De qué están hechas las televisoras

Mayo 31, 2007

La Crónica, 31 de mayo de 2007

Aun antes de que los ministros de la Suprema Corte comiencen a discutir los
puntos más relevantes de la ley Televisa, los defensores de esa
contrarreforma ya experimentaron sus primeras derrotas. No me refiero a las
decisiones iniciales que la Corte asumió en días pasados, cuando se ocupó de
asuntos como el veto a quienes ya formaron parte de la Comisión Federal de
Telecomunicaciones para seguir siendo considerados en el proceso de
integración de ese organismo, o los discriminados medios permisionados que
tienen derechos inferiores a los que disfrutan las radiodifusoras y
televisoras de índole comercial. Cuando digo que los defensores de la ley
Televisa han sufrido los primeros tropiezos en este proceso de discusión y
rectificación legales quiero recordar la manera como las dos televisoras
comerciales se han exhibido a sí mismas, al desplegar un comportamiento
abusivo, calumnioso y cínico en contra de algunos de los impugnadores más
notorios de esa contrarreforma.
En un esfuerzo bastante patético para confundir acerca de esa discusión
las dos televisoras, proponiéndose lo contrario, han enaltecido la imagen
pública del ex senador Javier Corral Jurado.
Al hoy presidente de la Asociación Mexicana del Derecho a la Información,
Televisión Azteca le recrimina estar sosteniendo posiciones contrarias a las
que, según esa televisora, Corral manifestaba hace pocos años. La semana
pasada, en todos sus noticieros, Azteca difundió una pieza que por respeto a
los periodistas tenemos que negarnos a considerar como noticiosa. Allí se
dice que cuando era legislador, Corral promovió una iniciativa de ley de
telecomunicaciones en donde se proyectaba que los integrantes de la Comisión
Federal de ese ramo fuesen ratificados por el Senado después de haber sido
propuestos por el Ejecutivo Federal.
Aquel proyecto era un documento de trabajo y nunca pudo fructificar como
iniciativa debido a la oposición de muchos de los legisladores que, más
tarde, aprobarían las reformas a las leyes de Telecomunicaciones y Radio y
Televisión ­–las cuales por economía verbal pero también para subrayar a la
entidad que elaboró, promovió, defiende y gana más con tales modificaciones,
han sido denominadas ley Televisa–. En aquella propuesta de Ley de
Telecomunicaciones, Corral y otros senadores sugerían la creación de un
organismo regulador verdaderamente autónomo, no sólo por el procedimiento
para designarlo sino antes que nada por las capacidades que tendría. Esa
convicción la mantuvieron cuando, el año pasado, cuestionaron la ley
Televisa. Quienes hayan seguido las discusiones sobre ese tema, entre enero
y marzo de 2006, recordarán el énfasis que esos legisladores hacían sobre la
debilidad que tendría la Cofetel con el diseño que resultaba de tales
reformas. Así que cuando le reprochan a Corral una supuesta inconsecuencia,
los merolicos de Televisión Azteca (perdón por el adjetivo, pero no es
posible considerar periodistas a quienes simplemente repiten un libelo que
les han escrito) dicen mentiras al referirse de manera parcial a aquella
propuesta de Ley de Telecomunicaciones.
En lo personal, me parece que la participación del Senado en la
ratificación de los integrantes de la Cofetel es un aspecto reivindicable de
la ley Televisa y no he estado de acuerdo con la impugnación que los ahora
ex senadores hicieron de ese apartado. Pero antes que nada, lo que hace
falta es una Comisión capaz de administrar las telecomunicaciones y la
radiodifusión y que no sirva únicamente como oficialía de partes de las
televisoras y la SCT que es como la plantearon las reformas del año pasado.
Corral no ha sido inconsecuente. Pero, de haberlo sido, ¿qué importancia
tendría para la discusión de las leyes de medios? Todos los legisladores
matizan, complementan o rectifican sus posiciones: esa es, cuando se
encuentra sustentada en ideas, la esencia de la deliberación parlamentaria.
Si ese ahora ex legislador hubiese cambiado de opinión nada habría de
extraño al respecto. Pero no lo hizo y la televisora propiedad de Ricardo
Salinas Pliego se empeñó en inventarle una conducta en la que no incurrió.
Lo que ha querido Televisión Azteca es restarle legitimidad a la
preocupación social alrededor de la ley de medios. En vista de que Corral es
uno de los promotores más perspicaces y activos de la impugnación a esas
reformas, la televisora quiso mostrar una aparente debilidad del ex senador.
No había tal. Pero incluso cuando Corral exigió espacio para ejercer su
derecho de réplica, Televisión Azteca se burló de él afirmando que de
ninguna manera le facilitaría esa posibilidad.
La cantinela de la presunta inconsecuencia de Corral ha sido repetida en
otros medios, tanto en la radio como en columnas en la prensa escrita.
Incluso periodistas que a juzgar por sus apresurados textos no se han tomado
la molestia de estudiar las reformas que están siendo discutidas -como
varios interesados columnistas financieros y ayer, en Milenio, Carlos Marín-
han repetido esas versiones. Desprovistos de argumentos para defender a la
ley Televisa, quieren contribuir a la campaña de desconcierto sumándose al
intento para descalificar a Corral. En realidad se califican a sí mismos.
También la semana pasada y concatenada con la campaña de Azteca, Televisa
difundió perseverantemente, en sus noticieros, una decisión judicial acerca
de un litigio que ha mantenido durante varios años con el mismo ex senador.
Cuando Corral fue candidato al gobierno de Chihuahua su partido, Acción
Nacional, contrató espacios para propaganda en los canales locales de dicha
empresa. Al término de la campaña Televisa se negó a entregarle al partido
las facturas por esa venta de spots y sin tales documentos el PAN no podía
pagarlos. La actitud de la empresa era resultado de un capricho que además
pretendía, como se ha visto ahora, convertirse en presión contra Corral.
Televisa de Chihuahua les explicó a los dirigentes estatales del PAN que
solamente aceptaría el pago si el dinero lo aportaba Corral personalmente.
Ante esa pretensión inusitada e ilegal, el conflicto se fue a los
tribunales.
Cuando Televisa ha informado, también en sus principales noticieros,
acerca de la sentencia de un juez para que el pago se realice, ha omitido
explicar las circunstancias de ese litigio. No es una información sino un
amago lo que transmitió en esa nota. Las aclaraciones del PAN de Chihuahua
insistiendo en que no desconoce la deuda y que se trata de un compromiso del
partido y no de su ex candidato, no recibieron cobertura significativa.
Tampoco la explicación de Corral que, además, ha recordado que ese proceso
legal todavía no concluye.
La insistencia para estropear la imagen de un personaje público da cuenta
de la debilidad de los argumentos, así como de la aprensión que las
televisoras tienen respecto de Corral y quienes comparten sus puntos de
vista. Tanto la campaña de calumnias de Azteca como la campaña
desinformadora de Televisa han sido tan burdas que no calaron en el ánimo de
la sociedad activa, interesada en estos asuntos, que es a la que las
televisoras quisieran convencer. La respetabilidad del licenciado Corral no
ha variado un ápice. Y sin quererlo las televisoras han demostrado, en vivo
y en directo, por qué necesitamos un régimen de medios distinto al que
padecemos ahora.
Esas campañas confirman el patrimonialismo convenenciero, el desprecio al
debate y el autoritarismo mediático que campea en las dos empresas. Quienes
han creído que Televisa ha cambiado porque de cuando en cuando muestra
alguna apertura a puntos de vista diversos, podrán constatar de qué manera
utiliza sus frecuencias no para informar sino para tratar de golpear a
quienes considera sus adversarios. Quienes han querido suponer que en
Televisión Azteca no todo es lo mismo, encontrarán en este caso la
confirmación de un comportamiento faccioso que se difundió incluso en los
noticieros del 40 -el canal que, como es imposible olvidar, está en manos de
esa empresa como resultado de un proceso repleto de ilegalidades–.
Al margen de spots y libelos disfrazados de noticias, la discusión en la
Corte sigue. Sabremos, como se nos ha anunciado, de qué están hechos los
ministros. Por lo pronto hemos podido corroborar la inescrupulosidad
profesional, la desvergüenza corporativa y la ineficaz pero injuriosa
prepotencia de las que están hechas las dos televisoras comerciales.


