Carpa y vodevil

Octubre 25, 2008

Nexos, octubre de 2008

Telebasura, se la ha denominado en otras latitudes a ese estilo de la televisión que se refocila en el morbo, explota el sensacionalismo, soslaya cualquier pretensión de calidad y le falta al respeto a la gente –comenzando por los telespectadores­–. La definición de telebasura puede ser escurridiza porque habitualmente se piensa en ese concepto delante de programas específicos, ante cuyas ordinarieces por lo general no queda mas que el rechazo veloz y cambiar de canal. El término mismo indica que se trata de una televisión ante la que no hay nada que hacer. Aparentemente viene de Trash TV, expresión con la que fueron designados a fines de los años 80, en Estados Unidos, algunos programas de discusión especialmente notorios por sus contenidos procaces y discriminatorios.

En 2004 una encuesta del Consejo Audiovisual de Cataluña preguntó en torno a 5 características potencialmente definitorias del término “teleporquería”. Para el 36% de quienes respondieron, lo que mejor singulariza a esa televisión es la “creación de personajes famosos sin ningún mérito profesional o artístico”. Al 28% le pareció que implica la “intromisión en la vida privada de las personas”. Para el 9.5% se trata de la “difusión de rumores e informaciones no contrastadas”. El 7.4% consideró que a la telebasura la distingue el lenguaje soez. El 2.8% respondió que esa televisión ofrece una “visión degradada y negativa de la mujer”.

En todo caso y aunque nuestra experiencia cotidiana puede documentar nuevos casos, sesgos y permanencias de la telebasura, conviene recordar que desde hace algunos años el Diccionario de la Real Academia Española incorpora ese coloquialismo: “conjunto de programas televisivos de muy baja calidad”.

Comediantes en vez de comentaristas

La calidad se está convirtiendo en la nueva piedra de toque para la deliberación de los medios de comunicación, especialmente la televisión. Cada vez más grupos de ciudadanos preocupados por los medios y sus contenidos encuentran que llevar esa discusión al tema de la calidad les permite evaluar, comparar y exigir con mayor precisión ante las empresa televisivas. Más allá de cómo se le mida y defina, pareciera que la calidad no tuvo una presencia destacada en el desempeño de los consorcios de la televisión privada mexicana durante los recientes Juegos Olímpicos en Pekín.

En las transmisiones que tanto Televisa como Televisión Azteca hicieron desde la capital de China, los cómicos desplazaron a los locutores; los conductores y especialistas tuvieron que ser patiños en cuchufletas de gusto más que dudoso; en vez de la difusión en extenso de las competencias deportivas había dilatados segmentos presuntamente humorísticos, reportajes que buscaban asombrar y encandilar más que mostrar la realidad de China, anécdotas y gracejadas al margen de la información de los Juegos Olímpicos.

Los albures (descafeinados al momento mismo en que eran exhibidos y trivializados en televisión); la exhibición de muchachas guapas que hacían sin talento pero con notorios atributos de otra índole el trabajo de los reporteros; las casi siempre malogradas esperanzas de triunfo o las victorias de los 4 deportistas mexicanos que ganaron medallas y cuyo meritorio esfuerzo resultó apabullado por la verbena electrónica: tales fueron recursos que las televisoras nacionales exprimieron hasta el empacho.

La carpa y el vodevil en reemplazo del deporte: ese fue, al menos el parte, el saldo televisivo al cabo de 16 días de transmisiones en agosto pasado. El exceso de tales recursos fue tan desmedido y la cobertura de los deportes tan pobre que incluso Eugenio Derbez, uno de los comediantes que se esforzaban por animar la transmisión desde el exótico foro que Televisa montó en Pekín, dijo en cuanto terminaron las jornadas olímpicas: “En esta lucha por el rating, creo que las dos televisoras perdieron el enfoque de (lo que) es un programa deportivo, en el que debe ir aderezado con comedia. De repente eran más las cápsulas de lo que fuera. Éramos muchos, en Televisa éramos Montserrat, Mayrín, Marisol, El Compayito, Omar Chaparro y yo, el niño Mateo… Era una cosa excesiva”.

Y lo fue, en efecto. De acuerdo con una encuesta levantada poco antes de que terminaran los Juegos, el 61% de los televidentes mexicanos prefiere ver las competencias completas y no resúmenes o fragmentos como los que difundieron las televisoras nacionales. El 48%, por cierto, consideró que el humor procaz del payaso Brozo no le parecía adecuado para el horario matutino que fue cuando lo transmitió el canal 2 durante los Juegos Olímpicos.

Más allá de subrayar la afición deportiva insatisfecha de los espectadores de Azteca y Televisa, es posible preguntarnos por qué tales empresas apostaron por un modelo de televisión tan ostensiblemente fincado en el espectáculo ramplón. Mientras en todo el mundo la televisión dedicó anchos espacios a la transmisión de los eventos deportivos, en las cadenas de la televisión abierta mexicana el deporte era pretexto y no el contenido central.

En México las cadenas de televisión abierta han apostado siempre a la búsqueda de rendimientos máximos con esfuerzos mínimos. Comicidad previsible, estructuras dramáticas escuetas, repetición y explotación de contenidos y personajes hasta desgastarlos y trivializarlos, han sido constantes primero en Televisa y luego en esa mala y deficiente copia suya que ha sido Televisión Azteca.

Las chabacanerías siempre formaron parte de la programación de esas empresas y estaban destinadas a satisfacer la idea que los directivos y productores de las televisoras han tenido, por lo general, del público mayoritario en este país. Aquella frase de la televisión para los jodidos, que tantos cuestionamientos le ganó al Tigre Azcárraga, no era un exabrupto sino una descarnada descripción de las pautas que Televisa imponía en sus programas destinados a las audiencias de más limitado poder adquisitivo. A partir de la idea de que a los pobres les gusta la televisión burda, elemental y previsible, Televisa ha innovado y arriesgado poco en el campo de los estilos y enfoques de producción. Sin embargo de cuando en cuando esa empresa ofrecía algo más, a veces en la difusión de programas culturales, o en ocasiones en la discusión de asuntos públicos aunque siempre con restricciones políticas constatables.

