“Sammy”, ordinario abuso mediático

Mayo 25, 2009

La pésima broma a un discapacitado mental ha puesto en evidencia el doble discurso de Televisa acerca de las personas con limitaciones. Esa empresa, que cada año se ufana de una vistosa aunque interesada filantropía cuando organiza el Teletón, ha vuelto rutina las mofas que algunos de sus cómicos y productores hacen del comediante Sammy Pérez.

El domingo 17 de mayo en el programa paradójicamente llamado “¡Hazme reír”, ese personaje conocido por sus limitaciones para expresarse fue víctima de una abusiva ocurrencia protagonizada por las conductoras Galilea Montijo y Roxanna Castellanos. A Pérez le dijeron que iba a ser contratado para una nueva serie pero que antes tenía que ensayar con ellas varias escenas atrevidas.

La información periodística reseñó así las escenas siguientes: “Montijo y Castellanos se cambiaron de ropa y se pusieron unos baby dolls. Luego, comenzaron a desvestirlo hasta dejarlo en calzoncillos y una toalla envuelta y le pidieron que les untara crema a ambas.

“En otra escena, un perico de peluche que hablaba comenzó a darle instrucciones a Sammy para que él, semidesnudo, bailara y se quitara la toalla.

“En ese momento entró un tercer actor haciéndose pasar por personal de seguridad y reprendió a Sammy, explicándole que estaba violando las normas de la empresa al estar en paños menores. Fue entonces cuando le dijeron que se trataba de una broma”.

Abusiva con cualquier persona, esa supuesta broma resultaba especialmente grosera con Sammy Pérez cuyas limitaciones lo han convertido en un personaje a la vez simpático y patético por la manera como es utilizado en varias series de Televisa. Durante el mismo programa, que está organizado como aparente concurso en donde un jurado premia la rutina más graciosa, se suscitó una breve discusión por el abuso cometido con Sammy.

Días después, varias organizaciones y personas interesadas en la defensa de derechos humanos protestaron ante ese atropello. “Se trata de un acto irrespetuoso, indigno y discriminatorio hacia una persona con discapacidad intelectual, ya que al utilizarlo para esta ‘broma’ se abusa de su condición y se viola el reconocimiento de sus derechos”, dijeron en un documento promovido por la columnista Katia d’ Artigues en el sitio web de El Universal.

En esa carta abierta se explica: “Hay que recordar que los conductores se rieron, e invitaron al público a reírse de la ingenuidad y candidez del protagonista, características asociadas a su discapacidad, sin tener en cuenta el impacto enorme que tiene la televisión en la cultura social de este país, y sin hacerse responsables de la imagen social que proyectan y reproducen de las personas con discapacidad”.

Los firmantes de ese documento dijeron que se había presentado una queja ante el  Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación. Además, solicitaron a las conductoras del programa televisivo que le ofrecieran una disculpa pública a Sammy “por la utilización indigna, burlona y absolutamente falta de respeto que hicieron de su persona, y la hagan extensiva a todos los ciudadanos con discapacidad de nuestro país, que según cifras de la Organización Mundial de la Salud, son el 10 por ciento de la población total de México”.

Esa carta, publicada el 22 de mayo, está respaldada por una treintena de organizaciones de defensa de los discapacitados como Unidos Pro Down, Fundación Pasos, Comunidad Down, Todos por la Inclusión e Inclusión Interamericana. Además, a título personal, fue suscrita por 121 ciudadanos, entre ellos Elena Poniatowska, Teresa Vale, Carmen Verduzco, Patricia Vega, Rosario Robles, Sabina Berman, Isabelle Tardan, Sandra Lorenzano y Teresa Incháustegui.

En el mismo sitio de Internet se propaló una iniciativa para que las conductoras del programa pretendidamente cómico tomaran un curso sobre derechos humanos que les enseñe a identificar las conductas discriminatorias. Aunque parecía una propuesta más bien emblemática como tantas otras que aparecen en la Red, hubo una respuesta formal de   Ricardo Bucio Mújica Secretario Técnico Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal, que dirigió una carta a los productores del programa “Hazme reír y serás millonario”.

Ese funcionario señaló: “la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF),  apoyando la propuesta de la periodista Katia D’Artigues, invita al equipo de  producción, los actores y al jurado del programa a recibir un  curso de corta duración sobre el derecho a la no discriminación y el respeto a los derechos humanos, con la finalidad de ofrecer herramientas para que los contenidos de su programación promuevan el respeto a los derechos humanos y no caigan en estereotipos y prejuicios que  atenten contra la dignidad de las personas”.

A su vez, el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED) inició una queja “por presuntos actos discriminatorios” y felicitó a la Comisión de Derechos Humanos del DF por el exhorto que envió a los productores de la serie de televisión “para que se sensibilice en el trato que deben tener a las personas que forman parte de grupos en situación de vulnerabilidad”.

Burdas e indignantes, las burlas a Sammy Pérez hace 8 días ocasionaron protestas pertinentes. Pero esas inconformidades no dejan de resultar algo tardías y, si se les mira en un contexto más amplio, también insuficientes.

Son reclamos tardíos porque desde hace varios años ese personaje es utilizado por Televisa para practicar una peregrina y vulgar comicidad. Las burlas a Sammy son frecuentes y siempre de mal gusto. En ocasiones los conductores de algunos programas lo insultan abiertamente y de manera intencional convocan al escarnio por parte de los televidentes inclusive en programas con público en el estudio. En otras, lo hacen interpretar rutinas o canciones haciéndole creer que le aplauden por sus méritos histriónicos o artísticos. Por otra parte, no es la primera vez que los programas de Televisa se aprovechan de la condición de Sammy para reírse de él con insinuaciones eróticas.

Esa burla de una persona con capacidades limitadas forma parte del humorismo ramplón que practica Televisa y que no pocos televidentes miran y aplauden, a veces porque no tienen otras opciones de entretenimiento pero también porque han sido habituados a tales simplezas. Vale decir, sin embargo, que Sammy Pérez y su familia están conformes, incluso contentos, con esa utilización que hace Televisa.

Cualquier abuso con personas que tienen dificultades físicas o mentales resulta cuestionable. Pero, más allá de esta situación, también podría considerarse que cualquier engaño que los medios de comunicación perpetren contra cualquier ciudadano debería merecer la más amplia condena. Desde hace años varios programas de Televisa, y especialmente en Televisión Azteca, embroman a personas con escenas falsas. El empleo de cámaras ocultas y de conductores disfrazados se ha convertido en recurso frecuente en busca de la hilaridad de los televidentes. Las comisiones y los defensores de los derechos humanos también podrían interesarse en abusos como esos. A la audiencia de Televisa, mientras tanto, este episodio podrá confirmarles la basura que transmite esa empresa.

Publciado en eje central


Televisa y Azteca: irritación, impunidad, intolerancia

Marzo 11, 2009

Otros textos sobre las televisoras y el IFE, en mi blog Sociedad y Poder

El viernes 13 del IFE

Televisoras, bravata contra el Estado

Berrinche de las televisoras

Zócalo, febrero de 2009

Que están encrespados, no cabe duda. Que son arrogantes, resulta evidente. Que la reciente acometida contra la autoridad electoral y los partidos les resultará fructífera, está por verse.

La manipulación que hicieron de los anuncios políticos señala un viraje en el comportamiento de Televisa y Televisión Azteca respecto de la competencia política y sus protagonistas en este país. Hasta ahora, las televisoras aparentaban respeto a la ley y a las instituciones políticas aunque, de diversas maneras, intentaran influir en la aplicación o incluso en la modificación de las normas jurídicas.

Con la llamada clase política, las televisoras tenían una actitud que oscilaba entre la complacencia y la connivencia. Azteca y Televisa, la primera de manera más burda pero ambas en permanente redención de sus intereses por encima del interés público, se servían, sirviéndola, de la política.

Esa relación comenzó a cambiar desde los primeros momentos del gobierno de Vicente Fox cuando, en ausencia de una política gubernamental para los medios, las televisoras encontraron la ocasión para que fuese en sus oficinas corporativas donde se establecieran las reglas que orientarían a la radiodifusión. El decreto presidencial del 10 de octubre de 2002 que abolió el 90% del tiempo estatal en televisión y más tarde la Ley Televisa, fueron expresión de ese afán de las corporaciones mediáticas para transitar de la simulación, al activismo respecto del orden jurídico. Las pautas que habían prevalecido para los medios nunca les gustaron porque garantizaban la administración estatal del espectro radioeléctrico y les imponían obligaciones como el tiempo fiscal.

Influencia e insolencia

Durante más de 4 décadas y media, desde que la Ley Federal de Radio y Televisión fue promulgada en enero de 1960, los propietarios de los consorcios mediáticos toleraron y capotearon esa normatividad. La indolencia del foxismo, junto con el creciente sobrecogimiento de la mayor parte de la clase política mexicana ante la influencia de los poderes comunicacionales, llevaron a los dueños y operadores de Televisa y Azteca a decidir que ya era momento de imponer sus propias reglas.

Pero se les pasó la mano. La insolencia con que presionaron a dirigentes y candidatos de los partidos políticos con el fin de que sus legisladores respaldaran sin chistar las reforma a las leyes de Telecomunicaciones y Radio y Televisión meses antes de las elecciones presidenciales de 2006, tuvo efectos favorables de manera inmediata pero a la postre les resultó contraproducente. La mayoría resignada y acrítica que aprobó por unanimidad la Ley Televisa en la Cámara de Diputados en diciembre de 2005, se descompuso en las posiciones variadas e incluso de razonado rechazo que se manifestaron durante los primeros meses del siguiente año. Aunque por mayoría, esas reformas fueron aprobadas el 30 de marzo con la objeción de la tercera parte de los senadores.

La decisión de la Suprema Corte de Justicia para revocar los privilegios más notorios que la Ley Televisa confería a los consorcios mediáticos –que pretendían utilizar a su antojo las concesiones de las que ya disfrutaban– y la existencia de un nuevo contexto político, en donde ya no requerían del respaldo inmediato de las televisoras, les permitieron a los partidos coincidir en una decisión arriesgada y no sin excesos. En septiembre de 2007 los senadores del PAN, el PRI y el PRD aprobaron una iniciativa de reformas constitucionales para abolir la contratación de propaganda política en la televisión y la radio. Había motivos de sobra para ello.

La posibilidad que durante varios años explotaron las empresas mediáticas para ofrecer tarifas discrecionales (había un máximo pero no existían mínimos para los precios que les cobraban a los partidos) implicaba, junto con otras prácticas, la principal fuente de inequidad en las campañas políticas. Los partidos amalgamaron esa decisión junto con otras bastante cuestionables (especialmente la defenestración de los consejeros electorales cuyo desempeño no les gustó a quienes perdieron la elección presidencial de 2006) y a pesar de la azorada protesta de las televisoras, que no concebían una conducta de la clase política capaz de afectar sus intereses, la reforma constitucional fue aprobada a fines de 2007.

Con esas modificaciones a la Constitución, pronto traducidas en abundantes ajustes al Código Electoral, las televisoras y las cadenas de radio más importantes perdían un negocio cercano a 2 mil millones de pesos, que es el monto que los partidos gastaron (siempre con dinero fiscal) en la contratación de espacios en televisión y radio durante las campañas de 2006. Pero además del quebranto financiero, los dueños y operadores de los consorcios mediáticos entendieron que el poder del Estado no siempre se les subordinaba con la benevolencia de antaño. Es la guerra, se dijeron. Y han actuado en consecuencia con ese reconocimiento.

