo del resto de los ensayos y rompe, desde nuestro punto de vista, la armonía del conjunto. A partir de aquí se desarrolla una serie de relatos en los que se hace patente el contexto mediático del cual proviene el autor, pero volviendo a su perspectiva especulativa característica que hace posible la extrapolación de sus comentarios al resto de sistemas de medios existentes en nuestras sociedades contemporáneas (por ejemplo, en lo que se refiere a cómo y por qué se desarrollan unas leyes de comunicación específicas al servicio de las empresas y no de los intereses ciudadanos).

Enfrentarse al poder los medios: ¿ingenuidad o esperanza?

En resumidas cuentas, Trejo Delarbre nos presenta todo un catálogo de inquietudes en torno a lo que se ha dado en denominar “mediocracia” y al papel de los medios en nuestras sociedades y vida cotidiana que desemboca en planteamientos tan interesantes como la consideración de la gente como extensiones de los medios –y no al revés–. Por ello el autor plantea el “poder salvaje” de éstos ante una ciudadanía de baja intensidad falsamente representada por ellos; ante una ausencia de contrapesos en el espacio público, donde los medios se convierten en fiscales que no permiten el escrutinio de sí mismos y que enarbolan la bandera de la desregulación, sometiendo el régimen comunicativo a los intereses del poder económico.

De la reprobación del autor tampoco se libra la ceguera académica-metodológica existente en muchas ocasiones a la hora de abordar este complicado campo de investigación, en la que «la reflexión y la elaboración intelectuales acerca de la comunicación, no las hemos transnacionalizado tanto como les ha ocurrido a nuestros sujetos de estudio que son los medios».

La situación hegemónica de los medios de comunicación de masas trazada en los diferentes capítulos es evidente, si bien la crítica aparece compensada por dosis y recetas para la esperanza, como cuando señala que no hay que desdeñar el poder de los medios, pero tampoco sobrecogernos ante él. Aunque es difícil no hacerlo. A pesar de todo, Trejo Delarbre apuesta por el optimismo, sugiriendo medidas de cambio que pasan por la intervención del Estado en la creación de legislación específica que limite la concentración y que apueste por un sistema público alejado de la televisión privada y de la “televisión de gobierno”, por una actuación de los medios más acorde con su ineludible responsabilidad social (que implica la recuperación de valores éticos y una mayor seriedad en el tratamiento de los contenidos para que sean promotores de la democracia y no obstáculos a ella), y por el desarrollo de una cultura cívica capaz de acotar los medios, resistirlos y convivir con ellos.


Poderes salvajes

diciembre 15, 2005

Comentario del periodista Armando Ponce distribuido por el servicio de noticias APRO, de la revista Proceso, el 16 de mayo de 2005.
México, D.F., 16 de mayo (apro).- “La preponderancia de los medios de información sobre los órganos y los espacios institucionales del quehacer político, que privilegia los intereses corporativos, mercantiles y específicamente políticos de las grandes compañías de comunicación de masas”, es el verdadero tema de este libro del comunicólogo Raúl Trejo Delarbre.

Es decir, su tema articulador, la “mediocracia”, en el volumen publicado por Ediciones Cal y Arena, con presentación del autor, cuya primera parte es la siguiente:

* * *

“Azorado y sorprendido, el diputado que se miraba a sí mismo embolsándose nutridos fajos de dólares era la viva imagen de la desgracia política. El video que lo mostraba recibiendo dinero de origen presumiblemente oscuro constituía una de las evidencias de corrupción más palmarias que hubiese conocido la sociedad mexicana. Aquel legislador jamás pensó que el empresario que a escondidas lo proveía de esos recursos fuera a grabar la transacción. Menos aún que las escenas irían a parar a la televisión.

El diputado René Bejarano había acudido esa mañana a un noticiero en el cana 2 de Televisa. Mientras lo entrevistaban, desde el estudio contiguo se estaba difundiendo –en el canal 4 de la misma empresa– el video en donde aparecía, meses antes, aceptando lo que parecía un cuantioso y descarado cohecho. Sus anfitriones le dijeron que desconectara el teléfono celular, de tal manera que nadie le pudo avisar que estaba apareciendo en dos canales, en uno en vivo y, en el otro, víctima de su propia ambición.

Cuando el legislador salió de la entrevista lo invitaron a ir al otro programa, conducido por un payaso habilitado tiempo atrás como conductor de noticiero. La emboscada había funcionado. En los siguientes minutos los telespectadores presenciarían la más palmaria demostración de prepotencia política que el poder mediático hubiera propuesto en práctica en este país.

