La construcción del suspenso

Octubre 19, 2009

La angustia en torno a la suerte posiblemente trágica del pequeño Falcon Heene mantuvo en vilo el jueves pasado a los medios de comunicación en Estados Unidos –y, con ellos, en buena parte del mundo–. La sospecha de que el niño de 6 años estuviera volando a la deriva en un globo aerostático fabricado por su padre en un pueblo de Colorado, hizo temer que pudiera sufrir un accidente.

Compasión y solidaridad, pero sobre todo sensacionalismo y espectacularidad, concentraron la atención de televidentes e internautas y especialmente de las empresas mediáticas. Ahora, la cada vez más acreditada posibilidad de que todo haya sido un engaño prefabricado por el padre del niño, desata la ira de los medios pero podría suscitar, también, una reflexión aunque sea breve acerca de la ligereza con que se construyen los acontecimientos en la hiper conectada sociedad actual.

La alerta en torno a Falcon Heene, pero sobre todo la rápida reacción de medios y autoridades en Colorado, se convirtió en noticia global en unos cuantos minutos. La conferencia de prensa que ofrecía el presidente Barack Obama en Nueva Orleans, recordando el desastre ocasionado por el huracán Katrina, fue desplazada en los canales de noticias televisivas por las imágenes de la angustiada familia en Fort Collins, Colorado, y luego por las desesperantes escenas del globo de helio que comenzaba a caer mientras millones de televidentes suponían que allí iba el pequeño Falcon, quizá en sus últimos instantes de vida.

No pasó mucho tiempo para que se supiera que el niño estaba escondido en el ático de su casa, al parecer temeroso del regaño de su padre por haberse acercado al globo. De la sorpresa y el alivio, el comportamiento de muchos medios y de no pocos televidentes e internautas, transitó a la contrariedad e incluso al reproche. En pocos minutos, que parecieron eternos para quienes seguían a través de la televisión mundial las peripecias de helicópteros y avionetas rastreadoras, se había construido un intenso y exigente acontecimiento. La inermidad del niño de 6 años, cuya fotografía era mostrada en las pantallas junto a la aflicción de sus padres, era mayúscula cuando se le imaginaba en aquel globo con forma de platillo volador que surcaba los cielos de Colorado a más de 30 kilómetros por hora y a unos 3 mil metros de altitud.

La zozobra de la audiencia planetaria se puso en tensión cuando el globo llegó a tierra, sin rastros del niño. El suspenso, fabricado minuto tras minuto, parecía desembocar en tragedia. Pero el final feliz que significó esa tarde del jueves 15 de octubre la aparición del contrito Falcon Heene, se trocó en reproches y amargura. Los medios internacionales le habían dedicado dos largas horas a seguir a un globo con forma de platillo volador y que iba absolutamente vacío. Había sido, literalmente, una noticia hueca, insustancial, inflada. No fue más que una  aparatosa volada, como se les dice a las mentiras en el argot de la prensa mexicana.

Más tarde, las sospechas sobre la posibilidad de que el padre del niño falsamente aeronauta hubiera fraguado todo el episodio, terminaron de exacerbar el disgusto mediático. Aunque inicialmente se le presentó como un científico aficionado que se interesaba en estudiar asuntos climáticos, pronto se supo que Richard Heene tiene actitudes bastante extravagantes y una conocida proclividad por los reflectores mediáticos. El solo hecho de que el globo de propósitos presuntamente investigativos tuviera forma de platillo volador, tendría que haber desatado algunas sospechas. Pero además, los Heene eran conocidos porque participaron en un reality show de madres que intercambian familias durante un par de semanas.

Aquellas desconfianzas encontraron mayor asidero esa misma noche cuando, en una entrevista para el programa de Larry King en CNN, el pequeño Falcon explicó, mirando a su padre: “tú dijiste que hiciéramos esto por el show de televisión”.

El viernes, evidentemente agobiado, el niño de 6 años vomitó durante dos entrevistas en cadena nacional para la televisión estadounidense. Tanta y tan excesiva atención a ese asunto iba más allá de los parámetros profesionales o noticiosos de las corporaciones mediáticas. Pero el espectáculo televisivo seguía encontrando una viciosa fascinación en aquel frágil y azorado niño.

El affaire del niño del globo podemos leerlo como una metáfora, en varios sentidos, de la liviandad mediática de nuestros días. Después de dos horas de persecución en vivo y en directo, no quedaba más que un globo desinflado. Al lado de asuntos de relevancia y densidad indudablemente mayores, la agenda de los medios había estado dominada por un episodio literalmente volátil.

Pocos acontecimientos recientes subrayan, como ese, la en ocasiones insustancial globalización creada por la instantaneidad de las comunicaciones contemporáneas.

Ahora se dice que la policía está pensando fincarle cargos al padre del niño por engañar a las autoridades. Por lo pronto ya se venden camisetas y tazas que proclaman “Salven al niño del globo”.

Y en Internet, desde este fin de semana hay un juego que muestra al niño del globo colgado de un platillo volador y lidiando con gaviotas que lo atacan. El sitio, llamado Balloonboygame.com, tiene como subtítulo “¿cuándo dinero de los contribuyentes crees que puedes desperdiciar?”.

Hay quien considera que este asunto se parece a un capítulo de los Simpson. Pero no se trató de un travieso Bart sino, si se confirman las versiones más recientes, de un padre manipulador y sinvergüenza al estilo de Homero Simpson. Antes nos llamaban la atención las situaciones que oscilaban de la tragedia, a la comedia. Ahora estamos ante una realidad que imita a la caricatura.

Publicado en eje central


Noticieros sin política

Octubre 2, 2009

Publicado en Zócalo, septiembre 2009

La radio y la televisión hicieron una cobertura exigua de las campañas políticas durante la más reciente temporada electoral. Desplazadas por la discusión en torno a los spots que colmaban los tiempos estatales en los medios electrónicos, las noticias acerca de las actividades proselitistas de los partidos pasaron a segundo plano. Ese relegamiento no se debió necesariamente a la ausencia de interés periodístico de las informaciones que surgían de los actos de campaña sino, al menos en casos notorios, a una política informativa destinada a minimizar la cobertura de los eventos partidarios.

Algunos noticieros de la televisión nacional destinaron únicamente 3 o 4 minutos a esas informaciones en el transcurso de los dos meses de duración que tuvieron ahora las campañas electorales. Los noticieros que transmiten de lunes a viernes pudieron difundirse en 43 ocasiones durante el periodo de campañas, del 3 de mayo al 1 de julio. Algunos de ellos transmitieron, en promedio, menos de 5 segundos diarios de noticias electorales. En otros, particularmente en la radio, hubo más de 10 minutos diarios de noticias electorales.

Esas son algunas apreciaciones que se pueden hacer a partir del Monitoreo de noticieros que hizo la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM por encargo del Instituto Federal Electoral. Los resultados del Monitoreo, publicados por el IFE en su sitio en Internet, muestran la cantidad de minutos y segundos que ocuparon las informaciones electorales de cada partido durante el mencionado lapso. Con esa información, calculamos el total de minutos de una veintena de noticieros de radio y una decena de noticieros de televisión originados en la ciudad de México.

Radio politizada

En la radio matutina todos los noticieros analizados, excepto tres, le dieron más tiempo a las campañas del PAN que a otros partidos. La diferencia más notoria estuvo en el noticiero que conduce Eduardo Ruiz Healy en Radio Fórmula, con casi 40% de su espacio para noticias de esa índole destinado al partido en el gobierno.

Tabla 1-A

Los noticieros más priistas, si se les evalúa por el espacio a cada partido, fueron los de Pedro Ferriz de Con en el Grupo Imagen (33.6%) y Óscar Mario Beteta en Radio Fórmula (22.4%). Pulso de Radio Educación, que conduce Hilda Saray, destinó el 22.4% a notas sobre el PRD.

Tabla 1 B

De todos los programas considerados en esta evaluación Antena Radio, que conduce Mario Campos en el IMER, fue el que más tiempo destinó a la cobertura de campañas con un total de 584 minutos. Allí, la asignación de tiempos a los partidos fue notoriamente equilibrada.

El más favorable al Partido Verde fue el noticiero de Carmen Aristegui en MVS Radio, en donde ese partido ocupó 118 de los 361 minutos dedicados a campañas políticas, el 32.7% de dicho espacio.

Tabla 2

En los noticieros de media tarde, Fórmula de la Tarde conducido por Ciro Gómez Leyva dedicó 40.7% de esos espacios al PAN, en tanto que Joaquín López Dóriga, también en Radio Fórmula, destinó 33.7% al mismo partido.

En noticieros seleccionados y que se difunden a partir de las 6 de la tarde, las preferencias fueron más variadas. José Cárdenas Informa, en Radio Fórmula, le dio el 42.5% de su espacio a las noticias del PAN y solo 13% al PRD. La tercera emisión de Hoy por Hoy en W Radio, con Salvador Camarena, asignó al PRD casi el 39% de tales informaciones.

Todos estos datos, que hemos organizado en los cuadros adjuntos, han sido tomados y/o calculados a partir de la información del IFE. Colocada en línea desde mediados de julio, esa información no había sido desmentida por ninguna empresa de comunicación varias semanas después.

Tabla 3

Televisión ausente

De los noticieros de televisión que elegimos para este cotejo, el más interesado en las campañas fue Primero Noticias, que conduce Carlos Loret de Mola por las mañanas en el canal 2 de Televisa. Ese programa les dio a las informaciones electorales 102 minutos; de ellos, algo menos del 31% fue para el PAN y una cantidad casi idéntica para el PRI. El noticiero matutino de Canal Once le dio más espacio al PAN (26.9%) que al PRI (22.6%).

Por las tardes, la televisión ignoró las campañas. Info7, de Televisión Azteca, se interesó en las notas sobre ese tema únicamente durante 3 minutos. El Noticiero con Lolita Ayala, en canal 2, destinó 4 minutos a ese asunto durante los dos meses de campañas. Dos de esos minutos fueron para el PRI, pero tratándose de universos tan limitados los porcentajes pueden ser escasamente significativos.

Tabla 4

Tabla 5

Por las noches, los noticieros de televisión ofrecieron algún contraste. Casi el 30% de las informaciones en el espacio de Joaquín López Dóriga en el canal 2 fueron para el PRD y el 23% para el PRI. Menos del 21% del espacio de esa índole en el noticiero emblemático de Televisa reseñó la información de las campañas panistas.

En cambio las notas en Hechos, que conduce Javier Alatorre en canal 13, fueron en un 27% para el PAN y solamente en 16.8% para el PRI. Las Noticias con Adela, de Adela Micha en el canal 9 de Televisa, destinó al PRD el 39.9% de sus espacios de campañas, al PAN 38.4% y al PRI únicamente 14.1%.

Tabla 6



La disputa por la televisión digital

Mayo 12, 2009

Zócalo, abril de 2009

Más de lo mismo, o más opciones en el mismo espacio: esas son, esquemática pero claramente, las posibilidades que ofrece la televisión digital. En torno a ellas, en América Latina actualmente se libra una intensa y en ocasiones notoria batalla empresarial y gubernamental –a veces también social– para elegir entre cuatro estándares de televisión digital.