Millones de spots

La reforma de 2007 no les gustó a las televisoras. Sobre ella y las reglas para ponerla en práctica han difundido verdades a medias y sobre todo numerosas mentiras. Han dicho que gracias a esa reforma los partidos se apoderan del tiempo oficial en los medios pero esos espacios, comprimidos durante el gobierno de Fox, siempre han sido para el Estado. Sostienen que los mensajes políticos ahuyentan a las audiencias (como si a televidentes y radioescuchas les encantaran los anuncios comerciales) y que les resta espacio para la publicidad pagada (cuando se trata de segmentos que de cualquier manera tenían obligación de abrir para otros mensajes oficiales).

Como los lectores de Zócalo saben, la reforma constitucional adjudicó al Instituto Federal Electoral la responsabilidad de administrar 48 minutos diarios de mensajes políticos durante la temporada electoral. Ese lapso, en 2009 comenzó el 31 de enero y se extenderá hasta el 4 de julio, víspera de las elecciones que renovarán la Cámara de Diputados –y que coincidirán con numerosos comicios estatales y municipales–.

Durante esos 48 minutos diarios en cada televisora y radiodifusora se deben difundir mensajes de 20 y 30 segundos de todos los partidos, así como de la autoridad electoral. Varios de los concesionarios de la radio y la televisión privada han ofrecido cuentas exorbitantes a partir de esos espacios. Numerosos locutores y comentaristas han deplorado que, a causa de las nuevas reglas electorales, los radioescuchas y televidentes mexicanos tendrán que soportar decenas de millones de spots entre febrero y junio de 2009.

Cualquier ciudadano desprevenido, seguramente se atemorizará y luego se indignará con cifras de ese tamaño. Pero se trata de estimaciones sobre el conjunto del universo que integran todas las estaciones de radio y televisión en el país.

En México tenemos 1488 estaciones de radio (854 en AM y 634 en FM) y 733 canales de televisión. En cada una de esas frecuencias, suponiendo que transmiten durante todo el día, los 48 minutos diarios que establece la legislación electoral significan el 3.3% del tiempo total de transmisión.

Si un ciudadano estuviera escuchando radio o mirando televisión todo el día, día y noche, tendría que zamparse el 3.3% de ese tiempo con anuncios de los partidos y el IFE. Durante el horario en el que se transmiten esos mensajes, que va de las 6 de la mañana a las 12 de la noche, los 48 minutos equivalen al 4.4% de esas 18 horas de transmisión.

Por supuesto, multiplicado por los cinco meses de duración de las campañas, la cantidad de spots que pueden difundirse en la temporada electoral parece muy elevada. En los 155 días que transcurren entre el 31 de enero y el 4 de julio, los 48 minutos diarios ascienden a 7440 minutos, o 124 horas en cada emisora. Son muchas horas, sí. Pero como hemos señalado constituyen el 4% del tiempo de transmisión efectiva en los horarios durante los cuales se difunden tales mensajes.

Esas 124 horas se vuelven decenas de miles cuando se les aprecia de acuerdo con todas las estaciones que difunden el país. En las 1488 radiodifusoras, ascienden a casi 185 mil horas de transmisión. En los 733 canales de televisión, alcanzan casi 91 mil horas. Si ese tiempo fuese utilizado para spots de medio minuto cada uno, permitiría transmitir 22.2 millones de mensajes en radio y 10.9 millones en televisión.

Sólo 43% para los partidos

Para aquilatar esas cifras vale la pena tomar en cuenta dos circunstancias. La primera de ellas es la distribución del tiempo electoral que establece la nueva legislación. Los partidos políticos no utilizarán todos los 48 minutos diarios. De hecho, recibirán menos del 43% de ese tiempo en el transcurso de toda la temporada electoral.

Durante las precampañas, que van del 31 de enero al 11 de marzo, los partidos reciben únicamente 18 de los 48 minutos diarios en cada estación de radio o televisión. Los 30 minutos restantes deben ser utilizados por el IFE y otros organismos electorales, como el Tribunal de esa materia, con mensajes para promover la participación ciudadana y la organización de las elecciones.

Luego, entre el 12 de marzo y el 2 de mayo, se abre un incómodo limbo político durante el cual los partidos designan a sus candidatos pero aún no comienzan formalmente las campañas. Durante esos 52 días todo el tiempo de mensajes electorales –los 48 minutos– solamente puede ser utilizado por el IFE.

Las campañas se desarrollan del 3 de mayo al 1 de julio. Durante esos 60 días, los partidos reciben 41 de los 48 minutos diarios en cada estación. Los 7 restantes serán para mensajes del IFE.

Finalmente, antes de las elecciones del 5 de julio hay un periodo de tres días durante el cual está prohibido el proselitismo de los partidos. El IFE vuelve a disponer de todos los 48 minutos durante ese lapso.

Esas reglas implican que, entre el periodo de precampañas (durante el cual, en 40 días, disfrutan de 720 minutos para propaganda en cada estación) y la fase de campañas (60 días, con 41 minutos cada día, que equivalen a 2460 minutos) los partidos recibirán un total de 3180 minutos, que significan exactamente 53 horas de spots en cada frecuencia. Como hemos apuntado, cada estación está obligada a transmitir mensajes electorales y políticos durante 124 horas, a 48 minutos diarios, entre el 31 de enero y el 4 de julio. Todo ello implica que a los partidos les corresponde el 42.74% del tiempo total administrado por el IFE.

El 30% de esas 53 horas se distribuye entre los partidos de manera igualitaria y el 70% restante según el porcentaje de votos que haya obtenido en la elección para diputados más reciente, en este caso la de 2006.

A la autoridad electoral le corresponde definir los contenidos del 57.25% del tiempo total –es decir, de los 48 minutos diarios considerados durante los 155 días del periodo previo a los comicios–. Ese 57.25% asciende a 4260 minutos, o 71 horas, en cada estación de radio o televisión.

Spots encadenados

El otro factor que es pertinente considerar para justipreciar el tiempo que reciben los partidos es la concentración que impera en la televisión y la radio mexicanas. Aún descontando el tiempo que le corresponde al IFE, las 53 horas que los partidos tendrán en cada frecuencia pueden seguir pareciendo excesivas sobre todo si se les multiplica por las estaciones de radio y televisión. Se trata de 78864 horas de propaganda en radio y 38849 en televisión. Pero no son horas o minutos de difusión autónoma, estación por estación, sino, en la mayoría de los casos, de spots que son transmitidos de manera simultánea en grandes cadenas de televisión y radio.

Una de las redes de radio más grandes del país es, por ejemplo, la Cadena Uno de Radio Fórmula. En esa cadena concurren hasta 76 estaciones de toda la República. Algunas de ellas no se encadenan a todas las transmisiones nacionales de esa emisora pero la mayoría sí. Cuando las estaciones ancla de Radio Fórmula Uno difunden un spot en sus frecuencias de la ciudad de México (970 en AM y 103.3 en FM) ese mensaje puede llegar a otras 74 estaciones, de tal manera que los 48 minutos diarios en cada una de esas emisoras llegan a significar casi 61 horas de difusión cotidiana. En total, las estaciones que se enlazan en la Cadena Uno de Radio Fórmula difundirán casi 1 millón 131 mil spots de medio minuto durante los 155 días de la temporada electoral. Parece demasiado, pero se trata de los mensajes repetidos 75 veces desde una sola señal central.

La concentración de frecuencias es mayor en la televisión. El Canal 2 de Televisa encabeza una cadena nacional de 128 frecuencias. Así que los 48 minutos diarios de contenido electoral que ese canal debe transmitir equivalen a más de 102 horas diarias si se le multiplica por ese número de frecuencias. Al cabo de los 155 días previos a la elección federal, el llamado canal de las estrellas habrá difundido 15872 horas si se toma en cuenta a sus repetidoras. En esas abundantes horas cabría más un millón 900 mil spots de medio minuto cada uno. Pero el Canal 2, o cualquiera de esas repetidoras, habrán difundido únicamente 124 horas de mensajes del IFE y los partidos durante toda la temporada electoral.

TV nacional: más horas en 2006

¿Muchos o pocos? No hay datos exactos para comparar la cantidad de spots que se difundirá en 2009 en tiempos propiedad del Estado con los mensajes que, hasta las elecciones anteriores, se transmitían porque los partidos pagaban por ellos. Pero a partir del monitoreo de promocionales que el IFE realizó en las elecciones federales pasadas se pueden establecer algunas analogías.

Entre el 19 de enero y el 28 de junio de 2006, que era el plazo autorizado para la propaganda electoral, el IFE contabilizó los anuncios de campaña transmitidos en radiodifusoras y televisoras de 20 ciudades del país. Se trató de un ejercicio de verificación que más tarde le permitiría a la autoridad electoral auditar los informes de gastos que le presentaron los partidos e incluso imponer multas cuando no le informaron de la compra de spots que ese monitoreo tenía registrados.

En el seguimiento que hizo de 154 canales de televisión (entre ellos 31 canales de TV por cable) el IFE encontró que se transmitieron 1765 horas de spots televisivos. La autoridad electoral no presentó agregada esta información pero la hemos calculado a partir de diversos documentos de los monitoreos del propio IFE.

Como las televisoras estudiadas en el monitoreo fueron 154, esas 1765 horas equivalen a casi 11 horas y media de spots, en cada frecuencia, durante toda la temporada electoral de 2006. Comparadas con las 53 horas que ahora tendrán los partidos en cada canal de televisión, el incremento es de casi cinco veces.

Pero entre esas televisoras había canales locales, temáticos y de programación nacional y generalista. Por eso es interesante el tiempo que, de todos los spots motivo del monitoreo, se difundió en la televisión de alcance nacional. En las 5 cadenas nacionales (las que encabezan los canales 2, 5, 7, 9 y 13 de la ciudad de México) durante 2006 se transmitieron 303.7 horas de spots y programas políticos pagados (aquí se incluye el programa diario que tenía Andrés Manuel López Obrador y que, con casi 30 minutos diarios, ocupó el 27% de ese tiempo de propaganda política).

Cada una de esas cadenas de televisión transmitió, en promedio, 60 horas con 44 minutos de propaganda política durante la temporada electoral de 2006.

Esas más de 60 horas superan a las 53 que, descontando el tiempo dedicado al IFE y otros organismos electorales, tendrán en 2009 los partidos en cada frecuencia de televisión y radio.

En suma, aunque cuando se incluye a las televisoras locales y temáticas el tiempo para spots en 2006 es mucho menor al que habrá en 2009, esa relación se modifica si nos fijamos solamente en las cadenas nacionales.

La televisión nacional destinó en 2006 más espacio a los spots pagados por los partidos que el que dedicará en 2009 a los spots que se difundan en tiempos oficiales: más de 60 horas en un caso, 53 en el otro.

La diferencia, aparte de las implicaciones financieras, es que en 2006 esa propaganda se distribuyó a lo largo de cinco meses medio de campañas y en 2009 se concentra primero en 40 días de precampañas y luego, con más intensidad, en 60 días de campañas.

Para identificar la propaganda que se transmitió en radio, el monitoreo del IFE siguió el desempeño de 217 estaciones, también en 20 ciudades de la República. En total fueron contabilizadas 3155 horas de spots, que equivalen a 14 horas con 33 minutos en cada emisora. El monitoreo no distingue entre radiodifusoras de alcance nacional y local.

