La decadencia del debate público

Marzo 25, 2006

Publicado en Nexos de mayo de 2006

Las campañas electorales confirman, entre otras pobrezas de nuestra vida social y nacional, el abatimiento del debate público. Todavía hace no mucho tiempo los partidos y sus candidatos pretendían –o al menos eso aseguraban– que para buscar el voto de los electores ofrecerían diagnósticos y propuestas. Hoy en día, tal y como ratifica la campaña presidencial que presenciamos en estas fechas, tal aspiración, con toda y la carga pretenciosa y retórica que tenía, ha quedado manifiestamente arrinconada. Arregladas al ritmo de las exigencias y cadencias mediáticas, las principales campañas buscan el golpe escenográfico y no la persuasión deliberada. Sometidos al aguacero de agravios y reproches que ellos mismos maquinan, los tres partidos nacionales se encuentran más preocupados por las respuestas que por las propuestas.

Esa batahola que domina en la vida política no ha encontrado un contexto de exigencia crítica, y mucho menos un contrapeso simbólico, en los actores sociales que en otros momentos solían contrastar excesos retóricos o reales de partidos, candidatos y gobernantes. Periodistas e intelectuales, cuando se ocupan de temas de actualidad política, habitualmente lo hacen con adicionales dosis de especulación, magnificación, suspicacia y maledicencia que nutren el de por sí exacerbado estruendo que prevalece en el espacio público.

Desde hace rato, pero especialmente en los meses recientes, venimos padeciendo una lamentable declinación del debate público. La discusión abierta ha quedado reducida a la exposición de estereotipos, consignas y dicterios o, en otros casos, de adhesiones sin condiciones. Los grandes temas nacionales han sido relevados por una sucesión de grandes lemas que se acomodan según las expectativas o conveniencias de cada quien.

Piénsese, si no, en cualquiera de los asuntos que tendrían que ser reconocidos como relevantes en cualquier país. Por lo general –y desde luego hay excepciones, pero de insuficiente visibilidad– cuando se habla de reforma fiscal, manejo de los energéticos, protección ambiental o seguridad pública, es a partir de lugares comunes y no del examen crítico y la presentación de opciones en cada uno de esos temas. La prensa diaria y los medios electrónicos pero también, con frecuencia, las discusiones y publicaciones académicas, se reducen al inventario de problemas ya conocidos para los cuales se enumeran clichés también harto repetidos. Y de las cuestiones nodales a partir de las cuales antes se definían –o se pretendía que así era– las visiones del país y los proyectos para gobernarlo, nadie o casi nadie se quiere acordar. El sentido y las prioridades de la educación pública, las miserias y opciones del campo mexicano, los grandes modelos de política económica o las urgencias en la investigación tecnológica, son algunos de los muchos asuntos marginados de la discusión pública.

 

Abandono de las ideas

No tenemos una auténtica deliberación pública. La indolencia para discutir va de la mano con el abandono de las ideas. El compromiso suele estar con los proyectos políticos y no con la reflexión y los argumentos. Se echa de menos el papel de la crítica intelectual y de los espacios que en otros tiempos la propiciaron y con la cual se nutrieron.

En todo el mundo los dimes y diretes, convertidos en solaz nacional gracias al prisma amplificador de los medios, son parte de la política y de la apropiación que la gente hace de ella. México no es la excepción pero entre nosotros la resistencia a esa trivialización y escandalización de la vida pública resulta singularmente débil a causa de la atonía de nuestro panorama intelectual y, especialmente, del generalizado decaimiento del debate público.

Hace un par de años Enrique Krauze y la revista Letras Libres sugirieron la creación de un comité para organizar debates en televisión. “Hoy por hoy –decía ese historiador– la política mexicana es un teatro (mitad farándula, mitad reality show) trasmitido en vivo por los medios de comunicación y ubicado en el Eje ‘Los Pinos-Zócalo-Donceles-San Lázaro’, en cuyo escenario hablan el Presidente y su esposa, el Gabinete, el Jefe de Gobierno del DF, senadores, diputados, algunos gobernadores y el coro de la clase política, mientras el resto del país bosteza, abuchea o guarda silencio en las butacas. Para cambiar este desorden de cosas, para tomar la palabra, para alentar una participación política madura, informada y eficaz, los espectadores debemos dejar el teatro y organizar un espacio propio cuyo propósito sea elevar la calidad del debate público”.