Tres mentiras sobre la ley Televisa

Mayo 17, 2007

Publicado en La Crónica, jueves 17 de mayo

 

   En su análisis acerca de las reformas a las leyes federales de Telecomunicaciones y Radio y Televisión cuya inconstitucionalidad está siendo estudiada por la Suprema Corte de Justicia, el ministro Sergio Salvador Aguirre Anguiano hace un diagnóstico serio y exigente acerca de los medios de comunicación.

 

   El artículo 28 de la Ley Federal de Radio y Televisión no pasa la prueba de ese ojo crítico: “los actuales concesionarios de servicios de radiodifusión tienen un poder sustancial en el mercado de la radio y la televisión abiertas, por lo que el otorgamiento de mayores privilegios para la obtención de concesiones en materia de telecomunicaciones, implicará la traslación de su posición preponderante en su mercado al segmento de los servicios de telecomunicaciones, provocándose así que las actividades tanto de radiodifusión como de servicios adicionales de telecomunicaciones, se concentren en unos cuantos agentes económicos, en lugar de que se abran a la competencia y se logre una mayor diversidad y pluralidad tanto en los medios masivos de comunicación, como en materia de telecomunicaciones” (página 497).

 

   Esa reforma es inconstitucional porque vulnera los fines que de acuerdo con la Carta Magna debieran tener los medios de comunicación. Dice el ministro: “la radiodifusión debe entenderse como un componente fundamental de la sociedad de la información, en este contexto, la optimización del uso del espectro radioeléctrico puede y debe abrir opciones democratizadoras debido al uso de nuevas tecnologías (digitalización). Este proceso no debe entenderse como un mero proceso tecnológico, sino que debe implicar el establecimiento de políticas sobre aspectos fundamentales de esta nueva sociedad de la información, tales como la recuperación y repartición del espectro radioeléctrico, la reglamentación de nuevos servicios de telecomunicaciones y una política de servicios masivos de educación, cultura e información que fortalezcan el desarrollo de las capacidades de la población marginada y más excluida del desarrollo” (pp. 415-416).

 

   Esas verdades torales orientan la reflexión del ministro Aguirre Anguiano en su extensa ponencia, para llevarlo a  concluir que cinco de los artículos reformados el año pasado e impugnados por 47 senadores son total o parcialmente inconstitucionales.

 

   Los ministros de la Corte han conocido argumentos de sobra en respaldo a la solicitud de inconstitucionalidad. También han escuchado la defensa de intereses creados que propalan las empresas televisoras con exageraciones y mentiras como las siguientes.

 

   “Si se modifican las reformas de 2006 México quedará al margen del avance tecnológico”. El desarrollo de las comunicaciones en nuestro país no ha dependido de las reformas a las dos mencionadas leyes federales. Lo que resultaría afectado es el modelo de expansión sustentado en la promoción de las nuevas tecnologías para las telecomunicaciones en beneficio de unas cuantas empresas.

 

   Ese modelo, promovido por Televisa y con menor notoriedad por Televisión Azteca, postula el desarrollo de la televisión de alta definición (a la que abreviaremos como TAD) en manos de esas empresas y como eje para el aprovechamiento de las franjas del espectro radioeléctrico en las que se propagan señales de radiodifusión. Actualmente cada canal de TAD necesita un espacio de 6 megahertz para difundir su señal y esa es la porción del espectro radioeléctrico que, por cada uno de los canales que ya tenían, la Secretaría de Comunicaciones y Transportes les asignó a dichas empresas para que difundan televisión de ese tipo.

 

   Las televisoras dicen que en esos 6 mhz no pueden transmitir nada más que TAD. Y en efecto, con la tecnología que hoy se encuentra más difundida en México y Estados Unidos cada canal de alta definición requiere de ese espacio. Sin embargo la tecnología cambia a cada momento y es previsible que, en pocos años, la TAD requiera solamente de 2 o 3 mhz por canal.