Menos rating, peor TV

De un tiempo a la fecha, Televisa y Azteca han degradado todavía más la calidad –para llamarle de alguna manera— de su programación. Primero, a comienzos del milenio, apostaron a series de presunta espectacularidad como los reality shows que muy pronto se parecieron tanto a sí mismos que dejaron de interesar al auditorio. Más recientemente, al tratar de desempolvar antiguas rutinas cómicas y piezas dramáticas que en otras épocas se convirtieron en estereotipos de la cultura popular mexicana, pero sin la chispa creativa ni la originalidad que tuvieron sus primeras versiones, las televisoras se han circunscrito, con pocas excepciones, a ser groseras parodias de aquella producción de hace algunas décadas.

La causa de esa involución, que demuestra que lo que ya es malo siempre puede ser peor, se encuentra en la caída de la audiencia de las televisoras nacionales. En mayo de 2008, que es la fecha más reciente para la cual había información disponible cuando escribimos esta nota, la empresa de medición de audiencias Ibope AGB encontró que el programa de la televisión mexicana que alcanzó más espectadores fue la telenovela “Fuego en la sangre”, en el canal 2, con 12.66 puntos de rating. En segundo lugar se ubicó, en esa emisora, un mensaje del presidente Felipe Calderón, con 10.5 puntos. El programa de mayor audiencia en Televisión Azteca fue, en el canal 7, el partido de futbol Cruz Azul contra Santos con 7.29 puntos. El partido Santos contra Monterrey alcanzó 6.28 puntos en canal 13. Y las películas de mayor rating se transmitieron por canal 5: “Bob Esponja” tuvo 6.26 y “El Hombre Araña”, 5.8 puntos.

Un punto de rating puede ser el porcentaje de personas que en una región determinada esté viendo televisión en un horario específico, o el porcentaje de hogares en donde, habiendo un televisor encendido, se ve el mismo programa. La falta de claridad en la metodología que utiliza y el carácter confidencial de sus bases de datos, dificultan saber a qué se refiere la filial mexicana de la empresa Ibope cuando da a conocer sus mediciones de rating. Esa firma no registra el comportamiento de los públicos en todo el país sino en una selección de ciudades en donde se encuentra menos de la mitad de los mexicanos. No obstante esas limitaciones, las estimaciones de Ibope son las únicas de las que se dispone para conocer las audiencias de la televisión mexicana.

Con esas prevenciones, cuando se comparan los ratings más recientes con los que alcanzaban las televisoras nacionales en épocas nada distantes, se aprecian diferencias que seguramente tienen secuelas en el estancamiento de la programación de la televisión mexicana. 10 años antes del mes en el cual se registraron los ratings antes citados, el programa de mayor audiencia fue la serie cómica “Derbez en cuando”, que alcanzó 39 puntos. En segundo sitio estaba la telenovela “La usurpadora”, con 35.6 puntos. En tercero el programa cómico “Qué nos pasa”, con 33.6. Todos ellos se transmitieron en el canal 2, en la semana del 4 al 10 de mayo de 1998.

Las películas con más telespectadores en aquella semana fueron, en canal 5, “Mira quién habla” con 20.2 puntos de rating y “Mira quién habla también”, con 18.7 puntos. Los eventos deportivos más vistos en mayo de 1998 fueron los partidos de futbol Toluca contra Necaxa en canal 2 con 25.3 puntos y River Plate contra América en canal 5, con 17 puntos.

Los programas de mayor audiencia en TV Azteca fueron el noticiero Hechos con 7.8 puntos y la película “Sepultado vivo”, ambos en canal 13.

En el transcurso de una década la audiencia de Televisa cayó a un tercio de los niveles que tenía en 1998, de más de 30 a menos de 10 puntos, al menos en los programas de mayor rating. Las audiencias de TV Azteca se mantienen estables y siguen siendo menores a 7 u 8 puntos.

A pesar del acaparamiento que ejercen esos dos consorcios en las frecuencias de televisión abierta, y en parte debido a la monotonía que esa situación propicia en la programación, la audiencia se ha dispersado en distintas opciones. Por un lado, cada vez más televidentes destinan mayor tiempo a mirar programas y películas grabados en formatos como el DVD. Y a la vez, aunque sigue estando restringida a un segmento minoritario de la población (aproximadamente 30% de los mexicanos) la televisión de paga, que se difunde por vehículos como el cable y el satélite, encuentra nichos de mercado específicos y relativamente estables. Así se explica al menos en parte la cuantiosa pérdida de rating de Televisa y el estancamiento de Azteca en bajos niveles de audiencia. Lo más paradójico es que, en busca de audiencia, esas empresas explotan viejos y deteriorados esquemas de programación: más televisión desechable.

No parece casual que, durante los Juegos Olímpicos de agosto pasado, muchos telespectadores no hayan preferido a las televisoras nacionales sino la programación de TVC Deportes, un pequeño y modesto canal de cable que tuvo el buen tino de ofrecer transmisiones completas y directas de los torneos en Pekín. Allí no había payasos, ni albures, ni personajes de Libro Guiness: simplemente se difundieron las competencias deportivas narradas por comentaristas que saben del tema.

No hace falta demasiada severidad para encontrar numerosas similitudes entre la programación que las cadenas de televisión abierta ofrecen a los mexicanos y los rasgos con los que en otros sitios se ha identificado a la telebasura. Tampoco transcurrirá mucho tiempo para que en México, igual que sucede en otros países, se conozcan reacciones del público en contra de la televisión de ínfima calidad y a favor de otras opciones en el campo de los medios de comunicación.

Referencias

-“Admite saturación de humor”. Reforma, 25 agosto de 2008

-“Encuesta. Gusta Derbez, pero Brozo no tanto”. Reforma, 21 de agosto de 2008.

-Manuel Pares i Maicas, “La ´telebasura´: un fenómeno social preocupante”. Telos número 66. Madrid, enero-marzo de 2006.


FM además de AM: regalo presidencial a radiodifusores

Octubre 25, 2008

Zócalo, octubre de 2008

En el intento para competir por la preferencia de los radiodifusores, el presidente Felipe Calderón dispuso que los empresarios que ya tienen frecuencias en AM puedan tener, por ese solo hecho, estaciones en FM. El Acuerdo de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes que fue publicado el 15 de septiembre en el Diario Oficial tiene ese propósito esencial.

Con esa disposición administrativa, al parecer acordada días antes con los dirigentes de los radiodifusores privados, el gobierno federal quiso inhabilitar la propuesta de reforma legal que tres meses antes, el 4 de junio, habían presentado varios senadores del PRI encabezados por su líder camaral, Manlio Fabio Beltrones.