En aquellas fechas los videoescándalos y las denuncias mutuas iniciaban una hasta ahora inacabada fase de aquelarre y desconcierto en la vida pública mexicana. La propuesta de Krauze suscitó docenas de comentarios (de los cuales hicimos un recuento para la revista Configuraciones) al cabo de los cuales se confirmó una de las quejas del director de Letras Libres: “Vivimos una Babel cotidiana en donde lo fundamental se confunde con lo nimio… no tenemos siquiera un acuerdo de cómo resolver nuestros desacuerdos”.

 

Carencias e impedimentos

Más allá de la discusión acerca de las características de aquella iniciativa, la dificultad central para ponerla en práctica –y, de hecho, uno de los motivos principales que la hacían interesante– es la debilidad en el intercambio de ideas en nuestra vida pública. El debate público es tan escaso que se le puede considerar exánime debido a impedimentos como los siguientes.

1. Complacencia. Entre los actores políticos, así como en el mundo intelectual, no existe un contexto de exigencia capaz de identificar problemas, generalizar diagnósticos y abrir, entonces, una franca discusión sobre cada uno de ellos. Por una parte, entre una y otra formación política y en los coros de adhesiones y reprobaciones que se constituyen alrededor y enfrente de ellas no hay debate sino retórica –eso sí, en términos frecuentemente ríspidos–. Por otra, dentro de los partidos y en sus respectivos circuitos de influencia no se aprecian ejercicios de rigor analítico y mucho menos autocrítico.

2. Superficialidad. Carentes por lo general de compromisos específicos, las posiciones políticas se asemejan casi todas al menos en el discurso de candidatos y partidos. Cuando ofrecen propuestas, son casi idénticas independientemente del marco ideológico o político al que se adscriba cada quien. Doblegados a la fatalidad del cliché y en demostración de la escasa audacia o creatividad política que los determina, candidatos, partidos y analistas políticos coinciden en reivindicar grandes axiomas como si fueran o tuvieran que ser inamovibles. Por ejemplo, cuando se habla de las opciones para el gasto público, unos y otros han descartado la discusión sobre el déficit fiscal que en otros países es reconocido como un instrumento (riesgoso pero útil) de política económica.

3. Negligencia. Subyugados por la incesante aparición de nuevos y por lo general perturbadores o llamativos acontecimientos, ni los protagonistas ni los observadores de la vida pública le dan seguimiento a los asuntos que han sido notorios durante algunos días. Un caso: la reforma sobre derechos indígenas suscitó largas y enconadas discusiones cuando fue propuesta y aprobada en 2001, pero hoy nadie se toma la molestia de analizar qué fue de ella y qué consecuencias ha tenido.

4. Desinterés. El debate público no tiene espacios adecuados para desarrollarse. A los medios electrónicos les interesa el griterío del vituperio, no la exposición inevitablemente cadenciosa de argumentos y contrarréplicas. La prensa diaria y no pocas revistas han reducido de tal manera el espacio para textos de opinión que en ellos apenas caben unos cuantos pincelazos y no el lienzo completo que es preciso dibujar para rebatir un punto de vista y exponer otro de manera documentada. El periodismo light ha confirmado el abandono, o al menos el estrujamiento, de la reflexión crítica.

5. Extrañeza. El debate es contradictorio con la cultura de la simulación que domina la vida pública mexicana. Con frecuencia en los ámbitos sociales más diversos –entre ellos la academia e incluso en las instituciones políticas– a la confrontación de ideas se la rehuye como si fuera una calamidad y no un mecanismo para precisar nociones, posturas o propuestas. El debate suscita más temor que interés. Cuando en una reunión hay dos personas que discuten y alguien las conmina para dejar de hacerlo reclamando “que no se hagan diálogos” estamos ante una negación del intercambio y el debate.

