Los medios ante el conflicto en Oaxaxa

Marzo 3, 2007

Oaxaca, el conflicto sigue vivo
Continúa la resistencia de los rebeldes

Noé Torres Briseño, Univision Online

23 de Febrero de 2007 

CIUDAD DE MÉXICO – A tres meses de que supuestamente culminara uno de los más graves conflictos sociales del país, Oaxaca aún no resuelve sus problemas y tanto rebeldes como autoridades locales y federales siguen enfrentados en una lucha que generó pérdidas económicas por más de $370 millones y dejó 15 muertos.

Ulises, el villano favorito

Días después del repliegue de los simpatizantes de la APPO del centro histórico de Oaxaca, en noviembre pasado, sondeos de opinión dejaron ver que entre los distintos actores implicados en el conflicto, los oaxaqueños percibían una mayor responsabilidad de que no se encontrara una solución, en la figura del gobernador local Ulises Ruiz.

Con buen trecho de distancia, los oaxaqueños también atribuían la nula solución al conflicto a las malas actuaciones de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO, la organización rebelde que protagonizó el levantamiento en la entidad) y del ex presidente mexicano Vicente Fox.

“Enorme discriminación”

Pero para Jesús López Rodríguez, vocero de la APPO, los resultados emitidos por las casas encuestadoras no tienen validez alguna, en tanto son un mero reflejo “de la enorme discriminación a los movimientos sociales de México” por parte de quienes habitan en las esferas del poder.

En entrevista con Univision Online explicó que como parte de una estrategia de desprestigio, líderes políticos y empresariales han realizado una serie de recomendaciones al gobierno de Ulises Ruiz para destruir su movimiento revolucionario.

Entre ellas, aseguró, “aconsejaron a las autoridades del estado derribar a las principales cabezas de la APPO” con la intención de apagar todo el movimiento, además dijo que exhortaron a Ulises Ruiz a emprender una campaña de imagen pública para erigirse como una víctima de la violencia provenida de los rebeldes.

Apoyo incondicional

Desde el principio del movimiento, manifestó el portavoz de la APPO, hemos sido víctimas de una campaña mediática nacional que intenta denigrarnos y hacernos ver como unos rufianes, pero no es así, tanto que durante todo este tiempo hemos recibido el apoyo incondicional de distintos sectores de la población.

“Esto lo evidenciamos en la pasada ‘megamarcha’ del 3 de febrero en el centro histórico de Oaxaca”, donde de acuerdo con reporteros de los diferentes medios de comunicación que estuvieron presentes, los rebeldes convocaron a unos 20 mil simpatizantes.

La apreciación de la gente

No obstante, el doctor Raúl Trejo Delarbre, uno de los especialistas en medios de comunicación más reconocidos de México, proporcionó una serie de afirmaciones contrarias a las aseveraciones hechas por Jesús López Rodríguez, miembro de la APPO.

Explicó que las encuestas sobre Oaxaca, al igual que el resto de los sondeos que se hacen en el país, ofrecen datos fidedignos y debemos tomarlos en cuenta como lo que son, “apreciaciones de lo que opina un segmento de la sociedad en un momento específico”.

No hay certeza de que estén amañados por sus realizadores, ni mucho menos son oráculos, ni instrumentos para predecir el futuro, si se realizan con rigor metodológico son una suerte de fotografía que retrata lo que percibe la población en un momento y lugar específicos.

PFP, Gobernación y la APPO

En ese sentido, los mencionados sondeos revelaron que entre las diversas instituciones y personas que se vieron implicadas en el conflicto, los que generaron una mayor aprobación por la manera como se condujeron fueron la Policia Federal Preventiva y los empresarios de Oaxaca, cuya economía disminuyó en un 90 por ciento.

Le siguen los medios de comunicación, el entonces secretario de Gobernación, Carlos Abascal y los congresistas del país. En contraste quienes se pensaba actuaron de manera menos correcta son los dirigentes de la APPO, así como el PRI y el PRD (las principales fuerzas políticas en el estado).

Una cobertura equilibrada

Tomando en cuenta esos resultados, el doctor Trejo Delarbre reconoció el trabajo periodístico de los medios nacionales e internacionales durante los meses que lleva el movimiento político social.

“Aparentemente fue equilibrado, considerando que dejaron escuchar las distintas voces tanto de los hombres del poder político y los empresarios, así como de la población oaxaqueña y los dirigentes y bases de la APPO“, explicó.

Sin embargo, dijo, al final las comparecencias de los rebeldes en los medios fueron más bien desafortunadas, conformadas por declaraciones fundamentalistas y soberbias que declinaron en cierto rechazo de la población en el país.

Tranquilidad y sosiego

Reconoció además la prontitud con la que el movimiento dejó de ser noticia en los medios de comunicación, dando paso a emisiones publicitarias de las riquezas turísticas de la región, el motor de la economía local, que en los pasados meses regristró pérdidas por unos 60 millones de dólares.

“Las oficinas de los diarios operan bajo las premisas de la espectacularidad y lo novedoso, la revuelta social de Oaxaca se fue desgastando conforme pasaron los días, lo cual derivó en hartazgo por parte de los medios y de las audiencias que produjo la búsqueda de nuevos temas de noticia”, indicó.

A medida que los miembros del movimiento desocuparon el Centro Histórico de la capital de Oaxaca, reapareció entre la gente una sensación de tranquilidad entre las audiencias que, aunado a la decreciente cobertura de los medios de comunicación, resultó en un sentimiento de que todo volvía a la normalidad.

Excesos policiacos

No obstante, Jesús González, ex miembro del Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez, uno de los organismos que han seguido el problema social desde sus inicios, criticó el reconocimiento popular respecto a la labor de la Policía Federal Preventiva en Oaxaca.

“Ciertamente hay una percepción de que la PFP cumplió con su deber al haber ingresado a la entidad para contener el movimiento, sin embargo diferentes organizaciones de derechos humanos denunciaron las distintas violaciones a las garantías individuales de muchos de los detenidos”, indicó.

“Documentaron los excesos de la fuerza pública, la desaparición de decenas de personas, la existencia de grupos parapoliciacos que operaron bajo el auspicio del gobierno local, entre otras muchas irregularidades”, explicó el ahora defensor de derechos humanos independiente.

Socialmente, argumentó, el apoyo de la gente a la PFP se debió más a la necesidad de paz y estabilidad en la región que a una presunta desaprobación a las causas de la APPO.

La salida de Ruiz

Finalmente, los sondeos dejan ver que el movimiento culminaría definitivamente hasta que Ulises Ruiz abandone el poder político de Oaxaca.

Ante la hipotética situación de que hubiera una consulta pública para someter a consideración popular la permanencia de Ulises Ruiz en el gobierno, los estudios revelan que la mayoría de la población se inclinaría porque no terminará su mandato, mientras que sólo unos cuantos oaxaqueños lo refrendarían en el gobierno del estado”.

Pero para Jesús González, estudioso del problema oaxaqueño, la salida de Ruiz sería el detonante para logar reformar estructures de fondo, más no el objetivo final del movimiento, pues el problema no comenzó con su llegada al gobierno, sino fue su mandato el que agudizó las tensiones en la entidad.

“Su relevo en el poder, propiciaría un ambiente de entendimiento entre las diferentes partes y favorecería transformaciones políticas y sociales, que derivarían en el mejoramiento al acceso a la salud, la educación y la disminución de la pobreza.”

Nueves meses de caos

En mayo de 2006, unos 70 mil profesores agrupados en la Sección 22 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación comenzaron una serie de bloqueos y marchas en demanda de un aumento salarial para su gremio, pero fueron desalojados violentamente por la policía local presuntamente instigada por el gobernador Ulises Ruiz.

Al movimiento social se unieron otras agrupaciones opositoras al gobernador degenerando en la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca que exigía la caída de Ruiz. Los rebeldes tomaron el centro histórico y las instalaciones de la universidad pública de la ciudad. El asunto llegó hasta el Congreso mexicano y el gobierno federal.

Fue así que el entonces presidente Vicente Fox ordenó la entrada de la Policía Federal Preventiva provocando una violenta crisis que dejó más de 15 muertos y 140 detenidos, entre ellos los principales dirigentes del movimiento.


Convergencia, concentración, disparidades y desconexiones / Una agenda para los medios

Enero 23, 2007

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   A los medios de comunicación ya no se les identifica como recurso, ni como industria, sino como problema nacional. Ese es el saldo de la ausencia de contrapesos ante la centralidad política y social que las empresas mediáticas más influyentes han adquirido en la vida pública mexicana. En parte debido a las pobrezas  y limitaciones de otros espacios –partidos, Congreso, universidades, etcétera— pero fundamentalmente a causa de la voracidad no sólo financiera sino ahora también cultural que han manifestado, los consorcios comunicacionales hace tiempo dejaron de ser medios para convertirse en los protagonistas más exigentes de la sociedad y la política en este país. A la formidable capacidad de propagación de mensajes que han alcanzado, se añade el silencio o el sometimiento de otros actores sociales y políticos. Los medios, como tanto se ha dicho desde hace años, se han erigido en jueces de la vida pública nacional pero no toleran cuestionamientos –salvo cuando son tan marginales que pasan desapercibidos por la mayoría de los ciudadanos–.    Ningún personaje, institución ni fuerza política significativos está al margen del tribunal mediático. En todas las democracias los medios cumplen con un saludable papel de escrutinio, cotejo e incluso denuncia de los asuntos y personajes públicos. Pero cuando alcanzan un poder superior al de otros actores sociales –aunque sea debido a las omisiones y sumisiones de quienes podrían contrastar posiciones y ambiciones de las empresas de comunicación— y cuando rechazan ser sujetos de un escrutinio similar, los medios son, antes que nada, un problema para la democracia y la convivencia sociales.

 Después de la Ley Televisa  

La Ley Televisa, discutida y aprobada durante los primeros meses de 2006, ratificó la prepotencia del consorcio comunicacional más importante y la subordinación de los poderes institucionales a ese poder mediático. La sola decisión de promover una reforma que no tenía más propósito que el beneficio de una empresa privada, permite apreciar la concepción que Televisa tiene acerca del proceso jurídico y de la legalidad en el país. Cuando decidió que la legislación que imperó durante casi cinco décadas no le ofrecía condiciones de expansión suficientes para sus negocios, ese consorcio encargó la elaboración de un proyecto de acuerdo a sus intereses.    El hecho de que una empresa busque modificar la legalidad para ajustarla a sus proyectos de negocios no resulta inusitado. Lo verdaderamente escandaloso fue la docilidad de los legisladores –los diputados por unanimidad y después los senadores en una proporción de 2 a 1— para respaldar, sin modificar un ápice, la iniciativa que enviaron los personeros de Televisa.    El debate que se desarrolló entre la aprobación en una y otra cámaras así como el diferendo legal que se mantuvo por varios meses –cuando varias docenas de senadores exigieron a la Suprema Corte la revocación de aquellas reformas a las leyes federales de Radio y Televisión y de Telecomunicaciones– indicó, sin embargo, que el consenso social y político de Televisa se encuentra cada vez más maltratado. Junto al incremento en el desprestigio de esa empresa pudo advertirse una deliberación más puntual acerca de aspectos específicos de la operación y la presencia pública de los medios [1].  