 

   Lo que singulariza al desarrollo tecnológico para los soportes digitales es la posibilidad de comprimir cada vez más información en menos espacio. Ahora es factible, por ejemplo, guardar todo el contenido de una colección de casi 2000 CDs de audio en un Ipod que podemos transportar a cualquier sitio. De la misma manera, la digitalización de las señales permite que cada vez se pueda transmitir más contenidos en menor espacio del espectro radioeléctrico.

 

   Esa es la realidad tecnológica que ocultan los promotores de la ley Televisa. Si a cada televisora se le deja en posibilidad de utilizar como quiera los 6 mhz que hoy tiene por cada canal de televisión, dentro de pocos años podrá enviar señales de TAD en un espacio menor al que tiene asignado y entonces usaría los megahertz restantes para difundir otros servicios de telecomunicaciones (telefonía, Internet, radio digital, etcétera). Por otro lado, la televisión digital no tiene por qué ser en todos los casos de alta definición. Una señal digital de televisión convencional puede difundirse en un espacio de tan solo 1.5 mhz. Es decir, en el espacio que ocupa un canal de alta definición pueden caber tres o cuatro canales de televisión con imagen de menor calidad pero con mayor variedad de contenidos. Todas esas posibilidades quedan canceladas con la apropiación del espectro radioeléctrico que la ley Televisa les permite hacer a las empresas que actualmente disfrutan del 95% de las concesiones para televisión comercial en este país. El desarrollo tecnológico que promueve la ley Televisa es estático, uniforme y excluyente. Pero no es el único al que podría acceder nuestro país.

 

   “Si se modifica la Ley Televisa no habrá convergencia tecnológica”. La digitalización de las telecomunicaciones permite que en el mismo canal en donde ahora se difunde un servicio, se puedan propagar varios más. A la posibilidad de suministrar por una misma vía servicios de televisión, telefonía e Internet se le ha denominado “triple play”. Esos servicios se pueden propagar por cable o por el espacio aéreo y su abastecimiento de manera conjunta permite que emisores y consumidores ahorren costos.

 

   En México esa convergencia existe ya, independientemente de las reformas legales. Desde hace varios años Telmex vende Internet de banda ancha a los suscriptores de su servicio telefónico y está en capacidad de transmitir, además, por esas líneas digitales, canales de televisión. En la ciudad de México la empresa Cablevisión, propiedad de Televisa, ya tiene autorización para además de los canales de televisión y el servicio de Internet que brinda por el mismo conducto, ofrecer telefonía. Esa convergencia no se debió a las reformas de 2006. El “triple play” que propicia la ley Televisa es, en realidad, la concentración de tales servicios en pocas empresas para que tengamos solamente one player.

 

  ”La desaparición de esas reformas implicaría volver al antiguo sistema discrecional y presidencialista en la asignación de concesiones”. Hasta el año pasado el otorgamiento de concesiones de televisión y radio estuvo a cargo del presidente de la República. A partir de la Ley Televisa esa facultad se encuentra… en las mismas manos. La Comisión Federal de Telecomunicaciones que surgió merced a la Ley Televisa no tiene auténtica autonomía. A sus integrantes los designa el Presidente de la República y muchas de sus facultades están subordinadas a la autoridad de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes.

 

   La reforma de 2006 no estableció garantías para que los integrantes de la Cofetel estuvieran a salvo de conflictos de intereses con las empresas del sector que deben regular. Por ello, entre los actuales comisionados hay funcionarios que tuvieron estrecha relación laboral y política con alguna de las televisoras. La Cofetel de hoy en día no es autónoma respecto del gobierno y tampoco respecto de las empresas cuyo desempeño debe supervisar.

 

   Esa reforma establece que las nuevas concesiones de radiodifusión serán asignadas por subasta pública. Es decir, que aquellos que ofrezcan más dinero tendrán licencias para transmitir por televisión y radio. No está mal que el Estado obtenga recursos por esas concesiones. Pero asignarlas solamente de esa manera implica la rendición del poder estatal y del interés de la sociedad al poder del dinero. En la mayoría de los países de América y Europa las autoridades en materia de telecomunicaciones toman en cuenta,  para otorgar concesiones de televisión y radio, las propuestas de programación, el servicio que brindarán al público y las ofertas financieras que presenten los interesados.

 

* * *

 

   Algunos promotores de la ley Televisa suelen ostentar terminajos técnicos aparentemente complejos con el propósito de simular que, para determinar cuál es la legislación pertinente en ese campo, hace falta un conocimiento muy especializado. Con ello no pretenden ilustrar, sino secuestrar la discusión de estos asuntos.

 

   Pero los ministros de la Corte no requieren pericia técnica peculiar para dictaminar sobre las reformas del año pasado. Lo que al país hace falta en estas materias, desde el terreno de la ley, es contar con principios generales que permitan:

 

   a) el dominio del Estado en la administración del espectro radioeléctrico, que es parte del patrimonio nacional;

 

   b) que esa administración esté a cargo de una autoridad verdaderamente autónoma, tanto respecto del poder presidencial como de los poderes fácticos a los que debe regular;

 

   c) la existencia de condiciones de equidad para las empresas que operen y quieran operar en ese campo;

 

   d) el aprovechamiento, sin modelos tecnológicos cerrados ni excluyentes, de los beneficios que propician la convergencia digital y la propagación de las telecomunicaciones;

 

   e) la promoción de la diversidad, la competencia y la pluralidad en las opciones comunicacionales que reciben los mexicanos.

 

   Esos principios son desconocidos por las reformas del año pasado. Ahora la Corte tiene la posibilidad de enderezar los excesos y abusos que ha implicado la ley Televisa.

 


La reconversión del senador Creel

Mayo 10, 2007

Publicado en La Crónica, 10 de mayo de 2007 

   No hacía falta que el senador Santiago Creel reconociera que se trató de una imposición para que supiéramos que la Ley Televisa estuvo definida por la coacción que las televisoras ejercieron sobre la mayor parte de la clase política mexicana. Hace más de un año quedó suficientemente claro que las reformas a las leyes de Telecomunicaciones y Radio y Televisión buscaban, exclusivamente, ampliar los negocios de las empresas que ya tenían concesiones para difundir por esos medios.  