El Acuerdo gubernamental establece un nuevo procedimiento para que los empresarios de la radio en Amplitud Modulada puedan sustituir esas frecuencias por canales en Frecuencia Modulada. Varios de esos radiodifusores se han quejado de la caída de audiencias y por lo tanto de la disminución en la inversión publicitaria de sus estaciones en AM y han considerado que solamente transmitiendo en FM podrán remediar tales dificultades.

Esa postura de los radiodifusores de AM es discutible, en primer lugar porque en casi todo el mundo dicha frecuencia sigue convocando a auditorios muy amplios. En distintos países, la FM suele estar fundamentalmente destinada a la transmisión de música y la Amplitud Modulada es el espacio en donde se despliegan los programas de información y debate más escuchados. Aquí mismo, durante varios años el “Monitor” de José Gutiérrez Vivó ocupó los primeros lugares de audiencia en la ciudad de México –de acuerdo con los ratings que avalan las empresas de radiodifusión privadas– difundiéndose en dos modestas estaciones de AM. Los problemas que condujeron a la suspensión de ese proyecto radiofónico no se debieron a la falta de oyentes.

La especie de que la AM ha dejado de ser negocio podría ser refutada por numerosas experiencias. Pero en todo caso, es indudable que se volvió motivo de inquietud para muchos radiodifusores. A comienzos de 2006, un importante bloque de empresarios de la radio se manifestó contra la Ley Televisa fundamental, o únicamente, porque esa colección de reformas no satisfacía su pretensión para que a quienes tenían concesiones en AM, se les asignaran otras tantas en FM. Las radios “combos” se volvieron reiterada bandera de diversos radiodifusores.

La discriminatoria

iniciativa Beltrones

Con el afán de reintegrarlos a sus filas, la Cámara Nacional de la Industria de la Radio y la Televisión compartió y esgrimió esa bandera de los radiodifusores de AM más inquietos en la pretensión por incursionar en la FM. El mismo día que se aprobó la Ley Televisa, algunos senadores propusieron enmiendas legales de última hora, que a la postre no prosperaron, para facilitar la asignación de tales frecuencias.

Las radios “combo” fueron demanda reiterada de los radiodifusores y, de esa manera, elemento de negociación con ellos por parte de la clase política. En junio de 2008 el senador Manlio Fabio Beltrones presentó una descuidada pero muy publicitada iniciativa de reformas a la Ley Federal de Radio y Televisión para dar FM a quienes tienen AM. La asignación de esas frecuencias no tendría que estar sujeta a licitación alguna, a diferencia de los lineamientos que estableció un año antes la Suprema Corte de Justicia en su decisión acerca de la Ley Televisa. Tampoco tendrían que pagar por esos nuevos canales.

El afán de Beltrones para beneficiar a los radiodifusores privados antes que al interés público, era evidente cuando en esa iniciativa se precisaba que en aquellas plazas en donde no hubiese frecuencias suficientes para otorgarles FM a los actuales concesionarios de AM, se daría preferencia a las estaciones comerciales por encima de las no lucrativas.

“Dada su estricta dependencia de ingresos por publicidad, los concesionarios tendrán preferencia sobre los permisionarios”: esa era la contundentemente mercantil explicación de dicha disposición, incorporada en tan explícitos términos a uno de los artículos transitorios de la iniciativa de ley.

Sorprendentemente, esa discriminación en contra de la radio pública no suscitó reclamos, al menos que se conocieran públicamente, por parte de las emisoras agrupadas en la Red de Radiodifusoras y Televisoras Educativas y Culturales de México.

Esa propuesta se encontraba en la agenda del Senado y estaba siendo motivo de una insistente campaña de adhesiones en un spot del Sindicato de Trabajadores de la Industria de la Radiodifusión difundido en emisoras de todo el país. El beneplácito que la “iniciativa Beltrones” suscitaba entre empresarios y otros beneficiarios de esa industria resultaba evidente y no era para menos. A nadie, que ya hace negocio con una concesión de radio, le cae mal la asignación de otra más, sobre todo si se la adjudican sin mediar concurso ni pago de contraprestación alguna como indican las leyes actuales.

El interesado Acuerdo

del 15 de septiembre

El consenso que Beltrones y su partido estaban logrando entre los radiodifusores, preocupó tanto en el gobierno que, en el circuito inmediato al presidente Calderón, se resolvió enfrentar esa iniciativa con una resolución administrativa. El “Acuerdo por el que se establecen los requisitos para llevar a cabo el cambio de frecuencias autorizadas para prestar el servicio de radio y que operan en la banda de Amplitud Modulada, a fin de optimizar el uso, aprovechamiento y explotación de un bien del dominio público en transición a la radio digital” permite a quienes tengan AM solicitar un canal en FM.

A diferencia de la iniciativa Beltrones, el Acuerdo gubernamental no propone la adjudicación automática de una nueva frecuencia. Los interesados deberían satisfacer varios requisitos, entre ellos demostrar que tienen capacidad tecnológica y financiera para transmitir por FM.

Además tendrían que pagar por la nueva concesión. Esa contraprestación sería determinada por la Secretaría de Hacienda a partir de una propuesta de la Comisión Federal de Telecomunicaciones que tome en cuenta la población cubierta por la nueva frecuencia y el valor del mercado de la publicidad, entre otros factores. Esos parámetros son relevantes porque es la primera vez que en un documento oficial se establecen criterios para determinar cuánto debiera costarle al beneficiario una concesión para transmitir por radiodifusión.

Otra novedad, en comparación con la iniciativa Beltrones, es que a las estaciones permisionadas que ya difunden en AM no se les margina de la posibilidad de acceder a la FM.

Frecuencias adicionales,

no en reemplazo de AM

El Acuerdo establece que a quienes tienen AM se les autorizaría el cambio de frecuencias para migrar a la FM. Pero tras su largo título y en su críptica formulación, se pretende disimular un engaño. No se trata de una sustitución, sino de la adjudicación de un canal adicional al que ya tienen los radiodifusores de AM.

El artículo 6º. del Acuerdo señala lo siguiente: “El concesionario o permisionario deberá continuar la operación de la frecuencia de AM, estando obligado a transmitir en forma simultánea el mismo contenido de programación en las frecuencias de AM y FM durante un año, contado a partir del cambio de frecuencias, salvo que en la cobertura de la estación de AM se encuentren poblaciones que únicamente reciben el servicio de AM, debiendo transmitir en forma simultánea el mismo contenido en ambas frecuencias por el tiempo que determine la Comisión en cada caso”.

