HiTV, el nuevo atraco de TV Azteca

Julio 17, 2009

Zócalo, junio  de 2009

“Aunque no les guste…”: con la misma bravuconería con que ha emprendido una ilegalidad tras otra, la televisora de Ricardo Salinas Pliego advirtió que mantendría el sistema de televisión codificada que puso en marcha en contra de una decisión expresa de las autoridades y transgrediendo la legislación en materia de radiodifusión.

El servicio llamado “Hi-TV” que puede recibirse con un decodificador que se vende en las tiendas Elektra, utiliza las frecuencias que Televisión Azteca tiene concesionadas exclusivamente para televisión abierta. Es decir, Azteca hace de esas frecuencias una utilización que no ha sido aprobada por la Secretaría de Comunicaciones y Transportes ni por la Comisión Federal de Telecomunicaciones.

Televisión Azteca ha mentido al asegurar que “la operación de HiTV es legal” y que su título de concesión le permite transmitir señales paralelas a las de televisión abierta. Que lo diga de esa manera y sin respaldo documental alguno, es parte del comportamiento mendaz que desde hace años se le conoce a esa empresa. Pero en este episodio varios comentaristas, sobre todo en las secciones financieras de los periódicos, han reiterado esas afirmaciones permitiendo que Televisión Azteca actúe como ventrílocuo suyo.

Una ilegalidad tras otra

Televisión Azteca comete varias transgresiones legales con el sistema HiTV.  En primer término, al propagar señales adicionales a las que tiene permitidas incumple con sus títulos de concesión, que solamente la autorizan a propagar televisión abierta.

En segundo lugar, esa utilización de las frecuencias viola el Acuerdo que expidió el presidente Vicente Fox el 2 de julio de 2004 para otorgar a las televisoras un canal adicional por cada uno de los que ya tenían con el propósito de impulsar la televisión digital.

En tercer término, esa actitud viola doblemente las leyes de Radio y Televisión y de Telecomunicaciones. Lo hace en primer lugar porque esas disposiciones requieren de una autorización específica por cada uso que se haga de las frecuencias que componen el espectro radioeléctrico. Y las infringe porque desde el 5 de septiembre de 2008 la Cofetel había rechazado la petición de TV Azteca para ofrecer servicios de video bajo demanda utilizando las frecuencias que tiene concesionadas para televisión abierta.

En cuarto lugar, y por eso la postura de Azteca ha resultado especialmente provocadora, la utilización de frecuencias concesionadas para televisión con el propósito de difundir a través de ellas otros servicios contradice la resolución que tomó en junio de 2007 la Suprema Corte de Justicia de la Nación cuando se ocupó de la llamada Ley Televisa.

El núcleo de aquellas reformas a las leyes federales de telecomunicaciones y de radio y televisión era el afán de las televisoras para explotar las frecuencias concesionadas conduciendo y vendiendo otros servicios gracias a las posibilidades técnicas que ahora ofrece la digitalización de la señales.

La principal impugnación presentada contra la Ley Televisa radicaba en ese aprovechamiento indiscriminado. Los concesionarios de televisión y radio se convertirían prácticamente en dueños de esas frecuencias porque las podrían utilizar a su antojo.

Eso no significa que las frecuencias no deban ser empleadas para difundir la mayor cantidad posible de señales y servicios. Al contrario. Aquellas objeciones a la Ley Televisa consideraban que cualquier uso adicional al que fue expresamente concesionado debería ser puesto a licitación y que, en cualquier caso, la empresa beneficiaria de una nueva adjudicación debería pagarle al Estado una retribución por ese aprovechamiento del espectro radioeléctrico.

Indebido privilegio

Precisamente, cuando la Corte dispuso la abrogación del artículo 28 de la Ley de Radio y Televisión que consagraba esa discrecionalidad de las empresas concesionarias, consideró que la posibilidad de utilizar las frecuencias cuando y como quisieran era un privilegio indebido que aquella reforma les entregaba a las empresas privadas de televisión y radio. Las estaciones no comerciales y cualquier otro interesado en difundir señales adjuntas a las de televisión abierta, tendrían que pasar por un proceso de licitación y autorización.

Por eso la Corte señaló: “Ni en la iniciativa de ley, ni en los dictámenes de las Cámaras de Origen y Revisora se expresó razón válida alguna que justifique el trato privilegiado que se otorga a los concesionarios de radio y televisión abiertas al permitirles acceder a concesiones de servicios de telecomunicación sin sujetarlos al procedimiento de licitación y sin que se les exija el pago de la contraprestación correspondiente, lo que, en términos de competencia económica y libre concurrencia, constituye un claro trato discriminatorio que provoca, entre otras cosas, para los permisionarios de radiodifusión, concesionarios en telecomunicaciones y terceros interesados en una nueva concesión, una significativa barrera a la entrada a este mercado, de carácter tanto regulatorio como económico, que evidentemente obstaculiza la libre concurrencia y propicia las prácticas monopólicas de los agentes que pretendan hacer uso del poder sustancial que tienen en el sector de la radiodifusión”.

El razonamiento de los ministros reivindicaba la equidad con la que se encuentra obligado el Estado. Permitir que quienes ya disfrutan de un beneficio otorgado por el Estado –es decir, de una concesión– puedan tener otro más únicamente porque ya han sido favorecidos con el primero, significa engrosar los privilegios y discriminar al resto de la población.

La Corte insistió en que ese artículo 28 era anticonstitucional porque vulneraba la capacidad del Estado para disponer de un recurso natural como las frecuencias de radiodifusión y porque propiciaría la concentración de recursos comunicacionales, “lo que evidentemente se contrapone a un régimen que asegure una efectiva pluralidad de concesionarios que evite la formación de grupos de poder en una actividad que tiene una influencia decisiva en la sociedad, pues debe tomarse en cuenta que es un hecho notorio que los actuales concesionarios de servicios de radiodifusión tienen un poder sustancial en el mercado de la radio y televisión abiertas, por lo que el otorgamiento de mayores privilegios para la obtención de concesiones en materia de telecomunicaciones, implicará la traslación de su posición preponderante en su mercado, al segmento de los servicios de telecomunicaciones, provocándose así que las actividades tanto de radiodifusión como de servicios adicionales de telecomunicaciones se concentren en unos cuantos agentes económicos, en lugar de que se abran a la competencia y se logre una mayor diversidad y pluralidad tanto en los medios masivos de comunicación, como en materia de telecomunicaciones”.

Indolentes legisladores

Esos fueron, entre otros, los argumentos de la Corte para declarar inconstitucional aquel artículo 28 en la revisión que hizo de la Ley Televisa en junio de 2007. Desde entonces quedaron invalidados varios artículos de las leyes de Radio y Televisión y de Telecomunicaciones. Se hubiera supuesto que, en atención a esa resolución de la Suprema Corte, el Poder Legislativo tendría que haber reemplazado esos artículos con nuevas disposiciones que atendieran a las decisiones de los ministros y permitieran el desarrollo de la radiodifusión con pleno acceso a la convergencia digital y con reglas capaces de propiciar la diversidad de opciones comunicacionales.

Lo más adecuado hubiera sido que la Cámara de Diputados y el Senado, en reconocimiento al interés público que suscitaron las impugnaciones a la Ley Televisa y la resolución de la Corte, diseñara y aprobara una nueva ley de medios, que involucrara tanto a la radiodifusión como a las telecomunicaciones. Pero el Congreso no quiso ponerse de acuerdo en ese tema. Los senadores y diputados de PAN, PRD y PRI, pudieron construir decisiones conjuntas para reformar en septiembre de 2007 la Constitución y luego la legislación electoral y crear un nuevo régimen para la relación entre medios de comunicación y partidos. Pero los arreglos políticos no fueron suficientes para conducir a una nueva ley de medios.

A esa indecisión e indolencia del Congreso se debe el vacío jurídico que Televisión Azteca ha querido aprovechar para decidir por su propia cuenta el aprovechamiento de las frecuencias que le han concesionado para TV abierta. La legislación actual prohíbe de manera expresa esa utilización. Pero no precisa los conductos jurídicos que debieran seguir los interesados en transmitir señales adicionales a las de TV abierta por los canales hasta ahora habilitados para ese servicio. Esos cauces no existen porque el Poder Legislativo no ha querido hacer suyo, pero tampoco rechazar, el criterio ya establecido por la Corte a fin de que quienes tienen concesiones deban concursar por cualquier nuevo uso que hagan de ellas.

Clientelismo televisivo

Lo que TV Azteca hizo fue desatender la ley y actuar como si las frecuencias que tiene concesionadas fueran suyas. Significativamente en ese nuevo atraco (que se aúna a los muchos otros que ha cometido la televisora de Salinas Pliego) Azteca no contó con la connivencia de otros consorcios comunicacionales.

Aunque las operaciones de HiTV se conocían desde enero, cuando fue mencionado por varios columnistas (Gabriel Sosa Plata publicó en El Universal una explicación muy clara de ese servicio y de la ilegalidad que implicaba) el asunto no inquietó a mucha gente hasta que el 11 de mayo fue difundido en su primera plana por el diario Reforma. Desde el campo de los medios, hubo entonces reacciones de tres tipos.

Algunos comentaristas críticos expresaron indignación con ese nuevo abuso de Televisión Azteca. Por otra parte, varias empresas de televisión por cable exigieron que el gobierno atajara esa ilegalidad porque la televisión codificada de Azteca competiría con los servicios que ellos ofrecen. Y por otro lado, la empresa de Salinas Pliego replicó en un agresivo comunicado (publicado como inserción pagada el 14 de mayo en varios diarios) que formulaba reproches personales al dueño de Reforma, aseguraba que HiTV funciona de manera legal (lo cual es mentira) y sugería que ese servicio lleva la televisión de paga a segmentos de la población que no han tenido recursos para acceder a ella.

Con demagogia, pero con cierta astucia barata, Televisión Azteca ha buscado colocarse como benefactora de los televidentes de menos recursos económicos que gastarían menos en la compra del convertidor para ver HiTV que suscribiéndose a la televisión por cable o satelital a las tarifas hasta ahora vigentes.

Lo que no dice Azteca es que el menú de canales de HiTV es notoriamente más pobre y de menor calidad que la programación habitual en los sistemas de televisión de paga. Tampoco explica que quienes compren su decodificador quedarán sujetos a las tarifas y modalidades que posteriormente les imponga esa empresa, con mayor discrecionalidad si no está sujeta a regulación alguna. Y tampoco recuerda que en cualquier momento las autoridades de Comunicaciones y Transportes, con la ley en la mano, podrán clausurar el funcionamiento de HiTV debido a las muchas infracciones que ha cometido.

Efectivamente, la existencia de un nuevo servicio de televisión de paga afecta a las empresas que hasta ahora han acaparado ese mercado. Muchas de ellas han sido adquiridas por Televisa en los años recientes, de tal manera que este diferendo entre los operadores de televisión por cable y HiTV es antes que nada un nuevo episodio de tensiones entre Televisa y TV Azteca que se distancian y alían según les conviene.

Posibles sanciones

Los regateos alrededor de HiTV manifiestan intereses de negocios distintos entre las televisoras pero, antes que nada, la apropiación que TV Azteca hace de esas frecuencias expresa un intencionalmente alevoso desprecio por las leyes y las autoridades encargadas de hacerlas cumplir.

Por eso fue pertinente que el viernes 15 de mayo la Comisión Federal de Telecomunicaciones anunciara el inicio de un proceso para imponer sanciones a Televisión Azteca por violaciones a la Ley Federal de Radio y Televisión. Además trasladó a la Secretaría de Comunicaciones y Transportes la revisión del mismo asunto para determinar qué infracciones cometió Azteca a la Ley Federal de Telecomunicaciones.

Es deseable que esos procedimientos concluyan pronto con multas e inhabilitaciones claras a dicha televisora y que no se enreden en vericuetos administrativos en los que con frecuencia queda estancada la aplicación de la ley en materia de radiodifusión y telecomunicaciones. En la decisión de esas autoridades tendría que pesar el desafío que TV Azteca hizo público cuando alardeó: “Aunque no les guste, venderemos las cajas de HiTV…”

En este diferendo, a los únicos que nadie toma en cuenta es a los televidentes.

TV Azteca los engaña ofreciéndoles un servicio de paga de calidad y legalidad dudosas.

Los operadores de televisión por cable se postulan como defensores del orden jurídico y del interés del público cuando, durante varios años, se han opuesto a que el gobierno autorice a Teléfonos de México para ofrecer televisión por la red telefónica.

Las autoridades en materia de telecomunicaciones tratan de arbitrar entre las corporaciones pero no propician un mercado más abierto y plural, con más opciones televisivas pero además con precios menos altos, para el consumo de la televisión de paga.

La convergencia tecnológica no está siendo aprovechada para que los mexicanos tengan mejores y más baratos servicios de telecomunicaciones.


Televisión Azteca, ¿por sus pistolas?

Mayo 13, 2009

Publicado en eje central

No hay motivos de sorpresa en el comportamiento sinvergüenza e ilegal de Televisión Azteca. La misma empresa que envió una partida de pistoleros para asaltar y ocupar la antena del Canal 40 y luego quiso sobornar a los trabajadores de aquella emisora, la misma que junto con Televisa organizó una campaña de intimidación contra los inversionistas que pretendían crear una nueva cadena de televisión comercial, la mismísima que escamoteó los mensajes de los partidos políticos para que no fueran enviados a la retransmisión de sus canales que hace la televisión satelital es precisamente la que ahora utiliza de manera ilegal sus frecuencias concesionadas para difundir, sin autorización, un nuevo servicio de programación codificada.