Arbitrariedad y discrecionalidad  

Las características y los canales tradicionales de los medios de comunicación de masas se están renovando con tanta rapidez y contundencia técnicas que no siempre son advertidas dentro de esa discusión. El interés de Televisa para asegurar un desarrollo de la convergencia digital sin regulaciones estatales suficientes pretende no sólo una más expedita acumulación financiera sino, junto con ello, el establecimiento de un modelo tecnológico dominado por esa y otras corporaciones.    En todo el mundo el Estado y las corporaciones mediáticas se encuentran en litigio por la regulación de las comunicaciones. Los países con democracias consolidadas han reconocido que dejar el desarrollo de los medios y las telecomunicaciones al garete del mercado implicaría que las instituciones políticas renunciaran a responsabilidades fundamentales y dejaría a los ciudadanos en condiciones de singular inermidad frente a las corporaciones mediáticas. Un documento difundido recientemente por la UNESCO identifica algunos de los motivos para que el Estado asuma la regulación de los medios: “¿Por qué se debe regular la radiodifusión? En parte porque los medios de radiodifusión pueden afectar la manera de pensar y el comportamiento de la gente de una forma muy marcada, tanto para bien como para mal. Poner riendas a su poder para que esté al servicio del proceso democrático es uno de los propósitos claves de la regulación para la radiodifusión” [2].    El mismo documento recuerda que la regulación de los medios es necesaria para promover la cultura, defender el interés nacional, establecer normas para la publicidad y tutelar a las audiencias más desprotegidas entre otros motivos. Y más adelante precisa: “la radiodifusión utiliza el espectro y éste es un recurso público, que se asigna a los países de acuerdo con complejos acuerdos internacionales. Así, es un recurso escaso: solamente hay una cantidad limitada de espectro disponible para la radiodifusión en cada país. Y en consecuencia, como es un recurso escaso, es valioso. Incluso pensando que la radiodifusión digital está incrementando la cantidad de canales de radio y televisión que están disponibles, aún así no hay un suministro ilimitado. En consecuencia es razonable que el Estado, como propietario del espectro, establezca obligaciones para los radiodifusores que utilizan ese recurso” [3].   Las formas de regulación en este campo son muy variadas pero en la gran mayoría de los casos, tanto en Europa como en Norteamérica, existen autoridades con capacidades para otorgar y denegar licencias de radiodifusión y telefonía, imponer sanciones cuando se infringen los lineamientos básicos y favorecer la emisión de contenidos así como propiciar coberturas que tomen en cuenta a los grupos más desfavorecidos en cada sociedad.   Nada de eso está garantizado en México. La Ley Televisa reformó unos cuantos de los centenares de artículos que contienen las leyes federales de Radio y Televisión y de Telecomunicaciones. Pero uno de los cambios más importantes que implicó fue la asignación a la Comisión Federal de Telecomunicaciones –que ya existía aunque los mecanismos para su integración se modificaron parcialmente– de facultades para proponer al gobierno la asignación de nuevas concesiones de radio y televisión.   Esa Comisión se encuentra supeditada al gobierno federal y sus tareas principales consisten, simplemente, en hacer propuestas para las decisiones que en ese terreno seguirán tomando el Presidente de la República y el secretario de Comunicaciones y Transportes. Además de establecer que el criterio esencial para la asignación de nuevas concesiones de radiodifusión será de carácter mercantil –lo cual contraviene el sentido social que tendría que prevalecer en la radiodifusión– esas modificaciones legales les permiten a las televisoras y radiodifusoras que ya tengan concesiones la explotación irrestricta de tales frecuencias. En muchos otros países el empleo de las frecuencias para además de señales de radiodifusión difundir servicios de telecomunicaciones –telefonía celular o conexiones a Internet por ejemplo– implica el desembolso de altas sumas de dinero. En México las empresas de radiodifusión podrán ahorrarse esas contribuciones gracias a la reforma que supedita esos pagos a la decisión que en cada caso tomen las autoridades administrativas [4].   La Ley Televisa fue presentada como remedio a la vieja discrecionalidad que dejaba el otorgamiento de concesiones en manos de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes. Esa facultad no cambió. Peor aún, la posibilidad de que la autoridad administrativa (en este caso la propia SCT y además la Cofetel) puedan congraciarse con los consorcios de la comunicación privada es todavía mayor. No hace falta demasiada imaginación para suponer el tráfico de intereses que habrá cuando el pago por la utilización de las frecuencias de radiodifusión para difundir en ellas otros servicios esté sujeto a decisiones facultativas del gobierno. 

 Legislación estancada  

Es pertinente enfatizar en las implicaciones de la Ley Televisa porque es la única reforma a la legislación sobre los medios que se ha puesto en práctica en las últimas décadas. Y se trata, como mucho se ha insistido, de una reforma regresiva. Las exigencias que durante varias décadas presentaron distintos grupos gremiales y sociales para que las leyes destinadas a los medios reconocieran derechos básicos de los mexicanos y promovieran la diversidad de contenidos y opciones siguen siendo desatendidas por el mundo político. Peor aún, en la aprobación de la Ley Televisa se constató la reducción de la llamada clase política a los dictados de ese consorcio comunicacional.    Las implicaciones que esa subordinación tiene para la solidez del   Estado son de la mayor gravedad. En México nunca ha existido una relación equitativa entre medios de comunicación, sociedad y poder político. Durante largo tiempo el trato entre unos y otro fue de sometimiento de las empresas comunicacionales al interés del gobierno. Y súbitamente, en el transcurso de la administración del presidente Vicente Fox, esa relación se invirtió de tal manera que el gobierno, al menos en varias de sus decisiones y actitudes principales en este campo, se ha disciplinado al interés de las empresas de comunicación. Dicho cambio perjudica a la sociedad mexicana y hace del problema de los medios el escollo más importante para la consolidación de la democracia en este país.    La legislación que se mantiene para los medios sigue siendo notablemente atrasada. En vez de contar con una normatividad congruente y clara para los servicios de telecomunicaciones y la radiodifusión, se conservan dos ordenamientos que en algunos de sus apartados llegan a ser contradictorios a pesar de las modificaciones que implicó la Ley Televisa. Las empresas que ofrecen servicios de telefonía, por ejemplo, están obligadas a pagar muy altas cantidades de dinero por ese privilegio. Pero, en cambio, cuando una televisora quiera emplear con el mismo propósito una parte de la frecuencia que usufructúa podrá quedar exenta o pagar una cuota solamente simbólica.    En otros aspectos la Ley Federal de Radio y Televisión conserva rezagos que padecía desde que fue aprobada en 1960 y muchos otros debido al desarrollo tecnológico de los medios y al de carácter político que ha experimentado el país. Mantener la asignación de concesiones en manos del gobierno significa un estancamiento similar al que habría si, en el plano de la competencia política, las elecciones federales las siguiera organizando la Secretaría de Gobernación.   Peores aún son las implicaciones de la Ley de Imprenta que a comienzos de 2007 cumplirá 90 años. Hay quienes, incluso en la prensa de nuestro país, creen que esa obsoleta ley, que está imbuida de una concepción literalmente decimonónica del comportamiento de la prensa (en su calificación de las faltas a la moral, a la vida privada o al orden público) ya no se aplica. Pero la Ley de Imprenta de Venustiano Carranza es vigente y, de cuando en cuando, ha sido motivo de sentencias de cárcel o de litigios penales contra algunos periodistas y ciudadanos de otras profesiones.    En México siguen vigentes las penas corporales para sancionar delitos de información y opinión. A comienzos de 2006 el Congreso aprobó algunas reformas a los códigos civil y penal de carácter federal con el propósito de eliminar las sanciones de cárcel para los periodistas. Sin embargo a los legisladores se les olvidó que esas condenas se mantienen en la Ley de Imprenta.   En varias ocasiones, en el transcurso de los años recientes, el Congreso y la sociedad han dejado pasar la oportunidad de emprender una reforma integral para el régimen legal de los medios de comunicación. En todas ellas las empresas mediáticas, que preferían el mantenimiento del viejo régimen jurídico, se impusieron a los legisladores y grupos ciudadanos que proponían cambios a esos antiguos ordenamientos. A fines de 2005 Televisa promovió las reformas que hemos mencionado y que fueron aprobadas pocos meses más tarde.  