6. Polarización. Cuando hay discusión –que no necesariamente debate– las posiciones en conflicto suelen exacerbarse de tal manera que solamente se aprecian los rasgos más ásperos de cada una. Los matices que siempre existen en cada tema quedan desvanecidos cuando solamente se aprecian posiciones en blanco o negro. En palabras de Néstor García Canclini, en un reportaje de Jaime Reyes Rodríguez: “Las sociedades suelen ser más complejas, y cuando las encajonamos en dos opciones estamos expulsando algo más que matices. Para ir construyendo una cultura de la polémica es útil, ante cada opción binaria, preguntarse qué temas y problemas dejamos fuera”. Lamentablemente no es ese el método que prevalece en un contexto dominado por las apreciaciones maniqueas. Hay más alineamientos que razonamientos.

7. Descalificación. No hay debate sin el reconocimiento mutuo, como interlocutores, de los debatientes. Cuando no se cumple con ese requisito no existe discusión sino, acaso, solamente en apariencia. Si no hay ideas en juego sino únicamente agravios recíprocos, si las anécdotas y la retórica dominan sobre el cotejo de marcos conceptuales y propuestas, no existe el entorno de entendimientos indispensable para debatir.

8. Aldeanismo. La mayor parte de las discusiones que transitan por nuestro escenario público están determinadas por perspectivas únicamente locales. Acostumbramos ufanarnos de una globalización en la que inevitablemente nos reconocemos pero, por lo general, no miramos hacia el resto del mundo cuando enfrentamos los problemas que tenemos delante nuestro. En cada asunto hay especialistas que indudablemente tienen miradas enteradas acerca de la situación internacional del tema que dominan. Pero en la discusión pública esas lecciones y experiencias suelen quedan apabulladas por circunstancias, sucesos y ambientes locales.

9. Espectacularización. La discusión pública, cuando la hay, por lo general no busca la verdad sino la notoriedad. Las tintas se cargan y los adjetivos arrecian con tal de llamar la atención tanto de los medios como de sus públicos. No existe, entonces, debate sino espectáculo. Gerardo de la Concha ha explicado las consecuencias de que tengamos muchos escándalos y casi ninguna polémica: “Y es que el escándalo se asocia a la sociedad del espectáculo, finalmente al vacío. Y la polémica apela al argumento, así sea un argumento colérico, lo cual es una forma de racionalidad inexistente en la sociedad del espectáculo, llamada de esa manera por Guy Debord para describir cómo la apariencia, la farsa, excluye los contenidos de lo verdadero; cómo el rito de lo superficial entierra al espíritu y a la razón, conformando una sociedad donde la forma de la imagen sustituye al fondo de las cosas y donde prevalece la retórica por encima de las ideas”.

10. Mediatización. Acaparada por los formatos, intereses y preferencias de los medios de comunicación de mayor audiencia, la escena pública sólo acoge –o sólo privilegia– discusiones cuya intensidad dramática cumpla con las exigencias del espectáculo. El estilo preponderante en los medios electrónicos –frases cortas, intervenciones breves, formulaciones simples, ideas escuetas– es refractario a la exposición lógica, a los matices y la densidad argumental que requiere la auténtica deliberación. La discusión en espacios mediáticos no intenta esclarecer sino exponer. No busca interlocutores sino públicos. Hace poco, cuando le preguntaron acerca de los intelectuales en su país, el filósofo Jean Baudrillard contestó: “Ya no hay intelectuales franceses. Los que usted llama intelectuales franceses han sido destruidos por los medios. Hablan en televisión, hablan a la prensa y ya no están hablando entre ellos mismos”.

 

Referencias:

-Gerardo de la Concha, “Perdidos en la retórica”. Reforma, 16 de enero de 2005.

-Enrique Krauze, “Para salir de Babel”. Letras Libres, mayo de 2004.

