Crítica del periodismo crítico

Enero 10, 2008

Nexos, noviembre de 2007

   “Apenas llegados a Constantinopla, la prensa se encargó de volcar sobre nosotros un torrente de rumores, invenciones y conjeturas que no acababan nunca. La prensa, que no tolera que haya el menor vacío en sus informaciones, no escatima nada para colmarlos. Para que la simiente no se pierda, la naturaleza se encarga de desparramarla pródigamente a los cuatro vientos. La prensa procede de un modo parecido. Coge todos los rumores que encuentra al paso y los echa al voleo, aumentados en tercio y quinto. Y para que se confirme una versión veraz, hay cientos y miles de noticias que mueren en flor. A veces, pasan unos cuantos años hasta que la confirmación llega. Y se daban también casos en que el momento de la verdad no llega nunca”.

   Con documentada amargura, León Trostsky deploraba en esos términos las versiones que aparecían en la prensa europea cuando, expulsado de la Unión Soviética, llegó a Estambul en 1929. Algunos de los diarios más importantes insinuaban que la disputa con Stalin era solamente una mascarada para que el antiguo Comisario de Guerra soviético estableciera un proyecto expansionista en Turquía. Esas versiones le perjudicaban, ocasionándole la animadversión de varios gobiernos en Europa.

   Aquel reproche consignado por Trotsky en su autobiografía (Mi Vida, publicada inicialmente en 1930) pareciera describir la situación del periodismo que tenemos ocho décadas más tarde. A la prensa le resulta más fácil propalar rumores que investigar acontecimientos. Y una vez que la maquinaria del rumor comienza a andar, en esos mismos espacios periodísticos el comentario de versiones parciales, o sin confirmar, magnifica y en ocasiones legitima los chismes consagrados como noticia.

   Cuando el revolucionario ruso escribió aquella lamentación del sensacionalismo periodístico, ya eran conocidas las interrogaciones que es preciso responder para que exista una información completa:

qué, quién, cómo, dónde, cuándo. No hay escuela de periodismo que no enseñe esas cinco divisas y difícilmente habrá reportero que reconozca su desinterés por cumplirlas. Sin embargo la prensa está repleta de informaciones parciales e imprecisas. La sustitución del periodismo por el estrépito y de la información por la crispación son la contraparte de las resistencias que suelen presentar los medios –tan exigentes con todos y con todo– para autocriticarse.

   Dominado por la subyugante aunque por definición efímera compulsión de la primicia, al periodismo le suele interesar más la urgencia informativa que el rigor contextual cuando da a conocer un acontecimiento. Diarios y noticiarios están repletos de notas que no dicen con claridad qué sucedió, pero que sobre todo suelen omitir los sujetos, las formas, el momento y el sitio de los hechos que comunican. Las noticias son, por lo general, enunciados desprovistos de alguno de esos cinco parámetros esenciales. La premura en el trabajo de los reporteros, la costumbre de mantener a los públicos en estado de sobresalto permanente y el interés de algunos de los protagonistas de las noticias para que solamente se den a conocer versiones fragmentarias, influyen para que tengamos informaciones que no reúnen los cinco elementales requerimientos que indican las normas profesionales.

   Ese periodismo de información deficiente favorece a su vez, entre otros factores, la existencia de un periodismo de opinión rudimentario. A los cinco principios de la información profesional se añade el sustantivo porqué cuando el periodismo, además de enterar, aspira a ofrecer explicaciones de un hecho. Esa es la causa, a la vez que la finalidad, del periodismo de interpretación. Columnas, artículos y editoriales tienen, o al menos eso se supone, tal propósito. Pero en un periodismo tan fallido para responder a las cinco cuestiones esenciales de ese oficio también es frecuente que en vez de explicaciones se ofrezcan admoniciones.

 

Seis desdeñados ayudantes

   Rudyard Kipling recordó esa media docena de requisitos al cabo de un relato para niños publicado cuando comenzaba el siglo XX: Yo tengo seis honestos servidores / que me enseñaron todo lo que sé / sus nombres son qué, dónde y cuándo / y cómo y quién y porqué. / Los mandé por mar y tierra / Los envié al oriente y al poniente; /  y después de que tanto trabajaron / los dejé descansar tranquilamente. En la prensa de opinión de hoy en día, demasiado a menudo, a esos fieles ayudantes se les manda a descansar antes de tiempo.

   El periodismo crítico, tanto en la prensa escrita como en los medios electrónicos, contribuye poco, y por lo general deficientemente, a la comprensión de los sucesos públicos. Igual que el periodismo de información, se sustenta mucho más en dichos que en hechos. Abomina de los datos duros, aparentemente porque fechas, citas y cifras fatigan a los lectores pero quizá fundamentalmente porque es más sencillo borronear una opinión que arriesgar y sobre todo documentar una explicación. Le importunan las comillas acaso porque quienes lo hacen suponen que hemerotecas y documentos son recursos para la historia y no para la crónica del presente que es el periodismo.

   Así realizado, el periodismo de opinión no suele ayudar a entender lo que sucede sino a desconcertarnos o aturdirnos, añadiendo reprimendas, interjecciones o irritaciones a los temas de actualidad. El periodismo, sobre todo en diarios impresos y noticiarios electrónicos, por lo general tiene que ser rápido y breve. Y es peliagudo exponer en 30 líneas, o en menos de dos minutos, una idea compleja como las que se requieren para ubicar a un acontecimiento en su contexto además de interpretarlo y trazar sus posibles escenarios.

   A esos imperativos de espacio y tiempo se debe, en alguna medida, la propensión de los comentaristas a resolver las situaciones más complejas con retahílas de lugares comunes. De la misma forma, es más fácil adjetivar que dilucidar. La crítica en el periodismo está condicionada por los apremios propios del ritmo acelerado con que se procesan y comentan las noticias. Pero quienes hacen ese periodismo, parapetados en los clichés, por lo general no se esfuerzan por dominar tales limitaciones.

   Para la crítica periodística –desde luego hay excepciones, aunque pocas– analizar equivale a elucubrar. Con enorme frecuencia los comentaristas dejan a un lado la exposición de hechos y se dedican a conjeturar. El análisis de casi cualquier acontecimiento requeriría de un entramado argumental que ni el espacio ni el rating parecen estar en condiciones de propiciar. Por eso al razonamiento, en el periodismo, con frecuencia lo suplantan las impresiones.

   El comentarista de asuntos noticiosos a menudo se convierte él mismo en el centro del espectáculo. El tono personal (me parece que… yo creo que… pues yo opino…) habitualmente enmascara como juicios autorizados los que, carentes de hechos y demostraciones, son simplemente impresiones subjetivas. En unas cuantas frases, el periodismo simplificado de esa manera suele otorgar reconocimientos y, sobre todo, asignar sanciones con enorme ligereza. Si un comentarista considera que un gobernante es ruin o tramposo o, por el contrario, si le parece íntegro y auténtico, podrá contribuir a que la gente así lo piense tan solo con echar a andar cualquiera de esos calificativos. Las opiniones privadas, entonces, se convierten en famas públicas.

   Al prescindir de la exposición de hechos en la que forzosamente se apoya cualquier argumentación y limitarse a ofrecer una sentencia, por añadidura casi siempre terminante, el periodista de opinión tiende a convertirse en pontífice: las cosas son así porque lo digo yo. El empleo excesivo de la primera persona del singular tiende a reforzar ese principio de autoridad. El opinador público cuenta con franquicia para dispensar absoluciones y imputaciones gracias al privilegio de expresarse en los medios.

 

Trascendidos intrascendentes

   El periodismo admonitorio se respalda en la eficacia del veredicto verbal y las frases hechas. El refranero se convierte en manantial de justificaciones instantáneas. Por ejemplo, no son pocos los comentaristas políticos –incluso algunos habitualmente serios– que se empeñan en considerar que, en esos menesteres, lo que parece es. Si aparentemente ocurrirá o se está fraguando algo, esos analistas le darán visos de certeza a tal posibilidad como si fuera un hecho. Así también, la tendencia a considerar que el que calla otorga puede llevar a conclusiones desacertadas –a veces, quien calla simplemente no quiere decir algo pero no por eso acredita lo que se sospecha de él–.

   Impelidas por el motor de la murmuración, las falsedades se desatan como en espiral. Si de una persona se dice algo que los medios consideran irrefutable, la gran mayoría lo da como cierto aunque no haya evidencias de ello. Si alguien se atreve a formular dudas acerca de esa imagen artificiosamente construida, se le califica como ingenuo, insincero o hasta cómplice. ¿Cuántos casos no hemos conocido de presuntos culpables que a la postre no lo son pero a quienes la habladuría mediática consideró, tachó y sentenció como tales?

   La propagación de versiones incomprobadas llega a ser no únicamente aderezo sino, con frecuencia, la médula de numerosos espacios de presunto análisis en la prensa. En México las columnas políticas han tenido una relevancia que es difícil encontrar en otros países. Durante la segunda mitad del siglo XX la mayoría de ellas fue instrumento de las élites gobernantes para transmitirse mensajes y señales. Siempre constituyeron, además, una suerte de escotilla por la cual los ciudadanos podían asomarse a los vericuetos y cenáculos del poder.

   En un país ahogado entre la ausencia de espacios para la expresión libre y el monopolio de la política a cargo no solo de un partido único sino, con frecuencia, de un totémico y todopoderoso presidente, era entendible que las columnas cumplieran con una función articuladora y en ocasiones incluso relajante entre distintos segmentos del poder. Para la sociedad interesada en los asuntos públicos las revelaciones o trascendidos que ofrecían eran significativas, a falta de información y transparencia. Pero con las transformaciones políticas de los años recientes, que se aunaron a un ejercicio auténtico de la libertad de prensa, las filtraciones dejaron de ser relevantes y en numerosas ocasiones se han convertido en hablillas acerca de la vida privada de los personajes públicos o en simples y flagrantes mentiras.

   Todos los días se publican trascendidos que anuncian nombramientos, destituciones y acciones del poder que nunca llegan a cumplirse. Los autores de esos textos de pretendido análisis político parecieran suponer que los lectores tienen la memoria hueca y prácticamente nunca reconocen cuando equivocan sus pronósticos. Pero cuando aciertan se encargan de recordarle al lector, durante varios días, la primicia que tuvo la ventaja de conocer en ese espacio periodístico.

 

Pobreza de interlocutores

   La fascinación de la prensa por las filtraciones y su admonición desprovista de pruebas son directamente proporcionales a la escasez de parámetros éticos. Cierto corporativismo gremial, pero sobre todo una marcada intolerancia a cualquier escrutinio por parte de la sociedad, han llevado a numerosos colectivos de periodistas y sobre todo a algunos de quienes ejercen la crítica periodística de manera más conspicua, a rechazar la creación de códigos de ética.

   Esos inventarios de reglas y compromisos para hacer periodismo son un recurso para precisar y eventualmente impulsar parámetros de calidad profesional. En ausencia de ellos y sin leyes capaces de reconocerles derechos a los ciudadanos en el terreno de los medios, cuando una persona se considera afectada por una opinión malinformada, o dolosa, puede enviar una rectificación al medio en cuestión. Entonces tiene que resignarse a padecer regateos y desdenes a veces interminables. Durante todo el siglo XX, la legislación mexicana privó al ciudadano prácticamente de cualquier recurso delante de los medios aunque recientemente, con motivo de las reformas en materia electoral, el derecho de réplica quedó establecido en la Constitución.