TV digital: más para unos cuantos  

El rezago en la legislación mexicana para los medios se acentúa conforme avanzan el desarrollo tecnológico y social. La incorporación de las nuevas tecnologías que gracias a la digitalización de los contenidos y a su imbricación con las telecomunicaciones hacen más veloz, versátil, extensa y barata la propagación de mensajes de toda índole, en México ha ocurrido de manera irregular, desconcertada y supeditada única o fundamentalmente a la lógica de las grandes empresas mediáticas.    Las reglas para la televisión digital, que significa emisiones de mucha mayor calidad pero también la ampliación hasta en cuatro o cinco veces de los canales disponibles para ese medio en el espectro radioeléctrico, fueron establecidas de manera casuística y arbitraria, en 2004, por la Secretaría de Comunicaciones y Transportes [5]. El criterio para el aprovechamiento de ese nuevo recurso fue muy simple: el gobierno acordó que a las empresas de televisión, por cada frecuencia que ya tuvieran, se les asignara otra más para que en ese espacio adicional difundieran televisión de formato digital mientras que en el que ya utilizaban deberán seguir transmitiendo señales de carácter análogo. Ese mecanismo para asignar las frecuencias digitales supone –o implica– que las únicas empresas interesadas en difundir televisión digital son aquellas que ya transmiten de manera analógica. Es decir, deja fuera a cualquier otro aspirante a incursionar en esa nueva modalidad de televisión.    Así es como se han asignado las frecuencias de TV digital en Estados Unidos pero allá no existe la concentración de muchas estaciones en pocas empresas que padecemos en México.  Es decir, para diseñar el futuro inmediato y a mediano plazo de la televisión el gobierno mexicano copió un modelo utilizado en una realidad mediática muy distinta de la que hay en nuestro país. En Estados Unidos está prohibida la concentración de medios tal y como la hemos conocido en México. Las cadenas nacionales de televisión son cinco (y no dos como este país) y cada una de ellas afilia a centenares de estaciones que son propiedad de numerosos concesionarios locales. Aquí, en cambio, la enorme mayoría de las repetidoras y filiales de las dos cadenas de la televisión nacional son propiedad de Televisa o Azteca.   El gobierno mexicano pudo haber utilizado otros criterios para asignar las concesiones de televisión digital. En la Gran Bretaña por ejemplo, a las empresas que ya tenían frecuencias para TV analógica se les entregó solamente una parte de los nuevos espacios; el resto se distribuyó entre empresas que hasta ahora no habían tenido oportunidad de incursionar en ese medio. Esquemas similares se han puesto en práctica en otras naciones europeas y se han discutido, a lo largo de 2006, en varias naciones de América Latina [6].   Las reglas para la televisión digital en México imponen la permanencia de un mercado cerrado y excluyente. Las empresas que ya difunden televisión serán aquellas que incursionen, al menos en una primera etapa, en el desarrollo de ese medio. Además se trata de un modelo de digitalización que privilegia la propagación de los contenidos que ya existen en la televisión mexicana, pero transmitidos ahora con una imagen de mejor definición y no la diversidad y ampliación de opciones. En el espacio en donde hoy en día se difunde una señal de carácter analógico (por ejemplo las frecuencias de los canales 2, 4, 5, 7, 9, 11, 13, 22 y 40 en la ciudad de México) la digitalización permitirá dos opciones. La primera de ellas es la transmisión de una señal de alta definición como la que se ve en los televisores de ese tipo que recientemente comenzaron a comercializarse en nuestro país. Pero en ese mismo espacio o ancho de banda se pueden difundir varios canales (tres, cuatro o quizá cinco, de acuerdo con la potencia o el alcance que tengan) que, siendo digitales, no tendrían una imagen de alta definición.    Las decisiones que el gobierno mexicano adoptó en 2004 y que han sido ratificadas a cada paso en el plan de digitalización de las señales de televisión implican que en ese medio haya, simplemente, más de lo mismo. En vez de elegir un sistema de televisión que permita difundir por lo menos el triple de los canales de los que se dispone ahora aunque no todos ellos sean de alta definición, las autoridades mexicanas optaron por el modelo que antepone la comercialización de las mismas señales y contenidos que de tan triste manera han distinguido a la televisión mexicana. 

Las redes de Televisa  

Nos hemos detenido en el caso de la televisión digital porque muestra de forma clara los criterios que han prevalecido en la  definición de las políticas públicas –o, en ausencia de ellas, en las políticas establecidas por el gobierno– para los medios de comunicación en el país. Esos criterios no han contemplado la promoción de nuevos competidores en el campo de los medios electrónicos, no estimulan la innovación ni la creatividad en el diseño de contenidos, suponen que la sociedad se encuentra fundamentalmente complacida con la comunicación que ahora recibe y entienden a los medios como negocio que la estruja y casi nunca como servicio a esa misma sociedad.   La convergencia tecnológica, que en otras latitudes está ofreciendo mayores y mejores capacidades para difundir mensajes en mayor cantidad y en ocasiones también calidad, en México ha sido solamente motivo para incrementar la presencia social y el negocio de las corporaciones que ya acaparaban la comunicación tradicional, de carácter analógico. Además del campo de la televisión, las políticas gubernamentales han seguido el mismo rumbo en otras áreas del entramado comunicacional.    En la radio existen varias opciones para la digitalización. Las más relevantes son la que se ha desarrollado en Estados Unidos y la que ha prevalecido en Europa. También hay tecnologías de digitalización de las frecuencias de radio que se han puesto en práctica en Brasil y Japón. México debía elegir entre tales opciones que tienen diferentes niveles de calidad en la recepción de las señales pero que, sobre todo, implican la compra de equipos de distinta índole tanto para la transmisión por parte de las radiodifusoras como para la recepción por parte del público. Aunque no es una decisión difícil y a pesar de que en vista de la cercanía y las muchas interacciones con los vecinos del Norte la opción más viable parecía ser el estándar estadounidense, la SCT difirió por varios años la decisión acerca de cuál tecnología emplear para la digitalización en la radio [7].    Las diversas modalidades de televisión de paga, por otra parte, se encuentran dominadas por una sola empresa. La televisión por cable está dispersa en docenas de pequeños proveedores que sólo pueden retransmitir las señales de la televisión abierta cuando los grandes consorcios se los permiten. En muchos otros países la incorporación a las redes de cable de las señales de TV abierta no sólo es posible sino que constituye una obligación para los proveedores de ese servicio. En México en cambio los cableros tienen que pagar por ello. En la ciudad de México y sus suburbios solamente existe una empresa de televisión de cable que es, a su vez, propiedad del consorcio Televisa.    El círculo monopólico se cierra en la televisión satelital. La única empresa que ofrece ese servicio es Sky, que en México también es propiedad de Televisa. Así que el consumidor, si quiere ver televisión, se encuentra atrapado en las redes de dicho consorcio. Tanto para contratar señal de cable como para recibirla en una antena satelital está obligado a hacerlo con una filial de Televisa. Y si solamente quiere recibir televisión abierta de transmisión terrestre encontrará que la mayoría de los canales (en México cuatro de nueve que transmiten en las bandas de VHF y UHF) son de la misma empresa. Los servicios de televisión de paga por otros sistemas, como el de transmisión en antenas de baja frecuencia que tiene la empresa MVS, han perdido mercado y ofrecen menús de programación muy limitados.   Casi el 25% de los hogares del país cuentan con televisión de paga –por cable, satélite o transmisión aérea codificada–. Eso significa que menos de una cuarta parte de los mexicanos tiene el privilegio de acceder a contenidos distintos de los que transmite la televisión convencional. Los canales estatales y/o culturales mantienen una tarea útil, e incluso abnegada, frente a las dos cadenas nacionales de la televisión abierta. Pero siguen constreñidos por los exiguos recursos financieros y técnicos de los que pueden disponer y, por lo tanto, mantienen audiencias acotadas por esas restricciones y por el insuficiente alcance de sus transmisiones. 

Las redes de Telmex  

 En el terreno de la transmisión de datos, que se encuentra crecientemente entrelazado con los medios de comunicación tradicionales, las definiciones de la autoridad también han sido más parsimoniosas de lo que requieren la realidad tecnológica y el desarrollo cultural y social. Concentrados por Teléfonos de México, los servicios de telefonía no han tenido contrapesos capaces de mejorar sus precios. La única competencia en esa área sigue siendo en las telefonías celular y de larga distancia. Pero aún allí, la escasa o nula exigencia de las autoridades y la inexistencia de organismos de consumidores de telefonía siguen significando tarifas altas y servicios que con frecuencia son de mala calidad. La ausencia de una política nacional para extender los servicios de telefonía ha reproducido, en este rubro, la desigualdad social que escinde al país. En 2005, mientras que en el Distrito Federal existían 27 líneas telefónicas por cada cien hogares, en Chiapas solamente había 4 [8].    Igual que en el caso de la televisión digital, la convergencia del teléfono con la comunicación binaria no ha sido aprovechada para desarrollar nuevos contenidos sino, exclusivamente, para propagar por nuevas vías los mismos programas y mensajes que ya conoce la sociedad mexicana. El envío de señales de televisión directamente al teléfono celular podría ser un recurso para crear opciones de comunicación distintas a las ya conocidas pero, al menos hasta el verano de 2006, esos nuevos servicios solamente han sido planteados como espejos de las empresas de televisión abierta. El Estado no se ha propuesto aprovechar esos recursos comunicacionales que podrían servir, entre otros usos, como nuevas opciones de servicio y orientación.    De manera natural aunque inconstante y desordenada –es decir, sin un proyecto estatal que hubiera podido impulsar y extender su crecimiento– Internet se ha desarrollado hasta llegar, a mediados de 2006, a quizá el 20% de la sociedad mexicana. Las cifras al respecto son tentaleantes porque en este, como en todos los campos de la comunicación, en México no disponemos de estadísticas que sean a la vez actuales, confiables y accesibles. En todo caso, no resulta demasiado aventurado considerar que uno de cada cinco mexicanos dispone de alguna forma de conexión regular a la Red de redes. El 80% que sigue sin recibir ese servicio comienza a constituir un rezago para el cual no parece haber remedio a corto ni mediano plazo.    Sin una política nacional para Internet como las que han existido en otros países –aparte de los planes europeos o estadounidense, las estrategias informáticas de Brasil o Chile se encuentran entre las más encomiables– la Red se ha extendido en México impulsada casi exclusivamente por el interés de las empresas privadas que venden conexiones y otros servicios. También en ese plano, ha ocurrido un proceso de concentración empresarial: cada vez hay menos proveedores de servicios de enlace a la Red en tanto que los pocos que existen con presencia nacional acaparan cada vez más cuentas de conexión. Teléfonos de México, a través de su filial Prodigy, ha impulsado de manera significativa el consumo de Internet gracias a la venta a crédito de computadoras que cobra junto con el servicio telefónico. A cambio de ese servicio la empresa que ya es dominante en la telefonía desempeña el mismo papel en la conexión a la Red ofreciendo un servicio caro y no siempre de calidad.   El precio de las conexiones de banda ancha a la Internet –es decir, de las conexiones por cableado o señal digital distintas a las que pasan por un módem telefónico– es en México varias veces mayor a lo que cuestan en la mayor parte de los países desarrollados. Mientras que en nuestro país el usuario de una conexión de velocidad media (512 kilobytes por segundo) tiene que pagar 105 dólares mensuales por ese servicio, en Bélgica una conexión similar cuesta 32 dólares. En Canadá, una conexión a velocidad seis veces mayor cuesta solamente 40 dólares [9]. Esa constituye apenas una de las varias facetas que asume en México la brecha digital y es pertinente recalcarla porque en Internet cada vez se desarrollan más espacios de comunicación que tienden a ser una alternativa frente a las costumbres y los contenidos de los medios convencionales.   La televisión o la radio en Internet, o la apropiación de audios y videos de cualquier índole, son parte de las nuevas formas de quehacer cultural en el mundo. Los mexicanos no han sido ajenos a ellas. Especialmente entre los jóvenes de las principales ciudades, los usos creativos de la Red comienzan a generar usos comunicacionales distintos a los ya conocidos. Pero con costos altos como los que han seguido existiendo en México la Internet de banda ancha, que es en la que se pueden tener esas formas de apropiación y creación de contenidos, será solamente para unos cuantos o crecerá con lentitud.    En México, a precios de mediados de 2006, una familia que quisiera tener Internet de banda ancha, televisión por cable y una línea telefónica debía pagar una cuenta mensual de aproximadamente 215 dólares. En Francia el mismo servicio pero de mejor calidad técnica cuesta menos de 30 dólares.