-Jaime Reyes Rodríguez, “Faltan ideas a la polémica”. Reforma, 16 de enero de 2005.

-Deborah Solomon, “Questions for Jean Baudrillard”. The New York Times Magazine, 20 de noviembre de 2005.

-Raúl Trejo Delarbre, “Para no seguir en Babel. Una reseña de los juicios y reacciones ante el debate sugerido por Enrique Krauze”. Configuraciones número 15. Otoño-Invierno de 2004.


Nuevo y sustancioso negocio

Marzo 17, 2006

Comentario para Radio UNAM

17 de marzo de 2006

El Senado de la República está a punto de repetir, pero de peor manera, la escandalosa decisión que la Cámara de Diputados tomó el pasado primero de diciembre cuando en siete minutos aprobó las reformas a las leyes federales de radiodifusión y telecomunicaciones.

Sería peor. Si aquella vez los diputados tenían la coartada de haber actuado con desidia y precipitación, ahora los senadores no contarían siquiera con esas atenuantes. Gracias a la reacción que suscitó aquella decisión de diciembre, en los meses recientes se ha desarrollado un intenso pero sobre todo esclarecedor debate acerca de tales reformas. En extensas audiencias en el propio Senado de la República así como en foros auspiciados por instituciones como nuestra Universidad Nacional, ha quedado claro el sesgo que define a esas propuestas.

No ha sido gratuito que las hayamos denominado como la Ley Televisa. Se trata de una colección de modificaciones legales que favorecerían los negocios de esa empresa.

El aspecto central de la ley Televisa establece que las empresas que ya tienen concesiones para transmitir por televisión podrán aprovechar esos espacios para, además, ofrecer servicios de telefonía, Internet y transmisión de datos. Y no está mal que el país aproveche de manera intensiva las nuevas opciones de comunicación que ofrece la digitalización de las señales que transitan por el espectro radioeléctrico. El problema radica en que, si se aprueba esa reforma legal, Televisa disfrutaría de un nuevo y sustancioso negocio sin que el gobierno estuviera obligado a requerirle el pago de derechos por esa explotación adicional de las frecuencias de radiodifusión.

El dinero que Televisa se ahorraría gracias a una de las previsiones de la ley que no en balde lleva su nombre ascendería a varios miles de millones de dólares.

Por eso, entre otros motivos, Televisa ha puesto tanto empeño para que se apruebe esa reforma legal que, entre varias de sus consecuencias, desprotege, ignora y margina a los medios de radio y televisión de carácter público.

Por eso Televisa ha presionado de diversas maneras a los partidos políticos y a sus legisladores. Lo auténticamente indecoroso no son esos amagos sino la displicencia de los partidos Acción Nacional y Revolucionario Institucional al admitir las promesas y amenazas de Televisa.

La discusión de la Ley Televisa será el jueves próximo. Si los senadores del PRI y el PAN mantienen la decisión de sus direcciones nacionales estaremos ante una palmaria rendición del poder político ante el poder económico. La última palabra no está dicha. Los cuestionamientos a la Ley Televisa multiplican. Mucha gente reconoce que en ese tema se dirime el futuro de la radiodifusión pero, también, en buena medida, el futuro de nuestra vida pública.

 

 


Una televisora para la ciudad de México

Marzo 16, 2006

El centralismo mexicano ha permeado todos los intersticios del tejido nacional. En la ciudad de México se comercia y especula, se delibera y se decide para todo el país. Ese síndrome centralista ha sido reforzado por los medios de comunicación. No contamos con un solo diario que tenga presencia en toda la República pero a los que se editan en esta capital, por ese sólo hecho, se les llama “periódicos nacionales”. La radio es el único medio en donde pareciera haber algún equilibrio entre las dimensiones local y nacional. En cambio la mayor parte de la televisión que ven los mexicanos tiene origen, rasgos, prioridades y contenidos chilangos.