Aunque el gobierno mexicano resolvió hace 5 años, sin discusión ni anuncio previo alguno, que en nuestro país funcionará el modelo estadounidense, esa decisión no tendría que ser definitiva. Otros países latinoamericanos están adoptando modelos distintos, tomando en cuenta consideraciones sociales, culturales e incluso políticas. Alguno más, se había orientado por el esquema estadounidense y ha sabido rectificar.

¿Cuáles 4 modelos?

El formato digital permite comprimir las señales de televisión para que, en el mismo canal en donde actualmente cabe una frecuencia de televisión analógica, ahora haya espacio para varias señales y/o para señales de mayor calidad. Los modelos en disputa ofrecen distintas variantes de esas dos  posibilidades: más canales y/o mejor definición de imagen.

1. El modelo estadounidense, llamado HDTV –High Definition Television– por su orientación a la alta definición, ha sido impulsado por un consorcio que crearon en 1993 el gobierno de ese país y una docena de empresas dedicadas a la tecnología de las comunicaciones. El estándar HDTV comenzó a ser empleado comercialmente en 1998 en Estados Unidos con un sistema de asignación de frecuencias en donde, a las empresas e instituciones que ya disponen de canales analógicos, se les otorga una nueva frecuencia, ahora digital, por cada canal que tengan. De esa manera se asegura que ninguna televisora se quede fuera de la adopción de la Televisión Digital de Alta Definición. Pero, al mismo tiempo, se cancela la posibilidad de que entren nuevas opciones al campo televisivo.

Recientemente el Senado estadounidense prorrogó para junio de 2009 el momento en que desaparecerán las señales analógicas. Se había previsto que eso ocurriera en junio, pero aún quedan muchos hogares sin adquirir nuevos televisores o sin el convertidor que permitirá sintonizar señales digitales en aparatos analógicos.

2. El estándar europeo se denomina DVB-T, o Digital Video Broadcasting y es promovido por un consorcio que reúne a 280 empresas y organismos de la industria de las comunicaciones. La adopción de ese protocolo ha permitido que, por ejemplo, en Francia la televisión analógica transite a un esquema de 6 canales digitales multiplex, en cada uno de los cuales caben 6 señales. Es decir, la televisión digital abierta en Francia ofrece 36 canales.

En la Gran Bretaña hay también 6 multi canales, pero en cada uno de ellos caben entre 3 y 5 señales de televisión, de acuerdo con la definición de la imagen que tengan. Uno de esos 6 multicanales fue adjudicado a la corporación de la radiodifusión pública, la BBC, que tenía dos canales analógicos; otros dos multi canales fueron distribuidos entre el tercero, el cuarto y el quinto canales nacionales. Los otros tres canales múltiples serían subastados, para permitir el acceso a la transmisión televisiva de nuevas empresas y grupos productores.

La Unión Europea resolvió emprender en 2012 el “apagón digital”, es decir, el momento en el cual todas las señales de televisión deberán ser de esa índole y no analógicas. Algunos países comenzaron a declarar la plena digitalización televisiva algunos años antes.

3. El sistema japonés le permite al radiodifusor elegir las modalidades de televisión que quiere difundir: más canales digitales en un solo canal múltiple, o menos canales pero de alta definición. Ese estándar, denominado ISDB-T (Integrated Services Digital Broadcasting) fue creado a iniciativa del consorcio de la televisión japonesa, NHK, y funciona desde 2003 en multi canales que se dividen, cada uno, en 13 segmentos –de allí su versatilidad–.

4. El protocolo chino, llamado DTMB (Digital Terrestrial Multimedia Broadcast) fue creado en 2006 en las Universidades de Jiaotong en Shanghai y Tsinghua en Pekín. Su principal rasgo es la posibilidad de transmitir imágenes de alta definición a dispositivos de televisión móviles.

En 2008, 81 países habían elegido alguno de los cuatro sistemas. 6 de ellos, México entre ellos, se habían comprometido con el protocolo estadounidense. 2 más, por el de origen japonés. Uno (China misma) por el que promueve el gobierno de Pekín. Y 72 por el sistema europeo, entre ellos Alemania, Arabia Saudita, Australia, Hungría, India, Kenia, Malasia, Polonia, Reino Unido, Rusia, Suecia, Turquía y Uruguay.

Los defensores del estándar estadounidense sostienen que a los telespectadores les beneficia fundamentalmente la imagen de mayor calidad y realce. El europeo, favorece las ventajas de la diversidad y la pluralidad de opciones televisivas. Los protocolos japonés y chino, con diferentes características, apuestan a la movilidad para que los usuarios miren televisión donde quiera que se encuentren, especialmente en teléfonos habilitados para esa función.

México, mimetizado con EU

La importancia del estándar digital se advierte con claridad si tomamos en cuenta la gran cantidad de latinoamericanos que no tienen más opciones que la señal abierta para ver televisión. Se calcula que, en América Latina, la televisión de paga –es decir, la que llega por cable o satélite o cualquier otro sistema de difusión codificada– tiene una penetración del 33%. Eso implica que casi 7 de cada 10 hogares latinoamericanos dependen de la señal abierta para ver televisión.

México fue el primer país en decidir su modelo de TV digital. El  2 de julio de 2004, con tanta discreción que el asunto pasó inadvertido para muchos analistas e interesados en los medios, el entonces presidente Vicente Fox  expidió un Acuerdo a favor de ese estándar y acordó entregar una frecuencia para televisión digital por cada una de las que ya tuviera, con televisión analógica, cada empresa o institución dedicadas a ese medio. Tales canales serán usufructuados, con dichos fines, hasta el último día de 2021.

No hubo discusión ni participación social, ni presencia del Congreso, que antecedieran a esa disposición presidencial. Las dos cadenas nacionales de televisión, Televisa y Televisión Azteca, que concentran 94% de las concesiones para televisión comercial, fueron beneficiadas con otra frecuencia por cada una de las que ya tenían. Esa digitalización televisiva no significa más opciones, sino únicamente imagen de alta definición.

Rectificación argentina

En Argentina, en 1997, el gobierno de Carlos Menem estableció la Comisión de Estudio de Sistemas de Televisión Digital que luego se convertiría en Comité Consultivo para ese tema. Un año más tarde, Menem adoptó el sistema estadounidense. Las vicisitudes económicas demoraron el desarrollo de ese estándar y mientras tanto, otros países de la región asumían determinaciones distintas.

El cuestionamiento al estándar estadounidense se convirtió en una de las muchas diferencias políticas en Argentina. En mayo de 2000, ya bajo la presidencia de Fernando de la Rúa, el secretario de Comunicaciones dijo que aquella decisión fue tomada “sobre fundamentos incorrectos, con pruebas inexistentes, sin ningún tipo de coordinación con Brasil y basándose en consideraciones falsas sobre la norma europea DVB”. En abril de 2006 el gobierno de Néstor Kirchner designó una  nueva Comisión de Estudio de los Sistemas de Televisión Digital Terrestre. Un año después la nueva presidenta, Cristina Fernández, anunció que estaba considerando la posibilidad de homologar la televisión digital con el sistema adoptado en Brasil, que para entonces se había inclinado por el protocolo japonés.

Brasil, estándar japonés

En Brasil, en efecto, en 2006 el gobierno del presidente Luiz Inacio Lula da Silva acordó desarrollar el sistema japonés de televisión digital. Esa decisión estuvo precedida por una intensa presión de las principales empresas televisoras, especialmente TV Globo. En 2003 el gobierno había creado el Sistema Brasileiro de Televisión Digital, con la participación de 1500 investigadores de 73 universidades públicas y privadas y con la tarea de desarrollar un estándar propio. Entre otras cosas, se buscaba amalgamar la expansión de la televisión digital con la propagación de Internet en todo el territorio brasileño.

Sin embargo, esos afanes de originalidad e irradiación tecnológicas fueron desplazados por el interés de las televisoras que impulsaron el modelo ISDB, con el propósito de controlar la transmisión de señales televisivas a los teléfonos móviles.

Chile y Perú, pendientes

En Chile, al finalizar octubre de 2008, el gobierno de la presidenta Michelle Bachelet envió al Parlamento un proyecto de televisión digital que establecía un periodo de ocho años para la transición desde el modelo analógico y reservaría el 40% del espectro radioeléctrico destinado a televisión para canales culturales, regionales y locales.

La decisión sobre  cuál de los estándares en juego tendría la televisión digital chilena seguía pendiente en marzo de 2009. Los operadores de la televisión pública preferían un estándar que reforzara la diversidad cultural en ese medio. Los dueños de la televisión privada cabildeaban a favor de normas técnicas que ofrecieran imagen de mayor calidad.

En Perú, en febrero de 2007 nació la Comisión Multisectorial encargada de recomendarle al gobierno cuál estándar deberá adoptar. En ese grupo de trabajo participaban representantes de varios ministerios del gobierno y de organizaciones profesionales. En marzo de 2009 Perú seguía sin tomar una decisión aunque no eran secretas, ni discretas, las presiones de los gobiernos de Japón y Brasil por el estándar ISDB-T.

Intenso examen colombiano

La experiencia de Colombia ha sido paradigmática por la extensa discusión que ha precedido a la elección del modelo digital. La Comisión Nacional de Televisión, integrada por representantes del gobierno y organismos profesionales, creó a fines de 2006 un consejo asesor para hacer una propuesta que permitiera a la población de ese país “no sólo contar con servicios de mejor calidad y alta definición, sino además con servicios interactivos que permitan potenciar la educación, la transmisión de información y el entretenimiento, para generar el escenario propicio para que Colombia reduzca su brecha digital y sea testigo de la sociedad de la información”.

La Comisión realizó una docena de Foros de Televisión Digital Terrestre, con asistencia de más de 4 mil personas, en Cali, Medellín, Manizales, Bucaramanga, Barranquilla, Villavicencio, Valledupar, Pasto, Ibagué y Arauca. “Estudiantes, profesores, productores y realizadores, publicistas, periodistas, amas de casa y operadores del servicio de televisión, entre muchos más, participaron en cada uno de los foros”, dice la propia CNTV que ofrece amplia documentación sobre ese proceso en su sitio www.cntv.org.co El 28 de agosto de 2008 la Comisión anunció que Colombia tendría el sistema europeo.

Uruguay, también DVB

En Uruguay, la Comisión Nacional de Televisión Digital Terrestre Abierta , integrada  por empresarios, gobernantes y representantes de la sociedad, dedicó gran parte de 2007 a estudiar diversas opciones. En agosto de ese año, el presidente Tabaré Vázquez suscribió el decreto en donde se establece que la televisión digital en Uruguay se ajustará al estándar europeo, que “ofrece la posibilidad de una mayor diversidad de contenidos y señales y más competencia en el sector, así como oportunidades de desarrollo de nuevos servicios y emprendimientos tecnológicos asociados, entre ellos la interactividad de los ciudadanos con los nuevos medios de comunicación”. Esa decisión de los uruguayos causó un notorio disgusto en el gobierno de Brasil.

En 1998, los gobiernos del Mercosur se habían comprometido a establecer conjuntamente el estándar de televisión digital. Argentina rompió de inmediato ese acuerdo. La decisión de Brasil en 2006 hizo evidente que no habría una política conjunta en ese terreno. El interés del gobierno brasileño para que otros países de la región se sumen al estándar japonés tiene motivos financieros, pero también políticos y culturales. La venta de televisores y decodificadores, así como la retransmisión de programas televisivos, está directamente relacionada con el protocolo de televisión digital disponible en cada nación.