 Conectados y desconectados  

El México del 25% que tiene acceso a docenas de canales de televisión y al ilimitado universo de contenidos, información e interactividad que hay en Internet se aparta cada vez más del México del 75% que, para entretenerse y enterarse, solamente cuenta con los medios convencionales y de difusión abierta. El México del 25% puede, si quiere, mirar noticieros de otros países, navegar por sitios de la más diversa índole y consumir películas que elige en un menú con varias docenas o centenares de opciones. El México del 75% solamente dispone de los noticieros de Televisa y Azteca, o de las emisoras nacionales y locales de radiodifusión, así como del manido entretenimiento que difunden esas empresas. El primero, suele ser el México que además lee periódicos y compra revistas. El otro está poco identificado con la comunicación impresa.   Seguramente esa cuarta parte crecerá en 5 o 10 puntos porcentuales más durante los siguientes años. Pero no hay elementos que permitan anticipar un mayor incremento de los mexicanos con acceso a la información y el entretenimiento de paga. El hecho de que 30% o quizá un poco más de la población disponga de recursos financieros e infraestructura tecnológica para asomarse a realidades y contenidos más variados y versátiles que los que ofrecen los medios nacionales de propagación abierta será, desde luego, un avance. Pero las insuficiencias de ese adelanto no dejan de ser inquietantes. Por mucho que aumenten, los mexicanos con acceso a Internet y a la televisión de paga no se duplicarán en el mediano plazo y, aún así, seguirían siendo menos que aquellos cuyo consumo cultural es más limitado.    No es exagerado considerar que esa fisura en las opciones de información, entretenimiento e intercambio de experiencias tiende a solidificar la existencia de dos segmentos que mantendrán concepciones del país y del mundo diferentes. El México del acceso a las redes informáticas y a los recursos digitales será más contemporáneo de su propio tiempo, con una visión inevitablemente más global y menos ensimismada. El México de Televisa –así lo podemos llamar puesto que esa ha sido y es previsible que siga siendo su principal fuente de insumos culturales en el sentido más amplio del término– tendrá concepciones más pobres de la información, la diversión, la educación y la vida mismas.    La brecha entre unos mexicanos y otros no depende únicamente de su capacidad financiera. Aquellos que cuentan con canales y conexiones no necesariamente se apartan de los cartabones culturales e ideológicos que tienden a propagar las televisoras mexicanas. No basta con estar suscrito a Sky o tener Internet de banda ancha para ejercer un consumo culturalmente pleno. Y por otra parte no hay que desestimar los esfuerzos de quienes, sin contar con equipamiento o conexiones suficientes, son cibernautas frecuentes porque asisten a los cibercafés o en sus lugares de trabajo o estudio. También es preciso tomar en cuenta los sucedáneos y complementos que muchos ciudadanos encuentran para respaldar su consumo cultural. Aunque pueda ser cuestionable, el apoderamiento ilegal de señales de televisión por cable o satelitales sigue siendo una forma de ampliar el acceso a ese medio por parte de ciudadanos que no pagan por tales servicios y que, por lo tanto, no están inventariados en las estadísticas. Y la piratería como la denominan las empresas fabricantes de discos compactos y DVDs, o la apropiación de productos culturales como también se le podría llamar si se prescindiera de sus implicaciones judiciales también complementa, con secuelas que no han sido estudiadas, el consumo mediático de la población.    En nuestro país no hay indagaciones puntuales al respecto pero en todo el mundo la gente se aparta cada vez más de la televisión para destinar mayor tiempo a las películas o la música que alquila u obtiene a bajos precios o incluso de manera gratuita. Así que la brecha cultural entre los mexicanos está relacionada con la capacidad económica pero no se encuentra del todo condicionada por ella. El México del 25% o 30% con acceso a productos culturales variados y no necesariamente dependientes de Televisa está conformado por ciudadanos de capacidad adquisitiva suficiente para pagar tales servicios pero, también, por aquellos que se las ingenian para lograr un acercamiento aunque sea esporádico a esos canales y contenidos. 

Concentración y espacio público  

En la medida en que cuentan con más opciones de información y entretenimiento los ciudadanos, en ese plano, están en mejores condiciones de ejercer su libertad como consumidores culturales. Por eso la concentración de muchos canales en pocas manos, además de los efectos económicos y políticos que alcanza, tiene como consecuencia el empobrecimiento de la vida ciudadana.    En todo el mundo las corporaciones mediáticas alcanzan mayor poder y controlan cada vez más recursos comunicacionales. Uno de los más destacados especialistas españoles en el estudio de los medios ha explicado que entre los rasgos recientes en las industrias culturales se encuentra: “Un avance rápido de la concentración no sólo en torno a los grupos multinacionales sino también a las mayores empresas de cada mercado nacional (con frecuentes alianzas entre ambos), que se ha verificado en todas las vías posibles (integración vertical, diversificación horizontal y multimedia) y en todos los mercados desarrollados hasta tamaños que multiplican por muchas veces a los detectados (con alarma) en los años setenta. Aunque ese crecimiento aventurero no ha dejado de mostrar los pies de barro de muchos gigantes, con derrumbamientos en bolsa, endeudamientos desmesurados e incluso apresurados desmantelamientos (como Vivendi)” [10].   El profesor Enrique Bustamante se refiere a la crisis que en 2002 se develó en el conglomerado mediático Vivendi, de origen francés que había crecido desmesuradamente a fuerza de comprar empresas de ese ramo a precios superiores a su valor real. Junto con tales tropiezos, la concentración de medios prosigue con tendencias como las que también señala ese autor. En México Televisa, como es sabido, tiene presencia en los más diversos espectáculos y no solamente en la televisión. Pero quizá su capacidad de influencia mediática, cultural y política llegue a confrontarse con Teléfonos de México y otras firmas del Grupo Carso, propiedad del empresario Carlos Slim.    Durante largo tiempo Televisa y Telmex-Carso han podido avanzar por cauces diferentes e incluso han compartido la propiedad de algunas empresas. Televisa se ha dedicado al entretenimiento y Telmex a la telefonía. Sin embargo la convergencia tecnológica propicia la amalgama de ambos tipos de negocio. Como apuntamos antes las televisoras obtienen la posibilidad de difundir, además de los contenidos que tradicionalmente han transmitido, señales de telefonía e Internet. Y las compañías telefónicas, que cuentan con extensas redes de cableado en fibra óptica, están en capacidad no sólo de conducir servicios telefónicos sino, junto con ello, canales de televisión.    Así que la digitalización tendrá, entre otras consecuencias, una nueva combinación de opciones para dichas empresas. Telmex-Carso adquirirá una nueva centralidad, ahora en el terreno de los medios de comunicación. Para los ciudadanos tendrían que ser del mayor interés las decisiones corporativas (alianzas, división de tareas, escisiones o reencuentros, etcétera) que tomen esas firmas porque de ellas dependerán, en alguna medida las opciones de comunicación en México. Y nunca hay que descartar la posibilidad de que esas u otras empresas del área comunicacional experimenten tropiezos financieros, organizativos, políticos, jurídicos e incluso éticos como los que recientemente han hecho añicos a corporaciones de distintas ramas.   Por lo pronto, los procesos de fusión y centralización mediáticas están teniendo secuelas ominosas en muy diversas áreas del entramado comunicacional. En el campo de la prensa escrita, por ejemplo, desde los últimos años de la década de los 90 se aprecia un proceso de creación o absorción de diarios locales por parte de consorcios manejados desde la ciudad de México o Monterrey. Los grupos Reforma y Multimedios y en menor medida los diarios El Universal, El Financiero y La Jornada, se han convertido en ejes alimentadores del contenido de numerosos periódicos en los estados. Esa concentración les confiere mayor influencia nacional y respaldo empresarial a tales grupos, pero en detrimento de la diversidad y de los rasgos locales en buena parte de la prensa de los estados. Y desde luego, en el caso de los medios electrónicos la concentración de emisoras, frecuencias y contenidos en unos cuantos grupos televisivos y radiofónicos tiende a socavar la variedad de enfoques y programas locales que habría en todo el país de no ser por ese acaparamiento empresarial.   Los efectos de la concentración mediática en la vida pública y por lo tanto en el socavamiento de la democracia han sido advertidos en numerosas circunstancias nacionales. Por eso una de las constantes en la legislación para los medios y las telecomunicaciones, en prácticamente todos los países desarrollados, es el establecimiento de límites a la propiedad de empresas de ese ramo. La profesora argentina Ana Fiol, con razón, ha subrayado: “es innegable la relación entre hegemonía cultural (reproducida/fortalecida por la concentración de medios en pocas manos y estas manos además vinculadas a los grandes negocios nacionales y a la economía global, es decir, menos voces y más vinculadas al poder hegemónico) y la contracción de la esfera pública.  Eso significa menos espacios para buscar y discutir problemas comunes, supone la invisibilización, banalización u hostigamiento de grupos sociales enteros y de sus problemas (negación de derechos básicos, pobreza, marginalidad), tanto como la alienación de las clases populares de decisiones que les conciernen” [11] .    La concentración de medios de comunicación tiene efectos directamente proporcionales al estrechamiento del espacio público. Mientras mayor es el acaparamiento de muchos medios en pocas manos, menor resulta la flexibilidad, la hospitalidad y desde luego la amplitud de la esfera pública. Por eso la acumulación mediática exige regulaciones por parte del Estado y, por parte de la sociedad, contrapesos y contextos de exigencia. Los medios de carácter público pueden contribuir a equilibrar, o al menos a mitigar, el poder de las corporaciones privadas en el campo de la comunicación pero no bastan para ello. Para contrapesar la presencia –que en México a menudo se traduce en prepotencia y soberbia– de las corporaciones mediáticas, hacen falta decisión de legisladores y partidos, auténtica vocación de gobierno por parte de los encargados de la administración pública y sobre todo que en la sociedad se desarrolle una actitud escrupulosa y analítica respecto de los medios.    Algunas de esas corporaciones posiblemente tienen o tendrán pies de barro. Pero mientras se desmoronan, si es que eso llega a suceder, será preciso que sociedad y Estado construyan espacios para deliberar y proponer acerca de dicho poder mediático. En los siguientes años presenciaremos el surgimiento de corrientes ciudadanas, organismos sociales y observatorios que tendrán, como principal o exclusiva preocupación, el escrutinio de los medios de comunicación. Quizá entonces, además de reconocerlos como problema, a los medios se les comience a entender como recursos –de comunicación, socialización, propagación de ideas e informaciones de la más variada índole–. Entonces, sociedad y Estado advertirán los saldos de la escandalosa indolencia que han mantenido respecto de los medios de comunicación. 