Las 53 horas que tendrán los partidos en cada estación de radio en 2009, son casi 4 veces más que las 14 horas y media que contrataron tres años antes.

Algo de fantasía

El problema para el IFE, además de capotear sus tensiones internas y administrar los abundantes tiempos que les corresponden este año a los partidos, es qué hacer con las 71 horas en cada estación de televisión y radio en todo el país que le son asignadas por la legislación electoral.

El Código de esa materia indica que una vez garantizado el tiempo para los partidos, el espacio restante y hasta llegar a los 48 minutos diarios “quedará a disposición del Instituto para sus fines propios o los de otras autoridades electorales” (artículo 57 – 5 del Cofipe). Ese tiempo no se puede traspasar ni emplear para otros propósitos. Mucho menos puede ser comercializado, según indica expresamente ese mismo artículo.

Pero 71 horas en cada frecuencia durante la temporada electoral y en ocasiones (entre precampañas y campañas y en los días previos a los comicios) la gestión de los contenidos íntegros que deben ocupar los 48 minutos diarios en cada emisora, son demasiados espacios. El IFE se ha visto obligado a repetir, cada hora, varias veces cada hora, los mismos mensajes de promoción del voto que todos hemos conocido durante las semanas recientes.

El IFE podría no utilizar todo ese tiempo, dejando que los radioescuchas y televidentes descansaran de la propaganda electoral en algunas temporadas y horarios. Pero después de la beligerante agresividad de las televisoras, el desaprovechamiento de ese tiempo sería considerado como nueva muestra de debilidad de la autoridad electoral.

Una opción que tendría el IFE sería emplear algunos de esos segmentos, sobre todo en el mes y medio que hay entre precampañas y campañas, para difundir contenidos relacionados con la promoción y quizá el fortalecimiento de la cultura cívica. ¿Cómo resultarían algunos spots que explicaran sintéticamente las limitaciones para el desarrollo de la democracia que implican la concentración de muchos medios en pocas manos y la permanencia de una legislación atrasada? ¿Cómo serían vistos y escuchados breves pero claros mensajes acerca de experiencias de recepción crítica –observatorios ciudadanos, evaluación de contenidos, parámetros éticos– en diversos países? ¿Qué efecto suscitarían cápsulas bien producidas, con datos duros y opiniones categóricas acerca del comportamiento de los medios que acaparan los recursos comunicacionales en México?

IFE acorralado

Claro que estamos fantaseando, porque la displicencia para cumplir con la ley y la complacencia con las televisoras que han tenido varios de los consejeros del IFE no sólo permite reconocer lagunas enormes en la aplicación de la ley, como el viernes 13 de febrero cuando 6 de los 9 consejeros hicieron inaceptables maromas retóricas para negarse a imponer a las televisoras la sanción económica que habían buscado al distorsionar durante varios días la transmisión de los mensajes de los partidos y el propio IFE.

Las cortinillas que anunciaban interrupciones de la programación predisponiendo a los televidentes, el encadenamiento de varios spots durante 3 y en algunos casos hasta 6 minutos, la interrupción de partidos de futbol y el bloqueo en la señal que Azteca enviaba al satélite de Sky para que los mensajes políticos no fueran recibidos por los suscriptores de ese servicio, fueron expresiones de provocación política que las televisoras lanzaron al Estado mexicano en los primeros días de las precampañas, a partir del 31 de enero.

A diferencia del talante taimado y marrullero que mantuvieron durante décadas, a la sombra de un Estado en el que no creían pero cuya cúpula política que los cobijó convenencieramente, y en contraste con el afán para cambiar las leyes amagando y presionando pero preocupados por el marco jurídico nacional, ahora los consorcios mediáticos optaron por el enfrentamiento. En esa escaramuza contra los partidos, dejaron en medio al Instituto Federal Electoral.

Para sonrojo y aprensión de quienes entienden las dimensiones de tal desafío, los responsables del Estado se escabulleron para no incomodar a los consorcios mediáticos. Solamente en algunos partidos (PRD, Socialdemócrata) y en algunos segmentos de la sociedad enterada, surgieron voces de reclamo ante el comportamiento de las televisoras y en respaldo a los tres consejeros –entre ellos el presidente del IFE– que ese viernes 13 apoyaron las sanciones a Televisa y Azteca.

Las televisoras se buscaron un nuevo encausamiento cuando, los días 7 y 8 de febrero, de plano suspendieron la transmisión de spots políticos durante algunas horas, en abierta infracción a la legislación electoral. El desempeño que tuvieran al multar esa nueva falta no disiparía el comportamiento de los consejeros que acataron las instrucciones del gobierno federal y, presumiblemente, del PAN y el PRI para exonerar a las televisoras por las infracciones iniciales.

El desafío de las televisoras, que de beneficiarias de la institucionalidad ahora se han comportado como antagonistas de las instituciones, será del tamaño del sobresalto que puedan suscitar en la llamada clase política. A los políticos que desde los partidos y el gobierno han contemporizado con esos nuevos excesos de Televisa y Azteca se les olvida que los televidentes que presencian abusos y manipulaciones son, antes que nada, ciudadanos. Y votan, o dejan de hacerlo.


Rechazamos el indulto a las televisoras / Comunicado de la AMEDI

Febrero 16, 2009

El IFE elude la aplicación de la ley

El indulto que la mayoría de los consejeros del IFE concedió a las televisoras es ilegal, inmoral y establece un precedente inaceptable para los ciudadanos y las instituciones en este país. El Consejo General del Instituto Federal Electoral resolvió, el viernes 13 de febrero, sobreseer el procedimiento para sancionar a Televisa y Televisión Azteca por las irregularidades con que fueron transmitidos, durante varios días, los spots de los partidos políticos y del propio IFE.
Esas empresas actuaron de manera concertada para colocar cortinillas de advertencia, transmitir los spots en bloque y no de manera separada como ha ocurrido durante años e incluso interrumpieron eventos deportivos para insertar tales mensajes. Todo ello tuvo el propósito de predisponer a los televidentes contra los partidos políticos y la autoridad electoral.
Ese manejo de los mensajes políticos transgredió, entre otras disposiciones, el artículo 350 del Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales que entre las infracciones de los concesionarios y permisionarios de radio y televisión a dicho ordenamiento, establece la siguiente: “La manipulación o superposición de la propaganda electoral o los programas de los partidos políticos con el fin de alterar o distorsionar su sentido original o denigrar a las instituciones, a los propios partidos, o para calumniar a los candidatos”. La manipulación de los mensajes fue evidente. Las televisoras quisieron soliviantar a sus audiencias contra esos contenidos y alteraron el sentido de la propaganda electoral.
El Consejo General del IFE tenía la obligación de sancionar esa conducta de las televisoras. Sin embargo 6 de los 9 integrantes con voto en ese organismo consideraron que el asunto ya estaba resuelto porque los spots se estaban transmitiendo de manera regular y, además, dos días antes algunos consejeros del IFE habían suscrito un convenio con la Cámara Nacional de la Industria de la Radio y la Televisión acerca de la difusión de los mensajes políticos.
Al eludir la aplicación de la ley, los consejeros que hicieron mayoría en esa sesión del IFE se excedieron en el ejercicio de sus atribuciones. A ningún infractor se le puede dispensar una falta claramente indicada en la legislación con el subterfugio de que ha dejado de incurrir en esa conducta ilegal. Por otra parte, un acuerdo que establece propósitos mutuos como el que suscribieron algunos consejeros y la CIRT no sustituye y mucho menos debiera cancelar el cumplimiento de la legislación. Esas “bases de colaboración”, por lo demás, tienen una formalidad legal bastante dudosa.
Televisión Azteca cometió una infracción adicional al suprimir los mensajes políticos en la señal que envía al sistema Sky para ser retransmitida a los suscriptores de la televisión satelital. Esa falta sí fue sancionada por el IFE.
La decisión de los consejeros Marco Antonio Baños, Macarita Elizondo, Marco Antonio Gómez, Francisco Guerrero, Benito Nacif y Arturo Sánchez para absolver a Televisa y Televisión Azteca constituye una lamentable y cuestionable expresión de sometimiento a las televisoras. Las violaciones de tales empresas a la legislación electoral e incluso a la Constitución Política que establece los lineamientos para la difusión de spots, fueron palmarias y flagrantes. Los argumentos que esos consejeros emplearon para justificar la absolución de las televisoras son insostenibles.
Frente a la presurosa disposición de esos consejeros para congraciarse con las televisoras, o con quienes hayan abogado ante ellos en defensa de Azteca y Televisa, destacó la actitud del consejero presidente del IFE, Leonardo Valdés Zurita, que recordó que la autoridad electoral no puede renunciar a la aplicación de la ley. Los consejeros Alfredo Figueroa y Virgilio Andrade también reivindicaron la defensa de la legalidad.
El desafío de las televisoras a la autoridad electoral se acentuó el fin de semana antepasado, cuando dejaron de transmitir los mensajes del IFE y los partidos durante varias horas. El Consejo General tendrá que enterarse de esas nuevas faltas. Exigimos de todos los consejeros del IFE el cumplimiento de la ley ante esas nuevas contravenciones de Televisa y Azteca.
Las televisoras han querido hacer ostensible su capacidad para manipular y censurar los mensajes políticos con el propósito de amedrentar a la autoridad electoral y a los partidos. Lamentablemente, en este episodio no han encontrado a un gobierno dispuesto a reivindicar el orden jurídico para enfrentar excesos del poder mediático. El secretario de Gobernación, Fernando Gómez Mont, consideró que su papel era de árbitro negándose a advertir que las televisoras desafiaban al conjunto de las instituciones políticas y a la sociedad mexicanas. Esa conducta negligente y esquiva del titular de Gobernación no sería explicable sin una decisión del presidente Felipe Calderón para ser aquiescente (en realidad, termina por ser temeroso) ante las exigencias de las televisoras privadas.
El comportamiento de esas autoridades y de los consejeros del IFE, además de la abdicación que implica en el cumplimiento de sus responsabilidades significa un preocupante retroceso en el esfuerzo para acotar las manipulaciones y la insolencia de las televisoras privadas. Episodios como ése, ratifican la necesidad de una legislación capaz de propiciar la diversidad y la responsabilidad en los medios electrónicos y las telecomunicaciones. El Congreso tiene mucho por hacer al respecto, pero la mayor parte de los partidos y sus legisladores están más preocupados por la política de cortísimo plazo que por el futuro del país. A diferencia de ellos, cada vez más ciudadanos entienden y reprueban las impertinencias de las televisoras.

México D.F., 15 de febrero de 2009

Asociación Mexicana de Derecho a la Información

Javier Corral Jurado
Presidente del Comité Directivo Nacional

Raúl Trejo Delarbre
Coordinador Adjunto del Consejo Consultivo


Televisa: medrar con el miedo

Enero 2, 2009

Zócalo, diciembre de 2008

Nuestra sociedad vive, se estremece, se extiende o involuciona en el miedo. Sus resortes vitales se conmueven mucho más a partir del temor que de las ilusiones o los proyectos. A los asuntos públicos por lo general se les evalúa en negativo: cuánto nos costará tal o cual iniciativa y no qué beneficio proporcionará; qué implicaciones conlleva, más que sus ventajas sustantivas. A los políticos, se les juzga mucho más por su capacidad para ofrecer confianza o al menos certezas –es decir, para contrastar ante el miedo contemporáneo– que por sus ideas o habilidades en las tareas de gobierno. El miedo social habitualmente desconcierta, atolondra, paraliza incluso. Pero también puede ser utilizado en busca de adhesiones y lealtades: el cobijo que se busca ante el temor contemporáneo puede ser fuente de soportes e incluso devociones.