   Quizá la proclividad al denuesto y las murmuraciones comience a declinar gracias a la reglamentación del derecho de réplica, junto con el desatascamiento de los procedimientos judiciales para que los ciudadanos se inconformen ante difamaciones o calumnias en la prensa (en 2007 los delitos de prensa fueron despenalizados y, ahora, afrentar o desacreditar les podrá costar dinero a medios y periodistas que lucren con esas prácticas). Pero las indigencias profesionales del periodismo en México no se resolverán con acciones judiciales sino en un proceso de creciente contraste y diversidad entre los medios y, sobre todo, gracias a la exigencia que el periodismo crítico encuentre en sus principales interlocutores.

   Los políticos, por lo general, evitan confrontarse con la prensa aunque los haya descalificado y calumniado. En vez de ello tratan de mostrarse obsequiosos (a veces literalmente) con los periodistas que los han hecho víctimas de versiones inexactas. En lugar de enviar aclaraciones, prefieren el reproche discreto y establecer una relación de mutuos compromisos con el periodista y/o con el medio que los han maltratado.

   Los propietarios de los medios suelen tener relaciones difíciles con los periodistas que comentan asuntos públicos, sobre todo cuando consideran que las opiniones críticas afectan a sus negocios. Quizá no hay un solo diario o medio electrónico de relevancia en México que no arrastre una cauda de renuncias y despidos de periodistas de opinión que han tenido apreciaciones distintas a las que son dictadas por el interés corporativo de las empresas de comunicación.

   Y con sus públicos el periodismo crítico mantiene una relación débil, con escasa interlocución a pesar de los recursos que ofrecen el correo electrónico y otros espacios de interacción en línea. Numerosos lectores de la prensa de opinión y sobre todo radioescuchas y televidentes aplauden cuando encuentran que los comentaristas coinciden con sus puntos de vista y reprenden cuando no es así. El público por lo general no busca elementos de juicio sino ratificar el criterio que ya tiene sobre los asuntos públicos.

   En ausencia no sólo de un entorno político capaz de constituirse en interlocutor (y no en comparsa ni rehén del periodismo crítico) y sobre todo a falta de públicos razonablemente exigentes, el periodismo de opinión con frecuencia es refractario a la crítica. Todo eso está cambiando, pero en México todavía hay conductores y periodistas que ejercen despiadadamente el periodismo de opinión pero que no admiten que su trabajo esté bajo la lupa de los ciudadanos o de aquellos a quienes afecta lo que dicen y dejan de decir.

   La creación de observatorios de medios de comunicación y la apertura de sitios y blogs en donde incluso otros periodistas hacen la crítica del periodismo supuestamente crítico, se pueden constituir en recursos para nutrir de contrastes y, eventualmente, de retroalimentación a una prensa habitualmente arisca a discutirse a sí misma. Mientras tanto, el periodismo de opinión seguirá siendo un ejercicio abusivo y sin contrapesos o, en otros casos, inevitablemente ingrato. Recientemente el español Javier Marías, que además de espléndidas novelas escribe textos de opinión, describía la sensación de publicar en el vacío que con frecuencia deja el periodismo de ese género (entrevistado por Juan Cruz en El País Semanal del 23 de septiembre de 2007): “Lo que sí hago es decir lo que opino y no callarme las cosas que me parece que están muy mal. Hay gente que lo agradece mucho. Una de las peores cosas que tiene el ser columnista es la sensación de fracaso permanente, y eso no ocurre con la literatura”. Y, ni modo, no todos podemos escribir novelas.


El magisterio de Granados Chapa

Octubre 16, 2007

Publicado en Zócalo, septiembre de 2007

El aniversario de un espacio periodístico suele pasar inadvertido, incluso para sus lectores. Por eso, entre otras circunstancias, fue prácticamente insólita la coincidencia de periodistas de muy distintas adscripciones profesionales, así como de lectores emplazados en las más variadas perspectivas políticas, para festejar las tres primeras décadas de Plaza Pública, la columna de Miguel Ángel Granados Chapa.

   El 13 de julio de 1977 las páginas de Cine Mundial, dirigido por Luis Javier Solana, acogieron la primera entrega de la que hoy en día es, sin duda, la más importante de las columnas políticas en México. En aquellos años la columna Red Privada, de Manuel Buendía, estaba ganando espacio para un ejercicio más analítico en ese tipo de espacios periodísticos. Durante varias décadas, en una costumbre que persistiría casi hasta finalizar el siglo, las columnas en los diarios eran fundamentalmente espacios de notas breves, muchas de ellas tomadas de los boletines de las oficinas de prensa y algunas otras con informaciones real o presuntamente reservadas.

   El valor fundamental de aquellas columnas era la indiscreción anónima, por lo general intencionada, de alguna fuente vinculada con el poder político. Tales columnas hacían las veces de ojos de las cerraduras de la política palaciega a las cuales, de cuando en cuando, los lectores tenían el supuesto privilegio de asomarse gracias a la confidencia que difundían los autores de esos espacios periodísticos. A menudo esas columnas también eran instrumentos de interlocución entre distintos segmentos de la clase política que se enviaban recados –a veces con la forma de supuestos anticipos, en otras incluso mediante habladurías o incluso calumnias–. Esas columnas y sus autores llegaban a ser, de tal forma, correveidiles de personajes del poder político.

   Manuel Buendía fue de los primeros en romper con ese estilo, tan congruentemente sintonizado con el periodismo que se ejercía en aquellos años. Junto a las revelaciones que obtenía gracias a su epidérmica habilidad reporteril, Buendía incorporaba juicios y críticas que hacían de Red Privada un espacio de discusión más allá de la información que ofrecía. Cuando el director de Cine Mundial y el creador de Plaza Pública convinieron en publicar la nueva columna tenían como modelo el periodismo que publicaba Buendía a cuya trayectoria, por lo demás, no era ajeno Granados Chapa.

 

“Soy un liberal de izquierda”

   Miguel Ángel Granados Chapa se inició como periodista profesional en Crucero, semanario fundado por Manuel Buendía en 1964. El entonces novel reportero, que tenía 22 años, había estudiado simultáneamente las licenciaturas en Derecho y Periodismo en la Universidad Nacional. Luego se encargó de la redacción en la agencia Informac creada por su antiguo profesor Fernando Solana y en 1966 comenzó a trabajar en Excélsior, de donde saldría una década más tarde con el grupo encabezado por Julio Scherer.

   En el entonces llamado Periódico de la Vida Nacional, Granados Chapa transitó de la secretaría de redacción a tareas cada vez más relacionadas con la política editorial. Sus artículos, que llegaron a aparecer varias veces por semana, eran paradigmas de precisión tanto en el análisis como en la escritura. En esa práctica se va depurando el estilo pero sobre todo la vocación política de Granados Chapa quien dos décadas más tarde se ubicaba a sí mismo “en el centro izquierda, soy un liberal de izquierda, liberal en el sentido decimonónico, es decir, alguien que busca el respeto a la persona, la tolerancia y a la expresión de las ideas en una sociedad” (Rosa María Valles, La legitimación social de la opinión periodística, tesis de maestría, UNAM, 1997).

   En buena medida, la renovación que Excélsior experimentó hacia la mitad de los años setenta en el terreno del análisis se debió a la mano de Granados Chapa, quien llegó a ejercer la tarea de subdirector editorial. Aquellos eran, no hay que olvidarlo, tiempos de incesante tensión política: aunque se manifestaba por la apertura, el gobierno de Echeverría persistía en influir sobre los escasos medios en donde se expresaban posiciones críticas y para superar tales apremios el periodismo de opinión a menudo tenía que acudir a la metáfora elegante, al cuestionamiento oblicuo o a la ironía. Excélsior no era un diario de oposición, pero el hecho de que allí aparecieran enfoques distintos de los oficiales lo distinguió del marasmo que dominaba en la prensa mexicana de aquellas épocas.

   Cuando salió de Excélsior, Granados Chapa se incorporó con notorio compromiso en la creación del semanario Proceso en donde ocupó dos cargos fundamentales aunque finalmente contradictorios: durante los primeros seis meses de la revista fue director-gerente hasta que, hacia mayo de 1977, se alejó de ella. Fue entonces cuando inició la aventura de publicar una columna diaria, con la que se encuentra embarcado hasta la fecha.

   Las numerosas tareas que ha cumplido desde entonces, sin dejar de escribir la columna, dan cuenta de la vitalidad personal pero además del horizonte amplio que anima a Granados Chapa. Tuvo un desempeño fructífero en medios oficiales cuando en 1977 coordinó  los noticieros de Canal Once y entre 1977 y 1980 dirigió Radio Educación. Fue subdirector en los diarios más innovadores en aquellos años: unomásuno entre 1982 y 1983 y La Jornada de 1984 a 1988, diario este último de cuya dirección también estuvo a cargo entre 1988 y 1990.

   Las inquietudes editoriales de Granados Chapa lo han llevado a fundar publicaciones como la revista Mira, que daba preferencia a la imagen fotográfica y que dirigió de 1990 a 1994, cuando dejó esa labor para ser consejero en el IFE. En 1997 creó Hoja por hoja, el suplemento mensual de libros que se distribuye encartado en varios diarios con un tiraje superior al de la mayoría de las revistas no frívolas que se publican en el país. En 1994 fue designado consejero en el Instituto Federal Electoral, cargo que desempeñó por dos años y medio y que solamente aceptó cuando los representantes de los partidos políticos le dieron garantías de que no había incompatibilidad legal entre esa responsabilidad y seguir escribiendo su columna periodística.

 

Explicar los hechos políticos

   La de Granados Chapa ha sido, desde que comenzó, una columna atenta a las novedades de la vida pública pero escudriñando sus contextos. Se nutre de la prensa, pero también en la investigación bibliográfica y desde luego en las indagaciones y el conocimiento personales de su autor. A diferencia de la que singularizaba al viejo periodismo, la columna que escribe Granados Chapa no busca aplaudir ni propagandizar sino explicar y discutir.

   Ese ejercicio, admitió alguna vez Granados Chapa al explicar el sentido que busca para su columna, significa un riesgo permanente: “El columnista está más, por decirlo así, entre las patas de los caballos, está menos a salvo que el articulista de entrar en las complicaciones de la política real. El articulista tiene una mayor distancia respecto de los hechos concretísimos de las personas, de los actores que la que pueda tener el columnista. Esto ofrece toda clase de riesgos, de todo género. Las inducciones, en las que uno puede caer sin advertirlo respecto de ciertas posiciones, es decir, que le hagan a uno expresar opiniones interesadas por los informes que le transmiten a uno las personas con las que habla y por lo tanto, termina uno sirviendo a intereses a los que no quería servir, si no se tiene capacidad de advertirlo. La creación de enemistades muy concretas; el riesgo de halago, también muy concreto, de los funcionarios. Es un camino riesgoso pero que también por eso significa un desafío. Y significó, por otro lado, la oportunidad de contribuir, en la medida que esto ocurra, a la explicación de los hechos políticos nacionales, con un propósito político que es un propósito de democratización. La columna política creo que puede servir muy específicamente a propósitos políticos y periodísticos. En este caso, la búsqueda de las claves que permitan saber que el fenómeno político no es algo reservado a los iniciados, que no es algo ajeno al público en general, sino que el público puede comprender y en lo que debe participar” (entrevista con Otto Granados Roldán publicada inicialmente en 1981 y reproducida en el libro de Miguel Ángel Granados Chapa Comunicación y política. Océano, 1986).