Si la desfachatez de Televisión Azteca no sorprende en absoluto, tampoco resulta novedosa la complacencia del gobierno federal con los abusos de esa empresa. Ricardo Salinas Pliego le tiene tomada la medida al gobierno del presidente Felipe Calderón de la misma forma que manejaba, casi a su antojo, las decisiones comunicacionales de Vicente Fox. Pero no deja de ser muy grave, además de ciertamente patética, la indolencia de la actual administración para hacer que la ley se cumpla en materia de radiodifusión y telecomunicaciones.

Azteca, igual que otras televisoras, recibió una frecuencia adicional por cada una de las que ya tenía para, en el nuevo canal, difundir señales de televisión digital de alta definición. El 2 de julio de 2004 el presidente Fox les concedió a las televisoras esa nueva prerrogativa, con la que hipotecó el desarrollo de la televisión mexicana al modelo de televisión digital que existe en Estados Unidos y que solamente ofrece más calidad de imagen pero con las mismas opciones televisivas que ya existen. En el mundo hay otros modelos de televisión digital. En América Latina todos los países están eligiendo otras opciones, especialmente el modelo europeo que propicia la apertura de nuevos canales y no solamente más de la misma televisión.

Aquella decisión de Fox les permitió a las televisoras contar con más frecuencias pero únicamente para transmitir en formato digital la misma programación que difunden los canales de tipo analógico. Como la digitalización de las señales hace posible que además en cada canal se puedan conducir otros servicios de telecomunicaciones, aquel Acuerdo de Fox estableció que, previa autorización del gobierno federal, los concesionarios podrían difundir otros servicios. El apartado 2 del Acuerdo sobre televisión digital terrestre (TDT) publicado el 2 de julio de 2004 en el Diario Oficial indica con toda precisión:

“la solicitud para la prestación de servicios de telecomunicaciones que, en su caso, sea factible prestar por el concesionario o permisionario, a través de los canales asignados a la TDT, sin que de manera alguna implique la interrupción total o parcial de la TDT, estará sujeta y se resolverá conforme a la Ley Federal de Telecomunicaciones y demás disposiciones legales y reglamentarias que sean aplicables. El Gobierno Federal podrá establecer una contraprestación económica y, en tal caso, el concesionario o permisionario estará obligado a cubrir la misma a favor del Gobierno Federal, en los términos de las disposiciones legales…”

A los dueños y operadores de las televisoras privadas esa restricción no les gustó porque ahora que con la digitalización de las telecomunicaciones es posible difundir servicios agregados a los de televisión o radio, han querido utilizar toda la capacidad de las frecuencias que tienen concesionadas para vender otros productos. Por eso a fines de 2005 promovieron las reformas a las leyes federales de Telecomunicaciones y de Radio y Televisión que, por sus implicaciones y autoría, fueron conocidas como “Ley Televisa”.

El aspecto más importante de la Ley Televisa era la cesión, a las televisoras privadas, de las frecuencias que hasta ahora han tenido concesionadas para que hicieran con ellas lo que mejor conviniera a sus intereses de negocios. El artículo 28 de aquellas reformas a la Ley Federal de Radio y Televisión les permitía a los concesionarios utilizar las frecuencias para prestar “servicios de telecomunicaciones adicionales a los de radiodifusión” pero siempre y cuando lo solicitasen a la Secretaría de Comunicaciones y Transportes. Esa dependencia podría determinar el pago de una cantidad de dinero por el servicio adicional.

Aquella disposición fue muy cuestionada porque les daba a las televisoras la posibilidad de aprovechar las frecuencias tan solo a partir de una autorización administrativa y sin que fuese obligatorio el pago por ese aprovechamiento suplementario. No en balde ese fue el artículo más debatido en la Ley Televisa. Cuando, en junio de 2007, la Suprema Corte de Justicia de la Nación invalidó buena parte de aquellas reformas, abrogó todo el artículo 28.

En el razonamiento de los ministros de la Corte prevaleció la convicción de que la explotación de las frecuencias concesionadas para usos distintos a la transmisión de televisión abierta debería ser motivo de licitación y del pago de derechos específicos. Y no se trata de montos pequeños. Las empresas de telefonía celular pagan decenas de millones de dólares por el derecho a utilizar pequeños segmentos del espectro radioeléctrico para transmitir las señales de ese servicio. Con las reformas que a la postre fueron abrogadas por la Corte las televisoras querían ahorrarse ese pago.

El Congreso ha dejado baldada la legislación de radiodifusión y telecomunicaciones porque después de las decisiones de la Corte, hace ya casi dos años, ni los senadores ni los diputados han querido ponerse de acuerdo para aprobar una nueva normatividad. Pero la ausencia de reglas precisas de ninguna manera disculpa el nuevo abuso de Televisión Azteca.

La empresa de Salinas Pliego ahora ofrece un servicio de televisión codificada que se transmite en un segmento de una de las frecuencias que tiene concesionadas. Para ver esos canales es preciso comprar un equipo sintonizador que se vende en las tiendas Elektra. Desde fines de enero pasado el investigador Gabriel Sosa Plata denunció esa ilegalidad de Televisión Azteca que promovía el nuevo servicio sin autorización de la Comisión Federal de Telecomunicaciones ni de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes. El lunes pasado ese mismo asunto fue difundido en la primera plana del diario Reforma.

A pesar de la negativa expresa de la Cofetel, a pesar de que el decreto de julio de 2002 requiere que haya autorización para cualquier uso adicional de las frecuencias concesionadas con motivo de la digitalización, a pesar incluso de la sentencia de la Suprema Corte de Justicia, Televisión Azteca anuncia y vende ese nuevo servicio. No por sus pistolas, sino por la negligencia y debilidad del gobierno federal.


La disputa por la televisión digital

Mayo 12, 2009

Zócalo, abril de 2009

Más de lo mismo, o más opciones en el mismo espacio: esas son, esquemática pero claramente, las posibilidades que ofrece la televisión digital. En torno a ellas, en América Latina actualmente se libra una intensa y en ocasiones notoria batalla empresarial y gubernamental –a veces también social– para elegir entre cuatro estándares de televisión digital.

Aunque el gobierno mexicano resolvió hace 5 años, sin discusión ni anuncio previo alguno, que en nuestro país funcionará el modelo estadounidense, esa decisión no tendría que ser definitiva. Otros países latinoamericanos están adoptando modelos distintos, tomando en cuenta consideraciones sociales, culturales e incluso políticas. Alguno más, se había orientado por el esquema estadounidense y ha sabido rectificar.

¿Cuáles 4 modelos?

El formato digital permite comprimir las señales de televisión para que, en el mismo canal en donde actualmente cabe una frecuencia de televisión analógica, ahora haya espacio para varias señales y/o para señales de mayor calidad. Los modelos en disputa ofrecen distintas variantes de esas dos  posibilidades: más canales y/o mejor definición de imagen.

1. El modelo estadounidense, llamado HDTV –High Definition Television– por su orientación a la alta definición, ha sido impulsado por un consorcio que crearon en 1993 el gobierno de ese país y una docena de empresas dedicadas a la tecnología de las comunicaciones. El estándar HDTV comenzó a ser empleado comercialmente en 1998 en Estados Unidos con un sistema de asignación de frecuencias en donde, a las empresas e instituciones que ya disponen de canales analógicos, se les otorga una nueva frecuencia, ahora digital, por cada canal que tengan. De esa manera se asegura que ninguna televisora se quede fuera de la adopción de la Televisión Digital de Alta Definición. Pero, al mismo tiempo, se cancela la posibilidad de que entren nuevas opciones al campo televisivo.

Recientemente el Senado estadounidense prorrogó para junio de 2009 el momento en que desaparecerán las señales analógicas. Se había previsto que eso ocurriera en junio, pero aún quedan muchos hogares sin adquirir nuevos televisores o sin el convertidor que permitirá sintonizar señales digitales en aparatos analógicos.

2. El estándar europeo se denomina DVB-T, o Digital Video Broadcasting y es promovido por un consorcio que reúne a 280 empresas y organismos de la industria de las comunicaciones. La adopción de ese protocolo ha permitido que, por ejemplo, en Francia la televisión analógica transite a un esquema de 6 canales digitales multiplex, en cada uno de los cuales caben 6 señales. Es decir, la televisión digital abierta en Francia ofrece 36 canales.

En la Gran Bretaña hay también 6 multi canales, pero en cada uno de ellos caben entre 3 y 5 señales de televisión, de acuerdo con la definición de la imagen que tengan. Uno de esos 6 multicanales fue adjudicado a la corporación de la radiodifusión pública, la BBC, que tenía dos canales analógicos; otros dos multi canales fueron distribuidos entre el tercero, el cuarto y el quinto canales nacionales. Los otros tres canales múltiples serían subastados, para permitir el acceso a la transmisión televisiva de nuevas empresas y grupos productores.

La Unión Europea resolvió emprender en 2012 el “apagón digital”, es decir, el momento en el cual todas las señales de televisión deberán ser de esa índole y no analógicas. Algunos países comenzaron a declarar la plena digitalización televisiva algunos años antes.

3. El sistema japonés le permite al radiodifusor elegir las modalidades de televisión que quiere difundir: más canales digitales en un solo canal múltiple, o menos canales pero de alta definición. Ese estándar, denominado ISDB-T (Integrated Services Digital Broadcasting) fue creado a iniciativa del consorcio de la televisión japonesa, NHK, y funciona desde 2003 en multi canales que se dividen, cada uno, en 13 segmentos –de allí su versatilidad–.

4. El protocolo chino, llamado DTMB (Digital Terrestrial Multimedia Broadcast) fue creado en 2006 en las Universidades de Jiaotong en Shanghai y Tsinghua en Pekín. Su principal rasgo es la posibilidad de transmitir imágenes de alta definición a dispositivos de televisión móviles.

En 2008, 81 países habían elegido alguno de los cuatro sistemas. 6 de ellos, México entre ellos, se habían comprometido con el protocolo estadounidense. 2 más, por el de origen japonés. Uno (China misma) por el que promueve el gobierno de Pekín. Y 72 por el sistema europeo, entre ellos Alemania, Arabia Saudita, Australia, Hungría, India, Kenia, Malasia, Polonia, Reino Unido, Rusia, Suecia, Turquía y Uruguay.

Los defensores del estándar estadounidense sostienen que a los telespectadores les beneficia fundamentalmente la imagen de mayor calidad y realce. El europeo, favorece las ventajas de la diversidad y la pluralidad de opciones televisivas. Los protocolos japonés y chino, con diferentes características, apuestan a la movilidad para que los usuarios miren televisión donde quiera que se encuentren, especialmente en teléfonos habilitados para esa función.

México, mimetizado con EU

La importancia del estándar digital se advierte con claridad si tomamos en cuenta la gran cantidad de latinoamericanos que no tienen más opciones que la señal abierta para ver televisión. Se calcula que, en América Latina, la televisión de paga –es decir, la que llega por cable o satélite o cualquier otro sistema de difusión codificada– tiene una penetración del 33%. Eso implica que casi 7 de cada 10 hogares latinoamericanos dependen de la señal abierta para ver televisión.

México fue el primer país en decidir su modelo de TV digital. El  2 de julio de 2004, con tanta discreción que el asunto pasó inadvertido para muchos analistas e interesados en los medios, el entonces presidente Vicente Fox  expidió un Acuerdo a favor de ese estándar y acordó entregar una frecuencia para televisión digital por cada una de las que ya tuviera, con televisión analógica, cada empresa o institución dedicadas a ese medio. Tales canales serán usufructuados, con dichos fines, hasta el último día de 2021.

No hubo discusión ni participación social, ni presencia del Congreso, que antecedieran a esa disposición presidencial. Las dos cadenas nacionales de televisión, Televisa y Televisión Azteca, que concentran 94% de las concesiones para televisión comercial, fueron beneficiadas con otra frecuencia por cada una de las que ya tenían. Esa digitalización televisiva no significa más opciones, sino únicamente imagen de alta definición.

Rectificación argentina

En Argentina, en 1997, el gobierno de Carlos Menem estableció la Comisión de Estudio de Sistemas de Televisión Digital que luego se convertiría en Comité Consultivo para ese tema. Un año más tarde, Menem adoptó el sistema estadounidense. Las vicisitudes económicas demoraron el desarrollo de ese estándar y mientras tanto, otros países de la región asumían determinaciones distintas.

El cuestionamiento al estándar estadounidense se convirtió en una de las muchas diferencias políticas en Argentina. En mayo de 2000, ya bajo la presidencia de Fernando de la Rúa, el secretario de Comunicaciones dijo que aquella decisión fue tomada “sobre fundamentos incorrectos, con pruebas inexistentes, sin ningún tipo de coordinación con Brasil y basándose en consideraciones falsas sobre la norma europea DVB”. En abril de 2006 el gobierno de Néstor Kirchner designó una  nueva Comisión de Estudio de los Sistemas de Televisión Digital Terrestre. Un año después la nueva presidenta, Cristina Fernández, anunció que estaba considerando la posibilidad de homologar la televisión digital con el sistema adoptado en Brasil, que para entonces se había inclinado por el protocolo japonés.

Brasil, estándar japonés

En Brasil, en efecto, en 2006 el gobierno del presidente Luiz Inacio Lula da Silva acordó desarrollar el sistema japonés de televisión digital. Esa decisión estuvo precedida por una intensa presión de las principales empresas televisoras, especialmente TV Globo. En 2003 el gobierno había creado el Sistema Brasileiro de Televisión Digital, con la participación de 1500 investigadores de 73 universidades públicas y privadas y con la tarea de desarrollar un estándar propio. Entre otras cosas, se buscaba amalgamar la expansión de la televisión digital con la propagación de Internet en todo el territorio brasileño.

Sin embargo, esos afanes de originalidad e irradiación tecnológicas fueron desplazados por el interés de las televisoras que impulsaron el modelo ISDB, con el propósito de controlar la transmisión de señales televisivas a los teléfonos móviles.