Eso es lo que busca Televisa con su campaña contra el miedo que suscitan la inseguridad pública y la crisis económica. Los ampliamente difundidos spots que han saturado los canales de esa empresa –y, con ellos, a los televidentes que dependen de la televisión abierta para entretenerse e informarse– lucran con el temor de las personas y proponen a ese consorcio como fuente de serenidad delante de la incertidumbre de estos tiempos.

Temores amalgamados

“Lo que realmente sentimos es miedo”, “el miedo paraliza”, “el miedo es sólo miedo”, proclaman en tales anuncios actores conocidos por su desempeño en telenovelas y programas musicales pero hasta ahora poco habituados –y poco aptos– a la pontificación mediática. Alejandro Camacho, Adal Ramones, Lucero, Leticia Calderón, Galilea Montijo y Gloria Trevi, son algunos de los protagonistas de esa nueva realización dramática.

Los mensajes de Televisa amalgaman los temores que causan la incertidumbre acerca de la economía y la desazón por la seguridad en las calles. Referirse en menos de un minuto a las dos grandes causas de aprensión en la sociedad actual implica, de suyo, un exceso de simplificación. Sin contexto alguno, a partir de frases contundentes y en un impostado pero eficaz tono melodramático, los personajes de la farándula apostillan la crisis con recomendaciones para negar el miedo.

La perplejidad acerca del rumbo de la economía global –y por lo tanto nacional– ha sido uno de los rasgos más inquietantes de los colapsos financieros en los meses recientes. A diferencia de otras épocas difíciles, cuando menudeaban los diagnósticos categóricos, en esta ocasión casi no se han conocido voces con autoridad y conocimiento suficientes para diagnosticar rumbos y plazos de esta crisis. Los especialistas más respetados se han rehusado a formular pronósticos precisos debido a que esta crisis tiene tantas aristas, algunas de ellas nunca antes conocidas, que sería aventurado augurar sus costos y alcance. Esa vacilación delante de la crisis financiera se trasmina velozmente en una sociedad de por sí inquieta ante cualquier bamboleo de la economía.

Al sobresalto permanente que nos ha impuesto la inseguridad pública, que es el otro extendido motivo de miedo en la sociedad mexicana de nuestros días, nos hemos acostumbrado aunque sin dejar de temer. Evidentemente la impunidad de la que se benefició en tiempos recientes y las enormes cantidades de dinero que circulan en esas malhadadas actividades detonaron, entre otros factores, un costoso incremento en la delincuencia organizada. Primero se expandieron sus negocios y luego, las vendettas que han asolado a prácticamente todo el país.

Hay circunstancias reales, objetivas, para que ese aumento de la criminalidad nos mantenga en estado de alerta e incluso atemorizados. Pero también podemos preguntarnos en qué medida la propagación que los medios hacen de asaltos, secuestros, balaceras, ejecuciones y otras fechorías de los delincuentes mayores, no contribuye a propiciar cierta magnificación de la de por sí extendida criminalidad.

Acerca de la divulgación mediática de los hechos criminales, el pensador polaco Zygmunt Bauman ha escrito: “Sería una estupidez o una locura negar la realidad de la delincuencia y de los peligros relacionados con ella. Pero el peso de la delincuencia con respecto a otros temas de preocupación pública tiende a medirse –al igual que el de todos los demás objetos de atención pública– en función de la extensión y la intensidad de la publicidad que se le dedica, más que por sus cualidades intrínsecas” (Miedo líquido. La sociedad contemporánea y sus temores. Paidós, Barcelona, 2007).

Profecía autocumplida

Los medios no inventan los hechos criminales. Pero con frecuencia, al difundir esos hechos sin contexto ni jerarquización suficientes, pueden suscitar entre los ciudadanos la impresión de que los criminales tienen más fuerza y presencia que la que realmente alcanzan.

Lo mismo se puede decir de la cobertura mediática de la crisis económica. Sin explicaciones bastantes –y dilucidar esta crisis, como hemos señalado, resulta especialmente complejo– los medios pueden amplificar en vez de ayudar a comprender las dificultades económicas.

Lejos de reconocer esas limitaciones, los spots de Televisa parten de un veredicto inmutable: los mexicanos tienen miedo. Y al decirlo con tanta certeza, los personajes de la farándula habilitados como catequistas de la ecuanimidad social contribuyen a reforzar, precisamente, la sensación de miedo.

Los spots de Televisa funcionan, al menos en principio, como profecía autocumplida. Si ya estábamos inquietos con las incertidumbres económicas y de otra índole, la imagen de los predicadores del optimismo afectado nos puede dejar, entonces sí, en situación de franco desasosiego.

Los spots de Televisa no proponen soluciones sino actitudes: no se trata de enfrentar los problemas sino de sobrellevarlos. Al actor Adal Ramones le hacen decir: “no existe un solo momento en nuestra historia en donde un problema haya sido más grande que nuestro corazón”. Desplazado el análisis por la sensiblería, el parapeto que se postula es una laboriosidad generalizada. ¿Cómo enfrentar la crisis? “Echándole muchas ganas”.

A los temores, sin sondear ni precisar sus causas, se les exorciza con una retórica voluntarista. “A lo que más miedo deberíamos de tenerle es al miedo mismo” se dice en uno de los spots, en alevosa expropiación de Franklin D. Roosevelt que dijo esa frase en un discurso en marzo 1933. “El miedo paraliza, el miedo no deja pensar, el miedo es solo miedo” se enfatiza en una suerte de sacralización del temor social.

El miedo, en efecto, sobre todo en dosis extremas y sin tregua, puede inmovilizar a las personas y a las sociedades. Pero al miedo, que se robustece en la medida en que se desconocen las causas que lo suscitan, la mejor manera de combatirlo es el examen racional de sus circunstancias. Y los spots que medran con el miedo en vez de contribuir a entenderlo, tienden a mitificarlo y expandirlo.

Sensiblería y voluntarismo

Ante el temor social, Televisa no postula respuestas racionales sino voluntarismo y sentimentalismo –de acuerdo con el tono preponderante en sus programas de televisión–.

Gloria Trevi ­–ataviada con una sobriedad que contrasta con los atuendos que exhibía cuando interpretaba “Doctor Psiquiatra”­– dice en uno de los anuncios:

“Qué va a pasar mañana. Mañana va a sonar el despertador muy temprano, le vas a dar un gran beso a tus hijos y ellos se van a ir a la escuela”.

Galilea Montijo añade: “Y por ellos, tú te vas a ir a partir el alma trabajando”.

Leticia Calderón emplaza: “¡Poniéndole más esfuerzo, más espíritu!”.

Alejandro Camacho: “Y más corazón que nunca”.

Trevi, de nuevo: “¿Te da miedo? No. ¿Cómo te va a dar miedo si trabajar es lo que has hecho toda la vida?”.

Las cabriolas conceptuales que experimenta el razonamiento propuesto en ese spot resultan significativas. La matutina y entrañable escena familiar, es utilizada para enfatizar la importancia del trabajo. Nunca queda claro por qué, para ahuyentar al miedo, es preciso trabajar. Pero luego, el temor al que se refiere Trevi no es a la crisis económica, ni a la inseguridad, sino al trabajo.

La exigencia que propone el spot (“¿cómo te va a dar miedo si trabajar es lo que has hecho toda la vida?”) no tiene relación alguna con las premisas del mismo anuncio, que comienza con las referencias a la crisis, la incertidumbre y el miedo. Pero proponer al trabajo como vía de sublimación ante los temores contemporáneos no deja de resultar insuficiente y, antes que nada, insultante para quienes no tienen empleo.

Si la fórmula que propone Televisa fuese inequívoca los dos millones de personas que, de acuerdo con los datos que publicó el INEGI a fines de noviembre pasado, padecen desempleo abierto (para no mencionar a los muchos mexicanos más que se encuentran en diversas formas de subempleo) no tendrían más camino que hundirse en el miedo.

Miedo a cambiarle de canal

Si en algo podrían contribuir los medios de comunicación no para soslayar la crisis, sino para que la sociedad asuma con responsabilidad los riesgos que conlleva, sería propalando explicaciones aunque fuesen insuficientes, propiciando el debate sobre tales asuntos, trayendo experiencias de otras latitudes, actualizando constantemente la información sobre estos temas. Al miedo se le combate, antes que nada, con razones y, desde luego, eliminando las causas que lo provocan.

El trabajo es indispensable como motor de la economía y de la sociedad. Pero no es la reivindicación ni la ecuanimidad de los mexicanos lo que Televisa pretende con sus spots. A ese consorcio le interesa legitimarse frente a su teleaudiencia –y de paso ante el poder político– como fuente de sosiego y despreocupación sociales.

El miedo forma parte de la sociedad e incluso se le puede reconocer como señal de alerta ante los peligros que la desafían. Y también suele ser utilizado como recurso de manipulación. Volvemos con Bauman: “Los miedos están ahí y explotar su caudal aparentemente inagotable y autorrenovable para reconstruir un capital político diezmado es una tentación que a muchos políticos les resulta difícil resistir”.

Por lo visto esa posibilidad le resulta seductora también a un consorcio como Televisa. Ante el declive en las audiencias de la televisión abierta, Televisa apela al discurso del miedo no para confortar a los atribulados mexicanos, ni necesariamente para que trabajen más, sino antes que nada para que no cambien de canal en sus televisores.


Carpa y vodevil

Octubre 25, 2008

Nexos, octubre de 2008

Telebasura, se la ha denominado en otras latitudes a ese estilo de la televisión que se refocila en el morbo, explota el sensacionalismo, soslaya cualquier pretensión de calidad y le falta al respeto a la gente –comenzando por los telespectadores­–. La definición de telebasura puede ser escurridiza porque habitualmente se piensa en ese concepto delante de programas específicos, ante cuyas ordinarieces por lo general no queda mas que el rechazo veloz y cambiar de canal. El término mismo indica que se trata de una televisión ante la que no hay nada que hacer. Aparentemente viene de Trash TV, expresión con la que fueron designados a fines de los años 80, en Estados Unidos, algunos programas de discusión especialmente notorios por sus contenidos procaces y discriminatorios.

En 2004 una encuesta del Consejo Audiovisual de Cataluña preguntó en torno a 5 características potencialmente definitorias del término “teleporquería”. Para el 36% de quienes respondieron, lo que mejor singulariza a esa televisión es la “creación de personajes famosos sin ningún mérito profesional o artístico”. Al 28% le pareció que implica la “intromisión en la vida privada de las personas”. Para el 9.5% se trata de la “difusión de rumores e informaciones no contrastadas”. El 7.4% consideró que a la telebasura la distingue el lenguaje soez. El 2.8% respondió que esa televisión ofrece una “visión degradada y negativa de la mujer”.

En todo caso y aunque nuestra experiencia cotidiana puede documentar nuevos casos, sesgos y permanencias de la telebasura, conviene recordar que desde hace algunos años el Diccionario de la Real Academia Española incorpora ese coloquialismo: “conjunto de programas televisivos de muy baja calidad”.