   Granados Chapa ha vivido y eludido los riesgos que señala y contribuye a la desacralización de un quehacer político que, por lo demás, a menudo resulta distante de los requerimientos de la sociedad.

   Plaza Pública se publicó en Cine Mundial entre julio de 1977 y septiembre de 1979. “En ese momento –relató el propio Granados Chapa cuando esa columna cumplió 20 años– Luis Javier Solana, que manejaba el periódico, fue nombrado por López Portillo director de Comunicación Social de la Presidencia. Al autor de esta columna le pareció inconveniente escribir para el diario de quien en ese momento se convertía en vocero del gobierno federal (aunque Solana mantuvo netamente la distinción entre ambas funciones) y aceptó la invitación de Manuel Becerra Acosta para, su antiguo compañero de tareas en Excélsior, para incorporar la columna a las páginas de Unomásuno, nacido en noviembre de 1977” (“Veinte años”. Reforma, 13 de julio de 1997).

 

Fuerza de la columna sindicada

   La renuncia de Granados Chapa y otros directivos de unomásuno lo dejó, en noviembre de 1983, sin espacio en la prensa de la ciudad de México. Para entonces, Plaza Pública aparecía cotidianamente en varias docenas de periódicos en todo el país, distribuida por la Agencia Mexicana de Información. La sindicación de los textos periodísticos se convirtió, durante aquellos años y hasta comienzos del nuevo siglo, en recurso tanto para propagar con notable amplitud el trabajo de algunos de los periodistas más destacados como para conferirles una autonomía adicional.

   Un columnista cuyos textos aparecen en varios diarios en el país deja de tener la dependencia estrecha que, de otra manera, puede experimentar respecto del periódico para el que trabaja en la ciudad de México. En 1983, cuando salió de unomásuno, Granados Chapa pudo seguir escribiendo su columna para los numerosos diarios que ya la reproducían en los estados. Hoy en día las posibilidades de la sindicación han declinado ante el predominio de agencias de contenidos informativos que tienen como ancla a algún diario de la ciudad de México y cuyos servicios son contratados en paquete por los cada vez más escasos periódicos de los estados que no forman parte de alguna cadena periodística nacional.

   Aunque no era en un diario, durante varios meses Plaza Pública se publicó en el semanario Punto que, dirigido por Benjamín Wong, alojó con singular generosidad a los periodistas exiliados de unomásuno. La aparición en septiembre de 1984 de La Jornada, dirigida por Carlos Payán, le dio un nuevo hogar a la columna. Allí estuvo hasta que, casi ocho años después, los desacuerdos que tenía con la conducción del periódico llevaron a Granados Chapa a salir de La Jornada. Disfrutó durante 15 meses, a partir de agosto de 1992, la hospitalidad de El Financiero. Y desde noviembre de 1993 se publica en Reforma y el resto de los diarios del grupo periodístico que encabeza Alejandro Junco de la Vega.

 

Política, aulas, radio, libros

   La estabilidad profesional y editorial que encontró en Grupo Reforma –en donde Plaza Pública ha transcurrido casi 14 de sus 30 años– le han permitido a Granados Chapa afianzar la respetabilidad y la influencia que construyó en el no siempre sosegado paso de un periódico a otro. Aunque es evidente que sus puntos de vista no siempre coinciden con las posiciones de Reforma, la columna ha mantenido un sitio emblemático tanto en las páginas del diario como en el ánimo de sus lectores.

   Igual que las de ese periódico, o las de cualquier otro, las opiniones de Miguel Ángel Granados Chapa son discutibles –a veces, sobremanera–. Se puede discrepar con ellas pero siempre es innegable la claridad de los juicios que las sustentan y que forman parte tanto del talante personal como de la fama pública de su autor. En 1998, cuando fue postulado por el PRD como candidato al gobierno de Hidalgo, Granados Chapa afianzó una simpatía política que sin embargo está lejos de las incondicionalidades que suele exigir la vida partidaria. En aquella ocasión quiso ser abanderado de una coalición integrada por el PAN y el PRD pero cuando advirtió numerosas irregularidades en la selección dentro de Acción Nacional se retiró de ese proceso y, a la postre, quedó únicamente como candidato del llamado partido del sol azteca. Quizá desde entonces, aunque no de manera constante, el habitualmente afilado juicio crítico de Granados Chapa ha sido más benévolo con el PRD y algunos de sus personajes que con la mayor parte de las instituciones, figuras y decisiones públicas a las que suele referirse.

   Hombre dedicado fundamentalmente a la palabra escrita, Granados Chapa además ha mantenido durante ya doce años el programa que, con el mismo nombre de su columna, se difunde todas las mañanas, de lunes a viernes, en Radio UNAM. No son pocos los radioescuchas que, enfadados o fatigados por la sosería que (quizá con un par de excepciones) singulariza a la radio informativa de las mañanas, prefieren sintonizar el 860 de AM o el 96.1 de FM para oír el nada trivial e inteligente programa de Granados Chapa. Allí, el autor de Plaza Pública continúa el magisterio que ejerció en las aulas universitarias primero en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales y luego en la entonces ENEP de Acatlán.

   Autor de una docena de libros, Granados Chapa mantiene tareas académicas y editoriales menos conocidas que su Plaza Pública. Recientemente fundó una firma destinada a la publicación de libros. Y desde hace varios años escribe, también de lunes a viernes, el “Diario de un espectador” que aparece en Metro, el periódico de sesgo popular que Grupo Reforma imprime para la ciudad de México. En esa columna puede encontrarse al lector, melómano, cinéfilo y paseante que es Granados Chapa. Redactada con menos formalidad e, imagino, a veces con más gozo que la Plaza Pública, el Diario de un espectador merecería una difusión más amplia para que llegase –por ejemplo, en el sitio de Reforma en Internet– a otros lectores.

 

Escribir una columna a diario

   Los 30 años de su columna emblemática han refrendado el reconocimiento que Granados Chapa suscita en espacios muy diversos de la vida pública y el periodismo en México. Han sido, además, una ocasión para que sus lectores festejemos la perseverancia de ese autor.

   Escribir una columna diaria –cuando se hace en serio– es una de las tareas más arduas, pero también más gratificantes, que puede tener la oportunidad de cumplir un periodista. Hay que lidiar con el fárrago de chabacanerías y exageraciones que pueblan las páginas de los diarios para desbrozar lo importante de lo accesorio. Hay que investigar en fuentes de lo más diversas y saber ponderar la confiabilidad de las informaciones que se encuentran. Hay que tener buen archivo, aunque Granados Chapa en lo que se apoya es fundamentalmente en una memoria portentosa. Hay que encontrar algún equilibrio entre la solemnidad y la frivolidad, entre la reiteración y la explicación. Hay que eludir el tedio que impone la reincidencia de actores, temas y comportamientos en la vida pública y encontrar el sesgo, el contraste, la comparación o la primicia que le den frescura a temas no siempre nuevos. Hay que leer y pensar, sobre todo antes de escribir. Hay que sorprender al lector y eso únicamente es posible cuando el columnista tiene los ojos, los oídos y la imaginación despiertos a la realidad. Granados Chapa lo hace todos los días. Aunque no siempre estemos de acuerdo con él –y precisamente, porque expresa razones y posiciones respecto de las que es posible tener diferencias– leerlo cotidianamente es una costumbre que se ha vuelto parte de nuestra vida cívica.



Lecciones de Kapuscinski

Mayo 2, 2007

Publicado en Nexos, abril de 2007

   A la muerte de Ryszard Kapuscinski, que ocurrió el 23 de enero en Varsovia, la prensa internacional se prodigó en reconocimientos tan enfáticos como diversos: “el decano de los corresponsales extranjeros donde quiera que fuera, maestro del reportaje” (The Times de Londres), “maestro de periodistas” (El País de Madrid), “ el periodista que contó la historia desde la gente común” (Clarín de Buenos Aires), “maestro de la literatura de hechos” (San Diego Union), “mago del reportaje” (Le Monde de París, citando a John Le Carré), “vagabundo de la historia” (Corriere della Sera en Roma), “el mayor periodista del siglo XX” (El Universal de México).

La prosa directa, la mirada siempre aguda, la capacidad inquisitiva y la intensidad narrativa que les impone a sus relatos, propician que Kapuscinski sea considerado maestro de quienes ahora hacen periodismo y de aquellos que aspiran a ejercerlo. Ojalá que la contundencia que a ese autor polaco le permite develar miserias humanas (lo mismo en retratos magistrales de autócratas a los que muestra en la desnudez de su ambiciones que cuando describe la desesperanzada tristeza de los indigentes) fuera imitada en las redacciones y estudiada en las escuelas de periodismo. Pero ante la indeleble vigencia, la prosa esmerada y los recursos tanto investigativos como narrativos de Kapuscinski, podemos preguntarnos si lo que hizo en sus libros más célebres realmente era periodismo o algo más que eso.  

   Si el periodismo es fundamentalmente la publicación de asuntos novedosos, habrá que reconocer que la excepcionalidad de los libros de Kapuscinski no radica en la develación de noticias sino en la descripción de las circunstancias en las que ellas han ocurrido. La decadencia de Haile Selassie en Etiopía y la de Mohammed Reza Pahlevi en Irán, la asfixia que experimentaban las sociedades en las vísperas de la caída del llamado socialismo real, las tensiones entre El Salvador y Honduras, no son descubiertas sino narradas desde una perspectiva personalísima, enterada y comprometida, en El Emperador, El Sha, El Imperio y en el texto que da su título a La Guerra del Futbol. Los qués, quiénes, cuándos y dóndes, ya los conoce el lector antes de sumergirse en esas obras. Lo que Kapuscinski aporta es, fundamentalmente, los cómos y por lo general conduce al lector a encontrar los por qués 

El reportero, el escritor    

 Con frecuencia sus admiradores, para resaltar la densidad y la calidad que en contraste con el periodismo ordinario tienen esos textos, subrayan que son, además, literatura. Pero los linderos entre uno y otra quedan despejados en los libros de Kapuscinski. La detallada reproducción de testimonios coloquiales e incluso el estilo intencionalmente pausado con que describe el hastío de la vida diaria en el caluroso desierto africano, o la morosidad de las entumecidas rutinas burocráticas en la premoderna Europa del Este, son frontalmente contradictorias con el modo escueto, centelleante si acaso, que busca el periodismo de noticias rápidas.  

   Ese periodismo apresurado era el que Kapuscinski practicaba para ganarse la vida como corresponsal de la agencia polaca para la que trabajó durante varios años. Si estuvo en Angola, Etiopía, Irán, Centroamérica, Armenia y Siberia entre tantos otros sitios, fue porque iba tras noticias de las cuales daba cuenta en el obligatoriamente escueto lenguaje de los cables informativos. Con tales envíos cumplía el encargo que tenía como periodista. Luego, de las experiencias y recuerdos de los episodios que había cubierto se nutrió el Kapuscinski escritor de libros.     Uno, no habría sido posible sin el otro. Kapuscinski es antes que nada periodista porque gracias a ello está presente en donde ocurren las noticias. Pero la sensibilidad despabilada en ese trabajo, luego queda al servicio de una creación en donde la escritura construye estilos e incluso se toma licencias que el oficio estrictamente periodístico no resistiría. 