Chile y Perú, pendientes

En Chile, al finalizar octubre de 2008, el gobierno de la presidenta Michelle Bachelet envió al Parlamento un proyecto de televisión digital que establecía un periodo de ocho años para la transición desde el modelo analógico y reservaría el 40% del espectro radioeléctrico destinado a televisión para canales culturales, regionales y locales.

La decisión sobre  cuál de los estándares en juego tendría la televisión digital chilena seguía pendiente en marzo de 2009. Los operadores de la televisión pública preferían un estándar que reforzara la diversidad cultural en ese medio. Los dueños de la televisión privada cabildeaban a favor de normas técnicas que ofrecieran imagen de mayor calidad.

En Perú, en febrero de 2007 nació la Comisión Multisectorial encargada de recomendarle al gobierno cuál estándar deberá adoptar. En ese grupo de trabajo participaban representantes de varios ministerios del gobierno y de organizaciones profesionales. En marzo de 2009 Perú seguía sin tomar una decisión aunque no eran secretas, ni discretas, las presiones de los gobiernos de Japón y Brasil por el estándar ISDB-T.

Intenso examen colombiano

La experiencia de Colombia ha sido paradigmática por la extensa discusión que ha precedido a la elección del modelo digital. La Comisión Nacional de Televisión, integrada por representantes del gobierno y organismos profesionales, creó a fines de 2006 un consejo asesor para hacer una propuesta que permitiera a la población de ese país “no sólo contar con servicios de mejor calidad y alta definición, sino además con servicios interactivos que permitan potenciar la educación, la transmisión de información y el entretenimiento, para generar el escenario propicio para que Colombia reduzca su brecha digital y sea testigo de la sociedad de la información”.

La Comisión realizó una docena de Foros de Televisión Digital Terrestre, con asistencia de más de 4 mil personas, en Cali, Medellín, Manizales, Bucaramanga, Barranquilla, Villavicencio, Valledupar, Pasto, Ibagué y Arauca. “Estudiantes, profesores, productores y realizadores, publicistas, periodistas, amas de casa y operadores del servicio de televisión, entre muchos más, participaron en cada uno de los foros”, dice la propia CNTV que ofrece amplia documentación sobre ese proceso en su sitio www.cntv.org.co El 28 de agosto de 2008 la Comisión anunció que Colombia tendría el sistema europeo.

Uruguay, también DVB

En Uruguay, la Comisión Nacional de Televisión Digital Terrestre Abierta , integrada  por empresarios, gobernantes y representantes de la sociedad, dedicó gran parte de 2007 a estudiar diversas opciones. En agosto de ese año, el presidente Tabaré Vázquez suscribió el decreto en donde se establece que la televisión digital en Uruguay se ajustará al estándar europeo, que “ofrece la posibilidad de una mayor diversidad de contenidos y señales y más competencia en el sector, así como oportunidades de desarrollo de nuevos servicios y emprendimientos tecnológicos asociados, entre ellos la interactividad de los ciudadanos con los nuevos medios de comunicación”. Esa decisión de los uruguayos causó un notorio disgusto en el gobierno de Brasil.

En 1998, los gobiernos del Mercosur se habían comprometido a establecer conjuntamente el estándar de televisión digital. Argentina rompió de inmediato ese acuerdo. La decisión de Brasil en 2006 hizo evidente que no habría una política conjunta en ese terreno. El interés del gobierno brasileño para que otros países de la región se sumen al estándar japonés tiene motivos financieros, pero también políticos y culturales. La venta de televisores y decodificadores, así como la retransmisión de programas televisivos, está directamente relacionada con el protocolo de televisión digital disponible en cada nación.

Venezuela, cerca de Pekín

Venezuela, mientras tanto,  parecía orientarse al sistema chino. Entre Caracas y Pekín se ha desarrollado una creciente relación tecnológica y de negocios que incluyó, en enero de 2009, la entrega a Venezuela de la administración del satélite denominado “Simón Bolívar” que, entre otras funciones, tendría la transmisión de señales de televisión. Algunos países en la órbita de influencia venezolana, como Nicaragua y eventualmente Cuba, podrían sumarse al desairado modelo chino de televisión digital.

Diversidad cancelada

La disputa central es entre los modelos estadounidense y europeo que expresan dos concepciones de televisión: una, que privilegia la definición de la imagen pero con los mismos y ya conocidos contenidos; otra, que favorece la diversidad de canales y opciones. Por otra parte, las presiones del gobierno brasileño para propalar el sistema japonés forman parte de una también constante búsqueda de hegemonía política y mercantil en Sudamérica.

La alta definición no resuelve las carencias de la televisión latinoamericana. Pero el estándar HDTV resultará especialmente oneroso porque implica menos opciones de televisión y, de esa manera, el mantenimiento de los esquemas de propiedad de canales que en casi toda América Latina se encuentran concentrados en pocas manos. La precipitación para allanarse al modelo estadounidense, como sucedió inicialmente en Argentina y sigue ocurriendo en México, está cancelando posibilidades para que la digitalización sea origen de una nueva diversidad en la televisión.

Este artículo sintetiza parte de un ensayo más amplio sobre las perspectivas de la televisión digital latinoamericana entregado para un número de la revista Popular Communication coordinado por la Dra. Rosalía Winocur.


Canales para la UNAM y el DF: Condenados a teleaudiencias restringidas

Septiembre 5, 2007

Zócalo, agosto de 2007

   Las adjudicaciones de sendos permisos de televisión al gobierno de la ciudad de México y a la UNAM parecieran buenas noticias. Pero no lo son. Al aceptar canales que difundirán señales digitales de alta definición, ambas instituciones se allanan a la política discriminatoria y concentradora que, con plena complacencia de los consorcios televisivos, estableció el gobierno anterior y ha mantenido la actual Comisión Federal de Telecomunicaciones.

   Esa política promueve un modelo de televisión digital dedicado exclusivamente a las transmisiones de alta definición, en vez de utilizar la digitalización para que haya más señales y opciones de diferente calidad de imagen y con amplia diversidad de contenidos (al respecto puede verse nuestra colaboración en Zócalo número 89, correspondiente al mes de julio).

   Además, y allí radica el error principal que han cometido las autoridades del Distrito Federal y de la UNAM, los canales que les ofreció la Cofetel solamente podrán ser vistos en televisores de alto costo que tienen decodificadores digitales y que han sido fabricados, precisamente, para reproducir señales de alta definición. Hace algunos meses la propia Cofetel, de acuerdo con informaciones periodísticas, estimaba que en todo el país se habían vendido aproximadamente 10 mil televisores con esas características. Si suponemos que al menos la mitad de ellos se encuentran en la ciudad de México, el auditorio potencial de la señal abierta de los nuevos canales universitario y del DF se limitaría a unos cuantos miles de personas.

   Desde luego, los contenidos de esos dos canales podrán ser propagados en sistemas de televisión de paga como ya sucede con el Canal de la UNAM que desde hace más de un año está incluido en redes de televisión por cable y satelital. Pero para eso no necesitan un canal de difusión abierta.

 

Discutible vanguardia tecnológica

   La utilidad del canal abierto radica en que puede ser sintonizado por quienes no cuentan con suscripción a la televisión de paga. Aproximadamente el 75% de los hogares en todo el país carece de esa televisión, de tal manera que tres cuartas partes de los mexicanos siguen dependiendo, para su entretenimiento doméstico y para informarse, de las señales abiertas y de carácter analógico. Por eso tanto el gobierno de la ciudad de México como, según se ha informado ahora, también la Universidad Nacional, solicitaron canales de televisión abierta a las autoridades de Telecomunicaciones. El único sentido que hoy en día tiene la televisión abierta es la capacidad de llegar a las audiencias mayoritarias. Al aceptar canales digitales y no analógicos, ambas instituciones le dan la espalda a ese teleauditorio.

   Tanto los funcionarios del gobierno de la ciudad de México como las autoridades universitarias directamente encargados de sus respectivos proyectos de televisión, han construido un discurso de presunta modernidad tecnológica para justificar la aceptación de los canales digitales. En ambos casos se ha dicho que con la transmisión de esa índole estarán a la vanguardia del desarrollo comunicacional.

   El hecho de que dos televisoras no comerciales incursionen en la transmisión digital tiene relevancia como parte de la construcción del futuro de la televisión mexicana. Esa decisión permite confirmar que el aprovechamiento de la convergencia tecnológica en el campo de la radiodifusión no es patrimonio de los consorcios comerciales. Pero tanto la UNAM como el gobierno de la Ciudad de México pudieron haber tenido presencia en la televisión digital difundiendo sus respectivas señales en dos canales cada una –analógico y digital–. Así lo harán (algunas ya han comenzado esas transmisiones simultáneas) las televisoras comerciales que han recibido una concesión adicional por cada una de la que ya tenían.

   Pero mientras a cada canal mercantil las autoridades le entregan una nueva frecuencia por cada una de las que ya disfruta, a las nuevas televisoras de vocación pública como las que pretenden instalar la UNAM y el gobierno del DF solamente se les asigna una frecuencia. El discurso de supuesta vanguardia tecnológica, ambas instituciones lo han construido después de la decisión de las autoridades de la Cofetel. Pero no eran canales digitales, que serán sintonizados por muy pocos, los que habían pretendido.

 

Convertidores para ver un canal

   El gobierno de la ciudad de México ha anunciado que, a fin de promover la audiencia de su canal, distribuirá de manera gratuita convertidores que permitirían que esa señal pueda verse en televisores analógicos. Algunas autoridades de esa administración inicialmente dijeron que esa sería una manera para extender la audiencia de la televisión digital y, al menos en privado, manifestaron que comprarían 8 millones de esos dispositivos para distribuirlos no solo en la ciudad de México sino también en los municipios conurbados. En la entrevista con Zócalo que aparece en esta edición Virgilio Caballero, responsable de ese proyecto televisivo –y que es sin duda el más calificado y experimentado promotor de la televisión pública en México– aclara que esos convertidores únicamente permitirían el tránsito, del formato digital al de carácter analógico, del canal del gobierno del DF.

   Aun así, el gasto que tendrá que hacer esa administración no será despreciable. En la ciudad de México existen 2 millones 237 mil hogares (el 98% del total) con al menos un aparato de televisión. Y cada vez hay, en promedio, más viviendas porque la gente tiende a concentrarse en familias más pequeñas. En la mayor parte de los hogares ya no hay cuatro o cinco personas. En promedio, de acuerdo con el INEGI, en la ciudad de México hay 3.8 personas por vivienda.

   Si el gobierno de la ciudad de México quisiera distribuir un convertidor por familia tendría que adquirir casi dos millones y medio. Y si cada uno de esos dispositivos cuesta 12 dólares como se ha informado, el gasto sería de 30 millones de dólares en números redondos. Esa cantidad es diez veces superior al presupuesto que se dijo tendría el canal del gobierno del Distrito Federal y que ascendería a 35 millones de pesos.

   Los más de 300 millones de pesos que la administración encabezada por Marcelo Ebrard gastaría para que su canal digital pudiera ser visto por los habitantes de la ciudad de México alcanzarían apenas para comprar un convertidor por familia. No se ha dicho qué sucedería en las viviendas en donde hay dos o más televisores.

   Toda esa erogación será necesaria porque el canal de televisión que en principio ha admitido el gobierno del DF es de índole digital. Si se tratase de un canal analógico, para cuya recepción está habilitada la gran mayoría de los televisores en el país, ese gasto no haría falta. Desde luego, en algún momento en el transcurso de las siguientes dos décadas todas las transmisiones de televisión tendrán que realizarse en formato digital. Cuando eso ocurra, los televisores analógicos serán obsoletos. Si los planes de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes se cumplen, ese cambio sucedería dentro de 14 años, a fines de 2021. Mientras tanto las televisoras comerciales seguirán transmitiendo en formato analógico y paulatinamente, en la medida en que haya más mercado para ellas, habrá más señales digitales.

 

Inciertas frecuencias disponibles

   Las actuales autoridades de telecomunicaciones han determinado que las frecuencias digitales solamente serán utilizadas para televisión de alta definición. Así que es de suponerse que el canal del DF –igual que el que tendrá la UNAM– difundirá televisión de esa calidad. Seguramente esas imágenes se verán muy bonitas en los pocos miles de televisores construidos para reproducir en alta definición. Pero se verán igual que el resto de los canales en los televisores analógicos, que son la mayoría.

   Al admitir canales digitales, el gobierno del DF y la administración de la UNAM no se colocan a la vanguardia de la evolución tecnológica. Más bien, son utilizados como avanzada de una transición digital en la cual las empresas de televisión mercantil no han querido arriesgarse demasiado. La Cofetel promueve la televisión digital para ampliar, a costa de las televisoras no comerciales, un mercado que luego aprovecharán, con más recursos –y con dos frecuencias por cada canal– los consorcios privados.

   La Cofetel ha sostenido que, en el dial televisivo para la ciudad de México, ya no hay más espacio para canales abiertos y que además transmitan de manera analógica. Sin embargo cuando presentó su solicitud el gobierno de la ciudad de México dijo que contaba con estudios técnicos que demostraban la posibilidad de que haya más canales, como aquellos en los que difunden las televisoras comerciales. Incluso solicitó, específicamente, la frecuencia del Canal 46 que hace varios años fue asignada a la empresa Cablevisión pero que no ha sido utilizada.