Granja de la Concepción, D.F., junio de 2006. 

   Ensayo publicado en el níumero 18 de la revista Configuraciones con fecha enero - marzo de 2006



[1] Sobre la Ley Televisa y ese proceso de discusión pueden verse, entre otros materiales, nuestros artículos “Televisa y el pensamiento único”: http://raultrejo.tripod.com/RTD%20AMIC%20UNAM%20febrero%2006.htm; “Después de la Ley Televisa” en Zócalo número 74, abril de 2006 y “Ley Televisa, pobre en argumentos y base social” en Revista Mexicana de Comunicación número 98, abril-mayo de 2006. 

[2] Eve Salomon, Guidelines for Broadcasting Regulation. UNESCO y Commonwealth Broadcasting Association, 2006. 

[3] Ibid.

[4] A mediados de 2006 Televisa dispone de 258 estaciones de televisión en todo el país y otros tantos “canales espejo” que, como se verá más adelante, le fueron asignados para transmisiones en formato digital. Cada una de esas frecuencias para televisión ocupa un espacio de 6 megahertz. De esa manera tenemos que dicha empresa detenta frecuencias por 3096 megahertz. No hay un precio único para el costo de cada frecuencia pero se puede recordar que, en 1998, la subasta de espectro radioeléctrico entre las empresas que aspiraban a ofrecer servicios de telefonía celular en el Valle de México colocó en 5 millones de dólares el precio de un megahertz en esa región del país. Seguramente no todos los megahertz que ejerce Televisa tienen ese precio pero no es aventurado decir que el espectro radioeléctrico que le ha sido concesionado a esa empresa tiene un costo de varios miles de millones de dólares.

[5] “Acuerdo por el que se adopta el estándar tecnológico de televisión digital terrestre y se establece la política para la transición a la televisión digital terrestre en México”. Diario Oficial de la Federación, 2 de julio de 2004. 

[6] Hernan Galperin, New Television, Old Politics. The Transition to Digital TV in the
United States and
Britain.
Cambridge
University Press, 2004.
[7] Norma Patricia Maldonado Reynoso La transmisión radiofónica digital:  perspectivas mundiales y el caso mexicano. Tesis en curso en el Doctorado en Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, 2006.[8] Enrique Quibrera, De coberturas y servicios: función y discurso de la infraestructura telefónica en México en 2005. Posgrado en Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, 2005, fotocopia.[9] Datos a partir de información de la OCDE y presentados en nuestro libro Viviendo en El Aleph. La Sociedad de la Información y sus laberintos. Gedisa, Barcelona, 2006, pp. 53 y ss.

[10] Enrique Bustamante, “Políticas de comunicación y cultura: nuevas necesidades estratégicas”, en César Bolaño, Guillermo Mastrini y Francisco Sierra, editores, Economía política, comunicación y conocimiento. Una perspectiva crítica latinoamericana. Junta de Andalucía y La Crujía Ediciones, Buenos Aires, 2005, pp. 259-260.

[11] Ana Fiol, “Propiedad y acceso a los medios de comunicación en el mundo”, Chasqui 74, Quito, junio de 2001. Negritas en el original. 


Palafreneros de las corporaciones mediáticas

Diciembre 3, 2006

El Estado y los medios en el sexenio de Vicente Fox

Publicado en Zócalo, noviembre de 2006

La tentación de asegurar que la política comunicacional del gobierno de Vicente Fox se resume en una frase, resulta abrumadora. Él mismo se encargó de acuñar esa expresión, paradigma de ignorancia y de indolencia ante uno de los dilemas mediáticos más significativos en el sexenio reciente. Aquel “Yo? ¿Por qué?” con que respondió en la sala de prensa de Los Pinos el 6 de enero de 2003 cuando el reportero Roberto López, de Canal 40, le pidió que interviniera para resolver la ilegal incautación de la antena transmisora de esa estación por parte de Televisión Azteca, exhibía la dejadez que Vicente Fox y su gobierno mantuvieron en su relación con los medios.

Desidia y desdén, pero también irresponsabilidad, son algunos de los rasgos de esa impolítica en el terreno de la comunicación por parte de la administración foxista. Y no deja de ser una paradoja, porque quizá ningún presidente en la historia de México hipotecó tanto el consenso de su gobierno y su propia presencia pública a la capacidad propagadora y persuasiva de los medios de comunicación como hizo, deliberada pero también improvisadamente, Vicente Fox.

Quizá él mismo creyó, como se dijo con cierta impremeditación en 2000, que las elecciones de ese año las había ganado gracias a la notoriedad que le dieron los medios de comunicación. La radio y especialmente la televisión dieron cabida a la diversidad de opciones en aquella campaña electoral pero no hubo relación directa entre la exposición mediática que lograron los candidatos presidenciales en 2000 y la votación que obtuvieron. La gente que votó por Fox no lo hizo fundamentalmente por haberlo visto en la televisión y ni siquiera por las propuestas específicas –que eran ciertamente escasas y pobres– que se comprometió a impulsar. El voto favorable al entonces candidato de Acción Nacional incluyó a los ciudadanos que desde tiempo atrás confiaban en el PAN, y estuvo incrementado por muchos mexicanos que simplemente buscaban un cambio en las enmohecidas estructuras de un presidencialismo aherrojado, por siete décadas, a la hegemonía de un solo partido.

Fox no ganó gracias a los medios pero los vio como instrumento insoslayable para gobernar. La pobre apreciación que tenía acerca de la sociedad mexicana le llevó a creer que el país podía dividirse entre una pequeñísima minoría de ciudadanos atentos a los asuntos públicos y una mayoría indolente, manipulable y fundamentalmente conformista. Siguiendo una maniquea explicación que el presidente le escuchó al empresario Ricardo Salinas Pliego, al primer segmento lo denominaba círculo rojo y allí se encontraría la gente que lee periódicos y quienes escriben en ellos, la clase política y algunos sectores de las clases medias ilustradas. Al otro lo llamaba círculo verde y en él se encontraba la mayoría de los mexicanos que atienden solo o fundamentalmente a la televisión.

Con esa esquemática apreciación del país que gobernaba, Fox resolvió hacer de los medios electrónicos la tribuna para anunciar, explicar y proclamar a los ciudadanos las decisiones de su administración. Todo gobierno contemporáneo tiene que entender a los medios como instrumentos fundamentales en la construcción y el sostenimiento de sus relaciones con la sociedad. Para ello los gobiernos diseñan políticas de comunicación que les permitan llegar a la gente a través de tales medios. Sin embargo, en lugar de hilvanar una política auténticamente digna de ese nombre, el gobierno del presidente Fox se echó en brazos de las empresas mediáticas más influyentes. Se trata del gobierno que, en México, más se ha interesado en los medios de comunicación. Y, al mismo tiempo, el que ha tenido una política comunicacional más hueca y débil.

 

Larga relación de conveniencias mutuas

Durante el viejo régimen priista, al menos hasta el inicio de la última década del siglo XX, los medios de comunicación padecieron una sujeción a veces económica y en otras ocasiones jurídica y/o política, al predominio de un Estado esencialmente autoritario. Esa situación comenzó a cambiar hacia 1990 y durante el último gobierno del PRI, bajo la presidencia de Ernesto Zedillo, los medios impresos experimentaron márgenes de libertad que no habían tenido por lo menos desde los años 30 de aquel siglo. En la televisión y la radio también había expresiones de mayor diversidad que en otros tiempos aunque, allí, el dique para una libertad más amplia era impuesto por los intereses corporativos y las conveniencias políticas de sus propietarios.

Esa libertad se mantuvo y en algunos casos se ensanchó durante el gobierno de Vicente Fox, no como grácil concesión del presidente sino porque los propietarios y operadores de los medios encontraron que la pluralidad, especialmente en asuntos de índole política, era mejor negocio que la uniformidad de otras épocas.

Los medios habían ganado, respecto del poder político, márgenes de autonomía. Durante el régimen priista las decisiones principales en materia de comunicación política eran tomadas de común acuerdo con los gobernantes en turno. Tácito y eficaz, el arreglo entre gobierno y medios privados implicaba que el primero mantuviera el monopolio del quehacer político en los espacios comunicacionales –al menos en los de carácter audiovisual– y los otros pudieran expandirse y hacer negocios con escasas o nulas restricciones.

Con la administración de Vicente Fox, en cambio, los propietarios y operadores mediáticos encontraron que no les hacía falta subordinarse a los intereses políticos del gobierno y no solamente por el talante de apertura –que desde luego hubo– en ese gobierno. Además la administración foxista se rehusó a tener una estrategia de comunicación que estableciera las pautas de su relación con los medios privados, las políticas que impulsaría en la relación de esos medios con la sociedad y la orientación que les conferiría a los medios estatales.

En ausencia de esa política de comunicación el gobierno de Fox actuó simplemente a partir de ocurrencias, ciñó sus decisiones mediáticas a veleidades personales, permitió una expansión desbordada y la actuación en ocasiones ilegal de las principales empresas de radiodifusión y, cuando ellas se lo exigieron, incluso hizo suyas las medidas reglamentarias y las reformas de ley que convenían al interés de tales corporaciones privadas.

Ese sí que constituyó un cambio en la relación entre el Estado y los medios. Durante la extensa fase autoritaria bajo la hegemonía del partido único, Estado y medios tenían un trato definido por beneficios mutuos. Uno y otros, conservaban una relación de socios. Pero en el sexenio de Vicente Fox el gobierno se subordinó a los imperios televisivos. El presidente y su administración se comportaron como palafreneros del interés de las corporaciones mediáticas.

 

Complacencia con intereses mediáticos

La obsesiva preocupación del presidente Fox y su gobierno para estar presentes en los escenarios mediáticos a los que atiende el círculo verde los llevó a dispensar excesos e incluso a dejar de aplicar la ley, con tal de beneficiar a las corporaciones comunicacionales, en varios momentos durante el sexenio 2000-2006.