   En 1975, Kapuscinski cubre el conflicto armado previo a la independencia de Angola. En viaje hacia el sur del país llega a Benguela, en donde el Movimiento Popular por la Liberación de Angola les asigna como escolta, a él y a otros cuatro periodistas, a una muchacha llamada Carlota. En el libro Un día más con vida dice que aquella mulata, en su uniforme de paracaidista, “tenía un encanto indescriptible y –como nos pareció entonces– una gran belleza”. Sin embargo semanas más tarde, cuando revisa las fotografías de ese viaje, Kapuscinski comprueba que la joven no era tan guapa como había fantaseado. Lo mismo les sucede a los otros periodistas. Cuando les muestra las fotografías de Carlota “las contemplaron en silencio, y creo que todos optamos por respetarlo en aquel momento para evitar decir que su belleza tampoco había sido para tanto”.     La muchacha había muerto pocas horas después de acompañarlos y posiblemente esa circunstancia tan trágica había contribuido para que idealizaran su apariencia. “En aquel instante nos pareció hermosa –se asombra Kapuscinski–. ¿Por qué? Porque nuestro estado de ánimo así nos lo dictaba, porque lo necesitábamos, porque así lo queríamos”.  

   La descripción que hace no solo de la inasible belleza de aquella joven sino de la circunstancia que ella misma contribuye a crear con su presencia (una mujer valiente en un ejército mayoritariamente de hombres, el contraste entre su risa fresca y el panorama de destrucción que los rodea e incluso la manera absurda como muere) se encuentra entre los recursos que le permiten a Kapuscinski articular un relato atrayente y emotivo. Es parte de sus fórmulas de seducción literaria. El hecho mismo de referirse a las trampas que nos impone la memoria cuando se encuentra conmovida por acontecimientos sobrecogedores –y vaya que los hay en los relatos de Kapuscinski– es un artilugio narrativo. Pero ¿qué tanto esos deslices de la memoria no modificarán ya no una anécdota aislada sino los hechos fundamentales que Kapuscinski narra en sus libros?  

Artificios de la memoria   

Para articular sus magníficos relatos Kapuscinski depende de sus propios recuerdos y de los recuerdos de los demás. No hay diferencia sustancial entre su método de trabajo y el que seguía Heródoto hace dos milenios y medio. Kapuscinski se identifica tanto con él que carga por todo el mundo la Historia de aquel escritor griego del cual dice, entusiasmado: “Es un reportero nato: viaja, observa, habla con la gente, escucha sus relatos, para luego apuntar todo lo que ha aprendido o, sencillamente recordarlo”. En Viajes con Heródoto, uno de sus libros fundamentales, nuestro autor polaco ensalza ese método y también apunta su dificultad esencial: “Otra vez estamos ante la sempiterna lucha del hombre con el tiempo, una lucha contra la fragilidad de la memoria, contra su volátil naturaleza, contra su obstinada tendencia a borrarse y desvanecerse”.  

   Así, por ejemplo, cuando en El Emperador reconstruye la resignada vida palaciega que dominaba en el entorno de Haile Selassie, Kapuscinski acude al testimonio de quienes lo rodeaban. Parte del mérito que ha tenido como reportero radica en haber localizado a esos sobrevivientes y antiguos beneficiarios del autoritarismo imperial y haberlos persuadido para que le platiquen cómo era la vida con “Su Más Sublime Majestad”. Luego, el mérito del escritor será rescatar en forma y fondo el relato de aquellos etíopes con una prosa tan cadenciosa que pareciera que los estamos escuchando.     Junto con el ambiente, Kapuscinski exhibe las relaciones de poder dentro y fuera de la corte imbricadas siempre con intensas pasiones humanas: ambición, interés, docilidad, miedo, entre otras. Pareciera que el narrador polaco hubiera estado allí cuando describe las miradas del Rey de reyes: “el recelo se adivinaba en sus ojos, en cómo miraba a sus súbditos, de tal manera que cada uno de nosotros se encogía, se postraba en tierra…”. Es el testimonio de uno de sus informantes y también la sensibilidad narrativa del autor. Pero si dependemos de la memoria de ambos, la escrupulosidad del reportero –y posiblemente así es siempre que el periodismo va más allá del instante– queda comprometida con la creatividad del escritor.  

   Kapuscinski volvía con frecuencia al tema de la imperfección de los recuerdos. En una conferencia en 1999, recopilada en Los cínicos no sirven para este oficio, aceptaba: “Podemos mentir sin pretenderlo, sólo porque nuestra memoria es limitada o los recuerdos son erróneos, o bien a causa de nuestras emociones”. En Viajes con Heródoto explica que “las personas recuerdan aquello que quieren recordar y no lo que en verdad ha sucedido”. Así que a los relatos de Kapuscinski no los evaluamos por la exactitud de su reconstrucción sino por el talento para presentarla con verosimilitud. No hay manipulación sino un esfuerzo para llegar, por vías como la recuperación, la remembranza e incluso la metáfora literarias, al meollo de los hechos a los que ese autor se asoma.     El método Kapuscinski busca, después de todo, entender los acontecimientos atendiendo a la manera como los experimenta la gente. En ese mismo libro advierte: “El pasado no existe. Sólo existen sus infinitas interpretaciones”. Más adelante insiste en que como la fuente de informaciones de Heródoto son las personas “que le cuentan los hechos no tal como sucedieron, sino como les hubiera gustado que sucedieran”, la que hace es una reconstrucción selectiva: “No se trata de una historia objetiva, sino de una historia pasada por la criba subjetiva de otros”. 

El trasfondo de los hechos   

En 1965 Kapuscinski llega a Argel en donde acaba de ocurrir un golpe de Estado pero en las calles no encuentra las escenas de violencia y fragor que hubiera esperado. Allí se da cuenta de que “el camino de la búsqueda de imágenes espectaculares, de la ilusión de que es posible escudarse en la imagen para sustituir con ella el intento de penetrar más profundamente en la comprensión de la realidad” no es suficiente. Entonces, sigue refiriendo (en Viajes con Heródoto): “al no poder escribir sobre tanques, coches quemados y escaparates rotos –pues no vi nada de esto–… empecé a buscar el trasfondo y los resortes del golpe, intentando averiguar lo que escondía y qué significaba, para lo cual me puse a hablar con la gente, a observar sus rostros y comportamientos, a escrutar el lugar y, también, a leer; y todo con el fin –en una palabra– de intentar comprender algo”.    Unas docenas de páginas adelante Kapuscinski dice que el trabajo de su admirado Heródoto consistía en ver y registrar: “Al fin y al cabo no se había encerrado en archivos a fin de escribir una obra académica –como durante siglos hicieran luego los científicos–, sino que se había propuesto descubrir, conocer y describir la historia in statu nascendi, cómo los hombres la creaban día a día y a qué se debía que a menudo tomase el rumbo contrario al que ellos deseaban y ambicionaban”. Al retratar al caminante griego, Kapuscinski se dibuja a sí mismo. Por eso no sorprende cuando declara (En Los cínicos no sirven…): “Yo soy licenciado en historia y ser historiador es mi trabajo”.  

   Historiador, viajero, reportero, escritor, todo eso era Kapuscinski. Del periodista, redimía la necesidad de búsqueda. Del historiador, el afán de trascendencia. “El camino es la fuente, el tesoro, la riqueza. Sólo estando de viaje el reportero se siente él mismo, a sus anchas, se siente en casa” (confiesa en Viajes…). En esos recorridos fue retocando la soberbia que a menudo acomete a los periodistas: “el mundo enseña humildad” dice en el mismo libro. Y en una conversación con periodistas mexicanos recomendaba: “Es importante tener el sentido de no saber. Es una cosa natural en un mundo cada vez más complicado, más nuevo” (Arturo Cano, La Jornada, 24 de enero de 2007).     El periodista experimentado no es aquel que lo conoce todo pero sabe indagar y, sobre todo, preguntar. En la misma charla, instruía: “Estoy contra las entrevistas agresivas. Prefiero que se cree una situación de confianza, quiero escucharlo si él quiere decírmelo”. Quién sabe si Kapuscinski fue el periodista más grande del siglo XX. Pero qué distante se encuentra ese recato del arrogante periodismo contemporáneo, plagado de reporteros que extienden sus grabadoras no para averiguar qué dice la gente sino sólo para confirmar certezas que ellos mismos han prefabricado.  


Kapuscinski

Marzo 3, 2007

La humildad, la más grande enseñanza de Ryszard Kapuscinski.

México, 26 Feb (Notimex).- Uno de los mayores legados del periodista polaco Ryszard Kapuscinski (1932-2007) es el de la humildad, aseveró el investigador Raúl Trejo, quien criticó la soberbia con que se conducen algunos reporteros de hoy, quienes, dijo, no buscan la confianza de sus entrevistados sino amedrentarlos.

Y es que para Trejo Delarbre, algunos reporteros actuales han dejado de preocuparse por ir en busca de la información y centran su trabajo en la confirmación de certezas generalmente prefabricadas por ellos mismos.

En el marco del homenaje que se le rindió la víspera al periodista polaco, quien falleció el 23 de enero pasado, Trejo puso énfasis en que si algo deben aprender los periodistas del maestro del reportaje no es la técnica sino la mística de sus trabajos.

La postura de recato con la que el periodista espera ver qué es lo que el entrevistado nos quiere decir, enriquecida por la observación del entorno y de la gente que permite descubrir mucho más de lo que registran las palabras.

El mundo, solía decir Kapuscinski, lo que enseña es humildad, y él la tenía y la plasmaba en frases como aquella que rezaba que el buen periodista no era quien lo sabía todo, sino quien había aprendido a indagar, a buscar la información.

Por eso, afirmó Trejo, más que pedir a los jóvenes periodistas que escriban como Kapuscinski tendrían que ser llamado a leer y a releer al maestro, en busca de que conozcan, comprendan y aprendan de este periodismo hecho con pasión, pero además con mucha humanidad.

Ryszard Kapuscinski fue recordado la víspera en el marco de 28 Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería (FILPM), con una mesa redonda en la que también participaron José Carreño Carlón y Rafael Pérez Gay.

Kapuscinski fue un periodista, escritor y ensayista que nació en Bielorrusia cuando era parte de Polonia; estudió historia y arte en la Universidad de Varsovia y desde muy joven se dedicó al periodismo.

Colaboró para importantes medios como el Time, The New York Times, La Jornada y Frankfurter Allgemeine Zeitung.

A partir de 1962 conjuga su actividad periodística con la actividad literaria y la docente en diversas universidades.

Su legado a las nuevas generaciones quedó plasmado no sólo en sus grandes reportajes sino en libros como “Los cínicos no sirven para este oficio” y en innumerables pláticas que tuvo con estudiantes de periodismo.

Maestro de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, creada por Gabriel García Márquez, Kapuscinski era doctor Honoris Causa por una universidad de Barcelona.