Jamás la televisión mexicana había colocado a un personaje público en una situación tan peliaguda. A la ventaja y alevosía con que a ese dirigente del Partido de la Revolución Democrática se le ponía delante de sus propias fechorías, se aunaba la actitud vapuleante del conductor del programa. Ninguna escena de “Big Brother” había logrado tan perversa capacidad de fascinación mediática. Teníamos la ignominia video-develada de un personaje político junto con el semblante que lucía, en vivo y en directo, en el momento preciso en que entendía que el mundo se le hundía…

Aquel 3 de marzo de 2004 se difundió el más vistoso pero no el único de la serie de videos que conmovieron en esos días a la sociedad mexicana. Al dirigente nacional de Partido Verde, Jorge Emilio González Martínez, se le había visto regatear, codicioso, el soborno de 2 millones de dólares que le ofrecían quienes, disimulando su identidad, le habían tendido una trampa. Poco después fue transmitido el video que mostraba al secretario de Fianzas del Distrito Federal, Gustavo Ponce, apostando en Las Vegas cantidades de dinero muy superior a su salario.

…Al publicitar aquellos tristemente célebres los medios ofrecieron un servicio, aunque fuera tan deprimente y escandaloso, a la comprobación de conductas que la sociedad vislumbraba pero nunca había contemplado en el televisor. Pero más allá de esa contribución para documentar las miserias éticas del quehacer público, los medios además de causes fueron protagonistas en esos escándalos al instituirse en fiscales de las conductas así descubiertas y, en ocasiones, al administrar a su conveniencia la propagación de esos videos.

Junto con las debilidades de los personajes públicos retratados en aquellos testimonios quedó de manifiesto la capacidad de los medios, y muy especialmente de Televisa, para gestionar, imponer, propagar y ubicar a su antojo los temas estruendosos de la agenda pública…

La divulgación de los videos fue una suerte de intensiva escuela cívica. Pero presentada sin contexto, explicaciones ni discusión, la corrupción que allí se apreciaba formó parte del interminable y confuso carrusel de escándalos con que los medios sacuden cotidianamente a la sociedad.

La política, especialmente cuando se muestran sus artistas más impúdicas, ha devenido en ingrediente del tablado mediático. Los conductores actúan como fiscales, los noticieros se vuelven tribunales, la justicia se allana a los medios y el veredicto mediático es irrecusable porque ha estado precedido de los videos que muestran la podredumbre de esos políticos. Los medios no inventaron la corrupción, pero la aprovechan… Lo que tenemos, tal como lo confirman su capacidad para imponer y manejar la agenda pública, así como la prevalencia de sus intereses y el sometimiento a ella del resto de los actores políticos, es una inmoderada, prepotente e impune mediocracia.

Siete acercamientos a la seducción mediática

Aturdidos por el estruendo que propagan, pocas veces tomamos distancia suficiente para tratar de entender a los medios de comunicación. Los mensajes mediáticos cercan, modelan y a veces determinan no únicamente muchos de los asuntos públicos, sino también parte de la vida cotidiana de todos nosotros. La importancia que han alcanzado tanto en la definición de consensos políticos como en la cultura contemporánea es tan notoria como incontenible.

En este libro se ofrecen varios acercamientos, complementarios y coincidentes, al proceder magnificador, devastador, trivializador o interesado, pero nunca imparcial, que los medios tienen con los asuntos y personajes acerca de los cuales comunican mensajes a la sociedad.

En cada uno de los capítulos de este libro hemos querido insistir en la necesidad de reconocer la formidable influencia de los medios, pero sin quedar atónitos ante ellos. La necesidad de apreciarlos –en todos los sentidos del término– para lograr entenderlos, se enfatiza en el primer apartado que ofrece un panorama tanto de la situación de los medios en el mundo globalizado de nuestros días, como de las aportaciones de los pensadores que en América Latina se han preocupado por la presencia y los efectos de la comunicación de masas.

El comportamiento de los medios internacionales ante el atentado del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y más tarde en la guerra estadunidense contra Irak, organiza los episodios que se muestran en el segundo capítulo. La tercera parte contiene un recuento de la situación puntual de los medios en México en los primeros años del nuevo siglo. La cuarta explora algunas de las vertientes identificables en la siempre compleja y a menudo maliciosa relación entre ética, política y medios de comunicación.

Más adelante el desempeño de la televisión mexicana es descrito en tres temas convergentes: los paradójicos orígenes de los tiempos estatales en la radiodifusión, el patético atraso de la legislación en materia de medios electrónicos y las nuevas pautas del debate internacional sobre la televisión pública. El sexto capítulo se ocupa de la responsabilidad deseable y la realidad lamentable en la actuación de los medios. El concepto de poderes salvajes y la ubicación de los medios entre los que alcanzan mayor impunidad es tema del capítulo siete.

Este libro ha sido preparado como parte de las tareas que el autor desempeña en el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Comienza con una invocación a Julio Verne y termina con la inquietud ante la ciudadanía de baja intensidad que estamos padeciendo en nuestros países. De la utopía visionaria a la realidad controvertible que la comunicación de masas contribuye a moldear de manera tan destacada, el recorrido que se ofrece en estas páginas quiere insistir en la necesidad de mirar a los medios sin prejuicios aunque sin complacencia: comprendiéndolos pero sin resignarnos a ellos.


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