   Aquella propuesta, desde su redacción, fue impulsada desde las oficinas corporativas de Televisa. Allí fueron contratados los despachos jurídicos y de relaciones públicas que se encargaron del cabildeo con los legisladores. De allí surgieron los amagos contra los empresarios de la radiodifusión y las telecomunicaciones que estaban disgustados con una reforma que favorecía el interés de los más grandes pero que no significaba cambios sustanciales en la administración del espectro radioeléctrico. De esas oficinas salieron las convocatorias a los dirigentes nacionales y candidatos presidenciales de los tres partidos más importantes para exigirles que apoyasen tales reformas. Allí se redactaron y financiaron los desplegados en la prensa, las sugerencias a columnistas de negocios y las campañas en televisión y radio que pretendían descalificar a los legisladores que a pesar de tales coacciones se opusieron a la Ley Televisa.    Todo eso fue ampliamente conocido, documentado y denunciado entre diciembre de 2005 –cuando la Cámara de Diputados requirió nada más que de 7 minutos para aprobar esas reformas– hasta el 30 de marzo, cuando sin enfrentar los argumentos en contra la mayoría en el Senado ratificó la Ley Televisa. En el transcurso de esos cuatro meses se conocieron las amenazas que ese consorcio televisivo utilizó tanto con otros empresarios, como con políticos de todos los partidos.  

   En aquellos días se pudo verificar la exigencia que los dirigentes nacionales del PAN y el PRI les formularon a sus respectivos senadores para que apoyasen la Ley Televisa. El miércoles 22 de marzo el presidente nacional del PAN, Manuel Espino, se reunió con los senadores de ese partido para exigirles que aprobasen la Ley Televisa porque esa decisión, dijo, beneficiaría a los panistas en la campaña electoral que estaba en curso. El jueves 23 ocurrió lo mismo entre los senadores del PRI: sus dirigentes les manifestaron que el respaldo a esas reformas beneficiaría la candidatura de Roberto Madrazo.     También en el transcurso de marzo del año pasado fue evidente el manejo artificioso que Televisa y Televisión Azteca hacían de ese tema en sus noticieros, en una nueva comprobación de que para esas empresas el interés público no existe cuando están de por medio sus propios negocios. 

   El ahora senador Santiago Creel estaba en campaña cuando todo eso ocurría y es improbable que no se hubiese enterado de primera mano de ese escandaloso tráfico de influencias a cargo de las televisoras. Si no lo denunció a tiempo fue por precaución o miedo, o porque no le parecía tan grave. No sería el primer político cuya aprensión ante la capacidad de represalia de las televisoras lo lleva, incluso, a magnificar el poder de tales empresas.     En todo caso Creel conocía bien los intereses y los modos de las televisoras. En octubre de 2002 el entonces secretario de Gobernación fue el operador de Marta Sahagún para que fuera abolido el 90% del tiempo al que hasta entonces tenía derecho el Estado en las frecuencias concesionadas de radio y televisión y para que hubiera un reglamento dictado punto por punto por la empresa propiedad de Emilio Azcárraga Jean. Tres meses más tarde consintió el latrocinio que la empresa de Ricardo Salinas Pliego cometió al enviar a un grupo de pistoleros a asaltar la antena del Canal 40. Y en mayo de 2005, unos días antes de renunciar a Gobernación para competir por la candidatura presidencial del PAN, Creel le regaló a Televisa el permiso para operar 65 casinos en todo el país. 

   El senador Creel, por supuesto, conoce el poder de las televisoras. Se ha doblegado a él en tantas ocasiones que posiblemente ya está cansado de hacerlo. Quizá el ahora senador ha tenido un rapto de honestidad y lucidez. Posiblemente en los meses recientes haya tenido condiciones para reflexionar sobre los riesgos que significa para el país el poder desbocado, insaciable e insolente de las empresas que acaparan el 95% de las concesiones para televisión comercial. Acaso tuvo ocasión de conocer los estudios de legislación comparada que muestran el vergonzoso rezago de México junto a países latinoamericanos y europeos en donde la televisión y la radio están definidas por la competencia y la diversidad porque hay diques a la concentración de muchos medios en pocas manos y existen autoridades regulatorias capaces de otorgar nuevas frecuencias con criterios de calidad y variedad.     Posiblemente el senador Creel leyó, en el Diario de los Debates de la Cámara de la que ahora es destacado integrante, las argumentaciones que presentaron a fines de marzo del año pasado los senadores que se batieron con denuedo, en contra de la línea que había en sus partidos, para subrayar las perversiones jurídicas y el reforzamiento de privilegios que implicaba la Ley Televisa. Probablemente conoció las transcripciones de las audiencias que a comienzos de febrero convocó la Comisión de Comunicaciones del propio Senado y en donde los defensores de la Ley Televisa quedaron reducidos en el terreno de las razones aunque sabían que contaban con la amedrentada mayoría que en esa Cámara había impuesto el poder de la televisión. Acaso también revisó las consideraciones que presentaron la Comisión Federal de Competencia, el Instituto Federal Electoral e incluso la Comisión Federal de Telecomunicaciones que había entonces y que coincidían en alertar contra aquella reforma. O puede haber leído el recurso que 47 senadores de la anterior Legislatura presentaron a la Corte para demandar que tales reformas sean declaradas anticonstitucionales. 

   Documentos, experiencia y testimonios, no deben haberle faltado al senador Creel para concluir, como hizo el viernes 4 de mayo, que en la aprobación de la que muchos denominamos Ley Televisa “las cosas fueron más bien una imposición que una negociación en donde fue una sola visión, no la que surge de una pluralidad de intereses”.     Pero quizá, junto con todo eso, lo que ocurrió es que el senador Creel simplemente se hartó. Se cansó de contemplar la expansión descomunal del poder que las televisoras adquieren no porque los contenidos que transmiten sean especialmente perspicaces, ni porque a la sociedad mexicana le hagan falta, sino fundamentalmente gracias a la negligencia y la ignorancia que los políticos mexicanos, en su gran mayoría, han tenido respecto de las grandes empresas mediáticas. Quizá lo terminó de convencer el amplio proyecto de sentencia que ha presentado el ministro Sergio Salvador Aguirre Anguiano, en donde se recogen varios de los principales argumentos de los ahora ex senadores que hace un año solicitaron que a esas reformas se les declarase anticonstitucionales. 