Venezuela, cerca de Pekín

Venezuela, mientras tanto,  parecía orientarse al sistema chino. Entre Caracas y Pekín se ha desarrollado una creciente relación tecnológica y de negocios que incluyó, en enero de 2009, la entrega a Venezuela de la administración del satélite denominado “Simón Bolívar” que, entre otras funciones, tendría la transmisión de señales de televisión. Algunos países en la órbita de influencia venezolana, como Nicaragua y eventualmente Cuba, podrían sumarse al desairado modelo chino de televisión digital.

Diversidad cancelada

La disputa central es entre los modelos estadounidense y europeo que expresan dos concepciones de televisión: una, que privilegia la definición de la imagen pero con los mismos y ya conocidos contenidos; otra, que favorece la diversidad de canales y opciones. Por otra parte, las presiones del gobierno brasileño para propalar el sistema japonés forman parte de una también constante búsqueda de hegemonía política y mercantil en Sudamérica.

La alta definición no resuelve las carencias de la televisión latinoamericana. Pero el estándar HDTV resultará especialmente oneroso porque implica menos opciones de televisión y, de esa manera, el mantenimiento de los esquemas de propiedad de canales que en casi toda América Latina se encuentran concentrados en pocas manos. La precipitación para allanarse al modelo estadounidense, como sucedió inicialmente en Argentina y sigue ocurriendo en México, está cancelando posibilidades para que la digitalización sea origen de una nueva diversidad en la televisión.

Este artículo sintetiza parte de un ensayo más amplio sobre las perspectivas de la televisión digital latinoamericana entregado para un número de la revista Popular Communication coordinado por la Dra. Rosalía Winocur.


Carpa y vodevil

Octubre 25, 2008

Nexos, octubre de 2008

Telebasura, se la ha denominado en otras latitudes a ese estilo de la televisión que se refocila en el morbo, explota el sensacionalismo, soslaya cualquier pretensión de calidad y le falta al respeto a la gente –comenzando por los telespectadores­–. La definición de telebasura puede ser escurridiza porque habitualmente se piensa en ese concepto delante de programas específicos, ante cuyas ordinarieces por lo general no queda mas que el rechazo veloz y cambiar de canal. El término mismo indica que se trata de una televisión ante la que no hay nada que hacer. Aparentemente viene de Trash TV, expresión con la que fueron designados a fines de los años 80, en Estados Unidos, algunos programas de discusión especialmente notorios por sus contenidos procaces y discriminatorios.

En 2004 una encuesta del Consejo Audiovisual de Cataluña preguntó en torno a 5 características potencialmente definitorias del término “teleporquería”. Para el 36% de quienes respondieron, lo que mejor singulariza a esa televisión es la “creación de personajes famosos sin ningún mérito profesional o artístico”. Al 28% le pareció que implica la “intromisión en la vida privada de las personas”. Para el 9.5% se trata de la “difusión de rumores e informaciones no contrastadas”. El 7.4% consideró que a la telebasura la distingue el lenguaje soez. El 2.8% respondió que esa televisión ofrece una “visión degradada y negativa de la mujer”.

En todo caso y aunque nuestra experiencia cotidiana puede documentar nuevos casos, sesgos y permanencias de la telebasura, conviene recordar que desde hace algunos años el Diccionario de la Real Academia Española incorpora ese coloquialismo: “conjunto de programas televisivos de muy baja calidad”.

Comediantes en vez de comentaristas

La calidad se está convirtiendo en la nueva piedra de toque para la deliberación de los medios de comunicación, especialmente la televisión. Cada vez más grupos de ciudadanos preocupados por los medios y sus contenidos encuentran que llevar esa discusión al tema de la calidad les permite evaluar, comparar y exigir con mayor precisión ante las empresa televisivas. Más allá de cómo se le mida y defina, pareciera que la calidad no tuvo una presencia destacada en el desempeño de los consorcios de la televisión privada mexicana durante los recientes Juegos Olímpicos en Pekín.

En las transmisiones que tanto Televisa como Televisión Azteca hicieron desde la capital de China, los cómicos desplazaron a los locutores; los conductores y especialistas tuvieron que ser patiños en cuchufletas de gusto más que dudoso; en vez de la difusión en extenso de las competencias deportivas había dilatados segmentos presuntamente humorísticos, reportajes que buscaban asombrar y encandilar más que mostrar la realidad de China, anécdotas y gracejadas al margen de la información de los Juegos Olímpicos.

Los albures (descafeinados al momento mismo en que eran exhibidos y trivializados en televisión); la exhibición de muchachas guapas que hacían sin talento pero con notorios atributos de otra índole el trabajo de los reporteros; las casi siempre malogradas esperanzas de triunfo o las victorias de los 4 deportistas mexicanos que ganaron medallas y cuyo meritorio esfuerzo resultó apabullado por la verbena electrónica: tales fueron recursos que las televisoras nacionales exprimieron hasta el empacho.

La carpa y el vodevil en reemplazo del deporte: ese fue, al menos el parte, el saldo televisivo al cabo de 16 días de transmisiones en agosto pasado. El exceso de tales recursos fue tan desmedido y la cobertura de los deportes tan pobre que incluso Eugenio Derbez, uno de los comediantes que se esforzaban por animar la transmisión desde el exótico foro que Televisa montó en Pekín, dijo en cuanto terminaron las jornadas olímpicas: “En esta lucha por el rating, creo que las dos televisoras perdieron el enfoque de (lo que) es un programa deportivo, en el que debe ir aderezado con comedia. De repente eran más las cápsulas de lo que fuera. Éramos muchos, en Televisa éramos Montserrat, Mayrín, Marisol, El Compayito, Omar Chaparro y yo, el niño Mateo… Era una cosa excesiva”.

Y lo fue, en efecto. De acuerdo con una encuesta levantada poco antes de que terminaran los Juegos, el 61% de los televidentes mexicanos prefiere ver las competencias completas y no resúmenes o fragmentos como los que difundieron las televisoras nacionales. El 48%, por cierto, consideró que el humor procaz del payaso Brozo no le parecía adecuado para el horario matutino que fue cuando lo transmitió el canal 2 durante los Juegos Olímpicos.

Más allá de subrayar la afición deportiva insatisfecha de los espectadores de Azteca y Televisa, es posible preguntarnos por qué tales empresas apostaron por un modelo de televisión tan ostensiblemente fincado en el espectáculo ramplón. Mientras en todo el mundo la televisión dedicó anchos espacios a la transmisión de los eventos deportivos, en las cadenas de la televisión abierta mexicana el deporte era pretexto y no el contenido central.

En México las cadenas de televisión abierta han apostado siempre a la búsqueda de rendimientos máximos con esfuerzos mínimos. Comicidad previsible, estructuras dramáticas escuetas, repetición y explotación de contenidos y personajes hasta desgastarlos y trivializarlos, han sido constantes primero en Televisa y luego en esa mala y deficiente copia suya que ha sido Televisión Azteca.

Las chabacanerías siempre formaron parte de la programación de esas empresas y estaban destinadas a satisfacer la idea que los directivos y productores de las televisoras han tenido, por lo general, del público mayoritario en este país. Aquella frase de la televisión para los jodidos, que tantos cuestionamientos le ganó al Tigre Azcárraga, no era un exabrupto sino una descarnada descripción de las pautas que Televisa imponía en sus programas destinados a las audiencias de más limitado poder adquisitivo. A partir de la idea de que a los pobres les gusta la televisión burda, elemental y previsible, Televisa ha innovado y arriesgado poco en el campo de los estilos y enfoques de producción. Sin embargo de cuando en cuando esa empresa ofrecía algo más, a veces en la difusión de programas culturales, o en ocasiones en la discusión de asuntos públicos aunque siempre con restricciones políticas constatables.

Menos rating, peor TV

De un tiempo a la fecha, Televisa y Azteca han degradado todavía más la calidad –para llamarle de alguna manera— de su programación. Primero, a comienzos del milenio, apostaron a series de presunta espectacularidad como los reality shows que muy pronto se parecieron tanto a sí mismos que dejaron de interesar al auditorio. Más recientemente, al tratar de desempolvar antiguas rutinas cómicas y piezas dramáticas que en otras épocas se convirtieron en estereotipos de la cultura popular mexicana, pero sin la chispa creativa ni la originalidad que tuvieron sus primeras versiones, las televisoras se han circunscrito, con pocas excepciones, a ser groseras parodias de aquella producción de hace algunas décadas.

La causa de esa involución, que demuestra que lo que ya es malo siempre puede ser peor, se encuentra en la caída de la audiencia de las televisoras nacionales. En mayo de 2008, que es la fecha más reciente para la cual había información disponible cuando escribimos esta nota, la empresa de medición de audiencias Ibope AGB encontró que el programa de la televisión mexicana que alcanzó más espectadores fue la telenovela “Fuego en la sangre”, en el canal 2, con 12.66 puntos de rating. En segundo lugar se ubicó, en esa emisora, un mensaje del presidente Felipe Calderón, con 10.5 puntos. El programa de mayor audiencia en Televisión Azteca fue, en el canal 7, el partido de futbol Cruz Azul contra Santos con 7.29 puntos. El partido Santos contra Monterrey alcanzó 6.28 puntos en canal 13. Y las películas de mayor rating se transmitieron por canal 5: “Bob Esponja” tuvo 6.26 y “El Hombre Araña”, 5.8 puntos.

Un punto de rating puede ser el porcentaje de personas que en una región determinada esté viendo televisión en un horario específico, o el porcentaje de hogares en donde, habiendo un televisor encendido, se ve el mismo programa. La falta de claridad en la metodología que utiliza y el carácter confidencial de sus bases de datos, dificultan saber a qué se refiere la filial mexicana de la empresa Ibope cuando da a conocer sus mediciones de rating. Esa firma no registra el comportamiento de los públicos en todo el país sino en una selección de ciudades en donde se encuentra menos de la mitad de los mexicanos. No obstante esas limitaciones, las estimaciones de Ibope son las únicas de las que se dispone para conocer las audiencias de la televisión mexicana.

Con esas prevenciones, cuando se comparan los ratings más recientes con los que alcanzaban las televisoras nacionales en épocas nada distantes, se aprecian diferencias que seguramente tienen secuelas en el estancamiento de la programación de la televisión mexicana. 10 años antes del mes en el cual se registraron los ratings antes citados, el programa de mayor audiencia fue la serie cómica “Derbez en cuando”, que alcanzó 39 puntos. En segundo sitio estaba la telenovela “La usurpadora”, con 35.6 puntos. En tercero el programa cómico “Qué nos pasa”, con 33.6. Todos ellos se transmitieron en el canal 2, en la semana del 4 al 10 de mayo de 1998.

Las películas con más telespectadores en aquella semana fueron, en canal 5, “Mira quién habla” con 20.2 puntos de rating y “Mira quién habla también”, con 18.7 puntos. Los eventos deportivos más vistos en mayo de 1998 fueron los partidos de futbol Toluca contra Necaxa en canal 2 con 25.3 puntos y River Plate contra América en canal 5, con 17 puntos.