Comediantes en vez de comentaristas

La calidad se está convirtiendo en la nueva piedra de toque para la deliberación de los medios de comunicación, especialmente la televisión. Cada vez más grupos de ciudadanos preocupados por los medios y sus contenidos encuentran que llevar esa discusión al tema de la calidad les permite evaluar, comparar y exigir con mayor precisión ante las empresa televisivas. Más allá de cómo se le mida y defina, pareciera que la calidad no tuvo una presencia destacada en el desempeño de los consorcios de la televisión privada mexicana durante los recientes Juegos Olímpicos en Pekín.

En las transmisiones que tanto Televisa como Televisión Azteca hicieron desde la capital de China, los cómicos desplazaron a los locutores; los conductores y especialistas tuvieron que ser patiños en cuchufletas de gusto más que dudoso; en vez de la difusión en extenso de las competencias deportivas había dilatados segmentos presuntamente humorísticos, reportajes que buscaban asombrar y encandilar más que mostrar la realidad de China, anécdotas y gracejadas al margen de la información de los Juegos Olímpicos.

Los albures (descafeinados al momento mismo en que eran exhibidos y trivializados en televisión); la exhibición de muchachas guapas que hacían sin talento pero con notorios atributos de otra índole el trabajo de los reporteros; las casi siempre malogradas esperanzas de triunfo o las victorias de los 4 deportistas mexicanos que ganaron medallas y cuyo meritorio esfuerzo resultó apabullado por la verbena electrónica: tales fueron recursos que las televisoras nacionales exprimieron hasta el empacho.

La carpa y el vodevil en reemplazo del deporte: ese fue, al menos el parte, el saldo televisivo al cabo de 16 días de transmisiones en agosto pasado. El exceso de tales recursos fue tan desmedido y la cobertura de los deportes tan pobre que incluso Eugenio Derbez, uno de los comediantes que se esforzaban por animar la transmisión desde el exótico foro que Televisa montó en Pekín, dijo en cuanto terminaron las jornadas olímpicas: “En esta lucha por el rating, creo que las dos televisoras perdieron el enfoque de (lo que) es un programa deportivo, en el que debe ir aderezado con comedia. De repente eran más las cápsulas de lo que fuera. Éramos muchos, en Televisa éramos Montserrat, Mayrín, Marisol, El Compayito, Omar Chaparro y yo, el niño Mateo… Era una cosa excesiva”.

Y lo fue, en efecto. De acuerdo con una encuesta levantada poco antes de que terminaran los Juegos, el 61% de los televidentes mexicanos prefiere ver las competencias completas y no resúmenes o fragmentos como los que difundieron las televisoras nacionales. El 48%, por cierto, consideró que el humor procaz del payaso Brozo no le parecía adecuado para el horario matutino que fue cuando lo transmitió el canal 2 durante los Juegos Olímpicos.

Más allá de subrayar la afición deportiva insatisfecha de los espectadores de Azteca y Televisa, es posible preguntarnos por qué tales empresas apostaron por un modelo de televisión tan ostensiblemente fincado en el espectáculo ramplón. Mientras en todo el mundo la televisión dedicó anchos espacios a la transmisión de los eventos deportivos, en las cadenas de la televisión abierta mexicana el deporte era pretexto y no el contenido central.

En México las cadenas de televisión abierta han apostado siempre a la búsqueda de rendimientos máximos con esfuerzos mínimos. Comicidad previsible, estructuras dramáticas escuetas, repetición y explotación de contenidos y personajes hasta desgastarlos y trivializarlos, han sido constantes primero en Televisa y luego en esa mala y deficiente copia suya que ha sido Televisión Azteca.

Las chabacanerías siempre formaron parte de la programación de esas empresas y estaban destinadas a satisfacer la idea que los directivos y productores de las televisoras han tenido, por lo general, del público mayoritario en este país. Aquella frase de la televisión para los jodidos, que tantos cuestionamientos le ganó al Tigre Azcárraga, no era un exabrupto sino una descarnada descripción de las pautas que Televisa imponía en sus programas destinados a las audiencias de más limitado poder adquisitivo. A partir de la idea de que a los pobres les gusta la televisión burda, elemental y previsible, Televisa ha innovado y arriesgado poco en el campo de los estilos y enfoques de producción. Sin embargo de cuando en cuando esa empresa ofrecía algo más, a veces en la difusión de programas culturales, o en ocasiones en la discusión de asuntos públicos aunque siempre con restricciones políticas constatables.

Menos rating, peor TV

De un tiempo a la fecha, Televisa y Azteca han degradado todavía más la calidad –para llamarle de alguna manera— de su programación. Primero, a comienzos del milenio, apostaron a series de presunta espectacularidad como los reality shows que muy pronto se parecieron tanto a sí mismos que dejaron de interesar al auditorio. Más recientemente, al tratar de desempolvar antiguas rutinas cómicas y piezas dramáticas que en otras épocas se convirtieron en estereotipos de la cultura popular mexicana, pero sin la chispa creativa ni la originalidad que tuvieron sus primeras versiones, las televisoras se han circunscrito, con pocas excepciones, a ser groseras parodias de aquella producción de hace algunas décadas.

La causa de esa involución, que demuestra que lo que ya es malo siempre puede ser peor, se encuentra en la caída de la audiencia de las televisoras nacionales. En mayo de 2008, que es la fecha más reciente para la cual había información disponible cuando escribimos esta nota, la empresa de medición de audiencias Ibope AGB encontró que el programa de la televisión mexicana que alcanzó más espectadores fue la telenovela “Fuego en la sangre”, en el canal 2, con 12.66 puntos de rating. En segundo lugar se ubicó, en esa emisora, un mensaje del presidente Felipe Calderón, con 10.5 puntos. El programa de mayor audiencia en Televisión Azteca fue, en el canal 7, el partido de futbol Cruz Azul contra Santos con 7.29 puntos. El partido Santos contra Monterrey alcanzó 6.28 puntos en canal 13. Y las películas de mayor rating se transmitieron por canal 5: “Bob Esponja” tuvo 6.26 y “El Hombre Araña”, 5.8 puntos.

Un punto de rating puede ser el porcentaje de personas que en una región determinada esté viendo televisión en un horario específico, o el porcentaje de hogares en donde, habiendo un televisor encendido, se ve el mismo programa. La falta de claridad en la metodología que utiliza y el carácter confidencial de sus bases de datos, dificultan saber a qué se refiere la filial mexicana de la empresa Ibope cuando da a conocer sus mediciones de rating. Esa firma no registra el comportamiento de los públicos en todo el país sino en una selección de ciudades en donde se encuentra menos de la mitad de los mexicanos. No obstante esas limitaciones, las estimaciones de Ibope son las únicas de las que se dispone para conocer las audiencias de la televisión mexicana.

Con esas prevenciones, cuando se comparan los ratings más recientes con los que alcanzaban las televisoras nacionales en épocas nada distantes, se aprecian diferencias que seguramente tienen secuelas en el estancamiento de la programación de la televisión mexicana. 10 años antes del mes en el cual se registraron los ratings antes citados, el programa de mayor audiencia fue la serie cómica “Derbez en cuando”, que alcanzó 39 puntos. En segundo sitio estaba la telenovela “La usurpadora”, con 35.6 puntos. En tercero el programa cómico “Qué nos pasa”, con 33.6. Todos ellos se transmitieron en el canal 2, en la semana del 4 al 10 de mayo de 1998.

Las películas con más telespectadores en aquella semana fueron, en canal 5, “Mira quién habla” con 20.2 puntos de rating y “Mira quién habla también”, con 18.7 puntos. Los eventos deportivos más vistos en mayo de 1998 fueron los partidos de futbol Toluca contra Necaxa en canal 2 con 25.3 puntos y River Plate contra América en canal 5, con 17 puntos.

Los programas de mayor audiencia en TV Azteca fueron el noticiero Hechos con 7.8 puntos y la película “Sepultado vivo”, ambos en canal 13.

En el transcurso de una década la audiencia de Televisa cayó a un tercio de los niveles que tenía en 1998, de más de 30 a menos de 10 puntos, al menos en los programas de mayor rating. Las audiencias de TV Azteca se mantienen estables y siguen siendo menores a 7 u 8 puntos.

A pesar del acaparamiento que ejercen esos dos consorcios en las frecuencias de televisión abierta, y en parte debido a la monotonía que esa situación propicia en la programación, la audiencia se ha dispersado en distintas opciones. Por un lado, cada vez más televidentes destinan mayor tiempo a mirar programas y películas grabados en formatos como el DVD. Y a la vez, aunque sigue estando restringida a un segmento minoritario de la población (aproximadamente 30% de los mexicanos) la televisión de paga, que se difunde por vehículos como el cable y el satélite, encuentra nichos de mercado específicos y relativamente estables. Así se explica al menos en parte la cuantiosa pérdida de rating de Televisa y el estancamiento de Azteca en bajos niveles de audiencia. Lo más paradójico es que, en busca de audiencia, esas empresas explotan viejos y deteriorados esquemas de programación: más televisión desechable.

No parece casual que, durante los Juegos Olímpicos de agosto pasado, muchos telespectadores no hayan preferido a las televisoras nacionales sino la programación de TVC Deportes, un pequeño y modesto canal de cable que tuvo el buen tino de ofrecer transmisiones completas y directas de los torneos en Pekín. Allí no había payasos, ni albures, ni personajes de Libro Guiness: simplemente se difundieron las competencias deportivas narradas por comentaristas que saben del tema.

No hace falta demasiada severidad para encontrar numerosas similitudes entre la programación que las cadenas de televisión abierta ofrecen a los mexicanos y los rasgos con los que en otros sitios se ha identificado a la telebasura. Tampoco transcurrirá mucho tiempo para que en México, igual que sucede en otros países, se conozcan reacciones del público en contra de la televisión de ínfima calidad y a favor de otras opciones en el campo de los medios de comunicación.

Referencias

-“Admite saturación de humor”. Reforma, 25 agosto de 2008

-“Encuesta. Gusta Derbez, pero Brozo no tanto”. Reforma, 21 de agosto de 2008.

-Manuel Pares i Maicas, “La ´telebasura´: un fenómeno social preocupante”. Telos número 66. Madrid, enero-marzo de 2006.


Televisa, estalinista

Julio 17, 2008

La Crónica, jueves 17 de julio

La revolución soviética había triunfado y era momento para probar su fuerza en el resto de Europa. Lenin había decidido reclamar por la vía de las armas los territorios que le disputaba Polonia. El 5 de mayo de 1920, delante del célebre teatro Bolshoi, el caudillo ruso arengó a sus tropas antes de que marcharan al campo de batalla. La fotografía de aquel momento circuló ampliamente como emblema de la nueva revolución. Lenin aparece de perfil, inclinado hacia adelante, colocando ambas manos sobre el templete de madera. A sus espaldas, en la escalera que conduce al estrado, aparece el comisario del pueblo para asuntos militares, León Trotsky. Junto a él, con los brazos cruzados, está Lev Kamenev, antiguo presidente del Comité Central.

No pasarían muchos años para que esos tres personajes desaparecieran del escenario soviético. Lenin murió en 1924. Cuatro años más tarde Trotsky fue expulsado del Partido Comunista y luego del territorio ruso. Kamenev sufrió peor suerte una década más tarde. José Stalin quería borrar toda huella de sus antiguos camaradas y a quienes no desterraba, los encarcelaba o mandaba asesinar.

