Medios acotados por la desconfianza

Zócalo, septiembre de 2006.

Los medios, por buenas o malas razones, han quedado severamente cuestionados durante una temporada política que no termina del todo pero tras la cual el panorama comunicacional mexicano difícilmente habrá quedado incólume. En la primavera pasada, la afrentosa aprobación de la Ley Televisa manifestó la enorme influencia de ese consorcio sobre toda la clase política pero, también, los riesgos que el poder mediático significa para el interés de la sociedad. Luego, en el ríspido verano postelectoral, el papel de los medios electrónicos ha sido reconocido como riesgoso para la democracia en este país.

   La demostración de fuerza que, al doblegar o alinear voluntades e intereses de legisladores, candidatos y dirigentes de todos los partidos ejerció el consorcio más relevante del entramado mediático, tuvo consecuencias paradójicas. Televisa impuso las reformas legales redactadas por sus asesores jurídicos y luego, sin dificultad, logró que el gobierno federal y el Senado avalaran una composición de la Comisión de Telecomunicaciones notoriamente allanada a sus programas de negocios. Al mismo tiempo, sin embargo, esa concentración de poder comunicacional y político concitó las reacciones adversas más extendidas que jamás hayan suscitado los medios en México.

   Muchas de las apreciaciones que se han esparcido acerca del papel de los medios en el proceso electoral de 2006 estuvieron fincadas en esa imagen de prepotencia e intolerancia que suscitó –o afianzó– el desempeño de Televisa y otras empresas mediáticas en el proceso para la aprobación de aquellas reformas legales. Las denuncias que varios candidatos y partidos, pero después del 2 de julio especialmente numerosos simpatizantes de Andrés Manuel López Obrador enderezaron contra las televisoras y cadenas de radio, subrayaron la capacidad de distorsión que siempre, pero sobre todo en condiciones de intensa concentración de muchos medios en pocas manos, llegan a tener los medios electrónicos.

   Buena parte de esas apreciaciones fueron más subjetivas que afianzadas en la realidad. Como hemos señalado en distintos espacios –y desde luego aquí, en las ediciones anteriores de Zócalo– si algún candidato recibió más espacio en los noticieros de los medios electrónicos fue el aspirante presidencial de la Coalición por el Bien de Todos. Pero ni siquiera con ese trato preferencial que le asignó, ya fuese como resultado de la importancia que se le reconocía a su campaña o a consecuencia de una decisión corporativa, Televisa y Televisión Azteca alcanzaron reconocimientos del candidato del PRD y de la Coalición encabezada por dicho partido.

 

Alineamientos y reproches

   Después del 2 de julio el ánimo de muchos conductores de noticieros de radio y televisados, así como de numerosísimos articulistas en la prensa escrita, fue cada vez más adverso a López Obrador. Sin embargo es difícil considerar que esas opiniones se debían a determinaciones de las empresas de comunicación. En cada una de ellas, especialmente en la radio, se mantuvieron espacios fieles –a veces de una devoción tan politizada que sobrepasaba las fronteras del rigor profesional– al candidato de la Coalición. También, desde luego, hubo conductores y comentaristas tan interesados en congraciarse con Felipe Calderón y con el PAN –o con el estado de ánimo que se propagaba entre sus audiencias– que mostraron un panorama intencionalmente maniqueo de los reclamos postelectorales.

   En las semanas posteriores a las elecciones hubo un desplazamiento en la opinión que la sociedad mexicana había tenido acerca de López Obrador. Así, de la misma manera que entre el conjunto de los ciudadanos –incluso entre muchos de aquellos que el 2 de julio le dieron su voto– el juicio sobre ese candidato fue cada día más crítico, también hubo periodistas y conductores que abandonaron el tratamiento sin matices políticos que le habían dispensado a ese y otros aspirantes presidenciales.

   Con todo, aún en la fase de mayor cuestionamiento social a ese personaje, los medios de comunicación siguieron informando acerca de sus proclamas, exigencias y movilizaciones. Seguramente lo hicieron con menos espacio y énfasis del que hubieran querido los simpatizantes de la Coalición por el Bien de Todos. Pero, hasta donde hemos podido advertir, los principales noticieros en la televisión y la radio nunca desplazaron a López Obrador de la agenda de los asuntos públicos.

   Aun así, las quejas contra las empresas mediáticas han menudeado. Podría decirse que Televisa y otros consorcios cosecharon, en la fase postelectoral, parte de las consecuencias de la avidez y los excesos que manifestaron para que fuesen aprobadas las reformas legales. En segmentos activos y críticos, y cada vez menos minoritarios en la sociedad mexicana, se ha extendido la impresión de que los medios electrónicos no han realizado su trabajo con todo el profesionalismo que exigen los ciudadanos. Más allá del tiempo que destinaron a cada opción política, podrían documentarse las ineludibles propensiones al sensacionalismo, la casi generalizada ausencia de contexto y la supeditación al declaracionismo –refrendada en la prácticamente inexistente investigación periodística– que define el tratamiento de los asuntos públicos en la televisión y la radio (así como en buena parte de la prensa escrita).

 

Después de la Ley Televisa

   Las corporaciones mediáticas intentarán que, más allá de lo que cambie o no en el escenario político, nada cambie de forma sustancial en el desempeño de la radio y la televisión. Pero esa propensión a la inercia motivada por el afán de rentabilidad fácil en los terrenos de las ganancias financieras y en la acumulación de audiencias, tropezará con las miradas críticas y, de una manera u otra, con la nueva desconfianza que hay en algunos segmentos de la clase política hacia el desempeño de los medios de comunicación.

   Cuando escribimos estas líneas todavía se encontraba pendiente la decisión de la Suprema Corte de Justicia ante la demanda de inconstitucionalidad que presentaron 47 senadores y que, en la tercera semana de agosto, fue avalada por un importante grupo de dirigentes políticos y legisladores de todos los partidos así como por escritores, artistas y académicos de diversas disciplinas. El cuestionamiento a la Ley Televisa tenía en esa decisión una de sus escalas más importantes pero no terminará allí. El seguimiento puntual de lo que hagan y dejen de hacer los medios de mayor influencia en el país tendrá que alimentar nuevas apreciaciones críticas en los siguientes meses. Será inevitable que la reforma de los medios –la reforma en serio, no mascaradas de ella como la que ocurrió en la primavera pasada– siga destacando en la agenda pública de nuestro país.

–0–

  

About these ads

Acerca de Raúl Trejo Delarbre

Investigador en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Miembro de la Asociación Mexicana de Derecho a la Información y del Instituto de Estudios para la Transición Democrática. Colaborador en las revistas Zócalo y emeequis.
Esta entrada fue publicada en Comunicación política, Elecciones 2006. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s