Los programas de mayor audiencia en TV Azteca fueron el noticiero Hechos con 7.8 puntos y la película “Sepultado vivo”, ambos en canal 13.

En el transcurso de una década la audiencia de Televisa cayó a un tercio de los niveles que tenía en 1998, de más de 30 a menos de 10 puntos, al menos en los programas de mayor rating. Las audiencias de TV Azteca se mantienen estables y siguen siendo menores a 7 u 8 puntos.

A pesar del acaparamiento que ejercen esos dos consorcios en las frecuencias de televisión abierta, y en parte debido a la monotonía que esa situación propicia en la programación, la audiencia se ha dispersado en distintas opciones. Por un lado, cada vez más televidentes destinan mayor tiempo a mirar programas y películas grabados en formatos como el DVD. Y a la vez, aunque sigue estando restringida a un segmento minoritario de la población (aproximadamente 30% de los mexicanos) la televisión de paga, que se difunde por vehículos como el cable y el satélite, encuentra nichos de mercado específicos y relativamente estables. Así se explica al menos en parte la cuantiosa pérdida de rating de Televisa y el estancamiento de Azteca en bajos niveles de audiencia. Lo más paradójico es que, en busca de audiencia, esas empresas explotan viejos y deteriorados esquemas de programación: más televisión desechable.

No parece casual que, durante los Juegos Olímpicos de agosto pasado, muchos telespectadores no hayan preferido a las televisoras nacionales sino la programación de TVC Deportes, un pequeño y modesto canal de cable que tuvo el buen tino de ofrecer transmisiones completas y directas de los torneos en Pekín. Allí no había payasos, ni albures, ni personajes de Libro Guiness: simplemente se difundieron las competencias deportivas narradas por comentaristas que saben del tema.

No hace falta demasiada severidad para encontrar numerosas similitudes entre la programación que las cadenas de televisión abierta ofrecen a los mexicanos y los rasgos con los que en otros sitios se ha identificado a la telebasura. Tampoco transcurrirá mucho tiempo para que en México, igual que sucede en otros países, se conozcan reacciones del público en contra de la televisión de ínfima calidad y a favor de otras opciones en el campo de los medios de comunicación.

Referencias

-“Admite saturación de humor”. Reforma, 25 agosto de 2008

-“Encuesta. Gusta Derbez, pero Brozo no tanto”. Reforma, 21 de agosto de 2008.

-Manuel Pares i Maicas, “La ´telebasura´: un fenómeno social preocupante”. Telos número 66. Madrid, enero-marzo de 2006.


Chikilicuatre, la fama sin motivo

Julio 31, 2008

Nexos, julio de 2008

Llegó, desentonó, encaprichó y fracasó: durante la reciente primavera los españoles estuvieron enganchados por un personaje ficticio que para algunos resultaba grotesco y para muchos otros encantador. El Chikilicuatre es resultado de la mercadotecnia y de la explotación de las nuevas tecnologías de la información pero sobre todo de la esperanza colectiva que promovió artificiosamente la televisión en ese país. Se trató de un fenómeno social que da cuenta del empobrecimiento cultural y antes que nada del ascendiente mediático que padecemos hoy en día.

Rodolfo Chikilicuatre es un personaje protagonizado por el cómico catalán David Fernández Ortiz que canta una pegajosa tonada, emparentada con el reguetón, llamada “el baile del chiki chiki”. Esa interpretación fue seleccionada para representar a España en el festival de Eurovisión, la competencia musical que cada año confronta y entretiene a las audiencias de aquel Continente y cuyo público y complejidad han crecido en la medida en que Europa se ha extendido en los nuevos países del Este.

Este año, la selección del cantante que representaría a España en el festival se realizó de manera abierta. La Radiotelevisión Española, que transmite el certamen desde hace 47 años, convocó a que los interesados enviaran un video que sería colocado en My Space, uno de los sitios de páginas personales más concurridos en Internet. Una vez que los hubieran visto, los internautas podrían votar por el artista de su preferencia a través de mensajes de teléfono celular y en la misma Red.

El Chikilicuatre saltó de la televisión a Internet y luego emprendió un exitoso viaje de regreso. El personaje fue creado por el equipo de producción del programa nocturno de Andreu Buenafuente, un espacio de parodia política y social que transmite por las noches la televisora La Sexta. Allí era habitual que el actor Fernández hiciera diversas caracterizaciones pero ninguna tan célebre como la de Rodolfo Chikilicuatre, que fue presentado como un artista argentino de 36 años “que ha tocado en los escenarios más chic de Albania y Ciudad Juárez”. Su caprichosa indumentaria con chaleco floreado, copete a la Elvis y cargando una colorida guitarra de juguete, se avenía con la chusca tonadilla que repetía: El chiki-chiki mola mogollón / lo bailan en la China y también en Alcorcón/ Dale chiki-chiki a esa morenita / que el chiki-chiki la pone muy tontita.

Buenafuente, Fernández y compañía inscribieron esa pieza en el concurso para ir a Eurovisión –que este año se realizaría en Belgrado– y ganaron entre 536 canciones que compitieron ante los aficionados en Internet. Nunca hubo una auditoría formal a los votos que se enviaban por diferentes plataformas tecnológicas, pero la cantidad de visitas al video del Chikilicuatre indicaba que tenía más preferencias que otros. A comienzos de marzo, los organizadores dijeron que había recibido 110 mil votos. La canción que llegó al segundo lugar tuvo 67 mil. Por otra parte a fines de mayo, tan solo en YouTube, las varias versiones que había disponibles del video del Chikilicuatre habían sido descargadas al menos 21 millones de veces.

¡Perrea, perrea!

Aprovechando la expectación que para entonces se había extendido en torno al proceso de selección y a la estrafalaria canción ganadora Radiotelevisión Española, RTVE, desplegó una estrepitosa campaña en donde la chabacanería y el sensacionalismo se mezclaron con una paradójica ironía y con una suerte de nacionalismo naif. Más que la canción concursante, durante casi tres meses esa emisora promovió un concepto. Contagiosa y simple, la tonada se extendió por todo el país y se hablaba del Chikilicuatre como si fuera un personaje real.

La selección de las tres bailarinas que aparecerían danzando junto al Chikilicuatre ayudó a mantener la incertidumbre durante varias semanas. Más tarde aparecerían un álbum de estampas y una fotonovela sobre la biografía del impostado cantante, la Organización Nacional de Ciegos –que en España maneja la lotería nacional– lo contrató para su nueva campaña y en Internet menudearon los blogs y videos sobre el chiki-chiki. Hay docenas de parodias a esa parodia, entre ellas la que realizaron las empleadas de una cadena de supermercados que luego fueron suspendidas por bailar y grabar esa interpretación durante sus horas de trabajo.

Para participar en Eurovisión, los autores del chiki-chiki tuvieron que modificar la letra de esa tonadilla porque el festival no admite menciones políticas. La versión original decía: “Lo baila Rajoy, lo baila Hugo Chávez, lo baila Zapatero, mi amol, ya tu sabeh!” en referencia al dirigente del Partido Popular español, el presidente de Venezuela y el presidente de España. La expurgada versión que concursó decía: “Lo baila Jose Luis, lo baila bien suave / Lo baila Mariano, mi amor ya tu sabes”. Quitaron a Chávez, pero no así una alusión al altercado que tuvo el año pasado con el Rey de España: “Lo bailan en la cárcel, lo bailan en la escuela / Lo baila mi madre y también mi abuela. / Lo canta el Tigre Puma con su traje a rayas / Y Juan Carlos le dice ¿por qué no te callas?”.

De esa juguetona letra la frase más conocida era “Lo bailan los brother, lo baila mi hermano / Lo baila mi mulata con las bragas en la mano” y el estribillo “¡Perrea, perrea!” cuyo significado suscitó largas disquisiciones en la Red. En algunos países del Caribe “perrear” significa follar y en Centroamérica llega a ser entendido como menospreciar o, en otra acepción, es sinónimo de mujeriego. En el lunfardo argentino se entiende como engañar o estafar. En España se le llegaba a interpretar como vagancia. Pero recientemente a “perrear” se le entendió como la acción de bailar reguetón.

Nacionalismo naif

La popularidad en España del Chikilicuatre creció alimentada por calculados golpes mediáticos. Su guitarra de utilería le fue enviada, como extravagante obsequio, al Papa Benedicto XVI. En YouTube había videos que imitaban la campaña del precandidato del Partido Demócrata en Estados Unidos: “si Obama puede por qué Rodolfo no”, decían. También en la Red, como secuela involuntaria, comenzaron a circular virus insertados en archivos con el nombre de ese cantante. La imbricación entre Internet y todo el proceso de selección y promoción fue tenida como parte de la modernidad tecnológica y cultural que se pretendía estaba presente tras esa hechura mediática.

Chikilicuatre “es producto de la democracia”, decían sus propagandistas para destacar la participación de los internautas aunque soslayaran el papel de la televisión en la operación para hacerlo célebre. “Es símbolo de la modernidad de España”, insistían al subrayar el papel que tendría en Eurovisión.

La posibilidad de triunfar en dicho certamen se volvió causa nacionalista como si a los españoles les hiciera falta demostrar, ante sus vecinos europeos, el grado de simpleza cultural, o de industrialización mediática que han alcanzado. RTVE contrató a la actriz italiana Rafaella Carrá para conducir los programas previos al concurso. El sábado 24 de mayo el canal principal de esa televisora machacó en el tema varias horas antes y después del certamen. En su sitio web RTVE ofrecía plantillas para hacer letreros, pancartas y otros artículos que les permitieran a los televidentes animar la fiesta en casa mientras se cruzaban los dedos por el Chikilicuatre.

El resultado no fue decepcionante en extremo porque, detrás de la impostada euforia que envolvió a los españoles durante varias semanas, estaba presente la sensación de que todo aquello era una gran, si bien festiva farsa. El Chikilicuatre quedó en el sitio 16, entre 25 concursantes. La desigual calidad de las canciones pero sobre todo el complejo sistema de votación se conjugaron para ese resultado. Los países de Europa del Este, algunos de ellos tan pequeños como nuevos en la geopolítica contemporánea, votaron concertadamente para respaldar a varios de los suyos. Rusia y Ucrania ocuparon los dos primeros sitios.

En España la final del festival, que era anunciado con el dramático título “Salvemos Eurovisión”, fue presenciada por 14 millones de personas. Es mucho, en un país de algo más de 45 millones de habitantes.

Traspiés de la TV pública

El Chikilicuatre fue recurso y emblema de la industria del espectáculo, con toda la bulla y fugacidad que puede alcanzar el circo mediático. Pero muchos en España se preguntan si un producto de tan dudosa calidad debió haber sido promovido por la televisión pública, en cuestionable avenencia con la de carácter privado.

Los ingresos de RTVE proceden tanto de la publicidad que aparece en sus pantallas como de recursos fiscales. Episodios como el del Chikilicuatre conducen a discutir, una y otra vez, cuál es el propósito de una televisión que se pretende pública, es decir diferente por definición a la de índole exclusivamente mercantil. Si la programación de las televisoras públicas no es cualitativamente distinta, o si para competir por la publicidad se equipara con los contenidos más ordinarios de la televisión mercantil, entonces esa televisión pública extravía su razón de ser.

