Crispación y magnificaciones. Los medios antes y después del 2 de julio

Julio 25, 2006

Publicado en Zócalo de agosto de 2006

La polarización suscitada por el enfrentamiento entre las dos principales fuerzas políticas del país encontró en los medios espacios para reproducirse, socializarse e incluso acrecentarse. Los medios de comunicación más importantes se convirtieron en voceros, a veces acríticos y en ocasiones intencionados, de los discursos de animadversión y encono desplegados por adherentes tanto de la Coalición por el Bien de Todos –que postuló la candidatura presidencial de Andrés Manuel López Obrador– como de Felipe Calderón y del Partido Acción Nacional. Entre las últimas semanas de las campañas electorales y las que prosiguieron a los comicios del 2 de julio se pudieron apreciar tendencias como las siguientes.

 

1. Portavoces de la crispación. El clima de enfrentamiento no fue creado por los medios pero fue propagado, a menudo sin el contexto que les permitiera a sus audiencias aquilatar esos acontecimientos con mejores recursos de información y opinión, en los principales espacios tanto en la radiodifusión como en la prensa escrita de nuestro país. Actores políticos, partidos y candidatos, pero además comunicadores y medios, se solazaron durante varias semanas en la irradiación de los resentimientos de unos y otros. Aunque con alguna frecuencia deploraban la ausencia de proyectos e ideas, conductores y comentaristas quedaron atrapados en la espiral de pugnas suscitadas en el diferendo partidario.

 

2. Ensalzamiento de trivialidades. Los principales candidatos a la Presidencia no supieron eludir lugares comunes y discursos huecos. Eso no resultó novedoso en un panorama político definido por la ausencia de una auténtica deliberación. Pero la indigencia discursiva favoreció, entonces, el enfrentamiento y las descalificaciones.

La propaganda negativa que se dispensaron unos y otros apelaba a las emociones en detrimento de la construcción de un electorado racional. Tampoco ese comportamiento resultó inédito. Los medios, a su vez, poco o nada hicieron para atajar esa dinámica de excesos crecientes. En distintas ocasiones algunos medios, incluso, les atribuyeron a incidentes y denuncias baladíes una relevancia que de otra manera no habrían tenido.

Un ejemplo: la noche del 2 de julio se conocieron, sucesivamente, el mensaje del consejero presidente del Instituto Federal Electoral anunciando que no informaría de las tendencias de la votación porque eran tan estrechas que no permitían identificar claramente a un vencedor de la elección presidencial e, inmediatamente después, una alocución del Presidente de la República comentando esa situación. El hecho de que el presidente Vicente Fox haya estado enterado de ese dilema fue tachado en numerosos medios como supuesta demostración de la falta de independencia del organismo electoral respecto del gobierno federal. No había transgresión ni subordinación alguna en el hecho de que el IFE le hubiera notificado al gobierno federal la tendencia de los votos ni era esta la primera elección presidencial en la que había ese intercambio de información. Solamente en un contexto de intensas suspicacias, que los medios lejos de atenuar contribuyeron a exacerbar, se le pudo dar tanta importancia a esa situación que no implicaba merma alguna en la autonomía del organismo electoral.

 

3. Multiplicación de acusaciones huecas. Nunca se demostró –por lo menos hasta ya avanzada la segunda mitad de julio– que Felipe Calderón, cuando fue funcionario público, hubiera beneficiado a algún familiar suyo. Tampoco se ofrecieron evidencias de que el PAN tuviera capacidad para modificar los datos del padrón electoral. Sin embargo antes de las elecciones proliferaron especialmente en algunos noticieros radiofónicos, versiones como las relativas al asunto Hildebrando o las acusaciones sobre la existencia de un sistema de cómputo paralelo al que controlaba la autoridad electoral.

El hecho de que medios profesionales, de probada experiencia en la búsqueda y comunicación de noticias, accedieran a propagar versiones sin confirmar y que a simple vista resultaban absurdas (como el hecho de que el password para entrar al sitio de Internet en donde había información presuntamente incriminadora fuera el nombre del denostado cuñado del candidato presidencial panista) daba cuenta de la manera como la desconfianza y las simpatías partidarias dominaron en algunos espacios informativos.

La parcialidad hacia versiones que favorecían la campaña de la Alianza por el Bien de Todos en espacios radiofónicos como el que conduce la periodista Carmen Aristegui en W Radio –que pocos días antes de las elecciones difundió versiones sin comprobar acerca de esos temas– fue equiparable a la inquina que otros noticieros, como los de Oscar Mario Beteta y Eduardo Ruiz Healy en Radio Fórmula, han sostenido contra López Obrador.