La decisión de Stalin para extirpar cualquier presencia de Trotsky y Kamenev llegó a los registros históricos. La imagen de los viejos bolcheviques fue suprimida de multitud de cuadros y fotografías. Aquella gráfica frente al Bolshoi volvió a circular, pero modificada. En lugar del barbado Kamenev y de Trotsky con su célebre piocha, aparecían vacíos los cinco escalones del templete.

La obsesión de Stalin para borrar a sus antiguos camaradas era parte de una patología absolutista y maniática. Al pretender que podía modificar la historia con la misma petulancia con que reprimía y asesinaba a quienes no se subordinaban a sus caprichos, se construía una realidad a modo y trataba de persuadir a los rusos de que esa era la versión auténtica del pasado y el presente.

En el transcurso de la historia y con diversos recursos técnicos, otros líderes autocráticos y distintos personajes e instituciones, con un empleo desmedido del poder, también han querido alterar la historia como si de esa manera desterrasen de la realidad a quienes les incomodan.

La alteración de fotografías y pinturas fue un recurso reiterado por distintos sátrapas del mal llamado socialismo real –que en rigor debiera ser denominado despotismo real–. Milán Kundera abre con este relato su memorable novela El libro de la risa y el olvido:

“En febrero de 1948, el líder comunista Klement Gottwald salió al balcón de un palacio barroco de Praga para dirigirse a los cientos de miles de personas que llenaban la Plaza de la Ciudad Vieja. Aquel fue un momento crucial de la historia de Bohemia. Uno de esos instantes decisivos que ocurren una o dos veces por milenio.

“Gottwald estaba rodeado por sus camaradas y justo a su lado estaba Clementis. La nieve revoloteaba, hacia frío y Gottwald tenía la cabeza descubierta. Clementis, siempre tan atento, se quitó su gorro de pieles y se lo colocó en la cabeza a Gottwald.

“El departamento de propaganda difundió en cientos de miles de ejemplares la fotografía del balcón desde el que Gottwald, con el gorro en la cabeza y los camaradas a su lado, habla a la nación. En ese balcón comenzó la historia de la Bohemia comunista. Hasta el último niño conocía aquella fotografía que aparecía en los carteles de propaganda, en los manuales escolares y en los museos.

“Cuatro años más tarde a Clementis lo acusaron de traición y lo colgaron. El departamento de propaganda lo borró inmediatamente de la historia y, por supuesto, de todas las fotografías. Desde entonces Gottwald está solo en el balcón. En el sitio en el que estaba Clementis aparece sólo la pared vacía del palacio. Lo único que quedó de Clementis fue el gorro en la cabeza de Gottwald”.

El de Stalin, como el de Gottwald y todos aquellos que de la misma manera han querido dar de baja la imagen de sus adversarios, es un comportamiento intolerante y paranoico. Hay una enorme dosis de prepotencia, pero también de berrinche infantil, en esa inquietud para borrar a sus antagonistas.

A comienzos de los años 70 –claro, del siglo pasado– el historiador David King se dio a la tarea de buscar testimonios gráficos de la represión estalinista y comenzó a interesarse en las fotografías alteradas por disposición de la dictadura soviética. Reunió decenas de miles de imágenes, algunas de las cuales ha mostrado en diferente exhibiciones y en 1997 publicó en Londres el libro El Comisario desaparece La falsificación de fotografías y obras artísticas en la Rusia de Stalin.

Además de la abundancia de esos documentos gráficos, a King le llamó la atención la falta de cuidado con que fueron alterados muchos de ellos. A diferencia de la foto de Lenin arengando a las tropas del Ejército Rojo a punto de ir al frente polaco, en donde hay un trabajo de modificación tan meticuloso que no queda huella de la presencia de Kamenev y Trotsky, en los retratos que ese investigador fue localizando por toda Rusia las enmiendas con frecuencia eran burdas. En algunas, los rostros de aquellos a quienes se quería excluir habían sido difuminados con algún producto químico. En otros casos se trataba de vulgares tijeretazos. Incluso cuando había un trabajo de fotocomposición, para superponer una imagen a otra, quedaban huellas de la alteración.

Esos vestigios llevaron a King a hacerse varias preguntas en la introducción de su libro: “La habilidad en el retoque fotográfico depende, como cualquier artesanía antes del advenimiento de la tecnología de la computación, de la habilidad de la persona que lleve a cabo la tarea y del tiempo que ella o él tengan para terminarla. Pero ¿por qué el estándar del retoque en los libros y periódicos soviéticos era a menudo tan burdo? ¿Querían los estalinistas que sus lectores vieran la eliminación que habían realizado, como una atemorizante y ominosa advertencia? O el ligero rastro de un comisario casi desvanecido, intencionalmente dejado por el retocador, ¿podría convertirse en un fantasmal recordatorio de que el reprimido todavía podría regresar”.

Así de burdo, así de notoria, es la difuminación de la imagen del senador Santiago Creel en el video que el noticiero matutino de Televisa transmitió el pasado miércoles 2 de julio. Se trata de una reseña del foro sobre reforma petrolera que tuvo lugar el día anterior. En una nota de 4 minutos con 50 segundos, se da cuenta de las intervenciones de distintos ponentes. Entre escenas de archivo con vistas de instalaciones petroleras, de cuando en cuando se muestran detalles del público. La cámara recorre el auditorio pero casi siempre de la mitad del presídium hacia la izquierda, o de la mitad hacia la derecha. Y es que en el centro de la mesa está el presidente del Senado, Santiago Creel, a quien las televisoras decidieron excluir de la pantalla.

En dos ocasiones, al minuto con 42 segundos y a los 3 minutos con 31, se abre la toma y aparece casi todo el estrado. Al centro, en donde gracias a otros videos y fotografías sabemos que estaba Creel, aparece una silueta sin rostro. Se ven las caras de otros legisladores y ponentes pero no la del presidente del Senado. Una mancha difusa, como borrón de trabajo escolar, lo ha retirado del video.

Televisa dice que se trata de “un error de edición”. No es cierto. La edición de video suprime o añade segmentos enteros, no porciones de una misma imagen. Tampoco pudo haber sido un defecto de la lente, porque de todas las escenas que fueron tomadas únicamente cuando aparece Creel ocurre ese problema.

Los dos momentos en los que se suprime la imagen del senador panista están tomados, cada uno, desde emplazamientos diferentes. En ambos casos, independientemente del sitio desde donde se le enfocara, el rostro de Creel desaparece. No es error, sino revancha.

Televisa y Televisión Azteca decidieron vetar al senador Creel en represalia por el impulso que contribuyó a dar a las reformas constitucionales que restringen privilegios y negocios de la radiodifusión durante los procesos electorales. La animosidad de las televisoras fue tan notoria que no solamente, durante varios meses, el presidente del Senado ha estado ausente de las cadenas nacionales. Además, atemorizados por esa reacción, el presidente de la República y el presidente del PAN destituyeron a Creel como coordinador de los senadores de ese partido.

Pero no fue suficiente. Televisa pretendía quitarle poder político pero además despojar de su imagen pública al senador Creel: sacarlo de las pantallas, impedir a los ciudadanos que se enteren de su desempeño legislativo, tacharlo de la historia. Pero lo hizo de manera tan torpe que el resultado se ha convertido en uno de los mayores tropiezos políticos (y ya son varios) de esa televisora.

El borrón a la imagen de Creel causa enojo, risa y lástima. Qué mal que a cualquier ciudadano, pero peor aún a uno de los más destacados legisladores del país, se les vete en la información de una televisora nacional. Qué ridículo el que hace Televisa borroneando la imagen de un personaje político al que pretende estigmatizar. Qué vergüenza que en esa empresa haya quienes consideren que, expulsándolo de sus pantallas, a Creel le restarán ascendiente político –hasta ahora han conseguido precisamente lo contrario–.

Y qué vulgar manera de esconderle al público la imagen del senador. Tanto, que uno no puede sino recordar la observación del historiador King: el retoque es tan burdo que, más que ocultar al personaje así afectado, pareciera que se trataba fundamentalmente de amenazar y atemorizar. Los destinatarios de esa artimaña serían otros legisladores y personajes políticos: si se meten con las televisoras los borrarán de la pantalla.

Creel está demostrando, a pesar de las venganzas de Salinas Pliego y Azcárraga Jean y no obstante los desasosiegos de Felipe Calderón y Germán Martínez, que sí hay vida política a pesar de las televisoras: mientras más lo tratan de borrar, mejor le va en las encuestas.


Al capricho del poder mediático

Junio 12, 2008

La Crónica, 12 de junio

Al destituir a Santiago Creel, el PAN y el presidente Calderón se sometieron a un capricho de Televisa. Ni las desmañadas aunque ampulosas explicaciones de Germán Martínez, ni la extendida murmuración mediática, permiten llegar a otra conclusión. La remoción del coordinador de los senadores de Acción Nacional se dio a conocer y fue resuelta de manera inusitadamente descomedida. La insistencia en que se busca dar “un nuevo impulso” a la reforma petrolera confirma la estrecha apreciación que Martínez y su jefe inmediato, el presidente Felipe Calderón, tienen del trabajo legislativo.

La reforma para desarrollar la industria petrolera se encuentra en marcha, aunque por derroteros inciertos. De ello no tienen la culpa los senadores panistas sino la hasta ahora eficaz tarea de entorpecimiento que han desplegado los opositores de esa reforma, especialmente en el ajetreado PRD pero también en convenenciero PRI. Aparentemente el líder nacional del PAN, y quizá también el Presidente de la República, están insatisfechos con el debate sobre la cuestión petrolera que organiza el Senado. Pero el aburrimiento de esas discusiones y especialmente la marginación que en ellas ha tenido la iniciativa presidencial no se ha debido a indolencia de los legisladores panistas sino a circunstancias que los trascienden. El propio Germán Martínez hizo una exaltada pero fútil defensa de la propuesta de reforma presentada por el presidente Calderón.

La organización de ese debate no fue, como algunos han querido creer, resultado de la ocupación de los recintos parlamentarios que mantuvieron durante dos semanas los senadores y diputados del PRD. El debate ya había sido previsto, y anunciado, horas antes de ese bloqueo al trabajo legislativo. Por lo demás, si la iniciativa del presidente Calderón ha dejado de ser referencia central en las discusiones sobre el petróleo no se debe a ineficiencia de los legisladores panistas sino a las dificultades que el gobierno y su partido han tenido para articular una negociación satisfactoria con otras fuerzas políticas.

Si hay reforma petrolera, tendrá que ocurrir merced a un proceso de acercamientos entre posiciones ahora encontradas. Por eso la sustitución del coordinador de los senadores panistas resulta aun más absurda. En varios temas y momentos, especialmente en los meses recientes, Santiago Creel ha demostrado aptitud para negociar –es decir, para hacer política–. Así lo han reconocido, además de correligionarios suyos, legisladores de otros partidos. Así lo confirmó el aplauso que recibió ayer cuando llegó a presidir la sesión de la Comisión Permanente.