   Dicho proyecto reconoce la arbitrariedad que implica la llamada Ley Televisa, entre otros motivos porque a las empresas que ya disfrutan de concesiones les permite hacer con ellas un negocio adicional, por el cual no tendrían que ganar una licitación ni pagar derechos, al ofrecer nuevos servicios de telecomunicaciones en el ancho de banda que deje libre la digitalización de las señales de televisión y radio.     Por esa y otras transgresiones, la Suprema Corte de Justicia podría encontrar motivos de anticonstitucionalidad en las reformas del año pasado a las leyes de Telecomunicaciones y Radio y Televisión. Esa posibilidad está ocasionando que las presiones que antes padecieron los legisladores, ahora estén siendo dirigidas contra la Corte. Bastaría con asomarse a las antesalas de los ministros para constatar el intenso cabildeo que realizan tanto empleados de las televisoras como, incluso, miembros de la Cofetel que fueron designados gracias a la Ley Televisa. 

   La posibilidad de que dicha ley se modifique está propiciando una reacción exasperada y sumamente nerviosa de varias empresas de radiodifusión, comenzando por la que más se ha beneficiado con tales reformas. Por eso a Santiago Creel la Cámara de la Radiodifusión, que sigue supeditada a la hegemonía de Televisa, le respondió con tanta vehemencia. Por eso ayer en la radio el ahora senador Javier Orozco Gómez, veterano soldado al servicio de los radiodifusores, cuando quiso defender las reformas ahora impugnadas solamente acertó a decir que los legisladores que hace un año pidieron la declaración de inconstitucionalidad “fueron engañados por Javier Corral” como si no hubiera numerosos motivos para rechazar tales modificaciones legales y como si 47 senadores, adultos todos y entre ellos algunos bastante curtidos políticamente, pudieran haber sido engatusados por uno solo de ellos. Esas actitudes –tristes, torpes, inverosímiles– confirman la pobreza de argumentos de quienes defienden la Ley Televisa.     Quizá algo de todo eso es lo que entendió ahora Santiago Creel. Dicen que más vale tarde. Quién sabe. En todo caso cuando considera que si la Corte no modifica la Ley Televisa entonces lo harán los legisladores, el senador Creel adelanta una obviedad y un compromiso. Es deseable que la Corte rechace la acumulación y concentración de privilegios que implican tales reformas, en los términos que han sido sugeridos por el ministro Aguirre Anguiano.  Pero aunque esas reformas fuesen desechadas, seguiría haciendo falta una seria revisión de las leyes para los medios electrónicos. El auténtico cambio en la normatividad para la televisión y la radio solamente puede emerger en el Poder Legislativo. Así que el senador Creel y quienes, como él, reconocen ahora los peligros que implica para el país y la sociedad el poder excesivo de las empresas mediáticas, tienen mucho por hacer. 


Lecciones de Kapuscinski

Mayo 2, 2007

Publicado en Nexos, abril de 2007

   A la muerte de Ryszard Kapuscinski, que ocurrió el 23 de enero en Varsovia, la prensa internacional se prodigó en reconocimientos tan enfáticos como diversos: “el decano de los corresponsales extranjeros donde quiera que fuera, maestro del reportaje” (The Times de Londres), “maestro de periodistas” (El País de Madrid), “ el periodista que contó la historia desde la gente común” (Clarín de Buenos Aires), “maestro de la literatura de hechos” (San Diego Union), “mago del reportaje” (Le Monde de París, citando a John Le Carré), “vagabundo de la historia” (Corriere della Sera en Roma), “el mayor periodista del siglo XX” (El Universal de México).

La prosa directa, la mirada siempre aguda, la capacidad inquisitiva y la intensidad narrativa que les impone a sus relatos, propician que Kapuscinski sea considerado maestro de quienes ahora hacen periodismo y de aquellos que aspiran a ejercerlo. Ojalá que la contundencia que a ese autor polaco le permite develar miserias humanas (lo mismo en retratos magistrales de autócratas a los que muestra en la desnudez de su ambiciones que cuando describe la desesperanzada tristeza de los indigentes) fuera imitada en las redacciones y estudiada en las escuelas de periodismo. Pero ante la indeleble vigencia, la prosa esmerada y los recursos tanto investigativos como narrativos de Kapuscinski, podemos preguntarnos si lo que hizo en sus libros más célebres realmente era periodismo o algo más que eso.  

   Si el periodismo es fundamentalmente la publicación de asuntos novedosos, habrá que reconocer que la excepcionalidad de los libros de Kapuscinski no radica en la develación de noticias sino en la descripción de las circunstancias en las que ellas han ocurrido. La decadencia de Haile Selassie en Etiopía y la de Mohammed Reza Pahlevi en Irán, la asfixia que experimentaban las sociedades en las vísperas de la caída del llamado socialismo real, las tensiones entre El Salvador y Honduras, no son descubiertas sino narradas desde una perspectiva personalísima, enterada y comprometida, en El Emperador, El Sha, El Imperio y en el texto que da su título a La Guerra del Futbol. Los qués, quiénes, cuándos y dóndes, ya los conoce el lector antes de sumergirse en esas obras. Lo que Kapuscinski aporta es, fundamentalmente, los cómos y por lo general conduce al lector a encontrar los por qués 

El reportero, el escritor    

 Con frecuencia sus admiradores, para resaltar la densidad y la calidad que en contraste con el periodismo ordinario tienen esos textos, subrayan que son, además, literatura. Pero los linderos entre uno y otra quedan despejados en los libros de Kapuscinski. La detallada reproducción de testimonios coloquiales e incluso el estilo intencionalmente pausado con que describe el hastío de la vida diaria en el caluroso desierto africano, o la morosidad de las entumecidas rutinas burocráticas en la premoderna Europa del Este, son frontalmente contradictorias con el modo escueto, centelleante si acaso, que busca el periodismo de noticias rápidas.  