Los episodios más escandalosos fueron ampliamente documentados. El decretazo del 10 de octubre de 2002 cuando el presidente Fox hizo suyos, promulgándolos, dos documentos elaborados por Televisa: se trataba del nuevo reglamento para la Ley Federal de Radio y Televisión que establecía más amplias facilidades para la expansión comercial de las empresas de ese ramo, así como del Decreto que redujo al 10% el tiempo fiscal del cual disponía el Estado en todas las estaciones de radio y televisión. La desidia gubernamental después de que, el 27 de diciembre de 2002, un comando armado enviado por Televisión Azteca asaltó la antena del Canal 40 en el Cerro del Chiquihuite propiciando una crisis que desembocaría, más de tres años después, en la aniquilación de esa opción que había en la televisión mexicana. El desentendimiento también del gobierno cuando, en diciembre de 2005, la Cámara de Diputados aprobó las reformas a las leyes de Telecomunicaciones y de Radio y Televisión que, por beneficiar notoriamente a las empresas de radiodifusión que ya existían, fueron denominadas como Ley Televisa. Esos y otros acontecimientos anunciaron, reiteraron y confirmaron no solamente la ausencia de una política propia en el campo de la comunicación sino, peor aún, la incondicional complacencia que el gobierno del presidente Fox había resuelto mantener respecto de los intereses de los consorcios mediáticos.

 

Dispendios, condescendencias, omisiones

Otros episodios, menos notorios, refrendaron esa decisión.

- El cuantioso gasto del gobierno federal para comprar publicidad en estaciones de televisión y radio, a pesar de los espacios de los que disponía tanto en virtud del tiempo fiscal como gracias a la disposición legal que le otorga al Estado media hora diaria en cada estación, constituye un dispendio injustificado y cuyo monto preciso ha seguido siendo incierto.

- La constante displicencia que la Secretaría de Gobernación mantuvo durante todo el sexenio respecto de las cotidianas transgresiones que cometen centenares de empresas de radiodifusión pero muy especialmente las televisoras nacionales cuando, por ejemplo, la publicidad que transmiten rebasa los límites máximos que establece la ley, o cuando se difunden anuncios como si se tratase de contenidos que forman parte de la programación de esas estaciones.-

- En junio de 2004 el gobierno les regaló a los concesionarios de televisión una frecuencia más, por cada una de las que ya tenían, para que emprendieran pruebas de televisión de alta definición. Dos años más tarde la Ley Televisa revalidó ese inusitado obsequio al dejar en la imprecisión los procedimientos y plazos para que los concesionarios le regresen al Estado, algún día, esa frecuencia adicional.

- En junio de 2005 la Secretaría de Gobernación –pocos días antes de que Santiago Creel dejara de encabezarla– le obsequió a Televisa la concesión para instalar 65 casinos.

- También en 2005, la intervención de Comunicaciones y Transportes para impedir que el dueño de Canal 40 recibiera de la empresa General Electric un préstamo que le hubiera permitido resolver la huelga que mantenía cerrada a esa emisora, constituyó un respaldo efectivo a Televisión Azteca que terminó apropiándose de dicha estación.

- Las oficiosas gestiones gubernamentales para que el empresario Olegario Vázquez Raña se quedara con la concesión del Canal 28 en la ciudad de México, a partir del cual quiere establecer una cadena nacional, pudieran entenderse como resultado de un convenenciero tráfico de influencias y están muy distantes de los compromisos de transparencia que tanto abundan en los discursos oficiales.

La enumeración de canonjías que el gobierno les ha procurado a los consorcios mediáticos, así como los excesos que les ha permitido al punto de abstenerse cuando tenía que haber aplicado la ley, hacen imposible considerar que el gobierno de Fox haya tenido una política para los medios de comunicación. La única estrategia fue la ausencia de política y, ante esa omisión, las decisiones más importantes en materia de comunicación no estuvieron determinadas por los principios jurídicos que soportan al Estado mexicano y mucho menos por el interés de la sociedad.

 

Mezcolanza entre vida pública y privada

Un balance más amplio de la relación entre el gobierno de Fox y los medios tendría que incorporar las extravagancias que definieron el comportamiento público –en el cual incorporaron asuntos propios de su vida privada– del presidente y su familia. La irrefrenable atracción que Fox tuvo hacia los micrófonos y las cámaras, la desfachatez con que Marta Sahagún –primero vocera y a la postre esposa presidencial– utilizaba escenas de esa relación personal con fines de propaganda, la contratación de asesores que impusieron a la discusión y al tratamiento de la imagen presidencial recursos de la más estrambótica índole (desde charlas motivacionales hasta invocaciones esotéricas, pasando por un asesor presidencial que estaba convencido de que la llegada de Fox al poder político era resultado de influencias extraterrestres) todo ello fue parte de un pintoresco retablo de torpezas profesionales, inexperiencias políticas e incluso abusos patrimoniales que contribuyeron a definir la impolítica comunicacional de esa administración.

En su afán para congraciarse con los medios pero sobre todo en la confusión que mantuvieron entre presencia política y mediática, así como entre sus ámbitos privado y público, el presidente Fox apareció en cámaras imitando a cómicos de la televisión e incluso rivalizando con ellos y su señora esposa cocinó para los televidentes, aconsejó a las mujeres y aspiró a desempeñar el trabajo de su marido, entre muchas otras comparecencias electrónicas.

Al final del sexenio la relación de los Fox con los medios de comunicación había quedado maltratada por la difuminación de las fronteras entre los ámbitos del gobierno y del interés mediático. Pero

más allá de episodios anecdóticos, el involucramiento personal de la señora Sahagún de Fox para gestionar asuntos según la conveniencia de las corporaciones mediáticas señaló el compromiso o al menos la anuencia del presidente para que el interés de las televisoras prevaleciera sobre el interés público.

 

Medios estatales, libertad sin respaldo

El haz cuestionable de la impolítica comunicacional del gobierno de Vicente Fox está repleto de episodios como esos. En el envés de ese panorama hay momentos de avance –ciertamente muy pocos– en el camino hacia una comunicación de y para la sociedad. Quizá la más importante decisión en ese terreno haya sido el reconocimiento legal de una docena de radiodifusoras comunitarias que debieron enfrentar la ignorancia oficial, el encono de los directivos de la radiodifusión comercial e incluso una vulgar campaña mediática en donde, con distorsiones y engaños, se las presentaba como nidos de subversión. Esas radiodifusoras y sus representantes supieron documentar sus argumentos, presentaron nutridos expedientes para satisfacer complejas exigencias técnicas y jurídicas y mantuvieron una inteligente presencia pública hasta conseguir el reconocimiento oficial. La decisión de presidente Fox para autorizar esos permisos, fue una ligera pero quizá intencional zancadilla a los dirigentes de la radiodifusión privada que habían hecho de la persecución a las comunitarias una desmedida causa política.

Esa decisión para reconocer a las radios comunitarias señaló una vertiente contradictoria con la política de complacencia e incluso subordinación al interés de la radiodifusión privada que fue el rasgo sobresaliente en la administración del presidente Fox. La anuencia para darle autonomía administrativa a la agencia de noticias Notimex y la efectiva libertad con que se desempeñaron los medios propiedad del Estado fueron parte de esa conducta que posiblemente, más que buscar contrapesos a los espacios de comunicación comercial, obedecía al desinterés del gobierno por los medios que se encontraban en sus manos.

Cada una de esas actitudes tiene sus respectivos bemoles. Las radiodifusoras comunitarias no hubieran estado apremiadas para buscar desesperadamente su registro legal de no haber sido por el acoso que, a comienzos del sexenio, el propio gobierno federal emprendió contra ellas y que incluyó amagos directos por parte de efectivos del Ejército Mexicano. La autonomía de Notimex fue larga e incluso tortuosamente discutida dentro del gobierno, en un proceso que desgastó a la agencia y sus defensores aunque desembocó en la aprobación de un nuevo estatuto legal.

El gobierno mismo respetó a los medios que se encuentran ubicados dentro de la administración pública y que, cabe subrayar, estuvieron encabezados por funcionarios que entendieron la importancia de construir una comunicación auténticamente pública. Directivos como Lidia Camacho en Radio Educación, Enrique Strauss en Canal 22, Julio di Bella en Canal 11 y muy especialmente Dolores Béistegui al frente del Instituto Mexicano de la Radio supieron comprometerse, cada uno con matices y contraluces, con proyectos comunicacionales distintos de la voracidad mercantil pero también alejados de la propaganda oficial. El gobierno del presidente Fox reconoció la libertad que se habían ganado esos medios y sus trabajadores pero no hizo esfuerzo alguno para proporcionarles mejores y mayores recursos.

 

Postrados ante el poder mediático

Transcurrido ese sexenio de impolítica comunicacional por parte del Estado, aquella frase con la que el presidente rehuía su responsabilidad para que la ley se aplicara en el caso del Canal 40 resulta diáfanamente característica de tales insuficiencias. Para Fox los medios no eran un problema sino un instrumento. Y ese instrumento no lo quiso entender como recurso de la sociedad sino únicamente como amplificador de sus propias acciones y declaraciones. Cabe decir, no en su descargo sino para precisar el contexto en que se desempeñó, que la complacencia con el predominio de las corporaciones mediáticas no fue un error solamente del Ejecutivo Federal.

En los años recientes, si bien con significativas excepciones el Poder Legislativo, y sin excepción alguna todos los partidos políticos, coincidieron en resguardar el interés de Televisa, Televisión Azteca y otras empresas comunicacionales como si de ello dependieran el escaño, la curul, el registro o las prerrogativas. Como resultado de decisiones y omisiones suyas, el gobierno federal quedó postrado ante la preeminencia mediática. Pero junto con él, legisladores, dirigentes, secretarios de Estado y muy especialmente gobernadores y jefes de gobierno de todas las adscripciones políticas refrendaron, amplificándolo de esa manera, el poder de las televisoras. Prácticamente toda la clase política mexicana ha compartido, aunque no fuese de manera tan palmaria, aquel ¿Yo? ¿Por qué? con el cual se puede definir la relación entre el Estado y los medios en el sexenio de Vicente Fox.

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Noticias, spots y elecciones

Mayo 26, 2006

Un ejercicio antes del 2 de julio

Publicado en Zócalo de junio de 2006

Raúl Trejo Delarbre

Ceñidas, subyugadas, acotadas y, para muchos, determinadas por los medios de comunicación, las campañas rumbo a las elecciones presidenciales del 2 de julio han sido escaparate de las miserias de una clase política que se consume en sus contradicciones y pleitos pero, también, negocio de los consorcios mediáticos y erogación desenfrenada –casi– con cargo a nuestros impuestos.