En otras palabras, cuando la frecuencia de AM que ya opera el radiodifusor llegue a localidades que no alcanzan a ser cubiertas por la FM, ese empresario podrá conservar ambos canales. Resulta altamente probable que así ocurrirá en numerosos casos, porque la AM tiene una cobertura mayor que la FM. Así que los canales serían adicionales, no en reemplazo a los que ya tienen los radiodifusores de AM.

Furtiva aprobación del

nuevo estándar digital

El Acuerdo, expedido por el Secretario de Comunicaciones y Transportes, tiene otras implicaciones. La fecha misma de su publicación en el Diario Oficial, el lunes 15 se septiembre, en medio de varios días de asueto nacional, sugiere el propósito para que pasara lo más desapercibido que fuera posible.

Ese documento no fue discutido con todos los interesados, como tendrían que haber sido los representantes de radiodifusoras públicas y comunitarias, así como las organizaciones sociales involucradas en el escrutinio de los medios de comunicación. Pero sí les fue presentado a los directivos de la CIRT, de acuerdo con la versión que al día siguiente, 16 de septiembre, publicó en El Universal Javier Corral Jurado, presidente de la Asociación Mexicana del Derecho a la Información:

“En reunión privada el pasado viernes, el Presidente de la República y los directivos de la CIRT se apalabraron como siempre a espaldas de la sociedad para disponer indebidamente de lo que no es suyo. En encerronas se le ha ido arrancando a la nación enormes pedazos del patrimonio común. Se vuelve a ratificar la visión de que la radiodifusión sólo es asunto entre empresarios y gobierno, porque ni a los permisionarios los tomaron en cuenta”.

El Acuerdo de la SCT, pactado así por el presidente Calderón con los radiodifusores privados, podría tener una legalidad dudosa. Por lo menos su presentación no cumplió con todos los requisitos formales, pues no fue difundido previamente en el sitio web de la Comisión Federal de Mejoras Regulatorias, como establece la legislación al respecto.

Por otra parte, de manera indirecta, el Acuerdo indica que la SCT ya ha tomado una decisión acerca del estándar que tendrá la radiodifusión digital en México. Aquí han estado a discusión fundamentalmente dos opciones para que la radio se transmita en formato digital en vez de la plataforma analógica que ha tenido siempre. Una de ellas es el modelo IBOC (In Band On Channel) diseñado en Estados Unidos y que permite utilizar las mismas bandas de FM y AM que se emplean hasta ahora. El otro estándar es el Eureka 147, denominado también Digital Audio Broadcasting, que funciona en casi toda Europa. El modelo europeo permite mejor calidad de audio y que haya más estaciones, pero requiere el empleo de otras frecuencias, distintas a las actuales, dentro del espectro radioeléctrico (una descripción más detallada de los dos modelos apareció en Zócalo en octubre de 2006).

El Acuerdo del gobierno federal indica, en su artículo 7º: “La Comisión [Federal de Telecomunicaciones] llevará a cabo los trabajos correspondientes para determinar el estándar de radio digital que se utilizará en la banda de FM, a efecto de que en un plazo que no exceda de un año contado a partir de la publicación del presente Acuerdo, proponga a la Secretaría una Política para que los concesionarios y permisionarios lleven a cabo la transición a la tecnología digital que corresponda”.

No está mal ponerle plazos a la Cofetel para que resuelva de una vez por todas cuál de los estándares de radio digital se va a emplear en todo el país. Desde julio de 1999 una Comisión de la SCT recibió esa encomienda. Apenas hace unos cuantos meses la Cofetel autorizó a emplear el estándar estadounidense en la frontera mexicana con ese país, a fin de que las emisoras de esa zona puedan ofrecer servicios digitales a sus audiencias habituales. Pero el mencionado artículo 7º. ya ofrece una decisión al indicar que el nuevo estándar digital empleará la banda de FM. De los modelos que han estado a discusión únicamente el IBOC, que se emplea en Estados Unidos, es el que se difunde por Frecuencia Modulada. Esa manera para resolver una discusión que lleva más de 9 años, no solamente es burocrática y opaca sino, además, autoritaria.

Tener una concesión no

da derecho a otra más

De espaldas a la sociedad y especialmente a escondidas de todos los interesados en el tema, por la vía del decretazo y no a partir de una deliberación franca y con razones, el gobierno del presidente Calderón insiste en congraciarse con los radiodifusores a costa del patrimonio nacional. No es otra la implicación principal del Acuerdo del 15 de septiembre. La adjudicación de nuevas concesiones, ahora en FM, a quienes ya tienen espacios de radiodifusión en otra banda, no obedece al interés de la sociedad sino a presiones de esos empresarios.

Entregar una nueva autorización a quien ya disfruta de la posibilidad de explotar comercialmente un recurso público, resulta irresponsable y de dudosa legalidad. En otro sitio escribimos recientemente que confiarle a un particular una concesión adicional simplemente porque la rentabilidad de la concesión que ya tiene no le resulta suficiente, equivale a suponer que el Estado debe resarcir con nuevos privilegios el déficit en los negocios de quienes ya cuentan con alguna licencia para usufructuar un bien nacional.

Si un particular que tiene una concesión para explotar una mina de cobre exigiera que, solamente porque ese mineral se ha agotado o porque su precio ha disminuido el Estado, le asignase ahora una concesión para usufructuar una mina de plata, esa petición parecería excesiva. Pero en el caso de los radiodifusores, ha existido tan escasa apreciación crítica sobre la utilización de las frecuencias que prácticamente se ha vuelto lugar común considerar que, cómo no, los pobrecitos concesionarios de AM se merecen ahora una frecuencia en FM. Ese contexto ha beneficiado, indirectamente, la propuesta Beltrones que no tuvo empacho para discriminar de manera expresa a los medios públicos y el Acuerdo del gobierno federal que enmascara el obsequio de una nueva frecuencia a quienes ya tienen AM.


1968: retórica de la descalificación

Octubre 25, 2008

Zócalo, septiembre de 2008

Antes de la noche de Tlatelolco, la sociedad mexicana recibió a través de los medios de comunicación constantes e intencionados mensajes consagrados a descalificar al movimiento estudiantil de 1968. Desde el primer día después de la violenta intervención policiaca para dispersar dos manifestaciones el 26 de julio por la tarde, hasta las semanas posteriores a la terrible represión del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas, numerosos medios desplegaron una campaña de distorsiones y confusiones.