   Al aceptar el canal digital, en otra frecuencia, el gobierno del DF no informó por qué cejó en su reclamo acerca del Canal 46. Desde luego, la obligación de dar cuenta acerca del estado de cada frecuencia concesionada o permisionada es de la Cofetel y las autoridades de la SCT. Pero en esas dependencias prevalece tal opacidad que cualquier información sobre el espectro radioeléctrico se obtiene sólo  después de numerosas gestiones. O, simplemente, resulta que no hay datos suficientes. El investigador Gabriel Sosa Plata, de la UAM Cuajimalpa, demostró recientemente el patético desorden que hay acerca de la situación jurídica del Canal 46 (El Universal, 1 de mayo de 2007). Con datos como esos, el gobierno de la ciudad de México podría insistir en una frecuencia de más alcance que la que le han ofrecido. Lo mismo podrían hacer las autoridades de la UNAM.

   Así que no hay auténticos motivos para que las autoridades del DF estén satisfechas con la adjudicación del Canal 21 para transmitir en formato digital. El 15 de junio los diarios informaron que, al dar a conocer la resolución de la Comisión Federal de Telecomunicaciones el jefe de gobierno del DF, Marcelo Ebrard, exclamó, triunfalista: “¿no que no?”. Inicialmente la Cofetel había rechazado la solicitud del gobierno de la capital del país para que le asignaran un canal de televisión. Pero esa solicitud era para un canal de carácter analógico. Ahora Ebrard tendrá que resignarse a que su canal de televisión lo vean únicamente los habitantes del DF que disponen de canales de paga –y que son entre quienes se encuentran los propietarios de pantallas de alta definición–. O, para que lo vea el resto de la población de esta ciudad, tendrá que gastar por lo menos 300 millones de pesos. En realidad, en ese tema, Ebrard no tiene motivo para estar contento.

  

Resignación de la Universidad

   Tampoco lo tienen, en rigor, las autoridades de la UNAM. Pero como en esa institución desde hace algunos años se le da más importancia al bombo que al fondo de las decisiones, la adjudicación del canal 20 fue celebrada con un intenso despliegue de propaganda. Las autoridades universitarias festejaron la asignación de esa frecuencia pero sin explicar para qué y, sobre todo, con quiénes habrán de ser producidos los contenidos del nuevo canal. Esa frecuencia difundirá, por lo pronto, los programas del Canal de la UNAM que ya se transmite en sistemas de televisión de paga.

   Entrevistado, a nombre de esta revista, por la periodista Elvira García, el director de TV UNAM, Ernesto Velázquez, explicó tajantemente los motivos de esa institución para aceptar el canal digital: “si la pregunta es por qué la UNAM no tiene un canal analógico, la respuesta la conocemos todos: porque el gobierno mexicano se lo negó históricamente”.

   Esa afirmación no es del todo exacta porque, como el mismo Velázquez recuerda, hace varias décadas la Universidad había recibido una frecuencia que no utilizó. Pero el hecho de que más tarde el gobierno hubiera regateado la adjudicación de un nuevo canal televisivo, no era causa suficiente para que la UNAM se resignara de manera tan sumisa a dicha decisión.

   Las autoridades encabezan, pero no sustituyen a la Universidad. En ningún momento, ni durante la actual administración ni en las anteriores, la Rectoría de la UNAM hizo público su propósito para conseguir una frecuencia de televisión. Una y otra vez, cuando se les proponía que lo hicieran, esas autoridades respondían con evasivas y de cuando en cuando admitían que no querían tramitar esa frecuencia por temor al uso político que pudiera dársele a un canal de la Universidad.

   No obstante esa reticencia, durante muchos años para importantes núcleos de universitarios la obtención de un canal de televisión tenía que estar entre las prioridades en materia de difusión cultural para la Universidad. El Congreso Universitario que se realizó en mayo de 1990 y cuya deliberación constituye el ejercicio de autorreflexión y prospectiva más importante que se haya emprendido en esa institución, acordó: “Los universitarios de la UNAM hacemos pública nuestra voluntad de contar con un canal de televisión, para desarrollar un proyecto televisivo cultural de servicio a la sociedad, plural, critico, experimental y participativo”.

   Esa, como tantas otras decisiones del Congreso, quedó archivada. Y ahora, no existe la certeza de que el nuevo canal cumplirá con aquellos propósitos de apertura, participación y pluralidad.

 

Desde 2000, fantasmal canal 60

   Si las autoridades de la Universidad Nacional se hubieran respaldado en su comunidad y en la sociedad mexicana para demandar una frecuencia de televisión abierta, competitiva y capaz de ser sintonizada por todos los televidentes al menos en el Valle de México, indudablemente habrían contado con una extensa y sólida simpatía. Pero, a diferencia del gobierno de la ciudad de México, emprendieron esas gestiones con tanta discreción que el gobierno federal les asignó el canal digital que inicialmente, y durante varios años, estará condenado a tener audiencias restringidas.

   De hecho, la UNAM ya contaba con un canal de televisión. Desde diciembre de 2000 –un año después de que comenzó la gestión del rector Juan Ramón de la Fuente– el gobierno federal le asignó a esa institución el canal 60, con las siglas XHUNAM TV. Se trataba de una frecuencia de baja potencia, que aparentemente serviría sólo con propósitos de experimentación. Sin embargo las autoridades de la Universidad nunca informaron a su comunidad acerca de la existencia de ese canal. Solamente en julio de 2003, cuando entró en vigencia la Ley Federal de Acceso a la Información Pública y la Secretaría de Comunicaciones y Transportes se vio obligada a informar acerca de las concesiones y los permisos que había expedido, se supo que la UNAM disponía de esa frecuencia.

   Durante varios años, las autoridades universitarias se negaron a solicitar la ampliación de potencia y el registro del canal 60 como estación permisionada para difundir contenidos de interés general. Ahora, en junio pasado, dieron a conocer la permuta de esa frecuencia por la del canal 20 que transmitirá en formato digital. Qué bueno que la Universidad Nacional tenga canal de televisión abierta. Se lo merece y sin duda promoverá una televisión inteligente como la que ya difunde TV UNAM. Qué lástima que no comenzó transmitiendo en televisión analógica para que esos contenidos pudieran llegar a la mayoría de los habitantes de la ciudad de México.

 

***

   En la conversación con Elvira García que aparece en esta edición de Zócalo el muy respetado y apreciado director de TV UNAM, Ernesto Velázquez, responde disgustado cuando la reportera le pregunta, citando una frase aparentemente mía, por qué la Universidad no tendrá “un canal de verdad”. En realidad esa expresión no es mía sino de la redacción de esta revista, como queda claro en la nota que aparece en la página 7 de la edición anterior. Así que no discutiré la réplica de Ernesto ante una frase que no dije. Sin embargo la objeción del director de TV UNAM permite recalar en un tema que al menos en México no hemos podido resolver de manera clara para todos: ¿cuál es la televisión pública que queremos? Definiciones hay muchas. Pero el colega Velázquez estará de acuerdo en que todos los modelos relevantes y reivindicables de televisión pública pretenden, entre otras características, llegar a la mayor parte de la población para la cual existen. Se trata, según una expresión española que ha venido ganando presencia en América Latina, de lograr que la televisión pública sea generalista. Y eso, con el estándar tecnológico que utilizarán, no lo van a conseguir la televisión de la UNAM ni la televisión del gobierno de la ciudad de México por lo menos durante los próximos diez años.

–0–

 

 


La disputa por el espectro radioeléctrico

Julio 9, 2007

Publicado en Zócalo, julio de 2007

   El desmoronamiento de la Ley Televisa tiene consecuencias más allá de la televisión. La contrarreforma de 2006 no solamente establecía desmedidos privilegios para las empresas de televisión y radio que ya disponían de concesiones y que podrían utilizarlas para difundir otros servicios de telecomunicaciones sin necesariamente pagar por ellos. Además, como insistimos en la edición anterior de Zócalo, la Ley Televisa ponía en manos de las corporaciones mediáticas el desarrollo ulterior de las telecomunicaciones en México como parte de un modelo que excluye el contraste, la competencia y la ciudadanización de los espacios de comunicación.

   Ese modelo excluyente ha quedado en suspenso, al menos durante el breve tiempo que transcurre entre las decisiones que la Suprema Corte de Justicia tomó en los primeros días de junio y la reacción que esos fallos alcancen tanto en el Ejecutivo Federal como, muy especialmente, en el Congreso de la Unión. Dos semanas después de la extinción que la Corte decretó contra la Ley Televisa, estaba pendiente la decisión que el presidente Felipe Calderón tomaría acerca de la Comisión Federal de Telecomunicaciones. En tanto, al interior de todos los partidos políticos se extendían, no sin contradicciones, los propósitos para emprender una auténtica reforma del régimen para los medios de comunicación en México.

   A esas decisiones obedecerá la orientación del panorama comunicacional en este país. O, para decirlo de otra manera, de las posiciones que prevalezcan en el Congreso y en la clase política mexicana dependerá el modelo de Sociedad de la Información que tendrá México en las próximas décadas. En la abrogación de la Ley Televisa, los ministros de la Suprema Corte expresaron consideraciones muy críticas acerca de la concentración de los medios en este país y a favor del acceso de la sociedad a las posibilidades de la comunicación de masas. En sus deliberaciones subrayaron, sin denominarlos de esa manera, la confrontación que existe entre el modelo excluyente y el modelo ciudadano para el desarrollo de las telecomunicaciones en México.

 

Más televisión o más definición

   La Ley Televisa permitía la utilización de las frecuencias, originalmente concesionadas  para radiodifusión, con propósitos más versátiles pero en beneficio de las empresas que ya disponían de esos segmentos del espectro radioeléctrico. Aquella contrarreforma no propiciaba la convergencia tecnológica –es decir, la posibilidad de difundir contenidos audiovisuales, de telefonía e Internet gracias a la digitalización en la emisión y recepción de tales mensajes–; lo que auspiciaba era un empleo restringido y privatizado de tales espacios. Lo que hace falta ahora es intensificar el aprovechamiento de las nuevas tecnologías de las telecomunicaciones, pero de tal manera que se diversifiquen las opciones de y para la sociedad.

   La nueva legislación y las políticas del Estado respecto de las telecomunicaciones, tendrían que propiciar la utilización de las bandas de radiocomunicación para difundir más canales de televisión y no solamente los mismos que tenemos ahora como propiciaba la Ley Televisa y como estableció el Acuerdo para la televisión digital terrestre que expidió la Secretaría de Comunicaciones y Transportes el 2 de julio de 2004. En ese documento, además de refrendar todas las concesiones de televisión privada hasta 2021, el gobierno del presidente Vicente Fox resolvió que el futuro de la televisión mexicana tendría que descansar en la televisión digital de alta definición.

   Esa televisión, como es bien sabido, permite la transmisión de imágenes de sobresaliente calidad. Pero al establecerla como única opción para el futuro, el gobierno anterior nos condenó a, fundamentalmente, mirar más de la misma televisión que hemos padecido durante décadas. Con el estándar tecnológico ATSC (Advanced Television Systems Committee) que la SCT eligió para México y que es el que se utiliza en Estados Unidos, cada una de las frecuencias por las que ahora se transmite televisión puede ser utilizada para difundir un canal de alta calidad digital. Pero en ese espacio podrían transmitirse no uno sino tres o cuatro canales de televisión digital, con imágenes de buena calidad aunque no con definición tan alta como en la otra opción.

   Si México se mantiene sujeto a la lectura que las autoridades de Comunicaciones y Transportes y las televisoras hicieron del estándar ATSC, en el mediano plazo tendremos los mismos canales difundiendo la misma programación aunque en alta definición. Si el Estado resuelve modificar esos parámetros, siguiendo las reflexiones que varios de los ministros expresaron en la Corte, el tránsito a la televisión digital podría significar más canales y no solamente mejor imagen para los que ya existen.

 

Internet del futuro, inalámbrica

   Las decisiones de la Corte confirman la importancia que tiene el espectro radioeléctrico, es decir, la porción del espacio aéreo por donde se propagan las señales de radiodifusión.

   Durante la reciente discusión, algunos defensores de la Ley Televisa sostuvieron que la comunicación que se difunde en frecuencias de carácter abierto como la televisión no codificada se estaba volviendo obsoleta y que el futuro de los medios se encuentra en Internet. Por eso, sostenían, el litigio alrededor de las bandas de radiodifusión convencionales forma parte de una visión que está siendo superada por el desarrollo tecnológico.

   Aquellas posiciones eran poco informadas, o muy interesadas. Nunca como ahora el espacio radioeléctrico se ha convertido en motivo de intensas disputas no solamente porque la televisión abierta sigue teniendo un enorme valor comercial, cultural y político en todo el mundo. Además, el futuro de las nuevas formas de comunicación que se desenvuelven en y en torno a Internet se sustenta en la irradiación de señales de manera inalámbrica, precisamente en frecuencias del espectro radioeléctrico como las que la Ley Televisa asignaba casi exclusivamente a las grandes corporaciones mediáticas.

 

En EU, liberación de espectro

   Ahora mismo, en Estados Unidos se desarrolla una intensa e interesante discusión acerca del uso que se le asignará a una porción del espectro radioeléctrico que quedará liberada a comienzos de 2008, cuando las primeras televisoras que se comprometieron a transitar del sistema analógico al digital hayan completado ese proceso.

   En ese país, como señalamos antes, se puso en práctica el sistema que luego sería copiado por las autoridades mexicanas para que cada televisora dispusiera de un canal adicional al que ya tenía para difundir simultáneamente señales analógicas y digitales. La diferencia es que en México el gobierno nunca precisó los mecanismos para que las televisoras que ahora cuentan con dos frecuencias, por cada canal que ya tenían, le regresen al Estado la que dejarán de utilizar para ese servicio cuando se complete el tránsito al sistema digital. En aquella nación, cambio, hay plazos y procedimientos que conducirán a la devolución, a más tardar en el primer mes del año próximo, de una porción equivalente a 60 megahertz, que equivalen al espacio que ocupan diez canales de televisión en cada localidad.