Corresponsal en el extranjero hasta 1981, el polaco errante, se convirtió en ciudadano del mundo, el 23 de febrero de 2007, cuando perdió la batalla más grande de su vida, contra una enfermedad incurable.


Jesús Blancornelas

Noviembre 23, 2006

Apenas en mayo pasado, cuando recibió la distinción especial que le otorgó el Premio Nacional de Periodismo, lo escuchamos reivindicar el oficio a menudo ingrato de los reporteros en provincia. Nadie ha tenido, como él, la autoridad profesional y moral con que exigía una acción del Estado más firme en contra de los asesinos de informadores. El mismo, en 1997, había sufrido un atentado en el cual fue herido de gravedad. Sus frecuentes denuncias contra el narcotráfico lo hicieron blanco de sicarios que por fortuna no lo acallaron pero que le cambiaron la vida. Jesús Blancornelas tuvo que vivir sus últimos años acompañado de una severa escolta militar que no lo descuidaba un solo instante. Y en los meses recientes, fue minado por una enfermedad terminal que tuvo su desenlace este 23 de noviembre cuando murió en Tijuana a los 70 años.
Aquel premio especial era uno más de los reconocimientos que recibía Blancornelas, que pocas semanas antes había dejado la dirección del semanario Zeta. En el jurado que le propuso recibir aquel Premio no hubo una sola vacilación cuando alguien propuso el nombre de ese admirado y respetado periodista.

Ese 3 de mayo, al recibir el premio, Blancornelas dijo entre otras cosas lo siguiente:
“Hoy los periodistas, especialmente de la frontera norte, se mueven en un ambiente de incertidumbre. Hay ciudades donde caminan como si lo hicieran sobre campos minados. Otros compañeros viven diariamente la vigilia de la tragedia. Se ha llegado al triste punto de mejor no escribir sobre narcotráfico, temiendo ser víctimas de la mafia. Debemos ser solidarios con ellos. Viven momentos difíciles.
“Desgraciadamente en México, la solidaridad entre periodistas es superada por el interés de informar. Nos gana el celo nacido en los logotipos. La competencia nos vuelve indiferentes. La víctima no es motivo de solidaridad. Solamente y a veces en su tierra. La víctima es más motivo de noticias”.

Hoy Blancornelas es noticia. Su tayectoria y valentía forman parte de la historia de los medios de comunicación en México.
Hace nueve años, el 28 de noviembre de 1997, cuando el atentado con el que quisieron matar a don Jesús, publiqué en La Crónica el siguiente texto.

Jesús Blancornelas es un periodista peculiar. Se sabe de su afición para establecer distancia respecto del poder, con el cual sin embargo no cultiva rupturas. Ha levantado y publicado terribles denuncias y se ha considerado perseguido. Hace nueve años y medio fue asesinado su principal colaborador, Héctor Félix Miranda. Ayer en Tijuana, a Blancornelas lo tirotearon. Un ayudante suyo y uno de los agresores quedaron muertos, luego de una nutrida balacera. Blancornelas recibió varios impactos.
J. Jesús Blancornelas tiene más de cuatro décadas haciendo periodismo. Dicen que comenzó como reportero deportivo en San Luis Potosí, aunque se le conoció nacionalmente cuando, en los años setenta dirigía, ya en Tijuana, el diario ABC. Las críticas fortísimas e incluso a veces destempladas que dirigía al entonces gobernador Roberto De la Madrid, tenían tan incómoda a la clase política local que para expulsar a Blancornelas, la CTM bajacaliforniana organizó un sindicato distinto del que ya existía en ese diario. Con un solo trabajador afiliado al gremio cetemista, se inició una huelga que sólo concluiría cuando los dueños de ABC prescindieron de aquel director.
Anticipándose a cualquier otra vicisitud abecedárica, Blancornelas bautizó con la última letra del alfabeto al semanario que apareció el 11 de abril de 1980. Con un estilo agresivo y respondón, quizá con más adjetivación que investigación y apoyado en publicidad de tiendas de San Diego, Zeta se convirtió en referencia indispensable en la vida pública de Baja California. Sus críticas a los políticos locales, sobre todo priistas aunque no únicamente de ese partido, calaron en una sociedad que ya experimentaba una rauda renovación. Entre los espacios más leídos en el semanario estaba la columna “Un poco de algo”, del sinaloense –tiempo atrás avecinado en Tijuana, ciudad de paso que se ha vuelto crisol de paisanajes– Héctor Félix Miranda.
“El Gato” Félix era co-director de Zeta pero su enjundia y agresividad las concentraba en su columna. Se vuelve interlocutor lo mismo de gobernantes y políticos locales que de negociantes de los más diversos giros, incluso algunos poco recomendables o dañinos para la salud. Aunque durante algún tiempo mantiene amistad con el poderoso Carlos Hank Rohn, dueño del hipódromo local y de muchos otros negocios, Félix comienza a criticarlo con notoria aspereza.
En marzo de 1987, el edificio de Zeta es balaceado y Blancornelas atribuye el atentado a “algún resentido”. Un año después, el 20 de abril de 1988, Héctor Félix es emboscado y asesinado cuando conducía su Ford LTD modelo 1980. Un guardaespaldas de Hank Rohn y un ex agente judicial, fueron encarcelados por el crimen. Sin embargo, Blancornelas y su periódico han sostenido que el autor intelectual fue ese empresario.
Cada semana desde entonces, Zeta publica una plana entera de fondo negro y en donde, con la firma de Héctor Félix Miranda, se repite la misma pregunta: “Hank: ¿por qué me asesinaron dos de tus guaruras?”. Blancornelas asegura que, hace unos ocho años, un enviado de Carlos Hank González, padre del empresario a quien él acusa de la muerte de su amigo, intentó sobornarlo para que dejara de insistir en esa versión.
El periodismo de “El Gato” Félix no era de los más defendibles. Quizá tampoco lo sea el de Blancornelas. De hecho, a Félix Miranda se le atribuye haber discurrido la frase “Haga patria, mate a un chilango”. Pero una cosa son los cuestionamientos ordinarios en ejercicio incluso exagerado de la libertad de prensa y otra, las represalias criminales.
Tijuana se ha vuelto un hervidero delincuencial, debido a los abusos y rencillas del narcotráfico. Quizá entre esos intereses sería preciso buscar a los culpables del atentado de ayer contra Blancornelas y, acaso también, los orígenes del crimen de Héctor Félix. Allí mismo, no hay que olvidarlo, mataron a Luis Donaldo Colosio.
Precisamente, en la indagación del asesinato de marzo de 1994 en Lomas Taurinas, se aprecia la heterodoxia de Blancornelas, un periodista que no atiende más que a sus convicciones. En medio de un clima que, mezcla de linchamiento catártico y estupefacción crispadora atribuyó la muerte de Colosio a una conspiración del poder político, Blancornelas mentuvo un diagnóstico impopular: Mario Aburto actuó sólo, considera el director de Zeta, que ha sido el único periodista que ha logrado entrevistar, en Almoloya, al asesino confeso del ex candidato presidencial del PRI.
Blancornelas ha hecho de Zeta un espacio en el que se reconoce buena parte de la sociedad bajacaliforniana. Sus denuncias de las pandillas del narcotráfico, han sido aplaudidas por su valentía. Ayer fue emboscado, a una calle de su periódico. Es un desafío que no sólo toca a la sociedad y el gobierno de Baja California. Por la presencia pública de ese periodista, la emboscada trató de golpear más lejos. Con esa relevancia hay que reconocer como urgente el esclarecimiento y el castigo del atentado contra Jesús Blancornelas, a quien sus compañeros en Zeta y sus lectores en todo el país, aguardan para que siga dirigiendo ese semanario aguerrido y singular.
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Nuevas e insuficientes leyes de prensa

Mayo 25, 2006

Publicado en Nexos de julio de 2006
Ahora en México los periodistas no pueden ser obligados a declarar judicialmente acerca de las fuentes que hayan utilizado para difundir una noticia. Por otra parte está en curso una reforma para que los delitos de calumnia y difamación no sean sancionados con cárcel sino con multas. Y no obstante, subsisten las penas de prisión por la publicación, en medios impresos, de contenidos que sean considerados atentatorios contra la moral y a la paz públicas. En la capital del país las personas ahora tienen derecho a decidir sobre la publicación de imágenes suyas excepto cuando hayan sido registradas en lugares públicos. Ese es el panorama que resulta de varias modificaciones simultáneas, poco difundidas y mal entendidas, que distintos órganos legislativos aprobaron en recientemente.

 

Despenalización

La Cámara de Diputados decidió el 18 de abril la supresión, del Código Penal Federal, de los artículos relativos a delitos de injurias, difamación y calumnia. Se trata, de acuerdo con el dictamen votado en San Lázaro, de “que sean los jueces civiles quienes resuelvan mediante sus resoluciones si los periodistas y comunicadores o alguna otra persona lesionan derechos de terceros, cometen algún delito, o perturban el orden público al difundir información u opiniones, imponiendo una sanción económica y no de prisión como lo contemplan estos artículos”.

En los artículos 350 a 363 del Código Penal Federal se establecían condenas de cárcel de hasta dos años a quienes hubieran sido sentenciados por difamación y de seis meses a dos años por el delito de calumnia.

 

Multas al daño moral

De manera simultánea, los diputados reformaron el artículo 1916 del Código Civil Federal, relativo al daño moral. A ese delito ya se le definía como “la afectación que una persona sufre en sus sentimientos, afectos, creencias, decoro, honor, reputación, vida privada, configuración y aspecto físicos, o bien en la consideración que de sí misma tienen los demás”.

Ahora se establece, además, que comete daño moral aquel “que comunique a una o más personas la imputación que se hace a otra persona física o moral, de un hecho cierto o falso, determinado o indeterminado, que pueda causarle deshonra, descrédito, perjuicio, o exponerlo al desprecio de alguien…” así como quien “ofenda el honor, ataque la vida privada o la imagen propia de una persona”.

La reparación del daño moral será establecida por el juez civil y además de una multa deberá incluir la rectificación o respuesta a la información que suscitó la demanda “en el mismo medio donde fue publicada y con el mismo espacio”.

Aparentemente con esas reformas, además de evitarse que los periodistas vayan a la cárcel por difundir informaciones y comentarios que puedan ser considerados como ofensivos, se les ofrece a los ciudadanos un recurso legal para inconformarse cuando han sido afectados personalmente por algún medio de comunicación. Sin embargo los legisladores añadieron dos salvaguardas para los periodistas. “La reproducción fiel de información –dice uno de los nuevos párrafos del artículo 1916– no da lugar al daño moral, aun en los casos en que la información reproducida no sea correcta y pueda dañar el honor de alguna persona, pues no constituye una responsabilidad para el que difunde dicha información, siempre y cuando se cite la fuente de donde se obtuvo”.

Y en el artículo 1916 bis se añadió la siguiente excepción: “En ningún caso se considerarán ofensas al honor las opiniones desfavorables de la crítica literaria, artística, histórica, científica o profesional”. En ese artículo se mantiene la salvedad, también a favor de los informadores, que existía desde 1982: “No estará obligado a la reparación del daño moral quien ejerza sus derechos de opinión, crítica, expresión e información, en los términos y con las limitaciones de los artículos 6o. y 7o. de la Constitución General de la República…”

La despenalización de los delitos de opinión ha sido exigencia de periodistas y empresarios de la prensa y forma parte de una tendencia internacional para que las acusaciones por difamación o calumnia no sean motivo de intimidación o incluso encarcelamiento contra periodistas. Al dejar que un juez determine no solo si hubo falta sino el monto de la reparación, ciudadanos y medios disponen de un recurso legal para ventilar diferendos en ese terreno.