El movimiento estudiantil, según esa campaña, era alentado por agentes extranjeros que manipulaban a los jóvenes mexicanos con propósitos de sedición política. Esa era la versión del gobierno. A fuerza de repetirla cotidianamente, se convirtió en una versión extendida aunque no unánime en los medios de aquel 1968. No es exagerado suponer que además de contribuir a desconcertar y atemorizar a la sociedad, esa interpretación alentó la paranoia y el autoritarismo de un gobierno que nunca quiso ni pudo entender las motivaciones políticas de la protesta estudiantil –las cuales, lejos de atentar contra las instituciones legales, exigían que se les respetase–.

Ojalá algún día pueda hacerse el recuento documental del comportamiento de los medios electrónicos en 1968. Tal vez no haya grabaciones suficientes de las transmisiones de la radio la cual, por lo demás, en aquel tiempo carecía casi por completo de programas de noticias y en donde quizá no existía un solo espacio de discusión política. Pero seguramente se conservan filmaciones de los escasos y rudimentarios noticieros que había en la televisión mexicana de hace cuatro décadas.

Conjura, que algo queda

De la prensa escrita, en cambio, hay testimonio en las hemerotecas aunque en varias de ellas las colecciones de entre julio y octubre de 1968 están incompletas y mutiladas. Más que el afán del gobierno para aniquilar esas constancias documentales de los acontecimientos de aquel año, el deterioro de dichas colecciones se debe al descuido y la depredación que han perpetrado algunos de quienes las han consultado. El espléndido trabajo de la investigadora Aurora Cano Andaluz, 1968. Antología periodística (UNAM, 1998) que reúne en casi 500 páginas una selección de reproducciones facsimilares de las notas periodísticas publicadas en ese año acerca del movimiento estudiantil, constituye un útil acercamiento a ese tema. De allí hemos tomado las transcripciones que aparecen a continuación.

La versión de la conjura extranjera se mostraba en reseñas como la que el sábado 27 de julio ofreció el reportero Antonio Lara Barragán en la primera plana de El Universal, bajo el título “El foco de la agitación”:

“Agitadores del Partido Comunista Mexicano, de la Central Nacional de Estudiantes Democráticos, de la Línea Trostquista, del ‘Movimiento de Liberación Nacional’, del Movimiento ’28 de julio’ y las ‘células’ de la Juventud Comunista del Instituto Politécnico Nacional y de las escuelas de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, tuvieron a su cargo los desórdenes que se registraron después de las 20 horas en la Avenida Juárez.

“A esa hora, núcleos estudiantiles, dirigidos por los miembros de las ‘células’ comunistas, se unieron a los grupos castristas que habían marchado desde la fuente del Salto del Agua hasta el Palacio de Bellas Artes.

“En la esquina de 5 de mayo y San Juan de Letrán se unieron las 2 corrientes.

“Muchas mujeres y varios hombres de definido físico cubano, portando banderas castristas, lanzando ‘¡mueras’ al gobierno de México, insultos a la policía y ‘¡vivas!’ a Demetrio Vallejo, Dionisio Encina y Valentín Campa, se mezclaron a los estudiantes”.

Esos párrafos, con los que comienza la nota de Lara Barragán, son paradigmáticos del tono que desde entonces y durante más de dos meses mantendría la mayor parte de los diarios de la ciudad de México. Adjudicar el enfrentamiento del 26 de julio a la actuación de grupos políticos, y por añadidura de una izquierda que en aquel entonces era semi ilegal, tendía a suscitar la alarma y el disgusto de los lectores pero además les ocultaba el hecho más importante de aquel enfrentamiento, que era la intervención violenta del cuerpo de granaderos contra las movilizaciones de aquella tarde. En la refriega, al reportero le dieron una pedrada en la cabeza pero ese hecho no disculpaba la deliberada parcialidad de la información. La alusión a la apariencia física, que ese reportero considera coincide con rasgos cubanos, es para una antología del despropósito periodístico.

Aquellos enfrentamientos, con los que se iniciaba una escalada que desembocaría en la matanza de Tlatelolco, fueron acompañados por una prensa notoriamente parcial. El Sol de México, por ejemplo, publicó el lunes 29 de julio un editorial titulado “Una demostración de barbarie” en donde aseguraba:

“Desde luego hay que señalar que en la acción depredatoria de los manifestantes hubo grupos de escolares azuzados por agitadores de etiqueta roja; pero que principalmente el desorden fue provocado por extranjeros de filiación comunista, en su mayor parte huéspedes ilegales de nuestro país y sobre quienes debe recaer con mayor rigor el castigo por las fechorías realizadas. Aparte sus pasaportes, unos auténticos y otros falsos, los motineros se identificaron plenamente como peones de ajedrez del marxismo-leninismo por sus arengas, sus excitativas de destrucción y los cartelones en los que hacían profesión de fe a favor del Che Guevara, Fidel Castro, Mao y demás apóstoles del odio y la anarquía”.

A esa prensa alineada a la visión del poder político pero antes que nada de suyo profundamente conservadora, le parecía imposible que los estudiantes universitarios y politécnicos se manifestaran por decisión propia y a partir de sus propias inquietudes. Tenían que ser engañados y la manipulación resultaba más verosímil, y más ominosa, si se decía que era perpetrada por extranjeros. Hoy esas frases pueden parecernos insostenibles e incluso ridículas. Pero formaban parte de una retórica de la descalificación que carecía de contrapesos eficaces. En comparación con las notas aliñadas con una intensa carga ideológica y las posiciones editoriales claramente arbitrarias, las voces que proponían otras explicaciones eran escasas aunque no inexistentes en el panorama de la prensa mexicana.

“Reprimir el desenfreno”

Esa retórica, que terminaría justificando la acción armada contra el movimiento estudiantil, era utilizada para dotar de una cobertura, impostada pero muy publicitada, a las acciones del gobierno. La madrugada del 30 de julio, el ejército ocupó los planteles 1, 2, 3 y 5 de la Escuela Nacional Preparatoria de la UNAM y de la Vocacional 5 del IPN. La información que ese día proporcionó El Universal, en una nota sin firma titulada “El Orden fue Restablecido”, tiene una intencionalidad transparente. Estos son sus primeros párrafos:

“En una inmediata maniobra soldados de infantería, pertenecientes a la Primera Zona Militar, tomaron posesión en las primeras horas de este día, de los edificios escolares que de habían convertido en reducto de agitadores y estudiantes alborotadores.