   Esos 60 mhz serán subastados por la Comisión Federal de Telecomunicaciones pero no simplemente al mejor postor, sino de acuerdo con políticas para orientar la utilización de dicho espacio. Se trata de frecuencias que están ubicadas en la banda de 700 megahertz, en donde se encuentran los canales de UHF que van del 38 al 69. Ese segmento tiene valor adicional porque, de acuerdo con el Centro para la Democracia y la Tecnología (CDT) “a diferencia del espectro en algunas otras frecuencias, en este se pueden transmitir señales que pasan fácilmente a través de la paredes y que no requieren de una clara ‘línea de observación’ entre el transmisor y el receptor. Por eso, el especto será muy atractivo para una gran variedad de postores para varios propósitos comerciales”.

   Organismos como el CDT, consideran que en esas frecuencias podrían transmitirse servicios de Internet de banda ancha para que los consumidores dispongan de más opciones en el mercado de ese tipo de conexiones. La transmisión inalámbrica “podría ofrecer una manera de gran eficacia en términos de costos para contribuir a espolear una mayor competencia en la banda ancha, porque no requiere el gasto que hace falta para tender nuevos cables hasta los hogares. Pero la banda ancha inalámbrica necesita espectro y gran parte del espectro potencialmente idóneo ya está concesionado a las transmisiones de televisión y radio, a las redes de telefonía celular y a otros usos. El especto de 700 Mhz, que ha estado conduciendo transmisiones de televisión analógica pero que los radiodifusores van a dejar libre, representa un inusual conjunto de radio frecuencias contiguas, disponibles y de alta calidad”.

   El meollo de la Ley Televisa era la facultad que otorgaba a las corporaciones mediáticas para utilizar, prácticamente a su antojo, el espectro radioeléctrico que irían liberando gracias a la digitalización de las señales. En otros países la disputa por ese recurso natural se encuentra en el centro de las políticas de comunicaciones.

   La discusión estadounidense acerca del espectro que está por ser liberado seguramente se intensificará durante el resto de este año. A México le sería de la mayor utilidad atender a experiencias como esa en donde se demuestra que el futuro de las telecomunicaciones, lejos de prescindir de las frecuencias de difusión aérea, descansa hoy más que nunca en una utilización racional, y con criterios sociales, del espectro radioeléctrico.

–0–


Tendencias mediáticas en América Latina

Abril 8, 2007

Publicado en Zócalo, febrero de 2007 

 

    Los medios de comunicación han sido el motor cultural y social de la globalización contemporánea. Más que la apertura de mercados y la trasnacionalización de capitales, pero junto con ellos, la propagación de mensajes más allá de cualquier frontera geográfica o política y la homogeneidad de muchos de esos contenidos han significado un cambio drástico en la apreciación que la gente tiene acerca de sí misma y del mundo en el que vive. Ese nuevo entorno implica transformaciones en muchas direcciones. La apreciación catastrofista, que le asigna a la globalización un carácter esencialmente perverso, sirve de poco para entender esos cambios pero, además, conduce a una parálisis analítica y política porque al subrayar solamente sus consecuencias indeseables llega a magnificar e incluso a mitificar los efectos de la internacionalización económica y cultural. La apreciación complaciente, que busca solamente los rasgos virtuosos de un proceso que encierra profundas desigualdades sociales e incluso las acrecienta, tampoco es el enfoque más adecuado en el plano del análisis intelectual ni en el terreno de la elaboración de políticas. 

 

Híbrido espacio cultural 

   La globalización cultural es un proceso. No surge de manera súbita. Tampoco conduce a la suplantación drástica de las culturas nacionales y locales. Se trata, más bien, de una sucesión de inter-influencias mutuas, de una serie de hibridaciones como ha sugerido, entre otros, Néstor García Canclini. En ese proceso las culturas nacionales y locales ceden algo de espacio a los contenidos de carácter global –que son fundamentalmente, aunque no de manera exclusiva, de índole estadounidense–. Pero al mismo tiempo un segmento de los valores, rasgos y tradiciones de las culturas locales y nacionales comienza a formar parte de la que, en aras de la descripción breve, podemos denominar como cultura global.  

   En el espacio cultural iberoamericano concurren, así, contenidos de toda índole. Allí hay sitio para las culturas locales al mismo tiempo que para expresiones de la cultura trasnacional que irradian los medios de comunicación. En todos nuestros países, así como en otras regiones del mundo, la gente se entretiene mirando series estadounidenses como Lost, 24 y Sex and the city pero también aplaude la música y la figura de Shakira, las composiciones de Chico Buarque, las caracterizaciones de Penélope Cruz y Antonio Banderas, las canciones de Luis Miguel o las jugadas del Barsa y el Real Madrid. Los contenidos hispanoamericanos forman parte del caudal que circula en los medios de comunicación de dimensiones globales. Eso no significa que toda nuestra idiosincrasia ni todas nuestras costumbres estén siendo determinantes en esa cultura global. En esa avalancha de contenidos se amalgaman expresiones, características y tradiciones de numerosas culturas regionales y nacionales. Al mismo tiempo, por lo menos hasta ahora, las culturas locales y regionales se mantienen gracias a que forman parte de la gente que las nutre y reproduce. 

   Las nuevas tecnologías facilitan e intensifican esos procesos de amalgama cultural pero, además, comienzan a crear nuevas formas de consumo, generación y apropiación de contenidos. Por una parte, llevan hasta las audiencias más diversas los contenidos de la heterogénea pero omnipresente cultura global. En segundo término permiten algunas formas de intercambio e interactividad que la gente aprovecha para ampliar sus redes de relaciones personales y, en ocasiones, para propagar sus propias creaciones culturales. En tercer lugar, esas nuevas tecnologías hacen posible la reproducción de muchos de esos contenidos por mecanismos de apropiación y circuitos de distribución paralelos y en ocasiones contradictorios con el mercado institucional –la reproducción y distribución de archivos de vídeo y música más allá del copyright tiene delicadas implicaciones legales pero, al mismo tiempo, se ha convertido en una peculiar pero efectiva forma de democratización del consumo cultural–. 

 

El idioma y la Red 

   Influido y constantemente modificado por la cultura global, el espacio hispanoamericano tiene rasgos que lo singularizan. El primero de ellos es, desde luego, el idioma. El sustrato común que significa el español permite que se mantengan constantes flujos de bienes culturales, mantiene un contexto compartido y, sobre todo, les da a nuestros países una identidad común. 

   Sin embargo ese sustrato que significa la lengua no es apuntalado con el interés y los recursos que harían falta para sustentar ese asidero de nuestra identidad compartida. Los proyectos bibliográficos, comunicacionales, periodísticos, artísticos y/o cinematográficos que podrían desarrollarse para promover contenidos y la lengua común en estaos países, siguen resultando escasos. 

   Ante la insuficiencia de políticas nacionales y regionales de suficiente calado, la identidad común en nuestras naciones es promovida fundamentalmente por los grandes medios de comunicación de masas. En la mayoría de ellos, como es de suponerse, la producción de contenidos no suele estar orientada por la calidad sino por la búsqueda de rendimientos financieros.  

   En nuestros países la mayor parte de la sociedad depende, para su consumo mediático, de los canales de televisión abierta; el acceso a plataformas de televisión satelital, o por cable, sigue siendo un privilegio al que tienen acceso segmentos aun minoritarios de la población o, en otros casos, solamente los habitantes de las grandes zonas urbanas. 

   Internet no ha llegado a ser un auténtico contrapeso a la hegemonía comunicacional de los medios tradicionales. En la mayor parte de América Latina las tasas de acceso a la Red todavía son inferiores al 20% de la población. Los contenidos en español se han incrementado pero no tanto como los que se propagan en otras lenguas en la Red de redes. La creación de tales contenidos para Internet ha quedado fundamentalmente supeditada al interés mercantil o al afán comunicativo de pequeños y a veces aislados grupos de usuarios. En pocos países latinoamericanos (Brasil y Chile, destacadamente) ha existido una política estatal para impulsar el desarrollo tanto de la cobertura como de contenidos nacionales en Internet. Y si las políticas nacionales en ese terreno han escaseado, mucho mayor es la ausencia de políticas regionales para Internet. 

 

Fuerza de los medios 

   En ausencia de contrapesos y junto con el declive en la presencia social de otros actores públicos (como las instituciones del Estado, o los partidos políticos) la influencia social de los medios tradicionales ha crecido tanto que, en ocasiones, rivaliza con los poderes establecidos. No resultó sorprendente, por ello, que el Informe sobre la Democracia en América Latina que el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo presentó en 2004 identifique a los medios de comunicación entre los poderes fácticos más influyentes en esta región. 

   La fuerza política de los medios llega a determinar decisiones u omisiones de los poderes establecidos (como sucedió en México a comienzos de 2006 con la aprobación de una reforma de legal tan favorable al interés de las corporaciones mediáticas que llegó a ser conocida como Ley Televisa). Paradójicamente, en experiencias como esa, los medios privados llegan a padecer un costo político significativo cuando en la sociedad se extiende la convicción de que tales empresas están abusando del poder que tienen.  

   Los medios públicos no alcanzan a constituir una alternativa sobre todo cuando experimentan carencias financieras tan acusadas como las que padecen numerosas emisoras estatales en América Latina. Los medios comunitarios han experimentado un desarrollo desigual: suman centenares o quizá millares en Brasil y Argentina pero solamente –a lo sumo– un par de docenas en México. En todos los casos, su sola existencia contradice la concepción que suelen tener los empresarios de la radiodifusión privada que habitualmente se consideran propietarios de todo el espacio radioeléctrico y no únicamente concesionarios de algunas frecuencias. 

 

Acaparadores empresarios 

   ¿Fortalezas y debilidades? Si se les puede llamar así, para la industria de la comunicación, que es esencialmente privada, entre las primeras se encuentran el acaparamiento que hacen de las frecuencias de transmisión –hay muchos canales en pocas manos– y, por lo tanto, el monopolio que ejercen sobre las audiencias. Uno de los patrimonios más importantes de tales empresas es la experiencia técnica y comunicacional que han mantenido y consolidado durante, en ocasiones, más de medio siglo. Entre sus desventajas se encuentran la frecuente reticencia a cualquier innovación –lo mismo en materia de contenidos que de índole política, cultural o tecnológica–, el discurso estrecho y a menudo maniqueo que promueven acerca de los asuntos públicos, el afán para aprovechar políticamente la ventaja que suelen tener frente a otros actores públicos y el escaso interés que manifiestan para tomar en cuenta a sus audiencias como algo más que resignados conglomerados de pasivos consumidores de mensajes. Muchos de los empresarios mediáticos latinoamericanos más relevantes mantienen una visión del mundo tan estrecha que no suelen interesarse en producir o difundir contenidos capaces de reivindicar la identidad común de la región o de apuntalar el desarrollo de nuestro idioma. 

 

      (A fines de 2006 la Fundación Telefónica, de Madrid, les pidió a varias docenas de investigadores de la comunicación en Iberoamérica que respondieran a un cuestionario sobre las fortalezas y las debilidades del espacio mediático en nuestros países. La síntesis de ese sondeo aparecerá en el Informe Anual Tendencias que dirige el profesor Bernardo Díaz Nosty. El texto anterior recoge las respuestas que presenté a ese cuestionario).


Convergencia para pocos

Febrero 27, 2007

AVALÓ EL GOBIERNO LA CONCENTRACIÓN DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN PARA EVITAR COMPETENCIA, SEÑALA RAÚL TREJO DELARBRE EN LA UAM

Boletín de prensa de la Universidad Autónoma Metropolitana

febrero 27, 2007

La convergencia tecnológica en nuestro país ha significado mayor concentración de opciones tecnológicas y limitación de oportunidades para la población, además de que, por ejemplo, en el campo de la televisión digital la convergencia resultará en mayor calidad de imagen sin mejoras en los contenidos, por lo que es preciso que el Estado regule ese proceso, afirmó el especialista en medios de comunicación Raúl Trejo Delarbre.Aseguró que aún cuando el fallo de la Suprema Corte de Justicia de la Nación sea favorable al recurso de inconstitucionalidad contra las reformas a la Ley Federal de Radio y Televisión, quedará “mucho trecho por recorrer” para lograr la pluralidad y democratización de los medios de comunicación en el país. Precisó además que las reglas para la convergencia digital no surgieron de esas reformas en 2006, sino dos años antes cuando se establecieron las condiciones para el funcionamiento de la televisión en el futuro.

Durante su participación el en Foro Internacional Concentración o Pluralidad. El reto de la Convergencia Tecnológica, realizado en al Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), Trejo Delarbre destacó que fue en junio de 2004 cuando la Secretaría de Comunicaciones y Transportes dispuso que el tipo de televisión que vamos a tener en nuestro país, es decir, similar al estadounidense y que establece que las empresas que ya disponen de canales para transmisión analógica tendrán una frecuencia adicional para televisión digital.

Por el contrario, precisó, en países como Gran Bretaña el Estado resolvió que quienes ya tenían canales de televisión analógica tuvieran entre 30 y 40 por ciento de los canales digitales disponibles y que otras entidades de la sociedad –como empresas privadas o grupos sociales– dispusieran del resto de los canales. “En México lo único que vamos a tener es más de lo mismo con más calidad de imagen y contenidos del corte que ya conocemos”.

Según el investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México el gobierno mexicano determinó lo anterior con el propósito de evitar la competencia entre distintas opciones de televisión, pues en lugar de seis u ocho frecuencias por cada región del país, se podía haber contado con 24 o 30.

“Se trata de decisiones ya tomadas que va a será difícil revertir” porque ya hay derechos adquiridos por las empresas a las cuales les han sido adjudicadas concesiones adicionales, además de que el tema no está en la agenda de los políticos mexicanos, dijo en el encuentro.