   Ese periodismo apresurado era el que Kapuscinski practicaba para ganarse la vida como corresponsal de la agencia polaca para la que trabajó durante varios años. Si estuvo en Angola, Etiopía, Irán, Centroamérica, Armenia y Siberia entre tantos otros sitios, fue porque iba tras noticias de las cuales daba cuenta en el obligatoriamente escueto lenguaje de los cables informativos. Con tales envíos cumplía el encargo que tenía como periodista. Luego, de las experiencias y recuerdos de los episodios que había cubierto se nutrió el Kapuscinski escritor de libros.     Uno, no habría sido posible sin el otro. Kapuscinski es antes que nada periodista porque gracias a ello está presente en donde ocurren las noticias. Pero la sensibilidad despabilada en ese trabajo, luego queda al servicio de una creación en donde la escritura construye estilos e incluso se toma licencias que el oficio estrictamente periodístico no resistiría. 

   En 1975, Kapuscinski cubre el conflicto armado previo a la independencia de Angola. En viaje hacia el sur del país llega a Benguela, en donde el Movimiento Popular por la Liberación de Angola les asigna como escolta, a él y a otros cuatro periodistas, a una muchacha llamada Carlota. En el libro Un día más con vida dice que aquella mulata, en su uniforme de paracaidista, “tenía un encanto indescriptible y –como nos pareció entonces– una gran belleza”. Sin embargo semanas más tarde, cuando revisa las fotografías de ese viaje, Kapuscinski comprueba que la joven no era tan guapa como había fantaseado. Lo mismo les sucede a los otros periodistas. Cuando les muestra las fotografías de Carlota “las contemplaron en silencio, y creo que todos optamos por respetarlo en aquel momento para evitar decir que su belleza tampoco había sido para tanto”.     La muchacha había muerto pocas horas después de acompañarlos y posiblemente esa circunstancia tan trágica había contribuido para que idealizaran su apariencia. “En aquel instante nos pareció hermosa –se asombra Kapuscinski–. ¿Por qué? Porque nuestro estado de ánimo así nos lo dictaba, porque lo necesitábamos, porque así lo queríamos”.  

   La descripción que hace no solo de la inasible belleza de aquella joven sino de la circunstancia que ella misma contribuye a crear con su presencia (una mujer valiente en un ejército mayoritariamente de hombres, el contraste entre su risa fresca y el panorama de destrucción que los rodea e incluso la manera absurda como muere) se encuentra entre los recursos que le permiten a Kapuscinski articular un relato atrayente y emotivo. Es parte de sus fórmulas de seducción literaria. El hecho mismo de referirse a las trampas que nos impone la memoria cuando se encuentra conmovida por acontecimientos sobrecogedores –y vaya que los hay en los relatos de Kapuscinski– es un artilugio narrativo. Pero ¿qué tanto esos deslices de la memoria no modificarán ya no una anécdota aislada sino los hechos fundamentales que Kapuscinski narra en sus libros?  

Artificios de la memoria   

Para articular sus magníficos relatos Kapuscinski depende de sus propios recuerdos y de los recuerdos de los demás. No hay diferencia sustancial entre su método de trabajo y el que seguía Heródoto hace dos milenios y medio. Kapuscinski se identifica tanto con él que carga por todo el mundo la Historia de aquel escritor griego del cual dice, entusiasmado: “Es un reportero nato: viaja, observa, habla con la gente, escucha sus relatos, para luego apuntar todo lo que ha aprendido o, sencillamente recordarlo”. En Viajes con Heródoto, uno de sus libros fundamentales, nuestro autor polaco ensalza ese método y también apunta su dificultad esencial: “Otra vez estamos ante la sempiterna lucha del hombre con el tiempo, una lucha contra la fragilidad de la memoria, contra su volátil naturaleza, contra su obstinada tendencia a borrarse y desvanecerse”.  

   Así, por ejemplo, cuando en El Emperador reconstruye la resignada vida palaciega que dominaba en el entorno de Haile Selassie, Kapuscinski acude al testimonio de quienes lo rodeaban. Parte del mérito que ha tenido como reportero radica en haber localizado a esos sobrevivientes y antiguos beneficiarios del autoritarismo imperial y haberlos persuadido para que le platiquen cómo era la vida con “Su Más Sublime Majestad”. Luego, el mérito del escritor será rescatar en forma y fondo el relato de aquellos etíopes con una prosa tan cadenciosa que pareciera que los estamos escuchando.     Junto con el ambiente, Kapuscinski exhibe las relaciones de poder dentro y fuera de la corte imbricadas siempre con intensas pasiones humanas: ambición, interés, docilidad, miedo, entre otras. Pareciera que el narrador polaco hubiera estado allí cuando describe las miradas del Rey de reyes: “el recelo se adivinaba en sus ojos, en cómo miraba a sus súbditos, de tal manera que cada uno de nosotros se encogía, se postraba en tierra…”. Es el testimonio de uno de sus informantes y también la sensibilidad narrativa del autor. Pero si dependemos de la memoria de ambos, la escrupulosidad del reportero –y posiblemente así es siempre que el periodismo va más allá del instante– queda comprometida con la creatividad del escritor.  

   Kapuscinski volvía con frecuencia al tema de la imperfección de los recuerdos. En una conferencia en 1999, recopilada en Los cínicos no sirven para este oficio, aceptaba: “Podemos mentir sin pretenderlo, sólo porque nuestra memoria es limitada o los recuerdos son erróneos, o bien a causa de nuestras emociones”. En Viajes con Heródoto explica que “las personas recuerdan aquello que quieren recordar y no lo que en verdad ha sucedido”. Así que a los relatos de Kapuscinski no los evaluamos por la exactitud de su reconstrucción sino por el talento para presentarla con verosimilitud. No hay manipulación sino un esfuerzo para llegar, por vías como la recuperación, la remembranza e incluso la metáfora literarias, al meollo de los hechos a los que ese autor se asoma.     El método Kapuscinski busca, después de todo, entender los acontecimientos atendiendo a la manera como los experimenta la gente. En ese mismo libro advierte: “El pasado no existe. Sólo existen sus infinitas interpretaciones”. Más adelante insiste en que como la fuente de informaciones de Heródoto son las personas “que le cuentan los hechos no tal como sucedieron, sino como les hubiera gustado que sucedieran”, la que hace es una reconstrucción selectiva: “No se trata de una historia objetiva, sino de una historia pasada por la criba subjetiva de otros”. 