 

4. Sobredimensionamiento de las encuestas. En busca de afirmaciones concluyentes, o aturdidos en medio del estrépito que estaba dominando al escenario nacional, los medios y el mundo político magnificaron, para luego vilipendiar, la importancia de los estudios de opinión. Las encuestas son un instrumento que permite conocer tendencias e inflexiones en las opiniones de los ciudadanos. Como tales, se han convertido en recursos indispensables para hacer y entender la política contemporánea.

En esta temporada electoral, sin embargo, a las encuestas se les llegó a considerar prácticamente como oráculos de lo que sucedería el 2 de julio. La ausencia de un verdadero debate con posiciones claras e incluso la falta de auténticos acontecimientos que pudieran reportar a sus auditorios, explica en parte ese sobredimensionamiento que los medios hicieron de las encuestas. Pero también el empecinamiento de candidatos y partidos no sólo para medir su desempeño sino, además, anticipar presuntos triunfos con datos de encuestas que en rigor no resultaban suficientes para vaticinar el desenlace electoral, condujo a la centralidad que se les dio a tales estudios meses antes de los comicios.

El resultado, fue una mayor confusión debido a las limitaciones propias de las encuestas que jamás permiten conocer el futuro sino, únicamente, evaluar el comportamiento en los puntos de vista de los ciudadanos así como a la utilización de metodologías diferentes que impedían hacer comparaciones rigurosas entre unas y otras. Hubo además una intencional politización que condujo a ofrecer datos falsos, o por lo menos sin bagaje metodológico alguno que los respaldara, como las supuestas encuestas de las que se ufanaba López Obrador. La descalificación ideologizada del trabajo de empresas profesionales cuyos datos eran desdeñados porque no coincidían con las expectativas de ese candidato, abonó también en ese desconcierto. Después de las elecciones ha podido constatarse que las tendencias que algunas de esas empresas mostraron desde meses antes apuntaban a una elección muy cerrada, con diferencia de pocos centenares de miles de votos, como la que registró el cómputo que el IFE hizo de los sufragios del 2 de julio. Esos estudios de opinión no anticiparon claramente ganador alguno (ninguna encuesta seria anuncia un resultado electoral) pero revelaron que las simpatías por los dos candidatos con mayor intención de voto tenían diferencias de pocos puntos porcentuales o incluso menos.

 

5. Equidad antes del 2 de julio. La cobertura de las campañas de los cinco candidatos presidenciales fue, en términos generales, equilibrada. Los principales programas informativos les dieron espacios similares, especialmente a Calderón, López Obrador y a Roberto Madrazo –el candidato de la coalición encabezada por el PRI–. Con datos como los que ofrece el monitoreo encargado por el Instituto Federal Electoral –y de cuyos resultados finales esperamos poder dar cuenta en una próxima colaboración– se puede decir que no se advierten sesgos especialmente notables a favor de uno u otro de esos candidatos.

Ese comportamiento, al menos de las dos cadenas nacionales de la televisión comercial y en algunas radiodifusoras nacionales, puede deberse a un intencional afán para ofrecer espacios relativamente equitativos a cada una de las tres campañas principales. Pero muy posiblemente también influyó la cada vez más estrecha relación entre la contratación de publicidad política y las “bonificaciones” que algunas empresas de radio y televisión les ofrecieron a los partidos. Debido a esos tratos, algunos de los espacios informativos y especialmente la incorporación de entrevistas e incluso comentarios en distintos programas, obedecieron a consideraciones mercantiles y no a las políticas editoriales de tales empresas.

La imbricación entre dinero, campañas y preferencias políticas en el trato entre partidos y medios de comunicación tendrá que propiciar indagaciones más meticulosas y, deseablemente, medidas legislativas para atajar favoritismos que podrían haber transgredido las actuales disposiciones electorales. Se puede mencionar el trato preferencial que Televisión Azteca le dio al PRD al venderle, a una cincuentava parte de la tarifa que les había comunicado a los partidos, el espacio para el programa de media hora diaria que López Obrador mantuvo todas las mañanas durante varios meses en una de las cadenas nacionales de esa empresa. Gestos como ese hacen imposible tomar en serio las denuncias de López Obrador cuando dice que los medios electrónicos no fueron equitativos con él.