La contienda por los votos se ha convertido en disputa por puntos de rating. Tornados en espectadores más que en ciudadanos plenos, para cuando llegue el día de los comicios los votantes habrán sido saturados con centenares de horas de propaganda política y sabrán distinguir entre ademanes, acentos, reproches y berrinches de los candidatos pero sabrán mucho menos acerca de lo que harían si llegasen a la Presidencia de la República. El predominio del marketing sobre la política, así como el desplazamiento de las ideas por parte de las imágenes, se han convertido en rasgos tan palmarios de nuestra vida pública que señalarlos suele ser tomado como un gesto de candidez o como una redundancia innecesaria.

Tendríamos que ser ermitaños para no percatarnos de la profusión de anuncios políticos. Nadie escapa a ella. Todos estamos al tanto de las tentativas para concitar la simpatía de los electores pero sobre todo, de los vituperios mutuos que se prodigan candidatos y partidos en la que está resultando la temporada electoral más enconada en la historia de nuestro país.

La beligerancia de quienes disputan nuestros votos es parte de la competitividad que ha alcanzado el sistema político mexicano. La utilización preferente y casi exclusiva de los grandes medios da cuenta de la presencia social que tienen hoy la televisión y la radio. Las descalificaciones y los agravios que dominan en mensajes y declaraciones son expresión de los rezagos de una cultura política que no se ha desarrollado tanto como las reglas para la competencia electoral. El predominio de dimes y diretes manifiesta la pobreza de las plataformas programáticas pero, sobre todo, los escasos recursos argumentales de los principales candidatos o, si se quiere ver de otra manera, la ordinariez con que sus publicistas han decidido tratarse entre ellos y tratarnos a los ciudadanos.

 

Incertidumbre y hartazgo

Lo que nadie sabe, porque nunca habíamos estado ante unas elecciones tan reñidas como ahora, es de qué manera influirán las cataratas de mensajes, la sobre exposición mediática y las contrastantes expectativas que los medios nos dan a conocer con vistas al 2 de julio. Las encuestas serias, tan ignorantemente descalificadas en los meses recientes, permiten conocer qué opina la gente en un momento específico pero jamás sirven como oráculo. Es tan torpe negar su carácter de instrumento que –cuando están bien hechas– ayuda a entender a la sociedad, como esperar de ellas un vaticinio puntual sobre el comportamiento de los ciudadanos. El voto, especialmente en contextos de gran complejidad como el que tenemos ahora en México, está determinado por tantas condiciones que nadie puede pronosticarlo.

Los votantes de este julio tomarán su decisión para las urnas a partir de tantas circunstancias –experiencias, expectativas, entornos familiar, laboral y social– y acicateados por tantas emociones –ilusiones, recompensas, condenas y en esta ocasión al parecer de manera importante desconfianzas y miedos– que nadie puede aquilatarlas con precisión. No sabemos cómo influirán los torrentes de propaganda que la sociedad mexicana habrá recibido durante más de un año.

Los candidatos con más exposición mediática son, naturalmente, más reconocidos por los ciudadanos. Pero de la vista a la preferencia –del dicho, al voto– hay un largo trecho. En Italia, hasta hace poco, Silvio Berlusconi sustentó en una constante presencia televisiva las adhesiones populares que le permitían ganar los comicios. El ahora ex primer ministro prefería aparecer en pantalla sin tener que contestar preguntas. Estar en televisión era la vía preferente para permanecer en el poder político. Pero la intensa exposición mediática no siempre les gusta a los ciudadanos. Nunca sabremos cuántos de los votos a favor de otros candidatos en las elecciones de 1988 se debieron al hartazgo que suscitaba la intensa propaganda del PRI para promover a Carlos Salinas de Gortari pero seguramente no fueron pocos.

Relativa equidad noticiosa

Felipe Calderón, Andrés Manuel López Obrador y Roberto Madrazo, mencionados en correcto orden alfabético, se han incrustado en la cultura social de los mexicanos. Entre enero y abril pasados, de acuerdo con datos del IFE, las campañas de esos tres personajes habían difundido alrededor de 646 mil segundos de espacios pagados en la televisión nacional y local. Se trata, en números redondos, de 180 horas, cada uno de cuyos 60 minutos nos costó más pesos y centavos de los que la mayoría de los mexicanos se imagina.

En la cobertura informativa las campañas de partidos y candidatos han saturado noticieros también, por lo general, con mensajes breves, imágenes fugaces pero reiteradas y declaraciones de machacona trivialidad. Entre el 19 de enero cuando comenzaron formalmente las campañas presidenciales y el 30 de abril, los noticieros nacionales de los canales de Televisa habían difundido 743 mil 300 segundos de información alusiva a los partidos y las elecciones. Se trata de 206 horas y media, de las cuales el 66% estuvieron destinadas a los tres candidatos principales.

En términos generales, a esos candidatos Televisa les dio una cobertura similar aunque con un 13% menos de espacio a Calderón en comparación con el que recibió López Obrador. En los noticieros de Televisa el candidato del PAN tuvo, en ese lapso, 151 mil 677 segundos; Roberto Madrazo ocupó espacios informativos por 165 mil 574 segundos y al candidato de la Coalición por el Bien de Todos y a los partidos que lo respaldan se les vio y/o escuchó durante 171 mil 280 segundos en los noticieros de esa empresa. Todos estos datos los hemos tomado, y en algunos casos sumado a partir de los monitoreos de noticieros encargados por el Instituto Federal Electoral.

Televisión Azteca, en todos sus noticieros nacionales y durante los mismos tres meses y medio, destinó a la cobertura de las elecciones federales un espacio sustancialmente menor al de la otra empresa: apenas 175 mil 222 segundos que son algo menos de 49 horas. De ellas, el 73% se refirió a los tres candidatos y partidos o coaliciones principales. La campaña de Calderón y el PAN tuvieron 42 mil 68 segundos; y la Alianza por México y su candidato Roberto Madrazo recibieron 47 mil 300 segundos, que constituyó la mayor porción en los noticieros de Azteca. En los noticieros de esa empresa –a pesar de que es cliente distinguido porque paga 30 minutos diarios por el programa matutino que tiene en el canal 13– López Obrador recibió menos espacio que sus contendientes: 38 mil 201 segundos, que representa un 24% menos que el espacio asignado a la información de las campañas de Madrazo y el PRI.

Si sumamos los espacios que en sus noticieros les dieron a esos candidatos los dos consorcios de la televisión mexicana tenemos que del total del tiempo destinado a los partidos y al proceso electoral Felipe Calderón y su campaña recibieron el 21.1%. A Madrazo y su campaña les correspondió el 23.2%. A López Obrador y los partidos de su coalición, el 22.8%.

En ese mismo universo, la campaña del partido Nueva Alianza y su candidato, Roberto Campa, ocuparon el 3.8%. Y la candidata de Alternativa Socialdemócrata y Campesina, Patricia Mercado ocupó espacios similares, también con un 3.8% en números redondos. El 15% de los espacios en esos noticieros, dentro del tiempo dedicado a asuntos electorales, fue para informaciones destinadas a dos o más candidatos y el 10.1% a temas generales del proceso electoral.

 

Un ejercicio de comparación

Nadie puede anticipar de qué manera influirán en los ciudadanos los espacios pagados y la cobertura mediática de las campañas en este 2006. Pero, con los datos disponibles varias semanas antes del 2 de julio, es posible establecer algunas comparaciones que quizá resulten útiles.

En las tres gráficas que acompañan a este texto se comparan datos, por una parte, de una de las empresas encuestadoras más prestigiadas y, por otra, del Instituto Federal Electoral. El propósito de este ejercicio es cotejar el desarrollo en las intenciones de voto y en la opinión favorable a los principales candidatos con la suma de espacios pagados y de espacios informativos en los dos noticieros más relevantes de la televisión mexicana.

En cada una de las gráficas se presentan los porcentajes de intención de voto y de opinión positiva de acuerdo con los sondeos de las empresas GEA e ISA. Junto con esos datos, se muestra la cantidad de segundos contratada por los partidos en televisoras de todo el país y, de manera específica, la cantidad de spots pagados en televisoras nacionales y en horarios considerados como Triple A. Un dato final es el tiempo, también en miles de segundos, que los noticieros de mayor audiencia de la televisión mexicana –los que conducen Joaquín López Dóriga y Javier Alatorre en Televisa y TV Azteca– les dedicaron a cada uno de esos tres candidatos. Los datos de encuestas disponibles no permitieron extender este ejercicio para los dos candidatos de partidos que apenas contienden por su registro –Nueva Alianza y Alternativa–. Al final de este texto explicamos las referencias de estas gráficas.

 

Calderón, repunte y dinero

En la gráfica relativa al Partido Acción Nacional y Felipe Calderón se pueden observar los vaivenes iniciales en la intención de voto por ese candidato (del 30% en enero, a la caída de varios puntos en los dos meses siguientes para recuperarse con 35% en abril). La cobertura en los dos noticieros monitoreados corre casi idéntica a la intención de voto durante dos meses y medio hasta que, a diferencia de aquella, declina en abril.

 

 

 

 

 


 

La contratación de spots por parte de esa campaña asciende de 24 mil segundos en enero (hay que recordar que el monitoreo del IFE solamente cubrió las dos últimas semanas de ese mes) a más de 60 mil en febrero, pero disminuye a 46 mil en marzo para repuntar a más de 70 mil en abril. Los anuncios en horarios AAA y en cadenas nacionales se duplican entre marzo y abril, con incrementos notoriamente mayores a los que experimenta la intención de voto por Calderón.

Podría considerarse que tan intensa tarea publicitaria le reditúa más simpatías que sufragios comprometidos a ese candidato. Mientras las opiniones positivas crecen 13% –de 46% a 59%– entre febrero y abril, la intención de voto aumenta 8%. Casi el 60% de los ciudadanos tenía una buena imagen de Calderón pero solamente el 35% estaba convencido de votar por él.

 

Por otra parte, el esfuerzo propagandístico de esa campaña era muy superior a la intención de voto y aunque sin duda están relacionadas, no puede establecerse una vinculación mecánica entre esas variables. En marzo, cuando los anuncios pagados disminuyeron alrededor de 25%, fue cuando comenzó a incrementarse la presencia electoral de Calderón. Y, casi coincidentemente, pareciera que mientras más puntos porcentuales tenía en las expectativas de voto menores eran los espacios que le daban los principales noticieros de la televisión. Eso, al menos, hasta que terminó abril.