Todas las mañanas los televidentes de Mérida, Hermosillo, Tepic o Villahermosa tienen que desayunar, si quieren ver televisión nacional, mientras contemplan los incidentes del tránsito, las consecuencias del clima y los atropellos del crimen en la capital del país. En ese terreno sin embargo, la ciudad de México en el pecado lleva la penitencia. Nuestras vicisitudes y obsesiones las exportamos electrónicamente al resto del país. Pero no contamos con una televisión que tenga el espacio, el interés, la densidad y la vocación suficientes para hospedar contenidos de índole específicamente local.

Los intentos para hacer televisión intencionalmente destinada a la ciudad de México por lo general han quedado abrumados por un localismo ramplón o por el comercialismo voraz. Cuando la televisión privada ha tenido proyectos destinados a esta ciudad ha sido, por lo general, para vender aquí los mismos programas que antes han circulado en el mercado nacional. O, en otras ocasiones, se ha buscado explotar mercantilmente una suerte de provincianismo defeño. En todo caso de parte de la televisión privada no ha existido el propósito para retratar, más allá de los estereotipos, la inmensa variedad de preocupaciones, personajes, experiencias y enfoques que hay en la ciudad de México. En algunas ocasiones la televisión del Estado, en espacios fundamentales como el de Cristina Pacheco en Canal Once, se ha ocupado de esos temas.

 

Una televisión de servicio… y algo más

Por varios motivos sería pertinente la existencia de una televisión propia para la ciudad de México. Las necesidades de comunicación de una capital como esta requieren del empleo intensivo de todos los medios posibles. Un canal dedicado al DF podría dar espacio, con mucha mayor holgura que los canales nacionales, a asuntos relacionados con la seguridad, el medio ambiente, las campañas de salud y educacionales y la cultura cívica entre otros temas. Tendría que ser, antes que nada, una televisora comprometida con el servicio.

Al mismo tiempo un canal como ese podría difundir, y de esa manera solidificar, rasgos de la cultura propia de cada zona de la ciudad de México. Ferias, mercados, parques, calles, auditorios, que son de por sí zonas del espacio público abiertas a la gente, encontrarían en él un instrumento de propagación audiovisual. Y como corresponde a una urbe versátil, cambiante y repleta de contrastes como es el DF, el canal tendría que reflejar todas las posiciones pero especialmente la cultura de los jóvenes que constituyen su segmento más numeroso y activo.

Una televisora así, tendría que contar con un perfil claramente distinto de las emisoras específicamente culturales como los canales 11, 22 y el canal por cable que ahora tiene la UNAM. Debería, desde luego, estar nutrido por contenidos sustancialmente disímiles de los que suelen difundir las televisoras privadas.

Al reconocer la densidad y diversidad poblacionales, culturales y sociales de la ciudad de México, una televisora de esa índole tendría que tomar en cuenta la imbricación del Distrito Federal con su entorno. Sería inevitable reconocer que, independientemente de las demarcaciones formales, nos encontramos en una metrópoli cuyas contornos alcanzan a varias entidades distintas del DF.

 

 

La posibilidad de que la ciudad de México cuente con un canal de televisión propio abre expectativas muy amplias. Los productores independientes contarían con un espacio propicio a la imaginación y la originalidad. El debate entre las opciones políticas que hay en esta ciudad encontraría un foro necesariamente abierto al intercambio. Los acontecimientos más variados que a diario ocurren en esta urbe podrían ser comunicados de manera profesional –es decir, sin incurrir en el oficialismo pero tampoco en el sensacionalismo–. Los asuntos locales podrían ser plataforma para una televisión distinta, afianzada en el servicio, respaldada en la creatividad y comprometida con las ideas.

Todas esas, desde luego, son buenas intenciones. Sin ellas sería imposible –incluso, creemos, sería indeseable– la discusión de un canal de televisión para la ciudad de México. Deliberadamente no me refiero a la propuesta para crear, también, una radiodifusora. Creo que si bien resultaría de alguna utilidad, una estación de radio propiedad de la Ciudad no es tan necesaria como la televisora. El dial radiofónico en el Distrito Federal tiene una amplia variedad de opciones y contenidos.