 

6. Posiciones después de los comicios. Una vez que transcurrieron las votaciones del 2 de julio, diferentes medios y comunicadores expresaron posiciones acerca del diferendo postelectoral, especialmente para solicitar moderación al candidato de la Coalición por el Bien de Todos. En varias entrevistas con López Obrador, conductores como Joaquín López Dóriga tuvieron una actitud inquisitiva que molestó a no pocos partidarios de ese candidato. Y el domingo 9 de julio en el Canal 2 de Televisa, durante la última emisión del programa “El derecho de mandar” que durante varios meses presentó caricaturizaciones habitualmente burdas y simplonas de los candidatos presidenciales y otros personajes políticos, uno de los actores le endilgó al personaje que imitaba a López Obrador una catilinaria exhortándolo a que no pretendiera la anulación de las elecciones. Para entonces los reclamos de ese candidato eran muy intensos y se hablaba, en efecto, de un cuestionamiento general a los comicios del 2 de julio.

Las posiciones manifestadas en esos y otros espacios en los medios de radiodifusión ameritan, entre otros, cinco señalamientos. A) Esas posturas fueron publicitadas después de las elecciones y no antes. Aunque la legislación mexicana no obliga a los medios de comunicación a ser imparciales en el tratamiento de la información electoral, se puede considerar que lo fueron en la cobertura de las campañas. Las posiciones que expresen después de los comicios no afectan intención de voto alguna. B) Es imposible saber en qué medida esas definiciones públicas influyen en los ciudadanos, especialmente cuando son manifestadas por un cómico. Suponer que los telespectadores son absolutamente vulnerables a las opiniones que escuchan en los medios electrónicos implicaría reconocer que son, en esa materia, menores de edad y que no discriminan entre las numerosas opiniones que reciben, en los medios y fuera de ellos, acerca de los asuntos públicos. C) Durante varios años en la gran mayoría de los medios de comunicación, incluyendo a conductores y reporteros, hubo una notoria condescendencia con los desplantes y exigencias de López Obrador. La docilidad con que periodistas y medios aceptaban las desatenciones del entonces jefe de Gobierno del DF cuando ofrecía sus conferencias de prensa matutinas hubiera sido impensable delante de cualquier otro personaje político en México. Quizá entre las muchas cosas que terminaron el 2 de julio se encuentra el acrítico beneplácito que López Obrador encontró en el entramado mediático de nuestro país. D) Exhortar a que un candidato ciña sus exigencias postelectorales al marco de la ley no sólo no resulta excesivo sino que, en circunstancias como la que se abrió en el panorama mexicano después del 2 de julio, parece de la mayor necesidad. E) Esas definiciones y opiniones son expresión de puntos de vista que resulta legítimo manifestar.

Sé que las tesis de este artículo resultan políticamente incorrectas. En distintos circuitos de la sociedad mexicana, a la que no son ajenas algunas zonas del campo académico y de la observación crítica de los medios, ha campeado la sensación de que, en el proceso electoral de 2006, el voto de los medios favoreció a Felipe Calderón y perjudicó a Andrés Manuel López Obrador. Sin embargo los datos, así como el examen de dicho comportamiento mediático, indican otra cosa. Es inevitable que las simpatías y, en este caso, también las animadversiones políticas, repercutan sobre el análisis. En medio de la crispación que se ha cernido en la vida pública mexicana quizá sea demasiado pedir que el corazón no nuble demasiado a la razón. Pero hay que intentarlo.

–0–


Telepolítica y estereotipos

Julio 22, 2006

Las campañas, sometidas al maniqueísmo mediático

Publicado en Zócalo de agosto de 2006

Campañas de lodo, sentenciaron algunos. Discurso del miedo, dijeron otros. Disputa por el aburrimiento, pudieron decir algunos más. En todo caso, las intensas y extensas campañas políticas de este año han dejado exhaustos y, acaso, más confundidos de lo que se podría haber pensado a los ciudadanos mexicanos. Sometidos a una intensa y prácticamente forzosa exposición de mensajes, los votantes del próximo 2 de julio habrán conocido abundantes opiniones acerca de los candidatos presidenciales. Sabrán de la profesión de fe virtuosa que Andrés Manuel López Obrador repitió con tanta perseverancia que gracias a ella no pocos electores olvidaron, o quisieron soslayar, las cuentas turbias y los compañeros pícaros que tuvo cuando gobernó la ciudad de México. Los votantes habrán sabido de las manos limpias pero también del cuñado incómodo de Felipe Calderón, así como de la tentadora aunque inexplicada oferta para crear empleos que planteó ese candidato. De Roberto Madrazo, conocieron el casi épico pero previsiblemente vano esfuerzo para que los electores olviden los tiempos del PRI y lo consideren, sobre todo a partir de su promesa de mano firme contra los delincuentes, como un candidato eficaz. Habrán tenido noticia del tesón de Patricia Mercado para reivindicar una opción diferente a esa política tradicional, así como de la casi desesperada insistencia de Roberto Campa para que de los tres votos que podrán ejercer en las elecciones federales los ciudadanos le regalen aunque sea uno a su partido.