El trasfondo de los hechos   

En 1965 Kapuscinski llega a Argel en donde acaba de ocurrir un golpe de Estado pero en las calles no encuentra las escenas de violencia y fragor que hubiera esperado. Allí se da cuenta de que “el camino de la búsqueda de imágenes espectaculares, de la ilusión de que es posible escudarse en la imagen para sustituir con ella el intento de penetrar más profundamente en la comprensión de la realidad” no es suficiente. Entonces, sigue refiriendo (en Viajes con Heródoto): “al no poder escribir sobre tanques, coches quemados y escaparates rotos –pues no vi nada de esto–… empecé a buscar el trasfondo y los resortes del golpe, intentando averiguar lo que escondía y qué significaba, para lo cual me puse a hablar con la gente, a observar sus rostros y comportamientos, a escrutar el lugar y, también, a leer; y todo con el fin –en una palabra– de intentar comprender algo”.    Unas docenas de páginas adelante Kapuscinski dice que el trabajo de su admirado Heródoto consistía en ver y registrar: “Al fin y al cabo no se había encerrado en archivos a fin de escribir una obra académica –como durante siglos hicieran luego los científicos–, sino que se había propuesto descubrir, conocer y describir la historia in statu nascendi, cómo los hombres la creaban día a día y a qué se debía que a menudo tomase el rumbo contrario al que ellos deseaban y ambicionaban”. Al retratar al caminante griego, Kapuscinski se dibuja a sí mismo. Por eso no sorprende cuando declara (En Los cínicos no sirven…): “Yo soy licenciado en historia y ser historiador es mi trabajo”.  

   Historiador, viajero, reportero, escritor, todo eso era Kapuscinski. Del periodista, redimía la necesidad de búsqueda. Del historiador, el afán de trascendencia. “El camino es la fuente, el tesoro, la riqueza. Sólo estando de viaje el reportero se siente él mismo, a sus anchas, se siente en casa” (confiesa en Viajes…). En esos recorridos fue retocando la soberbia que a menudo acomete a los periodistas: “el mundo enseña humildad” dice en el mismo libro. Y en una conversación con periodistas mexicanos recomendaba: “Es importante tener el sentido de no saber. Es una cosa natural en un mundo cada vez más complicado, más nuevo” (Arturo Cano, La Jornada, 24 de enero de 2007).     El periodista experimentado no es aquel que lo conoce todo pero sabe indagar y, sobre todo, preguntar. En la misma charla, instruía: “Estoy contra las entrevistas agresivas. Prefiero que se cree una situación de confianza, quiero escucharlo si él quiere decírmelo”. Quién sabe si Kapuscinski fue el periodista más grande del siglo XX. Pero qué distante se encuentra ese recato del arrogante periodismo contemporáneo, plagado de reporteros que extienden sus grabadoras no para averiguar qué dice la gente sino sólo para confirmar certezas que ellos mismos han prefabricado.  


Dinero, eje de las campañas electorales

Mayo 2, 2007

Publicado en Zócalo, abril de 2007 

Publicidad política, fuente de inequidad y subterfugios 

    La compra de espacios destinados a propaganda política en los medios electrónicos se ha convertido en fuente de conveniencias a-legales y posiblemente también ilegales. Ese gasto ha sido reconocido como uno de los dispendios menos justificables en nuestro sistema político. Y por añadidura, se trata de un gasto cuyos rendimientos son escandalosamente exiguos. Igual que en comicios anteriores, los votos logrados en las elecciones federales de 2006 parecieran haber sido inversamente proporcionales a la cantidad de espacios pagados por los candidatos y partidos en los medios de comunicación. En otras palabras: más presencia –pagada o gratuita– en la televisión y la radio no fue garantía de votaciones más altas. Más bien, sucedió todo lo contrario.    Los partidos políticos, sin embargo, no han entendido esa situación de rendimientos decrecientes que está significando su presencia en los medios de comunicación. Al considerar a tales medios como el espacio ya no preferente sino ahora prácticamente único de contraste y confrontación entre ellos mismos, los partidos han descuidado otras formas de proselitismo y, en buena medida, han dejado de hacer política. Al disponer de amplias sumas de dinero para gastar en la adquisición de espacios pagados, partidos y candidatos, como hemos subrayado en otras oportunidades, se han convertido en clientes y en buena medida han dejado de ser interlocutores de los medios de comunicación. 

   Desde hace varias elecciones, la mayor parte de las erogaciones que hacen los partidos ha sido destinada a la contratación de espacios en medios electrónicos. En 1994 solamente el 25.3% de los gastos de los partidos en sus campañas estuvo orientado a la compra de tiempos en esos medios. En 1997 esa proporción creció al 55%. En 2000 el 54.3% del dinero que recibieron los partidos fue a parar a las chequeras de radiodifusoras y televisoras (1) . En 2003 el 49% de las erogaciones de los partidos tuvo el mismo destino  (2) . Y todo parece indicar que en las campañas de 2006 el porcentaje del gasto en contratación de espacios mediáticos habrá sido aún mayor.    Para las campañas de 2006 la autoridad electoral aprobó un financiamiento por 4 mil 136.76 millones de pesos. La mitad de ese monto, como se indica en el Cuadro Uno, corresponde al financiamiento para actividades ordinarias y la otra al dinero que se entrega para gastos de campaña de los partidos.
 

Cuadro UnoFinanciamiento público a los partidos en 2006(millones de pesos)
  Financiamiento total Financiamiento para campañas
PAN    1111.74           555.87
PRI y PVEM    1608.14           804.07
PRD, PT y Convergencia    1257.76           628.88
Nueva Alianza        79.56             39.78
Alternativa        79.56             39.78
Totales    4136.76         2068.38
Fuente: Datos calculados a partir de IFE, Elecciones federales 2006. Organización del proceso electoral federal 2005 - 2006. Página 102.