Advirtió que si bien muchos legisladores piensan que basta con revertir la denominada “Ley televisa” para que se solucione el problema legal de los medios de comunicación, esto no es así, ya que si la Corte llegara a declarar su inconstitucionalidad, “con eso sólo regresaríamos a la situación de hace un año” y con ello no se lograrían resolver los muchos atrasos y lagunas que rigen la legislación para los medios de comunicación.

Explicó que es necesario evitar la concentración en unas cuantas manos. Se refirió específicamente a la decisión de la Comisión Federal de Competencia, la cual establece que para adquirir una empresa de televisión por cable en el Estado de Nuevo León, Televisa está obligada o a ceder parte de los intereses que tiene en el sistema SKY de televisión en la región, o a permitir que otras empresas de televisión restringida puedan incluir programación de los canales de Televisa.

Para el doctor Trejo Delarbre, la decisión de esa Comisión es acertada pero tardía, porque de haberse establecido hace tres años, hoy en México tendríamos una auténtica competencia en el terreno de la televisión de paga, esencialmente lo que significan los sistemas satelitales. Sin embargo, insistió en que las decisiones de esa instancia son relevantes pues se abre la posibilidad, por ejemplo, de que en la Ciudad de México pueda existir un sistema de televisión por cable distinto a Cablevisión (también perteneciente a la empresa Televisa).

Otro de los temas que deben ser discutidos, añadió, es el de los costos de la Internet, al que tiene acceso sólo 20 por ciento de la población, ya que mientras en México se pagan 37 dólares al mes por tener un sistema de banda ancha, en Japón cuesta 75 centavos de dólar, en Francia 1.51 y en Estados Unidos 6 dólares. De igual manera, en Francia, contratar servicio telefónico abierto con llamadas ilimitadas y televisión de paga e Internet de banda ancha cuesta 30 dólares, en tanto que en México la cifra se incrementa a 215 dólares.

En el encuentro, Gabriel Sosa Plata, profesor investigador de la Unidad Cuajimalpa de la UAM, lamentó que los consumidores no estén involucrados en la discusión de la convergencia tecnológica y opinó que es necesaria la creación de la figura de defensa de usuarios de las telecomunicaciones. Si bien la Procuraduría Federal del Consumidor intervino en la reciente falla del servicio de Telcel, todavía es escasa esta participación, agregó.

La convergencia, dijo, abre alternativas como TV por cable, TV satelital, por microondas, Internet, telefonía celular, además de radio y televisión abierta e informó que la telefonía celular alcanza ya a 42 por ciento de hogares mexicanos, además de que uno de cada cinco hogares tenía equipo de cómputo en 2005.

Mencionó que, según datos del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática, 9 por ciento de ellos tenía servicio de Internet; 3 millones de mexicanos hacen trámites bancarios por Internet, los usuarios de TV de cable ascienden a 4 millones en el país, y los suscriptores a TV satelital en un millón 400 mil.

Lo anterior se refleja en el gasto de las familias en servicios de telecomunicación. En 1994 sólo 8.1 millones de hogares destinaba recursos por servicios de telecomunicaciones, mientras que en 2004 son poco más del doble con 17.1 millones de familias. Precisó que los hogares destinaban 2.5 por ciento de su gasto en servicios de telecomunicación, en tanto que hoy éste alcanza más de 4 por ciento; estos hogares gastaron en 2004 cerca de 5 mil 184 pesos en telefonía, televisión de paga e Internet.

La también académica de la UAM, Rosalía Winocour, señaló que en la discusión sobre la convergencia tecnológica se privilegia el aspecto tecnológico, económico y productivo y que ha quedado poco atendido el impacto social de la misma, por lo que es necesario realizar más estudios sobre las audiencias, en tanto que la doctora Fátima Fernández Christlieb hizo énfasis en el papel que deben jugar las universidades como campo natural para la discusión de estos temas, si bien “el panorama es poco optimista”.


Convergencia, concentración, disparidades y desconexiones / Una agenda para los medios

Enero 23, 2007

   .

   A los medios de comunicación ya no se les identifica como recurso, ni como industria, sino como problema nacional. Ese es el saldo de la ausencia de contrapesos ante la centralidad política y social que las empresas mediáticas más influyentes han adquirido en la vida pública mexicana. En parte debido a las pobrezas  y limitaciones de otros espacios –partidos, Congreso, universidades, etcétera— pero fundamentalmente a causa de la voracidad no sólo financiera sino ahora también cultural que han manifestado, los consorcios comunicacionales hace tiempo dejaron de ser medios para convertirse en los protagonistas más exigentes de la sociedad y la política en este país. A la formidable capacidad de propagación de mensajes que han alcanzado, se añade el silencio o el sometimiento de otros actores sociales y políticos. Los medios, como tanto se ha dicho desde hace años, se han erigido en jueces de la vida pública nacional pero no toleran cuestionamientos –salvo cuando son tan marginales que pasan desapercibidos por la mayoría de los ciudadanos–.    Ningún personaje, institución ni fuerza política significativos está al margen del tribunal mediático. En todas las democracias los medios cumplen con un saludable papel de escrutinio, cotejo e incluso denuncia de los asuntos y personajes públicos. Pero cuando alcanzan un poder superior al de otros actores sociales –aunque sea debido a las omisiones y sumisiones de quienes podrían contrastar posiciones y ambiciones de las empresas de comunicación— y cuando rechazan ser sujetos de un escrutinio similar, los medios son, antes que nada, un problema para la democracia y la convivencia sociales.

 Después de la Ley Televisa  

La Ley Televisa, discutida y aprobada durante los primeros meses de 2006, ratificó la prepotencia del consorcio comunicacional más importante y la subordinación de los poderes institucionales a ese poder mediático. La sola decisión de promover una reforma que no tenía más propósito que el beneficio de una empresa privada, permite apreciar la concepción que Televisa tiene acerca del proceso jurídico y de la legalidad en el país. Cuando decidió que la legislación que imperó durante casi cinco décadas no le ofrecía condiciones de expansión suficientes para sus negocios, ese consorcio encargó la elaboración de un proyecto de acuerdo a sus intereses.    El hecho de que una empresa busque modificar la legalidad para ajustarla a sus proyectos de negocios no resulta inusitado. Lo verdaderamente escandaloso fue la docilidad de los legisladores –los diputados por unanimidad y después los senadores en una proporción de 2 a 1— para respaldar, sin modificar un ápice, la iniciativa que enviaron los personeros de Televisa.    El debate que se desarrolló entre la aprobación en una y otra cámaras así como el diferendo legal que se mantuvo por varios meses –cuando varias docenas de senadores exigieron a la Suprema Corte la revocación de aquellas reformas a las leyes federales de Radio y Televisión y de Telecomunicaciones– indicó, sin embargo, que el consenso social y político de Televisa se encuentra cada vez más maltratado. Junto al incremento en el desprestigio de esa empresa pudo advertirse una deliberación más puntual acerca de aspectos específicos de la operación y la presencia pública de los medios [1].  

Arbitrariedad y discrecionalidad  

Las características y los canales tradicionales de los medios de comunicación de masas se están renovando con tanta rapidez y contundencia técnicas que no siempre son advertidas dentro de esa discusión. El interés de Televisa para asegurar un desarrollo de la convergencia digital sin regulaciones estatales suficientes pretende no sólo una más expedita acumulación financiera sino, junto con ello, el establecimiento de un modelo tecnológico dominado por esa y otras corporaciones.    En todo el mundo el Estado y las corporaciones mediáticas se encuentran en litigio por la regulación de las comunicaciones. Los países con democracias consolidadas han reconocido que dejar el desarrollo de los medios y las telecomunicaciones al garete del mercado implicaría que las instituciones políticas renunciaran a responsabilidades fundamentales y dejaría a los ciudadanos en condiciones de singular inermidad frente a las corporaciones mediáticas. Un documento difundido recientemente por la UNESCO identifica algunos de los motivos para que el Estado asuma la regulación de los medios: “¿Por qué se debe regular la radiodifusión? En parte porque los medios de radiodifusión pueden afectar la manera de pensar y el comportamiento de la gente de una forma muy marcada, tanto para bien como para mal. Poner riendas a su poder para que esté al servicio del proceso democrático es uno de los propósitos claves de la regulación para la radiodifusión” [2].    El mismo documento recuerda que la regulación de los medios es necesaria para promover la cultura, defender el interés nacional, establecer normas para la publicidad y tutelar a las audiencias más desprotegidas entre otros motivos. Y más adelante precisa: “la radiodifusión utiliza el espectro y éste es un recurso público, que se asigna a los países de acuerdo con complejos acuerdos internacionales. Así, es un recurso escaso: solamente hay una cantidad limitada de espectro disponible para la radiodifusión en cada país. Y en consecuencia, como es un recurso escaso, es valioso. Incluso pensando que la radiodifusión digital está incrementando la cantidad de canales de radio y televisión que están disponibles, aún así no hay un suministro ilimitado. En consecuencia es razonable que el Estado, como propietario del espectro, establezca obligaciones para los radiodifusores que utilizan ese recurso” [3].   Las formas de regulación en este campo son muy variadas pero en la gran mayoría de los casos, tanto en Europa como en Norteamérica, existen autoridades con capacidades para otorgar y denegar licencias de radiodifusión y telefonía, imponer sanciones cuando se infringen los lineamientos básicos y favorecer la emisión de contenidos así como propiciar coberturas que tomen en cuenta a los grupos más desfavorecidos en cada sociedad.   Nada de eso está garantizado en México. La Ley Televisa reformó unos cuantos de los centenares de artículos que contienen las leyes federales de Radio y Televisión y de Telecomunicaciones. Pero uno de los cambios más importantes que implicó fue la asignación a la Comisión Federal de Telecomunicaciones –que ya existía aunque los mecanismos para su integración se modificaron parcialmente– de facultades para proponer al gobierno la asignación de nuevas concesiones de radio y televisión.   Esa Comisión se encuentra supeditada al gobierno federal y sus tareas principales consisten, simplemente, en hacer propuestas para las decisiones que en ese terreno seguirán tomando el Presidente de la República y el secretario de Comunicaciones y Transportes. Además de establecer que el criterio esencial para la asignación de nuevas concesiones de radiodifusión será de carácter mercantil –lo cual contraviene el sentido social que tendría que prevalecer en la radiodifusión– esas modificaciones legales les permiten a las televisoras y radiodifusoras que ya tengan concesiones la explotación irrestricta de tales frecuencias. En muchos otros países el empleo de las frecuencias para además de señales de radiodifusión difundir servicios de telecomunicaciones –telefonía celular o conexiones a Internet por ejemplo– implica el desembolso de altas sumas de dinero. En México las empresas de radiodifusión podrán ahorrarse esas contribuciones gracias a la reforma que supedita esos pagos a la decisión que en cada caso tomen las autoridades administrativas [4].   La Ley Televisa fue presentada como remedio a la vieja discrecionalidad que dejaba el otorgamiento de concesiones en manos de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes. Esa facultad no cambió. Peor aún, la posibilidad de que la autoridad administrativa (en este caso la propia SCT y además la Cofetel) puedan congraciarse con los consorcios de la comunicación privada es todavía mayor. No hace falta demasiada imaginación para suponer el tráfico de intereses que habrá cuando el pago por la utilización de las frecuencias de radiodifusión para difundir en ellas otros servicios esté sujeto a decisiones facultativas del gobierno. 

 Legislación estancada  

Es pertinente enfatizar en las implicaciones de la Ley Televisa porque es la única reforma a la legislación sobre los medios que se ha puesto en práctica en las últimas décadas. Y se trata, como mucho se ha insistido, de una reforma regresiva. Las exigencias que durante varias décadas presentaron distintos grupos gremiales y sociales para que las leyes destinadas a los medios reconocieran derechos básicos de los mexicanos y promovieran la diversidad de contenidos y opciones siguen siendo desatendidas por el mundo político. Peor aún, en la aprobación de la Ley Televisa se constató la reducción de la llamada clase política a los dictados de ese consorcio comunicacional.    Las implicaciones que esa subordinación tiene para la solidez del   Estado son de la mayor gravedad. En México nunca ha existido una relación equitativa entre medios de comunicación, sociedad y poder político. Durante largo tiempo el trato entre unos y otro fue de sometimiento de las empresas comunicacionales al interés del gobierno. Y súbitamente, en el transcurso de la administración del presidente Vicente Fox, esa relación se invirtió de tal manera que el gobierno, al menos en varias de sus decisiones y actitudes principales en este campo, se ha disciplinado al interés de las empresas de comunicación. Dicho cambio perjudica a la sociedad mexicana y hace del problema de los medios el escollo más importante para la consolidación de la democracia en este país.    La legislación que se mantiene para los medios sigue siendo notablemente atrasada. En vez de contar con una normatividad congruente y clara para los servicios de telecomunicaciones y la radiodifusión, se conservan dos ordenamientos que en algunos de sus apartados llegan a ser contradictorios a pesar de las modificaciones que implicó la Ley Televisa. Las empresas que ofrecen servicios de telefonía, por ejemplo, están obligadas a pagar muy altas cantidades de dinero por ese privilegio. Pero, en cambio, cuando una televisora quiera emplear con el mismo propósito una parte de la frecuencia que usufructúa podrá quedar exenta o pagar una cuota solamente simbólica.    En otros aspectos la Ley Federal de Radio y Televisión conserva rezagos que padecía desde que fue aprobada en 1960 y muchos otros debido al desarrollo tecnológico de los medios y al de carácter político que ha experimentado el país. Mantener la asignación de concesiones en manos del gobierno significa un estancamiento similar al que habría si, en el plano de la competencia política, las elecciones federales las siguiera organizando la Secretaría de Gobernación.   Peores aún son las implicaciones de la Ley de Imprenta que a comienzos de 2007 cumplirá 90 años. Hay quienes, incluso en la prensa de nuestro país, creen que esa obsoleta ley, que está imbuida de una concepción literalmente decimonónica del comportamiento de la prensa (en su calificación de las faltas a la moral, a la vida privada o al orden público) ya no se aplica. Pero la Ley de Imprenta de Venustiano Carranza es vigente y, de cuando en cuando, ha sido motivo de sentencias de cárcel o de litigios penales contra algunos periodistas y ciudadanos de otras profesiones.    En México siguen vigentes las penas corporales para sancionar delitos de información y opinión. A comienzos de 2006 el Congreso aprobó algunas reformas a los códigos civil y penal de carácter federal con el propósito de eliminar las sanciones de cárcel para los periodistas. Sin embargo a los legisladores se les olvidó que esas condenas se mantienen en la Ley de Imprenta.   En varias ocasiones, en el transcurso de los años recientes, el Congreso y la sociedad han dejado pasar la oportunidad de emprender una reforma integral para el régimen legal de los medios de comunicación. En todas ellas las empresas mediáticas, que preferían el mantenimiento del viejo régimen jurídico, se impusieron a los legisladores y grupos ciudadanos que proponían cambios a esos antiguos ordenamientos. A fines de 2005 Televisa promovió las reformas que hemos mencionado y que fueron aprobadas pocos meses más tarde.  