“Al mando del general José Hernández Toledo, los miembros del Ejército Nacional, procedentes del Campo Militar número Uno, se dirigieron al primer cuadro de la ciudad, circulando por el Anillo Periférico (tramo sur), hasta la glorieta de Petróleos, para seguir por Paseo de la Reforma, Avenida Juárez, Juan Ruiz de Alarcón y Santa María la Ribera.

“El convoy, integrado por tanques ligeros y ‘jeep’ equipados con bazookas y cañones de 101 milítros (sic), y camiones transportadores de tropa, salieron del Campo Militar número Uno a las 0 horas de hoy.

“A su paso, el pueblo hizo los más variados comentarios acerca de que la presencia del Ejército Nacional iba, por fin, a poner punto final a la crisis planteada por agitadores y estudiantes mal orientados”.

En unas cuantas líneas, esa información presentaba la ocupación militar de los planteles universitarios como una acción de gran popularidad. “El pueblo” que aplaudía al paso del convoy del ejército era bastante peregrino porque, como allí mismo se decía, al traslado había ocurrido durante la madrugada. Se buscaba mostrar a la intervención militar como resultado de abusos de los estudiantes pero no se les daba voz a quienes habían sido desalojados de los planteles de bachillerato.

En el mismo tenor y con el encabezado “El Estado no puede permitir”, el editorial de Excélsior consideraba el miércoles 31 de julio:

“Si el Estado permitiera procesos que llevan al desorden social, éste sería, sin duda, un Estado en vías de desintegración. Su razón de ser consiste principalmente en garantizar la convivencia ordenada, pacífica y justa de la comunidad nacional. Si algo hay que esencialmente le completa, tal cosa es ejercer su autoridad para reprimir el desenfreno de unos, que lesiona a los demás y hace imposible la coexistencia con lo cual la vida humana retorna al caos primitivo”.

En aquellos días Excélsior todavía era dirigido por Manuel Becerra Acosta (padre del periodista del mismo nombre que una década después encabezó la creación de unomásuno). Un mes más tarde, el 31 de agosto de 1968, la dirección de ese diario sería ocupada por Julio Scherer García. No puede decirse que a partir de entonces Excélsior haya experimentado un viraje drástico en su cobertura del movimiento estudiantil, pero evidentemente se alejó de la intolerancia que definió a casi toda la prensa del Distrito Federal.

Esas definiciones fueron reiteradas cuando, en su informe del 1 de septiembre, el presidente Gustavo Díaz Ordaz sugirió que, de considerarlo necesario, incrementaría el uso de la fuerza para contener al movimiento estudiantil. La nota de ocho columnas que El Universal publicó el lunes 2 de septiembre, firmada por el redactor Demetrio Bolaños Espinosa y bajo el encabezado “Toda la Energía si es Necesario”, recogía esa adhesión al gobierno:

“El pueblo de México escuchó ayer con profunda emoción e interés creciente el Informe rendido por el Presidente Díaz Ordaz ante el Congreso de la Unión, en donde con tono enérgico y a la vez conciliador, precisó la posición del gobierno ante los problemas del país…”

Hoy en día sería impensable encontrar en la prensa mexicana una información periodística supeditada a la actitud reverencial que transpiraba aquella nota que, más adelante, describía así el informe del presidente:

“Con profundo conocimiento de los problemas de la Patria y haciendo a un lado estériles resentimientos…”

Incluso el periódico El Día, dirigido a la sazón por Enrique Ramírez y Ramírez y que era el único diario en donde miembros y simpatizantes del movimiento estudiantil podían encontrar espacio para publicar inserciones pagadas, se plegaba a la decisión del gobierno para atajar a los estudiantes. En un editorial titulado “¡Lo que cuenta es México!”, publicado el 2 de septiembre, El Día consideraba:

“[El Presidente] sabe que la confusión tiene su origen en el deliberado propósito de ‘crear un clima de intranquilidad social, propicio para disturbios callejeros o para acciones de mayor envergadura, de las más encontradas tendencias políticas e ideológicas y de los más variados intereses, en curiosa coincidencia o despreocupado contubernio’. Y a las justas respuestas de orden académico añade la decisión de utilizar todos los instrumentos y recursos que la Constitución ha puesto en sus manos para defender el orden jurídico: ‘lo que sea nuestro deber hacer, lo haremos; hasta donde estemos obligados a llegar, llegaremos’ ”.

-“¡Prensa vendida!” –“No todos”

No todas las definiciones en la prensa eran adversas al movimiento estudiantil ni la tesis de la conjura suscitaba unanimidades. Aun en periódicos cuya línea editorial era opuesta a los estudiantes, había expresiones de sensatez como la que manifestaba Jacobo Zabludovsky, aludiendo a la marcha del 27 de agosto, en un artículo titulado “Causas profundas”, el 10 de septiembre en Novedades:

“En el movimiento estudiantil de que hemos sido testigos en México y cuya fuerza ha sido innegable, debemos separar las causas aparentes o inmediatas de las causas profundas. Para ello debemos dejar de atribuirlo todo a la intervención de comunistas porque no fueron comunistas quienes movieron a 200 mil muchachos en esa gran manifestación, aun cuando no se puede negar que hayan querido llevar agua a su molino”.

Zabludovsky era, en aquel año, conductor del Diario Nescafé, noticiero matutino en el canal 2. Desde entonces los conductores de noticieros televisivos expresaban en otros medios puntos de vista que no podían o no querían manifestar en la pantalla.

Otras voces, más notables en calidad que cantidad pero con una presencia sin duda importante, manifestaron, en diversos tonos y momentos, opiniones discrepantes con la versión que el gobierno insistía en propagar acerca de un movimiento manipulado por intereses foráneos y de una colectividad estudiantil engañada. Entre otros, pueden recordarse los artículos de José Alvarado, Froylán M. López Narváez, Alfonso Noriega, F. Carmona Nenclares y Hugo Hiriart en Excélsior; Francisco Martínez de la Vega y María Luisa Mendoza en El Día; José Muñoz Cota en Novedades y Luis Suárez en El Heraldo.