El asunto del chiki-chiki se complicó porque apenas llegó a Belgrado a las primeras audiciones de Eurovisión, el Chikilicuatre acudió a ofrecer una charla en la sede del Instituto Cervantes en la capital serbia. El Cervantes está dedicado a promover el desarrollo de la lengua española en países donde no es el idioma oficial o mayoritario, y se sostiene con recursos del gobierno de España. Nadie acertó a explicar qué hizo el Chikilicuatre ante los estudiantes y docentes del Instituto en Belgrado. ¿Dilucidaría el equívoco verbo perrear? ¿Se explayaría acerca de la mulata con las bragas en la mano?

Para enredar más las cosas resulta que la actual directora del Cervantes, doña Carmen Caffarell, fue directora de RTVE durante el primer gobierno del presidente Rodríguez Zapatero. Coincidencia o no, el episodio propició que uno de los ex directores más relevantes del Instituto Cervantes, el intelectual vasco Jon Juaristi escribiera, contrariado e irónico, a fines de mayo en el diario ABC: “lo nuevo de esta temporada es que se lleva el estrépito al cubo y las bragas en la mano, que es la cosa fina española que hemos exportado al festival de Eurovisión y al Instituto Cervantes de Belgrado. Política cultural exterior y expansionismo lingüístico de altura. A España se le ha hinchado la variz gritona y hortera, y mira qué bien, igual me viene estupendamente para una cura de humildad, porque yo abrí el Cervantes en Belgrado”.

Los traspiés de la televisión pública española no terminaron allí. A fin de cuentas todo el empeño y los no pocos euros que invirtió para promocionar al Chikilicuatre redituaron en beneficio de la productora de Andreu Buenafuente y de La Sexta, la televisora en donde conduce su programa. Y resulta que La Sexta es en un 40% propiedad de la empresa mexicana Televisa y fue creada en 2006 por un grupo de periodistas cercanos al presidente Rodríguez Zapatero. Para decirlo de otra manera, el negocio alrededor del Chikilicuatre, apoyado por la televisión pública, pudo haber beneficiado fundamentalmente a la estación de Televisa y cuyos socios españoles tienen claras simpatías con el presidente del gobierno de ese país.

No en balde, buena parte de las reacciones adversas al Chikilicuatre fueron propaladas por medios del Grupo Prisa, entre ellos el diario El País, que han estado enfrentados con La Sexta por motivos de negocios.

Poco después de la final de Eurovisión y a pesar del fracaso del personaje español, se calculaba que los productores del Chikilicuatre podrían haber ganado al menos tres millones de euros especialmente por derechos de autor. Por esas fechas El País se preguntaba en un editorial si la hazaña del Chikilicuatre había sido una lección acerca de cómo sobreponerse a los complejos para figurar sin talento en un escenario internacional aunque, en todo caso, se trataba de una “fama sin motivo”. Y seguramente estéticas, artísticas, musicales, humorísticas incluso, las gracias del Chikilicuatre son más bien primitivas. Pero varios millones de euros de ganancia y decenas de millones de espectadores en la Red y en TV abierta le dan atributos atendibles, o al menos contantes y sonantes a esa fama, por mundanal y ordinaria que resulte.

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Cómo mejorar la televisión

Enero 10, 2008

Nexos, diciembre de 2007

   Ahora sigue la reforma legal para los medios. Después de las modificaciones constitucionales que, entre otras cosas, acabaron con la compra de espacios de propaganda política en televisión y radio, el Congreso mexicano tendrá que emprender la modificación y actualización de las leyes destinadas a los medios de comunicación. Además de regular la administración del espacio radioeléctrico que es propiedad de la Nación y por el cual se difunden las señales abiertas de televisión y radio pero también de Internet inalámbrica y telefonía, la nueva legislación habrá de enfrentar el interminablemente discutido problema de los contenidos en los medios de amplia difusión social.

   En ese debate nada hay tan previsible como las televisoras. No resultaría extraño que en los próximos meses Televisa, pero sobre todo esa versión cerril y ordinaria de los peores vicios y excesos de la televisión mexicana que es Televisión Azteca, insistieran en desvirtuar las propuestas que circularán para nutrir la reforma legal de los medios de comunicación. Las televisoras dirán que la regulación de contenidos es inadmisible como si no se tratara de medios que, además de ejercer una considerable influencia social, disfrutan de una concesión para transmitir a través del espacio radioeléctrico. Distorsionarán esas medidas, equiparándolas con la censura que hay en algunos países. Se arroparán en la bandera de la libertad de expresión como si los televidentes no recordaran las muchas tergiversaciones y manipulaciones que las televisoras han desplegado en defensa de privilegios que ahora comienzan a estar acotados.

   El comportamiento que se les conocía a las televisoras desde tiempo atrás y su desmedida reacción ante las reformas constitucionales, actualizaron la discusión acerca de la necesidad de mejorar los contenidos en esos medios electrónicos. Ahora el Congreso debe revisar las leyes federales de Radio y Televisión y de Telecomunicaciones para establecer las normas que orientarán el desarrollo de los medios electrónicos y digitales. Lo más pertinente sería que diputados y senadores crearan una nueva ley que sirviera como marco jurídico integral tanto para televisión y radio como para telefonía, servicios de datos e Internet, entre otras opciones de comunicación que se encuentran crecientemente interrelacionadas. A muchos legisladores les interesa, especialmente, que haya medidas para propiciar contenidos de mejor calidad en los medios de difusión masiva.

   La calidad en la televisión y la radio puede ser entendida de diversas maneras. También la objetividad y la veracidad. En una sociedad abierta pueden coexistir diversas concepciones acerca de esos valores siempre y cuando los receptores de mensajes tengan la misma oportunidad para acceder a toda clase de contenidos. El problema en México, especialmente con la televisión, ha sido la excesiva concentración no sólo de muchas frecuencias en pocas manos sino, también, de contenidos de muy discutible calidad en los canales acaparados por las dos empresas privadas. Los telespectadores no han tenido oportunidad de acercarse a otras opciones de televisión.

   Allí radica la importancia de la reforma que el Congreso puede emprender para los medios electrónicos. A fin de que tengamos una mejor televisión lo que hace falta en primer lugar es que contemos con más canales, a cargo de actores con intereses y enfoques diversos. Además de más empresas de comunicación privadas sería necesario que hubiera un auténtico sistema nacional de televisión pública: no una televisión de gobierno ni oficialista, sino canales orientados por criterios plurales, profesionales y no mercantiles.  

   Los contenidos en los medios electrónicos, como en cualquier forma de comunicación, jamás mejorarán estableciendo restricciones ni censuras. Más opciones, en cambio, tenderán a significar mayores contrapesos ante los consorcios que hasta ahora han especulado con las frecuencias que tienen concesionadas, especialmente en el campo de la televisión.

   En la difusión de noticias, por ejemplo, sería inaceptable que a las empresas televisoras y radiodifusoras se les impusiera la obligación de transmitir una sola versión de los acontecimientos o que se les impidiera expresar sus intereses y preferencias. Si los ciudadanos tienen varias opciones para informarse por ese medio, sabrán distinguir entre televisoras que intencionalmente distorsionan y manipulan acontecimientos (como durante largo tiempo han acostumbrado TV Azteca y Televisa) y aquellas que se comportan con otros parámetros profesionales.

 

Normas para los contenidos

   El tema de los contenidos en los medios suscita confusiones, e incluso temores, debido a la posibilidad de que hubiera actitudes de imposición o censura. Se ha incurrido, por descuido pero también a causa de una apreciación parcial, en una falsa disyuntiva. El problema en este caso no es quién resuelve qué han de transmitir los medios de comunicación. La decisión acerca de qué contenidos difunden tiene que ser de los concesionarios, pero con responsabilidades claramente definidas por la ley. La regulación de los medios –que jamás debe implicar censura– estará a cargo de la autoridad que la nueva legislación establezca. El auténtico dilema es cómo propiciar mejor calidad –y, así, diversidad y pluralidad– en los medios electrónicos. Estas son seis medidas que podrían formar parte de una legislación moderna en materia de contenidos para los medios electrónicos. 

   1. Protección de los menores. Entre 6 de la mañana y 10 de la noche (que son los horarios establecidos para este propósito en diversos países) tendría que estar vetados los contenidos para adultos. La clasificación de los programas debiera ser clara, a partir de criterios transparentes y ampliamente conocidos por las audiencias.

   2. Publicidad. Los tiempos máximos que la ley establezca para la difusión de mensajes pagados deben ser cabalmente respetados. El Reglamento de la Ley Federal de Radio y Televisión indica que la propaganda comercial no debe ocupar más de 18% del horario total de transmisión en televisión. Sin embargo un monitoreo coordinado en mayo de 2007 por la profesora Beatriz Solís Leree para la UAM y la Asociación Mexicana de Derecho a la Información, encontró que la publicidad comercial ocupó 22%, 15% y 23%, respectivamente, de las transmisiones en los canales 2, 5 y 13 de televisión. Es preciso que las infracción a esas y muchas otras disposiciones de la ley para medios electrónicos sean sancionadas con rigor.

   Si se mantuviera el 18% permitido para anuncios comerciales, sería necesario que fueran contabilizados cada hora y no en el total del tiempo transmitido durante todo un día. La misma observación confirmó que hay programas de las cadenas nacionales de televisión durante los cuales se transmite hasta 45% de publicidad durante una hora.

   Los anuncios de productos como bebidas alcohólicas, dirigidos a audiencias de edad adulta, solamente deberían transmitirse, sin excepciones, en los horarios correspondientes. La Ley Federal de Radio y Televisión indica que la publicidad de tales bebidas solamente puede ser presentada a partir de las 22 horas pero con frecuencia el gobierno federal autoriza salvedades a esa norma.

   La publicidad subrepticia (por ejemplo, cuando el personaje de una telenovela abre un paquete de donas Bimbo) debería estar absolutamente prohibida. También la publicidad subliminal.

   3. Proscribir engaños y supercherías. La difusión de mensajes publicitarios o de programas que ofrecen transformaciones o curaciones mágicas, o milagrosas, debería ser vedada. Cada vez más, en la televisión y la radio mexicanas se difunden mensajes de charlatanes como los que prometen aliviar enfermedades con recursos sobrenaturales y que constituyen un cotidiano engaño a la buena fe de muchas personas.

   4. Integridad de los programas. La creación artística y la integridad de los espectáculos debe ser plenamente respetada. Los largometrajes deberían ser difundidos con un mínimo de cortes comerciales (a lo sumo cada 20 o 30  minutos) y de manera completa. Se debería propiciar la transmisión de versiones originales, con subtítulos y con el audio original. Recursos que alteran creaciones artísticas, como la coloración de películas originalmente realizadas en blanco y negro, tendrían que ser evitados.

   Lo mismo, debería impedirse la superposición de anuncios o mensajes que impiden apreciar la difusión completa de un programa: por ejemplo los engendros digitales que afectan la transmisión de los partidos de futbol.

   5. Producción independiente. Un recurso fundamental para propiciar a la vez diversidad y calidad se encuentra en el establecimiento de tiempos mínimos (por ejemplo el 20% sobre el total de la programación de cada televisora) para transmitir programas producidos por empresas distintas a las que disfrutan de concesiones. De esa manera se lograría que hubiera distintas concepciones y orientaciones en la programación de los medios electrónicos.