TV digital: más para unos cuantos  

El rezago en la legislación mexicana para los medios se acentúa conforme avanzan el desarrollo tecnológico y social. La incorporación de las nuevas tecnologías que gracias a la digitalización de los contenidos y a su imbricación con las telecomunicaciones hacen más veloz, versátil, extensa y barata la propagación de mensajes de toda índole, en México ha ocurrido de manera irregular, desconcertada y supeditada única o fundamentalmente a la lógica de las grandes empresas mediáticas.    Las reglas para la televisión digital, que significa emisiones de mucha mayor calidad pero también la ampliación hasta en cuatro o cinco veces de los canales disponibles para ese medio en el espectro radioeléctrico, fueron establecidas de manera casuística y arbitraria, en 2004, por la Secretaría de Comunicaciones y Transportes [5]. El criterio para el aprovechamiento de ese nuevo recurso fue muy simple: el gobierno acordó que a las empresas de televisión, por cada frecuencia que ya tuvieran, se les asignara otra más para que en ese espacio adicional difundieran televisión de formato digital mientras que en el que ya utilizaban deberán seguir transmitiendo señales de carácter análogo. Ese mecanismo para asignar las frecuencias digitales supone –o implica– que las únicas empresas interesadas en difundir televisión digital son aquellas que ya transmiten de manera analógica. Es decir, deja fuera a cualquier otro aspirante a incursionar en esa nueva modalidad de televisión.    Así es como se han asignado las frecuencias de TV digital en Estados Unidos pero allá no existe la concentración de muchas estaciones en pocas empresas que padecemos en México.  Es decir, para diseñar el futuro inmediato y a mediano plazo de la televisión el gobierno mexicano copió un modelo utilizado en una realidad mediática muy distinta de la que hay en nuestro país. En Estados Unidos está prohibida la concentración de medios tal y como la hemos conocido en México. Las cadenas nacionales de televisión son cinco (y no dos como este país) y cada una de ellas afilia a centenares de estaciones que son propiedad de numerosos concesionarios locales. Aquí, en cambio, la enorme mayoría de las repetidoras y filiales de las dos cadenas de la televisión nacional son propiedad de Televisa o Azteca.   El gobierno mexicano pudo haber utilizado otros criterios para asignar las concesiones de televisión digital. En la Gran Bretaña por ejemplo, a las empresas que ya tenían frecuencias para TV analógica se les entregó solamente una parte de los nuevos espacios; el resto se distribuyó entre empresas que hasta ahora no habían tenido oportunidad de incursionar en ese medio. Esquemas similares se han puesto en práctica en otras naciones europeas y se han discutido, a lo largo de 2006, en varias naciones de América Latina [6].   Las reglas para la televisión digital en México imponen la permanencia de un mercado cerrado y excluyente. Las empresas que ya difunden televisión serán aquellas que incursionen, al menos en una primera etapa, en el desarrollo de ese medio. Además se trata de un modelo de digitalización que privilegia la propagación de los contenidos que ya existen en la televisión mexicana, pero transmitidos ahora con una imagen de mejor definición y no la diversidad y ampliación de opciones. En el espacio en donde hoy en día se difunde una señal de carácter analógico (por ejemplo las frecuencias de los canales 2, 4, 5, 7, 9, 11, 13, 22 y 40 en la ciudad de México) la digitalización permitirá dos opciones. La primera de ellas es la transmisión de una señal de alta definición como la que se ve en los televisores de ese tipo que recientemente comenzaron a comercializarse en nuestro país. Pero en ese mismo espacio o ancho de banda se pueden difundir varios canales (tres, cuatro o quizá cinco, de acuerdo con la potencia o el alcance que tengan) que, siendo digitales, no tendrían una imagen de alta definición.    Las decisiones que el gobierno mexicano adoptó en 2004 y que han sido ratificadas a cada paso en el plan de digitalización de las señales de televisión implican que en ese medio haya, simplemente, más de lo mismo. En vez de elegir un sistema de televisión que permita difundir por lo menos el triple de los canales de los que se dispone ahora aunque no todos ellos sean de alta definición, las autoridades mexicanas optaron por el modelo que antepone la comercialización de las mismas señales y contenidos que de tan triste manera han distinguido a la televisión mexicana. 

Las redes de Televisa  

Nos hemos detenido en el caso de la televisión digital porque muestra de forma clara los criterios que han prevalecido en la  definición de las políticas públicas –o, en ausencia de ellas, en las políticas establecidas por el gobierno– para los medios de comunicación en el país. Esos criterios no han contemplado la promoción de nuevos competidores en el campo de los medios electrónicos, no estimulan la innovación ni la creatividad en el diseño de contenidos, suponen que la sociedad se encuentra fundamentalmente complacida con la comunicación que ahora recibe y entienden a los medios como negocio que la estruja y casi nunca como servicio a esa misma sociedad.   La convergencia tecnológica, que en otras latitudes está ofreciendo mayores y mejores capacidades para difundir mensajes en mayor cantidad y en ocasiones también calidad, en México ha sido solamente motivo para incrementar la presencia social y el negocio de las corporaciones que ya acaparaban la comunicación tradicional, de carácter analógico. Además del campo de la televisión, las políticas gubernamentales han seguido el mismo rumbo en otras áreas del entramado comunicacional.    En la radio existen varias opciones para la digitalización. Las más relevantes son la que se ha desarrollado en Estados Unidos y la que ha prevalecido en Europa. También hay tecnologías de digitalización de las frecuencias de radio que se han puesto en práctica en Brasil y Japón. México debía elegir entre tales opciones que tienen diferentes niveles de calidad en la recepción de las señales pero que, sobre todo, implican la compra de equipos de distinta índole tanto para la transmisión por parte de las radiodifusoras como para la recepción por parte del público. Aunque no es una decisión difícil y a pesar de que en vista de la cercanía y las muchas interacciones con los vecinos del Norte la opción más viable parecía ser el estándar estadounidense, la SCT difirió por varios años la decisión acerca de cuál tecnología emplear para la digitalización en la radio [7].    Las diversas modalidades de televisión de paga, por otra parte, se encuentran dominadas por una sola empresa. La televisión por cable está dispersa en docenas de pequeños proveedores que sólo pueden retransmitir las señales de la televisión abierta cuando los grandes consorcios se los permiten. En muchos otros países la incorporación a las redes de cable de las señales de TV abierta no sólo es posible sino que constituye una obligación para los proveedores de ese servicio. En México en cambio los cableros tienen que pagar por ello. En la ciudad de México y sus suburbios solamente existe una empresa de televisión de cable que es, a su vez, propiedad del consorcio Televisa.    El círculo monopólico se cierra en la televisión satelital. La única empresa que ofrece ese servicio es Sky, que en México también es propiedad de Televisa. Así que el consumidor, si quiere ver televisión, se encuentra atrapado en las redes de dicho consorcio. Tanto para contratar señal de cable como para recibirla en una antena satelital está obligado a hacerlo con una filial de Televisa. Y si solamente quiere recibir televisión abierta de transmisión terrestre encontrará que la mayoría de los canales (en México cuatro de nueve que transmiten en las bandas de VHF y UHF) son de la misma empresa. Los servicios de televisión de paga por otros sistemas, como el de transmisión en antenas de baja frecuencia que tiene la empresa MVS, han perdido mercado y ofrecen menús de programación muy limitados.   Casi el 25% de los hogares del país cuentan con televisión de paga –por cable, satélite o transmisión aérea codificada–. Eso significa que menos de una cuarta parte de los mexicanos tiene el privilegio de acceder a contenidos distintos de los que transmite la televisión convencional. Los canales estatales y/o culturales mantienen una tarea útil, e incluso abnegada, frente a las dos cadenas nacionales de la televisión abierta. Pero siguen constreñidos por los exiguos recursos financieros y técnicos de los que pueden disponer y, por lo tanto, mantienen audiencias acotadas por esas restricciones y por el insuficiente alcance de sus transmisiones. 

Las redes de Telmex  

 En el terreno de la transmisión de datos, que se encuentra crecientemente entrelazado con los medios de comunicación tradicionales, las definiciones de la autoridad también han sido más parsimoniosas de lo que requieren la realidad tecnológica y el desarrollo cultural y social. Concentrados por Teléfonos de México, los servicios de telefonía no han tenido contrapesos capaces de mejorar sus precios. La única competencia en esa área sigue siendo en las telefonías celular y de larga distancia. Pero aún allí, la escasa o nula exigencia de las autoridades y la inexistencia de organismos de consumidores de telefonía siguen significando tarifas altas y servicios que con frecuencia son de mala calidad. La ausencia de una política nacional para extender los servicios de telefonía ha reproducido, en este rubro, la desigualdad social que escinde al país. En 2005, mientras que en el Distrito Federal existían 27 líneas telefónicas por cada cien hogares, en Chiapas solamente había 4 [8].    Igual que en el caso de la televisión digital, la convergencia del teléfono con la comunicación binaria no ha sido aprovechada para desarrollar nuevos contenidos sino, exclusivamente, para propagar por nuevas vías los mismos programas y mensajes que ya conoce la sociedad mexicana. El envío de señales de televisión directamente al teléfono celular podría ser un recurso para crear opciones de comunicación distintas a las ya conocidas pero, al menos hasta el verano de 2006, esos nuevos servicios solamente han sido planteados como espejos de las empresas de televisión abierta. El Estado no se ha propuesto aprovechar esos recursos comunicacionales que podrían servir, entre otros usos, como nuevas opciones de servicio y orientación.    De manera natural aunque inconstante y desordenada –es decir, sin un proyecto estatal que hubiera podido impulsar y extender su crecimiento– Internet se ha desarrollado hasta llegar, a mediados de 2006, a quizá el 20% de la sociedad mexicana. Las cifras al respecto son tentaleantes porque en este, como en todos los campos de la comunicación, en México no disponemos de estadísticas que sean a la vez actuales, confiables y accesibles. En todo caso, no resulta demasiado aventurado considerar que uno de cada cinco mexicanos dispone de alguna forma de conexión regular a la Red de redes. El 80% que sigue sin recibir ese servicio comienza a constituir un rezago para el cual no parece haber remedio a corto ni mediano plazo.    Sin una política nacional para Internet como las que han existido en otros países –aparte de los planes europeos o estadounidense, las estrategias informáticas de Brasil o Chile se encuentran entre las más encomiables– la Red se ha extendido en México impulsada casi exclusivamente por el interés de las empresas privadas que venden conexiones y otros servicios. También en ese plano, ha ocurrido un proceso de concentración empresarial: cada vez hay menos proveedores de servicios de enlace a la Red en tanto que los pocos que existen con presencia nacional acaparan cada vez más cuentas de conexión. Teléfonos de México, a través de su filial Prodigy, ha impulsado de manera significativa el consumo de Internet gracias a la venta a crédito de computadoras que cobra junto con el servicio telefónico. A cambio de ese servicio la empresa que ya es dominante en la telefonía desempeña el mismo papel en la conexión a la Red ofreciendo un servicio caro y no siempre de calidad.   El precio de las conexiones de banda ancha a la Internet –es decir, de las conexiones por cableado o señal digital distintas a las que pasan por un módem telefónico– es en México varias veces mayor a lo que cuestan en la mayor parte de los países desarrollados. Mientras que en nuestro país el usuario de una conexión de velocidad media (512 kilobytes por segundo) tiene que pagar 105 dólares mensuales por ese servicio, en Bélgica una conexión similar cuesta 32 dólares. En Canadá, una conexión a velocidad seis veces mayor cuesta solamente 40 dólares [9]. Esa constituye apenas una de las varias facetas que asume en México la brecha digital y es pertinente recalcarla porque en Internet cada vez se desarrollan más espacios de comunicación que tienden a ser una alternativa frente a las costumbres y los contenidos de los medios convencionales.   La televisión o la radio en Internet, o la apropiación de audios y videos de cualquier índole, son parte de las nuevas formas de quehacer cultural en el mundo. Los mexicanos no han sido ajenos a ellas. Especialmente entre los jóvenes de las principales ciudades, los usos creativos de la Red comienzan a generar usos comunicacionales distintos a los ya conocidos. Pero con costos altos como los que han seguido existiendo en México la Internet de banda ancha, que es en la que se pueden tener esas formas de apropiación y creación de contenidos, será solamente para unos cuantos o crecerá con lentitud.    En México, a precios de mediados de 2006, una familia que quisiera tener Internet de banda ancha, televisión por cable y una línea telefónica debía pagar una cuenta mensual de aproximadamente 215 dólares. En Francia el mismo servicio pero de mejor calidad técnica cuesta menos de 30 dólares.