De tal forma, si no es por la vía de la concertación y los compromisos como el gobierno y la dirección del PAN confían en lograr la reforma petrolera, y si carecen de las mayorías legislativas necesarias para que sus propuestas avancen sin negociación con otros partidos, entonces no cabe sino suponer que esperan hacerlo respaldados en el poder de los medios de comunicación. Se trata de una apuesta aventurada y en realidad más bien ingenua, porque figurarse que la presión mediática basta para forzar a los legisladores implica olvidar algunas de las lecciones recientes en la relación entre empresas comunicacionales y quehacer político. Cuando los partidos se allanaron a la égida de las televisoras y aprobaron la Ley Televisa, terminaron arrepintiéndose mientras presenciaban el revés que la Suprema Corte imponía a aquellas arbitrarias reformas. Y cuando esas mismas televisoras desplegaron una arrebatada campaña de amedrentamiento contra la reforma en materia de medios y elecciones, los partidos tuvieron motivos adicionales para apoyar dichas modificaciones constitucionales.

De entonces viene la malquerencia que las televisoras le tienen a Santiago Creel. A los dueños de Televisa y Azteca no les bastaron, malagradecidos e insaciables como son, las decisiones de Creel que los favorecieron cuando era Secretario de Gobernación. Al contrario, con ese resentimiento que algunos cultivan contra quienes les han sido más cercanos y deciden distanciarse –y como si considerasen que quien se alínea con ellos debe seguirlo haciendo siempre– las televisoras le tomaron al senador Creel un encono tan público como rústico.

Primero lo sacaron de sus pantallas. Pero aun vetado en la televisión abierta, Creel siguió haciendo política y manteniendo e incluso incrementando la notoriedad que ya tenía. Antes que él algunos otros personajes públicos habían superado la prueba del veto televisivo. Censurado por Azteca y Televisa Santiago Creel es, de acuerdo con varias encuestas, el panista que más adhesiones tendría como candidato presidencial dentro de 4 años. Se trata de ejercicios demasiado anticipados y que valen sobre todo por la nombradía actual que tienen algunos personajes públicos. Y Creel cuenta con ella. Más aun, por lo menos en el mediano plazo esa fama pública muy posiblemente habrá sido reforzada gracias a la represalia que le han impuesto sus dos presidentes –el de su partido Germán Martínez y el de la República, Felipe Calderón–.

La destitución ocurre días después de que las televisoras emprendieron una sucia campaña contra Creel cuando se supo, de manera oficial, que es padre de una niña que no estaba registrada como suya. Ese asunto fue magnificado en numerosos medios, no en atención a la presencia pública del senador sino como venganza por el activo desempeño que ha tenido en la legislación para los medios de comunicación.

Al destituir a Creel de la coordinación senatorial panista inmediatamente después de ese episodio, los dirigentes de su partido y el Presidente de la República se muestran, por decirlo de manera elegante, poco solidarios con ese correligionario suyo.

Pero como además la remoción sobreviene también después de la publicación de varias encuestas acerca de la popularidad de ese legislador no ha sido aventurado sostener que, entre otros motivos, sus malquerientes dentro de Acción Nacional quieren atajar la carrera política de Creel.

Quedan lastimados el propio Creel y las causas con las que se ha comprometido, entre otras la reforma del régimen legal de la radiodifusión y las telecomunicaciones. Pero queda maltratada también la reforma petrolera porque si esperan que el respaldo de la televisión será suficiente para crear un contexto de exigencia social a favor de la apertura a la inversión y otros cambios en PEMEX, el gobierno y su partido están olvidando que más allá de presiones mediáticas y aun sociales, quienes van a decidir esas modificaciones son los senadores y los diputados.

Algunos de ellos están de tal manera embrollados construyendo sus propios compromisos que difícilmente compartirán, al menos de manera espontánea, los requerimientos del PAN y sus presidentes. El senador Manlio Fabio Beltrones presentó una iniciativa para dotar de espacios en Frecuencia Modulada a los radiodifusores que solamente tienen concesiones en Amplitud Modulada. Hay quienes consideran que esa es una pretensión justa porque, se dice, la AM ya no es negocio. Pero otorgar a un particular una concesión adicional simplemente porque la rentabilidad de la concesión que ya tiene no le resulta suficiente, equivale a suponer que el Estado debe resarcir con nuevos privilegios el déficit en los negocios de quienes ya cuentan con alguna licencia para usufructuar un bien nacional.

Si un particular que tiene una franquicia para operar una estación de gasolina exigiera que, solamente por ello, el Estado le asignase otra gasolinera, esa petición parecería excesiva. Pero en el caso de los radiodifusores, ha existido tan escasa apreciación crítica sobre la utilización de las frecuencias que prácticamente se ha vuelto lugar común considerar que, cómo no, los pobrecitos concesionarios de AM se merecen ahora una frecuencia en FM.

Todo ello debiera ser motivo de licitaciones, como sugiere la sentencia que la Suprema Corte dictó hace un año. Pero en vez de abrir concursos para adjudicar nuevas frecuencias (en los cuales el desempeño de quien ya tiene AM podría ser muy importante en la decisión para adjudicarle una FM) la iniciativa de Beltrones propone una asignación automática. Aunque sería necesaria la opinión de la Comisión Federal de Competencia, en esa propuesta no hay reglas para evitar que quienes ya se benefician de muchas concesiones disfruten de otras más. Al contrario, el criterio será darles muchas frecuencias a quienes ya poseen demasiadas.

Magnánima con quienes ya tienen mucho, la iniciativa de Beltrones es discriminatoria con quienes disponen de menos frecuencias o las usufructúan en condiciones más difíciles. En las plazas en donde no haya espacio para darles FM a todos los actuales concesionarios de AM, se dará preferencia a las estaciones comerciales por encima de las radiodifusoras no lucrativas.

La iniciativa Beltrones es de tan grotesca transparencia en esa exaltación de la radiodifusión privada que la incorpora a la Ley Federal de Radio y Televisión: “Dada su estricta dependencia de ingresos por publicidad, los concesionarios tendrán preferencia sobre los permisionarios”.

¡Qué confesión tan vulgar de la preeminencia de la radiodifusión lucrativa sobre la de carácter cultural, de servicio o comunitario! Ni siquiera la Ley Televisa era tan burda en la promoción que hacía del interés privado.

También se propone supeditar el interés público al de los radiodifusores en una adición al artículo 4 de la Ley de Radio y Televisión que compromete al Estado a planear el desarrollo de la radiodifusión “con la participación de concesionarios y permisionarios”. Desde luego cualquier decisión debe tomar en cuenta la opinión de todos los involucrados. Pero con esa adición habría quienes consideren que el Congreso y el Ejecutivo no pueden tomar medidas para la radiodifusión sin el consentimiento de quienes tienen estaciones de televisión o radio.

La desafortunada iniciativa de Beltrones y algunos otros senadores del PRI no parece constituir una medida aislada. Ayer mismo, el secretario de Gobernación anunció el refrendo de 131 concesiones de radiodifusión que no se habían renovado debido a la indefinición legal sobre el procedimiento para hacerlo. La inquietud de los beneficiarios de esas concesiones resulta entendible. Pero la justificación legal para otorgar tales refrendos es inadmisible. Hace un año la Corte estableció que todo refrendo debe realizarse mediante licitación. El mecanismo para ello sigue sin ser definido debido a la indolencia que en este asunto mantienen los legisladores que no han reformado la Ley de Radio y Televisión para atender a las indicaciones de la Corte.

Si realmente estuviera interesado en resolver ese y otros rezagos en los medios de comunicación, el senador Beltrones podría haber invertido más interés en las reformas para la radiodifusión y las telecomunicaciones. Pero solo busca congraciarse con algunos empresarios de la radio. Igual que el líder del PAN y el presidente Calderón, ahora encandilados con el embaucador resplandor del Canal de las Estrellas.


Azcárraga Jean, protegido por Zedillo

Marzo 20, 2008

Zócalo, marzo de 2008

  Emilio Azcárraga Milmo vivía sus últimos días, víctima de una enfermedad terminal. Antes del desenlace inminente dispuso que su hijo se hiciera cargo del consorcio Televisa. A comienzos de marzo de 1997 llamó a Jacobo Zabludovsky para que fuera a su casa en Los Ángeles, California, a grabar sus últimas declaraciones públicas.

   Azcárraga Milmo, El Tigre, trataba de mostrarse sonriente en aquella conversación que sería transmitida la noche del lunes 3 de marzo en el noticiero 24 Horas. A su derecha estaba, serio y nervioso, Emilio Azcárraga Jean que acababa de ser designado presidente del Grupo Televisa. A un costado de ellos se sentaron Zabludovsky y José Antonio Cañedo White, heredero de una de las familias que por décadas habían acompañado a los Azcárraga en la operación de Televisa y que fue nombrado presidente del Consejo de Administración.

   Azcárraga Milmo había cumplido 66 años y durante casi un cuarto de siglo fue el hombre más influyente en los medios de comunicación mexicanos. En su despedida electrónica apelaba al público de Televisa: “la programación va a ser siempre (para) las clases populares, así, quiero pedirles que nos vean, que nos apoyen y no se sentirán defraudados sino orgullosos de lo que hacemos”. Pero también advertía: “Y claro, no podemos evitar a los que tenemos mucho dinero, pero no nos interesa mucho” (Ovaciones, 4 de marzo de 1997).

   Aquellas palabras contrastaban con la tristemente célebre declaración de El Tigre el 10 de febrero de 2003 cuando, de buen humor y después de entregar reconocimientos a los protagonistas de la telenovela “Los ricos también lloran”, se acercó a conversar con varios periodistas, actitud que contrastaba con su habitual desdén a quienes no formaban parte de su círculo inmediato. Entonces dijo: “Aquí se juega mucho con la palabra poder, política… El poder y la política están fuera de nuestra compañía. Estamos en el negocio del entretenimiento, de la información, y podemos educar, pero fundamentalmente entretener”.

   La concepción que el dueño de Televisa tenía de la diversión que procuraba para su público quedó transparentemente definida de esta manera: “México es un país de una clase modesta muy jodida… que no va a salir de jodida. Para la televisión es una obligación llevar diversión a esa gente y sacarla de su triste realidad y de su futuro difícil” (Alejandro Salazar Hernández, “Conversación con Emilio Azcárraga”. El Nacional, 11 de febrero de 1993).

   Aquella declaración fue tomada como muestra del desprecio que Azcárraga Milmo tenía por la sociedad mexicana. Incluso, de cuando en cuando ha sido tergiversada. El entonces dueño del consorcio mediático nunca dijo que hiciera televisión para “los jodidos”. Lo que hizo fue describir, en su ramplón vocabulario, la condición de la mayoría de los mexicanos y considerar que los pobres están condenados a seguirlo siendo siempre.

   La estrecha cuan mecánica visión de Azcárraga Milmo lo llevaba a justificar, para sí mismo, el papel de Televisa. En un país repleto de pobres irremediablemente pobres, creía, la televisión tiene la tarea de entretenerlos.

 

Desdenes y traiciones

   Quizá Azcárraga nunca quiso descalificar a los jodidos, como él les llamaba, sobre todo porque reconocía que sus negocios estaban dirigidos a ellos. Aquella “clase fabulosa y digna”, como también denominó a quienes constituían la audiencia fundamental de sus canales de televisión, tendría oportunidad de mirar cuatro años después la despedida de El Tigre.

   Aquel 3 de marzo, lejos de los estudios al sur de la ciudad de México en donde se grababan las telenovelas para los irremediablemente pobres, protagonista ahora de su propio drama, el habitualmente despótico Azcárraga Milmo dejaba en manos de su hijo el imperio mediático que había contribuido a expandir desde que murió su padre, a fines de 1972.