   6. Pluralidad informativa. Para los programas de noticias, se podrían establecer pautas que propicien la inclusión de todos los actores posibles en la difusión de un acontecimiento. En especial, es pertinente favorecer la cobertura equitativa de las campañas electorales señalando como responsabilidad de los concesionarios la inclusión de todos los partidos y candidatos. Sería imposible, pero sobre todo resultaría absolutamente indeseable, que hubiera intervención alguna sobre los contenidos informativos que difunden radiodifusoras y televisoras. Pero los monitoreos que ya realiza la autoridad electoral acerca de la cobertura de asuntos de esa índole en tiempos de campaña podrían ser ampliamente difundidos. De esa manera los ciudadanos conocerían enfoques y sesgos que cada empresa de radiodifusión y cada programa imprimen a la presentación de noticias políticas. Los resultados de esos monitoreos podrían ser uno de los elementos que tome en cuenta la autoridad reguladora de la radiodifusión al momento de aprobar o rechazar el refrendo de una concesión.

 

Otras decisiones indispensables

   Además de recursos como esos, la equidad en los contenidos de los medios electrónicos podrá ser respaldada con decisiones entre las que se encuentran las siguientes.

   a) Derecho de réplica. Esta prerrogativa de los ciudadanos fue establecida en la reciente reforma constitucional y tiene que ser reglamentada en la legislación federal. Aquellos locutores y concesionarios que gustan de injuriar, mentir y distorsionar sin que hasta ahora hayan encontrado suficientes reconvenciones sabrán que, cuando incurran en esas prácticas, habrá ciudadanos interesados en ejercer su derecho para aclarar informaciones y alusiones que les afecten de manera directa.

   b) Órgano regulador. El organismo que administre esas y otras disposiciones tendría que contar con independencia plena respecto de los poderes públicos y, desde luego, de las empresas concesionarias. Sin una autoridad con autonomía y recursos suficientes cualquier reforma para los medios quedará trunca.

   c) Límites a la concentración. El acaparamiento de muchos medios en pocas manos ha sido el origen del poder hasta ahora desmedido de los consorcios comunicacionales. Televisa y Azteca no deberían recibir una sola concesión más. Tienen que existir reglas que favorezcan la diversidad de opciones y que establezcan límites a la propiedad de medios.

   d) Medios públicos. A los medios de gobierno q         ue ya tenemos en México (canales 11 y 22 y las radiodifusoras del IMER, entre otros) es preciso convertirlos en medios públicos con recursos, autonomía de gestión y mecanismos institucionales que los vinculen con la sociedad. Esos medios y otros más podrían formar parte de una corporación pública manejada por autoridades plenamente independientes y de reconocida competencia profesional.

   e) Alfabetización mediática. Es preciso promover, tanto en la escuela como fuera de ella, programas de divulgación capaces de desarrollar, en los niños y jóvenes, así como en los ciudadanos, la habilidad para relacionarse de manera enterada y crítica con los contenidos de los medios de comunicación.

   Ninguna de las once medidas que hemos enumerado resulta ajena a la regulación que existe para los medios en otros países. Casi todas ellas se encuentran, por ejemplo, en la normatividad para los medios que la Unión Europea acaba de revisar en la directiva denominada Hacia un espacio audiovisual sin fronteras, de mayo de 2007. Cuando los legisladores mexicanos se asomen al derecho comparado en estos temas encontrarán que, en la discusión internacional acerca de los medios, existe coincidencia en la necesidad de que las ventajas de la convergencia tecnológica, que permite difundir más contenidos por una amplia gama de formas de transmisión, beneficie antes que nada a los ciudadanos. Más opciones en materia de contenidos, protección de los menores, defensa de los ciudadanos, promoción de la diversidad y medidas para auspiciar la calidad, son parte de los recursos que los Estados contemporáneos utilizan con ese propósito. Ya es hora de que así ocurra en México.


Doble vara de las televisoras

Marzo 8, 2007

Publicado en Nexos 350, marzo de 2007   “–¿Y qué piensas hacer?  

   –Pues ya, esperar la muerte.  

   –¿Y estás tomando medicamentos?  

   –No.  

   –¿Por qué?  

   –Porque no me lo dan, necesito yo comprarlo, si no.  

   –¿No tienes dinero?  

   –No”.

   Tendido en su lecho de enfermo, un joven identificado como Fabián respondía, alicaído, a las preguntas del reportero Saúl Sánchez Lemus en un reportaje acerca del acaparamiento en la distribución de medicinas. Entre noviembre y diciembre del año pasado la serie “Morir sin remedio”, profusamente difundida en varios noticieros de Televisa, culpó del alto costo de los medicamentos –y por lo tanto del posible deceso de los enfermos– a los intermediarios en ese ramo.

   Televisión Azteca transmitió notas similares. En ambas televisoras se criticaba al Grupo Casa Saba, uno de los más importantes en la distribución de medicinas. Aunque se referían a un auténtico problema social, esas piezas informativas eran notoriamente parciales. El periodista Eduardo García, en la publicación en línea www.SentidoComun.com.mx –de donde tomamos la transcripción del reportaje en Televisa– comentó esa artificial afectación: “teniendo como base historias reales, conmovedoras, con imágenes de pacientes pobres, muriendo, con enfermedades crónicas o degenerativas, que le parten el alma a cualquiera, las televisoras han realizado una supuesta investigación periodística… los reportajes mezclaron sin mucha lógica los problemas de salud y económicos de algunos de sus casos reales con los problemas de la distribución de medicamentos en México –dos temas que a veces pueden vincularse, pero que en otras no tienen correlación– ”.

   La coincidencia de Televisa y Azteca para ocuparse de ese tema no se debía a una auténtica preocupación por la salud de los mexicanos, ni a que repentinamente sus directivos hubieran tomado conciencia acerca del perjuicio que los monopolios privados significan para la sociedad. Lo que les interesaba era combatir, preventivamente, la existencia de una nueva cadena de televisión en México.

   Unas semanas antes, el 21 de septiembre, la empresa Palmas 26, en la que se encuentran asociados el Grupo Xtra y la televisora estadounidense Telemundo, anunció que le había pedido al gobierno mexicano que abra una licitación de frecuencias para televisión. El Grupo Xtra es propiedad de Casa Saba: la misma a la que, súbitamente, Azteca y Televisa descalificaron por la venta de medicinas.

   Telemundo es propiedad del consorcio General Electric, al que igualmente le tocó parte de la andanada contra la competencia en la televisión mexicana. El 8 de diciembre Azteca destinó un reportaje a distintas acusaciones que se le han formulado, en Estados Unidos, a esa trasnacional.

   El arrebato patrimonialista de Televisión Azteca afectó también a Reforma. El 4 de diciembre ese diario comentó que la coincidencia de las televisoras en el tema de las medicinas se debía al afán para golpear a Casa Saba por su interés en el negocio de la televisión. A la semana siguiente, y durante varios días, el noticiero Hechos de TV Azteca se ocupó de un viejo conflicto dentro de la familia Junco, propietaria de Reforma. Ese asunto ocupó además extensos espacios en la revista Vértigo, propiedad de los dueños de Azteca.

   Así, en el transcurso de tres semanas, la pretensión de una empresa  para participar en el mercado de la televisión mexicana suscitó una carambola informativa determinada por excedidos afanes monopolistas en el campo de la comunicación. La firma Palmas 26 solamente anunció su solicitud para que la Secretaría de Comunicaciones y Transportes y la Comisión Federal de Telecomunicaciones pongan a licitación frecuencias de televisión, de acuerdo con las nuevas disposiciones que regulan la radiodifusión. Esas normas fueron resultado de Ley Televisa que, hace un año, fue ostensiblemente impulsada por las dos empresas que acaparan la televisión en México. Aunque se trata de una legislación elaborada a su conveniencia, ahora Televisa y Azteca han querido impedir que esas reglas se cumplan cabalmente, al menos en lo que toca a la apertura de licitaciones para nuevos actores en la industria de la televisión. 

Apremio de la Cofeco

   El uso faccioso de frecuencias que tienen concesionadas ratificó la conducta cicatera que Televisa y Azteca despliegan cada vez que se abre la posibilidad de nuevas presencias en el panorama televisivo que hasta ahora han dominado. Un año y medio antes Telemundo había querido asociarse con el Canal 40, que se encontraba en huelga. En esa ocasión Televisión Azteca, con la complicidad del gobierno federal, impidió que el consorcio General Electric –que como hemos recordado es propietario de Telemundo– le hiciera al Canal 40 un préstamo que le habría permitido resolver aquel conflicto laboral. A la postre, Azteca se apropió del Canal 40 y así desapareció la opción editorialmente distinta que significaba esa emisora.

   Otra empresa que busca una cadena nacional es el Grupo Imagen –propietario de varias radiodifusoras y del diario Excélsior– que el año pasado adquirió la concesión del Canal 28 en el Valle de México.

   La televisión que hace Telemundo para el público hispano en Estados Unidos no es sustancialmente distinta a la que han producido Televisa y Azteca en México. Hay motivos para suponer que la televisión del Grupo Imagen tampoco estará definida por los criterios de calidad más deseables. Pero la incorporación de ésas o de cualquier otra empresa en la televisión mexicana, si bien no sería garantía de mejor calidad sí implicaría mayor diversidad y una nueva competencia. Eso es lo que Azteca y Televisa no quieren permitir. 

   El acaparamiento de frecuencias, audiencias e inversión publicitaria que han mantenido durante ya demasiados años y el poder político que todo ello significa, les han llevado a los propietarios de Televisa y Azteca a creer que son y deben seguir siendo los únicos dueños de la televisión en este país.

   No es esa la opinión que campea en otros espacios de la vida pública. El 28 de noviembre, precisamente cuando arreciaba el sainete de Televisa y Azteca sobre la distribución de medicinas, la Comisión Federal de Competencia, Cofeco, expidió una serie de criterios de política pública para diversificar la oferta televisiva que se difunde en México.

   Eduardo Pérez Motta, presidente de ese organismo, envió a las comisiones del Congreso que tienen relación con las telecomunicaciones y la radiodifusión, así como a las autoridades del gobierno federal en esa materia, un análisis acerca de la concentración en el mercado de la televisión tras el cual concluye que es necesario “adjudicar a la brevedad el espectro radioeléctrico disponible para el desarrollo de nuevos canales de televisión abierta mediante mecanismos de licitación pública que promuevan la competencia y eviten concentraciones contrarias al interés público”.

   El estudio de la Cofeco subraya los “altos niveles de concentración” que se han mantenido en el mercado de la televisión mexicana. En 2005 los canales de Televisa alcanzaban el 68.5% de la audiencia de la televisión abierta y los de Azteca el 28.3%. El resto de las opciones de televisión en México –emisoras culturales o estatales, fundamentalmente– apenas tiene el 3.2% de esa audiencia.

  

   Ese año la inversión publicitaria para televisión abierta fue de casi 26 mil millones de pesos. De dicha cantidad, el 71.2% fue recibido por Televisa y el 28.2% por Televisión Azteca.

  

   De 457 frecuencias que se encuentran concesionadas para televisión abierta en todo el país –los canales estatales y culturales tienen régimen legal distinto– Televisa maneja 243 y Azteca 179 estaciones. Dicho de otra manera, las dos empresas concentran más del 92% de las frecuencias asignadas para televisión comercial.