 

Presidencialismo y televisión

Lo que casi nadie sabe al cabo de esas intensas y trasegadas campañas es cómo gobernarían, con qué principios, para cuáles propósitos o al menos acompañados de cuáles mujeres y hombres esos aspirantes a la Presidencia de la República. Las ofertas programáticas nunca han sido el fuerte de las campañas políticas y mucho menos cuando están fundamentalmente acotadas por el cernidor de los medios de comunicación. En nuestro país la prolongada hegemonía priista y luego los recientes años de sorpresa y desconcierto bajo el gobierno de otro partido, nos impidieron consolidar una auténtica cultura de la competencia política. Los ciudadanos han sido asumidos por candidatos y partidos –y desde luego por los intermediarios mediáticos– como espectadores y no partícipes de la contienda electoral. Ellos mismos se han conformado con ese papel, aferrados al subterfugio de que la política es tan desagradable que deliberadamente se mantienen alejados de ella.

Podría creerse que al concebir a la política como una actividad o como un territorio que les dejan a otros, los ciudadanos manifiestan el natural hartazgo que surge ante la retahíla de dimes y diretes en que se han convertido campañas como las que hemos tenido en 2006. Pero compelidos a tomar partido, los posibles votantes del 2 de julio asumen definiciones que los colocan más allá de la simple contemplación de una contienda ajena. De una u otra manera saben que de esa elección depende al menos en parte la situación del país y de sus familias mismas.

La tensión creada por una confrontación partidaria que apostó a descalificar mucho más que a convencer generó, a su vez, la sensación de que nos encontramos en un momento límite de la historia mexicana. Cada cual a su manera, los partidos apostaron a la idea –o a la sensación, más bien– de que los comicios del primer domingo de julio serían un parteaguas en la situación nacional. Casi nadie ha advertido que, quienquiera que gane, tendrá que gobernar el país que ahora tenemos y que no habrá un México súbita ni drásticamente reconstruido, ni demolido, por los aciertos o pifias de quienes se hagan cargo de la administración pública. Las campañas de 2006 han redimido la imagen totémica de un presidencialismo que sigue siendo eje y dínamo del sistema político mexicano con todo y la transición democrática por la que hemos avanzado.

Presidencialismo y medios se han complementado, más como producto de las circunstancias que a consecuencia de un plan maquinado en las cúpulas políticas y comunicacionales. Al primero, los medios le han permitido propagar una imagen antes que nada omnipresente y además convenientemente ubicua, arbitral o patriarcal, según sea el caso. Una de las muchas fallas de Vicente Fox en el encargo que de manera tan penosa cumplió durante el sexenio que está por terminar fue creer que le bastaría estar en los medios para que su imagen, prácticamente por sí sola, mantuviera consensos y resolviera diferendos. Pero para conjugar los verbos gobernar y comunicar hacen falta varios sustantivos (podríamos pasar largo rato enumerando algunos de los atributos que hicieron falta durante estos años).

 

Personificación, forma y fondo

Mientras el sexenio concluía, las campañas políticas promovieron una inopinada reivindicación del presidencialismo. El formato impuesto por los medios, las exigencias de la mercadotecnia, la simplificación que siempre es antagonista de los matices y especialmente el tono de confrontación que creó campos, clientelas y encasillamientos maniqueos, se conjuntaron para que en vez de proyectos tuviéramos protagonistas durante estas campañas. La personalización de la política es consustancial a la mediatización y al marketing contemporáneos, pero en sociedades con alguna sofisticación o densidad políticas los candidatos son personajes emblemáticos de formaciones ideológicas o de corrientes específicas.

A Jacques Chirac se le asocia con el conservadurismo francés, de la misma manera que a George W. Bush con la ideología individualista del Partido Republicano o a José Luis Rodríguez Zapatero con la modernización socialdemócrata europea. En cambio Andrés Manuel López Obrador no es exponente de una posición ideológica ni mucho menos histórica que se puedan considerar definidas. Se dice seguidor del liberalismo juarista pero su partido se reivindica como parte de las izquierdas y tiene propuestas económicas que podrían considerarse populistas (el uso que anunció que haría del gasto público) y en algunas otras ocasiones neoliberales (como las propuestas, o la ausencia de ellas, respecto de las televisoras privadas). Felipe Calderón encarna posiciones que en aras de la descripción expedita pueden considerarse de derecha (como el rechazo sin matices al aborto) pero ofreció una política social de otro corte. Roberto Madrazo es quizá, de los tres, el candidato que más se ciñó a la ortodoxia de su partido y en tal virtud tiene posiciones ideológicamente movedizas y una conducta a veces camaleónica. Incluso a la campaña de Patricia Mercado, abanderada de una propuesta de renovación de las formas tanto como del discurso políticos, le resultó imposible alejarse de la personificación desmedida.