Las recientes reformas, sin embargo, conservan un preocupante margen de discrecionalidad e incluso implican una contradicción significativa. Para que haya daño moral se requiere que alguien comunique un contenido que afecte sustantivamente a una persona. El daño sería mayor mientras más personas se enteren de esa versión, tanto así que se prevé la rectificación pública cuando se trate de un asunto difundido en un medio de comunicación. Pero la excepción que ya existía en el 1916 bis del Código Civil protege de la acusación de daño moral a quienes han expresado opiniones como parte de sus tareas profesionales, entre ellos los periodistas. Y si la información que suscita la inconformidad de alguien aludido en ella simplemente reproduce lo que alguien ha dicho o publicado en otro sitio, el medio de comunicación queda exento de cualquier responsabilidad tan solo con citar la fuente.

Esa garantía es plausible porque protege la libertad de prensa. Así será más difícil que haya acusaciones legales como represalia contra periodistas que han publicado informaciones y denuncias de interés público. Pero gracias a los párrafos recientemente reformados, los medios que propaguen infundios e infamaciones podrían quedar eximidos de cualquier sanción. Si encuentro en la calle un panfleto en donde se dicen vulgaridades acerca de la vida privada de algún personaje conocido y lo publico en un diario o lo leo en un programa de radio indicando la fuente, podré ampararme diciendo que no hago mas que reproducir una información.

Olvidada ley de imprenta

La Cámara de Diputados turnó tales reformas al Senado pero este órgano legislativo no tuvo tiempo para desahogarlas en el periodo de sesiones que concluía junto con el mes de abril. Para tener vigencia deben ser aprobadas por ambas cámaras. Mientras tanto, todos los grupos parlamentarios en la Cámara de Diputados las reivindicaron como un gran avance.

La aprobación de esas reformas coincidió con la causa penal contra la periodista Lydia Cacho –en cuyo libro Los demonios del Edén se denuncia la complicidad de varios empresarios en negocios de pornografía con niños– y la demanda civil de la esposa del presidente Vicente Fox contra la revista Proceso por haber publicado documentos de las gestiones que realizó para obtener la nulidad de su matrimonio religioso.

Tales acontecimientos fueron el telón de fondo para que en el debate que precedió a esa aprobación la diputada Ruth Trinidad Hernández, del Partido Acción Nacional, dijera que “la protección al honor y reputación debe estar garantizada solamente a través de sanciones civiles y jamás, jamás, por la vía penal. Los lugares en donde todavía existen casos de denuncias por difamación y calumnia, por divulgación de información sobre temas de interés público, son espejo de la vieja doctrina que considera que los ciudadanos no deben criticar a los gobernantes”. María de Jesús Aguirre Maldonado, del Revolucionario Institucional, coincidió: “deben ser jueces de lo civil quienes resuelvan si las personas, periodistas y comunicadores actúan dentro o fuera de la ley al difundir su información u opiniones; eliminado la pena de prisión a quien abuse de la libertad de expresión”. Y Cristina Portillo Ayala, del Partido de la Revolución Democrática, no dejó lugar a dudas: “nos congratulamos con la despenalización de los delitos de difamación, injurias y calumnias, cuya sola posibilidad intimidaba al informador”.

Todo eso es cierto. Pero diputadas y diputados que con tanta vehemencia festejaron esa decisión olvidaron que, además del Código Penal, los delitos de prensa son sancionados con castigos corporales en la Ley de Imprenta.

En ese ordenamiento se sanciona con cárcel de 8 días a 6 meses los ataques a la vida privada, de 6 meses a 2 años las injurias “que causen afrenta ante la opinión pública” y con prisión de uno a seis meses los ataques a la moral. Los ataques a la paz pública (entre los que se encuentran aquellos “con los que se injurie a la nación mexicana o a las entidades políticas que la forman”) pueden ser castigados con cárcel de hasta dos años.

Así que la despenalización de los delitos de prensa ha sido solamente parcial. Las faltas de esa índole tendrán que castigarse con multas si ocurren en radio o televisión pero ameritarán cárcel cuando, por haber sido cometidas en un periódico o una revista, son denunciadas con apoyo en la Ley de Imprenta.

Vetusta e impregnada de una moralina decimonónica, la Ley de Imprenta cumplirá 90 años en abril próximo. Tan encandilados con la despenalización de algunos delitos a los diputados no se les ocurrió reformarla o, de plano, derogarla.

Secreto profesional

La misma Cámara de Diputados aprobó una iniciativa enviada por el Senado para que abogados, consultores, notarios, ministros de cualquier culto, periodistas, médicos y psicólogos sean eximidos de la obligación para “declarar sobre la información que reciban, conozcan o tengan en su poder”. En una reforma a los códigos Federal de Procedimientos Penales y Penal Federal se estableció, para los periodistas, el derecho a no declarar en causas judiciales “respecto de los nombres o las grabaciones, registros telefónicos, apuntes, archivos documentales y digitales y todo aquello que de manera directa o indirecta pudiera llevar a la identificación de las personas que, con motivo del ejercicio de su actividad, les proporcionen información de carácter reservada, en la cual sustenten cualquier publicación o comunicado”.

El secreto profesional es una garantía crecientemente reconocida en distintos países aunque todavía hay sitios en donde los periodistas pueden ser enjuiciados por no revelar las fuentes de sus informaciones –como le sucedió recientemente a una polémica reportera de The New York Times–. El flanco virtuoso que implica proteger el secreto profesional de los periodistas tiene su contraparte en la posibilidad de que, amparados en ese privilegio, haya quienes publiquen mentiras o imputaciones falsas sin respaldarse en fuentes acreditadas.

Diez días más tarde, el 28 de abril, la Asamblea Legislativa del Distrito Federal aprobó la “Ley del Secreto Profesional del Periodista en el DF” en donde se establece que “todo periodista o colaborador periodístico que sea citado en instancias penales, civiles o administrativas tendrá el derecho a reservarse sus fuentes”.

 

Derecho de imagen propia

La misma Asamblea del DF derogó las disposiciones del Código Penal de esta entidad que establecían sanciones de cárcel para los delitos de violación de la intimidad, difamación y calumnia. En su lugar, fue aprobada la Ley de Responsabilidad Civil para la Protección del Derecho a la Vida Privada, al honor y la propia imagen” que garantiza derechos como los de intimidad, honor y el derecho de las personas a “para disponer de su apariencia autorizando, o no, la captación o difusión de la misma”. Allí se considera ilícita la difusión o comercialización sin su consentimiento de la imagen de una persona “a menos que dicha reproducción esté justificada por la notoriedad de aquélla, por la función pública que desempeñe o cuando la reproducción se haga en relación con hechos, acontecimientos o ceremonias de interés público…”

Los derechos de privacía son importantes y delicados aunque, a menudo, también son resbaladizos. Su reconocimiento en la nueva ley es pertinente pero hay asuntos difusos como el derecho de personalidad al que se define así: “los bienes constituidos por determinadas proyecciones, físicas o psíquicas del ser humano, relativas a su integridad física y mental, que las atribuye para sí o para algunos sujetos de derecho, y que son individualizadas por el ordenamiento jurídico”. Además de dejarnos con cara de what? la ley recientemente aprobada para el DF resulta discriminatoria con los empleados del gobierno cuando considera que “los servidores públicos tendrán limitado su derecho al honor, a la vida privada y a su propia imagen como consecuencia del ejercicio de sus funciones sometidas al escrutinio público”. Esa restricción resulta excesiva. El trabajo de una persona no debería ser motivo para que se le redujeran sus garantías individuales.

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La decadencia del debate público

Marzo 25, 2006

Publicado en Nexos de mayo de 2006

Las campañas electorales confirman, entre otras pobrezas de nuestra vida social y nacional, el abatimiento del debate público. Todavía hace no mucho tiempo los partidos y sus candidatos pretendían –o al menos eso aseguraban– que para buscar el voto de los electores ofrecerían diagnósticos y propuestas. Hoy en día, tal y como ratifica la campaña presidencial que presenciamos en estas fechas, tal aspiración, con toda y la carga pretenciosa y retórica que tenía, ha quedado manifiestamente arrinconada. Arregladas al ritmo de las exigencias y cadencias mediáticas, las principales campañas buscan el golpe escenográfico y no la persuasión deliberada. Sometidos al aguacero de agravios y reproches que ellos mismos maquinan, los tres partidos nacionales se encuentran más preocupados por las respuestas que por las propuestas.

Esa batahola que domina en la vida política no ha encontrado un contexto de exigencia crítica, y mucho menos un contrapeso simbólico, en los actores sociales que en otros momentos solían contrastar excesos retóricos o reales de partidos, candidatos y gobernantes. Periodistas e intelectuales, cuando se ocupan de temas de actualidad política, habitualmente lo hacen con adicionales dosis de especulación, magnificación, suspicacia y maledicencia que nutren el de por sí exacerbado estruendo que prevalece en el espacio público.

Desde hace rato, pero especialmente en los meses recientes, venimos padeciendo una lamentable declinación del debate público. La discusión abierta ha quedado reducida a la exposición de estereotipos, consignas y dicterios o, en otros casos, de adhesiones sin condiciones. Los grandes temas nacionales han sido relevados por una sucesión de grandes lemas que se acomodan según las expectativas o conveniencias de cada quien.

Piénsese, si no, en cualquiera de los asuntos que tendrían que ser reconocidos como relevantes en cualquier país. Por lo general –y desde luego hay excepciones, pero de insuficiente visibilidad– cuando se habla de reforma fiscal, manejo de los energéticos, protección ambiental o seguridad pública, es a partir de lugares comunes y no del examen crítico y la presentación de opciones en cada uno de esos temas. La prensa diaria y los medios electrónicos pero también, con frecuencia, las discusiones y publicaciones académicas, se reducen al inventario de problemas ya conocidos para los cuales se enumeran clichés también harto repetidos. Y de las cuestiones nodales a partir de las cuales antes se definían –o se pretendía que así era– las visiones del país y los proyectos para gobernarlo, nadie o casi nadie se quiere acordar. El sentido y las prioridades de la educación pública, las miserias y opciones del campo mexicano, los grandes modelos de política económica o las urgencias en la investigación tecnológica, son algunos de los muchos asuntos marginados de la discusión pública.

 

Abandono de las ideas

No tenemos una auténtica deliberación pública. La indolencia para discutir va de la mano con el abandono de las ideas. El compromiso suele estar con los proyectos políticos y no con la reflexión y los argumentos. Se echa de menos el papel de la crítica intelectual y de los espacios que en otros tiempos la propiciaron y con la cual se nutrieron.

En todo el mundo los dimes y diretes, convertidos en solaz nacional gracias al prisma amplificador de los medios, son parte de la política y de la apropiación que la gente hace de ella. México no es la excepción pero entre nosotros la resistencia a esa trivialización y escandalización de la vida pública resulta singularmente débil a causa de la atonía de nuestro panorama intelectual y, especialmente, del generalizado decaimiento del debate público.