La radiodifusora de la que también se habla podría ser complemento al canal de televisión pero este es, me parece, el proyecto de auténtica importancia. En todo el país hay sistemas estatales de televisión y radio que amalgaman los dos medios. Abundan experiencias al respecto, varias de las cuales tienen ya varias décadas –en Michoacán, Tabasco, Tlaxcala y otros sitios– de trabajo fructífero y perseverante. La existencia de esos sistemas estatales confirma la precariedad en la que se ha mantenido a la ciudad de México en materia comunicacional. Mientras en otras entidades desde hace tiempo se desarrollan sólidos y útiles sistemas de televisión y radio, aquí apenas ahora se discute seriamente dicha posibilidad.

Esa marginación también se experimenta respecto de las tendencias mundiales más fructíferas. En distintos países, las cadenas nacionales de televisión pública se han complementado con la creación de televisoras locales. Esa propensión a imbricar lo global con lo nacional y a su vez con lo específicamente local, está respondiendo a uno de los nuevos derechos de los ciudadanos en materia de información y comunicación. De la misma manera que requieren programas producidos en diversas latitudes, los ciudadanos necesitan la densidad cultural y social que –cuando está bien hecha– propicia la televisión de carácter nacional. Y al mismo tiempo, tienen derecho a una televisión que rescate y exponga sus inquietudes de carácter local.

Hace casi una década, cuando en España comenzaban a cumplirse las disposiciones legales para que se desarrollase la televisión local, el periodista Antoni Esteve advertía que esas emisoras no tendrían sentido si, antes que nada, no afianzaban su compromiso con la gente. “La información –decía– no hay que entenderla sólo como las noticias puntuales del día o las convocatorias de actos, detrás de la actualidad muchas veces no se puede distinguir la realidad…… En los reportajes se ha de recoger la voz y la imagen de muchos ciudadanos, no sólo de aquellos que tienen un grado de representatividad política o social, sino también de la gente que nunca sería protagonista en ninguna otra televisión. Se han de buscar los vínculos afectivos entre la televisión y la ciudad. Tanto por la presencia constante en la calle como por su participación en campañas cívicas. Ha de promover todas las iniciativas que permitan la interactividad y la bidireccionalidad. Dar la voz a los ciudadanos siempre que sea posible, que hagan preguntas, que puedan visitar los estudios y participar en los programas. La gente ha de hacerse suya la televisión, que también ha de ser un instrumento de promoción de la ciudad, así como de sus actividades comerciales y empresariales” [1].

Añadía ese periodista, que además es profesor en la Universidad Pompeu Fabra: “La audiencia no ha de ser una obsesión, pero no hay ningún medio de comunicación que no busque el máximo de lectores, oyentes o espectadores. Por tanto hay que pensar en quién estará mirando, en sus intereses, y en el mejor lenguaje para que pueda entendernos. Con una fuerte competencia entre cadenas de televisión, donde se juegan miles de millones, sería un objetivo suicida plantearse conseguir espectadores que sólo vean la televisión local. Es la cultura del zapping la que permitirá subsistir a estos canales que tendrán que aprovechar todos los resquicios que deja el panorama audiovisual y, sin duda, el principal es el de la especialización en cuestiones locales. Ha de ser, por tanto, una televisión temática que se plantea como complementaria. Es por esto que su programación se ha de repetir muchas veces para hacer posible que los ciudadanos puedan seguirla en diferentes momentos de la jornada o de la semana. Una fórmula que hace que la audiencia no se concentre en un horario determinado, pero los programas la van acumulando gracias a la multidifusión”.