Cuando en cada manifestación por el centro de la ciudad de México los estudiantes del 68 gritaban “¡Prensa vendida!” al pasar frente a los edificios de los periódicos, había reporteros y articulistas con motivos para considerar que ese reclamo no les tocaba a ellos. Don Francisco Carmona Nenclares, un viejo luchador de la República Española, reseñó el jueves 29 de agosto, en su colaboración para Excélsior, este episodio de la manifestación ocurrida dos días antes y que fue la más concurrida y emblemática del movimiento de 1968:

“La ciudad entera inmovilizada en los balcones, en las azoteas, en las banquetas. Entramos ya por Cinco de Mayo. Aplausos. En la Asociación de Periodistas, esquina de Filomeno Mata, un cartel lacónico: ‘no todos’ ”.

Aquella marcha del 27 de agosto recibió amplia cobertura en los diarios especialmente porque después de que concluyó, en el Zócalo, varios centenares de estudiantes se quedaron en ese sitio y fueron desalojados horas más tarde. En cambio otra gran marcha, realizada el 13 de septiembre y de manera silenciosa, ocupó menos espacios en la prensa.

Los diarios enjuiciaron sin pruebas

El 18 septiembre el Ejército ocupa Ciudad Universitaria. La cercanía de los Juegos Olímpicos, que se inaugurarían el 12 de octubre, así como la perseverancia de la movilización estudiantil, aumentaban la intranquilidad del gobierno pero también la percepción, en otros circuitos de influencia, de que estaba en curso un enfrentamiento político que iba más allá de las reivindicaciones estudiantiles. El viernes 20 de septiembre, con el título “¡Todavía es tiempo!”, El Día publica un editorial en donde sentencia:

“Lo sobresaliente en esta lucha no ha sido propiamente la problemática de la juventud o de la educación nacional, sino cuestiones de orden político. Y no es realmente apropiado hablar ya de un conflicto estudiantil, sino de un choque político en el que participan en primer plano estudiantes y maestros enfrentados al gobierno; pero en el cual es indiscutible también la intervención de otras muchas fuerzas políticas de los más variados signos, sin exclusión de influencias o agencias extranjeras”.

Ese mismo 20 de septiembre, en el diario, apareció un desplegado dirigido al presidente de la República y suscrito por 200 escritores, artistas y académicos que consideraban que la ocupación militar del campus universitario significaba “la clausura oficial de todo proceso democrático en el país”.

También el 20 de septiembre tiene lugar un vivaz debate en la Cámara de Diputados. Al día siguiente, en El Universal, Demetrio Bolaños E. ofrece una crónica cargada de intencionalidad y subjetividad. Por ejemplo:

“No faltó un joven bisoño de la C.N.C. que abusando de la libertad que priva en los partidos, subiera a la tribuna a salir en defensa del rector Barros Sierra, ‘persona muy honorable al que ni siquiera conozco’ y como universitario pidió entre aplausos de los panistas y estudiantes, que se pidiera la inmediata desocupación militar de las universidades. Este héroe civil es el diputado Guillermo Morfín García, del 9º. Distrito de Michoacán”.

La tensión aumenta y la intolerancia también. En varios sitios de la ciudad se suscitan enfrentamientos entre brigadas de estudiantes y policías que buscan dispersarlos. El domingo 22 de septiembre un encabezado de Novedades consigna, en referencia a una larga zacapela en la Unidad Nonoalco-Tlatelolco: “Por 6 Horas Grupos de Jóvenes Hacen Frente a la Fuerza Pública; un Granadero Muerto”.

Ese titular sugería que el granadero había fallecido a consecuencia de una agresión de estudiantes. Solamente en el interior de una nota más pequeña se explica: “Informes proporcionados por la Cruz Roja revelan que un granadero, Julio Adame González, falleció hoy a las 0.45 horas, como resultado de las heridas de bala que recibió en el abdomen. Fue balaceado (al igual que otros tres granaderos) por el teniente del Ejército Benjamín Uriza, cuando los miembros del cuerpo policiaco entraban al edificio 11 de Tlatelolco, donde se habían refugiado grupos de jóvenes”.

Luego se sabría que el teniente Uriza disparó contra los policías después de que golpearon a su madre, a la que él visitaba en la unidad habitacional.

Ese mismo domingo 22 de septiembre El Sol de México dedica los siguientes encabezados a tales incidentes: “Barrió el Ejército con un Foco de Subversión en Tlatelolco”. “Usaron Táctica de Guerrillas los Buscabullas”.

Sin evidencias de que los estudiantes tuvieran armas ni de que hubieran agredido a los cuerpos policiacos la prensa, azuzada por el gobierno, enjuiciaba anticipadamente y forjaba un panorama de rebelión armada.

La posición de Excélsior

El discurso periodístico anticipaba la represión. Pero también describía visos de arreglo, acaso con más voluntarismo que realismo. El lunes 30 de septiembre el editorial de Excélsior estima que hay posibilidades de acercamiento entre estudiantes y gobierno:

“Una actitud absolutamente cerrada en las partes en cuestión no se ha dado propiamente… En el mismo orden de ideas puede anotarse la circunstancia de que el número de estudiantes consignados es evidentemente menor que el de aprehendidos, y puede redondearse la consideración con el dato de la insistencia porfiada de muchos huelguistas de buena fe que han querido iniciar el diálogo en términos apartados de los argumentos de fuerza”.

Ese mismo día, 30 de septiembre, el Ejército sale de Ciudad Universitaria. El 1 de octubre Excélsior encuentra en esa acción motivos para congratularse: “El ejército desocupó la Ciudad Universitaria con el aplauso y el alivio de todo el mundo, incluido el ejército mismo… En el difícil camino de la tranquilización, de la reconciliación, este no es solo un paso más, sino un adelanto trascendental… La salida del ejército muestra –uno entre otros signos– la urgencia de lograr cuanto antes que la paz vuelva a reinar entre la clase estudiantil”.

Pero dos días después, ese mismo espacio editorial tenía que deplorar los acontecimientos de la noche anterior. El 3 de octubre de 1968 Excélsior dijo en su editorial, bajo el título “Tlatelolco sangriento”:

“La desolación ha vuelto a invadir la capital mexicana, el corazón de la República. La presencia del Ejército demandada para dispersar un mitin que se realizaba en la Plaza de las Tres Culturas, dejó un atroz saldo de muerte y sangre allí. Y en la conciencia de los ciudadanos sensibles una infinita desesperación, una severa, turbadora congoja”.