Posiblemente el éxito de esa candidata, al menos en la temporada previa a los comicios del 2 de julio, se deba a que amalgamó la forma con el fondo mejor que cualquiera de los otros candidatos. Mercado ofreció una imagen de frescura y llaneza, emblemática de la nueva política que su partido (a pesar de sus afrentosas disputas intestinas) se ha esforzado en proponer. En cambio el empeño de López Obrador para ofrecer un talante de rectitud, el de Calderón para mostrar las manos limpias o el de Madrazo en pos de un perfil simplemente distinto al del PRI tradicional resultaban poco verosímiles.

En todos esos casos, las promesas que ofreció cada uno de los candidatos dependían de su llegada a la cima del poder político. Esa personalización extrema no sólo de las campañas sino, así, de su desembocadura, ha tenido algo de la vieja y patrimonialista política mexicana y mucho del encumbramiento mediático que sacraliza protagonistas con tanta velocidad como los desplaza del público. El sistema mediático produce intérpretes más que historias, lo mismo en las telecomedias que en los noticieros.

 

Convocan a los prejuicios, no a los juicios

Convertidos en celebridades mediáticas, los candidatos presidenciales tuvieron que hacer permanentes esfuerzos para no dejar de estar en el centro de la plataforma televisiva y radiofónica. El recurso que a sus equipos de campaña les resultó más sencillo y aparentemente más redituable (al menos en el corto plazo) para conservar la presencia mediática fueron el discurso estridente y, de cuando en cuando, la impugnación golpeadora. Uno y otra, aderezados con pizcas de estudiada espontaneidad, fueron mostrados en foros mediáticos de toda índole.

Los candidatos transitaron de los noticieros a las series cómicas y, de vuelta, pasaron por los programas de habladurías que tanto se han extendido en la radio y la televisión. Una exposición tan versátil tenía que imponer contradicciones porque no es sencillo convencer a los televidentes de que el mismo personaje que en los programas serios descalifica a sus rivales y se propone como la salvación del país, en los espacios cómicos o en los de murmuraciones se resguarda con una máscara de histrionismo. Los telespectadores actuales han sido formados en una construcción dramática y mediática que habitualmente coloca a hechos y personajes simplemente en blanco y negro, sin gradaciones. Así que en una contienda política que apostó al enfrentamiento y a la descalificación maniqueas, no resultó sorprendente que entre los adherentes de unos y otros candidatos se propagara una polarización más vehemente que incluso dentro de los partidos. La discordia que estas campañas dejan en la sociedad mexicana será quizá el escollo más importante que tendrá el próximo Presidente. Los medios no crearon esa polarización pero la acicatearon e, incluso, la aprovecharon con notorio desenfado.

El maniqueísmo mediático, al servicio de esas campañas bravuconas y frívolas, propagó estereotipos que habrán dejado alguna huella. El PAN nunca demostró con claridad el carácter devastador que tendrían las propuestas económicas de López Obrador o la falta de transparencia en sus decisiones, pero ese candidato quedó estigmatizado como irresponsable e incluso peligroso. El PRD no llegó a documentar de manera fehaciente el tráfico de influencias que les imputaba a Calderón y a su familia pero, para sus adversarios, esas denuncias mostraron un rostro oculto del candidato panista. Madrazo se esforzó para ser precavido y cosechar, con una imagen de mesura, en el río revuelto que agitaban sus contrincantes. Ante campañas que apuestan más a los prejuicios que al juicio de la gente, no es difícil suponer que los dichos sin sustento, a fuerza de repetirse, hayan calado entre no pocos votantes del 2 de julio.

Hay que recordar –claro– que, más que televidentes, esos electores son ciudadanos y tienen capacidades de discernimiento y albedrío que van más allá de las insinuaciones mediáticas. No sabemos en qué medida la propaganda, la información y la murmuración habrán influido en la decisión del 2 de julio. Pero pareciera indiscutible que después de estas campañas los ciudadanos están exhaustos de la política –o, mejor dicho, del estilo pendenciero al que ha sido confinado el quehacer político–. La comparación se ha vuelto malévolo lugar común pero es inevitable: en el terreno del espectáculo al que fueron conducidas por la voracidad mediática y la impericia de los partidos, las campañas presidenciales fueron superadas –con razón– por la emoción y la gracia del futbol.

–0–