Hace un par de años Enrique Krauze y la revista Letras Libres sugirieron la creación de un comité para organizar debates en televisión. “Hoy por hoy –decía ese historiador– la política mexicana es un teatro (mitad farándula, mitad reality show) trasmitido en vivo por los medios de comunicación y ubicado en el Eje ‘Los Pinos-Zócalo-Donceles-San Lázaro’, en cuyo escenario hablan el Presidente y su esposa, el Gabinete, el Jefe de Gobierno del DF, senadores, diputados, algunos gobernadores y el coro de la clase política, mientras el resto del país bosteza, abuchea o guarda silencio en las butacas. Para cambiar este desorden de cosas, para tomar la palabra, para alentar una participación política madura, informada y eficaz, los espectadores debemos dejar el teatro y organizar un espacio propio cuyo propósito sea elevar la calidad del debate público”.

En aquellas fechas los videoescándalos y las denuncias mutuas iniciaban una hasta ahora inacabada fase de aquelarre y desconcierto en la vida pública mexicana. La propuesta de Krauze suscitó docenas de comentarios (de los cuales hicimos un recuento para la revista Configuraciones) al cabo de los cuales se confirmó una de las quejas del director de Letras Libres: “Vivimos una Babel cotidiana en donde lo fundamental se confunde con lo nimio… no tenemos siquiera un acuerdo de cómo resolver nuestros desacuerdos”.

 

Carencias e impedimentos

Más allá de la discusión acerca de las características de aquella iniciativa, la dificultad central para ponerla en práctica –y, de hecho, uno de los motivos principales que la hacían interesante– es la debilidad en el intercambio de ideas en nuestra vida pública. El debate público es tan escaso que se le puede considerar exánime debido a impedimentos como los siguientes.

1. Complacencia. Entre los actores políticos, así como en el mundo intelectual, no existe un contexto de exigencia capaz de identificar problemas, generalizar diagnósticos y abrir, entonces, una franca discusión sobre cada uno de ellos. Por una parte, entre una y otra formación política y en los coros de adhesiones y reprobaciones que se constituyen alrededor y enfrente de ellas no hay debate sino retórica –eso sí, en términos frecuentemente ríspidos–. Por otra, dentro de los partidos y en sus respectivos circuitos de influencia no se aprecian ejercicios de rigor analítico y mucho menos autocrítico.

2. Superficialidad. Carentes por lo general de compromisos específicos, las posiciones políticas se asemejan casi todas al menos en el discurso de candidatos y partidos. Cuando ofrecen propuestas, son casi idénticas independientemente del marco ideológico o político al que se adscriba cada quien. Doblegados a la fatalidad del cliché y en demostración de la escasa audacia o creatividad política que los determina, candidatos, partidos y analistas políticos coinciden en reivindicar grandes axiomas como si fueran o tuvieran que ser inamovibles. Por ejemplo, cuando se habla de las opciones para el gasto público, unos y otros han descartado la discusión sobre el déficit fiscal que en otros países es reconocido como un instrumento (riesgoso pero útil) de política económica.

3. Negligencia. Subyugados por la incesante aparición de nuevos y por lo general perturbadores o llamativos acontecimientos, ni los protagonistas ni los observadores de la vida pública le dan seguimiento a los asuntos que han sido notorios durante algunos días. Un caso: la reforma sobre derechos indígenas suscitó largas y enconadas discusiones cuando fue propuesta y aprobada en 2001, pero hoy nadie se toma la molestia de analizar qué fue de ella y qué consecuencias ha tenido.

4. Desinterés. El debate público no tiene espacios adecuados para desarrollarse. A los medios electrónicos les interesa el griterío del vituperio, no la exposición inevitablemente cadenciosa de argumentos y contrarréplicas. La prensa diaria y no pocas revistas han reducido de tal manera el espacio para textos de opinión que en ellos apenas caben unos cuantos pincelazos y no el lienzo completo que es preciso dibujar para rebatir un punto de vista y exponer otro de manera documentada. El periodismo light ha confirmado el abandono, o al menos el estrujamiento, de la reflexión crítica.

5. Extrañeza. El debate es contradictorio con la cultura de la simulación que domina la vida pública mexicana. Con frecuencia en los ámbitos sociales más diversos –entre ellos la academia e incluso en las instituciones políticas– a la confrontación de ideas se la rehuye como si fuera una calamidad y no un mecanismo para precisar nociones, posturas o propuestas. El debate suscita más temor que interés. Cuando en una reunión hay dos personas que discuten y alguien las conmina para dejar de hacerlo reclamando “que no se hagan diálogos” estamos ante una negación del intercambio y el debate.

6. Polarización. Cuando hay discusión –que no necesariamente debate– las posiciones en conflicto suelen exacerbarse de tal manera que solamente se aprecian los rasgos más ásperos de cada una. Los matices que siempre existen en cada tema quedan desvanecidos cuando solamente se aprecian posiciones en blanco o negro. En palabras de Néstor García Canclini, en un reportaje de Jaime Reyes Rodríguez: “Las sociedades suelen ser más complejas, y cuando las encajonamos en dos opciones estamos expulsando algo más que matices. Para ir construyendo una cultura de la polémica es útil, ante cada opción binaria, preguntarse qué temas y problemas dejamos fuera”. Lamentablemente no es ese el método que prevalece en un contexto dominado por las apreciaciones maniqueas. Hay más alineamientos que razonamientos.

7. Descalificación. No hay debate sin el reconocimiento mutuo, como interlocutores, de los debatientes. Cuando no se cumple con ese requisito no existe discusión sino, acaso, solamente en apariencia. Si no hay ideas en juego sino únicamente agravios recíprocos, si las anécdotas y la retórica dominan sobre el cotejo de marcos conceptuales y propuestas, no existe el entorno de entendimientos indispensable para debatir.

8. Aldeanismo. La mayor parte de las discusiones que transitan por nuestro escenario público están determinadas por perspectivas únicamente locales. Acostumbramos ufanarnos de una globalización en la que inevitablemente nos reconocemos pero, por lo general, no miramos hacia el resto del mundo cuando enfrentamos los problemas que tenemos delante nuestro. En cada asunto hay especialistas que indudablemente tienen miradas enteradas acerca de la situación internacional del tema que dominan. Pero en la discusión pública esas lecciones y experiencias suelen quedan apabulladas por circunstancias, sucesos y ambientes locales.

9. Espectacularización. La discusión pública, cuando la hay, por lo general no busca la verdad sino la notoriedad. Las tintas se cargan y los adjetivos arrecian con tal de llamar la atención tanto de los medios como de sus públicos. No existe, entonces, debate sino espectáculo. Gerardo de la Concha ha explicado las consecuencias de que tengamos muchos escándalos y casi ninguna polémica: “Y es que el escándalo se asocia a la sociedad del espectáculo, finalmente al vacío. Y la polémica apela al argumento, así sea un argumento colérico, lo cual es una forma de racionalidad inexistente en la sociedad del espectáculo, llamada de esa manera por Guy Debord para describir cómo la apariencia, la farsa, excluye los contenidos de lo verdadero; cómo el rito de lo superficial entierra al espíritu y a la razón, conformando una sociedad donde la forma de la imagen sustituye al fondo de las cosas y donde prevalece la retórica por encima de las ideas”.

10. Mediatización. Acaparada por los formatos, intereses y preferencias de los medios de comunicación de mayor audiencia, la escena pública sólo acoge –o sólo privilegia– discusiones cuya intensidad dramática cumpla con las exigencias del espectáculo. El estilo preponderante en los medios electrónicos –frases cortas, intervenciones breves, formulaciones simples, ideas escuetas– es refractario a la exposición lógica, a los matices y la densidad argumental que requiere la auténtica deliberación. La discusión en espacios mediáticos no intenta esclarecer sino exponer. No busca interlocutores sino públicos. Hace poco, cuando le preguntaron acerca de los intelectuales en su país, el filósofo Jean Baudrillard contestó: “Ya no hay intelectuales franceses. Los que usted llama intelectuales franceses han sido destruidos por los medios. Hablan en televisión, hablan a la prensa y ya no están hablando entre ellos mismos”.

 

Referencias:

-Gerardo de la Concha, “Perdidos en la retórica”. Reforma, 16 de enero de 2005.

-Enrique Krauze, “Para salir de Babel”. Letras Libres, mayo de 2004.

-Jaime Reyes Rodríguez, “Faltan ideas a la polémica”. Reforma, 16 de enero de 2005.

-Deborah Solomon, “Questions for Jean Baudrillard”. The New York Times Magazine, 20 de noviembre de 2005.

-Raúl Trejo Delarbre, “Para no seguir en Babel. Una reseña de los juicios y reacciones ante el debate sugerido por Enrique Krauze”. Configuraciones número 15. Otoño-Invierno de 2004.


Fundamentalismo y medios. Las caricaturas de Mahoma

Febrero 25, 2006

Publicado en Nexos de abril de 2006

A estas alturas del escándalo, todo el mundo está de acuerdo en que las doce caricaturas que en septiembre pasado publicó un periódico en Copenhague y que tanta ira causaron en varios países islámicos era de dudosa calidad artística. Sin embargo aquellas viñetas no estaban concursando en un certamen de periodismo gráfico. Fueron encomendadas para ilustrar un reportaje del Morgenavisen Jyllands-Posten y su reproducción desató la oleada de inconformidad y protestas que ha ocupado la atención internacional durante los primeros meses de 2006. Se trata en su mayoría de dibujos ordinarios, de los que nadie se acordaría de no haber sido por esa reacción. Todos muestran una concepción demasiado esquemática del islamismo. El más famoso e impugnado, que retrata al profeta Mahoma con un turbante del que brota la mecha de una bomba, remeda toscamente la asociación que con frecuencia se hace entre el mundo musulmán y la violencia. Es una comparación simplista y arbitraria. Así suelen ser los cartones en los diarios. La caricatura periodística no analiza, está por definición reñida con los matices que hacen compleja a la realidad. De ella no pueden esperarse reflexiones sino admoniciones. El golpe visual, habitualmente apoyado en la distorsión de rasgos personales o en la parodia de alguna situación conocida, es el alma de la caricatura.

 

Ilustraciones trucadas

Están hechas para satirizar, pero no para ser tomadas con demasiada seriedad. Por eso las caricaturas, aunque son de los contenidos más vistos en un periódico, no definen una política editorial –aunque, desde luego, puedan formar parte de ella–. Quizá por eso las primeras quejas, semanas después de la publicación de aquellas caricaturas en el periódico danés, no suscitaron inquietud alguna. Cuando en octubre de 2005 se negó a recibir a los embajadores de los países islámicos que pretendían exigirle sanciones para el periódico el primer ministro de Dinamarca, Anders Fogh Rasmussen, cometió un error que sin embargo no fue la causa del escándalo que sobrevendría meses más tarde. Algunos líderes de la comunidad islámica en Dinamarca –en donde de 5.5 millones de habitantes unos 200 mil son musulmanes– resolvieron propagar y aprovechar dicho asunto dentro y fuera de ese país.