A diferencia de la versión del gobierno que denunciaba una provocación armada como causa de la masacre en Tlatelolco, el diario que para entonces ya dirigía Julio Scherer adjudicó desde ese primer y difícil momento la responsabilidad al ejército. Y añadía:

“Porque los hechos de anoche nada aclaran ni a nada responden. Por lo contrario, han creado nuevos agravios. La intransigencia y la fuerza sólo sirven para ampliar la brecha del resentimiento, para alejar las posibilidades de la reconciliación”.

Aquel editorial cuestionaba el maximalismo del movimiento estudiantil que había exigido que el presidente Díaz Ordaz se presentara a un diálogo público a la mitad del Zócalo. Pero también descalificaba la actitud del gobierno:

“Si bien es cierto que el comportamiento estudiantil –y el de buen número de maestros– rebasó por momentos los límites de la sensatez, y llegó a la insolencia y al reto inconsciente, sobrestimando las propias fuerzas, no es menos verdad que la respuesta a tal desbordamiento no ha sido prudente ni adecuada.

“El desborde de prepotencia –que llegó a exigir al Presidente de la República que compareciese en el Zócalo a dialogar con los inconformes el mismo día que tenía que rendir su informe a la nación– era propio de adolescentes pueriles y soberbios”.

Aquel editorial de Excélsior fue escrito en momentos de profunda conmoción. Varios reporteros, incluso algunos de ese diario, estaban heridos o desaparecidos. Esa noche las redacciones de varios diarios fueron allanadas por elementos policiacos o militares para incautar rollos fotográficos con imágenes del asesinato en Tlatelolco. En esa circunstancia resulta especialmente apreciable el esfuerzo de mesura que hay en dicho editorial:

“La sangre derramada exige, con dramática vehemencia, una reconsideración de rumbos. Porque no es matándonos entre nosotros como habremos de edificar el México que todos –aun dentro de las más acres discrepancias– amamos y deseamos disfrutar en paz.

“Pero el Gobierno está formado por adultos, por personas que saben cómo suele cegar el orgullo, cómo suele resentir el amor propio. Esos adultos saben que el ardor y la pasión juveniles llevan a fútiles y peligrosas insolencias. Sin embargo, tal adultez tendrá que funcionar en el futuro –y así lo esperamos– en toda su grandeza”.

Justificar la represión

No era ese el tono de otros diarios. El mismo jueves 3 de octubre, Novedades consideró en su espacio editorial:

“Los trágicos y dolorosos hechos ocurridos anoche en Tlatelolco no pueden ser interpretados más que como un nuevo eslabón de la conjura que pretende socavar los cimientos institucionales de México”.

Y más adelante: “Los agresivos grupos insurrectos, cuya actitud antipatriótica queda a la vista en consideración al inminente compromiso mundial que México tiene por delante, dejaron en su aleve ataque al ejército un saldo todavía indeterminado de soldados muertos…”.

No había, en esas líneas, una sola mención a los estudiantes asesinados en Tlatelolco.

El Heraldo, en su editorial del 3 de octubre, no comentó los acontecimientos de la Plaza de las Tres Culturas pero recalcó en la versión conspiratoria: “Antes que en México y en muchas naciones con mayor intensidad, se han producido violentas conmociones que aunque con un matiz estudiantil integran una mixtura de estudiantes, extremistas de izquierda, a los que en muchos casos se suman activamente los anarquistas y en México un conocido grupo de resentidos políticos y no obstante que sus ideologías y sus objetivos finales sean diferentes, hacen un frente común para después, ver a cuál de esas facciones corresponden en definitiva el poder y el mando”.

Aquel texto editorial no mencionaba a quiénes se refería. Solamente se limitaba a denunciar un revoltijo de espantajos pretendidamente anti mexicanos. El texto se titulaba “El Prestigio de México por Encima de sus Enemigos”.

El Universal el viernes 4 de octubre, bajo el encabezado “Técnica de desorden”, reedita el mismo discurso maniqueo –estudiantes soliviantados y engañados, conjura extranjera contra México, instituciones en riesgo, patria salvaguardada–:

“Inútiles fueron los intentos que desde todos los sectores responsables se han estado haciendo a la juventud estudiosa, a fin de que no continúe sirviendo de cortina de humo tras de la cual maniobran, arteramente, sórdidos intereses al servicio de intrigas extranjeras.

“Aunque buena parte de esta juventud engañada atendió esas juiciosas reflexiones, un numeroso grupo de estudiantes, decididamente ya marxistas algunos de ellos, y muchos más pertenecientes a esa categoría que hace acto de presencia en todas partes, ya sea por el afán de vivir agitadas sensaciones, ya por temor a ser juzgado cobarde al no responder a una invitación de esta clase, o sencillamente por pueril imitación, acudieron a un mitin cuya celebración no sería permitida, como ya sabían perfectamente los organizadores del mismo…

“Esta persistencia en el mal, esta tenacidad para mantener en vigencia el desorden y la inquietud, son técnicas bien estudiadas y ensayadas por estos provocadores, como lo demuestran lamentables sucesos ocurridos en otros países”.

Y El Sol de México, en su editorial del sábado 5 de octubre, sintetiza ese discurso justificatorio de la represión:

“Se ha estado realizando un movimiento subversivo contra México, su pueblo y su Gobierno, cuidadosamente planeado de antemano. Los agitadores se han puesto al descubierto, ya sin tapujos ni pretextos seudo-estudiantiles. Por ello la inmensa mayoría de los mexicanos los repudia con indignación”.

* * *

En la prensa de 1968 se pueden encontrar huellas rastros de una sociedad crítica que apreciaba con enorme preocupación el enfrentamiento drástico del gobierno contra las demostraciones estudiantiles. La vitalidad y, cabe decirlo, la valentía de articulistas y editores que rompían el discurso único que pretendía generalizar el gobierno, tiene más expresiones de las que a menudo se supone.

Pero ante esas posiciones, que van de la prevención a la adhesión, destaca abrumadoramente la retórica descalificatoria que distorsiona acciones y pretensiones de la movilización estudiantil. Ese discurso intolerante contribuye a crear las condiciones en las cuales el presidente Díaz Ordaz ordena la masacre del 2 de octubre de 1968.