 Conectados y desconectados  

El México del 25% que tiene acceso a docenas de canales de televisión y al ilimitado universo de contenidos, información e interactividad que hay en Internet se aparta cada vez más del México del 75% que, para entretenerse y enterarse, solamente cuenta con los medios convencionales y de difusión abierta. El México del 25% puede, si quiere, mirar noticieros de otros países, navegar por sitios de la más diversa índole y consumir películas que elige en un menú con varias docenas o centenares de opciones. El México del 75% solamente dispone de los noticieros de Televisa y Azteca, o de las emisoras nacionales y locales de radiodifusión, así como del manido entretenimiento que difunden esas empresas. El primero, suele ser el México que además lee periódicos y compra revistas. El otro está poco identificado con la comunicación impresa.   Seguramente esa cuarta parte crecerá en 5 o 10 puntos porcentuales más durante los siguientes años. Pero no hay elementos que permitan anticipar un mayor incremento de los mexicanos con acceso a la información y el entretenimiento de paga. El hecho de que 30% o quizá un poco más de la población disponga de recursos financieros e infraestructura tecnológica para asomarse a realidades y contenidos más variados y versátiles que los que ofrecen los medios nacionales de propagación abierta será, desde luego, un avance. Pero las insuficiencias de ese adelanto no dejan de ser inquietantes. Por mucho que aumenten, los mexicanos con acceso a Internet y a la televisión de paga no se duplicarán en el mediano plazo y, aún así, seguirían siendo menos que aquellos cuyo consumo cultural es más limitado.    No es exagerado considerar que esa fisura en las opciones de información, entretenimiento e intercambio de experiencias tiende a solidificar la existencia de dos segmentos que mantendrán concepciones del país y del mundo diferentes. El México del acceso a las redes informáticas y a los recursos digitales será más contemporáneo de su propio tiempo, con una visión inevitablemente más global y menos ensimismada. El México de Televisa –así lo podemos llamar puesto que esa ha sido y es previsible que siga siendo su principal fuente de insumos culturales en el sentido más amplio del término– tendrá concepciones más pobres de la información, la diversión, la educación y la vida mismas.    La brecha entre unos mexicanos y otros no depende únicamente de su capacidad financiera. Aquellos que cuentan con canales y conexiones no necesariamente se apartan de los cartabones culturales e ideológicos que tienden a propagar las televisoras mexicanas. No basta con estar suscrito a Sky o tener Internet de banda ancha para ejercer un consumo culturalmente pleno. Y por otra parte no hay que desestimar los esfuerzos de quienes, sin contar con equipamiento o conexiones suficientes, son cibernautas frecuentes porque asisten a los cibercafés o en sus lugares de trabajo o estudio. También es preciso tomar en cuenta los sucedáneos y complementos que muchos ciudadanos encuentran para respaldar su consumo cultural. Aunque pueda ser cuestionable, el apoderamiento ilegal de señales de televisión por cable o satelitales sigue siendo una forma de ampliar el acceso a ese medio por parte de ciudadanos que no pagan por tales servicios y que, por lo tanto, no están inventariados en las estadísticas. Y la piratería como la denominan las empresas fabricantes de discos compactos y DVDs, o la apropiación de productos culturales como también se le podría llamar si se prescindiera de sus implicaciones judiciales también complementa, con secuelas que no han sido estudiadas, el consumo mediático de la población.    En nuestro país no hay indagaciones puntuales al respecto pero en todo el mundo la gente se aparta cada vez más de la televisión para destinar mayor tiempo a las películas o la música que alquila u obtiene a bajos precios o incluso de manera gratuita. Así que la brecha cultural entre los mexicanos está relacionada con la capacidad económica pero no se encuentra del todo condicionada por ella. El México del 25% o 30% con acceso a productos culturales variados y no necesariamente dependientes de Televisa está conformado por ciudadanos de capacidad adquisitiva suficiente para pagar tales servicios pero, también, por aquellos que se las ingenian para lograr un acercamiento aunque sea esporádico a esos canales y contenidos. 

Concentración y espacio público  

En la medida en que cuentan con más opciones de información y entretenimiento los ciudadanos, en ese plano, están en mejores condiciones de ejercer su libertad como consumidores culturales. Por eso la concentración de muchos canales en pocas manos, además de los efectos económicos y políticos que alcanza, tiene como consecuencia el empobrecimiento de la vida ciudadana.    En todo el mundo las corporaciones mediáticas alcanzan mayor poder y controlan cada vez más recursos comunicacionales. Uno de los más destacados especialistas españoles en el estudio de los medios ha explicado que entre los rasgos recientes en las industrias culturales se encuentra: “Un avance rápido de la concentración no sólo en torno a los grupos multinacionales sino también a las mayores empresas de cada mercado nacional (con frecuentes alianzas entre ambos), que se ha verificado en todas las vías posibles (integración vertical, diversificación horizontal y multimedia) y en todos los mercados desarrollados hasta tamaños que multiplican por muchas veces a los detectados (con alarma) en los años setenta. Aunque ese crecimiento aventurero no ha dejado de mostrar los pies de barro de muchos gigantes, con derrumbamientos en bolsa, endeudamientos desmesurados e incluso apresurados desmantelamientos (como Vivendi)” [10].   El profesor Enrique Bustamante se refiere a la crisis que en 2002 se develó en el conglomerado mediático Vivendi, de origen francés que había crecido desmesuradamente a fuerza de comprar empresas de ese ramo a precios superiores a su valor real. Junto con tales tropiezos, la concentración de medios prosigue con tendencias como las que también señala ese autor. En México Televisa, como es sabido, tiene presencia en los más diversos espectáculos y no solamente en la televisión. Pero quizá su capacidad de influencia mediática, cultural y política llegue a confrontarse con Teléfonos de México y otras firmas del Grupo Carso, propiedad del empresario Carlos Slim.    Durante largo tiempo Televisa y Telmex-Carso han podido avanzar por cauces diferentes e incluso han compartido la propiedad de algunas empresas. Televisa se ha dedicado al entretenimiento y Telmex a la telefonía. Sin embargo la convergencia tecnológica propicia la amalgama de ambos tipos de negocio. Como apuntamos antes las televisoras obtienen la posibilidad de difundir, además de los contenidos que tradicionalmente han transmitido, señales de telefonía e Internet. Y las compañías telefónicas, que cuentan con extensas redes de cableado en fibra óptica, están en capacidad no sólo de conducir servicios telefónicos sino, junto con ello, canales de televisión.    Así que la digitalización tendrá, entre otras consecuencias, una nueva combinación de opciones para dichas empresas. Telmex-Carso adquirirá una nueva centralidad, ahora en el terreno de los medios de comunicación. Para los ciudadanos tendrían que ser del mayor interés las decisiones corporativas (alianzas, división de tareas, escisiones o reencuentros, etcétera) que tomen esas firmas porque de ellas dependerán, en alguna medida las opciones de comunicación en México. Y nunca hay que descartar la posibilidad de que esas u otras empresas del área comunicacional experimenten tropiezos financieros, organizativos, políticos, jurídicos e incluso éticos como los que recientemente han hecho añicos a corporaciones de distintas ramas.   Por lo pronto, los procesos de fusión y centralización mediáticas están teniendo secuelas ominosas en muy diversas áreas del entramado comunicacional. En el campo de la prensa escrita, por ejemplo, desde los últimos años de la década de los 90 se aprecia un proceso de creación o absorción de diarios locales por parte de consorcios manejados desde la ciudad de México o Monterrey. Los grupos Reforma y Multimedios y en menor medida los diarios El Universal, El Financiero y La Jornada, se han convertido en ejes alimentadores del contenido de numerosos periódicos en los estados. Esa concentración les confiere mayor influencia nacional y respaldo empresarial a tales grupos, pero en detrimento de la diversidad y de los rasgos locales en buena parte de la prensa de los estados. Y desde luego, en el caso de los medios electrónicos la concentración de emisoras, frecuencias y contenidos en unos cuantos grupos televisivos y radiofónicos tiende a socavar la variedad de enfoques y programas locales que habría en todo el país de no ser por ese acaparamiento empresarial.   Los efectos de la concentración mediática en la vida pública y por lo tanto en el socavamiento de la democracia han sido advertidos en numerosas circunstancias nacionales. Por eso una de las constantes en la legislación para los medios y las telecomunicaciones, en prácticamente todos los países desarrollados, es el establecimiento de límites a la propiedad de empresas de ese ramo. La profesora argentina Ana Fiol, con razón, ha subrayado: “es innegable la relación entre hegemonía cultural (reproducida/fortalecida por la concentración de medios en pocas manos y estas manos además vinculadas a los grandes negocios nacionales y a la economía global, es decir, menos voces y más vinculadas al poder hegemónico) y la contracción de la esfera pública.  Eso significa menos espacios para buscar y discutir problemas comunes, supone la invisibilización, banalización u hostigamiento de grupos sociales enteros y de sus problemas (negación de derechos básicos, pobreza, marginalidad), tanto como la alienación de las clases populares de decisiones que les conciernen” [11] .    La concentración de medios de comunicación tiene efectos directamente proporcionales al estrechamiento del espacio público. Mientras mayor es el acaparamiento de muchos medios en pocas manos, menor resulta la flexibilidad, la hospitalidad y desde luego la amplitud de la esfera pública. Por eso la acumulación mediática exige regulaciones por parte del Estado y, por parte de la sociedad, contrapesos y contextos de exigencia. Los medios de carácter público pueden contribuir a equilibrar, o al menos a mitigar, el poder de las corporaciones privadas en el campo de la comunicación pero no bastan para ello. Para contrapesar la presencia –que en México a menudo se traduce en prepotencia y soberbia– de las corporaciones mediáticas, hacen falta decisión de legisladores y partidos, auténtica vocación de gobierno por parte de los encargados de la administración pública y sobre todo que en la sociedad se desarrolle una actitud escrupulosa y analítica respecto de los medios.    Algunas de esas corporaciones posiblemente tienen o tendrán pies de barro. Pero mientras se desmoronan, si es que eso llega a suceder, será preciso que sociedad y Estado construyan espacios para deliberar y proponer acerca de dicho poder mediático. En los siguientes años presenciaremos el surgimiento de corrientes ciudadanas, organismos sociales y observatorios que tendrán, como principal o exclusiva preocupación, el escrutinio de los medios de comunicación. Quizá entonces, además de reconocerlos como problema, a los medios se les comience a entender como recursos –de comunicación, socialización, propagación de ideas e informaciones de la más variada índole–. Entonces, sociedad y Estado advertirán los saldos de la escandalosa indolencia que han mantenido respecto de los medios de comunicación. 

Granja de la Concepción, D.F., junio de 2006. 

   Ensayo publicado en el níumero 18 de la revista Configuraciones con fecha enero – marzo de 2006



[1] Sobre la Ley Televisa y ese proceso de discusión pueden verse, entre otros materiales, nuestros artículos “Televisa y el pensamiento único”: http://raultrejo.tripod.com/RTD%20AMIC%20UNAM%20febrero%2006.htm; “Después de la Ley Televisa” en Zócalo número 74, abril de 2006 y “Ley Televisa, pobre en argumentos y base social” en Revista Mexicana de Comunicación número 98, abril-mayo de 2006. 

[2] Eve Salomon, Guidelines for Broadcasting Regulation. UNESCO y Commonwealth Broadcasting Association, 2006. 

[3] Ibid.

[4] A mediados de 2006 Televisa dispone de 258 estaciones de televisión en todo el país y otros tantos “canales espejo” que, como se verá más adelante, le fueron asignados para transmisiones en formato digital. Cada una de esas frecuencias para televisión ocupa un espacio de 6 megahertz. De esa manera tenemos que dicha empresa detenta frecuencias por 3096 megahertz. No hay un precio único para el costo de cada frecuencia pero se puede recordar que, en 1998, la subasta de espectro radioeléctrico entre las empresas que aspiraban a ofrecer servicios de telefonía celular en el Valle de México colocó en 5 millones de dólares el precio de un megahertz en esa región del país. Seguramente no todos los megahertz que ejerce Televisa tienen ese precio pero no es aventurado decir que el espectro radioeléctrico que le ha sido concesionado a esa empresa tiene un costo de varios miles de millones de dólares.

[5] “Acuerdo por el que se adopta el estándar tecnológico de televisión digital terrestre y se establece la política para la transición a la televisión digital terrestre en México”. Diario Oficial de la Federación, 2 de julio de 2004. 

[6] Hernan Galperin, New Television, Old Politics. The Transition to Digital TV in the
United States and
Britain.
Cambridge
University Press, 2004.
[7] Norma Patricia Maldonado Reynoso La transmisión radiofónica digital:  perspectivas mundiales y el caso mexicano. Tesis en curso en el Doctorado en Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, 2006.[8] Enrique Quibrera, De coberturas y servicios: función y discurso de la infraestructura telefónica en México en 2005. Posgrado en Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, 2005, fotocopia.[9] Datos a partir de información de la OCDE y presentados en nuestro libro Viviendo en El Aleph. La Sociedad de la Información y sus laberintos. Gedisa, Barcelona, 2006, pp. 53 y ss.

[10] Enrique Bustamante, “Políticas de comunicación y cultura: nuevas necesidades estratégicas”, en César Bolaño, Guillermo Mastrini y Francisco Sierra, editores, Economía política, comunicación y conocimiento. Una perspectiva crítica latinoamericana. Junta de Andalucía y La Crujía Ediciones, Buenos Aires, 2005, pp. 259-260.

[11] Ana Fiol, “Propiedad y acceso a los medios de comunicación en el mundo”, Chasqui 74, Quito, junio de 2001. Negritas en el original.