  Esa decisión no de debía sólo a sus limitaciones personales. La noticia de la hospitalización de El Tigre en California había golpeado a las acciones de Televisa en la Bolsa de Valores y uno de los copropietarios de consorcio, el senador Miguel Alemán Velasco, había tenido que asegurar que Azcárraga Milmo no era imprescindible.

   Quizá Azcárraga Milmo entendió la necesidad de modificar el funcionamiento descomunalmente vertical que había consolidado dentro de Televisa. Era fama pública que aún las más nimias decisiones dentro del consorcio pasaban por su oficina. Ese estilo de mando resultaba ineficaz en una corporación con las ramificaciones y alianzas que Televisa había construido en todo el mundo. La tensión entre mando unipersonal y redes corporativas, que se presenta en todo grupo empresarial cuando se expande, Azcárraga Milmo no la había podido resolver a causa de su tendencia a controlarlo directamente todo. Posiblemente por ello, al mismo tiempo que puso a su hijo al frente de la operación ejecutiva del consorcio estableció un contrapeso al designar a Guillermo Cañedo White como presidente del Consejo.

   Guillermo Cañedo de la Bárcena había sido uno de los amigos más cercanos de Azcárraga Milmo. Entre otras áreas, se ocupó del desarrollo de las empresas de Televisa relacionadas con el futbol y de la presencia internacional del consorcio. Fue presidente de la Organización Iberoamericana de Televisión, OTI, y vicepresidente de la Federación Internacional de Futbol, FIFA. Había muerto el 20 de enero de 1997, después de una enfermedad. A la sazón su hijo, Guillermo Cañedo White, era presidente del Club América y se ocupaba de las finanzas internacionales del Grupo Televisa. Su hermano José Antonio estaba a cargo de Televicentro, la empresa controladora de las acciones de Televisa.

      A la muerte de Cañedo, El Tigre dispuso que el Estadio Azteca llevara el nombre de ese amigo suyo aunque pocos años después todo el mundo, incluso los comentaristas deportivos de esa empresa, volvieron a identificar a ese recinto con su denominación original. El hecho de que Cañedo de la Bárcena y Azcárraga Milmo hubieran sido tan cercanos amigos no garantizaría que con sus hijos sucediera lo mismo. Y antes de que las tensiones entre las concepciones empresariales de uno y otro entraran en contradicción, el gobierno intervino dentro de Televisa a favor de Emilio Azcárraga Jean.

 

1997: aval del gobierno

   Unas horas después de aquella designación corporativa a través del noticiero de Jacobo Zabludovsky, los accionistas de Televisa formalizaron los acuerdos anunciados por Emilio Azcárraga Milmo en una sesión formal del Consejo de Administración. Y luego, lo primero que hicieron fue ir a Los Pinos con el presidente Ernesto Zedillo.

   Hay varias versiones acerca de aquella entrevista, en donde en representación de Televisa participaron Emilio Azcárraga Jean, Guillermo y José Antonio Cañedo White, y Miguel Alemán Velasco –todos ellos propietarios de acciones en Televisa–. Una de las más completas fue difundida por los periodistas estadounidenses Julia Preston y Samuel Dillon en su libro Opening Mexico. The making of a Democracy (Farrar, Status and Giroux, New York, 2004). “Los cuatro informaron a Zedillo –relatan– que habían acordado actuar, en el futuro, como un colectivo en su relación con el gobierno. Pero el presidente no estuvo de acuerdo. Volteó hacia el joven Azcárraga: ‘Emilio, tu padre me pidió que te ayudara y que mirase por ti’, le dijo. ‘Entre el gobierno y la familia Azcárraga siempre ha existido un pacto, comenzando por tu abuelo, luego con tu padre. Ahora tú tienes esa responsabilidad… Pero la situación está cambiando, y necesitamos ajustarnos a la nueva realidad”.

   De acuerdo con ese texto, el presidente Zedillo les dijo a los entonces accionistas de Televisa que él solamente trataría con una persona de esa empresa y que nadie en esa habitación debiera tener dudas acerca de a quién se refería.

 

“Como los viejos políticos”

   El presidente Zedillo había resuelto que su única interlocución con Televisa sería a través de Azcárraga Jean. Pero también decidió que el hijo de El Tigre tuviera todo el control de ese consorcio.

   A la muerte de Azcárraga Milmo, la propiedad de Grupo Televisa se distribuía en 4 familias. Emilio Azcárraga Jean controlaba el 62% de las acciones, incluyendo las que pertenecían a su hermana Laura y otros miembros de su familia. Alejandro Burillo, primo de Emilio Azcárraga, tenía el 14%. La familia Alemán, representada por Miguel Alemán Velasco, alcanzaba otro 14%. Los Cañedo White tenían el 10%. Esa composición reflejaba los acuerdos familiares y las alianzas que había tejido El Tigre, pero también le daba entrada en la administración de Televisa a posiciones que podrían no coincidir con la política mantenida durante al menos dos décadas por aquel empresario.

   El presidente Zedillo se sentía más cómodo tratando con Azcárraga Jean, que apenas tenía 29 años, y no con otros propietarios del consorcio. Aparentemente también consideró que a la estabilidad del sistema político le convenía más una empresa televisiva sólida y no afectada por tensiones internas. Como quiera que fuese distintos testimonios confirman que en el transcurso de aquel 1997 (por cierto, en vísperas de las elecciones intermedias que habría en julio) Zedillo se erigió en mandamás de las decisiones en Televisa.

   El periodista Roberto Zamarripa escribió años más tarde que, en esa reunión del 4 de marzo de 1997, José Antonio Cañedo White manifestó que al Grupo Televisa le interesaba renovar “el pacto histórico entre la empresa y el Estado mexicano”. Zedillo lo corrigió de inmediato cuando dijo que el pacto había sido entre el Estado “y la familia Azcárraga” y manifestó su sorpresa por la presencia de los Cañedo en esa reunión (Reforma, 21 de mayo de 2001). Fue entonces cuando le anunció a Azcárraga Jean que la relación entre Televisa y el gobierno la resolverían ellos dos y nadie más. Zedillo explicó que unas semanas antes, en febrero, Azcárraga Milmo le había pedido que en el futuro protegiera a su hijo Emilio.

   De acuerdo con esa versión, antes de que se fueran el presidente Zedillo les pidió a los accionistas de Televisa que visitaran esa tarde a Emilio Chuayffet, secretario de Gobernación. Así lo hicieron y en esa entrevista, en Bucareli, Chuayffet les comunicó a los hermanos Cañedo que deberían retirarse de Televisa, “como los viejos políticos”.

 

Recomposición financiera

   Así lo hicieron. Emilio Azcárraga Milmo murió el 16 de abril de 1997. Tres meses más tarde Guillermo Cañedo White renunció al Consejo de Administración y le vendió a Azcárraga Jean las acciones de Televisa que tenían él y su familia. Las tensiones entre las familias propietarias de Televisa eran tan intensas que no escapaban al escrutinio público. Azcárraga Jean intentaba organizar a su propio equipo que con frecuencia entraba en contradicción con Alejandro Burillo. El diario británico Financial Times llegó a comentar: “La batalla por el control en Televisa parece una telenovela”.

   Lo era, y aun había episodios por conocerse. En octubre de 1998 Azcárraga transfiere un 21% de sus acciones a sus primos de la familia Díez Barroso, hijos de Laura Azcárraga, hermana de El Tigre, con quienes Televisa tenía una deuda de 300 millones de dólares. El adeudo queda saldado y la mayoría de las acciones permanece en manos de Azcárraga Jean. El 6 de abril de 1999 la familia Alemán le vende a Azcárraga Jean el 14% de acciones que tenía de Televicentro, la empresa controladora de Televisa y Miguel Alemán Magnani –hijo de Miguel Alemán Velasco, que para entonces ya era gobernador de Veracruz– deja el cargo ejecutivo que tenía en el consorcio.

   Azcárraga Jean prosigue el reordenamiento de las acciones de Televisa y el 6 de mayo de 1999 el magnate Carlos Slim compra el 24% de Televicentro en una operación con valor de 350 millones de dólares. Emilio Azcárraga se queda con el 51% de la empresa y sigue presidiendo el Consejo de Administración; las acciones de Alejandro Burillo aumentan del 14% al 25% y la financiera Inbursa, propiedad de la familia Slim, se queda con el restante 24%, incluyendo las acciones que tenía la familia Díez Barroso.

   A punto de terminar su sexenio, Zedillo había cumplido con creces la promesa que le hizo a El Tigre para velar por el futuro de Emilio Azcárraga Jean. Televisa había reorganizado sus finanzas, buena parte de la deuda que tenía fue amortizada de diversas maneras, el control real y accionario del consorcio estaba en manos de Azcárraga Jean y, sobre todo, el gobierno había decidido mantener esa vieja relación.

   El 18 de octubre de 1999 Alejandro Burillo renuncia a la Vicepresidencia de Asuntos Internacionales, que era la posición que tenía dentro del corporativo Televisa. Nueve meses más tarde Burillo  vendió la mayor parte de su paquete accionario a un grupo encabezado por María Asunción Aramburuzabala, copropietaria de la Cervecería Modelo. El resto de las acciones las compraron Azcárraga Jean y la operadora financiera de Carlos Slim.

   Paulatinamente, por otro lado, buena parte de las acciones de Televisa había ingresado al mercado de valores de tal manera que el peso de los paquetes accionarios de los inversionistas más importantes se fue diluyendo, aunque el control del consorcio siguió en manos de Azcárraga Jean. Entre 2005 y 2006 los empresarios Roberto Hernández y Alfredo Harp, ex propietarios de Banamex, compraron parte de las acciones de Aramburuzabala y Slim. Por otro lado, el empresario e innovador informático estadounidense Bill Gates compró paquetes accionarios que en 2007 ascendían a poco más del 5% del capital de Televisa.

 

Estancamiento político

   Al terminar su gobierno, el presidente Ernesto Zedillo había contribuido de varias formas a consolidar la hegemonía de Emilio Azcárraga Jean en Televisa. Por motivos que nunca ha explicado, ese ahora ex mandatario mexicano prefirió salvaguardar el viejo modelo de relaciones de conveniencia entre el poder político y Televisa antes que acceder a la diversificación en el panorama de la televisión mexicana.

   El apego de Zedillo a Azcárraga Jean desde luego no se debía a la petición que supuestamente le formuló Azcárraga Milmo para que amparase a su hijo. Zedillo consideró que apuntalar política y materialmente a Azcárraga Jean era vital para los intereses del Estado mexicano, al menos tal y como él los entendía.

   Hay una extensa historia que no ha sido escrita acerca de los soportes políticos e incluso las gestiones financieras que el gobierno del presidente Zedillo impulsó, primero para dejarle al heredero de “El Tigre” el campo libre dentro de esa empresa –propiciando o forzando el desplazamiento de sus competidores dentro de la misma Televisa– y luego para permitirle saldar la deuda y recibir capital fresco.  

   Sin el respaldo de Zedillo, hubiera sido altamente posible que Azcárraga Jean no se mantuviera al frente de Televisa. Esa es una de las muchas circunstancias que se le olvidan al hijo de El Tigre cuando asegura que su empresa no les debe favores a los políticos mexicanos.