Las opciones de programación para una televisora urbana y de cobertura geográficamente acotada son muy diversas. En la capital de Argentina el Canal Abierto de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, que recientemente comenzó a transmitir en una banda de televisión de paga, presenta segmentos cortos con videos de variadas temáticas. Su director de contenidos, Gabriel Reches, explica en una entrevista reciente: “lo que intentamos es que el canal sirva para mostrar una ciudad que en realidad contiene a muchas ciudades distintas, contradictorias entre sí, con muchos discursos sociales diferentes. Creemos que debemos compensar cierta cosa salvaje que tiene el mercado, que por un lado, repite fórmulas; y que por otro lado, recurre para promocionar a determinados artistas del establishment, que sin considerar si son interesantes o no, forman parte de una gran maquinaria comercial, dejando de lado a una serie de artistas que para nosotros son sumamente interesantes, en algunos casos más interesantes, que no tienen pantalla y que en el canal encuentran un lugar de expresión, de promoción, etcétera” [2] .

En la programación, un canal de la ciudad de México tendría la oportunidad para diferenciarse de otras televisoras. Pero en su régimen legal, debería contar con las garantías necesarias para sobrevivir. A fin de estar auténticamente al servicio de los habitantes de la ciudad, esa tendría que ser una televisora con estructura, financiamiento y régimen jurídico capaces de certificarle una permanente independencia respecto de los poderes políticos locales y federales.

La tentación que pueden tener el grupo o los funcionarios a cargo del gobierno de la ciudad de México para considerar que la televisora local se constituya en recurso de propaganda y legitimación políticas, sería uno de los riesgos primordiales de un canal como el que mencionamos. Por eso es absolutamente indispensable que además de contenidos y opciones técnicas, la reflexión acerca del canal de televisión para la ciudad de México incluya todas las previsiones legales y políticas para que estuviera al margen de las vicisitudes y/o las ambiciones que pudiese despertar en el gobierno local. Ese constituye un requisito para la supervivencia pero, además, para la respetabilidad de los medios de vocación pública en todo el mundo. Pero sería una condición especialmente necesaria si, como indican las preferencias de voto que se pueden conocer en este mes de marzo, las elecciones del 2 de julio ratifican al Partido de la Revolución Democrática en el gobierno de la ciudad de México.

Más allá de cuestionamientos y, si se quiere, reconocimientos que se le puedan hacer en otros terrenos, en el campo de la comunicación de masas el gobierno de ese partido en la capital del país se ha singularizado por considerar a los medios como instrumentos de un proyecto político faccioso y no como mecanismos de interlocución de y con la sociedad. El gasto discrecional, excesivo y, peor aún, en muchos rubros secreto que se ha realizado para difundir la imagen del gobierno de la ciudad de México; la resistencia a acatar las más elementales reglas de transparencia; la falta de respeto a los reporteros cuyas preguntas en las conferencias de prensa, cuando eran incómodas, suscitaban desaires y burlas del hasta hace pocos meses jefe de Gobierno, así como las amenazas e intimidaciones a medios y comunicadores que no se allanaban a la mansedumbre o la complicidad periodísticas que exigía esa administración, definieron el comportamiento comunicacional del gobierno de la ciudad de México cuando lo encabezó Andrés Manuel López Obrador.

Si el Distrito Federal llega a contar con una televisora propia sería imperioso que se le mantuviera a salvo de afanes de manipulación y coacción como esos. Tendría que ser concebida como una estación no de gobierno, ni de grupo alguno sino, en el más ambicioso sentido del término, como una televisora pública.

 

México D.F., marzo 16 de 2006


[1] Antoni Esteve, “La televisión prometeica”. La Factoría, Número 2, Barcelona, febrero de 1997. Disponible en: http://www.lafactoriaweb.com/default-2.htm

[2] Luis Barreras y Juan Manuel Bellini, “Canal abierto de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires: la estética de lo urbano y lo callejero”. Revista Question, Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata, Argentina, verano 2006. Disponible en: http://perio.unlp.edu.ar/question/


Para civilizar a los poderes salvajes

Marzo 3, 2006

Comentario del especialista Jorge Bravo publicado en la revista El Búho

http://mediocracia.files.wordpress.com/2006/11/bravo-resena-poderes-salvajes.pdf


Las grabaciones confirmaron los manejos de Televisa

Marzo 1, 2006

Texto para la edición electrónica de la

revista etcétera

Marzo 1 de 2006

Primero lo primero: el espionaje telefónico es un delito. Propagar los resultados de una acción ilegal también lo es. La abundancia de conversaciones privadas que conocemos en transcripciones –siempre interesadas, siempre estridentes, siempre confusas– que han anegado la vida pública mexicana ha llevado a olvidar el carácter ilícito pero, además, los rasgos antiperiodísticos de esa práctica. El periodismo auténtico investiga y pone en contexto los acontecimientos. El periodismo ramplón se conforma con filtrar y propagar lo que han espiado otros.