  

   Los datos de la Cofeco están apoyados en documentos públicos, la mayor parte de carácter oficial. Si atendemos a otras fuentes los porcentajes de concentración de audiencias, publicidad y concesiones pueden ser incluso mayores.

    Con evidencias como esas, la Comisión apunta que “resulta necesario crear oportunidades para el desarrollo de canales de televisión abierta alternativos que introduzcan mayor competencia en las actividades comerciales de los operadores establecidos, al tiempo que contribuyan a la pluralidad y diversidad de voces y contenidos en beneficio de la sociedad. Al respecto, es necesario informar a los mercados del espectro disponible para televisión abierta y otorgar las bandas de frecuencia mediante procesos competitivos que permitan el desarrollo de nuevos operadores”. 

TV abierta y restringida

   La televisión restringida amplía las opciones de los telespectadores pero a menudo es afectada por prácticas también acaparadoras. Por eso la Cofeco recomienda que las señales de la televisión abierta sean difundidas de manera obligatoria en los sistemas de televisión de paga –entre los que se encuentran la televisión por cable y la de difusión satelital–.

   Hasta ahora las empresas de televisión abierta han tenido una política discriminatoria y selectiva para impedir que, en algunos casos, sus señales sean incorporadas a la programación de la televisión restringida. Esa fue una de las causas del fracaso en México –a fines de 2004– del sistema satelital DirectTV que nunca logró que Televisa lo autorizara a difundir sus canales. De esa quiebra se benefició el sistema Sky que en México es propiedad… de Televisa.

   Los sistemas de televisión de paga, a su vez, han llegado a entorpecer el desarrollo las televisoras independientes o pequeñas al negarse a incluir sus señales dentro del menú que ofrecen a sus clientes. Así les ocurrió al Canal 40 e incluso a emisoras estatales como el Canal del Congreso.

    En otros países esos dilemas no existen porque las señales de televisión abierta y los canales de interés público forman parte de la televisión satelital o de la que se transmite por cable. Ahora en México la Cofeco propone “garantizar el acceso de los medios de transmisión a las señales de televisión abierta”. Se trata de un doble requerimiento: que los concesionarios de TV abierta proporcionen sus señales a los sistemas de TV restringida y que estos últimos transmitan, como parte de sus canales básicos, las señales abiertas que estén disponibles en la misma área de cobertura. 

Telmex, riesgo y opción

   Por otra parte, ahora que la digitalización de las redes de telecomunicaciones permite que las empresas de telefonía ofrezcan servicios de televisión por cable –y viceversa, que las redes de TV por cable conduzcan además servicios de telefonía– ha sido inminente la incursión de Telmex en el mercado de la televisión.

   En principio, la Comisión Federal de Competencia ha tenido fundadas reticencias y ha recomendado “impedir que un mismo agente económico participe de manera simultánea en la propiedad u operación de las redes establecidas de telefonía fija local alámbrica y de televisión y audio restringidos por cable”. Sin embargo en el documento de noviembre ese organismo anticipa que si se demuestra que dicha “propiedad cruzada” es útil para la competencia, podría solicitársele una opinión favorable. En efecto, si la televisión que difunda tiene contenidos originales y no es simple repetición de la que nos endilgan las actuales televisoras, ese servicio del monopolio telefónico podría convertirse –paradojas de la convergencia tecnológica– en contrapeso del monopolio televisivo.

    La Cofeco, en otra de sus recomendaciones, exhorta a “desarrollar un marco regulatorio consistente y neutral para el sector de contenidos audiovisuales”. También sugiere “promover el desarrollo de productores independientes y su acceso a los canales de televisión abierta”. Una de las reformas que se incorporaron el año pasado a la Ley de Radio y Televisión establece que los concesionarios podrán incrementar hasta en 5% el tiempo que tienen autorizado para difundir publicidad si incorporan a su programación al menos 20% de “producción nacional independiente”. Ahora la Comisión de Competencia insta a reglamentar esa disposición a fin de que tal producción sea difundida en los mismos horarios en los que el concesionario transmite sus propios contenidos. También invita a que se precisen los criterios para considerar a un productor como “nacional e independiente”.

  

Comportándose como gángsters proclives a vapulear a cualquiera que les dispute el territorio que controlan Azteca y Televisa se erigieron, inopinadamente, en paladines contra los monopolios en las medicinas –como si los telespectadores olvidasen el duopolio que ejercen en el mercado audiovisual–. Las dos varas con que miden las televisoras no engañaron a nadie. Pero ese episodio reiteró la urgencia para que tengamos otras opciones en el campo de la televisión.

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Noticias, spots y elecciones

Mayo 26, 2006

Un ejercicio antes del 2 de julio

Publicado en Zócalo de junio de 2006

Raúl Trejo Delarbre

Ceñidas, subyugadas, acotadas y, para muchos, determinadas por los medios de comunicación, las campañas rumbo a las elecciones presidenciales del 2 de julio han sido escaparate de las miserias de una clase política que se consume en sus contradicciones y pleitos pero, también, negocio de los consorcios mediáticos y erogación desenfrenada –casi– con cargo a nuestros impuestos.

La contienda por los votos se ha convertido en disputa por puntos de rating. Tornados en espectadores más que en ciudadanos plenos, para cuando llegue el día de los comicios los votantes habrán sido saturados con centenares de horas de propaganda política y sabrán distinguir entre ademanes, acentos, reproches y berrinches de los candidatos pero sabrán mucho menos acerca de lo que harían si llegasen a la Presidencia de la República. El predominio del marketing sobre la política, así como el desplazamiento de las ideas por parte de las imágenes, se han convertido en rasgos tan palmarios de nuestra vida pública que señalarlos suele ser tomado como un gesto de candidez o como una redundancia innecesaria.

Tendríamos que ser ermitaños para no percatarnos de la profusión de anuncios políticos. Nadie escapa a ella. Todos estamos al tanto de las tentativas para concitar la simpatía de los electores pero sobre todo, de los vituperios mutuos que se prodigan candidatos y partidos en la que está resultando la temporada electoral más enconada en la historia de nuestro país.

La beligerancia de quienes disputan nuestros votos es parte de la competitividad que ha alcanzado el sistema político mexicano. La utilización preferente y casi exclusiva de los grandes medios da cuenta de la presencia social que tienen hoy la televisión y la radio. Las descalificaciones y los agravios que dominan en mensajes y declaraciones son expresión de los rezagos de una cultura política que no se ha desarrollado tanto como las reglas para la competencia electoral. El predominio de dimes y diretes manifiesta la pobreza de las plataformas programáticas pero, sobre todo, los escasos recursos argumentales de los principales candidatos o, si se quiere ver de otra manera, la ordinariez con que sus publicistas han decidido tratarse entre ellos y tratarnos a los ciudadanos.

 

Incertidumbre y hartazgo

Lo que nadie sabe, porque nunca habíamos estado ante unas elecciones tan reñidas como ahora, es de qué manera influirán las cataratas de mensajes, la sobre exposición mediática y las contrastantes expectativas que los medios nos dan a conocer con vistas al 2 de julio. Las encuestas serias, tan ignorantemente descalificadas en los meses recientes, permiten conocer qué opina la gente en un momento específico pero jamás sirven como oráculo. Es tan torpe negar su carácter de instrumento que –cuando están bien hechas– ayuda a entender a la sociedad, como esperar de ellas un vaticinio puntual sobre el comportamiento de los ciudadanos. El voto, especialmente en contextos de gran complejidad como el que tenemos ahora en México, está determinado por tantas condiciones que nadie puede pronosticarlo.

Los votantes de este julio tomarán su decisión para las urnas a partir de tantas circunstancias –experiencias, expectativas, entornos familiar, laboral y social– y acicateados por tantas emociones –ilusiones, recompensas, condenas y en esta ocasión al parecer de manera importante desconfianzas y miedos– que nadie puede aquilatarlas con precisión. No sabemos cómo influirán los torrentes de propaganda que la sociedad mexicana habrá recibido durante más de un año.

Los candidatos con más exposición mediática son, naturalmente, más reconocidos por los ciudadanos. Pero de la vista a la preferencia –del dicho, al voto– hay un largo trecho. En Italia, hasta hace poco, Silvio Berlusconi sustentó en una constante presencia televisiva las adhesiones populares que le permitían ganar los comicios. El ahora ex primer ministro prefería aparecer en pantalla sin tener que contestar preguntas. Estar en televisión era la vía preferente para permanecer en el poder político. Pero la intensa exposición mediática no siempre les gusta a los ciudadanos. Nunca sabremos cuántos de los votos a favor de otros candidatos en las elecciones de 1988 se debieron al hartazgo que suscitaba la intensa propaganda del PRI para promover a Carlos Salinas de Gortari pero seguramente no fueron pocos.

Relativa equidad noticiosa

Felipe Calderón, Andrés Manuel López Obrador y Roberto Madrazo, mencionados en correcto orden alfabético, se han incrustado en la cultura social de los mexicanos. Entre enero y abril pasados, de acuerdo con datos del IFE, las campañas de esos tres personajes habían difundido alrededor de 646 mil segundos de espacios pagados en la televisión nacional y local. Se trata, en números redondos, de 180 horas, cada uno de cuyos 60 minutos nos costó más pesos y centavos de los que la mayoría de los mexicanos se imagina.

En la cobertura informativa las campañas de partidos y candidatos han saturado noticieros también, por lo general, con mensajes breves, imágenes fugaces pero reiteradas y declaraciones de machacona trivialidad. Entre el 19 de enero cuando comenzaron formalmente las campañas presidenciales y el 30 de abril, los noticieros nacionales de los canales de Televisa habían difundido 743 mil 300 segundos de información alusiva a los partidos y las elecciones. Se trata de 206 horas y media, de las cuales el 66% estuvieron destinadas a los tres candidatos principales.

En términos generales, a esos candidatos Televisa les dio una cobertura similar aunque con un 13% menos de espacio a Calderón en comparación con el que recibió López Obrador. En los noticieros de Televisa el candidato del PAN tuvo, en ese lapso, 151 mil 677 segundos; Roberto Madrazo ocupó espacios informativos por 165 mil 574 segundos y al candidato de la Coalición por el Bien de Todos y a los partidos que lo respaldan se les vio y/o escuchó durante 171 mil 280 segundos en los noticieros de esa empresa. Todos estos datos los hemos tomado, y en algunos casos sumado a partir de los monitoreos de noticieros encargados por el Instituto Federal Electoral.

Televisión Azteca, en todos sus noticieros nacionales y durante los mismos tres meses y medio, destinó a la cobertura de las elecciones federales un espacio sustancialmente menor al de la otra empresa: apenas 175 mil 222 segundos que son algo menos de 49 horas. De ellas, el 73% se refirió a los tres candidatos y partidos o coaliciones principales. La campaña de Calderón y el PAN tuvieron 42 mil 68 segundos; y la Alianza por México y su candidato Roberto Madrazo recibieron 47 mil 300 segundos, que constituyó la mayor porción en los noticieros de Azteca. En los noticieros de esa empresa –a pesar de que es cliente distinguido porque paga 30 minutos diarios por el programa matutino que tiene en el canal 13– López Obrador recibió menos espacio que sus contendientes: 38 mil 201 segundos, que representa un 24% menos que el espacio asignado a la información de las campañas de Madrazo y el PRI.