En noviembre de 2005 una delegación de imanes de Dinamarca organizada por Ahmad Abu Ladan, dirigente de la Sociedad Islámica danesa, viajó a varios países del Oriente Medio con copias de aquellos cartones. Además de las 12 caricaturas que había publicado el Jyllands-Posten en aquel expediente se mostraban otras ilustraciones que eran, esas sí, agresivamente ofensivas a la personalidad del Profeta. Ninguna había sido publicada en la prensa de Dinamarca. En alguna de ellas se mostraba a Mahoma junto a una exaltación de la pedofilia. En otra, se veía un tipo barbón con una enorme nariz de cerdo mientras gesticulaba delante de un micrófono. Los influyentes líderes religiosos que vieron esas ilustraciones en Arabia Saudita y Egipto se horrorizaron cuando les dijeron que así se satirizaba en Dinamarca al venerable Mahoma. Lo que no sabían era que esa foto en realidad mostraba a un granjero llamado Jacques Barrot mientras participaba, disfrazado de chancho, en el festival de los Cerdos Chillones que cada año se realiza en Trie-sur-Baise’s, un pequeño pueblo al sur de Francia.

Un granjero chillando y enmascarado como cerdo: esa fue una de las imágenes que, al ser presentada como si se tratase de una blasfema parodia del Profeta, desató la cólera en el mundo islámico. Parecía –y en realidad era– cosa de caricatura. Pero no fueron graciosas, en absoluto, las consecuencias de esa intencionada confusión. Las caricaturas, auténticas y falsas, fueron tomadas como intencional agresión a las creencias de los musulmanes. A comienzos de 2006 en varios países árabes comenzó un boicot contra productos de origen danés. Más tarde docenas de personas murieron en Pakistán, Afganistán, Nigeria y Libia en manifestaciones contra el presunto anti-islamismo de Dinamarca.

Los autores y editores de las viñetas fueron amenazados. A comienzos de febrero el gobierno de Senegal expidió una “firme condena a la blasfemia contra el profeta del Islam”. Un par de semanas más tarde un ministro religioso en Pakistán ofreció 25 mil dólares “y un automóvil” por la cabeza del caricaturista danés sin percatarse de que hay una docena de ellos. En respaldo al Jyllands-Posten y a la libertad de expresión, algunos periódicos europeos habían reproducido varios de los cartones inicialmente publicados por ese diario. La prensa de Estados Unidos no fue tan solidaria. El 30 de enero, exactamente cuatro meses después de haber difundido las caricaturas que tanta exasperación pero sobre todo tanta confusión suscitaron, el Jyllands-Posten publicó un editorial en donde explicaba que la convocatoria a 12 caricaturistas para que dibujasen la idea que tienen del profeta Mahoma “era parte del actual debate público sobre la libertad de expresión”.

“En nuestra opinión –escribió Carsten Juste, editor en Jefe del diario– los 12 dibujos eran sobrios. No intentaban ser ofensivos, ni estaban en contradicción con la ley en Dinamarca, pero indiscutiblemente ofendieron a muchos musulmanes, por lo cual nos disculpamos”. En una explicación que además apareció en inglés en su sitio electrónico, el periódico sostuvo: “ya que somos sólidos defensores de la libertad religiosa y debido a que respetamos el derecho de cualquier ser humano a practicar la religión que él o ella quieran, nos resulta impensable ofender a alguien en los cimientos de sus creencias religiosas”.

 

Intransigencias mutuas

Una de las claves del proceso civilizatorio es el reconocimiento del otro como interlocutor. Otra de ellas, el respeto indispensable entre quienes se admiten como interlocutores. En la guerra de las caricaturas se tensaron las visiones mutuas que tienen el mundo occidental y el mundo islámico. Pero sobre todo, ganaron espacio las posiciones más radicales en esos dos ámbitos. En los países musulmanes se reforzó la idea de que en Europa y América no hay respeto por los valores religiosos que tan caros resultan en el Islam. Y en Occidente se amplió el espacio social de quienes, con ignorancia y desprecio, estereotipan a todos los musulmanes como personajes barbados y de turbante, violentos e intolerantes. Las respuestas de uno y otro flancos no hicieron mas que exacerbar esa espiral de intransigencias mutuas.

Para algunos comentaristas en ese episodio se revelaba el “choque de civilizaciones” que con tanta alarma, pero tan escaso rigor, diagnóstico Samuel Huntington hace 13 años. Para muchos más, las consecuencias que tuvieron las caricaturas confirmaban que la libertad de prensa debe cohibirse para no ofender creencias como las que profesan los musulmanes.

Ambas vertientes en el debate que abrieron las viñetas danesas son discutibles. La existencia de contextos distintos en los ámbitos islámico y occidental ayuda a entender pero no causó, por sí sola, el conflicto alrededor de las caricaturas. Evidentemente hay diferencias de apreciación acerca de la función de la prensa y la caricaturización de personajes públicos cuando en Afganistán o Pakistán causa tanto desagrado un dibujo que en Dinamarca, Italia o Canadá resulta casi anodino. Pero la reacción contra las viñetas no se hubiera propagado sin la porfiada militancia de los líderes religiosos que buscaron –y consiguieron– fraguar un escándalo trasnacional. No se trató de un choque entre civilizaciones sino de la reacción –eso sí, con efectos en cadena– de los fundamentalismos que hay en ambas culturas.

Hubo quienes, en Europa o América Latina, se conformaron con encontrar en la publicación de las caricaturas una conspiración para exacerbar las diferencias respecto del universo musulmán: se descalificó al Jyllands-Posten por ser, según se decía, un periódico de derechas (aunque algunos de sus lectores lo identifican más bien con el centro) como si ese fuera motivo para que tuviera un ejercicio restringido de la libertad de expresión. Otros cuestionaron el bullicio acerca de las caricaturas porque, según decían, le daba “alas al pensamiento de la extrema derecha”.

En ese mismo debate pulularon las admoniciones contra posturas que pudieran incomodar a los mahometanos. Las caricaturas danesas quizá eran de mal gusto. Pero ¿cuál es la pauta admisible para que en la prensa haya referencias críticas a las creencias religiosas de otros? Y de manera más amplia, ¿cuáles son los límites pertinentes en el ejercicio de la libertad de prensa?

 

Libertad, responsabilidad

En los primeros meses del año, en las páginas editoriales de periódicos de variadas latitudes menudearon las alusiones a Max Weber para subrayar que no hay libertad sin responsabilidad. La confrontación perpetua entre la ética de la convicción –animada por los principios, el deber moral y las certezas personales– y la ética de la responsabilidad –que se define a partir de las consecuencias de cada acto– podía reeditarse en el episodio de las caricaturas pero sólo parcialmente. No hay que olvidar que Weber acuñó esa dicotomía para explicar el comportamiento de los políticos –que han de tener el realismo suficiente para tomar decisiones incluso más allá de sus convicciones– y no de los periodistas a quienes, con variadas razones, tendía a despreciar.

Con el cedazo de la ética de la responsabilidad, se pudo haber considerado que publicar las caricaturas de Mahoma era inadecuado como ahora todos sabemos. Pero los editores del Jyllands-Posten difícilmente podían haber anticipado la virulenta reacción de quienes se consideraron ofendidos por tales viñetas además de que, como hemos visto, esa respuesta fue acicateada por las interesadas distorsiones y gestiones de algunos líderes musulmanes. Por otro lado, caricaturistas y editores pudieron haber considerado que su responsabilidad está con los lectores de ese diario en Dinamarca y no con los inciertos públicos que podrían encontrar en otros rumbos del planeta.

Prever las respuestas ante nuestras acciones es una premisa recomendable siempre, lo mismo en la vida privada que en cualquier actividad pública. Pero en la crítica periodística, o en la reflexión intelectual, definir lo que se publica y dice solamente a partir de los hipotéticos disgustos que puedan ocasionar un texto, o una imagen, puede paralizar el ejercicio crítico y analítico. La libertad de expresión, para ser tal, tiene que alcanzar todos los ámbitos y temas, con excepción de la vida privada y los secretos de Estado. Esa libertad debe tocar, incluso, a las religiones y convicciones. De otra manera, la crítica e incluso la creatividad quedarían refrenadas por las creencias de otros. En París, once escritores dijeron en una carta abierta que los fanatismos estadounidense y musulmán estaban extendiendo a países hasta ahora laicos y moderados: “Pronto, en Francia como en Dinamarca, la libertad para publicar nos será negada en nombre del respeto a este o aquel dios. Dejamos que eso ocurra y se incendiarán las bibliotecas que abrigan a Voltaire, Sade, Ovidio, Omar Khayam, Proust y todos los demás. Y no hay duda que para ese gran auto de fe se reunirán y danzarán los papas, los grandes rabinos y los grandes muftís”.

Tal vez no es para tanto. Pero cuando la posibilidad de expresar una opinión queda acotada no por el respeto sino por el temor a otros, entonces nos encontramos ante una libertad disminuída. El filósofo italiano Paolo Flores D’Arcais lo explicó de manera muy clara: “Mi libertad tiene sus límites en la tuya. Gran verdad. En tu libertad, no en tu susceptibilidad. Yo me mofo de tu fe, no te prohibo el practicarla. Tú eres libre para mofarte de la mía, no para prohibirme la manifestación de mis convicciones, entre las que se cuenta la de considerar la religión como una superstición a la altura de la astrología, o del tarot”.

Al terminar febrero los del Jyllands-Posten no eran los únicos periodistas bajo presión debido a las caricaturas. En Indonesia el editor de un diario había sido encarcelado por publicarlas. En Malasia, por el mismo motivo, fue clausurado el diario Sarawak Tribune. En Yemen los editores de dos diarios estaban bajo investigación. En París el editor de France Soir, propiedad de un empresario de origen árabe, fue despedido por reproducir las viñetas.

Muchos otros medios se ahorraron posibles represalias y mantuvieron distancia respecto del tema. La posición de quienes exhortaban a no publicar las caricaturas fue severamente cuestionada por Ayaan Hirsi Alí, diputada de origen somalí en el parlamento de Holanda: “Debería darles vergüenza a los periódicos y canales de televisión que no tuvieron el valor de mostrar a sus lectores las famosas caricaturas… exigir que unas personas que no aceptan las enseñanzas de Mahoma se abstengan de hacer dibujos de él no es reclamar respeto, sino sumisión”.

Los medios que decidieron no publicar tales ilustraciones por lo general fueron víctimas de la parquedad y el miedo, más que de una siempre razonada responsabilidad. La prensa occidental no ha tenido tanta diligencia para, por ejemplo, negarse a difundir imágenes de las ejecuciones en contra de europeos o estadounidenses que son perpetradas y grabadas en video por grupos terroristas de filiación o coartada islámica. El derecho a la crítica –a la sátira, incluso– es parte de los valores que cohesionan a la sociedad que conocemos como occidental. Por lo pronto, sin embargo, será difícil que algún caricaturista se arriesgue a dibujar a Mahoma.

 

Referencias

Ayaan Hirsi Alí, “Soy una disidente del islam”. Reproducido en El País, 18 de febrero de 2006.

Paolo Flores D’Arcais, “Contra las nuevas santas alianzas”. El País, 19 de febrero de 2006.

Salim Bachi, Jean-Yves Cendrey, Didier Daeninckx y otros, “Des écrivains face à la caricature”. Le Monde, 13 de febrero de 2006.