 

 

 

PRI: más spots, menos AAA

Los datos que registramos para la campaña de Roberto Madrazo y el PRI ofrecen una tendencia constante con una excepción significativa. Todos los indicadores de la presencia pública de ese candidato fueron a la baja entre enero y abril. La intención de voto cayó del 25% al 22%. La opinión positiva disminuyó también 3 puntos. La cobertura en los dos noticiaros estudiados bajó de 24 mil a 22 mil segundos entre febrero y abril.

En cambio la propaganda pagada de Madrazo y los partidos que lo respaldan (el Revolucionario Institucional y el Verde Ecologista) aumentaba con notoria y seguramente costosa intensidad. Mientras entre febrero y abril los minutos de publicidad de la campaña de Calderón se incrementaron solamente 16% y, como veremos, los de López Obrador disminuyeron a más de la mitad, los spots de la Alianza por México y Madrazo prácticamente se cuadruplicaron. De 27 500 segundos en febrero, pasaron a casi 45 mil en marzo y a casi 103 mil en abril. La campaña de Madrazo buscó espacios de menor precio pero más abundantes y por eso los anuncios AAA son pocos, apenas 924 en abril en contraste con 1177 de López Obrador y 2076 de Calderón.

La campaña de Madrazo confirma, por lo menos en el periodo que hemos mencionado, que más propaganda no implica necesariamente más votos. La presencia mediática es fundamental para cualquier candidato que quiera llegar a la Presidencia. Pero nunca es suficiente.

 

AMLO, tropiezo y enmiendas

Tampoco hay correlación visible entre el gasto en publicidad y las adhesiones electorales para Andrés Manuel López Obrador. En enero, cuando se registró la menor cantidad de anuncios pagados, el candidato del PRD, Convergencia y el Partido del Trabajo tenía una intención de voto del 30%. Y mientras más aumentaron los segundos de espacios financiados con los recursos fiscales puestos a disposición de esa coalición más caían, aunque fuera ligeramente, las expectativas de voto.

Extrañamente, en abril la publicidad pagada por la Coalición por el Bien de Todos disminuye a la tercera parte de la que había sido contratada el mes anterior –de más de 47 mil a 15 mil 300 segundos–. En algunas informaciones de prensa se ha publicado que el PRD se quedó sin dinero. Sin embargo, como es sabido, gran parte de los anuncios políticos en los medios electrónicos los partidos los pagan varios meses después haber sido transmitidos. Por otro lado, de acuerdo con la información que en cumplimiento de una disposición legal le entregó al IFE, hasta el 15 de marzo el PRD, en contratación de espacios en medios, había gastado 65 millones y medio de pesos.

Es mucho dinero pero resulta poco en comparación con los 115 millones que hasta esa fecha había gastado el PAN y los 126 y medio erogados por el PRI, según la misma información difundida por la autoridad electoral. Entre subsidios para sus actividades ordinarias y la contribución que entrega este año debido a la temporada electoral, en 2006 el IFE habrá de transferirles 1112 millones de pesos al PAN, 1493 millones de pesos al PRI y al PVEM que apoyan a Madrazo y 1258 a los partidos que respaldan a López Obrador.

A diferencia del total de espacios contratados por el PRD y aliados, los spots en horario AAA y en canales nacionales crecieron de 371 en febrero a 1177 en abril. Quizá los jefes de campaña de López Obrador decidieron, a la mitad del camino, comprar menos tiempo en televisoras de audiencias acotadas y adquirir más en los canales de más rating. Entre marzo y abril, por otra parte, el tiempo adquirido en televisión parece ser proporcional a la atención que los dos noticieros de más audiencia le dan a ese candidato. En tanto los minutos pagados en televisión se reducen, como veíamos, a una tercera parte, la atención de los espacios informativos disminuye en un 40% al pasar de 31 mil a menos de 19 mil segundos en los mencionados noticieros.

 

Competitividad vigente

 

Más publicidad y más aparición en noticieros no van de la mano con una mayor votación. Pero tampoco se contradicen con ella. La competitividad de las elecciones de este julio no puede medirse únicamente en minutos televisivos ni en simpatías por los candidatos, pero todos ellos son indicadores que ayudarán a entender cómo y por qué se habrán resuelto los comicios presidenciales de 2006. El ejercicio que aquí presentamos apenas muestra un fragmento del complejo panorama que ofrece el encuentro entre política y televisión. Pero quizá resulte útil para ampliar el análisis sobre nuestros procesos electorales y, acaso, para atajar anticipadamente algunos mitos sobre la relación entre votaciones y medios de comunicación.

 

 

 


 

 

 



Referencias de las gráficas

Intención de voto: Porcentajes tomados de la encuesta nacional GEA-ISA (Grupo de Economistas y Asociados e Investigaciones Sociales Aplicadas S.C.) en los meses de enero, febrero, marzo y abril de 2006. Los resultados expresan las respuestas a la pregunta “Si en este momento se celebraran las elecciones para Presidente de la República ¿por cuál candidato votaría usted si tuviera que elegir de entre…”. Porcentaje de respuestas directas, sin recalcular y sin asignar a los ciudadanos que no habían definido su voto.

Anuncios TV: Expresa, en miles de segundos, los resultados del seguimiento de anuncios promocionales de los partidos realizado por el Instituto Federal Electoral. Datos correspondientes a los periodos 19 al 31 de enero, 1 al 28 de febrero, 1 al 31 de marzo y 1 al 30 de abril de 2006. Se trata de la suma total de los spots pagados por los partidos o transmitidos con cargo al presupuesto del IFE en estaciones de televisión de todo el país y sin distinción de horarios. No se incluyen programas de los candidatos aunque se trate de espacios pagados. Los tiempos correspondientes a los anuncios del PRI los sumamos con los de la Alianza por México y del Partido Verde Ecologista. Los tiempos correspondientes a los anuncios del PRD los sumamos con los de la Coalición por el Bien de Todos y el Partido Convergencia.

Spots AAA: Indica la cantidad de anuncios pagados por los partidos y transmitidos en canales nacionales de televisión en horarios considerados como estelares. Los datos están expresados en centenas. Por ejemplo, cuando se indica que la campaña de López Obrador difundió 0.12 spots en enero y 11.77 en abril quiere decir que fueron de 12 y 1177, respectivamente. Los datos han sido tomados de los informes mensuales del IFE.

Opinión positiva: Expresa, en porcentajes, las respuestas positivas a la pregunta, acerca de los candidatos presidenciales, “¿Ha oído o no hablar de…? Es positiva o negativa la opinión que tiene de…?” en las encuestas mensuales de GEA e ISA.

Dos noticieros en TV: Indica, en miles de segundos, el espacio otorgado a los partidos y sus campañas en los dos principales noticieros de la televisión mexicana. Para este dato hemos sumado los datos ofrecidos por el monitoreo de medios realizado por el Instituto Federal Electoral en la medición, específicamente, de los noticieros nocturnos Noticiero con Joaquín López Dóriga del Canal 2 de Televisa y Hechos, conducido por Javier Alatorre en Canal 13 de Televisión Azteca.

 

 

 

 


Nuevas e insuficientes leyes de prensa

Mayo 25, 2006

Publicado en Nexos de julio de 2006
Ahora en México los periodistas no pueden ser obligados a declarar judicialmente acerca de las fuentes que hayan utilizado para difundir una noticia. Por otra parte está en curso una reforma para que los delitos de calumnia y difamación no sean sancionados con cárcel sino con multas. Y no obstante, subsisten las penas de prisión por la publicación, en medios impresos, de contenidos que sean considerados atentatorios contra la moral y a la paz públicas. En la capital del país las personas ahora tienen derecho a decidir sobre la publicación de imágenes suyas excepto cuando hayan sido registradas en lugares públicos. Ese es el panorama que resulta de varias modificaciones simultáneas, poco difundidas y mal entendidas, que distintos órganos legislativos aprobaron en recientemente.

 

Despenalización

La Cámara de Diputados decidió el 18 de abril la supresión, del Código Penal Federal, de los artículos relativos a delitos de injurias, difamación y calumnia. Se trata, de acuerdo con el dictamen votado en San Lázaro, de “que sean los jueces civiles quienes resuelvan mediante sus resoluciones si los periodistas y comunicadores o alguna otra persona lesionan derechos de terceros, cometen algún delito, o perturban el orden público al difundir información u opiniones, imponiendo una sanción económica y no de prisión como lo contemplan estos artículos”.

En los artículos 350 a 363 del Código Penal Federal se establecían condenas de cárcel de hasta dos años a quienes hubieran sido sentenciados por difamación y de seis meses a dos años por el delito de calumnia.

 

Multas al daño moral

De manera simultánea, los diputados reformaron el artículo 1916 del Código Civil Federal, relativo al daño moral. A ese delito ya se le definía como “la afectación que una persona sufre en sus sentimientos, afectos, creencias, decoro, honor, reputación, vida privada, configuración y aspecto físicos, o bien en la consideración que de sí misma tienen los demás”.

Ahora se establece, además, que comete daño moral aquel “que comunique a una o más personas la imputación que se hace a otra persona física o moral, de un hecho cierto o falso, determinado o indeterminado, que pueda causarle deshonra, descrédito, perjuicio, o exponerlo al desprecio de alguien…” así como quien “ofenda el honor, ataque la vida privada o la imagen propia de una persona”.

La reparación del daño moral será establecida por el juez civil y además de una multa deberá incluir la rectificación o respuesta a la información que suscitó la demanda “en el mismo medio donde fue publicada y con el mismo espacio”.

Aparentemente con esas reformas, además de evitarse que los periodistas vayan a la cárcel por difundir informaciones y comentarios que puedan ser considerados como ofensivos, se les ofrece a los ciudadanos un recurso legal para inconformarse cuando han sido afectados personalmente por algún medio de comunicación. Sin embargo los legisladores añadieron dos salvaguardas para los periodistas. “La reproducción fiel de información –dice uno de los nuevos párrafos del artículo 1916– no da lugar al daño moral, aun en los casos en que la información reproducida no sea correcta y pueda dañar el honor de alguna persona, pues no constituye una responsabilidad para el que difunde dicha información, siempre y cuando se cite la fuente de donde se obtuvo”.

Y en el artículo 1916 bis se añadió la siguiente excepción: “En ningún caso se considerarán ofensas al honor las opiniones desfavorables de la crítica literaria, artística, histórica, científica o profesional”. En ese artículo se mantiene la salvedad, también a favor de los informadores, que existía desde 1982: “No estará obligado a la reparación del daño moral quien ejerza sus derechos de opinión, crítica, expresi