Si sumamos los espacios que en sus noticieros les dieron a esos candidatos los dos consorcios de la televisión mexicana tenemos que del total del tiempo destinado a los partidos y al proceso electoral Felipe Calderón y su campaña recibieron el 21.1%. A Madrazo y su campaña les correspondió el 23.2%. A López Obrador y los partidos de su coalición, el 22.8%.

En ese mismo universo, la campaña del partido Nueva Alianza y su candidato, Roberto Campa, ocuparon el 3.8%. Y la candidata de Alternativa Socialdemócrata y Campesina, Patricia Mercado ocupó espacios similares, también con un 3.8% en números redondos. El 15% de los espacios en esos noticieros, dentro del tiempo dedicado a asuntos electorales, fue para informaciones destinadas a dos o más candidatos y el 10.1% a temas generales del proceso electoral.

 

Un ejercicio de comparación

Nadie puede anticipar de qué manera influirán en los ciudadanos los espacios pagados y la cobertura mediática de las campañas en este 2006. Pero, con los datos disponibles varias semanas antes del 2 de julio, es posible establecer algunas comparaciones que quizá resulten útiles.

En las tres gráficas que acompañan a este texto se comparan datos, por una parte, de una de las empresas encuestadoras más prestigiadas y, por otra, del Instituto Federal Electoral. El propósito de este ejercicio es cotejar el desarrollo en las intenciones de voto y en la opinión favorable a los principales candidatos con la suma de espacios pagados y de espacios informativos en los dos noticieros más relevantes de la televisión mexicana.

En cada una de las gráficas se presentan los porcentajes de intención de voto y de opinión positiva de acuerdo con los sondeos de las empresas GEA e ISA. Junto con esos datos, se muestra la cantidad de segundos contratada por los partidos en televisoras de todo el país y, de manera específica, la cantidad de spots pagados en televisoras nacionales y en horarios considerados como Triple A. Un dato final es el tiempo, también en miles de segundos, que los noticieros de mayor audiencia de la televisión mexicana –los que conducen Joaquín López Dóriga y Javier Alatorre en Televisa y TV Azteca– les dedicaron a cada uno de esos tres candidatos. Los datos de encuestas disponibles no permitieron extender este ejercicio para los dos candidatos de partidos que apenas contienden por su registro –Nueva Alianza y Alternativa–. Al final de este texto explicamos las referencias de estas gráficas.

 

Calderón, repunte y dinero

En la gráfica relativa al Partido Acción Nacional y Felipe Calderón se pueden observar los vaivenes iniciales en la intención de voto por ese candidato (del 30% en enero, a la caída de varios puntos en los dos meses siguientes para recuperarse con 35% en abril). La cobertura en los dos noticieros monitoreados corre casi idéntica a la intención de voto durante dos meses y medio hasta que, a diferencia de aquella, declina en abril.

 

 

 

 

 


 

La contratación de spots por parte de esa campaña asciende de 24 mil segundos en enero (hay que recordar que el monitoreo del IFE solamente cubrió las dos últimas semanas de ese mes) a más de 60 mil en febrero, pero disminuye a 46 mil en marzo para repuntar a más de 70 mil en abril. Los anuncios en horarios AAA y en cadenas nacionales se duplican entre marzo y abril, con incrementos notoriamente mayores a los que experimenta la intención de voto por Calderón.

Podría considerarse que tan intensa tarea publicitaria le reditúa más simpatías que sufragios comprometidos a ese candidato. Mientras las opiniones positivas crecen 13% –de 46% a 59%– entre febrero y abril, la intención de voto aumenta 8%. Casi el 60% de los ciudadanos tenía una buena imagen de Calderón pero solamente el 35% estaba convencido de votar por él.

 

Por otra parte, el esfuerzo propagandístico de esa campaña era muy superior a la intención de voto y aunque sin duda están relacionadas, no puede establecerse una vinculación mecánica entre esas variables. En marzo, cuando los anuncios pagados disminuyeron alrededor de 25%, fue cuando comenzó a incrementarse la presencia electoral de Calderón. Y, casi coincidentemente, pareciera que mientras más puntos porcentuales tenía en las expectativas de voto menores eran los espacios que le daban los principales noticieros de la televisión. Eso, al menos, hasta que terminó abril.

 

 

 

PRI: más spots, menos AAA

Los datos que registramos para la campaña de Roberto Madrazo y el PRI ofrecen una tendencia constante con una excepción significativa. Todos los indicadores de la presencia pública de ese candidato fueron a la baja entre enero y abril. La intención de voto cayó del 25% al 22%. La opinión positiva disminuyó también 3 puntos. La cobertura en los dos noticiaros estudiados bajó de 24 mil a 22 mil segundos entre febrero y abril.

En cambio la propaganda pagada de Madrazo y los partidos que lo respaldan (el Revolucionario Institucional y el Verde Ecologista) aumentaba con notoria y seguramente costosa intensidad. Mientras entre febrero y abril los minutos de publicidad de la campaña de Calderón se incrementaron solamente 16% y, como veremos, los de López Obrador disminuyeron a más de la mitad, los spots de la Alianza por México y Madrazo prácticamente se cuadruplicaron. De 27 500 segundos en febrero, pasaron a casi 45 mil en marzo y a casi 103 mil en abril. La campaña de Madrazo buscó espacios de menor precio pero más abundantes y por eso los anuncios AAA son pocos, apenas 924 en abril en contraste con 1177 de López Obrador y 2076 de Calderón.

La campaña de Madrazo confirma, por lo menos en el periodo que hemos mencionado, que más propaganda no implica necesariamente más votos. La presencia mediática es fundamental para cualquier candidato que quiera llegar a la Presidencia. Pero nunca es suficiente.

 

AMLO, tropiezo y enmiendas

Tampoco hay correlación visible entre el gasto en publicidad y las adhesiones electorales para Andrés Manuel López Obrador. En enero, cuando se registró la menor cantidad de anuncios pagados, el candidato del PRD, Convergencia y el Partido del Trabajo tenía una intención de voto del 30%. Y mientras más aumentaron los segundos de espacios financiados con los recursos fiscales puestos a disposición de esa coalición más caían, aunque fuera ligeramente, las expectativas de voto.

Extrañamente, en abril la publicidad pagada por la Coalición por el Bien de Todos disminuye a la tercera parte de la que había sido contratada el mes anterior –de más de 47 mil a 15 mil 300 segundos–. En algunas informaciones de prensa se ha publicado que el PRD se quedó sin dinero. Sin embargo, como es sabido, gran parte de los anuncios políticos en los medios electrónicos los partidos los pagan varios meses después haber sido transmitidos. Por otro lado, de acuerdo con la información que en cumplimiento de una disposición legal le entregó al IFE, hasta el 15 de marzo el PRD, en contratación de espacios en medios, había gastado 65 millones y medio de pesos.

Es mucho dinero pero resulta poco en comparación con los 115 millones que hasta esa fecha había gastado el PAN y los 126 y medio erogados por el PRI, según la misma información difundida por la autoridad electoral. Entre subsidios para sus actividades ordinarias y la contribución que entrega este año debido a la temporada electoral, en 2006 el IFE habrá de transferirles 1112 millones de pesos al PAN, 1493 millones de pesos al PRI y al PVEM que apoyan a Madrazo y 1258 a los partidos que respaldan a López Obrador.

A diferencia del total de espacios contratados por el PRD y aliados, los spots en horario AAA y en canales nacionales crecieron de 371 en febrero a 1177 en abril. Quizá los jefes de campaña de López Obrador decidieron, a la mitad del camino, comprar menos tiempo en televisoras de audiencias acotadas y adquirir más en los canales de más rating. Entre marzo y abril, por otra parte, el tiempo adquirido en televisión parece ser proporcional a la atención que los dos noticieros de más audiencia le dan a ese candidato. En tanto los minutos pagados en televisión se reducen, como veíamos, a una tercera parte, la atención de los espacios informativos disminuye en un 40% al pasar de 31 mil a menos de 19 mil segundos en los mencionados noticieros.

 

Competitividad vigente

 

Más publicidad y más aparición en noticieros no van de la mano con una mayor votación. Pero tampoco se contradicen con ella. La competitividad de las elecciones de este julio no puede medirse únicamente en minutos televisivos ni en simpatías por los candidatos, pero todos ellos son indicadores que ayudarán a entender cómo y por qué se habrán resuelto los comicios presidenciales de 2006. El ejercicio que aquí presentamos apenas muestra un fragmento del complejo panorama que ofrece el encuentro entre política y televisión. Pero quizá resulte útil para ampliar el análisis sobre nuestros procesos electorales y, acaso, para atajar anticipadamente algunos mitos sobre la relación entre votaciones y medios de comunicación.

 

 

 


 

 

 



Referencias de las gráficas

Intención de voto: Porcentajes tomados de la encuesta nacional GEA-ISA (Grupo de Economistas y Asociados e Investigaciones Sociales Aplicadas S.C.) en los meses de enero, febrero, marzo y abril de 2006. Los resultados expresan las respuestas a la pregunta “Si en este momento se celebraran las elecciones para Presidente de la República ¿por cuál candidato votaría usted si tuviera que elegir de entre…”. Porcentaje de respuestas directas, sin recalcular y sin asignar a los ciudadanos que no habían definido su voto.

Anuncios TV: Expresa, en miles de segundos, los resultados del seguimiento de anuncios promocionales de los partidos realizado por el Instituto Federal Electoral. Datos correspondientes a los periodos 19 al 31 de enero, 1 al 28 de febrero, 1 al 31 de marzo y 1 al 30 de abril de 2006. Se trata de la suma total de los spots pagados por los partidos o transmitidos con cargo al presupuesto del IFE en estaciones de televisión de todo el país y sin distinción de horarios. No se incluyen programas de los candidatos aunque se trate de espacios pagados. Los tiempos correspondientes a los anuncios del PRI los sumamos con los de la Alianza por México y del Partido Verde Ecologista. Los tiempos correspondientes a los anuncios del PRD los sumamos con los de la Coalición por el Bien de Todos y el Partido Convergencia.

Spots AAA: Indica la cantidad de anuncios pagados por los partidos y transmitidos en canales nacionales de televisión en horarios considerados como estelares. Los datos están expresados en centenas. Por ejemplo, cuando se indica que la campaña de López Obrador difundió 0.12 spots en enero y 11.77 en abril quiere decir que fueron de 12 y 1177, respectivamente. Los datos han sido tomados de los informes mensuales del IFE.

Opinión positiva: Expresa, en porcentajes, las respuestas positivas a la pregunta, acerca de los candidatos presidenciales, “¿Ha oído o no hablar de…? Es positiva o negativa la opinión que tiene de…?” en las encuestas mensuales de GEA e ISA.

Dos noticieros en TV: Indica, en miles de segundos, el espacio otorgado a los partidos y sus campañas en los dos principales noticieros de la televisión mexicana. Para este dato hemos sumado los datos ofrecidos por el monitoreo de medios realizado por el Instituto Federal Electoral en la medición, específicamente, de los noticieros nocturnos Noticiero con Joaquín López Dóriga del Canal 2 de Televisa y Hechos, conducido por Javier Alatorre en Canal 13 de Televisión Azteca.