   Además del financiamiento público, como es sabido, los partidos reciben aportaciones privadas que tienen límites establecidos por la ley y de las cuales deben informar a la autoridad electoral. Cuando esos informes sean conocidos y auditados, sabremos de cuánto dinero dispusieron las campañas de 2006. Mientras tanto disponemos de la información que los mismos partidos, en cumplimiento de otra obligación legal, han debido entregar al IFE con los montos de los gastos que hicieron en medios de comunicación en el transcurso de esas campañas (3) .

   Se trata de información preliminar, que no ha sido contrastada con las facturas que amparen esos gastos y que los propios partidos deben proporcionar y nos ofrece un panorama seguramente representativo de las prioridades que definieron esas erogaciones durante las campañas recientes. 

   Con estos datos se puede constatar el significativo peso que los partidos le confieren a la contratación de espacios en televisión y radio. Cabe subrayar que esos espacios son adicionales a los que, en ejercicio de una de sus prerrogativas legales, los partidos pueden ocupar en los tiempos estatales en los medios electrónicos.  

Creciente gasto en radio y TV    

En el Cuadro Dos hemos sumado los gastos reportados por los partidos para todas sus campañas federales: las que realizaron por la Presidencia de la República, así como para senadores y diputados. De esta manera tenemos un panorama más completo acerca del total del dinero que invirtieron en la contratación de medios de comunicación. Es evidente la concentración del gasto –y, así, del interés comunicacional de los partidos– en los medios de carácter electrónico y muy especialmente en la adquisición de espacios en televisión.  
 

Cuadro DosGasto en medios realizado por los partidos políticos en las campañas de 2006(suma de gastos en campañas para presidente, senadores y diputados)
  Televisión Radio Prensa Otros (1)
PAN 182 289 429.10  134 696 761.30 13 860 445.82  57 656 671.03
Alianza por México (PRI, PVEM) 372 795 780.70  104 845 094.30 42 202 419.56 109 645 220.6
Coalición por el Bien de Todos (PRD, PT, Convergencia) 414 211 701.40  116 279 197.30  3 982 797.16  28 642 734.78
Nueva Alianza   19 634 037.27     2 832 978.14  1 152 833.60     3 367 316.19
Alternativa (2)     4 881 474.00     1 752 036.70           0            0
Totales 993 812 422.47  360 405 967.74 61 198 496.14 199 311 942.5
(1) Anuncios espectaculares, salas de cine e Internet. (2) La información de los gastos de Alternativa no aparece de manera completa. FUENTE: Datos calculados a partir de los informes bimestrales que los partidos presentaron al IFE acerca de sus campañas para la Presidencia de la República, el Senado y la Cámara de Diputados y publicada en el sitio web del Instituto Federal Electoral.

   El Cuadro Tres muestra, sumados todos los rubros, el gasto total que, de acuerdo con sus propios informes, hicieron los partidos en la contratación de recursos y espacios mediáticos. Esos montos se pueden comparar, en el mismo cuadro, con el gasto para radio y televisión y, por otra parte, en medios de otra índole. De toda la erogación hasta ahora reportada en medios de comunicación, Acción Nacional destinó casi el 82% de sus gastos en ese rubro a la contratación de espacios en medios electrónicos. La Alianza por México el 76%. La Coalición por el Bien de Todos, casi el 95%.  

Cuadro Tres

Gasto total en medios / gasto en radio y TV durante las campañas de 2006

(suma de gastos en campañas para presidente, senadores y diputados)

  Gasto total en medios Televisión yradio Otros (incluye prensa) (1) % Radio y TV
PAN 388 503 307.40  316 986 190.40  71 517 116.85 81.6%
Alianza por México (PRI, PVEM) 629 488 515.20  477 640 875.00 151 847 640.10 75.88%
Coalición por el Bien de Todos (PRD, PT, Convergencia) 563 116 430.60  530 490 898.70  32 625 531.94 94.21%
Nueva Alianza   26 987 065.20    22 466 915.71   4 520 149.79 83.25%
Alternativa (2)     6 633 510.70      6 633 510.70             0 100%
Totales 1 614 728 828 1 354 218 390 260 510 438.68  
(1) Prensa, espectaculares, cine e Internet. (2) La información de los gastos de Alternativa no aparece de manera completa. FUENTE: Datos calculados a partir de los informes bimestrales que los partidos presentaron al IFE acerca de sus campañas para la Presidencia de la República, el Senado y la Cámara de Diputados y publicada en el sitio web del Instituto Federal Electoral.

   Más de mil 354 millones de pesos gastados en televisión no les aseguraron a los partidos, necesariamente, mejores posiciones electorales. Y como todos sabemos, ese gasto no se tradujo en campañas más propositivas, más racionales ni capaces de mejorar el entendimiento público de los asuntos políticos. Todo lo contrario, en la sociedad mexicana hay pleno convencimiento por una parte en que un gasto tan elevado resulta innecesario. Y sobre todo, parece existir consenso en la agresividad, el maniqueísmo e incluso la descompostura con que los partidos utilizaron los recursos públicos cuando contrataron espacios en televisión y radio. El único remedio tanto para acotar ese dispendio como para lograr que las campañas no se conviertan en batallas por el spot, será impedir la contratación de propaganda política en televisión y radio.–0–


   (1) Datos calculados por Luis Emilio Giménez-Cacho en “La hora de las cuentas. Para saber cuánto gastan los partidos”. Configuraciones número 12-13, abril-septiembre de 2003, p. 69.

   (2) Ciro Murayama, “Dinero, medios y elecciones”. Nexos 331. Julio de 2005, p. 51.

 

    (3) Cada bimestre, durante la primera mitad de 2006, los partidos entregaron al IFE sendos informes de los gastos realizados en las campañas presidenciales, para diputados y para senadores. Esos informes se encuentran disponibles en el sitio web de la autoridad electoral: www.ife.org.mx