Las grabaciones publicadas el 1 de marzo por El Universal no aportan una sola información sustantiva al entendimiento de cómo y en beneficio de quién se enderezó la campaña a favor de la certeramente llamada Ley Televisa. Lo que hacen esas transcripciones es confirmar certezas ampliamente difundidas.

En esas grabaciones se ratifica:

a) Que Televisa ha organizado directa y activamente la defensa de la minuta que con tanta prisa aprobaron los diputados el pasado 1 de diciembre.

b) Que los consultores que pretendían transitar por este debate como “independientes” en realidad, tal y como hemos dicho e insistido, actúan por consigna de Televisa. En esas grabaciones se escucha a Javier Tejado Dondé, funcionario de dicha empresa, ordenar tareas para que las cumplan Eduardo Ruiz Vega, Federico González Luna, Gerardo Soria y Ernesto Piedras. A esos abogados les será imposible seguirse presentando como simples expertos sin interés corporativo específico. Ahora se confirma que sus opiniones han estado al servicio de Televisa.

c) Que en ese empeño, Televisa y Tejado han empleado distintas formas de coacción. Por ejemplo la conversación acerca de cómo fue presionada la presidenta de la Cámara Nacional de la Industria Electrónica, de Telecomunicaciones e Informática, María Teresa Carrillo Prieto, para que modificara la opinión adversa que ese organismo había expresado acerca de la minuta legislativa, es de una ordinariez vergonzosa. Cuando Tejado le dice a su interlocutor que con la CANIETI no habrá problema porque “Televisa se lo pidió al jefe de Tere Carrillo” no sólo se corroboran las presiones corporativas que se han denunciado en las semanas recientes. Además se refirma la patanería con que actúan Televisa y sus funcionarios.

Todo eso ya lo sabíamos. Pero como algunos –entre ellos varios de los develados por las indiscreciones telefónicas de Tejado– aseguraron muy serios e indignados que Televisa no estaba detrás de la defensa de la minuta, la confirmación del papel que tiene dicha empresa en todo este proceso es por lo menos significativa.

Lamentablemente la publicación de esas transcripciones, además de las implicaciones delictivas que mencioné antes, tiene dos consecuencias. La primera, ha sido restarle atención al hecho auténticamente importante en los acontecimientos recientes relacionados con la minuta: ese es, me parece, la decisión de 110 diputados para solicitarle al Senado que enmiende la minuta que le enviaron hace tres meses. Quienes han requerido que esa propuesta sea aprobada sin un solo cambio insisten en que los diputados se incomodarían si los senadores le hicieran reformas. Ahora se demuestra que lo que hay en San Lázaro es ganas de que la minuta se les devuelva con modificaciones que les permitan a los diputados reparar aquel terrible error de diciembre.

La segunda consecuencia deplorable es la distorsión que la difusión de las transcripciones pueda imponerle al debate sobre esas reformas. Quienes hemos impugnado la minuta que se encuentra en el Senado hemos desmontado y refutado, uno por uno y sin faltar uno solo, cada uno de los argumentos de quienes la defienden. A la Ley Televisa la hemos logrado descalificar, punto por punto, en un debate en el que han prosperado los datos, los hechos y las ideas. Nuestro esfuerzo argumental nada tiene que ver con la publicación de tales transcripciones. No son esos ni serán jamás nuestros métodos. En todo momento hemos sabido a qué intereses obedecen los promotores de la Ley Televisa, sin necesidad de grabaciones ni de recurso ilegal alguno.